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miércoles, 24 de mayo de 2023

SERVILIA CEPIONIS, LA AMANTE DE CAYO JULIO CÉSAR Y MADRE DE MARCO JUNIO BRUTO

Servilia (100/99 a. C.-c. 40 a. C.) fue una patricia, hija de Quinto Servilio Cepión y de Livia Drusa. También era hermana materna de Marco Porcio, Catón el Joven.

 

Servilia creció en la casa del tribuno Marco Livio Druso, un tío materno, después del escandaloso divorcio de sus padres. Posteriormente se casó con trece o catorce años con Marco Junio Bruto, hijo de un partidario del régimen de Cayo Mario, Lucio Cornelio Cinna y Cneo Papirio Carbón. Un año después, en 85 a. C., Servilia tuvo un hijo, Marco Junio Bruto, uno de los futuros asesinos de Cayo Julio César. Tras la muerte de su primer marido, se casó con Décimo Junio Silano, el cónsul del año 62 a. C., con quien tuvo tres hijas, todas llamadas Junia. Junia Prima, casada con el cónsul Publio Servilio Vatia Isáurico, Junia Segunda que se casaría con Marco Emilio Lépido, el futuro triunviro (junto con Octaviano y Marco Antonio), y Junia Tercia, la más joven, que se casaría con Cayo Casio Longino, otro de los asesinos de César.

 

Pero la mayor contribución de Servilia a la historia, aparte de su hijo, fue el hecho de ser la amante favorita de Julio César. Una anécdota famosa cuenta que, durante la reunión del Senado en la que se discutía la conspiración de Catilina, Servilia le mandó una carta de amor. César trató de leer el mensaje discretamente pero Catón, su mayor enemigo, lo vio y lo acusó de estar involucrado en la conspiración y de haber recibido una carta de Catilina o de sus partidarios.​ César afirmó que el mensaje era de una amante pero Catón no le creyó. Entonces, César le entregó amablemente la carta. Desgraciadamente para él, César tenía razón; Catón, furioso y avergonzado tras la lectura de la carta, se la arrojó a César gritándole "¡Toma, borracho!". Así fue como salió a la luz su relación con César, considerando que Catón era el hijo que su madre había tenido con otro hombre de ascendencia esclava ( Catón Saloniano), y por esto Servilia muy celosa de la pureza de su origen patricio, le tenía odio y rechazo hacia su medio hermano.

 

Como pruebas del aprecio que tenía César por Servilia, Suetonio cita varios casos:

 

Sin embargo, César amó más que a nadie a Servilia, madre de Marco Bruto, a quien durante su primer consulado le regaló una perla que valía seis millones de sestercios, mientras que durante la guerra civil, además de otras donaciones le adjudicó por una puja mínima grandes propiedades subastadas, ocasión en que Cicerón le dijo en broma: «Para que lo sepáis, la compra ha sido más ventajosa, pues se le ha deducido un tercio». Se rumoreaba, en efecto, que la hija de Servilia, Tercia , también amaba a César.

La relación de Servilia con César duró desde el año 63 a. C. hasta el asesinato de este último en el 44 a. C.. o sea que prácticamente unos veinte años, pero nunca se casó con él pese a que era lo que ella más deseaba, y César decidía sus matrimonios en función de las alianzas políticas que pudieran favorecerle. Cuando César no estaba en Roma, mantenía una profunda y apasionada correspondencia epistolar en la que ambos se informaban de todo, considerando la gran influencia que tenía Servilia como aristócrata conectada con varias familias importantes de gran peso en la vida política romana. Fue una relación de amor-odio, porque Servilia no consiguió que César se doblegara a su voluntad, pese a estar muy enamorada de él y ser la mujer más rica de toda Roma, y de las más hermosas, aparte de las más inteligentes y astutas que manejaban los resortes de la política romana desde la sombra.  

