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domingo, 1 de diciembre de 2024

¡EL MOTÍN ES ALTA TRAICIÓN! ( EL MOTÍN DE LA NOVENA LEGIÓN DE CAYO JULIO CÉSAR)




-Estoy aquí para aclarar una ignominia -exclamó con aquella voz aguda y de gran alcance que había descubierto que llegaba más lejos que su natural tono grave-. Una de mis legiones se ha amotinado. La estáis viendo aquí en su totalidad, representantes de mis otras legiones. Se trata de la novena.

Nadie comenzó a murmurar a causa de la sorpresa, pues los rumores siempre corrían, aunque los hombres estuvieran acuartelados en campamentos diferentes.



-¡La novena! Que son veteranos de toda la guerra en la Galia Comata, una legión cuyos estandartes gimen a causa del peso de las condecoraciones al valor, cuya águila ha sido coronada de laurel una docena de veces y a cuyos hombres siempre he llamado mis muchachos. Pero la novena legión se ha amotinado. Sus hombres ya no son mis muchachos. Son chusma, agitados y vueltos contra mí por demagogos disfrazados de centuriones. i Centuriones! ¿Cómo llamarían aquellos dos magníficos centuriones, Tito Pullo y Lucio Voreno, a estos hombres mugrientos que los han sustituido al frente de la novena? -César adelantó la mano y señaló algún lugar cercano a él-. ¿Los veis, hombres de la novena? ¡Tito Pullo y Lucio Voreno! Se marcharon para cumplir el honroso deber de entrenar a otros centuriones aquí en Plasencia, pero hoy están presentes aquí para llorar ante el deshonor en que se ha sumido su antigua legión. ¿Veis sus lágrimas? ¡Lloran por vosotros!. Pero yo no puedo hacer lo mismo. Estoy demasiado lleno de desprecio, demasiado consumido por la ira. La novena ha roto mi historial, hasta ahora perfecto. Ya no puedo decir que ninguna de mis legiones se ha amotinado jamás. -No se movió. Las manos permanecían junto a los costados-. Representantes de mis otras legiones, os he reunido para que presenciéis lo que voy a hacer con los hombres de la novena. Ellos me han informado de que no piensan moverse de Plasencia, que desean ser licenciados aquí y ahora, que se les pague y se les liquide, incluida su parte del botín de una guerra de nueve años. Bien, pues tendrán esa licencia que piden... ¡pero no será una licencia con honor! Su parte del botín de esa guerra de nueve años será repartida entre mis legiones leales. ¡No recibirán tierras, y despojaré hasta el último de ellos de su ciudadanía! Yo soy el dictador de Roma. Mi imperium es superior al imperium de los cónsules, superior al de los gobernadores. Pero yo no soy Sila, y no abusaré del poder inherente a la dictadura. Lo que hago hoy aquí no es abusar de ese poder, sino que ésta es la decisión justa y racional de un comandante en jefe cuyos soldados se han amotinado.



»Soy bastante tolerante. ¡No me importa si mis legionarios apestan a perfume y se dan unos a otros por el culo con tal de que luchen como gatos salvajes y permanezcan completamente leales a mí! Pero los hombres de la novena son desleales. Los hombres de la novena me han acusado de engañarles deliberadamente y de privarles de sus derechos. ¡Me han acusado a mí! ¡A Cayo Julio César! ¡A su comandante en jefe durante diez largos años! ¡Mi palabra no es lo bastante buena para la novena! ¡La novena se ha amotinado! -La voz se le hizo más potente y rugió, algo que nunca había hecho en una asamblea de soldados-. ¡NO ESTOY DISPUESTO A TOLERAR EL MOTIN! ¿Me oís? ¡NO ESTOY DISPUESTO A TOLERAR EL MOTÍN! ¡El motín es el peor crimen que los soldados pueden cometer! ¡El motín es alta traición! ¡Y trataré el motín de la novena como alta traición! ¡Despojaré a esos hombres de sus derechos y de su ciudadanía! ¡Y los diezmaré! Aguardó hasta que las voces que le hacían eco se apagaron. Nadie producía sonido alguno excepto Pullo y Voreno, que lloraban. Todos los ojos estaban clavados en César.



