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viernes, 11 de enero de 2019

DIGNITAS ROMANA



La dignistas era la participación personal de un hombre en cuanto a la posición pública que ocupaba en Roma y que implicaba su valía ética y moral, su reputación, su derecho a respetar a sus iguales y a recibir un trato correcto por parte de éstos y de los libros de historia. Se trataba de una acumulación del peso personal como producto de las cualidades y obras propias y únicas. No tenía nada de ver con lo material, fuera dinero o tierras, ni con la magnitud de su auctoritas o su reputación política. Lo más importante era la esencia de Roma en su conjunto.

 

La dignitas era el don más intangible de cualquier noble. La en cambio la auctoritas representaba el ascendiente, la magnitud de su influencia pública, su capacidad para influir en la opinión pública y en las entidades públicas desde los sacerdotes a los encargados del Tesoro. La dignitas era distinto. Era una cualidad profundamente personal y exclusiva, aunque se proyectaba sobre todos los aspectos de la vida pública del individuo. La dignitas resumía lo que un hombre era, como persona y como miembro destacado de la sociedad. Era el conjunto de su orgullo, su integridad, su fidelidad, su inteligencia, sus hazañas, su habilidad, su saber, su posición, su valía como hombre... La dignitas perduraba tras la muerte, era el único medio con que contaba el individuo para triunfar de la muerte. La dignitas era el triunfo del hombre sobre la extinción de su ser físico. Por eso era el valor más alto al que cualquier romano podía aspirar, y es lo que defendían de sí mismos personajes tan célebres como Lucio Cornelio Sila o Cayo Julio César.



domingo, 24 de junio de 2018

SILA DICE SOBRE LA CARRERA DE LA VIDA DE UN ROMANO



El premio de ser el Primer Hombre de Roma no vale la pena. En realidad...¡nunca vale la pena!,  ¡nunca!. Pero tanto Cayo Mario como yo no lo hacemos por eso. Lo que ocurre es que ambos somos personajes que cuando nos ponen los arreos para hacer las siete vueltas de la carrera, corremos contra nosotros mismos. ¿Qué otra alternativa le quedaría a un Cayo Mario?.  Es el mejor caballo y corre contra sí mismo, para superarse. Igual que yo. Soy capaz ¡y voy a hacerlo!. Pero lo mío es sólo a mi a quien importa. Así somos los romanos, y por este espíritu nuestro ninguna otra nación puede vencernos.




domingo, 14 de junio de 2015

LAS PRINCIPALES VIRTUDES ROMANAS

 


Principios en los que se basaba la acción civilizadora de Roma ( muchas de estas virtudes o cualidades fueron asociadas a la mitología y representadas por dioses) :

Virtudes personales :

Auctoritas: "Autoridad Espiritual". El sentido de la función social de alguien, construida a través de la experiencia.

Comitas: "Humor". Buenas maneras, cortesía, amistad.

Clementia: "Merced". Suavidad y gentileza.

Dignitas: "Dignidad". Un sentido de autoestima, orgullo propio.

Firmitas: "Tenacidad". Fuerza mental, habilidad de defender una propuesta.

Frugalitas: Templanza, economía y simplicidad, sin llegar a ser miserable.


Gravitas: Un sentido de la importancia de un asunto, responsabilidad, seriedad y determinación.

Humanitas: "Humanidad". Refinamiento, civilidad; aprender, y poseer cultura.

Industria: "Trabajo duro".

Pietas: "Sumisión". Más que piedad religiosa, un respeto por el orden natural social, política y religiosamente. Incluye las ideas de patriotismo y devoción.

Prudentia: "Prudencia". Previsión, sabiduría y discreción personal.

Salubritas: "Salud". Salud y limpieza.

Severitas: "Severidad". Autocontrol.

Veritas: "Verdad". Honestidad en relación al resto. 


Virtudes públicas: 

Además de las virtudes personales, aspiración de todo individuo, la cultura romana también defendía virtudes en común que deberían ser compartidas por toda la sociedad. Entiende que algunas de las virtudes que los individuos deberían aspirar también son virtudes públicas, seguidas asimismo por la sociedad como un todo. En diversos casos, las virtudes se personificaban en divinidades.

Abundancia: "Abundancia, Plenitud". El ideal de tener comida y prosperidad suficientes para todos los segmentos de la sociedad.

Aequitas: "Igualdad". Justicia e igualdad tanto dentro del gobierno como entre las personas.