 

Después del asesinato de César por parte de su hijo Marco Junio Bruto y su yerno Cayo Casio Longino, los conspiradores se reunieron en la casa de Servilia y su consejo fue tenido en cuenta (aunque no hay pruebas de que estuviera involucrada en la conspiración). A pesar de esto, Servilia pudo escapar indemne de las proscripciones del segundo triunvirato. Después de la muerte de Bruto, cuyas cenizas le fueron enviadas desde la ciudad de Filipos donde libró su última batalla, vivió al cuidado de Tito Pomponio Ático, amigo de Cicerón, hasta su muerte, al parecer por causas naturales, sucedida después de 42 a. C.


sábado, 13 de mayo de 2023

SUETONIO DICE SOBRE EL AMOR DE CÉSAR HACIA SERVILIA CEPIONIS

 

Sin embargo, César amó más que a nadie a Servilia, madre de Marco Bruto, a quien durante su primer consulado le regaló una perla que valía seis millones de sestercios, mientras que durante la guerra civil, además de otras donaciones le adjudicó por una puja mínima grandes propiedades subastadas, ocasión en que Cicerón le dijo en broma: «Para que lo sepáis, la compra ha sido más ventajosa, pues se le ha deducido un tercio». Se rumoreaba, en efecto, que la hija de Servilia, Tercia, también amaba a César.

 ( Cayo Suetonio Tranquilo, en Vidas de los Doce Césares )




sábado, 8 de abril de 2023

LEGADO DE COLLEEN McCULLOUGH EN LA HISTORIA DE ROMA

En este blog tiene un sitio de honor y del más renombrado reconocimiento que se lo merece. Y hablando del legado de Colleen McCullough en la historia de Roma se centra principalmente en su obra literaria. Su serie "Masters of Rome" (Maestros de Roma) es una de las más destacadas en la ficción histórica sobre la República Romana.

En esta serie, McCullough utiliza su conocimiento profundo y detallado de la historia romana para recrear la vida de figuras políticas importantes como Cayo Mario, Lucio Cornelio Sila, Julio César y Cicerón. A través de sus novelas, McCullough presenta una visión vívida y realista de la vida política, social y cultural de la República Romana, mostrando los conflictos, las intrigas y las luchas de poder que caracterizaron a esta época.

Además de su precisión histórica, las obras de McCullough también han sido elogiadas por su capacidad para humanizar a los personajes históricos, presentándolos como seres complejos con motivaciones y emociones que los acercan al lector moderno. A través de sus novelas, McCullough también aborda temas importantes como la esclavitud, la religión, la guerra y la política, lo que hace que sus libros no sean solo entretenidos, sino también educativos.

Colleen McCullough es conocida por su serie de novelas históricas "Masters of Rome", que consta de siete libros publicados entre 1990 y 2007. La serie comienza con "The First Man in Rome" (El primer hombre de Roma), que se centra en la figura de Cayo Mario y la caída de la República Romana. La serie continúa con novelas que abarcan desde Lucio Cornelio Sila hasta la muerte de César y la ascensión de Augusto al poder.

McCullough también escribió una novela sobre la vida de Cleopatra, "The October Horse" (El caballo de octubre, también conocida como "El caballo de César"), que se centra en los últimos años de la vida de Julio César y la caída de la República Romana.

Una de las razones por las que McCullough es tan respetada en la comunidad de historiadores y escritores de ficción histórica es su capacidad para equilibrar la precisión histórica con el entretenimiento. Sus personajes son complejos y humanos, lo que hace que sus novelas sean emocionantes y accesibles para el lector moderno, pero también están basados ​​en una rigurosa investigación histórica.

McCullough también es conocido por su escritura accesible y su capacidad para llevar a la vida el mundo antiguo. Sus descripciones detalladas de la vida cotidiana, las costumbres y las tradiciones de la época hacen que sus novelas sean una fuente invaluable de información sobre la antigua Roma.

Ella era una autora muy meticulosa e investigadora, y se tomaba muy en serio la tarea de investigar y recrear con precisión la época y la cultura romana en sus novelas. Realizó una gran cantidad de investigación y consultó con expertos en historia y arqueología para asegurarse de que sus obras resultaron lo más precisas posibles.Además, McCullough tenía un gran talento para la escritura y la narración, lo que le permitía crear personajes complejos y realistas, y situaciones emocionantes y llenas de acción. 

