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sábado, 20 de mayo de 2023

HELIOGÁBALO: EL INCESTUOSO JOVENCÍSIMO EMPERADOR QUE ESCANDALIZÓ A ROMA CON SU RELIGIÓN Y SU SEXUALIDAD

 

Heliogábalo fue un emperador romano que vivió a principios del siglo III d.C. A menudo se le considera como uno de los peores emperadores de Roma y habitualmente se le coloca en la misma liga que otros emperadores notorios como Nerón y Calígula. En la actualidad, Heliogábalo tal vez no sea tan conocido como estos "malos emperadores", pero en su época causó una gran conmoción por sus extravagancias religiosas y sexuales, que le valieron el odio y el desprecio de sus súbditos.

 

Heliogábalo (en latín, Elagabalus) nació alrededor del año 203 d.C., en Emesa, una ciudad en el oeste de Siria conocida hoy como Homs. Al nacer, Heliogábalo era conocido como Vario Avito Basiano (en latín, Varius Avitus Bassianus). Su padre fue Sexto Vario Marcelo, un noble romano de origen sirio, y su madre fue Julia Soemias, una sobrina de Julia Domna, la esposa del emperador Septimio Severo. Por tanto, Heliogábalo era primo segundo de Caracalla y Geta, los hijos de Septimio Severo y Julia Domna.

 

Heliogábalo creció en Emesa, donde desde su infancia fue sacerdote del dios solar El-Gabal (en árabe, "la montaña"), al que estaba dedicado un famoso templo en la ciudad. El-Gabal era una deidad local que los romanos identificaban con el Sol Invicto o con Júpiter. Heliogábalo era el nombre del dios y también el título que recibía su sumo sacerdote. Por eso, cuando Vario Avito Basiano se convirtió en emperador, adoptó el nombre de Marco Aurelio Antonino Augusto, pero fue conocido popularmente como Heliogábalo.

 

La llegada al trono de Heliogábalo fue fruto de una conspiración urdida por su abuela materna, Julia Mesa, otra sobrina de Julia Domna. Tras la muerte de Caracalla en el año 217 d.C., el poder pasó a manos de Macrino, el prefecto del pretorio que había ordenado asesinar al emperador Macrino no era popular ni entre el ejército ni entre el Senado, y además se enfrentaba a la amenaza de los partidarios de la dinastía Severa. Julia Mesa aprovechó esta situación para promover a su nieto como candidato al trono, difundiendo el rumor de que era hijo ilegítimo de Caracalla y por tanto heredero legítimo.

 

En el año 218 d.C., las tropas romanas estacionadas en Siria se rebelaron contra Macrino y proclamaron emperador a Heliogábalo, que entonces tenía unos 15 años. Macrino intentó sofocar la revuelta, pero fue derrotado y ejecutado en la batalla de Antioquía. Heliogábalo entró triunfalmente en Roma acompañado por su madre y su abuela, que ejercieron una gran influencia sobre él.

 

El reinado de Heliogábalo duró solo cuatro años, pero fueron suficientes para provocar el escándalo y la indignación de la sociedad romana. El joven emperador se mostró indiferente a los asuntos políticos y militares, delegando el gobierno en sus parientes o en sus favoritos. Su principal interés fue imponer el culto a El-Gabal como la religión suprema del Imperio, por encima de las demás divinidades romanas.

 

Heliogábalo trasladó la piedra sagrada de El-Gabal desde Emesa hasta Roma, donde le construyó un magnífico templo en el Palatino. Allí celebraba rituales extravagantes y suntuosos en honor al dios solar, vestido con ropas orientales y joyas. Además, intentó casarse con varias diosas romanas para asegurar la supremacía de El-Gabal sobre ellas. Así, contrajo matrimonio con Minerva, Vesta y Urania (la personificación del cielo), entre otras.

