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jueves, 25 de mayo de 2023

LUCIO JUNIO MODERATO COLUMELA, ESCRITOR AGRONÓMICO HISPANO

 

Lucius Junius Moderatus Columella, (Gades, Bética; 4 d. C. – Tarento; ca. 70 d. C.) llamado Columela, fue un escritor agronómico hispano de la Antigua Roma.

 

Nacido en Gades, provincia de la Bética, pertenecía a la tribu Galeria y estuvo un tiempo en el ejército romano y fue tribuno laticlavio en la Legio VI Ferrata en Syria en el año 35. Después se trasladó a la península itálica, donde, estimulado por el ejemplo familiar de su tío Marco Columela, consagrado a la agricultura en la Bética, puso en práctica sus conocimientos de agricultura en sus propiedades de Ardea, Carseoli y Alba.​

 

De su obra escrita nos ha llegado De re rustica (Los trabajos del campo), escrito hacia el año 42,​ y De arboribus (Libro de los árboles). Para la primera de estas obras, dividida en doce libros, se inspiró en agrónomos anteriores como Catón el Viejo, Varrón y otros autores latinos, griegos e incluso cartagineses, de los que da una amplia lista; cita expresamente a los geopónicos Julio Ático y a Julio Grecino, padre de Cneo Julio Agrícola, y no ignoró tampoco a Hesíodo, Homero, Ovidio, Lucrecio, Horacio, Virgilio, Plinio y Celso.​ Trata sobre todos los trabajos del campo en el más amplio sentido de la palabra: desde la práctica de la agricultura, la ganadería y la apicultura, hasta la cura de animales, pasando por la elaboración de distintos productos y conservas.​

 

En De arboribus trata sobre cultivos arbustivos como la vid y sobre árboles como el olivo o los frutales, e incluso flores como la violeta o la rosa. La obra de Columela es considerada el repertorio más amplio y documentado sobre agricultura romana.

 

La crítica sin embargo ha considerado que podría tratarse de la misma obra, que tuvo dos ediciones, una resumida, de la que se desgajó el De arboribus, y otra mucho más ampliada, que es la que ha llegado hasta nosotros en doce libros De re rustica, dedicados a Publio Silvino, un agricultor que poseía fincas aledañas a una de Columela. Lleva un prefacio en que se lamenta del desinterés existente por una materia tan importante: "Cualquiera que sea el género de estudio al que quiere aplicarse uno, se escoge el preceptor más dotado... Solo la agricultura, próxima y consanguínea con la sabiduría, está tan falta de discípulos como de maestros". Porque para él la agricultura es la expresión de una moral tradicional, severa y austera, que representa las viejas costumbres y virtudes romanas. La estructura de la obra es la siguiente:

 

I)                  Situación y construcción de la finca; ocupaciones de los esclavos.

 II)               Manutención del campo.

III-IV) La viña.

III)            Árboles frutale

VI-IX) Tratado completo de zootécnica.

VI, ganado mayor.

VII, ganado menor.

VIII, aves de corral.

IX, abejas y apicultura.

X) Jardines.

XI-XII) El campesino y ocupaciones de la masadera.

 

Cediendo a una petición de Silvino, y respondiendo al pie de la letra a los versos de las Geórgicas de Virgilio en que este se lamenta de no poder ocuparse de la jardinería, Columela, con la intención de llenar la laguna, desarrolla este argumento en el libro X en forma de floridos hexámetros, lejanos sin duda a la perfección virgiliana, pero no faltos de calor y de esmerada concisión.​ Compuso otras obras que se han perdido: unos folletos contra la astrología,​ un tratado sobre las viñedos y los árboles dedicado a Eprio Marcelo​ y un libro sobre las ilustraciones y los sacrificios que acaso no compuso enteramente.

 

Lucio Junio Moderato Columela nos recordaba la importancia de cada uno de dedicarse al cuidado de sus tierras y cultivos de forma responsable. En lugar de asignar esta tarea a los peores de sus esclavos, los amos deberían tomarla como una responsabilidad propia, evitando desdeñar el trabajo manual y la labor en el campo.

 Se quejaba de que muchos de los ciudadanos romanos habían abandonado la agricultura en favor de entretenimientos y placeres fugaces, descuidando sus responsabilidades como padres de familia. Quejándose de que se pasaban el tiempo en actividades frívolas y poco saludables, descuidando su propia salud y bienestar. Columela instaba a cambiar esta actitud indolente y reconectar con la importancia de cuidar de las tierras y de uno mismo, encontrando un equilibrio saludable entre el trabajo y el ocio. Así lo dejó escrito en esos cuatro párrafos de su obra "De re rústica" ( Los doce libros de agricultura), que los dejo a modo de ejemplo :

 1.- «Hemos puesto el cultivo de nuestras tierras a cargo del peor de nuestros esclavos, como si fuera un verdugo que las castigara por delitos que hubieran cometido.»

