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sábado, 11 de abril de 2020

CARTA DE CICERÓN A SU ESPOSA TERENCIA Y A SU HIJA TULIA


A Terencia de su esposo Tulio, a Tulia de su padre ambas sus más queridas; y a su amada madre y dulce hermana, de Cicerón hijo saludos afectuosos.
 A vosotras corresponde, y no solamente a mí, el decidir qué es lo que debéis hacer. Si  César va a volver a Roma sin amenaza ni violencia, entonces podéis permanecer en casa, al menos por ahora; pero si en un ataque de locura el hombre va a entregar la ciudad a sus soldados para que la saqueen, temo que ni siquiera la influencia de Dolabella nos pueda servir de nada. Temo también que ya estemos incomunicados y que ya no podáis salir, por mucho que lo deseéis. Además, debéis tener en cuenta —y vosotras sois las que mejor lo podéis hacer— si todavía se encuentran en Roma otras mujeres de vuestra categoría; si no las hay, entonces debéis estar muy seguras de que podéis quedaros sin crear la impresión de estar al lado de César. Tal como están las cosas ahora, no creo que podáis hacer cosa mejor que estar aquí a mi lado —si es que nos dejan conservar nuestra posición— o, de lo contrario, en una de nuestras casas de campo. Además, existe el peligro de la escasez de alimentos en Roma. Haced el favor de consultar a Pomponio o a Cornelio o a cualquier otro que creáis conveniente; pero ante todo no perdáis el ánimo. Labieno (que acababa de desertar de César) ha mejorado un poco las cosas para nosotros; también es una ayuda el que Pisón se haya marchado de Roma haciendo así patente que condena la traición de César. Escribidme siempre que podáis, queridas de mi alma, y contadme qué estáis haciendo y qué ocurre en la ciudad. Mi hermano Quinto y su hijo, y también Rufo os envían saludos. Adiós.



Minturna, 24 de enero (año 48 a. C.)


miércoles, 18 de julio de 2018

CAYO TREBONIO DICE A QUINTO CICERÓN SOBRE CÉSAR EN PLENA CAMPAÑA DE PACIFICACIÓN DE LA GALIA COMATA



 

Uno de los secretos el éxito militar de César es la velocidad, y la importancia que da a ello para adelantarse al enemigo en todos los sentidos. Otro es estar preparado para cualquier eventualidad concebible.

 

Una de sus mayores decepciones es que los galos todavía no le hayan dado la oportunidad de hacer que el asedio de Numancia parezca una noche fácil en un burdel. Si quieres hacerlo hablar, pregúntale por la forma de aproximarse de Escipión Emiliano al asediar Cartago: te dirá exactamente lo que Emiliano hizo mal.







domingo, 8 de julio de 2018

MENSAJE DE CÉSAR A QUINTO TULIO CICERÓN SITUADO POR LOS GALOS EN SAMAROBRIVA



 Nos dirigimos hacia allí. Somos sólo nueve mil hombres. No puedo precipitarme. Necesito mandar exploradores y hallar un terreno donde nueve mil hombres puedan vencer a muchos miles. Seguro que por aquí ha de haber un aquae sextiae por alguna parte. ¿Cuántos son? Hazme llegar un mensaje con los detalles. Tu griego es bueno, sorprendentemente gramatical. Cayo Julio César, imperator .

 

RESPUESTA DE QUINTO TULIO CICERÓN A CÉSAR:

Calculamos que hay sesenta mil. La tribu entera está aquí, importante reunión. No todos son nervios. Hemos visto muchos menapios y condrusos, por eso son tantos. Resistiremos. Encuentra tu aquae sextiae. Los galos se están volviendo un poco descuidados, se creían que nos tenían ya ardiendo vivos en sus jaulas de mimbre. Observamos que beben más, que hay menos entusiasmo. Tu griego tampoco está mal. Quinto Tulio Cicerón, legado superviviente.


sábado, 7 de julio de 2018

QUINTO TULIO CICERÓN DICE SOBRE LOS LEGIONARIOS




Las tropas pueden vivir sintiendo respeto hacia el enemigo, pero no pueden vivir con sentimientos de amor, ni siquiera de piedad. El odio es una emoción preceptiva para llegar a ser un buen soldado.



