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jueves, 5 de mayo de 2022

ESCUELA PERIPATÉTICA

La escuela peripatética fue un círculo filosófico de la Grecia antigua. Seguía las enseñanzas de Aristóteles, su fundador. Sus seguidores recibían el nombre de peripatéticos (περιπατητικοί).

 

Recibió este nombre por estar situada al lado del templo dedicado a Apolo Licio, el cual poseía un jardín por el que, según la tradición, el maestro paseaba con sus discípulos, reflexionando sobre la vida. En griego peripatêín significa dar vueltas, por ello a los seguidores de Aristóteles también se los llamó peripatéticos, y a la escuela Peripatos. Tras la muerte de Aristóteles, la escuela se preocupó más por investigaciones naturalistas y científicas que por cuestiones estrictamente filosóficas.

 

Aristóteles fundó la escuela peripatética en 335 a. C. cuando abrió su primera escuela filosófica en el Liceo, también fundado por él en Atenas. El nombre de la escuela procede de la palabra griega ‘ambulante’ o ‘itinerante’. Esto puede proceder, o bien por los portales cubiertos del Liceo conocidos como perípatoi, o bien por los enramados elevados bajo los cuales caminaba Aristóteles mientras leía.

 

Como miembros de la escuela peripatética se incluyen:

 

Teofrasto

Aristóxeno

Sátiro

Eudemo de Rodas

Estratón de Lámpsaco

Andrónico de Rodas



domingo, 1 de mayo de 2022

JULIANO EL APÓSTATA DICE SOBRE MARDONIO

Mardonio es el más responsable de todos por mi forma de vida ... Platón, Sócrates, Aristóteles y Teofrasto. Convencieron a este anciano, en su locura, y más tarde, cuando me encontró, desde que era joven y un amante de la literatura, que me convenció a su vez que si debería esforzarse por imitar a estos hombres en todos los aspectos, que se convertiría en una mejor , tal vez no sea que otros hombres, para el concurso no estaba con ellos, pero mejor que mi antiguo yo.








 


domingo, 11 de octubre de 2020

APRENDIZAJE DEL EMPERADOR JULIANO EL APÓSTATA

Si, estoy tratando de imitar el estilo de las Conversaciones consigo mismo de Marco Aurelio, y he fracasado. No sólo porque me falta su pureza y bondad, sino porque él podía escribir sobre las buenas cosas que había aprendido de una buena familia y de buenos amigos, y yo debo escribir sobre las cosas amargas que he aprendido de una familia de asesinos en una época corrompida por las luchas y la intolerancia de una secta cuyo propósito es destruir esa civilización cuya primera nota fue sacada de la deslumbrante lira de Homero. Yo no puedo compararme con Marco Aurelio, ni en cualidades ni en experiencia. Así que debo hablar con mi propia voz.

 

Del ejemplo de mi tío el emperador Constantino, llamado el Grande, muerto cuando yo tenía seis años, extraje la enseñanza de que es peligroso unirse a cualquiera de las facciones galileas, ya que tienden a destruir y encubrir las cosas verdaderamente sagradas. Apenas puedo recordar a Constantino, aunque una vez fui presentado a él en el Sagrado Palacio. Recuerdo vagamente a un gigante, muy perfumado, que usaba un manto cubierto de joyas. Mi hermano mayor, Galo, siempre decía que intenté sacarle su peluca. Pero Galo tiene un humor cruel, y dudo de la veracidad de la historia. Si hubiera tirado de la peluca del emperador, seguramente no me habría ganado su afecto, porque tenía una vanidad femenina por su apariencia; esto lo admiten incluso sus admiradores galileos.

 

De mi madre Basilina he heredado el amor por el conocimiento. Nunca la conocí. Murió poco después de mi nacimiento, el 7 de abril de 331. Era hija del prefecto pretorio Julio Juliano. Según los retratos, me parezco más a ella que a mi padre; tengo en común con ella una nariz recta y labios bastante gruesos, a diferencia de la familia imperial de los Flavios, cuyos miembros generalmente tienen narices aguileñas y una boca fina y arrugada. El emperador Constancio, mi primo y predecesor, era un Flavio típico; se pareció a su padre Constantino, excepto en que era mucho más bajo. Sin embargo, de los Flavios he heredado el tórax y el cuello anchos, legado de nuestros antepasados ilirios, que eran hombres de las montañas.