 2.- «Al presente no sólo nos desdeñamos de labrar por nosotros mismos nuestras heredades, sino que tenemos por cosa de ninguna importancia el nombrar capataz.»

 3.- «Los padres de familia, después de haber dejado la hoz y el arado, nos hemos metido de murallas adentro y movemos mas las manos en los circos y los teatros que en las mieses y en las viñas.

 4.- «Pasamos las noches en liviandades y borracheras y los días en jugar y dormir, teniéndonos por afortunados por no ver ni salir ni ponerse el sol. Y así la consecuencia de esta vida indolente, es la falta de salud, pues están los cuerpos de los jóvenes tan débiles y extenuados, que no parece que queda a la muerte mudanza que hacer en ellos.»

 

El catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, Luis Alfonso Gil Sánchez, opina que la familia Columela fue la responsable de la introducción de los olmos ‘romanos’ en la península ibérica.​

 

En 1794, los botánicos José Antonio Pavón y Jiménez e Hipólito Ruiz López pusieron el nombre de Columellia en su honor a un género peruano de astéridas.​

 

En 1824, Juan María Álvarez de Sotomayor Rubio publicó De re rustica en español íntegramente y por primera vez: Los doce libros de agricultura que escribió en latín Lucio Junio Moderato Columela (Madrid, Miguel de Burgos, 1824, 2 vols.). El primero comprende los siete primeros libros, y el segundo los otros cinco. Hay tres ediciones facsímilares modernas: Santander, Sociedad Nestlé - A.E.P.A, 1979; Extramuros Edición, S.L., 2009; Valladolid: Maxtor Editorial, 2013.

 

Pese a su eficacia, la obra de Columela dejó escasos vestigios en la antigüedad. En el siglo IV lo imitó Rutilio Tauro Emiliano Paladio, autor de un Opus agriculturae, cuyo capítulo XIV, último de la obra, a imitación del agrónomo gaditano, lo escribió no en hexámetros, sino en dísticos elegíacos cuando trataba de los injertos. Con Celso, fue también Columela fuente importante para el tratado de veterinaria de Pelagonio, también del siglo IX, en 35 capítulos. El De re rustica fue conocido por los árabes desde el siglo IX y fue fundamental para la obra de Gabriel Alonso de Herrera ya en el siglo XVI; de sus fuentes se nutrieron largamente los naturalistas de la época renacentista, y luego Johann Matthias Gesner, más conocido como Gesnerus (1691-1761). Lo tradujo Juan María Álvarez de Sotomayor Rubio.​


domingo, 15 de julio de 2018

EL CÓNSUL MARCO LOLIO


 
Marco Lolio a​ (m. 2 a. C.) fue un político y militar romano que desarrolló su cursus honorum durante el gobierno de Augusto. Debido a que no se conoce nada acerca de sus antepasados, se ha concluido que fue un homo novus, es decir, el primero de su familia en obtener un cargo público de importancia.
 
Se sabe que Lolio fue gobernador de la recién creada provincia de Galacia, en Anatolia, la actual Turquía. Se desconocen los méritos que tenía antes de que se le asignara tan importante cargo, pero según las leyes romanas debió haber sido cuestor, edil o tribuno y pretor.
 
Galacia había sido gobernada por el rey Deyótaro y su hijo Amintas, pero al morir ambos, Augusto decidió anexar su territorio al Imperio romano.
 Lolio se encontró con la tarea de convencer al pueblo de Galacia que se les uniera pacíficamente. Después de lograr su cometido, el ejército de Galacia se convirtió en la Legio XXII Deiotariana.
 
Debido a su excelente trabajo en Anatolia, Lolio fue elegido cónsul en 21 a. C. La elección del otro cónsul dio origen a disturbios, y el emperador Augusto envió a su amigo Marco Vipsanio Agripa a restaurar el orden en Roma. 
Debido a que lo más natural era que esta tarea fuera asignada a Lolio, se ha deducido que el emperador no tenía mucha confianza en el nuevo cónsul.
 
Sin embargo, Lolio siguió demostrando a los romanos sus cualidades. En los años 19 y 18 a. C., venció a una tribu tracia, esta vez como gobernador de Macedonia.
 
