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domingo, 14 de junio de 2015

CÉSAR VISITA A SERVILIA EN ROMA, TRAS 10 AÑOS SIN VERSE



Servilia se encogió de hombros, pues aquella conversación tan fría le desagradaba. César no Pensaba reanudar su antigua relación; su expresión y movimientos así lo indicaban. Al volver a ponerle los ojos encima por primera vez después de casi diez años, Servília se volvió a ver capturada por su poder. Sí, por el poder. Ésa había sido siempre la gran atracción de aquel hombre. Después de César los demás hombres resultaban insulsus. Hasta Poncio Aquíla no servía más que para mitigar el picor. Inmensurablemente más viejo, pero ni un día más viejo, ese era César. Estaba  surcado de arrugas que hablaban de acción, de la vida en climas duros, de obstáculos conquistados, y tenía el cuerpo tan en forma y tan competente como siempre. Como sin duda lo estaba aquella parte de él que ella no podía ver, que nunca volvería a ver.


domingo, 7 de junio de 2015

LA INFIEL SERVILIA DISFRUTANDO DE SU AMANTE EL TRIBUNO LUCIO PONCIO AQUILA



Le quitó la túnica, que tenía una ancha franja púrpura sobre el hombro derecho. Estaba desnudo. Servilia retrocedió lo suficiente para verlo entero, dándose al hacerlo un festín con los ojos, la mente y el espíritu. El poco vello rojo oscuro que había en el pecho se iba estrechando hasta convertirse en una fina raya que se sumergía en el matorral del vello púbico, de un color rojo más vivo, del cual sobresalía el pene oscuro, que ya iba agrandándose, por encima de un escroto deliciosamente lleno y colgante. Perfecto, perfecto. Tenía los muslos delgados, las pantorrillas grandes y bien formadas, el vientre plano, el pecho abultado de músculos. Hombros anchos, brazos largos y nervudos.


Servilia se movió en círculo alrededor de él, ronroneando sobre las nalgas firmes y redondas, sobre las estrechas caderas, la espalda ancha, el modo en que la cabeza se asentaba orgullosamente en lo alto de aquel cuello de atleta. ¡Hermoso! ¡Qué hombre! ¿Cómo podía ella tocar semejante perfección? Aquel hombre pertenecía a Fidias y a Praxiteles, a la inmortalidad escultural.


Servilia se soltó la gran masa de cabello, negro como siempre excepto por dos mechas blancas que habían aparecido en las sienes, y se quitó las capas que formaban la túnica de color escarlata y ámbar. A los cincuenta y cuatro años, Servilia quedó de pie desnuda y no se sintió en desventaja. Tenía la piel tan suave como el marfil y los pechos henchidos seguían orgullosamente erguidos, aunque las nalgas se habían caído y la cintura se le había ensanchado. La edad, ella lo sabía, no tenía nada que ver con aquella cosa existente entre un hombre y una mujer. Aquello se medía en deleite, en apreciación, no en años.


Lo tumbó en la cama, se puso una mano a cada lado del pubis cubierto de vello negro y separó los labios de la vulva para que él pudiera ver los contornos suaves, como una ciruela, y el brillo. ¿No había dicho César que era la flor más bella que había visto en su vida? La confianza de Servilia descansaba en aquello, en el triunfo de tener a César esclavizado.


¡Oh, pero el contacto de aquel hombre joven, delgado y enormemente viril! Que la cubriera con tanta fuerza y con tanta suavidad a la vez, entregarlo todo sin modestia pero con inteligente control. Servilia le chupó la lengua, los pezones, el pene, luchó con fuerza hambrienta y cuando alcanzó el orgasmo gritó de éxtasis con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Ahí tienes, hijo mío! Espero que lo hayas oído. Espero que tu esposa lo haya oído. Acabo de experimentar un cataclismo que ninguno de los dos conoceréis nunca. Con un hombre por el que no tengo que preocuparme de nada más que de esta gigantesca convulsión de absoluto placer.


Después, aún desnudos, se sentaron a beber vino y a charlar con esa confianza que sólo la intimidad física engendra.


domingo, 24 de agosto de 2014

EL AMANTE DE SERVILIA EN AUSENCIA DE CÉSAR



Servilia ahogó un grito, se dio la vuelta y lo vio: Lucio Poncio Aquila, su amante. Más joven que su propio hijo, pues tenía treinta años, acababa de ser admitido en el Senado como cuestor urbano. No era de una familia antigua, por lo tanto provenía de una cuna inferior a la suya. Cosa que a Servilia no le importaba en cuanto le ponía la vista encima, como sucedía en aquellos momentos. ¡Tan guapo! Muy alto, perfectamente proporcionado, el pelo de color castaño rojizo rizado y corto, unos ojos verdaderamente verdes, el rostro dotado de una maravillosa estructura ósea y una boca fuerte y sensual. Y lo mejor de todo era que no le recordaba a César.