 

Mi madre, aunque galilea, amaba la literatura. Fue instruida por el eunuco Mardonio, que también fue mi tutor.

De Mardonio aprendí a caminar modestamente, mirando al suelo, sin pavonearme ni calcular el efecto que causaba en los demás. También me enseñó a aplicar la autodisciplina respecto de todas las cosas; particularmente trató de evitar que hablase demasiado. ¡Por fortuna, ahora que soy emperador, todos gozan con mi conversación!. Mardonio también me convenció de que el tiempo dedicado a los juegos o al teatro era tiempo perdido. Gracias a Mardonio, galileo amante del helenismo, conocí a Homero y a Hesiodo, a Platón y a Teofrasto. Fue un buen maestro, aunque severo.

 

De mi primo y predecesor, el emperador Constancio, aprendí a disimular y disfrazar mis verdaderos pensamientos. Una terrible lección, pero, de no haberla aprendido, no hubiera vivido más de veinte años. En el año 337 Constancio mató a mi padre. ¿Su delito?. Consanguinidad. Fui perdonado porque tenía seis años, y mi medio hermano Galo —que tenía once— porque estaba enfermo y no se esperaba que sobreviviese.



jueves, 16 de abril de 2020

ANDRÓNICO DE RODAS



Andrónico de Rodas (Ἀνδρόνικος) (siglo I a. C.) fue un filósofo griego. Dirigió la escuela peripatética desde el año 78 al 47 a. C.,​ contándose como el undécimo sucesor de Aristóteles en dicha dirección. A partir de una cuidadosa selección de originales por parte del gramático y bibliotecario Tiranión, realizó la primera edición crítica completa de las obras del estagirita, ordenándolas en un esquema rígido y sistemático que corresponde aproximadamente al orden actual.



No existe total consenso acerca del lugar y fecha de nacimiento de Andrónico; sin embargo. hay cierto acuerdo en que su trabajo se desarrolló a mediados del siglo I a.C..  A través de una referencia en la Geografía de Estrabón (14.2.13) se determina tradicionalmente su origen rodiota.​ Estrabón lo considera a Andrónico entre las personas célebres de aquella isla y es mencionado como «uno de los peripatéticos».


El filósofo Amonio,​ es la fuente clásica que establece el listado de los líderes de la escuela peripatética tras la muerte de Aristóteles, en el que coloca a Andrónico en décimo primer lugar en la sucesión del Liceo, dirigiendo entre el año 78 y el 47 a.C.​


 De las narraciones de Estrabón​ y Plutarco​ se conoce como fue que Andrónico se allegó de las obras de Aristóteles que luego ordenaría: a la muerte del filósofo de Estagira su biblioteca fue heredada a su discípulo y sucesor inmediato en el Liceo, Teofrasto; éste, a su vez, heredó toda su colección, incluyendo las obras de su maestro, a Neleo quien la mudó a Escepsis, en la región de Tróade, hacia el siglo II a.C.. Los herederos de Neleo resguardaron los libros y los escondieron bajo tierra cuando se enteraron de que el rey Eumenes II buscaba las obras de Aristóteles para incluirlas en la biblioteca de Pérgamo. Este precario almacenamiento generó que porciones de los textos se perdieran. Hacia finales del siglo II,​ posteriores descendientes de la familia de Neleo, vendieron los libros al rico bibliófilo Apelicón de Teos quien intentó solventar las omisiones del texto perdidos por la putrefacción que generó el tiempo que duraron escondidos, sin embargo, lo hizo deficientemente publicando una nueva edición con bastantes errores. Unos cuantos años después de la muerte de Apelicón, con la toma de Atenas por Sila en el 86 a.C., los libros de Teofrasto y Aristóteles son llevados a Roma.


En Roma, Tiranio el gramático, logró tener acceso a la biblioteca, logrando copias de la misma. Es Tiranio quien entrega una copia de las obras de Aristóteles a Andrónico de Rodas quien publicó una edición y el catálogo de obras (pinakes),​ que se volvió canónico y que revivió el interés por el trabajo de la filosofía aristotélica.