domingo, 3 de junio de 2018

LUCIO AURUNCULEYO COTA



 
Lucio Aurunculeyo Cota (en latín, Lucius Aurunculeius Cotta, m. 54 a. C.) fue un oficial del ejército de las Galias de Cayo Julio César. Lo poco que se sabe sobre este Cota se encuentra en el Libro V de la obra de César Comentarios a la guerra de las Galias. En el año 54 a. C., cuando César regresó de su segunda expedición a Britania, encontró que escaseaban las provisiones de manera que distribuyó sus ocho legiones entre un gran número de estados galos de los cuales podrían conseguir su sustento a lo largo del invierno. A la octava legión, que había levado recientemente del otro lado del Po (trans Padum) añadió otras cinco cohortes. Al mando de esta legión y las otras cohortes, puso a Quinto Titurio Sabino y Lucio Aurunculeyo Cota. Ambos fueron nombrados Legati.
 
Las tropas de Sabino y Cota fueron enviadas por César al país de los eburones, en la Galia Bélgica, cuya mayor parte queda entre los ríos Mosa y Rin donde ellos establecieron el Fuerte Atuátuca en el que pasar el invierno. La tribu de los eburones estaba regida por Ambíorix y Catuvolco. Estos dos, instigados por los tréveros, reunieron a sus hombres y después de una quincena, cayeron sobre un destacamento de romanos que estaban recogiendo leña. Los merodeantes eburones asaltaron el fuerte romano. La infantería romana montó los terraplenes y despachó un escuadrón de caballería hispana, cayendo sobre el flanco del enemigo y los derrotó de forma aplastante en aquella ocasión.
 
Entonces, Ambíorix parlamentó con los romanos y él admitió a César que habían tomado su parte en ciertas disputas con otras tribus galas pero dijo que, a pesar de la fuerza limitada de los eburones, se vio obligado a emprender acciones por la presión de otras tribus que estaban decididas a ganar su libertad frente al yugo romano. Señaló que una gran fuerza de germanos, muy enojados por los éxitos de César estaban empezando a arrasarlo todo cruzando el Rin y se ofreció a dar a los romanos un pase seguro al fuerte de cualquiera de las dos legiones cercanas.
 
Los representantes romanos, Quinto Junio, un hispano y Gayo Arpinio, llevaron las noticias al fuerte. Se formó un consejo de guerra, al que acudieron los oficiales más destacados. Durante este consejo, se plantearon dos opiniones opuestas. Hablando primero, Cota arguyó que no debían moverse sin una orden de César. Señaló que la experiencia había demostrado que podían resistirse a los germanos desde detrás de las fortificaciones de un fuerte romano, que ellos tenían muchas provisiones, tenían la ayuda a fácil alcance por parte de las legiones vecinas y que no debían confiar ni en las noticias ni en los consejos de un enemigo.
 
Sabino asumió un punto de vista adusto. Negando que lo motivara el miedo, dijo que creía que César estaba de camino a Italia, que los germanos iban a sumar al número de los eburones que asediaban y que parecía que ellos se iban a enfrentar a la ira combinada de los germanos y galos movidos por el rencor, pues seguramente los eburones débiles militarmente no se atreverían a enfrentarse a las legiones romanas en caso contrario. Más aún, dijo que sería mejor intentar alcanzar a la legión más próxima y enfrentarse a los problemas con sus camaradas que arriesgarse al hambre a través de un asedio prolongado. Los oficiales dijeron a los comandantes que no era tan importante qué opinión prevaleciera sino que la decisión fuese unánime. Forzaron finalmente a Cota a dar su brazo a torcer y prevaleció la opinión de Sabino.
 
Los romanos pasaron la noche en desorden, reuniendo sus pertenencias y preparándose a salir del fuerte cuando llegase la mañana. El enemigo oyó el movimiento en el fuerte y preparó una emboscada. Cuando vino la mañana, los romanos, en orden de marcha, (largas columnas de soldados con cada unidad siguiendo una detrás de otra), con mucha más carga de lo habitual, salieron del fuerte. Cuando la mayor parte de la columna había entrado en un barranco, los galos los asaltaron desde ambos lados y buscaron acosar a la retaguardia e impedir a la vanguardia que dejase el barranco.
 