Entre los años 17 y 16 a. C. fue gobernador de la Galia Bélgica. La tribu germana de los sicambrios lo derrotó en el valle del río Mosa. Puesto que el estandarte del águila dorada de la V legión se perdió durante la batalla, esto se consideró en Roma una humillación y su prestigio bajó considerablemente.
 
Marginado de la vida militar, Lolio siguió siendo amigo de Augusto. El emperador le asignó como tutor de su posible sucesor el joven Cayo César. Desde el año 1 a. C., Lolio y el joven príncipe salieron a recorrer las provincias del este del imperio, y las relaciones entre ellos se fueron deteriorando. 
En la isla de Rodas, Cayo César visitó a su tío Tiberio, que se había exiliado voluntariamente porque le era antipático al emperador. Al parecer se produjo una discusión entre los dos familiares, candidatos ambos a suceder a Augusto, y se rumoreó que Lolio fue responsable del altercado.
 
La gira del príncipe se vio interrumpida cuando estalló una terrible pelea con Lolio, y Cayo César lo denunció ante el emperador. Lolio murió a los pocos días, corriendo el rumor de que se había envenenado para evitar un humillante castigo, aunque lo más probable fue que falleciera por causas naturales.
 
La personalidad de Lolio no es muy clara, ya que las distintas fuentes se suelen contradecir. Por ejemplo, el poeta Horacio se refiere a él como un hombre que estaba por encima de la avaricia, mientras que Veleyo Patérculo y Plinio el Viejo lo catalogan de codicioso.
 
La nieta de Lolio, Lolia Paulina, estuvo casada durante un año con el emperador Calígula, quien luego la repudió.

domingo, 21 de enero de 2018

ÍBICO DE REGIO


Íbico, (en griego antiguo, Ἴβυκος), nacido en Rhegium, en la Magna Grecia italiana, fue un poeta lírico griego del siglo VI a.c. Fue contemporáneo del también poeta lírico Anacreonte. Estaba incluido en la canónica lista de los Nueve poetas líricos de la entonces helenística Alejandría.
 
A pesar de la desahogada y despreocupada situación económica familiar, vivió una vida de aventuras y pasó una considerable parte de su vida en la corte de Polícrates,​ tirano de Samos, por quien fue protegido. La historia de su muerte es así relatada: Mientras estaba en la vecina villa de Corinto, el poeta fue mortalmente herido por unos ladrones. Mientras yacía moribundo, vio a un numeroso grupo de grullas que volaban sobre su cabeza, a las que invitó a vengar su muerte.

 Los ladrones (que eran de Corinto), después de su criminal acción se habían dirigido al teatro a ver una representación. Allí aparecieron las grullas. Uno de los ladrones, en un gesto de burla al ver las grullas, gritó: ¡Observad a los vengadores de Íbico!, y así ellos mismos dieron la pista para su detención por el crimen cometido (Plutarco, De Garrulitate, xiv.). La frase "las grullas de Íbico" se convirtió así en un proverbio entre los griegos por el descubrimiento del crimen a través de la intervención divina.
 
Según el Suda, Íbico escribió siete libros de lírica, hasta cierto punto mítica y heroica, pero generalmente erótica (Cicerón, Tusc. Disp. iv. 33), celebrando los encantos de los más jóvenes y las muchachas hermosas. Fue célebre por el carácter pederasta de su literatura, algo que a los antiguos griegos no les parecía mal: "IÍbico, que escogió el dulce florecer de Persuasion y el amor de los chavales." (Antología griega, IX,184). Se le considera el inventor o introductor del elogio (escribió el del tirano Polícrates) y su poema Juegos para Pelia es de carácter épico-lírico. Pero de esos siete libros solo ha subsistido un centenar de versos.
 Los antiguos griegos lo comparaban a Estesícoro en el tratamiento de los temas míticos (la Guerra de Troya, la expedición de los Argonautas), pero lo poco que de él se ha conservado, sin embargo, revela una sensible diferencia e independencia, prueba de la diversidad de estilo del poeta. Algunas de sus fórmulas fueron retomadas por el poeta latino Horacio. La balada del poeta romántico alemán Friedrich Schiller Las grullas de Íbico celebra su famosa leyenda. F.G. Welcker sugiere que sus obras eran cantadas por coros de muchachos en las competiciones de belleza que se llevaban a cabo en la isla de Lesbos. Aunque su métrica y su dialecto eran dóricos, los poemas tienen el espíritu de la poesía melódica eólica.

sábado, 16 de diciembre de 2017

CRANTOR DE CILICIA


Crantor de Solos, de Soli o de Cilicia (en griego antiguo, Κράντωρ), fue un filósofo griego de fines del siglo IV a comienzos del siglo III a. C..
 