Como introducción a su edición, Andrónico escribió un volumen que contenía el testamento de Aristóteles y, tal vez, su biografía. Elaboró además el catálogo de todos los escritos aristotélicos. A él se debe la famosa división entre escritos exotéricos y esotéricos, con la consiguiente leyenda de la doble doctrina, y también el nombre de los libros de Metafísica: los que van después de la Física. También hizo la edición crítica de Teofrasto.​



Cuando la obra de Aristóteles cayó en manos de Andrónico, éste encontró una serie de escritos acerca de una "próte philosophía" o filosofía primera que carecían de título explícito. Andrónico les dio el título de metafísica, tá metá ta physiká (literalmente, las que están después de las [cosas] físicas) por ser el libro de partida de los ocho libros de Física.


domingo, 12 de abril de 2020

APELICÓN



Apelicón (en griego antiguo Ἀπελλικῶν) fue un hombre adinerado y bibliófilo de Teos y más tarde ciudadano ateniense que vivió en el siglo I a. C.


Además de gastar grandes sumas en la formación de su biblioteca robó documentos originales de los archivos de Atenas y otras ciudades griegas. Tras ser descubierto huyó para escapar al castigo, pero retornó cuando Aristion, un acérrimo enemigo de los romanos, se proclamó tirano de la ciudad con la ayuda de Mitrídates VI. Atenion le envió con algunas tropas a Delos para expoliar los tesoros del templo de Apolo, pero mostró poca habilidad militar. Fue sorprendido por las huestes romanas comandadas por Orobio, y tuvo que escapar para salir con vida.​ Murió poco más tarde, probablemente en 84 a. C.


La empresa principal de Apelicón fue la recolección de libros raros e importantes. Adquirió de la familia de Neleo de Escepsis en la Tróade manuscritos de la obra de Aristóteles y Teofrasto y sus bibliotecas, que el propio Teofrasto había otorgado a Neleo, que fue pupilo suyo. Los habían escondido bajo tierra para impedir que cayeran en las manos de los príncipes bibliófilos de Pérgamo, y se encontraban en malas condiciones. Apelicón rellenó las lagunas y realizó una edición nueva, aunque contenía defectos. En 84 a. C. Lucio Cornelio Sila se apoderó de los libros y los llevó a Roma. Allí se entregaron los manuscritos al gramático Tiranion, que los copió.


lunes, 30 de marzo de 2020

HERMIAS DE ATARNEO



Hermias de Atarneo (en griego antiguo Ἐρμίας Αταρνεύς)1​ fue un dinasta​ de Atarneo (ciudad de Asia Menor), y amigo de Aristóteles.

 

Hombre de origen modesto, Hermias había tenido la condición de eunuco.​ Según Teopompo, estuvo empleado como cambista en un banco. Estrabón,​ hace de él uno de los alumnos de la Academia de Platón, y un filósofo, pero esta información es errónea.

 

Tomó posesión de algunos pueblos del vecindario del Monte Ida (Tróade). Su autoridad fue reconocida por la administración persa y, sin duda después del desembolso de una suma de dinero, estuvo autorizado a tomar el título de tirano con residencia en Atarneo, ciudad de Tróade, cerca de Aso en la costa de Asia Menor, ciudad que hizo fortificar poderosamente. Su influencia política se incrementó considerablemente gracias a expediciones militares, hasta obtener la sumisión de las ciudades rebeldes. Pudo incluso mantener un importante contingente de mercenarios y sostener el asedio de un sátrapa persa.​ No obstante, el Estado así creado se encontraba en una posición geopolítica delicada, entre el reino de Macedonia y el imperio aqueménida, receloso de su soberanía desde la época del predecesor de Hermias, Eubulo, que había ya soportado el asesdio de Atarneo frente al general persa Autofradates, (sin duda en 359 a. C.)

 

Corisco y Erasto, miembros de la Academia de Platón, se pusieron bajo la protección de Hermias, con la recomendación de Platón: en su Carta Sexta,,​ el filósofo exhorta a los tres hombres a releer juntos su misiva cada vez que se encontrara. La ciudad vecina de Escepsis intentaba introducir las reformas políticas propuestas en la Academia; en caso de desacuerdo, esta se reservaba el papel de árbitro. Con una mezcla de inteligencia, de energía y de voluntad, Hermias se consagró con Erasto y de Corisco al estudio de la geometría y de la dialéctica.
 
