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jueves, 29 de diciembre de 2022

DISCURSO DE MARCO EMILIO ESCAURO, PRÍNCIPE DEL SENADO, CONTRA LOS NUEVOS ARRIBISTAS



 Es curioso que estuviese yo hablando de asuntos parecidos a éste antes de abrirse la sesión. De asuntos que indican la erosión de nuestros tradicionales métodos de gobierno y conducta personal en el gobierno. En los últimos años, este augusto cuerpo formado por los más excelsos hombres de Roma viene sufriendo la pérdida, no sólo de su poder sino de su dignidad como brazo más antiguo del gobierno. A nosotros, ¡los hombres más relevantes de Roma!, ya no se nos permite dirigir el rumbo del Estado. Nosotros, ¡los hombres más relevantes de Roma!, nos hemos acostumbrado a que el pueblo... políticos veleidosos, inexpertos, irreflexivos y advenedizos, se han acostumbrado a que el pueblo nos haga besar el polvo. Nosotros, ¡los hombres relevantes de Roma!, ya no contamos. Nuestra prudencia, nuestra experiencia, la distinción de nuestras familias durante tantas generaciones desde la fundación de la república, ya no cuentan para nada. Sólo importa el pueblo. Y yo os digo, padres conscriptos, ¡que el pueblo no tiene dotes para gobernar Roma!

 

¿Qué porción del pueblo dirige la Asamblea de la plebe?. ¡Hombres de la segunda, tercera y hasta cuarta clase, caballeros irrelevantes y ambiciosos que quieren dirigir Roma como si fuese su propio negocio, tenderos y pequeños granjeros, incluso artesanos venidos a más para tener varias galerías escultóricas, cómo he visto yo denominar a un patio!. ¡Y hombres que se llaman abogados, pero que tienen que buscarse clientes entre los bucólicos y los imbéciles, y hombres que se denominan agentes y son incapaces de definir de qué son agentes! ¡Sus actividades privadas los aburren y se dedican a acudir a los comitia jactándose de que ellos en sus preciosas tribus pueden gobernar Roma mejor que nosotros en la exclusividad de esta curia! ¡La jerga política chorrea de su boca cual vómito fétido y grumoso, y parlotean de subvencionar a este o a aquel tribuno de la plebe, aplaudiendo cuando las prerrogativas senatoriales se conceden a los caballeros! ¡Son hombres medios esa gente! ¡Ni lo suficiente grandes para pertenecer a la primera clase de las centurias, ni lo bastante bajos para dedicarse a sus propios asuntos en la quinta clase y en el censo por cabezas! ¡Os lo repito, padres conscriptos, el pueblo no tiene dotes para gobernar Roma!. Se le ha concedido excesivo poder y en su presuntuosa arrogancia, fomentada e instigada, hay que añadir, por diversos miembros de esta cámara cuando eran tribunos de la plebe, ahora alardean de ignorar nuestros consejos, nuestras orientaciones, nuestras personas!

 

Ha llegado la hora de que en el Senado invirtamos ese proceso. ¡Ha llegado la hora de que demostrémos al pueblo que ellos son subalternos en esta empresa común de gobernar!: Por supuesto que los orígenes de este deterioro del poder senatorial son fáciles de discernir. Esta augusta cámara ha permitido el acceso a demasiados advenedizos, a demasiadas setas venenosas, a demasiados hombres nuevos, a cargos de magistratura superior. ¿Qué significa en definitiva el Senado de Roma para un hombre que ha tenido que limpiarse la mierda de cerdo del rostro antes de llegar a Roma para probar su suerte en política?. ¿Qué significa el Senado de Roma para alguien que, en el mejor de los casos, es un latino a medias, originario de las tierras fronterizas de los samnitas... que alcanzó su primer consulado amparado en las faldas de la mujer patricia que compró? ¿Y qué significa el Senado de Roma para un híbrido bizco de las colinas infectadas de celtas del norte de Picenum?