-¿Cómo habéis podido? -le gritó luego a la novena-. ¡Oh, no tenéis ni idea de lo profundamente que les he agradecido a todos nuestros dioses que Quinto Cicerón no esté hoy aquí!. Pero ésta no es su legión; estos hombres no pueden ser los mismos que mantuvieron a raya a cincuenta mil nervios durante más de treinta días, los mismos que resultaron todos heridos, que enfermaron todos, que vieron cómo sus alimentos y sus enseres ardían envueltos en llamas... ¡Y SIGUIERON LUCHANDO COMO SOLDADOS! ¡No, éstos no son los mismos hombres! ¡Estos hombres son quejicas, avariciosos, mezquinos e indignos! ¡No llamaré a hombres así mis muchachos! ¡No los necesito! -Adelantó ambas manos-. ¿Cómo habéis podido? ¿Cómo habéis podido creer a los hombres que iban haciendo correr rumores entre vosotros? ¿Qué os he hecho yo para merecer esto? Cuando vosotros teníais hambre, ¿comía yo mejor? Cuando vosotros teníais frío, ¿dormía yo caliente? Cuando teníais miedo, ¿os ridiculicé? Cuando me necesitabais, ¿no estuve siempre allí? Cuando os di mi palabra, ¿alguna vez me eché atrás? ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? -Las manos le temblaban, por lo que apretó los puños-. ¿Quiénes son esos hombres que están entre vosotros, esos hombres a quienes creéis antes que a mí? ¿Qué laureles llevan en la frente que yo no haya llevado? ¿Son los campeones de Marte? ¿Son hombres más importantes que yo? ¿Os han servido ellos mejor que yo? ¿Os han enriquecido más de lo que os he enriquecido yo? No, todavía no habéis recibido vuestra parte del botín triunfal... ¡No lo ha recibido ninguna de mis legiones! ¡Pero habéis recibido mucho de mí a pesar de eso! ¡Primas en efectivo que saqué de mi propia bolsa! ¡Yo os doblé la paga! ¿Acaso tenéis pagas atrasadas? ¡No! ¿No os he compensado por la falta de botín que una guerra civil prohíbe? ¿Qué he hecho? -Dejó caer las manos-. La respuesta es, novena, que no he hecho nada para merecer un motín, aunque el motín fuera una prerrogativa aceptada. Pero es que el motín no es una prerrogativa aceptada. ¡EL MOTÍN ES ALTA TRAICIÓN, y lo sería aunque yo fuera el comandante en jefe más tacaño y más cruel de toda la historia de Roma! Me habéis escupido encima. Yo no os dignifico si os escupo a mi vez. ¡Simplemente os digo que sois indignos de ser mis muchachos!


Una voz se hizo oír; era la de Sexto Cloacio, a quien las lágrimas le corrían por la cara.

-¡César, César, no! -exclamó llorando al tiempo que salía de la primera fila y subía al estrado-. Puedo soportar que me licencies. Puedo soportar perder el dinero. Puedo soportar incluso ser diezmado si me toca en suerte. ¡Pero no puedo soportar no ser uno de tus muchachos!




Salieron todos, los diez hombres que habían formado la delegación de la novena, llorando, suplicando perdón, ofreciendo morir sólo porque César los llamase sus muchachos, les siguiera concediendo el respeto de antes. El dolor se extendió, los soldados rasos sollozaban y gemían. Auténtico, de corazón.



¡Son como niños!, pensó César mientras escuchaba, mecido por palabras bellas salidas de bocas sucias, timado como los apuflos reunidos con charlatanes. Eran niños. Valientes, duros, a veces crueles. Pero no hombres en el verdadero sentido de la palabra. Eran niños. Les dejó que se desahogasen.

-Muy bien -les dijo después-. No os licenciaré. No os consideraré a todos culpables de alta traición. Pero hay condiciones. Quiero a los ciento veinte cabecillas de este motín. A todos ellos se les expulsará del ejército y todos perderán la ciudadanía. Y los diezmaré, lo que significa que doce de ellos morirán de la manera tradicional. Que salgan ahora.




Ochenta de ellos formaban la centuria entera de Carfuleno, la primera de la séptima cohorte; entre los otros cuarenta se contaban los centuriones amigos de Carfuleno, y Cloacio y Aponio. Las suertes para escoger a los doce hombres que morirían fueron amañadas, pues Sulpicio Rufo había hecho sus propias averiguaciones para saber quiénes eran los cabecillas. Uno de los cuales, el centurión Marco Pusión, no estaba entre los ciento veinte hombres que la novena había indicado.