 

La imposición del culto a El-Gabal por parte de Heliogábalo no fue bien recibida por la mayoría de los romanos, que veían en él una amenaza para su tradición religiosa y su identidad cultural. Los romanos eran tolerantes con las diferentes creencias que existían en el Imperio, siempre y cuando se respetara el culto al emperador y a los dioses oficiales. Sin embargo, Heliogábalo quiso subordinar a todos los demás dioses a El-Gabal, incluso a Júpiter, el padre de los dioses y protector de Roma.

 

Heliogábalo no solo construyó un templo para El-Gabal en el Palatino, sino que también ordenó trasladar allí las reliquias más sagradas de la religión romana, como el fuego de Vesta, el escudo de Marte y la piedra negra de la Gran Madre. Además, intentó fusionar a El-Gabal con otros dioses solares, como Sol Invicto o Mitra, para crear una nueva religión universal. Su proyecto fracasó por la resistencia de los sacerdotes y los fieles de las distintas sectas.

 

Heliogábalo también tuvo conflictos con los cristianos y los judíos, que se habían extendido por el Imperio y que rechazaban el politeísmo romano. El emperador les ofreció la posibilidad de integrarse en su nueva religión, pero ellos se negaron. Heliogábalo entonces les persiguió y les prohibió practicar sus ritos. Según algunas fuentes, llegó a profanar el templo de Jerusalén y el sepulcro de Jesús.

 

Otro aspecto que causó escándalo en la sociedad romana fue la conducta sexual de Heliogábalo, que desafiaba las normas morales y legales de la época. El emperador se casó cuatro veces con mujeres diferentes: Julia Cornelia Paula (219-220), Julia Aquilia Severa (220-221; 221-222), Annia Faustina (221) y Hierocles (222). 

La segunda esposa era una virgen vestal consagrada a Vesta, cuyo matrimonio con el emperador era considerado un sacrilegio. La tercera esposa era una descendiente de Marco Aurelio y la viuda de un usurpador. La cuarta esposa era un auriga (conductor de carros) que había sido amante del emperador y al que este le concedió el título de Augusto.

 

Pero las esposas de Heliogábalo no fueron las únicas personas con las que mantuvo relaciones sexuales. El emperador también tuvo numerosos amantes masculinos y femeninos, entre los que destacan su primo Alejandro Severo, su secretario Eutiquiano y su barbero Zotico. Según las fuentes antiguas, Heliogábalo se prostituía en los burdeles y en el palacio imperial, ofreciendo sus servicios a todo tipo de clientes. Además, se vestía con ropas femeninas y se sometía a operaciones quirúrgicas para cambiar su sexo.

 

Heliogábalo no solo transgredía las leyes del matrimonio y la moral sexual, sino también las del parentesco y la consanguinidad. Se dice que tuvo incesto con su madre Julia Soemias, su abuela Julia Mesa y su tía Julia Mamea. También se rumoreaba que había intentado casarse con su hermanastra Julia Mesa (hija de Julia Mamea) o con su sobrina Julia Drusila (hija de Alejandro Severo).

 

La conducta de Heliogábalo provocó el rechazo y la hostilidad de la mayoría de los romanos, especialmente del Senado, del ejército y del pueblo. Su abuela Julia Mesa se dio cuenta del peligro que corría su nieto y trató de moderar su comportamiento. Le convenció para que adoptara a su primo Alejandro Severo como sucesor y le asociara al gobierno. Sin embargo, esta medida solo aumentó la rivalidad entre los dos emperadores.

 

Heliogábalo pronto se arrepintió de haber adoptado a Alejandro Severo y trató de eliminarlo. En varias ocasiones intentó asesinarlo o acusarlo falsamente de traición. Pero Alejandro Severo contaba con el apoyo del ejército y del pueblo, que lo preferían a Heliogábalo por su moderación y su piedad. Finalmente, en marzo del año 222 d.C., estalló una revuelta en el campamento militar donde se alojaban los dos emperadores.