 

Nuestros hijos, padres conscriptos, son seres timoratos que crecen en una atmósfera que ahoga al Senado de Roma hasta en su tarea de insuflar vida al pueblo de Roma. ¿Cómo podemos esperar que nuestros hijos vayan a gobernar Roma en su día, si el pueblo los intimida?. ¡Os lo repito, si no habéis empezado ya, desde hoy mismo debéis comenzar a educar a vuestros hijos para que se hagan fuertes en el Senado e implacables con el pueblo!. ¡Hacedles entender la natural superioridad del Senado! ¡Y preparadlos para luchar por el mantenimiento de esa superioridad natural!

 

¿Quiere alguien decirme por qué un miembro de esta augusta cámara puede deliberadamente optar por minarla?. ¿Puede alguien decírmelo?. ¡Porque es algo que sucede constantemente! . ¡Y ahí están sentados, llamándose senadores, miembros de esta augusta cámara!. ¡Y también llamándose tribunos de la plebe!. ¡Ahora sirven a dos señores!. Y yo os digo, recordémosles que son antes que nada senadores, y tribunos de la plebe después. Que su real cometido ante la plebe es educarla a ese papel subordinado. Pero ¿es lo que hacen?. ¡No! ¡Claro que no! Sí, algunos de esos tribunos guardan lealtad al orden establecido, lo admito, y por ello son encomiables. Otros, como siempre ha sucedido desde que el mundo es mundo, no hacen nada por el Senado ni por el pueblo, temerosos de que si se sientan a un extremo u otro del banco de los tribunos el resto se levante y ellos caigan al suelo en medio del ridículo. Pero es que hay otros, padres conscriptos, que deliberadamente se dedican a minar a esta augusta cámara, al Senado de Roma. ¿Por qué?. ¿Qué es lo que puede inducirlos a destruir su propio orden?

 

Yo os diré por qué, colegas senadores. Porque algunos se dejan comprar como baratijas de mercadillo. ¡A ésos todos los comprendemos!. Pero hay otros con motivaciones más sutiles, y entre éstos el primero fue Tiberio Sempronio Graco. Hablo de la clase de tribuno de la plebe que ve en ella un instrumento para sus propias ambiciones, la clase de hombre que codicia la categoría de primer hombre de Roma sin ganársela entre sus pares, como hizo Escipión Emiliano, Escipión Africano y Emilio Paulo, y, os ruego me perdonéis todos por la presunción, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. Hemos adoptado un vocablo griego para describir el estilo de tribunos de la plebe de Tiberio y Cayo Graco: los llamamos demagogos. No obstante, no lo empleamos exactamente igual que los griegos. Nuestros demagogos no arrastran a toda la ciudad al Foro pidiendo sangre, tiran a los senadores por la escalinata de la curia y hacen su voluntad mediante la violencia de las masas. Nuestros demagogos se contentan con inflamar a los que habitualmente se congregan en la zona de comicios y hacen su voluntad por medio de la legislación. 


Sí, claro, hay violencia de vez en cuando, pero no es frecuente; somos nosotros, el Senado, quienes tenemos que recurrir a la violencia para restablecer el status quo. Porque nuestros demagogos son legisladores y leguleyos, más sutiles, más rencorosos, ¡mucho más peligrosos que los que incitan a la revuelta!. Corrompen al pueblo para lograr sus ambiciones. Y eso, padres conscriptos, no tiene nombre. Y, sin embargo, se hace todos los días y cada día es más evidente. El atajo hacia el poder, el camino fácil hacia la preeminencia.

 

El atajo al poder, el camino fácil a la preeminencia. Bien, todos conocemos a esa clase de hombres, ¿no es cierto?.  El primero es Cayo Mario, nuestro estimado primer cónsul, quien, según tengo entendido, está otra vez a punto de hacerse elegir cónsul ¡y otra vez in absentia! . cPor deseo nuestro?. ¡No!. ¡Por medio del pueblo, naturalmente!. ¿Cómo, si no, iba a haber llegado Cayo Mario a donde ha llegado de no haber sido por el pueblo?. Algunos de nosotros le hemos combatido con uñas y dientes, le hemos combatido con todos los recursos legales de nuestro arsenal constitucional. ¡Pero en vano!. Cayo Mario cuenta con el apoyo del pueblo, el oído del pueblo, y echa dinero en las bolsas de algunos de los tribunos de la plebe. En los tiempos actuales, basta con eso. Ese es Cayo Mario. Pero no me he levantado para hablar de Cayo Mario. Me perdonaréis, padres conscriptos, por dejar que mis sentimientos me hagan apartarme de lo esencial de mi exposición.