El gramático Dídimo de Alejandría,​ dice que Hermias, satisfecho de los consejos políticos de sus amigos filósofos, les regaló la ciudad de Aso, y transformó su tiranía «en una forma de constitución más dulce», animando a todos los territorios del monte a la ciudad de Aso a a ponerse voluntariamente bajo su autoridad.

 

Platón murió en 348/347 a. C.; después de su exilio de Atenas, Aristóteles fue a reunirse con Hermias y sus amigos a Aso en el 347 a. C.. donde se creó, durante tres años, un tipo de sucursal de la Academia, con posiblemente la presencia de Calístenes, Teofrasto y Neleo de Escepsis. Durante esta estancia, Hermias dio a su sobrina e hija adoptiva Pitias de Aso en matrimonio a Aristóteles. Hermias concluyó así un acuerdo con Filipo II de Macedonia con vistas a garantizar su posición política en Asia Menor; este tratado, del que Demóstenes conocía la existencia gracias a sus agentes secretos, estuvo revelado a los aqueménidas.​ En el 341 a. C., Hermias fue hecho prisionero por Mentor de Rodas; llevado a la ciudad de Susa fue sometido a tortura para que revelara los tratados secretos contraídos con el rey Filipo II de Macedonia; guardó estoicamente silencio, no expresando ante el rey de Persia más que una sola promesa: «Dije a mis amigos y a mis compañeros que no haría nada que fuera indigno o contrario a la filosofía».​ Fue condenado a morir crucificado. Aristóteles, profundamente trastornado por la noticia de la suerte terrible reservada a su amigo, redactó un epigrama votivo grabado en un cenotafio en Delfos, donde hizo el elogio de la Virtud griega, «la más bella recompensa de la vida».​ Calístenes, compuso también un elogio a la memoria de Hermias.


domingo, 29 de marzo de 2020

NELEO DE ESCEPSIS



Neleo de Escepsis fue un filósofo griego que vivió en el siglo III a. C..

 

Fue discípulo de Teofrasto, quien le cedió su biblioteca en la que se contenían las obras de Aristóteles, las cuales ocultó con tanto cuidado para que no desapareciesen que costó trabajo el encontrarlas después, lo que logró Andrónico de Rodas en tiempos de Sila.

 

La biblioteca adquirida por Neleo fue vendida por éste, según unos a Ptolomeo II Filadelfo, y según otros a Apelicón, quien la adquirió de los herederos de Neleo.


viernes, 20 de marzo de 2020

CIENTÍFICOS GRIEGOS DE LA ANTIGÜEDAD



 

La decadencia de la Filosofía,  ahora  ya  reducida sólo a la busca de normas morales y de conducta, favoreció a la Ciencia, que, en efecto, alcanzó en los  siglos III y II su máximo florecimiento. Es una vieja historia que dura desde siempre: el hombre, cada vez que abandona la esperanza de descubrir por  raciocinio los grandes porqués de la vida y del universo, que constituyen precisamente la meta de la Filosofía, se refugia en el estudio del «cómo»,  que  es  el  cometido de la Ciencia. También nosotros, los contemporáneos vivimos precisamente en una de estas coyunturas.

 

Mas a ésta se sumaban también otras causas. En primer lugar, la instauración, en el  lugar  de  los viejos regímenes democráticos, de los autoritarios, que profesan la manía de los progresos técnicos y que son más capaces de llevar a cabo su organización. Después, la proliferación de escuelas, libros y  museos. Y, por fin, la consolidación de una lengua común, la griega, como medio de intercambio para la difusión de las ideas.

 

Euclides, que durante dos mil años estaba destinado  a quedar como sinónimo de geometría, escribió, en efecto, en sus famosos Elementos, que todo su trabajo había consistido en reunir y condensar los descubrimientos de todos los  estudiosos  griegos,  de los cuales la Universidad de Alejandría constituía el centro aglutinante. 



No se sabe de él más  que  vivió  solamente para enseñar, que sus discípulos se convirtieron en grandes maestros de la época, que no tenía un  céntimo y que no se preocupó jamás de ganarlo.