César señala que Sabino enloqueció, corriendo de cohorte a cohorte y lanzando órdenes inútiles. Cota, en contraste, mantuvo su frialdad y cumplió con su deber de comandante en acción, su deber como un soldado. Debido a la longitud de la columna, los comandantes no podían emitir órdenes con eficacia de manera que pasaron la palabra a lo largo de la fila a las unidades que formaran un cuadrado. Las tropas lucharon con valentía aunque con miedo y en los choques tuvieron éxito. Así, Ambiórix ordenó a sus hombres que lanzaran las lanzas a las tropas, que se retirasen si los superaban y que persiguieran a los romanos cuando ellos intentaran colocarse en línea. Durante el enfrentamiento, Cota recibió un golpe en la cara de una piedra lanzada con una honda.
 
Entonces Sabino envió un mensaje a Ambiórix para tratar la rendición. Ambiórix accedió a la petición. Cota rechazó entrar en negociaciones y permaneció firme en su rechazo a rendirse. Sabino, sin embargo, siguió con su plan de rendirse. Sin embargo, Ambíorix, después de prometer a Sabino su vida y la salvación de sus tropas, hizo que se rindiera. Los galos entonces cargaron contra ellos en masa donde mataron a Cota, aún peleando, y a la gran mayoría de las tropas. El resto se retiraron al fuerte donde, desesperando de obtener ayuda, se mataron entre sí. Sólo unos pocos hombres consiguieron escapar para informar a Tito Labieno, un teniente general de una legión próxima, del desastre.
 
César menciona a Cota otras veces en sus Comentarios. En el Libro II, cap. 11, durante la campaña belga, César nombró a Cota y Quinto Pedio para comandar la caballería. En el libro IV, cap. 22, César dejó a Cota y a Sabino al mando de las legiones en la Galia para reprimir a los menapios y los mórinos si causaban problemas mientras César llevaba a cabo su segunda invasión de Britania. En el Libro IV, cap. 38, después de la invasión de Britania, César señala que mientras Labieno fue enviado a apaciguar a los mórinos, Cota y Sabino regresaron de devastar los territorios de los menapios, que huyeron hacia los densos bosques en su territorio. César relata, en el libro V, cap. 52, cómo supo de la muerte de Cota y Sabino por prisioneros capturados por la guarnición asediada de Quinto Tulio Cicerón, otro teniente-general, cuya fuerza fue la siguiente en ser atacada después del desastre de Atuátuca. En el Libro VI, cap. 32, César al pasar señala que el nombre del fuerte, en el que Cota y Sabino habían acampado durante sus últimos días luchando contra los eburones, era Atuátuca. En el Libro VI, 37, César relata cómo los soldados del fuerte de Atuátuca, ellos mismos asediados por los germanos, fueron amedrentados en su estación en el mismo fuerte en el que la legión de Cota y Sabino fue destruida.


domingo, 27 de mayo de 2018

QUINTO TULIO CICERÓN




QUINTO TULIO CICERÓN
según un dibujo de Colleen McCullough

No debe confundirse con su hermano mayor: Marco Tulio Cicerón.
 
Quinto Tulio Cicerón (en latín, Quintus Tullius Cicero; 102-43 a. C.) fue el hermano menor del célebre orador, filósofo y político romano Marco Tulio Cicerón. Nació en el año 102 a. C. en una familia del orden ecuestre, como el hijo de un rico terrateniente de Arpino, a unos 100 kilómetros al sureste de Roma.
 
Su pudiente padre hizo que fuera educado junto a su hermano en Roma, Atenas y probablemente Rodas en 79-77 a. C. Se casó alrededor del año 70 a. C. con Pomponia (hermana del amigo de su hermano, Ático), una mujer dominante y de fuerte personalidad.​ Se divorció de ella después de un largo y poco armonioso matrimonio, con muchas discusiones entre los esposos, a finales del año 45 a. C.  Su hermano, Marco, intentó varias veces reconciliar a los esposos, pero sin éxito. La pareja tuvo un hijo nacido en 66 a. C. que recibió el nombre de Quinto Tulio Cicerón por su padre.
 
Fue edil en 66 a. C. y pretor en 62 a. C., propretor de la provincia de Asia durante tres años (de 61 a 59 a. C.) y legado de Julio César durante la guerra de las Galias, entre 54 a. C. y 52 a. C. Acompañó a César en su segunda expedición a Britania en el año 54 a. C. y sobrevivió a un asedio de la tribu de los nervios durante la revuelta de Ambiórix y de su hermano en Cilicia en 51 a. C. Durante la segunda guerra civil apoyó a la facción de Pompeyo, obteniendo posteriormente el perdón de César.
 