-¿Hay aquí algún hombre inocente? -preguntó César.

-¡Sí! -le respondió una voz a gritos desde las profundidades de la novena legión-. Su centurión, Marco Pusión, lo ha nombrado. ¡Pero Pusión es culpable!

-Sal, soldado -le ordenó César. El hombre inocente salió. -Pusión, ocupa su lugar.




A Carfuleno, Pusión, Apicio y Escapcio les tocó en suerte morir; los otros ocho condenados eran todos soldados rasos, pero estaban muy implicados. La sentencia se cumplió de inmediato. En cada grupo de diez hombres acusados, a los nueve a quienes les tocó en suerte vivir se les dieron porras y se les ordenó que aporrearan a aquel de su grupo que había sido condenado a muerte hasta que quedase convertido en pulpa irreconocible.

-Bien -dijo César cuando todo acabó. Pero en realidad no estaba bien: nunca más podría volver a decir que sus tropas nunca se habían amotinado-. Rufo, ¿me has preparado una listarevisada de la jerarquía de los centuriones?

-Sí, César.

-Pues reestructura tu legión de acuerdo con ella. Hoy he perdido a más de veinte centuriones de la novena.

-Pues me alegro de que no hayamos tenido que perder a la novena entera -le dijo Cayo Fabio dejando escapar un suspiro-. ¡Qué asunto tan espantoso!




-Todo por un hombre auténticamente malo -apuntó Trebonio con la cara más triste de lo habitual-. De no haber sido por Carfuleno, dudo que esto hubiera ocurrido.

-Quizá, pero el hecho es que ha ocurrido -sentenció César con voz dura-. Nunca perdonaré a la novena.

-César, no todos ellos son malos -le aseguró Fabio, un poco perturbado.

-No, son simplemente niños. Pero ¿por qué la gente espera que a los niños se les perdone? No son animales, son miembros de la gens humana. Por ello deberían ser capaces de pensar por sí mismos. Nunca perdonaré a la novena legión. Y los hombres que la forman lo descubrirán cuando esta guerra civil acabe y yo los licencie. No recibirán tierras en Italia ni en la Galia Cisalpina. Pueden irse a una colonia cerca de Narbona.

Hizo un gesto de despedida con la cabeza.

Fabio y Trebonio se dirigieron juntos a sus tiendas, muy callados al principio.




Por fin Fabio habló:

-Trebonio, ¿son imaginaciones mías o puede ser que César esté cambiando?

¿Quieres decir endureciéndose?

-No estoy seguro de que ésa sea la palabra más adecuada. Quizá... sí, más consciente de que es especial. ¿Crees que eso tiene sentido?

-Desde luego.

-¿Por qué?

-Oh, pues por la marcha de los acontecimientos -le explicó Trebonio-. A un hombre inferior a él lo habrían destrozado. Lo que ha hecho que César se haya mantenido de una pieza es que nunca ha dudado de sí mismo. Pero el motín de la novena ha roto algo dentro de él. Nunca había ni soñado siquiera que sucediera. No creía que nunca, nunca pudiera sucederle a él. En muchos aspectos, creo que esto ha sido para César más traumático que cruzar el Rubicón, ese río insignificante.

-Sigue creyendo en sí mismo.

-Seguirá haciéndolo incluso cuando se esté muriendo -le aseguró Cayo Trebonio-. Pero el día de hoy ha empañado la idea que tenía de sí mismo. César quiere la perfección. Nada debe empequeñecerlo.

-Cada vez pregunta con más frecuencia por qué nadie quiere creer que él es capaz de gana resta guerra -comentó Fabio frunciendo el ceño.

-Porque cada vez está más enojado ante la necedad de la gente. ¡Imagínate, Fabio, cómo debe ser el saber que no hay nadie igual que tú, que esté a tu altura! Pues César lo sabe. ¡Él puede hacer cualquier cosa! Lo ha demostrado demasiadas veces para enumerarlas. Lo que en realidad quiere es que se le reconozca como lo que es. Pero eso no sucede. Lo que recibe es oposición, no reconocimiento. Ésta es una guerra para demostrarle a la gente lo que tú y yo, y por supuesto César, ya sabemos. Ha cumplido los cincuenta y todavía está batallando por lo que considera que se le debe. No es de extrañar, creo yo, que se le esté endureciendo la piel.