Era originario de una colonia de rodios atenienses, Solos, en la región de Cilicia del Asia Menor, y estaba vinculado a la Academia Antigua, de la que fue uno de sus filósofos más importantes. Habiendo destacado ya en su tierra como poeta, marchó a Atenas para instruirse en filosofía​ y allí tuvo por maestro a Jenócrates, que fue el tercer director de la Academia después de la muerte de Espeusipo, sobrino de Platón. Después siguió como discípulo de Polemón, sucesor de Jenócrates como director de la Academia. Demostró su humildad y sencillez cuando, habiendo enfermado, se retiró al templo de Asclepio, en el cual recibió a diversos discípulos que le pidieron que formara una escuela aparte. Los desengañó diciendo que quería seguir siendo discípulo de Polemón. Era esa modestia y sencillez lo que admiraba más en Polemón, así como en sus poetas preferidos, Homero y Eurípides, a los que consideraba libres de toda afectación. Enseñó asaz fielmente la doctrina de Platón y murió a los cuarenta años, antes que Polemón,​ teniendo por discípulo a Arcesilao.
 
Se preocupó esencialmente de la ética, materia en la que se le tuvo en el mundo antiguo como una de las principales autoridades, como cuenta Horacio:

Qui sit quid pulchrum, quid turpe, quid utile, quid non
plenius ac melius Chrysippo et Crantore dicit (Hor. lib. I, ep. 2).
 
Distribuye los bienes en cuatro tipos: virtud, salud corporal, deleite y riqueza. En su obra De la consolación, dedicada a un tal Hipocles que había perdido todos sus hijos en un mismo accidente repentino, enseña a asumir la muerte a partir de una profunda desvalorización de la vida. Esta obra fue muy estimada en el mundo antiguo, según el testimonio de Diógenes Laercio. Los pasajes conservados por Marco Tulio Cicerón (en el primer libro de sus Cuestiones tusculanas), Sexto Empírico y Plutarco han contribuido al conocimiento de este título, con el que se fundó el género literario-filosófico de la Consolación, bastante frecuentado en el mundo antiguo. 
Entre sus escritos, destacan: Tratado de la aflicción, un comentario o exégesis del Timeo de Platón que, según Proclo, fue el primero que se hizo (Comentarios al Timeo o Sobre la naturaleza de Platón), y una colección de poemas. Lo que queda de sus Fragmentos se encuentra recogido por F. Kayser (Leipzig, 1841). Bleek escribió su vida (Leyden, 1837).


lunes, 11 de diciembre de 2017

DAMOCLES


Damocles es un personaje que aparece en una anécdota moral (referida como: "la espada de Damocles"), una adición tardía a la cultura griega clásica.
 
Su relato parece más propio de la leyenda que de la historia. El origen de la anécdota se localiza en una Historia de Sicilia escrita por Timeo de Tauromenio (c. 356-260 a. C.). Cicerón pudo haberla leído en la obra de Diodoro Sículo e hizo uso de ella en su Tusculanae Disputationes V. 61-62. Horacio hace alusión a ella de Damocles en uno de sus poemas:
 
Para aquel que ve una espada desenvainada sobre su impía cabeza, los festines de Sicilia, con su refinamiento, no tendrán dulce sabor, y el canto de los pájaros, y los acordes de la cítara, no le devolverán el sueño, el dulce sueño que no desdeña las humildes viviendas de los campesinos ni una umbrosa ribera ni las enramadas de Tempe acariciada por los céfiros.
Horacio, Odas III,
 
Damocles fue, al parecer, un cortesano excesivamente adulador en la corte de Dionisio I, un tirano de Siracusa, Sicilia del siglo IV a. C. Propagó que Dionisio era realmente afortunado al disponer de tal poder y riqueza. Dionisio, deseoso de escarmentar al adulador, se ofreció a intercambiarse con él por un día, de forma que pudiera disfrutar de primera mano su suerte. Esa misma tarde se celebró un opíparo banquete donde Damocles gozó siendo servido como un rey. Sólo al final de la comida miró hacia arriba y reparó en la afilada espada que colgaba atada por un único pelo de crin de caballo directamente sobre su cabeza. Inmediatamente se le quitaron las ganas de los apetitosos manjares que le sirvieron y las hermosas mujeres que había pedido, y pidió al tirano abandonar su puesto, diciendo que ya no quería seguir siendo tan afortunado.​
 