 

De su escuela, en  efecto,  salió  también  Arquímedes, el cual, sin embargo, no llegó a conocerle. Venía de Siracusa, era hijo de un astrónomo y gozaba de la protección de  Gerón,  el ilustrado y  benévolo tirano de la ciudad, del cual también era pariente lejano. Era hombre distraído y divertido, como casi todos los científicos, que, de vez en  cuando, para dibujar  esferas y cilindros en la  arena,  como  se  hacía  entonces, se olvidaba de comer y de lavarse. Sus investigaciones procedían de una observación atenta de los fenómenos naturales. Un día, por ejemplo, Gerón, le dio a examinar una corona, que el  cincelador le  cargó  en cuenta como toda de oro, pero con orden  de  no hacerle ni un arañazo. Arquímedes estuvo semanas buscando un sistema. 



Pero una mañana, en la bañera,  se  dio  cuenta de que el nivel del agua subía a  medida  que  el cuerpo  se  sumergía  y  que  cuanto  más  se  sumergía el cuerpo menos pesaba. Así fue como  llegó  a formular el famoso «principio», según el cual un cuerpo, al sumergirse, pierde un  peso  equivalente  al  del  agua que desplaza. Mas en  seguida le relampagueó  también la sospecha de que, una vez sumergido, este cuerpo desplazaría una cantidad proporcional al propio volumen.



Y, recordando que un objeto de oro tiene menos volumen que un objeto de plata del mismo peso, hizo un experimento con la corona y comprobó que desplazaba, en efecto, más agua que la que habría desplazado si hubiese sido toda de oro.  Vitrubio  cuenta que estuvo tan contento de aquel descubrimiento que, para correr a  comunicárselo  a  Gerón,  olvidó  vestirse y se precipitó desnudo por la calle  gritando:  «Eureka, Eureka», que quiere decir:  «Lo  he  encontrado, lo he encontrado.»

 

Gerón solicitó de Arquímedes, que construía trastos diversos por el solo gusto de estudiar su funcionamiento y descubrir las leyes mecánicas que lo regulaban, que los hiciera para usos bélicos. Pero no los empleó nunca, porque jamás puso a Siracusa en situación de necesitarlos. Desgraciadamente, al desaparecer él, sus sucesores, en vez de seguir su sabiduría política de fiel alianza con Roma,  desafiaron el poderío de ésta y se concitaron la ira del  cónsul Marcelo, que los sitió por mar y por tierra.  Arquímedes  inventó toda suerte de ingenios para ayudar a  su  patria: enormes grúas para enganchar a las naves y volcarlas, así como catapultas para hundirlas bajo huracanes de piedras. 



Los romanos, despavoridos, comenzaron a sospechar de algún sortilegio y atribuyeron su origen a algún dios que había volado  en  socorro de Siracusa. Pero Marcelo sabía de qué dios se trataba. Y cuando la inexpugnable ciudad, tras ocho meses de asedio, se rindió por hambre, dio órdenes a  las tropas de que se respetase a Arquímedes. Éste estaba, como de costumbre, dibujando figuras en la arena, cuando un soldado romano le reconoció y le ordenó que se presentase inmediatamente al señor cónsul. «Apenas haya terminado», contestó el anciano. Pero el celoso hombre de armas, avezado a la disciplina romana, le mató. Arquímedes, en aquel momento, tenía setenta y cinco años y la ciencia había de  esperar mucho tiempo, más de mil setecientos años para encontrar en Newton un descubridor de la misma grandeza.

 

Otro gran paso adelante hizo en este período la Astronomía, que los griegos de la  edad  clásica  habían más bien descuidado. Se comprende de dónde, a la sazón, venía el impulso: de Babilonia, que había  tenido siempre el monopolio en esos estudios. No se hicieron grandes descubrimientos porque faltaban los medios de observación. Pero por primera vez se comenzó a dudar de que la Tierra fuese el centro  inmóvil del universo, como hasta entonces siempre se había creído. Arquímedes atribuye a Aristarco  de Samos la hipótesis de  que el  centro del universo  fuese el Sol, en torno al cual la Tierra giraba con movimiento circular. Nació de ello una polémica  de la cual no conocemos particularidades, pero que nos hace pensar que una especie de Santo Oficio existiese también entonces, visto que se concluyó con la retractación de Aristarco, el cual, en definitiva, volvió  a  la  vieja teoría geocéntrica. Evidentemente, no quería sufrir las desdichas que dieciocho  siglos  después habría de pasar Galileo.


