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domingo, 14 de mayo de 2023

EL PERSPICAZ, ATREVIDO, Y POLÉMICO HISTORIADOR BIZANTINO DE LOS SECRETOS IMPERIALES PROCOPIO DE CESAREA

 

Este destacado historiador bizantino del siglo VI es reconocido como uno de los últimos grandes cronistas de la Antigüedad Tardía. A través de sus obras, nos ofrece una valiosa ventana hacia el reinado del emperador Justiniano y su época. Además, su estilo de escritura en griego clásico, inspirado en Heródoto y Tucídides, nos sumerge en relatos cautivadores que nos permiten comprender mejor la historia y la sociedad de aquel entonces.

 

Nuestro protagonista, Procopio, nació en Cesarea, Palestina. Aunque se conocen pocos detalles sobre sus orígenes, sabemos que fue un estudioso ávido de los clásicos griegos. Asistió a una escuela de Derecho, posiblemente en Berytus (hoy en día Beirut), y se convirtió en rhetor, es decir, en un hábil abogado. En 527, tuvo el honor de unirse a Belisario, un destacado general y comandante militar, como su consejero legal.

 

Las andanzas de Procopio junto a Belisario lo llevaron a presenciar eventos históricos cruciales. Estuvo presente en la batalla de Callinicum en el año 531, donde Belisario sufrió una derrota. También fue testigo de la aplastante represión de la rebelión de Niká en el año 532. La aventura continuó cuando se unió a Belisario en su exitosa campaña contra el reino vándalo en el norte de África, participando activamente en la conquista de Cartago.

 

Pero la historia no se detiene ahí. A su regreso a Constantinopla, la capital del Imperio Bizantino, Procopio decidió quedarse en África durante un tiempo. Sin embargo, pronto se reunió nuevamente con Belisario para embarcarse en una nueva empresa: la campaña contra el reino ostrogodo de Italia. Fue en Italia donde Procopio presenció el asedio de Roma por parte de los ostrogodos en 537-538, así como la conquista de Rávena, la capital gótica, por parte de Belisario en 540.

 

Aunque las relaciones entre Procopio y Belisario parecen haberse enfriado posteriormente, su conexión inicial fue inolvidable. Procopio nos muestra cómo las circunstancias a veces pueden distanciar a las personas. Enfrentado a nuevos desafíos, Procopio optó por quedarse en Constantinopla mientras Belisario se enfrentaba al nuevo rey ostrogodo, Totila. Fue en esta ciudad donde Procopio presenció y describió la devastadora plaga que asoló Constantinopla en 542.

 

Lamentablemente, la información sobre la vida posterior de Procopio es escasa. Sabemos que recibió el título de "illustris" en el año 560 y es posible que haya ocupado el cargo de prefecto urbano de Constantinopla en 562-563. Sin embargo, el misterio que rodea su vida después de estas fechas nos deja con ganas de saber más sobre sus logros y actividades.

 

Hablemos ahora de las obras de Procopio, que nos brindan una valiosa visión de la época y destacan por su estilo literario y contenido histórico detallado.

 

Una de sus obras más importantes es "Historia de las guerras" una obra dividida en ocho libros que relatan las guerras libradas por el Imperio durante el reinado de Justiniano. Procopio, testigo presencial de muchos de estos eventos, nos sumerge en narraciones emocionantes y vívidas. A través de su pluma, podemos experimentar la tensión de la batalla y entender las estrategias militares utilizadas en aquella época.

 

En "Sobre los edificios", Procopio nos deleita con un panegírico dedicado a las numerosas obras públicas emprendidas por el emperador Justiniano. Dividido en seis libros, este trabajo resalta el enfoque del emperador en fortificar la ciudad, construir iglesias y garantizar el suministro de agua para el bienestar de sus súbditos. A través de las descripciones detalladas de Procopio, podemos visualizar majestuosas estructuras y admirar los logros arquitectónicos de la época.

 

Sin embargo, la obra más controvertida y fascinante de Procopio es "Historia secreta". Descubierta siglos después de su escritura, esta obra desvela un lado oscuro y crítico de Procopio hacia el emperador Justiniano, su esposa Teodora, su antiguo amigo Belisario y su esposa Antonina. Aquí, Procopio arroja luz sobre los escándalos y las intrigas de la corte imperial, llegando incluso a descripciones provocativas y sexuales. Aunque algunos han cuestionado su autenticidad, el análisis del texto respalda la atribución de esta obra a Procopio. 

 

Aparte cabe destacar que Procopio nos enseña que el coraje y la audacia a menudo son más reconocidos que la prudencia y la seguridad. Su valentía al enfrentar peligros y participar en campañas militares nos inspira a superar nuestros miedos y perseguir nuestros objetivos con determinación.

 

Asimismo, nos recuerda que cuando nos enfrentamos a la desgracia, no estamos solos en nuestra aflicción. El consuelo proviene del conocimiento de que los males no nos afectan solo a nosotros, sino que son parte de la condición humana. Esta perspectiva nos ayuda a encontrar fortaleza y seguir adelante en tiempos difíciles.