 

Los soldados asaltaron el palacio imperial y mataron a Heliogábalo junto con su madre Julia Soemias. Sus cuerpos fueron arrastrados por las calles de Roma y arrojados al río Tíber. Alejandro Severo fue proclamado único emperador y trató de borrar toda huella del reinado de Heliogábalo. Sus estatuas fueron derribadas, sus monedas fundidas, sus leyes abolidas y su memoria maldita.

 

Heliogábalo ha pasado a la historia como uno de los emperadores más infames y despreciables de Roma. Su reputación se basa principalmente en las fuentes antiguas que lo retratan como un tirano depravado, loco y sacrílego. Sin embargo, estas fuentes son muy parciales y hostiles hacia él, ya que reflejan el punto de vista de sus enemigos políticos o religiosos.

 

Algunos historiadores modernos han intentado ofrecer una visión más matizada y comprensiva de Heliogábalo, teniendo en cuenta el contexto histórico y cultural en el que vivió. Así, han señalado que su religión no era tan extraña ni tan impopular como se ha dicho, ya que formaba parte del sincretismo religioso propio del Imperio Romano. También han sugerido que su sexualidad no era tan anormal ni tan escandalosa como se ha creído

 

¿Era Heliogábalo un enfermo mental y corrompido?. Si analizamos podemos observar algunos posibles factores que podrían explicar su extravagante y controvertido comportamiento son los siguientes:

 

- Su origen sirio y su religión oriental. Heliogábalo pertenecía a una familia de origen árabe que veneraba al dios solar El-Gabal, una deidad local que los romanos identificaban con el Sol Invicto o con Júpiter. Heliogábalo era el sumo sacerdote de este dios y se sentía orgulloso de su herencia cultural. Sin embargo, su intento de imponer el culto a El-Gabal en Roma chocó con la tradición religiosa y la identidad cultural de los romanos, que lo vieron como una amenaza y una ofensa. Heliogábalo no supo adaptarse ni respetar las costumbres romanas, sino que quiso cambiarlas e imponerlas según su voluntad.

 

- Su juventud e inexperiencia. Heliogábalo se convirtió en emperador a los 15 años, gracias a una conspiración de su abuela Julia Mesa, que lo presentó como el hijo ilegítimo de Caracalla. A esta edad tan joven, Heliogábalo no estaba preparado ni interesado en gobernar el Imperio, sino que se dedicó a satisfacer sus caprichos y sus placeres al ostentar todo el poder de la púrpura imperial. Lo que más dominaba era la adoración al dios del sol, por haber sido sacerdote, y en consecuencia, dominar bien ese tema. No tuvo en cuenta las consecuencias políticas, militares y sociales de sus actos, ni escuchó los consejos de sus parientes o sus ministros. Se dejó influir por sus favoritos y sus amantes, que logicamente por ser un joven inmaduro, se aprovecharon de su poder y de su riqueza.

 

- Su personalidad y su sexualidad. Heliogábalo tenía una personalidad extravagante, excéntrica y provocadora, que buscaba llamar la atención y sorprender a los demás. Su sexualidad era muy variada y transgresora, siempre en busca de nuevas sensaciones, emociones, y placeres, ya que se casó con cuatro mujeres diferentes (entre ellas lo chocante y escandaloso de hacerlo con una virgen vestal), tuvo numerosos amantes masculinos y femeninos (entre ellos un auriga al que nombró Augusto), se prostituía en los burdeles y en el palacio, se vestía con ropas femeninas y se sometió a extrañas y arriesgadas operaciones  quirúrgicas para cambiar su sexo. También tuvo incesto con su madre, su abuela, su tía y su hermanastra. Su conducta sexual escandalizó a los romanos, que la consideraban inmoral, ilegal y sacrílega.