Durante el período en que el Segundo Triunvirato hizo de la República romana de nuevo el escenario de la guerra civil, tanto Quinto como su hermano y su hijo fueron todos proscritos. Huyó de Túsculo junto con su hermano, Marco. Regresó a su casa para coger algo de dinero que costeara los gastos del viaje. Su hijo Quinto el Menor escondió a su padre y no reveló el escondite aunque fue torturado. Cuando Quinto oyó esto, se entregó para intentar salvar a su hijo; pero, padre e hijo, y Marco, el famoso hermano de Quinto, todos fueron muertos en el año 43 a. C., como personas proscritas.​
 
Quinto fue un soldado valiente y un líder militar que estimulaba a sus soldados. En un momento crítico de la guerra de las Galias, recuperó a su legión y superó una posición aparentemente perdida; por esto fue alabado por César, quien relata el hecho con las palabras Ciceronem pro eius merito legionemque collaudat (Alabó a Cicerón y sus hombres muchísimo, como se merecían) (Comentarios a la guerra de las Galias libro V, cap. 52).
 
Quinto tenía un temperamento impulsivo, con brotes de crueldad durante las operaciones militares, algo que los romanos de la época reprochaban. El ideal romano y estoico era controlar las emociones incluso durante la batalla. Quinto Cicerón también gustaba de castigos anticuados y duros, como poner a una persona condenada por parricidio en un saco y arrojarla al agua. Este castigo lo impuso durante su propretura en Asia.​ (Para los romanos, tanto el parricidio como el matricidio eran uno de los peores crímenes). Su hermano confiesa en una de sus cartas a su amigo Ático, escrita en el año 51 a. C., que mientras era procónsul de Cilicia y había llevado consigo a Quinto como legado, no se atrevía a dejarle solo porque temía qué clase de ideas repentinas se le podían ocurrir.
 Pero visto por el lado bueno, Quinto era profundamente honrado, incluso como gobernador de una provincia, situación en la que muchos romanos amasaban sin el menor rubor considerables fortunas privadas para ellos. También era un hombre culto, que leía tragedias griegas y que escribió él mismo algunas de ellas.
 
La relación entre los hermanos fue en gran medida afectuosa, excepto durante una época en que tuvieron un serio desacuerdo durante la dictadura de César 49-44 a. C.10​ Las muchas cartas de Marco ad Quintum fratrem ("A su hermano Quinto") muestra cuán honda y afectuosa era esa relación entre hermanos, aunque Marco Cicerón a menudo asumía el papel de "más viejo y más experimentado", sermoneándole sobre lo que era correcto que hiciera. Quinto pudo también sentir en ocasiones que el egoísta Marco sólo pensaba en cómo su hermano podía estorbar o ayudar en la carrera de Marco a lo largo del Cursus Honorum.
 
Como autor, escribió durante la guerra de las Galias de César cuatro tragedias al estilo griego. Tres de ellas llevaban por título Tiroas, Erigones y Electra; todas se han perdido. También escribió varios poemas sobre la segunda expedición de César a Britania, tres epístolas a Tirón (liberto de su hermano Marco, se conserva) y una cuarta a su hermano.
 La larga carta De petitione consulatus o Commentariolum Petitionis (breve manual de campaña electoral) también se ha conservado; aunque su validez se ha cuestionado grandemente. Es, en cualquier caso, una valiosa guía del comportamiento político de la época de Cicerón.

martes, 8 de mayo de 2018

CLIENTES EN LA ANTIGUA ROMA


Cliente (del latín cliens -plural clientes-, y este de cluere, "acatar", "obedecer"), en la sociedad de la antigua Roma, era el individuo de rango socioeconómico inferior que se ponía bajo el patrocinio (patrocinium) de un patrón (patronus) de rango socioeconómico superior.


 Ambos eran hombres libres, y no necesariamente se correspondía su rango desigual con las distinciones socio-familiares entre plebeyos y patricios; aunque, legendariamente, esta relación de patronaje se inició por Rómulo con el objetivo de fomentar los vínculos entre ambas partes de la sociedad romana, de manera que unos (los clientes) pudieran vivir sin envidia y los otros (los patronos) sin faltas al respeto (obsequium) que se debe a un superior. Cuantos más clientes tuviera, a más prestigio (dignitas) accedía un romano que pretendiera ser importante.


