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martes, 18 de agosto de 2020

HIPÓCRATES DICE SOBRE LO INCURABLE



Lo que no curan los medicamentos, el hierro lo cura. Lo que el hierro no cura, lo cura el fuego. Lo que el fuego no cura debe considerarse incurable.





AURELIO CORNELIO CELSO DICE SOBRE LA MEDICINA



La medicina es un arte conjetural que casi carece de reglas.

 

(...)  ”En la rama de la medicina que trata de las operaciones manuales, toda la ventaja esta en efectúalas por medio de ellas, aunque la asistencia pueda prestarse por oros medios y aunque esta parte es la más antigua, fue cultivada mas por Hipocrates, el padre de toda la medicina, que sus predecesores, empezó a tener sus profesores propios y adquirió considerables adelantos en Egipto, sobre todo por la autoridad de Filoxeno, que trató la cirugía con mucha detención en varios volúmenes. También Gorgias, Lostrato, Herón, los dos Apolonio, Ammonio de Alejandría y otros varios hombres celebres contribuyeron a esto con sus investigaciones en la Cirugía y también hubo en Roma profesores de no menos talento y sobre todo de los antiguos, Trifón el viejo, Enelfoito y Megas, el más ilustrado de todos ellos, que como aparece en sus escrito cambios muchas cosas para mejorarlas y también contribuyeron de un modo notable en bien del arte…”


(...)  “…El cirujano debe ser joven o cuando menos de edad no muy avanzada, tener la mano firme, segura y que nunca tiemble; debe ser tan diestro con la mano izquierda como con la derecha; tener la vista segura y penetrante; intrepidez de ánimo suficiente para mantenerse firme contra los gritos del paciente, aunque compadeciendo a aquel cuya cura haya emprendido; no debe apresurarse más de lo que el caso requiera, ni cortar menos de lo que sea necesario y ejecutar su propósito en todo caso, sin cambias por las importunidades del paciente…”


martes, 21 de abril de 2020

martes, 7 de abril de 2020

HERÓDICO DE SELIMBRIA




Heródico de Selimbria o simplemente, Heródico (en griego: Ἡρóδιĸος, Hêródikos) fue un médico griego​ del siglo V a. C.​ Nativo de Mégara​ ejerció su profesión en Selimbria, en la península de Tracia. Fue sofista y uno de los tutores de Hipócrates.​


 

Se le atribuye el primer uso del ejercicio físico terapéutico para el tratamiento de enfermedades y el mantenimiento de la salud. También recomendaba una buena alimentación y masajes combinados con el uso de hierbas medicinales y aceites esenciales, y sus teorías, que combinan la medicina y la gimnasia (gimnástica) lo convierten en el precursor de la medicina deportiva. Heródico también era pédotribo (literalmente, "entrenador de niños"), maestro de gimnasia (παιδοτρίβης) y de deporte.​


 

Describió precisamente la forma de realizar un masaje. Recomendó que los movimientos fuesen primeramente lentos y suaves, y luego más rápidos, con la aplicación de una presión cada vez más fuerte que debía terminar con un masaje más suave. Platón atribuye a Heródico la recomendación de una marcha de ida y vuelta entre Atenas y Mégara,​ una distancia de más de 80 kms.


domingo, 29 de marzo de 2020

jueves, 19 de marzo de 2020

HIPÓCRATES DICE SOBRE EL VINO



El vino es una cosa maravillosamente apropiada para el hombre si, en tanto en la salud como en la enfermedad, se administra con tino y justa medida.




lunes, 24 de febrero de 2020

jueves, 19 de diciembre de 2019

UN TEÓFILO GRIEGO CUALQUIERA



No se puede decir con exactitud si la política ateniense fue favorable o no al incremento demográfico. Sobre tal punto siempre fue contradictoria. En la ley civil y en la religiosa se hallan muchos estímulos, incluyendo la adopción de hijos por matrimonios estériles. Pero también se halla sancionado el infanticidio, que se practicaba regularmente con los niños deformes, mientras que el código médico de Hipócrates prohibía el aborto.
 
Cabe creer, en suma, que el Estado dejaba mano libre a la iniciativa privada, ya que todo  dependía  de los progenitores que el destino daba al recién nacido.  Si aquéllos eran de índole afectiva y la criatura era varón y de buena constitución, tenía muchas posibilidades de ser  bien  recibido.  De  lo  contrario  corría el riesgo de ser arrojado por la puerta.

 

Superado este primer examen, el  niño,  dentro  de los diez días de su nacimiento, era acogido por  la familia con una ceremonia en la que se le  hacían varios regalos, entre ellos  el  nombre. Mas, a  diferencia de sus coetáneos romanos que en seguida recibían tres (el propio, el de la familia y el de la "gente" o "dinastía"), aquél sólo recibía uno; lo que demuestra cuánto más individualista era la sociedad griega, es decir, cuánto menos contaban los vínculos de parentesco.