 

Me he levantado para hablar de otro arribista, una modalidad de arribismo menos ostensible que la de Cayo Mario. La clase de arribista que aduce antepasados senatoriales y habla bien el griego, que ha tenido una buena educación y vive en una casa lo bastante lujosa en la que sus ojos nunca han visto mierda de cerdo, es decir, en la que nunca ha visto nada de nada. No es un romano descendiente de romanos, por mucho que diga. Me refiero a Cneo Pompeyo Estrabo, legado de esta augusta cámara para servir al gobernador de Cerdeña, Tito Anio Albucio.

 

Y bien, ¿quién es este Cneo Pompeyo Estrabo?. Un Pompeyo que dice tener vínculos de sangre con los Pompeyos de esta cámara desdé hace generaciones, aunque seria interesante ver hasta qué punto son verdad esos vínculos. Rico como Craso, con una clientela que cubre casi la mitad del norte de Italia, un rey dentro de sus tierras. Ese es Cneo Pompeyo Estrabo.

 

Miembros del Senado ,¿adónde va a llegar esta augusta cámara si un senador bisoño disfrazado de cuestor tiene la osadía y el... el... descaro de acusar a su superior?. ¿Tan faltos de jóvenes romanos estamos que no podemos sentar culos romanos en trescientas escasas sillas?. ¡Me... me... escandaliza!. ¿Es que ese Pompeyo bizco está tan poco instruido en los detalles de comportamiento que debe guardar un miembro del Senado como para llegar a imaginarse que puede acusar a su superior?. ¿Qué nos sucede que consentimos que gentes como Pompeyo el bizco sienten sus posaderas en una silla senatorial?. ¿Cómo es que se atreve a cosa semejante?. ¡Por ignorancia y falta de clase, por eso se atreve!. ¡Hay cosas, conscriptos padres, que no se hacen!. Cosas como acusar a un superior o a un pariente próximo, incluidos los que lo son por matrimonio. ¡No se hacen!. ¡Descarado, bovino, grosero, inculto, presuntuoso, estúpido... nuestra lengua latina carece de epítetos suficientes para calificar los defectos de una seta venenosa como este Cneo Pompeyo Estrabo, ese Pompeyo bizco!

 

Aquí no se trata de Tito Anio, cuya conducta reconozco que es reprochable. Naturalmente que ese asunto se tratará como es debido, en este caso con un proceso. Si se le declara culpable, recibirá el castigo que la ley prescribe. Pero aquí de lo que se trata es del protocolo, la cortesía, la etiqueta, en otras palabras, padres conscriptos, ¡de modales!.  ¡Esa seta venenosa de Pompeyo el bizco es culpable de una flagrante transgresión de modales!

 

Propongo, padres conscriptos, que Tito Anio Albucio responda de cargos con cariz de traición, pero que el praetor urbanus escriba al mismo tiempo una carta contundente al cuestor Cneo Pompeyo Estrabo diciéndole que, primero, bajo ninguna circunstancia se le permitirá procesar a un superior, y, segundo, que tiene modales de patán.



domingo, 10 de marzo de 2019

GUERRA MÁRSICA O GUERRA SOCIAL



La guerra Social, guerra de los Aliados o guerra mársica fue un conflicto armado que se desarrolló entre los años 90 y 88 a. C. entre la República romana y sus aliados itálicos que deseaban que se les concediera la ciudadanía romana.

 

Aunque en la bibliografía parece que mayoritariamente se ha impuesto la denominación de guerra Social, el término no sería muy canónico pues en realidad sería referente a la guerra contra sus socii (en español, aliados o confederados), proviniendo tal vez de una mala traducción al español del latín socialis, sociale (en español, aliados).

 

Durante el tiempo en que Cayo Mario se ausentó de Roma (99-90 a. C.), hubo una serie de años de relativa paz en los que el Senado parecía controlar el poder. Sin embargo, en el año 95 a. C. se publicó la Ley Licinia Mucia dirigida contra los aliados que hubieran adquirido fraudulentamente la ciudadanía romana, lo que provocó un fuerte malestar entre ellos.