La condición del cliente, hereditaria, le hacía ser considerado parte la familia de su patrón, sometido a la autoridad del pater familias;​ así como miembro menor (gentilicius) de la gens de su patrón, con lo que estaba sometido a la jurisdicción y disciplina de la gens y podía acceder a sus servicios religiosos, incluyendo los ritos funerarios, siendo sus restos enterrados en su sepulcro común.​ Los libertos pasaban a ser clientes de sus anteriores propietarios.


Se identificaban con la relación patrón-cliente las relaciones que se establecían en el ejército romano (entre un general y sus soldados), entre el fundador y los habitantes de una colonia romana y entre el conquistador y el territorio conquistado (estado cliente).


Las relaciones de clientela o de patronazgo obligaban a mantener fides ("lealtad" y "confianza" mutuas) entre patrón y cliente (o bien fides por parte del patrón y pietas​ -"devoción"- por parte del cliente). Como consistían en acuerdos privados, quedaban fuera del control estatal; pero se consideraban una mos maiorum ("costumbre ancestral") y un vínculo de orden religioso, que incluía la dependencia al patrón para la consulta de los auspicios y las ofrendas a los lares. La Ley de las Doce Tablas (449 a. C., aunque recoge tradiciones orales muy anteriores) declara sacer​ ("maldito", expuesto a la cólera de los dioses) al patrón que defrauda la lealtad de su cliente. A partir de esta ley, los clientes llevaban como segundo nombre el de la gens de su patrón. La relación también tenía fuertes consecuencias jurídicas, puesto que no se permitía a patrones y clientes demandarse ante los tribunales ni testificar uno contra otro, y debían abstenerse de cualquier tipo de injurias entre ellos. También tenía consecuencias militares, estando obligado el cliente a acompañar al patrón a la guerra y a contribuir a su rescate si era hecho prisionero.


El cliente solía provenir de una familia empobrecida o de origen humilde o extranjero que solicitaba la protección de un romano poderoso. Al inicio de la historia romana recibía del patrón, a cambio de su sumisión y servicios, un heredium particularmente pequeño (una parcela agrícola de dos iugera, insuficiente para alimentarse), aunque esa relación cuasi-laboral dejó de existir en tiempos de la República. A partir de entonces la relación de clientela era meramente personal y se establecía en el entorno puramente urbano: los clientes ponían sus servicios, especialmente los servicios políticos (cuando el voto era requerido en las numerosas convocatorias electorales del sistema político romano -comicios romanos-), a disposición de un patrón rico y con ambiciones políticas y sociales, que se convertía en su benefactor y le daba protección y ayuda económica.​ La relación clientelar en la vida social y política romana fue decayendo desde el siglo II a. C., hasta el punto que algunos autores consideran que dejó de ser una institución tan decisiva como usualmente se presenta.​


Dionisio de Halicarnaso, en Antigüedades romanas, describe la declaración de sumisión ritual del cliente con la expresión in fidem venire, y la aceptación por el patrono con la expresión in fidem clienteam recipere.


El mantenimiento de las obligaciones recíprocas entre cliente y patrón se manifestaba cotidianamente con la costumbre denominada salutatio matutina​ ("saludo de la mañana"), que obligaba al cliente a madrugar para acudir a casa de su patrón para saludarle y recibir comida, dinero o algún otro presente (la sportula​ -"pequeña espuerta", esportillo o cesta, véase cesta de Navidad-); y se ponía a disposición de lo que éste pudiera demandar de él (por ejemplo, acompañarle a algún acto público, donde estaba obligado a manifestarle su aprobación y apoyo). El que el patrón devolviera el saludo, citándole por su nombre, era una muestra de confianza y reconocimiento. El orden de recepción venía determinado por el rango del cliente. Olvidar el tratamiento que debía darse al patrón (el título de dominus), podía dar lugar a ser despedido sin recibir la sportula. Se debía acudir vestido propiamente, con toga, requisito que para los más pobres era difícil de cumplir, en cuyo caso se esperaba fuera su propio patrón el que se la facilitara. 