 


Tomemos un Teófilo cualquiera de la  clase media.  Le han llamado así porque así se  llamaba  su  abuelo.  Si  acaso,  para  distinguirle  de  los  otros  Teófilos   de la ciudad o del barrio, le llamarán Teófilo de  Cimón, que es el nombre de su padre, o Teófilo  de  El Pireo, que es el barrio donde ha nacido. Con el nombre, ha recibido el derecho a la vida, en el sentido de que  a partir de ahora no se le puede arrojar por la  puerta: hay que quedárselo, alimentarle y educarle. Naturalmente, también el cumplimiento de estos deberes depende del carácter de los progenitores y de sus posibilidades económicas. Mas el propio Temístocles, que fue uno de los hombres  más  poderosos  e  influyentes de Atenas, decía que el verdadero dueño de  la ciudad era  su  hijo porque  mandaba  a  su  madre,   la   cual le mandaba a él. Lo que nos demuestra que, una vez apegados al niño, los progenitores se tornaban, como buenos meridionales, tiernuchos como los padres italianos de hoy.

 

La casa donde Teófilo ha nacido no es grande. Desde fuera, es sólo una pared enjalbegada, sin ventanas, con una pequeña puerta provista de  una  mirilla,  que da al callejón sin pavimentar. Está construida con ladrillos y sólo tiene una planta. Aun después de que Alcibíades hubo estimulado el lujo y la ostentación, pocos fueron los  ciudadanos  que  agrandaron  la  casa y la circundaron de una columnata: tenían demasiado miedo  de  inspirar  envidia  a  los  vecinos,  tentaciones a los ladrones y pretextos al  fisco.  Además,  el  clima no favorecía el amor a la casa, que ellos consideraban poco más que un dormitorio.

 

En el centro había un patio, que tan sólo los acomodados circuían de un  pórtico,  y  donde  la  familia  se reunía para comer y rezar.  Sobre  él  daban  todas las estancias, escasamente provistas de  decoración  y de muebles: algunas sillas, una mesa, una cama. De calefacción hay poca necesidad. Cuando conviene se emplean traseros de bronce. Para el alumbrado hay unas anillas incrustadas en la pared  donde  colgar  las antorchas.

 

Teófilo crece sobre todo en el patio, o sea al  aire libre, en compañía de las mujeres, jugando con hermanitos y hermanitas. Sus juguetes preferidos son pelotitas de barro cocido, muñecos, soldados de trapo, carritos de  madera.  Por la noche le meten temprano  en la cama,  en  el  «gineceo»,  o  sea  en  el  sector  de las mujeres. Así transcurren con frecuencia varios días sin que vea a su padre, que sale por la mañana, de amanecida, para ir a  trabajar  o  a  discutir de  política en la plaza. Más que en la familia, éste vive en la «cofradía», o sea en el club (en Atenas hay lo menos cincuenta), y no siempre vuelve para comer. Es un padre menos autoritario que el romano. No educa personalmente a su  hijo, y  cuando  éste  tiene  seis  años le manda a instruirse a una escuela privada,  donde cada mañana le lleva de la mano un "pedagogo", quien, contrariamente a lo que hoy se cree, no es el maestro, sino un esclavo o un criado que sólo hace de acompañante.


Pese a las sugerencias de Platón, el Estado de Atenas no quiso asumir jamás el monopolio de la escuela, y dejó también ésta a  la  iniciativa  privada.  Sólo instituyó por su cuenta las "palestras" y los "gimnasios", donde se practicaba la gimnasia, porque evidentemente los músculos de sus ciudadanos le interesaban más que sus cerebros.

 

Teófilo seguía pais, o sea  muchacho,  y  continuaba en la escuela hasta los catorce o dieciséis años, aprendiendo a leer, a escribir, a  cantar  y  a  tocar  la  lira. No tiene un banco, sino tan sólo una silla, y sostiene sobre las rodillas  el  libro,  el  cuaderno,  la  pluma  y el tintero. Sin embargo, las horas que pasa allí son pocas comparadas con las  que está obligado  a  pasar en la palestra; pues en Atenas no se considera "educado" a quien no sepa correr los cien  metros en  menos de doce segundos, nadar, ejercitarse en lucha y lanzar el disco y la jabalina.  Solamente  después  de esa formación media, Teófilo, si quiere, puede especializarse  en  oratoria,  o  en  ciencias,  o  en  Filosofía, o en Historia siguiendo los cursos de algunos profesores particulares que los dan paseando por los aledaños de la palestra o sentados bajo un árbol, y que cuestan un montón de cuartos.
 

A los dieciocho años Teófilo se convierte en efebo, hace el servicio  militar y,  para educarse en la guerra, la administración y la política, se inscribe en un nomadelfia, donde duerme y come con sus  conciudadanos, con ellos discute los reglamentos  de la comunidad y, si se distingue, entra a formar  parte  del  gobierno que la rige. Transcurrido un año de este entrenamiento, jura fidelidad a la patria, es decir, a Atenas, en una espléndida ceremonia ante el Consejo de los Quinientos, y va a terminar el  servicio  militar en  el  cuartel. A partir de este momento es ya un  ciudadano de  pleno derecho, tiene una butaca gratuita en el teatro, aparece en primera fila en las procesiones que se hacen en honor de Palas, toda la ciudad le mira con simpatía, porque es joven y guapo, y va a aplaudirle cuando, con los otros efebos, corre de noche la "estafeta", desde E1 Píreo a Atenas pasando la antorcha al compañero de equipo.