 

La creencia de Procopio de que Dios nunca abandona a aquellos que se enfrentan a peligros necesarios nos invita a confiar en una fuerza superior y a encontrar consuelo en la fe cuando nos enfrentamos a desafíos que no hemos elegido.

 

Además, nos advierte sobre los peligros de dejarnos llevar por el sufrimiento intenso, ya que puede nublar nuestro juicio y llevarnos a tomar decisiones equivocadas. Es importante mantener la calma y la claridad mental incluso en medio de las dificultades más desgarradoras que nos pueden llevar a tomar las peores decisiones, incluso hacer que seamos crueles.

 

También Procopio nos insta a priorizar lo más importante cuando nos enfrentamos a un peligro inminente. En lugar de distraernos con preocupaciones triviales, debemos concentrarnos en la situación en sí y tomar las medidas necesarias para superarla. Esto nos enseña a ser sabios en la elección de nuestras acciones y a dar prioridad a lo que realmente importa en momentos críticos.

 

A lo largo de su vida, Procopio se dedicó apasionadamente a su labor como historiador, dejando un legado invaluable para las generaciones futuras. Su estilo literario, influido por los grandes escritores de la Antigüedad, nos sumerge en los acontecimientos históricos y nos transporta a esa época lejana.

 

Como último aprendizaje de Procopio, podemos apreciar su cuidado en explicar términos contemporáneos y aclarar conceptos para su audiencia. 

Esta dedicación a la claridad y la comprensión muestra su deseo de transmitir conocimientos de manera accesible para todos. Nos inspira a compartir el conocimiento de manera didáctica y agradable, de manera que pueda ser apreciado y entendido por un amplio público.

 

En resumen, Procopio de Cesarea fue un destacado historiador bizantino cuyas obras nos permiten conocer en detalle el reinado de Justiniano. Su valentía, su capacidad de observación y su estilo literario cautivador hacen de sus escritos una fuente invaluable de conocimiento histórico. 

A través de sus enseñanzas, aprendemos a valorar el coraje sobre la prudencia, a encontrar consuelo en la compañía de otros en la adversidad, a confiar en la ayuda divina cuando enfrentamos peligros y a mantener la claridad mental en tiempos de sufrimiento. Siguiendo el ejemplo de Procopio, podemos buscar la excelencia en nuestras propias vocaciones y compartir nuestros conocimientos de manera didáctica y práctica para enriquecer la experiencia de aquellos que nos rodean.



lunes, 23 de marzo de 2020

JORDANES



Jornandes o Jordanes, también conocido como Iornandes, Iordanis o Iordannes, fue un funcionario e historiador del Imperio romano de Oriente durante el siglo VI d. C.​

 

Aunque escribió una Historia de Roma (Romana), su obra de mayor interés es De origine actibusque Getarum (El origen y las hazañas de los Godos), o Getica, escrita en latín (probablemente la tercera lengua de Jordanes) en Constantinopla, sobre el 551.

 

Justiniano había llegado al poder como emperador asociado en 527, tomando poco más tarde el control en solitario tras la muerte de su predecesor. En aquella época, Italia se encontraba bajo el dominio de los reyes ostrogodos, descendientes de Teodorico, el Grande, quienes gobernaban nominalmente el territorio por concesión tácita del Emperador. A su vez, como soberanos del pueblo ostrogodo regían a las poblaciones de origen germánico que habían invadido la península. La convivencia entre romanos y godos se fundaba en la separación de ambos grupos, facilitada por la división religiosa; en efecto, siendo ambos cristianos, los romanos eran católicos (seguían el Credo Niceno) mientras que los ostrogodos eran arrianos.

 

Justiniano pretendía restaurar el Imperio romano recuperando las provincias occidentales bajo dominio bárbaro, pero de derecho todavía parte del imperio.

 

Como astuto estadista que era, comprendió la necesidad de vencer a sus enemigos haciendo ciertas concesiones. Continuó la política de reconocer a la sede papal como suprema autoridad eclesiástica. A pesar de ello, confiaba en controlar ese poder gracias a su influencia personal. En 536, su esposa llegó a un acuerdo con el representante papal, Vigilio, un nativo romano. En el quid pro quo subsiguiente (expresión que aún hoy es la base de los acuerdos legales), el quid era la concesión del papado y 700 libras de oro. El quo era la cooperación de Vigilio con Justiniano.

 

Tras este acuerdo, el general de los ejércitos de Justiniano, Belisario, estableció su guarnición en la ciudad de Roma. El Papa Silverio (un guerrero godo) fue expulsado del papado mediante falsas acusaciones. Belisario se aseguró de la elección del nuevo Papa favoreciera a Vigilio. Justiniano, sin embargo, que había actuado bajo la motivación de la razón de estado, no contaba con que Vigilio, más pendiente de su propia conciencia, terminaría actuando en contra de la política imperial.