Hiparco de Nicea se mantuvo prudentemente al margen del candente problema, limitándose a perfeccionar los únicos instrumentos de la época —astrolabios y cuadrantes— y fijar el método para determinar las posiciones terrestres según  los  grados  de  latitud y de longitud. Él fue quien dio  finalmente  al mundo griego un calendario sensato y racional, tras haber fijado el año solar en  trescientos  sesenta  y cinco días y un cuarto, menos cuatro minutos y cuarenta y ocho segundos, apartándose solamente en seis minutos de los cálculos de hoy.


Hiparco fue el verdadero fundador del sistema tolemaico. Hasta Copérnico, la Astronomía ha vivido  de él. Descubrió la oblicuidad de la elipse y llegó a calcular la distancia de la Luna, equivocándose sólo en veinte mil kilómetros.


Si no el más original  teórico,  él  fue  sin  duda  el más agudo observador de la Antigüedad. Una noche, como de costumbre, explorando con sus pobres  medios el cielo, descubrió una estrella que la noche anterior no creyó haber visto.  Para  ponerse  a cubierto de toda duda en el futuro, dibujó  un  mapa  del  cielo con la posición de mil ochenta estrellas fijas. Es  el  mapa sobre el  cual  se  ha estudiado  hasta  Copérnico y Galileo. Confrotándolo con  el  que  Timócrates había compilado unos cuarenta años antes, Hiparco calculó que las estrellas se habían desplazado en dos grados. Así llegó a su descubrimiento más importante, el de los equinoccios, de los cuales calculó la anticipación año tras año, en treinta y  seis  segundos  (mientras que según nuestros cálculos es de cincuenta).


Alguien  se  preguntará  tal  vez  cómo lo  hicieron los griegos para obtener mediciones tan exactas con unas matemáticas rudimentarias. Pero es que también éstas habían hecho grandes progresos, pues del mundo griego también formaba parte Egipto, donde siempre aquéllas habían alcanzado gran honor. Nosotros hemos dejado a los atenienses con Pericles, cuando contaban solamente con los dedos.  Ahora  contaban  con las letras del alfabeto, usando las nueve primeras para las unidades, la siguiente para las decenas, la  siguiente para la centena, etc.  Pero había también los acentos que indicaban las fracciones.  Resultaba  de  ello  una taquigrafía rápida, pero complicada, que favoreció  la  formación  de   especialistas   para  descifrarla. Y fueron éstos quienes después la perfeccionaron.


Dado que los estudios científicos son siempre interdependientes, era natural que estos programas se reflejasen también en las Ciencias Naturales y en la Medicina. Aristóteles  y  su  liceo  habían  constituido las premisas y proporcionado las condiciones de compilación y catalogación de materiales. Teofrasto, que tenía la pasión de la  jardinería, compuso una Historia de las plantas, que fue durante varios  siglos  el  manual de todos los botánicos. Aquel mediocre  filósofo fue el más grande naturalista de la Antigüedad, sobre todo en cuanto a rigorismo de métodos.


Los Tolomeos fueron «salutistas» y dieron un constante impulso a la Medicina. Ya no dependía de las geniales intuiciones de hombres aislados, sino que se había vuelto un hecho  de  escuela,  de  laboratorio  y  de investigaciones colectivas. Esto no impidió a Herofilo destacar con sus estudios sobre la materia cerebral.



Los desarrolló sobre cerebros disecados, descubrió el  funcionamiento  de  las meninges y  trazó una primera y rudimentaria distinción entre el  sistema nervioso cerebral y el espinal.  Halló la diferencia entre venas y arterias y proporcionó a  la  diagnosis el más elemental, pero asimismo el más necesario de todos los elementos: la medición de la fiebre mediante el pulso, cuyos latidos contaba con una clepsidra de agua. Fue él quien bautizó al duodeno y quien echó los cimientos de la obstetricia.


Sólo tuvo un rival en Hetisístrato, que fue una especie de Pende  por  la  importancia  que  atribuyó al sistema glandular. Tuvo una vaga intuición del metabolismo basal y anticipó las grandes leyes de la higiene. 



Estos científicos y sus colegas menores confirieron a la Medicina un altísimo prestigio, que hacía casi sagrado a quien la practicaba. Al siglo de los dramaturgos y de los filósofos seguía el de los doctores.

( Indro Montanelli )