César no se parecía en nada a su madre excepto en la fortaleza de espíritu, y Julia se daba cuenta de las fricciones existentes entre ambos, a veces a la menor provocación. Pero para su hija, César era el principio y el fin de aquel mundo en cuya aceptación Aurelia la había disciplinado: no era un dios, pero decididamente sí un héroe. Para Julia no había nadie tan perfecto como su padre, tan brillante, tan educado, tan ingenioso, tan apuesto, tan ideal, tan romano. Oh, ella estaba muy bien familiarizada con los fallos de su padre -aunque éste nunca se los mostraba-, desde aquel terrible mal genio hasta lo que ella consideraba el pecado dominante en él, que era jugar con las personas como un gato juega con un ratón en todos los sentidos: despiadado y frío, y con una sonrisa de puro placer reflejada en el rostro.
Pasión por los romanos. Un blog de divulgación creado por Xavier Valderas que es un largo paseo por el vasto Imperio Romano y la Antigüedad, en especial el mundo greco-romano.
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martes, 26 de mayo de 2015
ASÍ VEÍA JULIA A SU TATA (PADRE) CAYO JULIO CÉSAR, DE NIÑA
César no se parecía en nada a su madre excepto en la fortaleza de espíritu, y Julia se daba cuenta de las fricciones existentes entre ambos, a veces a la menor provocación. Pero para su hija, César era el principio y el fin de aquel mundo en cuya aceptación Aurelia la había disciplinado: no era un dios, pero decididamente sí un héroe. Para Julia no había nadie tan perfecto como su padre, tan brillante, tan educado, tan ingenioso, tan apuesto, tan ideal, tan romano. Oh, ella estaba muy bien familiarizada con los fallos de su padre -aunque éste nunca se los mostraba-, desde aquel terrible mal genio hasta lo que ella consideraba el pecado dominante en él, que era jugar con las personas como un gato juega con un ratón en todos los sentidos: despiadado y frío, y con una sonrisa de puro placer reflejada en el rostro.
jueves, 21 de mayo de 2015
CARTA EN LA QUE CNEO POMPEYO MAGNO, MARIDO DE JULIA, HIJA DE CÉSAR, LE COMUNICA SU MUERTE TRAS SU PARTO FALLIDO
Oh, César, ¿cómo voy a soportarlo? Julia está muerta. Mi niña maravillosa, hermosa y dulce está muerta. Muerta a la edad de veintidós años. Yo mismo le cerré los ojos y puse sobre ellos las monedas; le puse el denario de oro entre los labios para asegurarme de que tuviera el mejor asiento en la barca de Caronte.
Murió tratando de darme un hijo. Sólo estaba embarazada de siete meses, y no había tenido ni aviso de lo que se avecinaba. Sólo que se encontraba mal de salud. Nunca se quejó, pero yo lo notaba. Luego se puso de parto y dio a luz al niño. Un niño que vivió dos días, así que sobrevivió a su madre. Julia murió desangrada. Nada podía detener aquella hemorragia. ¡Un modo horrible de morir! Consciente casi hasta el final, pero debilitándose y poniéndose pálida poco a poco, ella que era ya de por si tan blanca. Y hablando conmigo y con Aurelia, hablando sin parar.
Recordando que no había hecho esto, y haciéndome prometerle que yo me encargaría de hacer aquello. Tonterías, como que pusiera a secar el veneno para las pulgas, aunque para eso todavía faltan meses. Me repitió una y otra vez lo mucho que me amaba, que me había amado desde que era niña. Y me dijo lo feliz que yo la había hecho, que no le había dado ni un momento de dolor. ¿Cómo podía decir eso, César? Yo le había causado el dolor que la estaba matando, aquella cosa descarnada que parecía desollada. Pero me alegro de que la criatura muriera. El mundo nunca estará preparado para un hombre que lleve tu sangre y la mía. Mi hijo lo habría aplastado como a una cucaracha.
El desfile de antepasados fue imponente, más que el de cualquier hombre romano. Puse a Corinna, la mimo, en la carroza delantera; llevaba en el rostro una máscara de Julia. He hecho que, en el templo de Venus Victrix que está encima de mi teatro, la diosa lleve el rostro de Julia. Corinna también llevaba puesto el vestido dorado de Venus. Todos estaban alli desde el primer cónsul juliano hasta Quinto Marcio Rex y Cinna. Cuarenta carrozas de ancestros, y cada caballo tan negro como la obsidiana.