( ESCRITO POR COLLEEN MCCULLOUGH, EN SU OBRA “CÉSAR”)







domingo, 24 de noviembre de 2024

CÉSAR DICE SOBRE LA GUERRA




Tanto la cabeza como el cuerpo tiene colmarse con esa serenidad, avidez y fuerza sin límites para ganar la guerra, porque el enemigo tampoco descansa nunca en su propio propósito de ganarla. Cuando se está en guerra no hay tiempo para el descanso ni para el descuido, y si para la velocidad, la eficacia y adelantarse a todos los acontecimientos.
















martes, 27 de junio de 2023

CÉSAR EXPLICA EL MOTIN QUE TUVO EN SU EJÉRCITO

Siento peculiar horror por el amotinamiento de un ejército, así como siento horror por la traición de un amigo. Quizá los dos acontecimientos de la historia de mi época que más me conmovieron (en un sentido moral y en un sentido estético) sean el amotinamiento del victorioso ejército de Lúculo en el Oriente y el asesinato de Sertorio perpetrado por aquellos que, según se suponía, eran sus amigos. Hay algo trágico en tales hechos, pues tanto Lúpulo como Sertorio eran grandes soldados, que habían conquistado triunfos, y ambos, en momentos críticos, fueron abandonados y traicionados por débiles e innobles subordinados en quienes ellos confiaban. En cuanto a mí, supongo que siempre existe la posibilidad de que me asesinen, pero no creo que alguna vez sea incapaz de sofocar cualquier motín que se produzca entre mis tropas. Las conozco demasiado bien, y en el fondo también ellas me conocen.


Ello no obstante, el estallido de desórdenes en el seno de las legiones de Piacenza me inquietó mucho en aquella época. Comprobé que el desorden estaba concentrado en la novena legión, donde un pequeño grupo de agitadores había conseguido influir en la mayor parte de sus camaradas, incluso en unos pocos centuriones. Las perturbaciones emocionales se difunden rápidamente en un ejército, y cuando llegué a Piacenza también otras legiones estaban comprometidas en lo que equivalía a una rebelión. En cierto sentido, el aparente éxito de los agitadores me hizo más fácil tratar aquella cuestión, puesto que se habían organizado, hasta el punto en que pueden organizarse los amotinados, y habían elegido una comisión de doce hombres que pretendían representar al resto. La codicia y la piedad de si mismos eran los sentimientos que les habían sugerido sus supuestos motivos de queja.

 En virtud de varios tortuosos argumentos estaban convencidos de que merecían recompensas mayores de las que habían recibido. Y se quejaban a gritos (quejas que nunca se oyen, sino cuando los soldados están ociosos) sobre su estado de salud, los duros trabajos que habían sufrido en el pasado y la presión que constantemente yo ejercía sobre ellos para que acometieran aún más campañas y emprendieran más duros trabajos. Uno de sus oradores favoritos era aficionado a frases como ésta: «Hasta el metal de las espadas y escudos termina por gastarse. Sin embargo, este general nuestro continúa usándonos sin descanso para sus fines, aunque no estamos hechos de metal, sino de carne y hueso». Consideré esta oratoria bastante efectiva, aunque, por supuesto, en extremo deshonesta, y me enfureció el hecho de descubrir que se pretendía hacer creer a mis soldados que yo estaba prolongando la guerra deliberadamente, cuando desde el comienzo todas mis acciones indicaban mi deseo de la paz.


Evidentemente, era preciso que me presentara en persona ante la turba en desorden, que poco antes había sido un cuerpo de hombres disciplinados. Me llegué a ellos rodeado por un cuerpo de guardias inusitadamente grande y poderoso; eran hombres escogidos, a quienes todo el ejército conocía por sus hazañas. Y no era que yo temiera correr la suerte que hace ya mucho corrió mi suegro Cinna, quien por no haber tomado convenientes precauciones había sido asesinado por sus propias tropas amotinadas. Yo deseaba tan sólo mostrar a mis hombres que eran indignos de mi confianza y en seguida pude ver que mi actitud era eficaz. Aquellos soldados se desconcertaron al verme tan inesperadamente alejado de ellos. Sin duda sus supuestos cabecillas los habían persuadido de que todo cuanto tenían que hacer era amenazarme con que se unirían a Pompeyo y que entonces yo cedería a todas las demandas que quisieran exigirme. Ahora comenzaban a recordar lo que sabían perfectamente bien; es decir, que yo no soy hombre que se deje intimidar y que prefería morir antes que aceptar órdenes de mis propias tropas. Cuando comencé a hablar, se levantaron unos pocos gritos coléricos desde los bordes de la multitud de hombres, pero después de mis primeras frases, todos me escucharon en completo silencio.


