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domingo, 18 de junio de 2023

IMPERMANENCIA DE LA EXISTENCIA EN SÓFOCLES

Para los hombres, nada dura: ni la noche estrellada, ni las desgracias, ni la riqueza; todo esto de pronto un día ha huido.

 ( Sófocles )

 

La frase pertenece al poeta trágico griego Sófocles (Colona, 496 a. C. - Atenas, 406 a. C.), autor de obras maestras como Antígona y Edipo rey. Esta frase refleja una visión de la vida humana marcada por la fugacidad, el cambio y la incertidumbre. Nada es permanente ni seguro para los hombres, ni siquiera lo que parece más hermoso o más doloroso. Todo puede desaparecer de un momento a otro, sin previo aviso.

 

Esta idea puede resultar desalentadora o angustiante, pero también puede tener una lectura positiva. Si nada dura, entonces podemos apreciar más lo que tenemos en el presente, sin darlo por sentado ni aferrarnos a ello con ansiedad. Podemos disfrutar de la belleza de la noche estrellada, sin temer que se acabe; podemos soportar las desgracias, sabiendo que no son eternas; podemos usar la riqueza con generosidad, sin apegarnos a ella con codicia. Podemos vivir con más libertad y más gratitud, aceptando el fluir de la existencia.

 

Sófocles fue un hombre que supo aprovechar su vida al máximo. Fue un poeta prolífico y exitoso, que ganó numerosos concursos teatrales y que innovó en el género de la tragedia griega. Fue también un ciudadano comprometido con su patria, que participó en la vida política y militar de Atenas. Fue un amante de la belleza y del conocimiento, que cultivó la música, la danza y la amistad con otros sabios como Heródoto y Pericles. Murió a los noventa años, siendo venerado por sus contemporáneos como un modelo de virtud y de talento.

 

Su obra nos ha legado un testimonio incomparable de la cultura y el pensamiento griegos, así como de los conflictos universales del ser humano. Sus personajes se enfrentan a dilemas morales, a pasiones desbordadas, a destinos adversos, pero también muestran su valor, su inteligencia, su compasión y su dignidad. Sus tragedias nos hacen reflexionar sobre temas como la justicia, el poder, el amor, la familia, el deber, el conocimiento y el sentido de la vida.

 

La frase que os he expuesto nos invita a tomar conciencia de nuestra condición humana, limitada y vulnerable, pero también capaz de crear belleza y significado. Nos anima a vivir el presente con intensidad y con sabiduría, sin olvidar que todo es efímero y que debemos estar preparados para el cambio. Nos recuerda que somos parte de un cosmos maravilloso y misterioso, que nos ofrece oportunidades y desafíos constantes, siendo la vida un constante fluir, como un baile en el que todo está en movimiento.


domingo, 14 de mayo de 2023

EL PERSPICAZ, ATREVIDO, Y POLÉMICO HISTORIADOR BIZANTINO DE LOS SECRETOS IMPERIALES PROCOPIO DE CESAREA

 

Este destacado historiador bizantino del siglo VI es reconocido como uno de los últimos grandes cronistas de la Antigüedad Tardía. A través de sus obras, nos ofrece una valiosa ventana hacia el reinado del emperador Justiniano y su época. Además, su estilo de escritura en griego clásico, inspirado en Heródoto y Tucídides, nos sumerge en relatos cautivadores que nos permiten comprender mejor la historia y la sociedad de aquel entonces.

 

Nuestro protagonista, Procopio, nació en Cesarea, Palestina. Aunque se conocen pocos detalles sobre sus orígenes, sabemos que fue un estudioso ávido de los clásicos griegos. Asistió a una escuela de Derecho, posiblemente en Berytus (hoy en día Beirut), y se convirtió en rhetor, es decir, en un hábil abogado. En 527, tuvo el honor de unirse a Belisario, un destacado general y comandante militar, como su consejero legal.

 

Las andanzas de Procopio junto a Belisario lo llevaron a presenciar eventos históricos cruciales. Estuvo presente en la batalla de Callinicum en el año 531, donde Belisario sufrió una derrota. También fue testigo de la aplastante represión de la rebelión de Niká en el año 532. La aventura continuó cuando se unió a Belisario en su exitosa campaña contra el reino vándalo en el norte de África, participando activamente en la conquista de Cartago.