 

Estos son algunos de los posibles motivos que podrían explicar por qué Heliogábalo era tan corrompido y enfermo mental según las fuentes antiguas. Sin embargo, hay que tener en cuenta que estas fuentes son muy hostiles hacia él y que pueden haber exagerado o inventado algunos de sus hechos para desprestigiarlo y justificar su asesinato. Algunos historiadores modernos han intentado ofrecer una visión más matizada y comprensiva de Heliogábalo, teniendo en cuenta el contexto histórico y cultural en el que vivió.



martes, 27 de diciembre de 2022

EL EMPERADOR HELIOGÁBALO





LAS DIVINAS LOCURAS IMPERIALES

El prefecto del Pretorio, Macrino, que había organizado el asesinato de Caracalla, quiso proclamarse emperador.

Pero a las princesas sirias de la familia de Julia Domna les urgía conservar la herencia imperial. La tía de Caracalla, Julia Mesa, tenía dos hijas y dos nietos.




La enérgica abuela no dudó en proclamar que uno de sus nietos, Heliogábalo, sacerdote del Sol a los 14 años, era hijo natural de Caracalla. El Imperio bien valía el sacrificio de la honorabilidad de su hija.



Los soldados sirios, muy piadosos, tenían un profundo respeto por este joven sacerdote, y unas sustanciosas dádivas aumentaron posteriormente el prestigio del muchacho: Las tropas de Macrino, que tenía el defecto de ser cicatero, se dejaron comprar.



Así, en el año 219, Heliogábalo pudo entrar triunfante en Roma, engalanado y cubierto de joyas. Dejó la responsabilidad del Imperio a su abuela, que se hizo atribuir, así como a sus hijas, los títulos de "madre del Senado" y "madre del acampamento", además de "madre de la patria".



Durante este período, Heliogábalo continuo adorando la piedra negra de Emesa; vestido con ropas suntuosas, realizaba sus viajes con un cortejo de 600 carros, entregándose a orgías místicas.



Puesto que un adivino le había pronosticado una muerta violenta, se preparó un lujoso suicidio, coleccionando espadas de oro, cuerdas de seda, venenos ocultos en piedras preciosas.



Pero su buena abuela, Mesa, preocupada por las extravagancias del nieto, que proponía a los hebreos y cristianos reconocer su religión si consentían en adorar la piedra negra, le obligó en primer lugar a adoptar a su primo Alejandro Severo y después hizo que fuera asesinado por la guardia imperial. De este modo, ella conservaba la autoridad (año 222).



HELIOGABALO ESPARCIENDO ROSAS ( de Lawrence Alma-Tadema)


MONEDA DE JULIA MESA


MONEDAS DEL EMPERADOR HELIOGÁBALO:





ESCULTURAS DE HELIOGÁBALO:







lunes, 26 de diciembre de 2022

LAS MUJERES DE LOS SEVEROS

JULIA MAMEA

Hubo una mujer llamada Mesa o Varia, natural de la ciudad de Emesa, hermana de Julia, la esposa de Severo Pertinax el Africano, que después de la muerte de Antonino Basiano había sido expulsada de la mansión imperial por la insolencia de Macrino, a la que este permitió conservar todos los bienes que había reunido después de muchos años. Esta mujer tenia dos hijas, Simiamira y Mamea, la mayor de las cuales era madre de Heliogábalo, nombre que dan los fenicios al sol. Pero Heliogábalo era celebre por su belleza, por su estatura y por el sacerdocio que ejercía, y era conocido por todos los fieles que acudían al templo, y sobre todo, por los soldados. A estos Mesa, o Varia, les dijo que Basiano era hijo de Antonino, lo que se divulgo poco a poco entre todo el ejercito. La propia Mesa era ademas inmensamente rica (gracias a lo cual también Heliogábalo vivía con gran lujo) y consiguió mediante sus promesas a los soldados que las legiones abandonaran el partido de Macrino. Pues bien, después de haberle acogido por la noche con los suyos en la ciudad, su nieto fue aclamado con el nombre de Antonino, tras haberle ofrecido las insignias del Imperio.