 

En el año 92 a. C. fue elegido tribuno de la plebe Marco Livio Druso. Preparó una serie de medidas demagógicas, como una nueva ley frumentaria y una devaluación del sestercio de plata, que llevaron al enfrentamiento con la aristocracia. También estableció un acuerdo secreto con los aliados, prometiéndoles el derecho de ciudadanía a cambio de que corrieran con los gastos de una nueva distribución de tierras. Desaprobado oficialmente por el Senado, fue asesinado en su casa, lo que desencadenó la guerra.

 

Intervienieron picenos, lucanos, marsos, samnitas y apulios, a los que se unieron etruscos y umbros, declarándose independientes en una república llamada Italia, con capital en Corfinium, a la que renombrarían Itálica, al este de Roma, con un senado y moneda propia. Al principio se suceden las derrotas romanas, hasta que en 90 a. C., el Senado da el mando del Ejército a Sila, pero Mario se reincorporó a la política y se hizo con el mando efectivo.

 

Principales acontecimientos:

Año 90 a. C. :  El cónsul romano Cneo Pompeyo Estrabón asedia con éxito Asculum. Publio Rutilio Lupo es derrotado y muerto en el valle de Toleno. Mario es capaz de recuperarse de estas derrotas y consigue el mando único. Asediada Esernia, fortaleza clave para controlar la comunicación entre el norte y el sur, se ve obligada a rendirse. Cayo Papio Mútilo toma varias ciudades de Campania y las mantiene en su poder hasta ser derrotado por el cónsul Lucio Julio César. Otras incursiones de los rebeldes resultan victoriosos en Apulia y Lucania. A pesar de estas derrotas parciales, los romanos aguantaron y lograron evitar la derrota total. En 89 a. C. los dos cónsules marcharon al frente norte, mientras que Sila tomaba el mando único del frente sur.

 

Año 89 a. C. :  Lucio Porcio Catón (uno de los dos cónsules) es derrotado y muerto. Cneo Pompeyo Estrabón (el otro cónsul) con mando único tiene una participación decisiva, derrotando a un ejército itálico de sesenta mil hombres, en el norte de Italia, en la batalla de Asculum. Sila pasa a la ofensiva y derrota al ejército samnita. Roma recupera algunas de las grandes ciudades de Campania.

 

Año 88 a. C.: La guerra prácticamente se termina, con la excepción de los samnitas (los viejos rivales de Roma) que todavía resisten. Es probable que la guerra hubiera continuado mucho más tiempo si Roma no hubiese hecho, además, concesiones a sus aliados.

 

Finalmente, la guerra termina cuando Sila aniquila a las bandas samnitas de Esernia. Los aliados, aun siendo derrotados habían conseguido su objetivo, ya que, en el transcurso de esos años se decretaron tres leyes que terminarían dando la ciudadanía romana a los itálicos:

 

Por la Ley Julia del año 90 a. C. Roma otorgaba la ciudadanía romana a las ciudades itálicas que habían permanecido fieles y lo solicitasen, autorizando a los generales a concederla a los soldados no romanos que lo mereciesen.

 

Por la Ley Plaucia Papiria del año 89 a. C. Roma concedía la ciudadanía a cualquier itálico, incluso sublevado, que se hiciese inscribir en los registros del pretorio en un plazo de dos meses.

 

Por la Ley Pompeya del año 89 a. C. que otorgaba el derecho latino a las ciudades de la Galia Cisalpina que aún no lo poseían. Benefició, sobre todo, a las ciudades situadas al norte del río Po.



domingo, 18 de noviembre de 2018

MARCO ACIO BALBO


Marco Acio Balbo (en latín, Marcus Atius Balbus; 105 a. C.-51 a. C.) fue un político romano, hijo de Marco Acio Balbo (148-87 a. C.) y de Pompeya, hermana del cónsul Cneo Pompeyo Estrabón, padre del triunviro Pompeyo. Fue, pues, primo de Pompeyo el Grande, yerno de Cayo Julio César y abuelo del emperador Augusto.
 
Balbo el Mayor provenía de una familia romana senatorial de Aricia (moderna Ariccia, Italia). «Balbo» significa tartamudo. Balbo el Joven nació y se crio en Aricia.
 