Sus habilidades literarias le permitieron dar vida a la historia de Roma y hacer que sus lectores se sintieran inmersos en ella. Su combinación de su meticulosa investigación y su talento literario le permitieron escribir tan bien sobre el Imperio Romano y crear obras que se han convertido en referencias dentro del género histórico.

En resumen, el legado de Colleen McCullough en la historia de Roma es haber llevado la historia romana a un público amplio y haber contribuido a la comprensión y apreciación de la rica y compleja historia de Roma. Sus novelas han inspirado a muchos a profundizar en la historia romana y descubrir la fascinante y compleja realidad detrás de los mitos y leyendas de la antigua Roma.

 Ella ha sido la verdadera "Maestra y Señora de Roma", admirada en su genial estilo narrativo, en en la profunda erudición sobre los conocimientos históricos relacionados con la Antigua Roma y toda su fauna de personajes. Lástima que una enfermedad incurable atormentó y acabo con su vida.




























domingo, 1 de enero de 2023

LIVIA DRUSA DICE A SU HIJA SERVILIA CEPIONIS SOBRE EL MATRIMONIO:


El matrimonio es un asunto muy personal, hija. Y cuando a uno de los cónyuges no le gusta el otro, es una pesada carga. En el matrimonio se toca mucho, y cuando alguien no te gusta no te apetece que te toque. ¿Lo comprendes?




CLEOPATRA ENAMORADA DE CÉSAR



Esa noche, mientras yacía insomne en el enorme lecho de plumas de Cleopatra, notando el contacto de su cuerpo cálido en el fresco del supuesto invierno de Alejandría, César pensó en el día, el mes, el año. Desde el momento en que había pisado suelo egipcio, todo se había alterado drásticamente: la cabeza de Magno -aquella perversa cábala palaciega-, una corrupción y una degeneración que sólo Oriente podía producir, una indeseada campaña luchada en las calles de una hermosa ciudad; la voluntad de un pueblo de destruir lo que se había tardado tres siglos en construir; su propia participación en esa destrucción... y una pragmática proposición de una reina resuelta a salvar a su pueblo de la única manera que creía que podía ser salvado, concibiendo el hijo de un dios. Creía que él, César, era un dios. Extraño. Insólito.


Ese día César había tenido miedo. Ese día César, que nunca estaba enfermo, había afrontado las consecuencias inevitables de sus cincuenta y dos años. No sólo por su edad, sino por los excesos que había cometido, forzándose a seguir cuando otros hombres se detendrían a descansar. ¡No, César no! El descanso no era propio de César. Nunca lo sería. Pero ahora César, que nunca estaba enfermo, debía admitir que llevaba meses indispuesto. Fuera cual fuese la fiebre o el miasma que había producido temblores y arcadas en su cuerpo, había dejado secuelas. Una parte del organismo de César había -¿cómo había dicho el médico-sacerdote?- sufrido un cambio. César tendría que acordarse de comer, o de lo contrario padecería un ataque de epilepsia, y dirían que por fin César estaba decayendo, debilitándose, que César no era ya invencible. Así que César debía mantener el secreto, no debía permitir que el Senado y el pueblo supieran que algo le pasaba, porque ¿quién, si no, sacaría del lodo a Roma?


Cleopatra suspiró, susurró algo, dejó escapar un leve hipo. Tantas lágrimas, y todas por César. Esta cría patética me ama, me ama. Para ella me he convertido en marido, padre, tío, hermano. Todas las retorcidas ramificaciones de un tolomeo. Yo no lo comprendía, creía entenderlo pero no lo entendía. La fortuna ha arrojado las preocupaciones y pesares de millones de personas sobre sus frágiles hombros; no le ha permitido elegir su destino más de lo que yo le permití a Julia. Ha sido ungida soberana con ritos más antiguos y sagrados que ningún otro; es la mujer más rica del mundo; tiene un poder absoluto sobre las vidas humanas. Sin embargo es un cría insignificante, una niña. Para un romano, es imposible calibrar en qué la han convertido sus primeros veintiún años de vida, con el asesinato y el incesto como norma. Latón y Cicerón sostienen que César aspira a ser rey de Roma, pero ninguno de ellos tiene la menor idea de qué es reinar verdaderamente. Un verdadero reinado está tan lejos de mí como esta criatura que tengo a mi lado, hinchada por el hijo mío que lleva dentro.


