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domingo, 11 de octubre de 2020

APRENDIZAJE DEL EMPERADOR JULIANO EL APÓSTATA

Si, estoy tratando de imitar el estilo de las Conversaciones consigo mismo de Marco Aurelio, y he fracasado. No sólo porque me falta su pureza y bondad, sino porque él podía escribir sobre las buenas cosas que había aprendido de una buena familia y de buenos amigos, y yo debo escribir sobre las cosas amargas que he aprendido de una familia de asesinos en una época corrompida por las luchas y la intolerancia de una secta cuyo propósito es destruir esa civilización cuya primera nota fue sacada de la deslumbrante lira de Homero. Yo no puedo compararme con Marco Aurelio, ni en cualidades ni en experiencia. Así que debo hablar con mi propia voz.

 

Del ejemplo de mi tío el emperador Constantino, llamado el Grande, muerto cuando yo tenía seis años, extraje la enseñanza de que es peligroso unirse a cualquiera de las facciones galileas, ya que tienden a destruir y encubrir las cosas verdaderamente sagradas. Apenas puedo recordar a Constantino, aunque una vez fui presentado a él en el Sagrado Palacio. Recuerdo vagamente a un gigante, muy perfumado, que usaba un manto cubierto de joyas. Mi hermano mayor, Galo, siempre decía que intenté sacarle su peluca. Pero Galo tiene un humor cruel, y dudo de la veracidad de la historia. Si hubiera tirado de la peluca del emperador, seguramente no me habría ganado su afecto, porque tenía una vanidad femenina por su apariencia; esto lo admiten incluso sus admiradores galileos.

 

De mi madre Basilina he heredado el amor por el conocimiento. Nunca la conocí. Murió poco después de mi nacimiento, el 7 de abril de 331. Era hija del prefecto pretorio Julio Juliano. Según los retratos, me parezco más a ella que a mi padre; tengo en común con ella una nariz recta y labios bastante gruesos, a diferencia de la familia imperial de los Flavios, cuyos miembros generalmente tienen narices aguileñas y una boca fina y arrugada. El emperador Constancio, mi primo y predecesor, era un Flavio típico; se pareció a su padre Constantino, excepto en que era mucho más bajo. Sin embargo, de los Flavios he heredado el tórax y el cuello anchos, legado de nuestros antepasados ilirios, que eran hombres de las montañas.

 

Mi madre, aunque galilea, amaba la literatura. Fue instruida por el eunuco Mardonio, que también fue mi tutor.

De Mardonio aprendí a caminar modestamente, mirando al suelo, sin pavonearme ni calcular el efecto que causaba en los demás. También me enseñó a aplicar la autodisciplina respecto de todas las cosas; particularmente trató de evitar que hablase demasiado. ¡Por fortuna, ahora que soy emperador, todos gozan con mi conversación!. Mardonio también me convenció de que el tiempo dedicado a los juegos o al teatro era tiempo perdido. Gracias a Mardonio, galileo amante del helenismo, conocí a Homero y a Hesiodo, a Platón y a Teofrasto. Fue un buen maestro, aunque severo.

 

De mi primo y predecesor, el emperador Constancio, aprendí a disimular y disfrazar mis verdaderos pensamientos. Una terrible lección, pero, de no haberla aprendido, no hubiera vivido más de veinte años. En el año 337 Constancio mató a mi padre. ¿Su delito?. Consanguinidad. Fui perdonado porque tenía seis años, y mi medio hermano Galo —que tenía once— porque estaba enfermo y no se esperaba que sobreviviese.



miércoles, 5 de diciembre de 2018

VALERIO BABRIO


Babrio o Valerius Babrius fue un poeta latino que vivió en Siria y escribió en griego fábulas a fines del siglo I d. de C. y comienzos del II.​
 
Algunos rasgos de su métrica y el nombre Babrius, por lo general aplicado a los libertos, confirman que era de origen latino o romano. Vivió posiblemente en Siria, donde habría sido preceptor de los hijos de un reyezuelo helenizado, pero su nomen, Valerius, era romano. Poseía una cultura muy extensa: en sus versos hay reminiscencias de Homero, Hesiodo, Semónides, Teognis, Píndaro, Safo, Sófocles, Eurípides, Esquilo y Aristófanes, y lo que es más interesante y desconcertante, también conocía los Setenta, la literatura judeoalejandrina y poetas tardíos (Opiano, en concreto). En el siglo II adaptó cien fábulas de Esopo a la forma del verso coliámbico, más adecuada para la sátira, y llegaron a confundirse con las originales, de suerte que ya en vida suya empezó a ser imitado. En el siglo III ya era un autor conocido. En el siglo IV Aviano reelaboró cuarenta y dos fábulas de Babrio poniéndolas en dísticos.
 
No se conocían de él nada más que algunos fragmentos (publicados por Franz Xavier Mayer en Múnich, 1816) cuando en 1843 el griego Minoides Mynas encontró en el monasterio de Santa Laura del monte Athos un manuscrito que contenía 123 fábulas. Jean François Boissonade de Fontarabie ofreció la editio princeps en París, 1844. Johann Caspar von Orelli, Karl Lachmann (este en Berlín, 1845), y Théobald Fix publicaron después ediciones críticas; Léon Boyer dio una traducción en verso francés. George Cornewall Lewis publicó en Londres, en 1859, una segunda colección atribuida a Babrio que contenía 95 fábulas nuevas y un prefacio, cuyo manuscrito fue copiado por Mynas en el monte Athos en 1857, ya que los monjes no quisieron venderlo; se discute todavía sobre si esta colección es falsa. Seis fábulas más vieron la luz gracias a P. Knoll, quien las leyó en una manuscrito de la Biblioteca Vaticana, y fueron editadas por A. Eberhard.


miércoles, 25 de marzo de 2015

miércoles, 18 de marzo de 2015

HESIODO DICE SOBRE LA VEJEZ







Los tristes sufrimientos, el penoso trabajo y las crueles enfermedades traen la vejez; pues los hombres que sufren envejecen pronto.