 

Pero la historia no se detiene ahí. A su regreso a Constantinopla, la capital del Imperio Bizantino, Procopio decidió quedarse en África durante un tiempo. Sin embargo, pronto se reunió nuevamente con Belisario para embarcarse en una nueva empresa: la campaña contra el reino ostrogodo de Italia. Fue en Italia donde Procopio presenció el asedio de Roma por parte de los ostrogodos en 537-538, así como la conquista de Rávena, la capital gótica, por parte de Belisario en 540.

 

Aunque las relaciones entre Procopio y Belisario parecen haberse enfriado posteriormente, su conexión inicial fue inolvidable. Procopio nos muestra cómo las circunstancias a veces pueden distanciar a las personas. Enfrentado a nuevos desafíos, Procopio optó por quedarse en Constantinopla mientras Belisario se enfrentaba al nuevo rey ostrogodo, Totila. Fue en esta ciudad donde Procopio presenció y describió la devastadora plaga que asoló Constantinopla en 542.

 

Lamentablemente, la información sobre la vida posterior de Procopio es escasa. Sabemos que recibió el título de "illustris" en el año 560 y es posible que haya ocupado el cargo de prefecto urbano de Constantinopla en 562-563. Sin embargo, el misterio que rodea su vida después de estas fechas nos deja con ganas de saber más sobre sus logros y actividades.

 

Hablemos ahora de las obras de Procopio, que nos brindan una valiosa visión de la época y destacan por su estilo literario y contenido histórico detallado.

 

Una de sus obras más importantes es "Historia de las guerras" una obra dividida en ocho libros que relatan las guerras libradas por el Imperio durante el reinado de Justiniano. Procopio, testigo presencial de muchos de estos eventos, nos sumerge en narraciones emocionantes y vívidas. A través de su pluma, podemos experimentar la tensión de la batalla y entender las estrategias militares utilizadas en aquella época.

 

En "Sobre los edificios", Procopio nos deleita con un panegírico dedicado a las numerosas obras públicas emprendidas por el emperador Justiniano. Dividido en seis libros, este trabajo resalta el enfoque del emperador en fortificar la ciudad, construir iglesias y garantizar el suministro de agua para el bienestar de sus súbditos. A través de las descripciones detalladas de Procopio, podemos visualizar majestuosas estructuras y admirar los logros arquitectónicos de la época.

 

Sin embargo, la obra más controvertida y fascinante de Procopio es "Historia secreta". Descubierta siglos después de su escritura, esta obra desvela un lado oscuro y crítico de Procopio hacia el emperador Justiniano, su esposa Teodora, su antiguo amigo Belisario y su esposa Antonina. Aquí, Procopio arroja luz sobre los escándalos y las intrigas de la corte imperial, llegando incluso a descripciones provocativas y sexuales. Aunque algunos han cuestionado su autenticidad, el análisis del texto respalda la atribución de esta obra a Procopio. 

 

Aparte cabe destacar que Procopio nos enseña que el coraje y la audacia a menudo son más reconocidos que la prudencia y la seguridad. Su valentía al enfrentar peligros y participar en campañas militares nos inspira a superar nuestros miedos y perseguir nuestros objetivos con determinación.

 

Asimismo, nos recuerda que cuando nos enfrentamos a la desgracia, no estamos solos en nuestra aflicción. El consuelo proviene del conocimiento de que los males no nos afectan solo a nosotros, sino que son parte de la condición humana. Esta perspectiva nos ayuda a encontrar fortaleza y seguir adelante en tiempos difíciles.

 

La creencia de Procopio de que Dios nunca abandona a aquellos que se enfrentan a peligros necesarios nos invita a confiar en una fuerza superior y a encontrar consuelo en la fe cuando nos enfrentamos a desafíos que no hemos elegido.

 

Además, nos advierte sobre los peligros de dejarnos llevar por el sufrimiento intenso, ya que puede nublar nuestro juicio y llevarnos a tomar decisiones equivocadas. Es importante mantener la calma y la claridad mental incluso en medio de las dificultades más desgarradoras que nos pueden llevar a tomar las peores decisiones, incluso hacer que seamos crueles.

