Servilia
se encogió de hombros, pues aquella conversación tan fría le desagradaba. César
no Pensaba reanudar su antigua relación; su expresión y movimientos así lo
indicaban. Al volver a ponerle los ojos encima por primera vez después de casi
diez años, Servília se volvió a ver capturada por su poder. Sí, por el poder.
Ésa había sido siempre la gran atracción de aquel hombre. Después de César los
demás hombres resultaban insulsus. Hasta Poncio Aquíla no servía más que
para mitigar el picor. Inmensurablemente más viejo, pero ni un día más viejo,
ese era César. Estaba surcado
de arrugas que hablaban de acción, de la vida en climas duros, de obstáculos
conquistados, y tenía el cuerpo tan en forma y tan competente como siempre.
Como sin duda lo estaba aquella parte de él que ella no podía ver, que nunca
volvería a ver.
Pasión por los romanos. Un blog de divulgación creado por Xavier Valderas que es un largo paseo por el vasto Imperio Romano y la Antigüedad, en especial el mundo greco-romano.
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domingo, 14 de junio de 2015
domingo, 7 de junio de 2015
LA INFIEL SERVILIA DISFRUTANDO DE SU AMANTE EL TRIBUNO LUCIO PONCIO AQUILA
Le
quitó la túnica, que tenía una ancha franja púrpura sobre el hombro derecho. Estaba
desnudo. Servilia retrocedió lo suficiente para verlo entero, dándose al
hacerlo un festín con los ojos, la mente y el espíritu. El poco vello rojo
oscuro que había en el pecho se iba estrechando hasta convertirse en una fina
raya que se sumergía en el matorral del vello púbico, de un color rojo más
vivo, del cual sobresalía el pene oscuro, que ya iba agrandándose, por encima
de un escroto deliciosamente lleno y colgante. Perfecto, perfecto. Tenía los
muslos delgados, las pantorrillas grandes y bien formadas, el vientre plano, el
pecho abultado de músculos. Hombros anchos, brazos largos y nervudos.
Servilia
se movió en círculo alrededor de él, ronroneando sobre las nalgas firmes y redondas,
sobre las estrechas caderas, la espalda ancha, el modo en que la cabeza se
asentaba orgullosamente en lo alto de aquel cuello de atleta. ¡Hermoso! ¡Qué
hombre! ¿Cómo podía ella tocar semejante perfección? Aquel hombre pertenecía a
Fidias y a Praxiteles, a la inmortalidad escultural.
Servilia
se soltó la gran masa de cabello, negro como siempre excepto por dos mechas
blancas que habían aparecido en las sienes, y se quitó las capas que formaban
la túnica de color escarlata y ámbar. A los cincuenta y cuatro años, Servilia
quedó de pie desnuda y no se sintió en desventaja. Tenía la piel tan suave como
el marfil y los pechos henchidos seguían orgullosamente erguidos, aunque las
nalgas se habían caído y la cintura se le había ensanchado. La edad, ella lo
sabía, no tenía nada que ver con aquella cosa existente entre un hombre y una
mujer. Aquello se medía en deleite, en apreciación, no en años.
Lo
tumbó en la cama, se puso una mano a cada lado del pubis cubierto de vello
negro y separó los labios de la vulva para que él pudiera ver los contornos
suaves, como una ciruela, y el brillo. ¿No había dicho César que era la flor
más bella que había visto en su vida? La confianza de Servilia descansaba en
aquello, en el triunfo de tener a César esclavizado.
¡Oh,
pero el contacto de aquel hombre joven, delgado y enormemente viril! Que la
cubriera con tanta fuerza y con tanta suavidad a la vez, entregarlo todo sin
modestia pero con inteligente control. Servilia le chupó la lengua, los
pezones, el pene, luchó con fuerza hambrienta y cuando alcanzó el orgasmo gritó
de éxtasis con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Ahí tienes, hijo mío! Espero
que lo hayas oído. Espero que tu esposa lo haya oído. Acabo de experimentar un
cataclismo que ninguno de los dos conoceréis nunca. Con un hombre por el que no
tengo que preocuparme de nada más que de esta gigantesca convulsión de absoluto
placer.
domingo, 24 de agosto de 2014
EL AMANTE DE SERVILIA EN AUSENCIA DE CÉSAR
Servilia
ahogó un grito, se dio la vuelta y lo vio: Lucio Poncio Aquila, su amante. Más joven
que su propio hijo, pues tenía treinta años, acababa de ser admitido en el
Senado como cuestor urbano. No era de una familia antigua, por lo tanto
provenía de una cuna inferior a la suya. Cosa que a Servilia no le importaba en
cuanto le ponía la vista encima, como sucedía en aquellos momentos. ¡Tan guapo!
Muy alto, perfectamente proporcionado, el pelo de color castaño rojizo rizado y
corto, unos ojos verdaderamente verdes, el rostro dotado de una maravillosa
estructura ósea y una boca fuerte y sensual. Y lo mejor de todo era que no le
recordaba a César.
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