 

La controversia de los Tres Capítulos fue un asunto complejo dentro de los círculos de las iglesias cristianas. Se pidió a Justiniano que tomara parte (como ya hiciera Constantino I al entrar en los debates sobre temas religiosos), cosa que hizo en 543 o 544, con un edicto que condenaba los Tres Capítulos. Justiniano esperaba que el edicto facilitara la reconciliación con los monofisistas. Patriarcas y obispos fueron entonces conminados a firmar el edicto.

 

Vigilio se negó a firmar. Se le sacó a la fuerza en medio de un servicio religioso que celebraba la festividad de Santa Cecilia y fue escoltado hasta un barco que, en el río Tíber, esperaba para transportarlo a Constantinopla. Tras una estancia en Sicilia, llegó a Constantinopla en 547, pasando en la capital los siguientes ocho años, aunque no solo por su testaruda negativa a firmar el edicto, sino también porque Justiniano prefería mantenerle alejado de las guerras con los godos y de los violentos conflictos políticos que devoraban Italia. En 555, tras la derrota de los godos, Vigilio accedió a los deseos del soberano y se le permitió abandonar la capital, solo para morir en el viaje de regreso a Roma, donde fue enterrado a su llegada.

 

Cómo y dónde llegó Jordanes a unirse a Vigilio en Constantinopla sigue siendo un enigma. Como obispo de Crotona, no debía hallarse en Roma en el momento del arresto de Vigilio. Tras haberse unido a él, podría no haber sido autorizado a marcharse, ya que éste compartía la política conciliatoria de Vigilio que concernía a los restos de los hunos y a los godos. La última cosa que Justiniano quería era la reconciliación, ya que había enviado a Belisario a Italia para derrotar a estos pueblos.

 

El libro sobre la historia de Roma, Romana, empezó como una forma de aligerar la carga del arresto y para llenar las largas horas del mismo. Esta obra sobrevivió bajo varios títulos descriptivos: De summa temporum vel origine actibusque gentis romanorum, De regnorum et temporum successione, e incluso Liber de origine mundi et actibus romanorum ceterarumque gentium o De gestis romanorum. Se trata de una apresurada compilación, iniciada antes, pero publicada después de la Historia de los Godos de 551, cubriendo la historia del mundo desde la Creación, basada en San Jerónimo y otros escritores, pero que tiene su mayor valor en cuando trata los acontecimientos entre 450 y 550, cuando Jordanes aborda la historia reciente de su época.

 

No se sabe mucho sobre la carrera de Jordanes en la Iglesia. El Papa Pelagio menciona a un «Jordanes, defensor Ecclesiae Romanae» («Jordanes, defensor de la Iglesia romana»), que podría referirse al historiador bizantino. La enfatización en el término «Iglesia romana», como opuesto a alguna otra iglesia, parece implicar el conocido conflicto entre el credo niceno y el credo arriano, entonces aún en conflicto. Sobre el año 551, al Papa Vigilio, detenido en Constantinopla, se le unió el obispo Jordanes de Crotona (Bruttium, Italia), comúnmente identificado como Jordanes el historiador. Algunas fuentes le identifican como el obispo de Rávena, si bien otras niegan que lo fuera.​

 

Los avatares del tiempo han hecho que la Getica sea la única fuente superviviente sobre el origen de los pueblos godos que ocuparon las orillas del mar Báltico, alrededor de la actual Polonia, y que se extendieron al sur hasta el mar Negro, formando un imperio diferenciado con una lengua propia y sobre cómo los godos fueron derrotados por los hunos y gradualmente se dispersaron por Europa hasta desaparecer por asimilación con otros pueblos.

 

Esta obra fue escrita por Jordanes a petición de un amigo, quien le pidió escribirlo para la iglesia, como resumen de una obra de varios volúmenes (hoy desaparecida) sobre la historia de los godos, compilada por el político y escritor Casiodoro. Los factores más importantes en la selección de Jordanes para este trabajo fueron su interés por la historia (ya estaba trabajando en una historia de Roma), su habilidad para escribir de forma sucinta, y sus propias relaciones con los godos. Jordanes había sido funcionario de alto nivel, notario o secretario, de un pequeño estado cliente de Constantinopla en la frontera de Moesia, al norte de la actual Bulgaria.

 

Otros escritores como Procopio escribieron obras aún existentes sobre la historia posterior de los godos. Como único trabajo superviviente sobre el origen de los godos, la Getica de Jordanes ha sido objeto de una extensa revisión crítica. Jordanes lo escribió en latín tardío, denigrado por los clasicistas por no respetar las reglas del latín clásico de Cicerón. Según su propia introducción, solo tuvo tres días para revisar el trabajo de Casiodoro, y por lo tanto, debía confiar en su propio conocimiento. Algunas de sus exposiciones son muy escuetas.
 

Sin embargo, parte de esa consideración de escritor en latín decadente de Jordanes se han visto recientemente cambiada, al haberse descubierto nuevos manuscritos —el Panornitanus Arch. Stato. cod. Basile— pareciendo que los abundantes errores atribuidos a la pluma de Jordanes corresponden a los copistas nórdicos posteriores, desconocedores del latín.