Debo levantarme, pensó. Debo beber algo de ese brebaje que Apolodoro tan amablemente me ha traído: zumo de melones y uvas cultivados en invernáculos de lienzo. ¡Qué degeneración! Mi mente divaga: soy César y a la vez soy yo; no puedo separar lo uno de lo otro.


Pero en lugar de ir a beber el zumo de melones y uvas cultivadas en invernáculos de lienzo, apoyó otra vez la cabeza en la almohada y se volvió para observar a Cleopatra. Pese a que era plena noche, no estaba muy oscuro; los grandes paneles de la pared exterior estaban un poco corridos y entraba la luz de la luna, que daba a la piel de Cleopatra un color no plateado sino de bronce claro. Una piel adorable. Alargó el brazo para tocarla, acariciarla, recorrer con la palma de la mano el abultado vientre de una preñez de seis meses, cuya piel no estaba aún bastante distendida para estar luminosa, como él recordaba que estaba el vientre de Cimila cuando le faltaba poco para parir a Julia, o antes de dar a luz a Cayo, que nació muerto debido al ataque de eclampsia de su progenitora. Quemamos a Cimila y al pequeño Cayo juntos, mi madre, la tía Julia y yo. No César. Yo.


Los pequeños pechos de Cleopatra se habían puesto redondos y firmes como globos, y sus pezones se habían oscurecido hasta tener el mismo color negro ciruela que la piel de sus abanicadores etíopes. Quizá lleve en las venas algo de esa sangre, porque su organismo contiene rasgos que no son los de Mitrídates y Tolomeo. Su piel es deliciosa al tacto, tejido vivo con una finalidad más importante que simplemente complacerme. Pero soy parte de este ser, porque lleva mi hijo. En general tenemos a los hijos cuando somos demasiado jóvenes, cuando se llega a mi edad es el momento de disfrutarlos y de adorar a sus madres. Se requieren muchos años y muchos sufrimientos para comprender el milagro de la vida.


Cleopatra tenía el pelo suelto y esparcido sobre la almohada, no era una cabellera espesa y negra como la de Servilia, no un río de fuego en que él podía envolverse, como el de Rhiannon. Ése era el pelo de Cleopatra, del mismo modo que ése era el cuerpo de Cleopatra. Y Cleopatra me ama de manera distinta a todas las demás. Me devuelve la juventud.


Los ojos leoninos de la faraona estaban abiertos, la mirada fija en el rostro de César. En otro momento él habría adoptado una expresión impasible, habría excluido a la joven de su mente con la automática rapidez de un reflejo; nunca hay que entregar a las mujeres la espada del conocimiento, porque la utilizan para castrar. Pero ella está acostumbrada a los eunucos; no valora a esa clase de
hombres, lo que busca en mí es un esposo, un padre, un tío, un hermano. Soy su igual en el poder, y sin embargo poseo el poder adicional de la masculinidad. La he conquistado. Ahora debo demostrarle que no entra en mis intenciones ni en mi naturaleza aplastarla para obtener su sumisión. Ninguna de mis mujeres ha sido servil.



-Te quiero -dijo rodeándola con sus brazos-, como mi esposa, mi hija, mi madre, mi tía. Cleopatra no podía saber que estaba equiparándola a unas mujeres reales, no empleando metáforas tolomaicas, pero a ella le invadió una oleada de amor, de alivio, de absoluto regocijo.

César la había admitido en su vida. César había dicho que la quería.