 

También Procopio nos insta a priorizar lo más importante cuando nos enfrentamos a un peligro inminente. En lugar de distraernos con preocupaciones triviales, debemos concentrarnos en la situación en sí y tomar las medidas necesarias para superarla. Esto nos enseña a ser sabios en la elección de nuestras acciones y a dar prioridad a lo que realmente importa en momentos críticos.

 

A lo largo de su vida, Procopio se dedicó apasionadamente a su labor como historiador, dejando un legado invaluable para las generaciones futuras. Su estilo literario, influido por los grandes escritores de la Antigüedad, nos sumerge en los acontecimientos históricos y nos transporta a esa época lejana.

 

Como último aprendizaje de Procopio, podemos apreciar su cuidado en explicar términos contemporáneos y aclarar conceptos para su audiencia. 

Esta dedicación a la claridad y la comprensión muestra su deseo de transmitir conocimientos de manera accesible para todos. Nos inspira a compartir el conocimiento de manera didáctica y agradable, de manera que pueda ser apreciado y entendido por un amplio público.

 

En resumen, Procopio de Cesarea fue un destacado historiador bizantino cuyas obras nos permiten conocer en detalle el reinado de Justiniano. Su valentía, su capacidad de observación y su estilo literario cautivador hacen de sus escritos una fuente invaluable de conocimiento histórico. 

A través de sus enseñanzas, aprendemos a valorar el coraje sobre la prudencia, a encontrar consuelo en la compañía de otros en la adversidad, a confiar en la ayuda divina cuando enfrentamos peligros y a mantener la claridad mental en tiempos de sufrimiento. Siguiendo el ejemplo de Procopio, podemos buscar la excelencia en nuestras propias vocaciones y compartir nuestros conocimientos de manera didáctica y práctica para enriquecer la experiencia de aquellos que nos rodean.



miércoles, 15 de febrero de 2023

domingo, 8 de mayo de 2022

CÉSAR DICE SOBRE LA RELIGIÓN EGIPCIA

 

Desde luego, la religión egipcia es venerable por su mera antigüedad; además, como descubrí luego en muchas e interesantes conversaciones con los sacerdotes, está lejos de ser (como pudiera parecer a primera vista) sencillamente un conjunto más o menos conexo de supersticiones de tribus.

 

 Las ideas cosmogónicas de esta religión no tienen más sentido que las nuestras o las de los griegos, y aunque los egipcios son hasta cierto punto admirables matemáticos, no puede considerárselos como pensadores profundos u originales. Todos los descubrimientos matemáticos más preciosos e importantes se deben a los griegos, y, por supuesto, la metafísica en un sentido racional es un invento griego.

 

Así y todo, creo que los egipcios merecen la distinción de ser, como hubo de llamarlos Heródoto, «el pueblo más religioso del mundo». Para ellos es divino, en un sentido u otro, no sólo lo grande, sino también lo humilde. Consideran, claro está, a sus gobernantes hijos del Sol. De manera que Cleopatra era una diosa algún tiempo antes de que yo me hiciera dios. Y sus sacerdotes son tan enfáticos y aparentemente sinceros sobre este punto de la peculiar divinidad de ciertas personas, que entiendo muy bien por qué Alejandro, después de su visita al oráculo de Amón, se convirtió en una personalidad en muchos sentidos diferente.


Sin embargo, esta divinidad, que los egipcios atribuyen a reyes y a algunos legisladores o inventores del remoto pasado, se atribuye también a gatos, cocodrilos, perros y chacales. Fue preciso dar a nuestros soldados las órdenes más estrictas para impedirles que ocasionalmente dieran muerte a un gato o a un perro, puesto que si ocurría uno de estos accidentes se suscitaría un tumulto. Los egipcios hasta se toman la molestia y hacen el gasto de momificar los cuerpos muertos de estos animales y de sepultarlos en grandes cementerios que ocupan tierras que podrían usarse fácilmente para algún fin útil. Para ellos estas criaturas son, en mayor o menor medida, encarnaciones de la divinidad.