Balbo se casó con Julia la Menor, segunda hermana mayor del dictador Cayo Julio César,​ con la que tuvo dos hijas: Acia, madre de Augusto, y Acia la Menor, casada con Marcio Filipo, hijo del segundo esposo de su hermana.
 
Balbo sirvió como pretor en el 62 a. C. y logró obtener el gobierno de Cerdeña. Bajo el gobierno de César, en 59 a. C., Balbo fue designado junto a Pompeyo en una junta de comisionados bajo la ley juliana para dividir patrimonios de Campania entre los plebeyos. Cicerón afirmó que Pompeyo decía, como una broma acerca de Balbo, que él no era una persona de ninguna importancia.




jueves, 15 de noviembre de 2018

DESFILE TRIUNFAL DE CNEO POMPEYO ESTRABÓN POR SU TOMA DE ASCULUM PICENTUM DURANTE LA GUERRA MÁRSICA



Sabiendo que no iba a tener un desfile triunfal muy deslucido sin botín que exhibir ni carrozas exóticas con grupos de cautivos raros para los romanos, como era lo habitual en otros desfiles (porque los había azotado y decapitado a todos), el todavía cónsul Cneo Pompeyo Estrabón tuvo una brillante idea: ¡En el desfile exhibiría miles de niños itálicos!. Durante la marcha de regreso hacia Roma, sus tropas se dedicaron a recorrer los campos de los derrotados itálicos para apresar unos cuantos miles de niños de edades comprendidas entre cuatro y doce años, y, así, cuando desfiló en su carro triunfal por el itinerario prescrito, se hizo preceder de una legión de críos desamparados. Fue un horrible espectáculo, cuando menos porque demostraba la cantidad de varones adultos itálicos que habían perdido la vida por iniciativa de Cneo Pompeyo Estrabón, y con ello haciendo honor a su famoso mote de "El Carnicero". Luego todos esos niños serían derivados a los mercaderes de esclavos. 




sábado, 27 de octubre de 2018

EL CÓNSUL QUINTO FABIO MÁXIMO EBURNO



Quinto Fabio Máximo Eburno (en latín, Quintus Fabius Maximus Eburnus) fue un político y cónsul de la República Romana, perteneciente a la gens Fabia, una familia de origen patricio; era hijo de Quinto Fabio Máximo Serviliano.

 

Máximo Eburno obtuvo la pretura venciendo en las elecciones con el máximo número de votos y obteniendo por tanto el puesto de pretor urbano en 118 a. C. En esta condición presidió el juicio de Cayo Papirio Carbón acusado de traición por Lucio Craso.

 

Obtuvo el consulado en 116 a. C. con Cayo Licinio Geta como colega senior. Eburno era conocido en Roma por el salvajismo del que hacía gala con su familia, tanto es así que asesinó a su hijo por «inmoralidad» (al ser el paterfamilias, tenía derecho a castigar o asesinar a cualquier miembro de su familia, aunque casi nunca se hacía). Por ello fue repudiado por la sociedad romana y acusado por Cneo Pompeyo Estrabón de excederse de los límites de su patria potestas. Máximo Eburno fue condenado al exilio, probablemente en Nocera Umbra.


martes, 8 de mayo de 2018

CLIENTES EN LA ANTIGUA ROMA


Cliente (del latín cliens -plural clientes-, y este de cluere, "acatar", "obedecer"), en la sociedad de la antigua Roma, era el individuo de rango socioeconómico inferior que se ponía bajo el patrocinio (patrocinium) de un patrón (patronus) de rango socioeconómico superior.


 Ambos eran hombres libres, y no necesariamente se correspondía su rango desigual con las distinciones socio-familiares entre plebeyos y patricios; aunque, legendariamente, esta relación de patronaje se inició por Rómulo con el objetivo de fomentar los vínculos entre ambas partes de la sociedad romana, de manera que unos (los clientes) pudieran vivir sin envidia y los otros (los patronos) sin faltas al respeto (obsequium) que se debe a un superior. Cuantos más clientes tuviera, a más prestigio (dignitas) accedía un romano que pretendiera ser importante.