¿Y qué es lo que lo asustó? Las multitudes que había en el Foro. César, nunca he visto nada parecido. En ningún funeral, ni siquiera en el de Sila. Al de Sila la gente iba a mirar el cadáver, boquiabierta. Pero a éste venían a llorar por mi Julia. Miles y miles de personas. Sólo gente corriente. Aurelia dice que es porque Julia se crió en Subura, entre ellos. Al parecer, entonces la adoraban. Y todavía la adoran. ¡Había tantos judíos! Yo no sabía que en Roma los hubiese en tales cantidades. Inconfundibles, con esos tirabuzones largos y esas largas barbas rizadas. Desde luego tú te comportaste bien con ellos cuando fuiste cónsul. Tú también creciste entre ellos, ya lo sé. Aunque Aurelia insiste en que vinieron a llorar por Julia, por ella misma.
Comenzaron a apilar toda clase de cosas hasta formar una pira: zapatos, papeles, trozos de madera. Todo llegaba desde la parte de atrás de la multitud que estaba en la parte superior; ni siquiera sé de dónde sacaban todo aquello. La quemaron allí mismo, en medio del Foro Romano. Servio estaba horrorizado en la tribuna de los oradores, donde los actores se habían refugiado poniéndose muy juntos, como las mujeres bárbaras cuando saben que las legiones van a masacrarlas. Había carretas vacías y caballos encabritados por toda Roma, y las jefas de las plañideras no habían llegado más allá del templo de Vesta, donde permanecieron de pie, impotentes.
Así que mi querida niñita va a tener una tumba en la hierba del Campo de Marte, entre los héroes. No he sido capaz de controlar mi dolor para poner eso en marcha, pero lo haré. Tendrá la tumba más magnífica que haya allí, te doy mi palabra. Lo peor de todo es que el Senado ha prohibido que se celebren juegos funerarios en su honor. Nadie confía en que la multitud se comporte como es debido.
CNEO POMPEYO MAGNO
( C. McC. )
Cayo Julio César ¿Cómo voy a soportarlo? Mi única hija, mi perla perfecta. No hace mucho que cumplí cuarenta y seis años y mi hija ha muerto dando a luz. Así fue cómo murió su madre, intentando darme un hijo. ¡Qué vueltas da el mundo! Oh, mater, ¿cómo voy a enfrentarme a ti cuando llegue la hora de regresar a Roma? ¿Cómo voy a enfrentarme a los pésames, la prueba de fuerza que ha de venir después de la muerte de una amada hija? Todos querrán expresar sus condolencias, y todos lo harán con sinceridad. Pero, ¿cómo voy a soportarlo yo? Posar sobre ellos una mirada herida, mostrarles mi dolor..., no puedo hacer eso. Mi dolor es mío. No le pertenece a nadie más. Nadie más debería verlo. Hace cinco años que no veo a mi hija, y ahora nunca volveré a verla. Apenas puedo recordar qué aspecto tenía. Nunca me dio el más mínimo dolor ni disgusto. Bueno, eso es lo que dicen. Sólo los buenos mueren jóvenes. Sólo a los seres perfectos la vejez no los estropea nunca ni una larga vida acaba por agriarlos. ¡Oh, Julia! ¿Cómo voy a soportarlo?
lunes, 20 de abril de 2015
AURELIA COTTA, MADRE DE CAYO JULIO CÉSAR, E HIJA DEL CÓNSUL LUCIO AURELIO COTTA
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| AURELIA COTTA ( MADRE DE CAYO JULIO CÉSAR ) SEGÚN UN DIBUJO DE COLLEEN McCULLOUGH |
La importancia de Aurelia en la formación del joven César será enorme, pues, hay que tener en cuenta, que su padre y otros miembros varones de la familia, permanecían poco en la ciudad dedicados a la guerra y la política. La educación del pequeño César quedó en manos de Aurelia, de su tía Julia y de un preceptor privado llamado Grifón, galo pero con formación alejandrina, pero también a su propio espíritu autodidacta, convirtiéndose en uno de los hombres más cultos de su época. La importancia de Aurelia no solamente fue la de una madre entregada, conductora de la educación moral y académica de su hijo, también, como contaré en este relato, fue también la salvadora de la vida del joven Julio César.
Aurelia nació en Roma, en el 120 antes de Cristo. Su padre era el cónsul Lucio Aurelio Cotta y su madre, Rutilia, era hermana de un personaje tan impactante como Rutilio Rufo, uno de los pocos romanos que, exiliado, desestimó regresar a la ingrata ciudad y vivió en Oriente rodeado del cariño de los provinciales a los que había gobernado. Una familia de gran rectitud y enraizada en la ciudad y sus valores.