Algunas son veneradas con mayor reverencia que otras. El sagrado buey de Menfis, por ejemplo, llamado Apis, representa en la tierra, según creen los egipcios, el espíritu de uno de los más grandes de sus dioses, Osiris, deidad de la que no tenemos equivalente en nuestra religión. Una vez terminada la guerra de Alejandría, pasé con Cleopatra unas interesantes y divertidas horas en Menfis, alimentando al buey sagrado y observando sus cabriolas, que los sacerdotes vigilaban atentamente con el fin de profetizar el futuro.


Después de todo, éste no es un procedimiento de adivinación más absurdo que nuestros complicados procedimientos de escrutar las entrañas de los animales sacrificados u observar el vuelo de las aves. Como cabeza de la religión del Estado, yo mismo tengo naturalmente que dedicar algún tiempo a estas prácticas que, desde muchos puntos de vista, deben parecer ridículas a todos los hombres inteligentes. Y bien podemos imaginar que a medida que aumente el número de personas capaces de pensamiento racional, estas prácticas habrán de desaparecer por completo. Sin embargo, si esto ocurriera, no me sorprendería nada que fueran reemplazadas por otras.


sábado, 1 de enero de 2022

GELÓN




Gelón (en griego: Γέλων Gélōn; Gela, c. 540 - Siracusa, 478 a. C.) fue un militar y político griego, tirano de Gela y Siracusa en el siglo V a. C., primero de la dínastía deinoménida.


Su padre Deinomenes pertenecía a una antigua familia sacerdotal de Gela dedicada al culto de Deméter y Kore. El joven Gelón entró a formar parte de la guardia personal del tirano Hipócrates, a quien ayudó a hacerse con el poder, siendo ascendido a comandante de la caballería de la ciudad de Gela.


A la muerte del tirano (491 a. C.), Gelón defendió a los hijos de este, Euclides y Cleandro, contra las facciones oligárquicas, pero ese mismo año asumió personalmente el poder, conservando todas las posesiones de Hipócrates.


Aliado con Terón, tirano de Acragas, con cuya hija Demarete se casó, Gelón comenzó a partir de 488 a. C. la lucha contra los cartagineses, impidiéndoles una mayor penetración en la isla tras la catástrofe de Dorieo.


En el año 485 a. C. apoyó a los geomoroi, nobleza terrateniente siracusana que, expulsada por la unión del pueblo y los kyllyrioi de esta ciudad-Estado, se había refugiado en Casmenai. Gelón aprovechó la ocasión para, tras reponer a los geomoroi en Siracusa, hacerse con el control de la ciudad. Gelón confió el gobierno de Gela a su hermano Hierón y trasladó su sede a Siracusa, ciudad que amplió y que prosperó bajo su mandato hasta convertirse en la mayor de todo el mundo griego.


Para ello desplazó a una parte de los habitantes de Gela, mientras que Camarina, que se había rebelado, fue destruida y su población trasladada a Siracusa (484 a. C.), situación que se repitió en Megara Hiblea, con la diferencia que aquí sólo la aristocracia fue admitida en la ciudadanía siracusana, siendo el demos esclavizado (483-482 a. C.); además asentó en Siracusa a diez mil mercenarios.


En el año 481 a. C. rechazó integrarse en la alianza panhelénica contra la invasión persa, no tanto porque se le negase el mando sobre la misma, sino principalmente para defender Sicilia frente a los cartagineses. En 480 estos últimos se presentaron en la isla a la llamada de Terilo, pero las fuerzas unidas de Terón y Gelón lograron alcanzar una resonante victoria en Hímera, que alejó el peligro cartaginés de Sicilia durante setenta años. Convertido en amo absoluto de toda Sicilia, hizo pública su intención de renunciar a la tiranía, pero su propuesta fue rechazada por una multitud, gobernando sin oposición hasta su muerte, a causa de una enfermedad, en 478 a. C.


Fue honrado como un héroe, y su memoria objeto de tal respeto que, cuando las estatuas de bronce representando a los tiranos de Siracusa fueron retiradas por Timoleón (150 años después), se hizo una excepción con la de Gelón.