La condición del cliente, hereditaria, le hacía ser considerado parte la familia de su patrón, sometido a la autoridad del pater familias;​ así como miembro menor (gentilicius) de la gens de su patrón, con lo que estaba sometido a la jurisdicción y disciplina de la gens y podía acceder a sus servicios religiosos, incluyendo los ritos funerarios, siendo sus restos enterrados en su sepulcro común.​ Los libertos pasaban a ser clientes de sus anteriores propietarios.


Se identificaban con la relación patrón-cliente las relaciones que se establecían en el ejército romano (entre un general y sus soldados), entre el fundador y los habitantes de una colonia romana y entre el conquistador y el territorio conquistado (estado cliente).


Las relaciones de clientela o de patronazgo obligaban a mantener fides ("lealtad" y "confianza" mutuas) entre patrón y cliente (o bien fides por parte del patrón y pietas​ -"devoción"- por parte del cliente). Como consistían en acuerdos privados, quedaban fuera del control estatal; pero se consideraban una mos maiorum ("costumbre ancestral") y un vínculo de orden religioso, que incluía la dependencia al patrón para la consulta de los auspicios y las ofrendas a los lares. La Ley de las Doce Tablas (449 a. C., aunque recoge tradiciones orales muy anteriores) declara sacer​ ("maldito", expuesto a la cólera de los dioses) al patrón que defrauda la lealtad de su cliente. A partir de esta ley, los clientes llevaban como segundo nombre el de la gens de su patrón. La relación también tenía fuertes consecuencias jurídicas, puesto que no se permitía a patrones y clientes demandarse ante los tribunales ni testificar uno contra otro, y debían abstenerse de cualquier tipo de injurias entre ellos. También tenía consecuencias militares, estando obligado el cliente a acompañar al patrón a la guerra y a contribuir a su rescate si era hecho prisionero.


El cliente solía provenir de una familia empobrecida o de origen humilde o extranjero que solicitaba la protección de un romano poderoso. Al inicio de la historia romana recibía del patrón, a cambio de su sumisión y servicios, un heredium particularmente pequeño (una parcela agrícola de dos iugera, insuficiente para alimentarse), aunque esa relación cuasi-laboral dejó de existir en tiempos de la República. A partir de entonces la relación de clientela era meramente personal y se establecía en el entorno puramente urbano: los clientes ponían sus servicios, especialmente los servicios políticos (cuando el voto era requerido en las numerosas convocatorias electorales del sistema político romano -comicios romanos-), a disposición de un patrón rico y con ambiciones políticas y sociales, que se convertía en su benefactor y le daba protección y ayuda económica.​ La relación clientelar en la vida social y política romana fue decayendo desde el siglo II a. C., hasta el punto que algunos autores consideran que dejó de ser una institución tan decisiva como usualmente se presenta.​


Dionisio de Halicarnaso, en Antigüedades romanas, describe la declaración de sumisión ritual del cliente con la expresión in fidem venire, y la aceptación por el patrono con la expresión in fidem clienteam recipere.


El mantenimiento de las obligaciones recíprocas entre cliente y patrón se manifestaba cotidianamente con la costumbre denominada salutatio matutina​ ("saludo de la mañana"), que obligaba al cliente a madrugar para acudir a casa de su patrón para saludarle y recibir comida, dinero o algún otro presente (la sportula​ -"pequeña espuerta", esportillo o cesta, véase cesta de Navidad-); y se ponía a disposición de lo que éste pudiera demandar de él (por ejemplo, acompañarle a algún acto público, donde estaba obligado a manifestarle su aprobación y apoyo). El que el patrón devolviera el saludo, citándole por su nombre, era una muestra de confianza y reconocimiento. El orden de recepción venía determinado por el rango del cliente. Olvidar el tratamiento que debía darse al patrón (el título de dominus), podía dar lugar a ser despedido sin recibir la sportula. Se debía acudir vestido propiamente, con toga, requisito que para los más pobres era difícil de cumplir, en cuyo caso se esperaba fuera su propio patrón el que se la facilitara. 