 

Cuando se licencia,  Teófilo  tiene  ventiún  años  y  no es ya efebo sino aner o sea hombre autorizado a fundar una familia por  su  cuenta,  y  protagonista  de la vida ciudadana. No se puede decir propiamente que semeja a una  estatua  de  Fidias;  pero  en  general tiene buena planta, de estatura media, siendo menos macizo pero más armonioso que el romano. En tanto que su padre Cimón llevaba  pelo  y  barba  muy  largos Teófilo los lleva cortos porque cada quince días  va a hacérselo cortar por el barbero, cuyo  establecimiento se ha vuelto  ya  en  lugar  de  reunión  y  en  fragua de chismorrerías políticas y mundanas. Así  al  menos lo dice Teofrasto demostrándonos cómo en el fondo la Humanidad siempre ha sido la misma.

 

Teófilo no tiene muchos tratos con el agua, un poco porque no tiene mucha a su disposición en esa ciudad rodeada de montañas peladas, donde los servicios hidráulicos siempre han dejado mucho que  desear.  Por la mañana, en vez de lavarse,  se  unta  con  aceite  y usa alguno de los cien perfumes, cuya fabricación constituye una de las industrias más prósperas  de Atenas (y Sócrates, que es un guarro, cuando le encuentra se queja de ello y frunce la nariz). En compensación, la dieta sobria y seca, las prolongadas nadaduras en la piscina o en el mar, la vida casi siempre al aire libre —pues al aire libre están también iglesias y teatros— permiten que necesite poco de abluciones. Posee un solo traje para todas las estaciones, el guitón, que es una túnica de  lana.  Su  padre la llevaba blanca. Pero Teófilo se la ha teñido de rojo. Sombrero no usa: está convencido de que le haría encanecer o perder el pelo antes de tiempo. Para calzar, usa sandalias, sustituyéndolas con zapatos de verdad y aun con polainas sólo en ocasión de grandes viajes, como un peregrinaje a Dodona o a Epidauro.

 

Le gustan mucho los anillos  y  en  general  lleva  más de uno, aunque no llegue al exhibicionismo de Aristóteles, que se  recargaba  los  dedos  con  ellos  hasta el punto de taparlos enteramente. Puede gastarse alegremente su dinero en ellos porque la casa le cuesta poco. No tiene afición al hogar, como no la tenía su padre. Ha nacido en la  casa,  pero  sólo  se ha  criado en ella durante seis años,  pues toda  su  formación  se ha desarrollado en la escuela, en el cuartel y en  la  plaza. Pertenece mucho más a la ciudad que a la familia. Por eso también su moralidad es menos rigorosa y más desenfadada que la romana.

 

Teófilo es hospitalario, aunque menos que Cimón, porque ahora la seguridad de los caminos es mayar. Pero a los huéspedes les llama parásitos, como un tiempo se llamaba a los sacerdotes que se apropiaban las dádivas en trigo que los  fieles ofrecían a los  dioses. Y encuentra muy natural, es más digno de encomio,  mentir; ¿o  es  que no  está, entre sus héroes proferidos, Ulises, el más descarado embustero de la Historia? Vender por buenas las aceitunas pasadas y robar en el peso, es para él absolutamente normal, y hasta enseñará este arte a su hijo para "tomar el pelo" al prójimo. Su moralidad es  la  del  rey  Agesilao  quien, al proponérsele traicionar al de Tebas, responde: "¿Puede salir bien?".  Porque, si  puede  salir bien, hasta la traición queda admitida. Cuando va a la guerra, Teófilo encuentra del todo  lógico  rematar a  sablazos al enemigo herido y robarle armas y cartera, saquear las ciudades y violar a las mujeres.

 

Teófilo, como buen meridional, no ama la Naturaleza. Destruye plantas y animales, contribuyendo con las propias manos a la pobreza  y  aridez  de  su  tierra, y en total se parece poco a aquel ejemplar de sabiduría humana que Goethe y Winkelmann imaginaran. Es astuto y voluble, ha cuidado más de formarse una inteligencia que un carácter, y prefiere ser  un  brillante bribonazo mejor que un  mediocre  caballero. Cree en la lógica, pero más como arma  de  combate para pasar a saco al prójimo que como llave para explicar el porqué de la vida. Predica el self-control, pero no lo practica porque es siempre presa  de  alguna pasión: gloria, amor, poder, dinero, y hasta sapiencia.  Le  gusta  lo   nuevo,  y  por  esto  ama  más a los jóvenes que respeta a los ancianos.  Su ideal  de vida no es en absoluto la serenidad, como se ha dicho, sino una exuberancia de fuerzas que le permita una existencia plena: plena, quiero decir, de todas las experiencias, las buenas y las malas.

 

En suma, hay en él todo cuanto hace falta  para hacer de Atenas, en el espacio de un siglo,  la capital  del mundo y la más decaída de las colonias.


( Indro Montanelli )