( Fragmento del libro de Colleen McCullough "El Caballo de César" )




lunes, 26 de diciembre de 2022

CARTA DESDE SIRIA DEL CUESTOR CAYO CASIO LONGINO A SU AMIGA Y FUTURA SUEGRA SERVILIA CEPIONIS (LA CARTA LLEGÓ A CÉSAR A TRAVÉS DE SU PROPIA AMANTE SERVILIA), INFORMÁNDOLE DE LA DERROTA DE MARCO CRASO EN CARRAS, A MANOS DE LOS PARTOS.





Llegué a Antioquía justo antes de que el rey Artavasdes de Armenia llegara para ver a Marco Craso, el gobernador, en una visita de Estado. Los preparativos estaban ya muy avanzados para la expedición que se avecinaba contra los partos, o eso le parecía a Craso. Confieso que yo no compartía esa convicción una vez que hube visto con mis propios ojos lo que Craso había conseguido reunir. 




Siete legiones, todas por debajo de su capacidad, pues cada una tenía ocho cohortes en lugar de las diez que correspondían, y un volumen de caballería que a mí me dio la impresión de que nunca aprendería a funcionar bien como un todo. Publio Craso se había traído de la Galia a mil soldados de caballería eduos, un regalo que le había hecho César a su amigo intimo y que mejor hubiera hecho quedándoselo, pues no se avenían con los soldados de caballería galacios y tenían mucha nostalgia de su tierra.




Luego estaba Abgaro, rey de los árabes esquenitas. No sé por qué, pero no me gustó y desconfié de él desde el momento en que le conocí. Sin embargo, Craso le consideraba maravilloso y no quería oir nada en su contra. Al parecer Abgaro es un colega de Artavasdes de Armenia, y se ofreció a Craso como guía y consejero para la expedición, junto con cuatro mil soldados árabes esquenitas no demasiado armados.




El plan de Craso era marchar hacia Mesopotamia y atacar primero Seleuceia, junto al Tigris, que era la sede de la corte de los partos en invierno. Puesto que aquélla iba a ser una campaña de invierno, Craso esperaba que Orodes, rey de los partos, estuviera residiendo allí, y esperaba capturarlo junto con todos sus hijos antes de que se diseminaran y organizaran la resistencia por todo el imperio de los partos.




Pero el rey Artavasdes de Armenia y su colega Abgaro, de los árabes esquenitas, deploraban aquella estrategia. Nadie, decían, podía vencer en terreno llano a un ejército parto ataviado con catafractas ni a los arqueros partos a caballo. Aquellos guerreros que llevaban cota de malla y montaban gigantescos caballos medos que a su vez llevaban cota de malla no podían luchar con eficacia en las montañas, le explicaron Artavasdes y Abgaro. Y, además, el terreno elevado y accidentado tampoco era apropiado para los arqueros a caballo, que se quedaban en seguida sin flechas y necesitaban galopar por terreno llano para disparar aquellos míticos proyectiles partos. 



Por lo tanto, afirmaron Artavasdes y Abgaro, lo que tenía que hacer Craso era marchar hacia las montañas medas, no hacia Mesopotamia. Si con el ejército armenio entero caía sobre las tierras centrales de los partos, por debajo del mar Caspio, y atacaba Ecbatana, la capital de verano del rey, Craso no podía perder, le dijeron los reyes.




Pensé que aquél era un buen plan y así lo dije, pero Craso se negó a considerarlo. No previó dificultades en vencer a los soldados con catafractas y a los arqueros a caballo en terreno llano. Francamente, me pareció que Craso no quería una alianza con Artavasdes porque se vería obligado a compartir el botín. Servilia, ya conoces a Marco Craso: en el mundo no hay dinero suficiente para colmar el ansia que tiene de él. No le importaba Abgaro, pues no era un rey importante y por lo tanto no le correspondía una parte grande del botín. Mientras que el rey Artavasdes tendría derecho a la mitad de todo. Y con toda justificación.