Dependiendo del número de clientes, la salutatio podía prolongarse mucho (hasta la hora secunda o tertia). Por muy molesto que fuera para el patrón mantener este ritual cotidiano, desatender las quejas y peticiones de sus clientes, o no responder a su saludo, era considerado una pérdida de reputación.​ Las mujeres no participaban en la salutatio excepto en el caso de que fuera la viuda la que representara al patrón (haciéndose llamar como el patrón muerto), o cuando el cliente, imposibilitado, mandaba a su mujer sustituirle (a veces acudía postrado en una litera, quedándose a la puerta por no poder andar), lo que podía suscitar una mayor generosidad en la sportula.​


La estructura de la domus (casa familiar romana) incluía una pieza a la entrada que permitía acoger a los clientes; aunque lo habitual era permitir su entrada en espacios más privados según su rango o nivel de confianza (los más humildes se quedaban en la entrada, mientras que a algunos se les permitía llegar hasta el peristilus). En Pompeya se conserva un banco de piedra en la fachada de una casa, donde esperarían sentados los clientes. Era prueba del prestigio de una familia el que cada mañana frente a su casa esperara un gran número de clientes.


Quinto Tulio Cicerón, en De petitioniis consularibus, distingue tres clases de clientes: los que vienen a saludarte a tu casa, los que llevas al foro y los que te siguen a todas partes, y aconseja acordar un precio a la exclusividad de los primeros, para evitar el abuso frecuente que suponía que algunos clientes acudieran a saludar a varios patrones distintos el mismo día; también aconseja llevar tantos como se pueda al foro, porque el número de clientes que acompaña a un candidato determina su reputación.


En la ciudad de Roma (teniendo en cuenta que el coste de la vida era más caro que en otras ciudades), la tarifa de dos sextercios se consideraba adecuada a comienzos de la época imperial (en tiempo de Trajano, seis sextercios),​ cuando ya había decaído la costumbre de los pagos cotidianos en especie (que se reservaban a ocasiones concretas, como proporcionar entradas para un espectáculo -especialmente cuando lo organiza el patrón-, ropa para el año nuevo, o lo necesario para celebrar una boda). Era habitual que los clientes fueran citados en el testamento dejándoles alguna parte de la herencia.


Los caprichos extravagantes de los patronos, y la adulación y el servilismo de los clientes, podían llegar a extremos ridículos, como denunciaron Petronio,​ Juvenal​ y otros satíricos (no pocos de ellos, como muchos otros literatos romanos, también clientes protegidos precisamente por esa condición -véase mecenazgo-).


Con la palabra latina parasītus (castellanizada "parásito"), proveniente de la griega παράσιτος (parásitos, "comensal"), se designaba peyorativamente a los clientes considerados como vagos que vivían a costa de sus patronos.


La relación patrón-cliente era una institución social que permitía superar las relaciones basadas únicamente en el parentesco (propias de sociedades de un nivel de desarrollo tribal) y establecer relaciones propias de las sociedades complejas de un nivel de desarrollo urbano.


Dentro de la misma Roma había muchas otras instituciones que también se caracterizaban por vincular al ámbito familiar (la familia romana era el núcleo mismo de su sociedad) las relaciones sociales que se establecían fuera de ella: la esclavitud se entendía como una extensión de la familia (familia ancilar -no sólo la esclavitud doméstica, sino también los esclavos de tareas agrícolas, tal como se recomendaba en la tratadística-); lo mismo ocurría con la institución del colonato (que vinculaba a un campesino con un propietario). En rangos sociales más altos, la adopción elevaba al adoptado a la condición social del adoptante, convirtiéndolo en su hijo. Corporaciones profesionales (collegia) o religiosas (sodallitates -sodalitas, "fraternidad" o "cofradía"-)​ mantenían una relación clientelar con sus benefactores (a los que daban el título de patronus o de pater patratus). Algunos vínculos sociales, como la amicitia y la hospitium, pasaron a ser difícilmente distinguibles de la relación clientelar.​


La relación patrón-cliente se extendió no sólo a familias, sino también a la relación que podía establecerse con entidades políticas, como un municipio o una provincia romana: Sicilia se puso bajo la clientela, o patronazgo, de Marco Claudio Marcelo (cónsul 222 a. C.), y tal condición de patrón fue transmitida a los sucesivos Claudii Marcelli (rama de la gens Claudia).​ Extender la ciudadanía romana a familias provinciales o municipios enteros sobre los que se había conseguido el patrocinium incrementaba el poder político de tal patrón, como fue el caso de Cneo Pompeyo Estrabón y sus clientes transpadanos.​ Augusto consolidó su posición de gobernante en solitario mediante su identificación como patronus de la totalidad del Imperio romano.