La espada de Damocles es una frase acuñada para ejemplificar el peligro que se instala en aquellos que ostentan gran poder, pues no sólo pueden perderlo de golpe, sino todo lo demás, incluida la vida. Tallas en madera de la espada de Damocles aparecen en libros europeos de los siglos XVI y XVII. Además el diccionario de la Real Academia Española la define como "Amenaza persistente de un peligro".

sábado, 9 de diciembre de 2017

EL TEATRO ROMANO


HORACIO

Horacio, mucho más tarde, convalidó a posteriori los temores que Catón había expresado a priori, con un famoso verso: Graecia capta ferum victorem cepit, «la Grecia conquistada conquisto al bárbaro conquistador». Y para hacerlo, usó varias armas: la religión y el teatro para la plebe, y la Filosofía y las artes para las clases superiores, que todavía no eran cultas, pero que desgraciadamente, se tornarían tales.
 
POLIBIO
A Polibio, cuando lo llevaron prisionero, la religión de Roma le pareció todavía sólida. La peculiaridad —escribe— por la cual a mi juicio el Imperio romano es superior a todos los demás, es la religión que en él se practica. Lo que en otras naciones seria considerado reprobable superstición, aquí, en Roma, constituye los cimientos del Estado. Todo lo que le atañe se reviste de tal pompa y hasta tal punto condiciona la vida pública y privada, que nada podrá nunca hacerle competencia. Creo que el Gobierno lo ha hecho aposta, para las masas. No sería necesario si un pueblo estuviese compuesto exclusivamente de gente ilustrada, pero para las multitudes, que siempre son obtusas y fáciles a las pasiones ciegas, es bueno que por lo menos exista el miedo para tenerlas sujetas.
 
POLIBIO
A un hombre como él, recién llegado de Grecia, donde el escepticismo y la incredulidad no tenían ya límites, se comprende que los romanos, que conservaban un vislumbre de fe, le debían hacer el efecto de unos monjes. Mas se trataba verdaderamente de un vislumbre, aunque ciertas fórmulas litúrgicas (la «pompa», decía Polibio) seguían siendo, por la fuerza de la costumbre, respetadas. Catón, que, sin embargo, se inclinaba a salvar todas las viejas costumbres y creencias, se preguntó, en un discurso, cómo se las componían los augures, conociendo cada uno los trucos del otro, para no reírse en la cara cuando se encontraban por la calle. Y en la escena, Plauto podía ridiculizar impunemente a Júpiter en el papel de seductor de Alcmena y presentar a Mercurio como un payaso.
 
PLAUTO
El público que aplaudía esas impías comedias era el mismo que pocos años antes, a la noticia del desastre de Cannas, se había precipitado a la plaza gritando: «¿A qué dios hemos de rezar por la salvación de Roma?» Evidentemente, sólo en los momentos de peligro se acordaban los romanos de tener un dios, pero no sabían cuál era el bueno, entre tantos como poblaban su paraíso. Y curiosa fue la respuesta del Gobierno, que decidió confiar la salvación de la Urbe no a un dios romano, como siempre había sucedido hasta entonces, sino a una diosa griega, Cibeles, por lo que ordenó que su estatua fuese transportada desde Pesinunte, donde se hallaba, en Asia Menor, a Roma. Átalo, rey de Pérgamo, permitió el traslado. Y así Magna Mater, como fue rebautizada la diosa, llegó un buen día a Ostia, donde la estaban aguardando Escipión el Africano a la cabeza de un comité de nobles matronas. En Roma se esparció la voz de que la nave, encallada en los arenales de la desembocadura del Tíber, fue puesta a flote y conducida a lo largo del río hasta el corazón de la ciudad por la vestal Virginia Claudia, gracias a su caridad. Y todos, lo creyesen o no, quemaron incienso al paso de la diosa que las matronas llevaron en procesión hasta el templo de la Victoria. El Senado quedó un poco escandalizado y perplejo cuando supo que la Gran Madre tenía que ser atendida por sacerdotes autocastrados. En los colegios sacerdotales de Roma no los había. Al fin encontraron algunos entre los prisioneros de guerra, y les hicieron sacerdotes para la ocasión.
 
VIRGINIA CLAUDIA
Desde aquel momento la liturgia griega se difundió y fue aplicada no tan sólo a los dioses que venían de allí, sino también a los romanos. El resultado fue que, de austera y más bien lúgubre, como había sido hasta entonces, se volvió alegre y carnavalesca. En -186, el Senado se enteró, con alarmado estupor, de que el pueblo llano se había aficionado particularmente a Dionisio, había hecho de él su santo preferido, llenaba su templo y le ofrecía sacrificios con particular entusiasmo. Se comprende fácilmente la razón; los sacrificios consistían en pantagruélicas comilonas, en copiosas libaciones y en un desenfreno de las relaciones entre hombres y mujeres. En suma, lo eran todo menos «sacrificios». La policía hizo una redada de participantes en aquellas fiestas; detuvo a siete mil, condenó a muerte a algunos centenares, encarceló a los demás y suprimió el culto. Pero cuando han de intervenir los agentes de la autoridad para salvar las costumbres de un pueblo, esto quiere decir precisamente que tales costumbres están en la agonía.