Comencé por recordarles con serenidad lo que ellos y yo habíamos hecho juntos en las Galias y mencioné un hecho que, según dije, en mi opinión era obvio: que yo amaba a mis soldados y deseaba que ellos me amaran; pero como ellos sabían, no era yo uno de esos generales que tratan de ganar popularidad participando de los defectos de los soldados o bien perdonando sus faltas. Luego les señalé la circunstancia de que en todas sus campañas no sólo habían conquistado gran renombre, sino que habían sido las tropas mejor y más regularmente pagadas de toda la historia romana. Sabían cómo yo personalmente me había ocupado de todos los problemas referentes a los abastecimientos y a la comodidad de los soldados; sabían cómo los había recompensado después de cada acción triunfante. Sin duda recordarían los grandes esfuerzos que les había exigido, pero, ¿recordaban también el júbilo y la exaltación que habían mostrado en medio de la fatiga?. ¿Recordaban las victorias que nos habían hecho famosos en todo el mundo?.


Dije que me era difícil reconocer ahora en ellos a aquellos hombres a quienes había conocido y en quienes había confiado. Los encontraba en su propio país dedicados al saqueo de los bienes de sus compatriotas y comportándose verdaderamente peor que aquellos celtas y belgas a quienes habíamos derrotado. De esta manera se habían y me habían deshonrado. Les señalé que no me era posible creer que todos ellos estuvieran igualmente comprometidos en los cobardes e irresponsables actos que se estaban cometiendo. Prefería pensar que la mayor parte de ellos había sido inducido a cometer aquellas fechorías por un puñado de personajes ambiciosos y enfadados, a quienes probablemente pagaba el enemigo y que nunca habían sido buenos soldados ni buenos hombres. Pero, así y todo, la actitud general era mala. Aquellos pocos bribones habían sin duda conseguido corromper a la masa de hombres. Los habían persuadido a obrar contra el honor y contra la naturaleza; porque en efecto, existe una ley de la naturaleza según la cual algunos deben mandar, y otros, obedecer. Si se viola esa ley, toda la organización de los seres humanos, con el conjunto de sus instituciones, cae en el caos y la confusión.


En cuanto a mí, ellos sabían muy bien si estaba capacitado o no para mandar. Yo descendía de los fundadores originales de Roma; es más, de los propios dioses inmortales. Y el Estado me había confiado los poderes de pretor, de cónsul y de procónsul, para gobernar provincias. ¿De qué me valía mi linaje, o los poderes con que me había investido el pueblo romano, si ahora iba a recibir órdenes de unas pocas personas despreciables de mi propio ejército?.  ¿Se imaginaban esos miserables agitadores que podrían amedrentarme?. ¿De qué manera?. ¿Creerían que yo temía la muerte?. Pero aun suponiendo que todo el ejército hubiera decidido salirse de mi mando, yo prefería morir antes que renunciar a mis derechos y deberes de combate. ¿Creían que podían influir en mi con la amenaza de desertar y de unirse a Pompeyo?. 

Si ésta era la idea de lealtad que ellos tenían, y si ésta era realmente su disposición, que Pompeyo les diera la bienvenida. Por mi parte, prefería tener a tales soldados contra mí que en mi ejército. Pero no fueran a imaginarse que iba a facilitarles el libre traslado a Grecia o permitirles que marcharan por Italia saqueando su propio país. Ellos podrían pensar sólo en sí mismos, pero yo tenía que pensar en los intereses de la república y en los míos propios. No deseaba tener en mi ejército hombres dispuestos a amotinarse, pero tampoco iba a tolerar ladrones y bandidos en Italia, así como no los había tolerado en las Galias.