Dependiendo del número de clientes, la salutatio podía prolongarse mucho (hasta la hora secunda o tertia). Por muy molesto que fuera para el patrón mantener este ritual cotidiano, desatender las quejas y peticiones de sus clientes, o no responder a su saludo, era considerado una pérdida de reputación.​ Las mujeres no participaban en la salutatio excepto en el caso de que fuera la viuda la que representara al patrón (haciéndose llamar como el patrón muerto), o cuando el cliente, imposibilitado, mandaba a su mujer sustituirle (a veces acudía postrado en una litera, quedándose a la puerta por no poder andar), lo que podía suscitar una mayor generosidad en la sportula.​


La estructura de la domus (casa familiar romana) incluía una pieza a la entrada que permitía acoger a los clientes; aunque lo habitual era permitir su entrada en espacios más privados según su rango o nivel de confianza (los más humildes se quedaban en la entrada, mientras que a algunos se les permitía llegar hasta el peristilus). En Pompeya se conserva un banco de piedra en la fachada de una casa, donde esperarían sentados los clientes. Era prueba del prestigio de una familia el que cada mañana frente a su casa esperara un gran número de clientes.


Quinto Tulio Cicerón, en De petitioniis consularibus, distingue tres clases de clientes: los que vienen a saludarte a tu casa, los que llevas al foro y los que te siguen a todas partes, y aconseja acordar un precio a la exclusividad de los primeros, para evitar el abuso frecuente que suponía que algunos clientes acudieran a saludar a varios patrones distintos el mismo día; también aconseja llevar tantos como se pueda al foro, porque el número de clientes que acompaña a un candidato determina su reputación.


En la ciudad de Roma (teniendo en cuenta que el coste de la vida era más caro que en otras ciudades), la tarifa de dos sextercios se consideraba adecuada a comienzos de la época imperial (en tiempo de Trajano, seis sextercios),​ cuando ya había decaído la costumbre de los pagos cotidianos en especie (que se reservaban a ocasiones concretas, como proporcionar entradas para un espectáculo -especialmente cuando lo organiza el patrón-, ropa para el año nuevo, o lo necesario para celebrar una boda). Era habitual que los clientes fueran citados en el testamento dejándoles alguna parte de la herencia.


Los caprichos extravagantes de los patronos, y la adulación y el servilismo de los clientes, podían llegar a extremos ridículos, como denunciaron Petronio,​ Juvenal​ y otros satíricos (no pocos de ellos, como muchos otros literatos romanos, también clientes protegidos precisamente por esa condición -véase mecenazgo-).


Con la palabra latina parasītus (castellanizada "parásito"), proveniente de la griega παράσιτος (parásitos, "comensal"), se designaba peyorativamente a los clientes considerados como vagos que vivían a costa de sus patronos.


La relación patrón-cliente era una institución social que permitía superar las relaciones basadas únicamente en el parentesco (propias de sociedades de un nivel de desarrollo tribal) y establecer relaciones propias de las sociedades complejas de un nivel de desarrollo urbano.


Dentro de la misma Roma había muchas otras instituciones que también se caracterizaban por vincular al ámbito familiar (la familia romana era el núcleo mismo de su sociedad) las relaciones sociales que se establecían fuera de ella: la esclavitud se entendía como una extensión de la familia (familia ancilar -no sólo la esclavitud doméstica, sino también los esclavos de tareas agrícolas, tal como se recomendaba en la tratadística-); lo mismo ocurría con la institución del colonato (que vinculaba a un campesino con un propietario). En rangos sociales más altos, la adopción elevaba al adoptado a la condición social del adoptante, convirtiéndolo en su hijo. Corporaciones profesionales (collegia) o religiosas (sodallitates -sodalitas, "fraternidad" o "cofradía"-)​ mantenían una relación clientelar con sus benefactores (a los que daban el título de patronus o de pater patratus). Algunos vínculos sociales, como la amicitia y la hospitium, pasaron a ser difícilmente distinguibles de la relación clientelar.​


La relación patrón-cliente se extendió no sólo a familias, sino también a la relación que podía establecerse con entidades políticas, como un municipio o una provincia romana: Sicilia se puso bajo la clientela, o patronazgo, de Marco Claudio Marcelo (cónsul 222 a. C.), y tal condición de patrón fue transmitida a los sucesivos Claudii Marcelli (rama de la gens Claudia).​ Extender la ciudadanía romana a familias provinciales o municipios enteros sobre los que se había conseguido el patrocinium incrementaba el poder político de tal patrón, como fue el caso de Cneo Pompeyo Estrabón y sus clientes transpadanos.​ Augusto consolidó su posición de gobernante en solitario mediante su identificación como patronus de la totalidad del Imperio romano.