Eso veíase, además, en el teatro, que se iba convirtiendo en el verdadero templo de Roma.


El primer intento de espectáculo había sido el de Livio Andrónico, el prisionero de guerra tarentino, de origen griego, que en -240 escenificó, recitó y cantó en toscos versos «saturninos» la Odisea. Como ya hemos dicho, público y Gobierno quedaron tan complacidos, que permitieron a los actores constituirse en «gremio» y organizar, para las grandes fiestas del año, los llamados ludes escénicos.
 
LIVIO ANDRÓNICO
Cinco años después de aquella histórica premiére,otro prisionero de guerra, napolitano esta vez, Cneo Nevio, produjo otra comedia que, con visos aristofanescos, ridiculizaba los abusos y la hipocresía de la sociedad romana. El pueblo se divirtió. Pero las familias influyentes, que se sentían aludidas, protestaron. Eran demasiado toscas y zafias para aceptar la sátira, que sólo encuentra carta de ciudadanía en los pueblos muy civilizados. El pobre Nevio fue detenido y tuvo que retractarse. Escribió otra comedia, seguramente con la intención de no volver a ofender a nadie, pero como era un hombre de ingenio no lo consiguió. También esta vez le salió de la pluma alguna pulla, y la pagó con la deportación. Roma perdió así a la vez un comediógrafo que podía ser el germen de una producción original y no ya calcada de modelos extranjeros, y un humorista que podía enseñar a aquel pueblo tétrico y grave el arte de sonreír, de darse cuenta de los propios defectos y de remediarlos. En el exilio, Nevio continuó escribiendo. Y dejó un feo poema dramático sobre la Historia romana que revelaba en él un arrebatado patriotismo.
 
CNEO NEVIO
A partir de entonces el teatro romano continuó copiando al griego, hasta que un tercer forastero vino a darle un hálito de originalidad. Quinto Ennio era un apuliano de padre italiano y de madre griega. Había estudiado en Tarento, donde se representaban los dramas de Eurípides, de los que estaba enamorado. Despues fue a hacer el servicio militar. En Cerdeña había llamado la atención, por su valor, de Catón, que estaba allí de cuestor, el cual se lo llevó consigo a. Roma. Sus Anales, una historia épica de Roma, desde Eneas a las guerras púnicas, fueron, hasta Virgilio, el poema nacional de la Urbe. Pero su pasión era el teatro, para el que escribió una treintena de tragedias en las que se metía sobre todo con el celo de los beatos. He aquí, en boca de un protagonista suyo, sus convicciones religiosas: «Os aseguro, amigos, que los dioses existen, pero que les importa un comino lo que hacen los mortales. ¿Cómo, de no ser así, explicaríais que el bien no sea siempre pagado con el bien y el mal con el mal?» Cicerón, que cita esta frase en la que se vislumbran ya las teorías de Epicuro, y dice haberla oído él mismo, asegura que fue larga y ruidosamente aplaudida desde la platea.
 
QUINTO ENNIO
Ennio aconsejó a sus seguidores que hicieran en las comedias un poco de filosofía, pero no demasiado. Desdichadamente, fue el primero en no tener en cuenta esta sensata máxima; quiso escribir dramas de «ideas», como se dice hoy, y el público, aburrido, le volvió la espalda para acudir a las farsas de Plauto, que fue el primer verdadero comediógrafo de Roma.


Vino de Umbría donde naciera el 254, y su nombre ya movía a risa. Tito Maccio Plauto quería decir: Tito, el payaso de los pies planos. Comenzó como «comparsa», ahorró algún dinero, lo invirtió en un negocio arriesgado, y lo perdió. Entonces, para comer, se puso a escribir. Primero adoptó comedias griegas, intercalando frases sobre los sucesos de actualidad romanos. Mas cuando vio que el público se reía sobre todo de aquéllas, abandonó los modelos extranjeros y se puso a componer obras originales, echando mano de la crónica de sucesos de la ciudad e inaugurando un verdadero teatro «de costumbres». No tardó en ser el ídolo del público que celebraba su buen humor cordial y su abierta risa rabelesiana. Su Miles gloriosas hizo delirar a la platea. Todos le querían y de él aceptaron también el Amphitrion, que contenía aquella irreverente sátira de Júpiter, presentado como un vulgar Don Juan que, para seducir a Alcmena, se hacía pasar por su marido.
 