Al terminar este discurso, la mayor parte de los centuriones y oficiales se adelantaron, cayeron a mis pies y me imploraron que perdonara a los hombres que tenían bajo su mando. Pude ver que verdaderamente representaban el sentimiento del ejército. Así y todo, me pareció que era necesario tomar alguna medida disciplinaria. Sobre la base de la información que había recibido, había mandado componer una lista de ciento veinte nombres que incluía el de todos los cabecillas y casi todos sus más ardientes seguidores. Hice leer en voz alta la lista, y por la reacción de los hombres noté que mi información en general era correcta. Seguidamente se hizo un sorteo para elegir doce nombres del total de la relación, pero dispuse las cosas de modo tal que los doce fueran aquellos que, según mis informaciones, eran los verdaderos jefes del amotinamiento. Una vez más, cuando se leyeron estos nombres en voz alta, el ejército pareció manifestar una especie de satisfacción y respeto por lo que se suponía era el acierto del azar. Sin embargo, uno de los hombres protestó violentamente, y vi que el resto consideraba con simpatía sus protestas. Hice investigar el caso de aquel hombre y comprobé que era un buen soldado, que se hallaba ausente con licencia cuando comenzó el motín y que no estaba complicado de ninguna manera en el levantamiento. Había sido denunciado por un centurión con el que tenía una cuestión personal. Me pareció justo que ese centurión ocupara en la lista de condenados el lugar de aquel hombre a quien había acusado falsamente. Y así se hizo. Los doce hombres fueron ejecutados, y la disciplina quedó enteramente restablecida. Ahora tenía la libertad de ir a Roma y tenía la seguridad de que en mi ejército no se producirían más disturbios.



domingo, 18 de junio de 2023

GUERRA Y JUSTICIA EN EL PENSAMIENTO DE PORFIRIO

En su tratado sobre cuestiones homéricas, Porfirio desarrolla una filosofía de la guerra que se centra en la idea de que los dioses son fundamentales en el desarrollo de las guerras y que su voluntad es determinante en el resultado final. Según él, si no se atienden a los hechos de la guerra, que dependen sobre todo de la piedad hacia los dioses, no se puede comprender adecuadamente el fenómeno bélico.

 

Porfirio también hace referencia a la tradición neoplatónica relativa a las cuestiones militares y destaca que el propósito de la guerra es asegurar la justicia. En este sentido, Porfirio considera que los dioses son justos y que, por lo tanto, las guerras deben ser justas para contar con su apoyo divino.

 

Además, Porfirio destaca que la guerra es un fenómeno impredecible y complejo que está sujeto a múltiples factores. Para él, el conocimiento sobre lo divino y lo humano es fundamental para comprender adecuadamente este fenómeno y tomar decisiones acertadas en el campo de batalla.

 

En resumen, Porfirio destaca la importancia de atender a los hechos bélicos para comprender adecuadamente este fenómeno. Además, hace referencia a la tradición neoplatónica relativa a las cuestiones militares y destaca que el propósito de la guerra es asegurar la justicia. Por último, enfatiza en que el conocimiento sobre lo divino y lo humano es fundamental para tomar decisiones acertadas en el campo de batalla.

 

Personalmente creo que se le podría hacer unas críticas. No comparto del todo la idea de que los dioses son los que deciden las guerras. Se supone que los dioses son racionales y nos gobiernan mediante la ley natural que ellos mismos han fijado y que es inquebrantable por su propia naturaleza.

 

 La guerra, que no se provoque con todo lo destructiva que es, depende de la virtud y la prudencia de los hombres, ya que es el resultado de las acciones y decisiones humanas.

 La guerra solo es justa cuando se defiende la patria, la libertad o la ley, y cuando se respeta a los enemigos y se busca la paz, evitando la crueldad y el abuso del poder por parte del vencedor. En este sentido la justicia es el objetivo y el medio de la guerra, tal como dice el propio filósofo Porfirio.

 

Tampoco hay que olvidar que el pensamiento de Porfirio se enfoca dentro del contexto romano, que había creado un gran imperio gracias a su habilidad militar y política. Roma era la heredera de Grecia, y su misión era civilizar y dar derecho a todos los pueblos, aunque tuviera que recurrir a la guerra muchas veces. 




jueves, 15 de junio de 2023

ESTOCADA DEL LEGIONARIO, EL SECRETO DE SU ÉXITO MILITAR

 

A los legionarios se les enseñaban a no cortar ( dar tajos) sino a dar estocadas ( apuñalar con sus espadas). Para los romanos, quienes luchaban cortando, no solo eran fáciles de vencer, sino que además se burlaban de ellos. Un corte, aun los hechos con mucha fuerza, no suele matar, pues los órganos vitales están defendidos por la armadura y por los huesos. Por el contrario, una estocada, con que penetre cinco centímetros, es mortal, pues es inevitable que alcance algún órgano vital. Además, al lanzar un corte, el brazo y el lado derechos quedan expuestos, mientras que al lanzar una estocada el cuerpo está cubierto y el adversario queda herido antes de ver la espada.