Gelón era hijo de Deinomenes, tirano de la ciudad siciliana de Gela, más conocido por conquistar Catania, en la costa oriental de Sicilia. El historiador Heródoto escribe que sus ancestros venían de la isla de Tilos en el mar Egeo, quienes fundaron la ciudad de Gela en el sur de Sicilia. Se dice que uno de sus parientes, Telines, reconcilió a sus habitantes tras un periodo de desorden civil, gracias a los ritos a las diosas del inframundo, Démeter y su doncella Kore, y todos sus descendientes continuaron la tradición sacerdotal en el culto a estas diosas. Gelón mismo parecía ser un sacerdote de este culto. Sus tres hermanos fueron Hierón, Trasíbulo y Polícelo. Deinomenes consultó al oráculo sobre el destino de sus hijos, y fue informado de que los tres estaban destinados a convertirse en tiranos.


Gelón combatió en varios conflictos entre los distintos tiranos de Sicilia, ganándose una reputación de soldado formidable. Sus hazañas fueron tan renombradas que fue ascendido a comandante de la caballería de Hipócrates, tirano de Gela. Desde este cargo desempeñó un rol vital en muchas batallas, incluyendo una contra Siracusa, ciudad que más tarde él mismo conquistaría.​


 No fue hasta la muerte de Hipócrates en batalla contra los sículos en Megara Hiblea, que comenzó la escalada al poder de Gelón. Tras la muerte de Hipócrates, sus hijos ostentaron el cetro, pero el pueblo estaba cansado del mando de esta familia y se rebeló. Gelón aplacó la revuelta bajo el pretexto de apoyar a los hijos de Hipócrates, pero en lugar de ello ganó el poder para sí mismo con la ayuda del ejército en 491 a. C. El territorio bajo su control incluía ahora Gela, Naxos al este, Mesina al noreste y Camarina en el sur.

 Gelón reinó pacíficamente sobre Gela y sus territorios en la Sicilia oriental durante el siguiente lustro. En 485 a. C. los aristócratas de Siracusa - conocidos como los gamori o geomori -, que habían sido expulsados de la ciudad por sus habitantes, acudieron a Gelón en busca de ayuda. Aprovechando la oportunidad, Gelón utilizó su poder militar para capturar la ciudad de Siracusa con escasa resistencia, reinstalando en el gobierno a los exiliados gamori.


Gelón fue entonces nombrado nuevo tirano de Siracusa, y dejó a su hermano Hierón al cargo de Gela. De acuerdo a Heródoto, trasladó la mitad de la población de Gela a Siracusa y destituyó a los aristócratas de Camarina. Continuó su estrategia expansionista, conquistando la vecina Eubea (483 a. C.) y Megara Hiblea. Destituyó por la fuerza a la aristocracia de estas ciudades y la envió a Siracusa, y esclavizó al resto de la población para expulsarla de Sicilia. El motivo de ello, de acuerdo a Heródoto, es que había sido criado como un noble y se hallaba constantemente en presencia de nobles, y «encontraba una molestia compartir su hogar con gente común».


Cuando los megaranos de Sicilia se rindieron a él (Gelón) tras un sitio, separó a los más ricos, que habían hecho la guerra contra él y esperaban ser ejecutados, y les llevó a Siracusa para convertirles allí en ciudadanos. En cuanto a las gentes comunes de Megara, que no tenían nada que ver con la guerra y esperaban que no se les hiciera ningún daño, también fueron llevados a Siracusa y vendidos como esclavos para ser llevados fuera de Sicilia.  (Heródoto, Historias VII, 156)

 

Siracusa prosperó rápidamente bajo el gobierno de Gelón. Junto a un importante programa de obras públicas, Gelón organizó un poderoso ejército mercenario. La mayoría de los reclutas de su ejército venían de las tribus sículas nativas, aunque algunos procedían de la patria griega, soldados que habían combatido seguramente con Gelón algún tiempo atrás. Los efectivos completos ascendían a unos 10.000 hombres, todos los cuales recibieron la ciudadanía siracusana.