TERENCIO
El año que murió Plauto, el -184, llegó a Roma, como esclavo Terencio, un cartaginés, que tuvo la suerte de ir a parar a casa de Terencio Lucano, senador culto y afable que descubrió el talento de su siervo y le liberó. Terencio, que originariamente se llamaba Publio Afro, tomó su nombre en agradecimiento. Cuando hubo escrito la primera comedia, Andria, fue a leérsela a Cecilio Estacio, autor ya consagrado que en aquel momento hacía furor, pero del que no ha quedado nada. Suetonio cuenta que Estacio quedó tan impresionado que invitó a comer a su visitante, aunque éste vistiera como un mendigo. Terencio frecuentó los salones y se puso de moda entre las clases altas, pero no alcanzó jamás la popularidad de Plauto. Su segunda comedia, Hecyra, fracasó porque el público abandonó el teatro al enterarse de que en el Circo había dado comienzo el combate de un gladiador contra un oso. La fortuna le sonrió con el Eunuco, que en dos representaciones, dadas el mismo día, le proporcionó ocho mil sestercios. En Roma se murmuraba que el verdadero autor de aquellas obras era Lelio, hermano de Escipión, gran amigo y protector de Terencio. El cual, con mucho tacto, no desmintió ni confirmó jamás este chismorreo. Y tal vez precisamente por sustraerse a él decidió partir para Grecia. No volvió más. En el camino de retorno, murió de enfermedad en Arcadia.

 
CECILIO ESTACIO
Los ambientes intelectuales y sofisticados de entonces tuvieron por Terencio la misma pasión que los franceses contemporáneos han tenido por Gidc. Cicerón le definió «el más exquisito poeta de la República». César, que era entendido en literatura, y más sencillo, le consideraba un perfecto estilista, pero un dimidiatus Menander, un Menandro partido en dos, en la escena. Sus comedias, en efecto, no caen nunca en la ordinariez de las de Plauto. Sus personajes son más complejos y matizados y el diálogo es más ceñido y lleno de segundas intenciones. Pero, desgraciadamente, desarrollando en un lenguaje que ya no era el del pueblo, al que le sonó a artificio. Y le silbó.

MENANDRO

Aquel pueblo iba entonces al teatro cada vez en mayor número, en parte porque no se pagaba entrada. Los locales eran rudimentarios y se montaban tan sólo con ocasión de las fiestas, después de las cuales quedaban desafectados. Consistían en una armadura de madera que sostenía el escenario, delante del cual había una «orquesta» circular para los ballets que acompañaban el espectáculo. Los espectadores estaban parte de pie, parte tumbados en el suelo, parte sentados en escabeles que se traían de casa. Sólo en -145 fue construido un teatro inamovible, también de madera y sin techo, pero con asientos dispuestos circularmente, en torno al escenario, a estilo griego. Todo el mundo era admitido; hasta los esclavos, que, empero, no podían tomar asiento, y las mujeres, confinadas, sin embargo, al fondo.


Los prólogos que el actor recitaba antes de que se alzase el telón, contenían recomendaciones a las mamas para que les sonasen las narices a sus niños antes de que empezase el espectáculo, o de llevarse a casa a los que gimoteaban. Debía de tratarse de plateas ruidosas e indisciplinadas, que interrumpían frecuentemente el recitado con frases mordaces y pullas groseras y que a menudo ni siquiera se daban cuenta de cuándo terminaba el espectáculo, que, efectivamente, concluía con un nunc plaudite omnes, o sea con una invitación al aplauso.


Los actores eran, en general, esclavos griegos, menos el protagonista que podía ser un ciudadano romano. El cual, empero, al entregarse a aquella carrera perdía sus derechos políticos, como ocurría en Francia hasta el siglo xvu. Los papeles femeninos eran interpretados también por hombres. Mientras el público fue limitado, se contentaban con una somera caracterización. Mas cuando, en el siglo II antes de Jesucristo, las plateas comenzaron a rebosar de público, se introdujo, para distinguir los caracteres, el uso de las máscaras, que se llamaban personae, del etrusco phersu. Así que dramatis personae significa literalmente «máscaras del drama». Cuando se trataba de tragedias, los actores que las encarnaban calzaban los coturnos, que eran zapatos con tacones, y cuando se trataba de comedias, llevaban el soccus, o sea zapato bajo. También entonces, como hoy, hubo continuos conflictos entre público y censura, que vigilaba atentamente la obra. Fue basándose en una ley de las Doce Tablas, que prohibía la sátira política y preveía hasta la pena de muerte, que el pobre Nevio había sido expulsado y, para no seguir su suerte, sus sucesores lo tomaron todo prestado a Grecia; escenas, caracteres, situaciones, indumentaria y hasta los nombres de las monedas. Los criterios en que se inspiraba aquella policíaca censura eran, como siempre, burocráticos y absurdos. Permitían cualquier obscenidad, con tal de que no sugiriesen críticas contra el Gobierno y los ciudadanos de posición.