( Julio Capitolino en "Historia Augusta" )



JULIA MESA




jueves, 8 de diciembre de 2016

LA CAÍDA DE CÓMODO Y LA DINASTÍA DE LOS SEVEROS

MARCO AURELIO

Al presentarle a los soldados como sucesor suyo, Marco Aurelio llamó a Cómodo el «sol naciente». Y tal vez sus ojos de padre (si es que lo era) le veían así. Pero también gustó aquel muchacho pendenciero, de pocos escrúpulos, de apetito vigoroso y de charla soez, a los legionarios. Le creían más militarista que su padre.



Grandes fueron, por tanto, su estupor y mal humor cuando el jovenzuelo, en vez de exterminar al enemigo ya acorralado en una «bolsa», le ofreció la más desconsiderada y presurosa de las paces. Por dos veces se producía un milagro para que aquellos turbulentos germanos pudieran salvarse: un milagro del que más adelante Roma habría de pagar las consecuencias.



Cómodo no era un cobarde, pero la única guerra que le gustaba era contender con los gladiadores y las fieras del Circo. Al levantarse, no desayunaba hasta después de haber degollado a su tigre cotidiano. Y dado que en Germania no había tigres, tenía prisa en volver a Roma, donde los gobernadores de Oriente estaban encargados de mandarlos a manadas. Por esto, burlándose del Imperio y de sus destinos, concertó aquella ruinosa paz que dejaba sin resolver todos los problemas. El Senado renunció a su derecho de elección que desde Nerva en adelante había dado tan buenos frutos y aceptó el restablecimiento, que aquel emperador encarnaba, del principio hereditario.

CÓMODO


Como para Nerón y Calígula, aun echando un poco de agua al vino sobre lo que sus contemporáneos escribieron acerca de Cómodo, hay de donde echar mano para clasificar a este emperador entre las desdichas públicas. Jugador y bebedor, con un serrallo, dicen de centenares de muchachas y de jovenzuelos para sus placeres, parece que tan sólo tuvo un afecto: por una tal Marcia, quien, por ser cristiana, no se comprende cómo conciliaba su fe austera con aquel amante disoluto, pero que, sin embargo, fue útil a sus correligionarios salvándoles de una probable persecución.

LUCILA


Lo peor comenzó cuando algunos delatores denunciaron a Cómodo una conjura encabezada por su tía Lucila, la hermana de su padre. Sin preocuparse de buscar pruebas, la mató y fue el comienzo de un nuevo terror que se dio en contrata a Cleandro, el jefe de los pretorianos. Por primera vez después de Domiciano, Roma se puso a temblar por los abusos de aquellos guardias. Un día, la población, más por miedo que por valentía, le sitió en Palacio y pidió la cabeza de Cleandro. Cómodo se la entregó sin titubear, sustituyendo a la víctima por Leto, hombre avisado, que en seguida se dio cuenta de que, una vez ascendido a aquel cargo, o se hacía matar por el pueblo para complacer al emperador, o bien se hacía matar por el emperador para complacer al pueblo. Para eludir este dilema, había sólo un camino: matarle a él, al emperador. Y lo escogió con la complicidad de Marcia, de quien también en esta ocasión discernimos mal su cristiandad, la cual administró a Cómodo un brebaje envenenado. Le remataron estrangulándole en el baño, pues el jovenzuelo, que tenía apenas treinta años, era duro de pelar.



Era el 31 de diciembre de 192 después de Jesucristo. Comenzaba la gran anarquía.


Los senadores, eufóricos por la muerte de Cómodo, actuaron como si ellos hubiesen sido los autores, eligiendo por sucesor a un colega suyo, Pertinax, que no quería saber nada de ello, y con razón. Para poner en orden las finanzas, tuvo que hacer economías y para hacer economías tuvo que despedir a muchos aprovechados entre ellos a los pretorianos. Tras dos meses de gobierno en ese sentido, le encontraron muerto, asesinado por sus guardias, los cuales anunciaron que el trono estaba en subasta: subiría quien les ofreciera una mayor gratificación.