Gelón encontró un poderoso aliado en Terón, tirano de Agrigento, una ciudad al oeste de Gela, tras casarse con su hija Demarete. En 481 a. C., llegaron hasta él emisarios de Atenas, buscando su apoyo en la próxima guerra contra Jerjes I de Persia. Gelón respondió que enviaría 28.000 hombres y 200 naves si era nombrado comandante del ejército o flota griega. Se le negaron ambas pretensiones y, en consecuencia, rehusó apoyar a los griegos de cualquier manera.

 

Existe cierta incertidumbre sobre la conducta de Gelón tras el rechazo griego a sus pretensiones. De acuerdo a Heródoto, envió a Cadmo de Cos con dinero y regalos a esperar en Delfos el desenlace del conflicto y, de ser este desfavorable para los griegos, hacer ofertas de sumisión al monarca persa.


Gelón, sin embargo, temía que los griegos no fueran capaces de derrotar a los bárbaros, considerando intolerable que él, tirano de Sicilia, debiera marchar al Peloponeso y ponerse a la entera disposición de los espartanos. Por esta razón, no siguió adelante con su plan, sino que adoptó otro. Tan pronto como fue informado de que los persas cruzaban el Helesponto, envió a Cadmo, hijo de Escites, hombre de Cos, a Delfos con treinta quinquerremes, llevándoles dinero y mensajes de amistad. Cadmo debía observar el resultado de la batalla, y si los bárbaros vencieren, debía entregarles dinero, tierra y agua como símbolo de sumisión. Si, por el contrario, los griegos vencían, debía regresar con los presentes. ( Heródoto, Historias VII, 163).  

 

El mismo Heródoto, sin embargo, añade que los griegos sicilianos aseguran que se preparaba para unirse a las fuerzas de la alianza, cuando a sus oídos llegaron las nuevas de la invasión púnica de Sicilia. Del mismo modo se pronuncia Éforo de Cime.​


Existe, sin embargo, otra historia que cuentan los sicilianos: aunque fuera bajo autoridad lacedemonia, Gelón habría ayudado a los griegos de no ser por Terilio, hijo de Crinipo, tirano de Hímera. Este hombre, que había sido expulsado de Hímera por Terón de Acragas, hijo de Enesidemo, trajo contra Gelón trescientos mil fenicios, libios, iberos, ligios, ilicios, sardos y corsos, liderados por Amílcar hijo de Hannón, rey de los cartagineses. Terilo le indujo a ello en parte en prerrogativa de su amistad personal, pero principalmente a través de los esfuerzos de Anaxilao, hijo de Cretines, tirano de Regio. Éste había enviado a sus propios hijos como rehenes a Amílcar, y traído a éste a Sicilia en ayuda de su suegro, pues la esposa de Anaxilao era Cidipe, hija de Terilo. Por esto Gelón envió el dinero a Delfos, porque le era imposible ayudar a los griegos. (Heródoto, Historias VII, 165),

 

 

Los cartagineses se hallaban entonces establecidos en la costa occidental de Sicilia. Terón de Acragas había proclamado la independencia de toda Sicilia de los púnicos tras derrotar al tirano Terilo en Hímera. Terilo acudió a Cartago en busca de un poderoso aliado para ayudarle a recuperar Hímera. Los púnicos respondieron a su súplica, viendo en ello una oportunidad para extender su dominio sobre la isla. La oportunidad era propicia ahora que la Grecia continental se hallaba bajo la amenaza persa.


Algunos historiadores6​ mencionan que Jerjes y Cartago estaban en contacto y coordinaron un ataque simultáneo en ambos frentes, el oriental y el occidental, correspondientes a Grecia y sus colonias, evitando así que se apoyaran mutuamente. En cualquier caso, en 480 a. C., un ejército cartaginés de 300.000 hombres desembarcó en Palermo, en la costa norte de Sicilia, y avanzó al este hacia Hímera. Al mando se encontraba el sufete Amílcar Magón. Gelón, al llegarle noticias del peligro que se cernía sobre su aliado, encabezó un ejército de 50.000 infantes y 5000 jinetes en dirección a Hímera.