Afortunadamente, los ediles que organizaban aquellos espectáculos para complacer a la masa y granjearse sus votos, estaban siempre de parte de los autores y les protegían. Plauto debió tener de la suya uno, muy poderoso para permitirse todo lo que se le permitió. De no haber sido por él, el teatro romano no hubiera nacido siquiera. Se habría quedado en una imitación del griego y nosotros no encontraríamos en él ese espejo de una sociedad que, bien o mal, nos ha proporcionado.


Mas aquel relajamiento de frenos se produjo sobre todo porque soplaba un viento de «libre pensamiento». Lo habían traído los «gréculos», como les llamaban por mofa los romanos, escarnio que no les impedía tomarles por maestros. Prisioneros de guerra importados de Grecia en calidad de rehenes o de esclavos, fueron efectivamente los primeros gramáticos,retóricos y filósofos que abrieron escuela en Roma. En -172, el Senado descubrió entre ellos a dos seguidores de Epicuro, y les expulsó. Pocos años después, Crates de Males, director de la Biblioteca del Estado en Pérgamo y jefe de la escuela estoica, fue a Roma como embajador, se rompió una pierna y, en espera de curar, se puso a dar conferencias. En -155, Atenas mandó en misión diplomática tres filósofos (ya no tenía más que aquéllos): Carnéades el platónico, Critolao el aristotélico, y Diógenes el estoico. También dieron conferencias, y Catón, cuando oyó a Carnéades' afirmar que los dioses no existían y que justicia e injusticia no eran sino convencionalismos, corrió al Senado y pidió la repatriación de los tres atenienses.

CRALES DE MALES

La obtuvo, pero de poco sirvió, visto que el pensamiento y la cultura griegos estaban patrocinados por muchos de los propios romanos, y de los más influyentes, que los habían ya absorbido. Flaminino poseía en su casa una galería llena de estatuas de Policleto, Fidias, Scopas y Praxíteles. Emilio Paulo, del botín acopiado a expensas de Perseo, había separado la biblioteca del rey, y con ella educaba a sus hijos. El más joven de éstos, cuando él murió, fue adoptado por Publio Cornelio Escipión, hijo del Africano. Tomó el nombre y, como Publio Cornelio Escipión Emiliano emuló al abuelo destruyendo Cartago, fue jefe de aquel poderoso linaje y lo convirtió todo al helenismo.

FLAMININO

Guapo y rico como era, de modales afables, inteligencia pronta y honradez incorruptible (al morir, dejó tan sólo treinta y tres libras de plata y dos de oro), estaba perfectamente indicado para convertirse en el ídolo de los salones que en aquel momento comenzaban a pulular. Polibio vivió durante años como huésped en su casa, donde acudía también cotidianamente Panecio, otro griego de Rodas, de sangre aristocrática y de escuela estoica. Su libro De los deberes, que Escipión probablemente sugirió e inspiró, fue el texto sobre el cual se formó la «juventud dorada» de Roma. A diferencia de los antiguos, los nuevos estoicos no predicaban la virtud absoluta y no invocaban una completa indiferencia a la suerte y a la desgracia. Querían tan sólo proponer un equivalente, lleno de compromisos, pero decente, a una fe que ya no regía las costumbres de Roma. Era la indulgencia que sustituía al severo puritanismo de un tiempo.


El salón de Escipión tuvo una influencia enorme. Descollaron en él, además de Flaminino, Gayo Lucilio y Gayo Lelio, cuya fraternidad con el dueño de la casa inspiró a Cicerón el libro De amicitia. Se debatían ideas aladas. Se entusiasmaban por lo bello. Eran obligatorios modales refinados, ideas originales y valiosas, y, sobre todo, una lengua pulcra, brillante, sin acento; una lengua que después, en manos de Catulo, que frecuentó aquellos ambientes, tornóse en la literaria y culta de Roma, pero que, en boca de los personajes de Terencio, el público silbó porque la notaba artificial y alejada de la suya.
CATULO