PERTINAX


Un banquero multimillonario llamado Didio Juliano estaba comiendo tranquilamente en su palacio, cuando su mujer y su hija, que tenían mucha ambición, le echaron encima la toga ordenándole que se apresurase a concurrir. Con desgana, pero temiendo más a las mujeres de casa que a las incógnitas del poder, Didio ofreció a los pretorianos tres millones por barba (¡debía de tenerlos claro!), y salió triunfante.
 
DIDIO JULIANO
El Senado había caído muy bajo, pero no hasta el punto de avenirse a semejante venta. Expidió secretamente desesperados requerimientos de ayuda a los generales destacados en provincias, y uno de ellos, Septimio Severo, vino, vio, prometió el doble de lo que diera Juliano, y venció. El banquero lloraba, encerrado en un cuarto de baño, donde le decapitaron. Su mujer se quedó viuda, pero se consoló con el título dé ex emperatriz.
 
SEPTIMIO SEVERO
Por primera vez, con Septimio subía al trono un africano de origen hebreo. Roma no lo había elegido; al contrario, el Senado se declaró partidario de otro general, Albino. Pero no le sentó mal Septimio cuando hubo ganado la partida, tras haber eliminado a sus oponentes y transformado definitivamente el Principado en una monarquía hereditaria de cuño militar. Era triste que se hubiese llegado a este punto. Era triste una vez alcanzado, y no ciertamente por culpa de Septimio; éste no podía proceder de otra manera. Se requería una mano de hierro para poner un dique a la catástrofe, y Septimio la tuvo. Era un hombre cincuentón, robusto, excelente estratega, conversador ingenioso, pero comandante de una pieza. Procedía de una familia acomodada, había estudiado Filosofía en Atenas y Derecho en Roma, pero hablaba latín con marcado acento fenicio. No tenía ciertamente las cualidades morales de un Antonino o de un Marco Aurelio, ni la complejidad de un Adriano. Antes bien era un cínico, pero recto y honrado, con un claro sentido de la realidad. Su única rareza era la astrología, a la que debía un matrimonio que no trajo suerte, a Roma. Se encontraba en Siria cuando murió su primera esposa, que era una mujer buena y sencilla. El viudo, que en seguida interrogó a los astros, supo que uno de éstos, probablemente un meteorito, había caído en las cercanías de Emesa. Acudió allí, y sobre aquel fragmento de cielo halló erigido un templo, donde se veneraba la reliquia, atendida por un sacerdote y su hija, Julia Donna, quien, más que nada, era un encanto de chica. Al verla, fue fácil para Septimio convencerse de que aquélla era la esposa que los astros le ordenaban. Y hasta aquí, nada de malo. Convertida en emperatriz, Julia le hizo varias malas pasadas a su marido, que tenía demasiado quehacer para darse cuenta. Y también ésta fue una desventura, sí, más de carácter privado. Julia era una mujer inteligente y culta, que reunió un salón literario y aportó a él las maneras y las modas de Oriente. Desgraciadamente, sin embargo, trajo al mundo a Caracalla y a Geta.

 
JULIA DONNA
Septimio gobernó diecisiete años, casi siempre guerreando, y dirigiéndose al Senado sólo para darle órdenes. Introdujo una importante y peligrosa novedad: el servicio militar obligatorio para todos, a excepción de los italianos, a los cuales, por el contrario, les estaba vedado. Era el reconocimiento de la decadencia guerrera de nuestro país y de que ya no tenía remedio. A partir de entonces estuvo a merced de las legiones extranjeras. Con ellas, Septimio emprendió una serie de guerras afortunadas, no sólo para reforzar las fronteras, sino también para mantener adiestradas a las guarniciones. Y estaba llevando a cabo una enésima, cuando la muerte le sorprendió en Britania, en 211 después de Jesucristo. Aquel que había criticado a Marco Aurelio por haber designado sucesor a Cómodo, designó a Caracalla y a Geta. ¿Porque era padre también, o porque no conocía a sus hijos, de los que siempre estuvo alejado? Tal vez porque no le importaba nada. A un lugarteniente suyo le dijo: «He sido todo lo que he querido. Y me doy cuenta de que no valía la pena.» Y a sus dos herederos les recomendó: «No escatiméis el dinero con los soldados y burlaos siempre de todo lo demás.»