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Un contingente del ejército de Gelón consiguió penetrar en el campamento púnico, disfrazándose como aliados de la vecina ciudad de Selino. Una vez en el interior, dieron la señal al resto de las tropas de Gelón, que se hallaban estacionadas en las montañas sobre el campamento, prendiendo fuego a los barcos de Amílcar. La subsiguiente batalla resultó en una completa victoria para Gelón y Terón, con unas bajas estimadas de 150.000 cartagineses, incluyendo al propio Amílcar.​ Según los historiadores clásicos, esta victoria se produjo en el mismo día que la batalla de Salamina tenía lugar al oriente.​


Las riquezas recuperadas del campamento púnico y los 2000 talentos de plata recibidos como garantía del tratado de paz con Cartago, fueron distribuidos por Gelón entre sus tropas y las de sus aliados. Una gran cantidad se reservó para la construcción de un nuevo templo en Siracusa, y más dinero fue enviado para la construcción de nuevos santuarios en la misma Grecia.​ Al regresar a la ciudad, Gelón convocó al ejército y las gentes de Siracusa. Se presentó ante ellos desarmado y solo, e hizo una recapitulación de sus acciones durante todo su mandato, la guerra contra Amílcar y el modo en que distribuyó el botín. Les dijo que si encontraban algo incorrecto en su conducta, eran libres de matarle y controlar Siracusa ellos mismos. El pueblo de Siracusa aclamó a Gelón, manteniéndole como tirano, y este continuó su reinado de paz los siguientes dos años, tras los cuales murió presa de fiebres.​

 

Gelón murió en 478 a. C. tras gobernar Siracusa durante siete años. El control del reino pasó entonces a su hermano Hierón, quien gobernó una década hasta su muerte, tras la que estalló una disputa por la sucesión que acabó con la disolución del Estado siracusano.

 

La primera contribución digna de mencionar de Gelón al mundo griego, y más específicamente siciliano, fue la fundación de Siracusa como capital, a la que convirtió en «la mayor ciudad griega de occidente». La localización de la ciudad propiamente dicha la convirtió en un lugar privilegiado para tal papel. La ciudad se encontraba en una isla, conectada con el interior por una península, construida en el Siglo VI a. C.. Miraba a oriente, hacia la patria griega, y poseía su propio puerto.


Gelón construyó una muralla que descendía desde el fuerte de Acradina hasta el mar, haciendo de Siracusa virtualmente inexpugnable. Además, al trasladar a ella los ciudadanos adinerados de otras ciudades - táctica nunca antes empleada en Sicilia - la ciudad prosperó rápidamente. Construyó un teatro para fomentar la cultura entre sus ciudadanos, y un templo a la diosa Atenea tras la batalla de Hímera. Todas estas infraestructuras influenciaron la historia de Siracusa por muchos años. La ciudad fue un importante puesto avanzado para los imperios bizantino y romano, y hoy en día representa un lugar de gran importancia histórica para Sicilia e Italia.


La segunda gran contribución de Gelón fue la victoria ante los cartagineses en Hímera. La batalla fue especialmente significativa por su fecha y localización. Existen pocas dudas acerca del destino de Sicilia si Amílcar hubiera derrotado al ejército combinado de Gelón y Terón. Los Estados griegos de la metrópoli habrían sido incapaces de prestar ayuda debido a su propia guerra contra los persas. Si, como muchos historiadores creen, los ejércitos persa y cartaginés hubieran entrado en contacto, una derrota de Gelón en Hímera habría supuesto un ataque envolvente sobre la propia Grecia por púnicos y persas, y quizá el eventual fin de la civilización griega. Al derrotar a Amílcar en 480 a. C. Gelón consiguió mantener Sicilia libre del yugo púnico durante los siguientes setenta años.



Gelón parece haber sido guardado en alta estima por sus súbditos, al menos parcialmente debido a su victoria en Hímera. Este respeto queda patente en la elaborada tumba y estatua esculpidas en su memoria con dinero público. A pesar de los abusos efectuados por Gelón sobre los pueblos conquistados, su reputación como tirano respetado y rey generoso sobrevivió al paso del tiempo, convirtiéndose en sinónimo de buen gobernante. Quizá el mayor testamento a su influencia sobre Sicilia es el hecho de que su estatua fuera perdonada por Timoleón, cuando este destruyó todas las demás para enterrar cualquier memoria de tiranía, cuando Sicilia se convirtió en democracia 150 años después de la muerte de Gelón.