 

( Flavio Vegecio Renato )

 

Flavio Vegecio Renato fue un escritor del Imperio romano del siglo IV. Nada se sabe de su vida excepto lo que él mismo dice en sus obras. Vegecio no se identifica como militar, sino como vir illustris et comes (hombre ilustre y conde) términos que, en el latín de la época, le señalan como un personaje cercano al emperador.

 

La obra más famosa que escribió fue el Epitoma rei militaris o De re militari, un tratado sobre la ciencia y el arte militar de los antiguos romanos. También se le atribuye la autoría de un manual veterinario llamado Mulomedicina.


viernes, 9 de junio de 2023

TEMISTIO Y LA FILOSOFÍA DE LA GUERRA: RAZÓN, IRA Y JUSTICIA

Temistio, un filósofo y orador de la Antigüedad Tardía, aborda la filosofía de la guerra en su discurso "Sobre la victoria de Valente". En este discurso, Temistio destaca que la tarea de los líderes militares es actuar conforme a la razón que permite dominar la ira. Según él, los reyes deben ser guiados por la razón y los soldados por la ira.

 

Temistio se inspira en Platón para equiparar a los reyes con la razón y a los soldados con la ira. Además, destaca que el honor de la victoria corresponde a los generales, oficiales y cada soldado de la tropa en condiciones normales. 

Sin embargo, en el caso específico que aborda en su discurso, Temistio reconoce que Valente puede atribuirse gran parte del mérito debido a su determinación ante una situación incierta.

 

En su discurso "Sobre la victoria de Valente", Temistio felicita al emperador por su triunfo sobre el usurpador Procopio en el año 366 y le pide clemencia para algunos de los rebeldes. Temistio destaca que Valente actuó con razón y moderación, controlando su ira y siguiendo el consejo de sus generales. Según él, Valente demostró ser un gobernante prudente y justo, que buscaba la paz y la unidad del imperio.

 

El emperador Valente tuvo que enfrentarse a la invasión de los godos en el año 376, cuando estos pidieron refugio en el imperio huyendo de los hunos. Valente les permitió cruzar el Danubio, pero pronto surgieron conflictos entre los godos y los romanos por el trato abusivo que recibieron de algunos funcionarios corruptos. 

Los godos se rebelaron y se aliaron con otros pueblos bárbaros, amenazando la seguridad del imperio. Valente decidió enfrentarse a ellos con su ejército, pero fue derrotado y muerto en la batalla de Adrianópolis en el año 378. 

Aunque Temistio no dedica un tratado sistemático a la filosofía de la guerra, en sus discursos públicos sobre cuestiones políticas hace frecuentes alusiones a la paz y la guerra. En ellos, destaca que la guerra es un fenómeno complejo que requiere de una comprensión adecuada para tomar decisiones acertadas en el campo de batalla.

 

Temistio considera que los líderes militares deben ser guiados por la razón para dominar la ira y actuar con prudencia en el campo de batalla. Según él, los reyes deben ser los encargados de guiar a los soldados hacia la victoria, ya que son los únicos capaces de mantener el equilibrio entre las pasiones y las necesidades del Estado.

 

Además, Temistio destaca que el propósito de la guerra es asegurar la paz y la justicia. Para él, las guerras justas son aquellas que se llevan a cabo para defenderse o para proteger a otros de una injusticia. En este sentido, considera que los líderes militares deben actuar con prudencia y justicia para asegurar que sus acciones estén en línea con estos objetivos.

 

En resumen, Temistio destaca que los líderes militares deben ser guiados por la razón para dominar la ira y actuar con prudencia en el campo de batalla. Además, enfatiza en que el propósito de la guerra es asegurar la paz y la justicia y considera que las guerras justas son aquellas llevadas a cabo para defenderse o proteger a otros de una injusticia.