 
SEPTIMIO SEVERO CON SU ESPOSA JULIA DONNA
 Y SUS HIJOS CARACALLA Y GETA
Recomendación superflua; Caracalla y Geta se burlaron tanto de todo lo demás, que, incluyendo también a su padre, ordenaron a los médicos que apresurasen su muerte. De los dos, el primero fue el Cómodo de turno y no tardó en demostrarlo. Fastidiado de tener que compartir el poder con su hermano, le hizo asesinar, condenó a muerte a veinte mil ciudadanos sospechosos de ser partidarios de aquél y, recordando las instrucciones de su padre, aplacó el mal humor de los soldados llenándoles los bolsillos de sestercios. No era un chico incapaz: era, sencillamente, un amoral. Cada mañana, al levantarse quería un oso vivo con el que medirse para conservar los músculos en forma, se sentaba a la mesa con un tigre por comensal y se acostaba con un león, durmiendo entre sus garras. No recibía a los senadores que se agolpaban en su antesala, pero era cordial con los soldados, a los que colmaba de favores. Extendió la ciudadanía a todos los varones del Imperio, pero sólo para aumentar el importe de los impuestos de sucesión, al que solamente los ciudadanos estaban obligados.

 
GETA
De política se ocupaba poco. Prefería dejarla a su madre que entendía de ello, pero que naturalmente la hacía a lo mujer, o sea basándose en simpatías o antipatías. Era ella quien despachaba la correspondencia y recibía en audiencia a ministros y embajadores. En Roma decían que se había procurado esta posición cediendo a los incestuosos apetitos de su hijo. Probablemente no era verdad. Caracalla era bastante serio por ese lado, y su verdadera pasión eran las guerras y los duelos. Un día alguien le habló de Alejandro Magno. Se entusiasmó y quiso imitarle. Reclutó una «falange» armada como las del héroe y dirigióse a Persia, pero en los combates se olvidaba de ser general porque se divertía más haciendo de soldado y provocando al enemigo en luchas singulares cuerpo a cuerpo. Hasta que un día los legionarios, cansados de marchas y de aquel guerrear sin pies ni cabeza, y sobre todo sin botín, le apuñalaron.

CARACALLA
Julia Donna, deportada a Antioquía tras haberlo perdido todo, marido, trono e hijos, se negó a comer hasta que murió. Pero dejó detrás a una hermana» Julia Mesa, que la igualaba en cerebro y ambición. Tenía dos nietos, hijos de dos de sus hijas: uno se llamaba Vario Avito y hacía con el seudónimo de Heliogábalo, que quiere decir dios sol, de sacerdote en Emesa, de donde la familia de la emperatriz era oriunda; el otro se llamaba Alexiano y era aún un niño.

JULIA MESA

Mesa difundió la voz de que Heliogábalo era hijo natural de Caracalla, y los legionarios, que allí en Siria se habían convertido a la religión local y respetaban en aquel clérigo de catorce años al representante del Señor, le proclamaron emperador y, con la abuela y la madre, le condujeron triunfante a Roma.

HELIOGÁBALO

Un día de primavera del 219 después de Jesucristo, la Urbe vio llegar al más extraño de los Augustos: un muchacho vestido de seda colorada, con los labios pintados de carmín, las pestañas teñidas con henné, un collar de perlas, brazaletes de esmeraldas en muñecas y tobillos, y una corona de brillantes en la cabeza. Pero le aclamó lo mismo. Ya no le escandalizaba ninguna mascarada.