Con la cristianización de Roma (siglo IV),​ cada ciudad tomó como "santo patrón" (de carácter espiritual, pero determinante del prestigio y funciones que adquiere su templo -la catedral- y el clero que la sirve -el obispo y los canónigos-) a aquél con el que tuviera algún tipo de relación (por ejemplo, haber sido su obispo, o haber sido allí martirizado, custodiándose sus reliquias); así ocurrió en Milán con San Ambrosio, en París con San Denís, en Tarragona con San Magín o en Tesalónica con San Demetrio.


Instituciones similares a la clientela existían entre los etruscos (con el nombre de etera)​ y entre los griegos (Hesíodo lo describe en Los trabajos y los días).​ También entre otros pueblos que entraron en contacto con los romanos, como vínculo personal de lealtad entre un jefe y sus secuaces o séquito (establecido en paz o en guerra, pero que perdura más allá del tiempo de una campaña militar, y que se sacraliza para que dure hasta la muerte, como un juramento): la devotio ibérica, la Gefolgschaft de los pueblos germánicos (relación de séquito, gardingos o fideles visigodos -Tácito denomina esta institución con el nombre comitatus, y a sus partes como princeps y convites-​) y relaciones similares entre los celtas (la derivación etimológica de la raíz celta wasso- -"joven", "escudero"- a través del latín vassus -"sirviente"- dio origen a la palabra medieval "vasallo") o los magiares (Hétmagyar). En la antigüedad tardía, estas instituciones, mezcladas con la romana, evolucionaron hasta conformar el vasallaje propio del feudalismo medieval.


Las modernas ciencias sociales (especialmente la antropología y la sociología -sobre todo la sociología anglosajona de mediados del siglo XX-) utilizaron el término para designar como relaciones patrón-cliente un fenómeno social de validez universal y con muy distintas aplicaciones.


El séquito del guerrero recibe el honor y el botín, el del demagogo los spoils, la explotación de los dominados mediante el monopolio de los cargos, los beneficios políticamente condicionados y las satisfacciones de vanidad.


Conceptos como el de red social, evergetismo, reciprocidad y el uso de la expresión latina do ut des ("te doy para que me dés", de más correcta utilización en este contexto que quid pro quo -de uso mucho más extendido, por influencia anglosajona-) tienen una estrecha vinculación con el clientelismo en el contexto social de la edad contemporánea. La expresión que más utilización tiene en el contexto político es la de clientelismo político, que en la vida social provinciana en la España de la Restauración (1875-1931) se denominaba "caciquismo" (Oligarquía y caciquismo fue el título de la obra principal de Joaquín Costa, denunciando ese sistema). Anteriormente, en la España de la Edad Moderna, las redes clientelares que se establecían entre los colegiales que estudiaban en los colegios mayores (conocidos como golillas y manteístas) se impusieron en la vida política y para el reparto de cargos y prebendas. En la política de Estados Unidos, un papel similar adquirieron instituciones como Tammany Hall y las sociedades secretas colegiadas; y a un nivel social más extenso, las fraternidades y sororidades de las universidades.


En general, el nepotismo o amiguismo (según los beneficiarios sean parientes o amigos -en Cuba se conoce como sociolismo) es la costumbre de que una persona con poder nombre para un cargo, beneficie o recomiende a una persona próxima. En niveles superiores, que alcanzan lo delictivo, la corrupción política o la compra de votos son prácticas, también derivadas del clientelismo, que subsisten en la sociedad contemporánea.


Las primeras escenas de la película El padrino (Ford Coppola, 1972, sobre la novela de Mario Puzo, 1969), en la que Vito Corleone ("el padrino" -un jefe mafioso-) va recibiendo sucesivamente muestras de "respeto" junto con peticiones de todo tipo por parte de los invitados a la boda de su hija (a los que también se recuerda la necesidad del cumplimento presente o futuro de sus obligaciones), son una representación de relaciones patrón-cliente en el siglo XX que se ha convertido en clásica.