Con la cristianización de Roma (siglo IV),​ cada ciudad tomó como "santo patrón" (de carácter espiritual, pero determinante del prestigio y funciones que adquiere su templo -la catedral- y el clero que la sirve -el obispo y los canónigos-) a aquél con el que tuviera algún tipo de relación (por ejemplo, haber sido su obispo, o haber sido allí martirizado, custodiándose sus reliquias); así ocurrió en Milán con San Ambrosio, en París con San Denís, en Tarragona con San Magín o en Tesalónica con San Demetrio.


Instituciones similares a la clientela existían entre los etruscos (con el nombre de etera)​ y entre los griegos (Hesíodo lo describe en Los trabajos y los días).​ También entre otros pueblos que entraron en contacto con los romanos, como vínculo personal de lealtad entre un jefe y sus secuaces o séquito (establecido en paz o en guerra, pero que perdura más allá del tiempo de una campaña militar, y que se sacraliza para que dure hasta la muerte, como un juramento): la devotio ibérica, la Gefolgschaft de los pueblos germánicos (relación de séquito, gardingos o fideles visigodos -Tácito denomina esta institución con el nombre comitatus, y a sus partes como princeps y convites-​) y relaciones similares entre los celtas (la derivación etimológica de la raíz celta wasso- -"joven", "escudero"- a través del latín vassus -"sirviente"- dio origen a la palabra medieval "vasallo") o los magiares (Hétmagyar). En la antigüedad tardía, estas instituciones, mezcladas con la romana, evolucionaron hasta conformar el vasallaje propio del feudalismo medieval.


Las modernas ciencias sociales (especialmente la antropología y la sociología -sobre todo la sociología anglosajona de mediados del siglo XX-) utilizaron el término para designar como relaciones patrón-cliente un fenómeno social de validez universal y con muy distintas aplicaciones.


El séquito del guerrero recibe el honor y el botín, el del demagogo los spoils, la explotación de los dominados mediante el monopolio de los cargos, los beneficios políticamente condicionados y las satisfacciones de vanidad.


Conceptos como el de red social, evergetismo, reciprocidad y el uso de la expresión latina do ut des ("te doy para que me dés", de más correcta utilización en este contexto que quid pro quo -de uso mucho más extendido, por influencia anglosajona-) tienen una estrecha vinculación con el clientelismo en el contexto social de la edad contemporánea. La expresión que más utilización tiene en el contexto político es la de clientelismo político, que en la vida social provinciana en la España de la Restauración (1875-1931) se denominaba "caciquismo" (Oligarquía y caciquismo fue el título de la obra principal de Joaquín Costa, denunciando ese sistema). Anteriormente, en la España de la Edad Moderna, las redes clientelares que se establecían entre los colegiales que estudiaban en los colegios mayores (conocidos como golillas y manteístas) se impusieron en la vida política y para el reparto de cargos y prebendas. En la política de Estados Unidos, un papel similar adquirieron instituciones como Tammany Hall y las sociedades secretas colegiadas; y a un nivel social más extenso, las fraternidades y sororidades de las universidades.


En general, el nepotismo o amiguismo (según los beneficiarios sean parientes o amigos -en Cuba se conoce como sociolismo) es la costumbre de que una persona con poder nombre para un cargo, beneficie o recomiende a una persona próxima. En niveles superiores, que alcanzan lo delictivo, la corrupción política o la compra de votos son prácticas, también derivadas del clientelismo, que subsisten en la sociedad contemporánea.


Las primeras escenas de la película El padrino (Ford Coppola, 1972, sobre la novela de Mario Puzo, 1969), en la que Vito Corleone ("el padrino" -un jefe mafioso-) va recibiendo sucesivamente muestras de "respeto" junto con peticiones de todo tipo por parte de los invitados a la boda de su hija (a los que también se recuerda la necesidad del cumplimento presente o futuro de sus obligaciones), son una representación de relaciones patrón-cliente en el siglo XX que se ha convertido en clásica.