Bonus Eventus: "Buena suerte"

Clementia: "Clemencia". Merced, mostrada al resto de naciones.

Concordia: "Concordia". Armonía entre el pueblo romano, y también entre Roma y las otras naciones.

Felicitas: "Felicidad, Prosperidad". Una celebración de los mejores aspectos de la sociedad romana.

Fides: "Confianza".

Fortuna: "Fortuna, Suerte". Un agradecimiento a los acontecimientos positivos.

Genius: "Espíritu de Roma". Agradecimiento al espíritu combinado de Roma, y de sus personas.

Hilaritas: "Alegría, jovialidad". Expresión de los momentos felices.

Justica: "Justicia". Como expresa por leyes y gobiernos sensatos.

Laetitia: "Contentamiento, felicidad". Celebración del agradecimiento, generalmente por la solución de crisis.



Liberalitas: "Liberalidad". Dar generosamente.

Libertas: "Libertad" Una virtud a la que han aspirado todas las culturas.

Nobilitas: "Nobleza". Acciones nobles dentro de una esfera pública.

Ops: "Riqueza". Reconocimiento de la prosperidad del mundo romano.

Patientia: "Paciencia". La habilidad necesaria en momentos de tempestad y crisis.

Pax: "Paz". Una celebración de paz dentro de la sociedad y entre las naciones.

Pietas: "Piedad". Las personas prestando honra a los dioses.

Providentia: "Providencia". La habilidad de la sociedad Romana de sobrevivir a desafíos y manifestar un gran destino.

Pudicita: "Modestia". Una expresión pública contra la acusación de "corrupción moral" de la Roma Antigua.

Salus: "Salud". Preocupación con el bienestar y la salud pública.

Securitas: "Seguridad". Gobierno eficiente que lleve a la paz.

Spes: "Esperanza". Especialmente en tiempos de dificuldades.

Uberitas: "Fertilidad". Particularmente en relación a la agricultura.


Virtus: "Coraje". Especialmente de los líderes de la sociedad y del gobierno.



domingo, 7 de junio de 2015

LA ENFERMEDAD DE OCTAVIANO, HEREDERO DE CÉSAR


Consciente de que Agripa tenía razón, Octaviano* comió, apartando de su mente ese extraordinario destino para concentrarse en una preocupación más inmediata y acuciante: su asma. Una vez más César había acudido en su rescate proporcionándole a Hapd'efan'e, el médico egipcio que lo había sido de Cleopatra y posteriormente de su tío abuelo Cayo Julio César, que le había explicado su enfermedad en términos simples pero poco optimistas, cosa que ningún médico había hecho antes. Para sobrevivir, debía seguir a rajatabla los consejos de Hapd'efan'e, desde evitar alimentos como la miel y las fresas hasta aprender a canalizar sus emociones de manera positiva. El polvo, el polen, el heno y el pelo de animal serían siempre un riesgo, y lo único que podía hacer al respecto era evitar la proximidad de esas cosas, lo cual no siempre era posible. Tampoco sería nunca buen marino a causa de la humedad del aire marino y del mareo. Lo que debía controlar era el miedo, tarea difícil para alguien cuya madre se lo había inculcado tan firmemente. El heredero de César no debía conocer el miedo, del mismo modo que César no lo había conocido. ¿Cómo voy a asumir el nombre y la gran dignitas de César si aparezco en público resollando como un fuelle y con la cara amoratada? Superaré esta limitación porque debo hacerlo. Ejercicio, había recomendado Hapd'efan'e, buena comida. Y un estado de ánimo tranquilo. ¿Cómo puede tener un estado de ánimo tranquilo quien lleva el nombre de César?


( C. McC. )





viernes, 22 de mayo de 2015

CAYO JULIO CÉSAR, INCÓMODO CON BRITANIA Y DESEOSO DE REGRESAR A LA GALIA




¿Qué hago yo aquí, disputándole la posesión de unos cuantos campos de trigo y un poco de ganado lanudo a una reliquia pintada de azul que parece salida de los versos de Homero? ¿A un hombre que cuando va a entrar en combate lo llevan en un carro en compañía de sus perros mastines, que no dejan de ladrar, y de su arpista, que le canta sus alabanzas?