La madre de Aurelia, cuando quedó viuda, hizo algo no del todo aceptable para las costumbres de una matrona ejemplar, se casó de nuevo y además lo hizo con el hermano del difunto esposo, pero parece eso que no disminuiría su fama de honestidad ni se vio zaherida por ello por las malas lenguas romanas, que eran muy malas cuando el interés político lo hacía necesario.
Aurelia se casó por debajo de sus posibilidades. Su familia no era de las más ricas de Roma, pero estaba mejor situada que los Julio César. Sin embargo, esa alianza matrimonial favorecería a la familia durante la época de Mario, ya que este estaba casado con una hermana de su esposo.
Aurelia tuvo tres hijos, siendo el menor un varón, quedando viuda cuando el muchacho tenía 16 años, encontrándose entonces en una posición vulnerable no solo por la viudez, sino también debido a que, el mayor enemigo de Mario, Sila, alcanzó el poder e lo hizo valer con dureza contra los que se le habían opuesto.
En Roma la gente desaparecía, era asesinada y perdían sus propiedades. La guerra civil era muy violenta, y había llegado también dentro de los muros de la ciudad. Todos, todos, corrían peligro ante cualquier capricho del dictador o la avaricia de sus seguidores.
Pero los hermanos de Aurelia era silanos y eso supondría una tregua, pero para Sila nada impedía atacar a los enemigos políticos o a las familias famosas.
Las cosas podrían haber ido bien si el hijo de Aurelia hubiese sido más maleable. César no estaba dispuesto a ceder en algo que consideraba que menoscabaría su dignidad y esa circunstancia pronto se presentó. Sila quería algo de César y el adolescente se negó.
Su madre lo había educado con firmeza y cariño, quizá con poca ternura a nuestros ojos, pero si con una inquebrantable confianza en si mismo, su valía y su honor, virtudes que hacían de un romano un verdadero romano.
Quizá los valores aquellos no podamos transferirlos a nuestra vida completamente, pero si su esencia. César estaba casado con la hija Cornelio Cinna, uno de los compañeros de Mario. Y era, por ese motivo, peligroso. Sila estaba dispuesto a perdonarle la vida, pero la condición era clara, debía divorciarse de la muchacha inmediatamente a pesar de haberse contraído un matrimonio en la fórmula más sagrada entre los romanos patricios, el confarreatio.
Si César no se divorciaba de Cornelia, Sila, despiadado, cobraría una nueva víctima. Si Sila era desobedecido no solamente César, que se estaría así distinguiendo como enemigo, sino todos sus allegados, corrían peligro mortal. Sila no toleraba oposición alguna, ni mucho menos rebeldía. Ordenó que César fuera perseguido y muerto.
Y entonces Aurelia, mujer valiente, formada en la tradición de las matronas romanas, acostumbradas a vivir a la sombra de sus padres, hermanos y maridos pero depositarias de la importantísima labor de educar a los hijos, tomó una decisión audaz: si su hijo adolescente se negaba a ceder, ella lo apoyaría hasta el final.
Movilizó a toda la familia. A sus hermanos Cayo, Lucio y Marco Cotta. Al yerno de Sila, Mamerco. A las mismas vírgenes vestales, sagradas custodias del fuego del hogar de Roma. Y se presentaron ante el terrible dictador suplicantes, pidiendo el perdón para el muchacho rebelde.
Y Sila, no se sabe si complacido por el espectáculo o razonando, accedió al perdón, aunque mandó al joven a seguir la carrera militar en Oriente, liberándolo, además, del cargo de Flamen Dialis, un sacerdocio que era incompatible con la profesión militar, necesaria para lograr la carrera política que ya ansiaba tener el muchacho.
César salvó la vida gracias a la acción valerosa e inteligente de su madre Aurelia Cotta, que, en contra de la lógica del momento, defendió lo que era casi un acto de traición al hombre más poderoso del mundo, pues su hijo era para ella intocable en su honor y decisiones. Confió en él y en lo que había hecho que fuera gracias a su educación durante los años precedentes, y gracias a ella Julio César pasó a la Historia.
No conservamos retratos de Aurelia, la joven matrona con la que ilustro el artículo no está identificada. César si es muy conocido y todo el Imperio se llenó de estatuas con su imagen.
miércoles, 6 de agosto de 2014
CONFIDENCIAS DE AURELIA, MADRE DE CÉSAR, A SU NIETA JULIA, HIJA DE CAYO JULIO CÉSAR
«De nada sirve desear un mundo diferente o mejor . Por el motivo que sea, este mundo es el único que tenemos, y debemos vivir en él tan feliz y tan agradablemente como podamos. No podemos luchar contra la Fortuna ni contra el Destino, Julia. »
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