HELIOGÁBALO

Otra vez más el verdadero emperador fue una mujer: la abuela Mesa, hermana de la precedente. Para Heliogábalo el trono era un juguete y lo compró como tal. En su infantil inocencia, aquel chiquillo era hasta simpático como un cachorrito. Su diversión favorita consistía en gastar bromas a todos, pero bromas inocentes: tómbolas y loterías con sorpresas, burlas, juegos de cartas. Pero también era un sibarita, quería lo mejor de todo, y gastaba montones de dinero en ello. No viajaba con menos de quinientos carros de séquito y por un frasquito de perfume estaba dispuesto a pagar millones. Cuando un adivino le dijo que moriría de muerte violenta, vació las cajas del Estado para proveerse de todos los instrumentos de suicidio más refinados: una espada de oro, un arsenal de cuerdas, cajitas cuajadas de brillantes para la cicuta... De vez en cuando, al recordar su pasado sacerdotal, tenía crisis místicas. Un día se circuncidó; otro, intentó castrarse, y aun otro se hizo enviar de Emesa el famoso meteorito de su bisabuelo materno, hizo construir encima un templo y propuso a hebreos y cristianos reconocer sus religiones como oficiales, si unos aceptaban sustituir a Jehová y otros a Jesús por aquel pedrusco suyo.




Abuela Mesa comprendió que aquel nietecito ponía en peligro a la dinastía. Le convenció de que adoptase al primito Alexiano y le nombrase César con el imponente nombre de Marco Aurelio Alejandro Severo. Y con el desenfado característico de la familia, le hizo asesinar con su madre, que además era su hija.

ALEJANDRO SEVERO

Es curioso ver nacer, de un degüello tan horrendo, el reino de un santo, Alejandro Severo, que tenía catorce años y hacía honor a su nombre: había estudiado con diligencia, dormía sobre un duro camastro, comía sobriamente, tomaba duchas frías incluso en invierno, vestía como uno cualquiera, y de su predecesor sólo heredó una cosa: la imparcialidad hacía todas las religiones, con pronunciada simpatía por la regla moral de los hebreos y de los cristianos. Su precepto: «No hagas a los demás lo que no quieras que te sea hecho» fue esculpido por él en muchos edificios públicos. Discutía imparcialmente con los teólogos y hasta, presionado por su madre, Mamea, que había tomado el puesto de Mesa, fallecida ya, y que se inclinaba hacia el cristianismo, tuvo una debilidad por Orígenes, un asceta que aportaba a la nueva fe una vocación de estoico.


JULIA MAMEA

Mientras Alejandro se ocupaba ante todo del Cielo, Mamea gobernaba bien la Tierra, asistida por los consejos de Ulpiano, que había sido tutor de Alejandro, Condujo una hábil política económica, redujo la influencia de los militares y devolvió al Senado parte de sus poderes. Sólo cometió injusticias con su nuera porque, después de haberla dado por esposa a su hijo, se puso celosa de ella y la hizo expulsar. También las emperatrices son mujeres y madres. Pero cuando los persas empezaron de nuevo a amenazar, partió con su hijo al frente del ejército para rechazarlos. Antes de presentar batalla, Alejandro envió una carta al rey enemigo en la que trataba de convencerle de no luchar. El otro lo tomó como un signo de debilidad, atacó y fue batido. El emperador, que no amaba la guerra, intentó evitar, al menos, batirse con los germanos. Y habiendo encontrado en la Galia a sus emisarios, les ofreció un tributo anual si aceptaban retirarse.

ALEJANDRO SEVERO

Fue tal vez su único error y lo pagó cara. Los legionarios ya no estaban ansiosos por batallar, pero todavía no estaban dispuestos a comprarse las paces. Indignados, se rebelaron, mataron a Alejandro, bajo la tienda, con su madre y todo el séquito y aclamaron emperador al general del ejército de Panonia, Julio Maximino.