Bien, yo lo sé. Es así porque lo impuso mi dignitas, porque el año pasado este lugar ignorante y sus ignorantes pobladores pensaron que habían conseguido expulsar a Cayo Julio César de sus costas para siempre. Pensaron que habían vencido a César. Y ahora he venido con la única intención de demostrarles que nadie vence a César. Y una vez que haya exprimido a Casivelauno y le haya obligado a someterse y a firmar un tratado, abandonaré este lugar ignorante para no regresar a él jamás. Pero se acordarán de mí. Le he proporcionado al arpista de Casivelauno algo nuevo que cantar. La llegada de Roma, la desaparición de los carros en el oeste legendario de los druidas. Permaneceré en la Galia de los hombres de cabellera larga hasta que el último de sus habitantes me reconozca a mí, y a Roma, como sus amos. Porque yo soy Roma. Y eso es algo que mi yerno, que es seis años mayor que yo, nunca será. Guarda bien tus puertas, buen Pompeyo Magno. No serás el primer hombre de Roma durante mucho más tiempo. Viene César.




miércoles, 20 de mayo de 2015

CÉSAR DE LUTO POR LA MUERTE DE SU HIJA JULIA




El dolor de la pérdida de Julia nunca desaparecería, y César no era Craso. Para él el dinero no era un fin en sí mismo; sólo era un medio para afianzar su dignitas, una comodidad sin vida que aquellos años en que estuvo espantosamente endeudado mientras trepaba por la escalera de las magistraturas le habían enseñado que era de importancia primordial en el esquema de las cosas. Cualquier cosa que afianzase su dignitas contribuiría a la dignitas de su hija muerta. Lo que era un consuelo. Los esfuerzos de César y el propio instinto de su hija para inspirar amor harían posible que a ésta se la recordara por sí misma, no porque hubiera sido la hija de César y la esposa de Pompeyo el Grande. Y cuando César regresase a Roma triunfante, celebraría los juegos funerarios que el Senado le había denegado a su hija. Aunque, como él en una ocasión les había dicho a los padres conscriptos reunidos para tratar de otro tema, tuviera que aplastarles los genitales con la bota para conseguir llevar a cabo su propósito.



TRAS LA TOMA DE ATUATUCA POR CAYO JULIO CÉSAR




Dentro de la oppidum de los atuatucos César encontró los tesoros tribales de los cimbros y los teutones, los montones de objetos y lingotes de oro que habían llevado consigo siglos atrás cuando emigraron de las tierras de los escitas, ricas en oro, esmeraldas y zafiros, y que luego habían dejado en Atuatuca. El general tenía derecho a quedarse con todos los beneficios de la venta de esclavos, pero el botín pertenecía al Tesoro y a cada escalón del ejército, desde el comandante en jefe hasta los soldados rasos. Aun así, cuando se hubieron hecho los inventarios y la gran caravana de carretas que transportaban el botín iba de camino hacia Roma bajo una fuerte vigilancia para almacenarlo hasta el día en que el general hiciese su desfile triunfal, César comprendió que sus preocupaciones económicas se habían acabado de por vida. La venta de la tribu de los atuatucos como esclavos le había proporcionado un beneficio neto de dos mil talentos, y la parte del botín que le correspondía le daría todavía más que eso. Sus soldados rasos se convertirían en hombres ricos, y sus legados estarían en condiciones de comprar su camino hacia el consulado.




Y eso había sido sólo el principio. Los galos extraían plata de las minas y lavaban y cribaban el oro aluvial en los ríos que descendían desde el macizo Cebenna. Eran artesanos consumados y herreros inteligentes; incluso un montón de ruedas de hierro o barriles bien curvados, una vez confiscados, representaban dinero. Y cada sestercio que César enviaba a Roma incrementaba su valía y su posición pública: su dignitas.



martes, 19 de mayo de 2015

¿ QUÉ ERA LA DIGNITAS?




Concepto casi intraducible. La participación personal de un hombre en cuanto a la posición pública que ocupaba en Roma y que implicaba su valía ética y moral, su reputación, su derecho a respetar a sus iguales y a recibir un trato correcto por parte de éstos y de los libros de historia. Se trataba de una acumulación del peso personal como producto de las cualidades y obras propias y únicas.




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De la gran McCullough:


 " ¡Vamos, Varrón, ya sé que estoy convirtiéndome en el partidario más apreciado de Sila, pero también soy capaz de entender que necesite a otros! Aunque puede que tengas razón -añadió-. Es la primera vez en mi vida que tengo tratos con un comandante en jefe que no sea mi padre. Mi padre era un gran militar, pero lo único que contaba para él eran sus tierras. Sila es distinto.


-¿En qué sentido? -inquirió Varrón con curiosidad.


-A él le importa poco casi todo… ni siquiera nosotros a quienes llama legados, colegas o lo que mejor le parezca. Ni siquiera sé si le importa Roma. Lo que a él le importa no es nada material: ni el dinero, ni las tierras, ni aun la magnitud de su auctoritas o su reputación pública. No, para Sila eso no tiene importancia.


-¿Y qué es lo que le importa? -insistió Varrón, fascinado por el prodigio de que un Pompeyo profundizase más que él.


-Quizá su dignitas -contestó Pompeyo.


Varrón se puso a pensarlo detenidamente. ¿Tendría razón Pompeyo? Dignitas! El don más intangible de cualquier noble romano era la dignitas. La auctoritas representaba el ascendiente, la magnitud de su influencia pública, su capacidad para influir en la opinión pública y en las entidades públicas desde los sacerdotes a los encargados del Tesoro.


La dignitas era distinto. Era una cualidad profundamente personal y exclusiva, aunque se proyectaba sobre todos los aspectos de la vida pública del individuo. ¡Qué difícil de definir! Claro, por eso existía, precisamente, la palabra. La dignitas era… ¿la magnitud del efecto que causaba alguien… el grado de su gloria? La dignitas resumía lo que un hombre era, como persona y como miembro destacado de la sociedad. Era el conjunto de su orgullo, su integridad, su fidelidad, su inteligencia, sus hazañas, su habilidad, su saber, su posición, su valía como hombre… La dignitas perduraba tras la muerte, era el único medio con que contaba el individuo para triunfar de la muerte. Sí, ésa era la mejor definición. La dignitas era el triunfo del hombre sobre la extinción de su ser físico. Y vista bajo esa perspectiva, Varrón pensó que Pompeyo tenía toda la razón. Si algo importaba a Sila era su dignitas. Había dicho que vencería a Mitrídates; que regresaría a Italia y se vengaría; que restablecería la república en su forma tradicional. Había dicho esas cosas y tenía que hacerlas para que no mermara su dignitas. Y de algo externo a su persona extraía la fuerza para cumplir su palabra. Y una vez cumplida quedaría satisfecho. No podía descansar hasta no haberlo logrado. No descansaría.


-Diciendo eso -comentó Varrón -, le has prestado a Sila el último favor.


-¿Cómo? -preguntó Pompeyo, con un brillo de perplejidad en sus ojos azules.


-Quiero decir -replicó Varrón vocalizando despacio- que acabas de demostrarme que Sila no puede perder. Él lucha por algo que Carbón ni siquiera entiende."




sábado, 13 de diciembre de 2014

LA DIGNITAS Y LA AUCTORITAS



La dignitas era el don más intangible de cualquier noble romano. La auctoritas representaba el ascendiente, la magnitud de su influencia pública, su capacidad para influir en la opinión pública y en las entidades públicas desde los sacerdotes a los encargados del Tesoro. La dignitas era distinto. Era una cualidad profundamente personal y exclusiva, aunque se proyectaba sobre todos los aspectos de la vida pública del individuo. ¡Qué difícil de definir! Claro, por eso existía, precisamente, la palabra. La dignitas era... ¿la magnitud del efecto que causaba alguien... el grado de su gloria? La dignitas resumía lo que un hombre era, como persona y como miembro destacado de la sociedad. Era el conjunto de su orgullo, su integridad, su fidelidad, su inteligencia, sus hazañas, su habilidad, su saber, su posición, su valía como hombre... La dignitas perduraba tras la muerte, era el único medio con que contaba el individuo para triunfar de la muerte. Sí, ésa era la mejor definición. La dignitas era el triunfo del hombre sobre la extinción de su ser físico. Y vista bajo esa perspectiva, los protagonistas de la vida romana trataban de hacerse con una reputación y nos méritos que le engrandecieran a ellos y sus familias. En eso residía la razón de ser y el orgullo romano


Por tanto la dignitas emanaba de la participación personal de un hombre en cuanto a la posición pública que ocupaba en Roma y que implicaba su valía ética y moral, su reputación, su derecho a respetar a sus iguales y a recibir un trato correcto por parte de éstos y de los libros de historia. Se trataba de una acumulación del peso personal como producto de las cualidades y obras propias y únicas. Por eso los romanos eran tan individualistas, aunque como pueblo se sintieran como grupo, como una familia común.