Sea como sea, Craso dijo que no con mucho énfasis. Afirmaba que el terreno llano de Mesopotamia era más apropiado para las maniobras del ejército romano; no quería que sus hombres se amotinasen como habían hecho las tropas de Lúculo cuando vieron el monte Ararat a lo lejos y se dieron cuenta de que Lúculo pretendía que lo escalasen. Y, además, una campaña en terreno montañoso en la lejana Media había que hacerla en verano. Su ejército, afirmó Craso, estaría listo para ponerse en marcha a primeros de abril, justo a comienzos del invierno. Pensó que pedirle a los soldados que lo retrasaran hasta sextilis haría que disminuyese su entusiasmo. Desde mi punto de vista, argumentos engañosos. Nunca vi manifestación alguna de entusiasmo entre las tropas de Craso, en ningún momento ni por ningún motivo.




Muy contrariado, el rey Artavasdes se fue de Antioquía para dirigirse a su tierra. Desde luego había albergado esperanzas de usurpar el trono del reino parto por medio de una alianza con Roma, pero como lo habían rechazado, decidió probar suerte con los partos. Dejó a Abgaro en Antioquía para que hiciese de espía y, desde el momento en que Artavasdes desapareció, todo lo que Craso hacía se le comunicaba al enemigo.



Luego, en marzo, llegó una embajada de Orodes, rey de los partos. El embajador principal era un hombre muy viejo llamado Vagises. Los nobles partos tenían un aspecto realmente raro, pues lucían collares de oro enroscados alrededor del cuello que les llegaban desde la barbilla hasta los hombros; llevaban en la cabeza sombreros redondos y sin ala incrustados de perlas y semejantes a cuencos, barbas postizas que se sujetaban alrededor de las orejas con alambres de oro y ropa de gala hecha de tela de oro salpicada con perlas y joyas fabulosas. Creo que lo único que vio Craso fue el oro, las joyas y las perlas. ¡Cuánto más debía de haber en Babilonia!




Vagises le pidió a Craso que se atuviera a los tratados que Sila y Pompeyo Magno habían negociado con los partos, según los cuales todo al oeste del Éufrates debía quedar bajo el dominio de Roma y todo al este del Éufrates bajo el dominio de los partos.




¡Craso, literalmente, se rió en sus narices! «¡Mi querido Vagises -le dijo entre carcajadas contenidas-, dile al rey Orodes que desde luego pensaré en esos tratados...! ¡Pero después de que haya con quistado Seleuceia, junto al Tigris, y Babilonia!»

Vagises no dijo nada de momento. Luego tendió la mano derecha y le enseñó la palma a Craso: «¡Crecerá cabello aquí, Marco Craso, antes de que tú pongas el pie en Seleuceia del Tigris!», le dijo con voz estridente. A mi se me pusieron los pelos de punta, pues el modo como lo dijo fue tan enigmático que sonó como una profecía.




Como verás, Marco Craso no se estaba congraciando precisamente con ninguno de estos reyes orientales, que son individuos muy quisquillosos. Si alguien que no hubiera sido procónsul romano se hubiera reído de aquella manera, el bromista se habría quedado sin cabeza al instante. Algunos de nosotros tratamos de razonar con Craso, pero el problema era que tenía allí a Publio, su propio hijo, que lo adoraba y pensaba que era imposible que su padre hiciese algo mal. Publio era como el eco de Craso, y éste sólo escuchaba a su eco, no a las voces de la razón.




A principios de abril marchamos hacia el nordeste desde Antioquía. El ejército estaba malhumorado, y por lo tanto se movía con lentitud. Los jinetes eduos ya se habían sentido bastante desgraciados en el fértil valle del Orontes, pero una vez que nos adentramos en los pastos más pobres que circundan Cirro empezaron a comportarse como si alguien los hubiera drogado. Tampoco se mostraban optimistas los tres mil galacios. En realidad nuestro avance se parecía más a un cortejo fúnebre que a una marcha hacia la gloria perdurable. Craso viajaba en litera y separado del ejército, porque el camino era demasiado accidentado para un carruaje. Para ser justos, dudo que se encontrase bien del todo. Su hijo Publio Craso se angustiaba por él continuamente. No es fácil para un hombre de sesenta y tres años hacer campaña, especialmente para uno que no ha estado en la guerra durante casi veinte.



Abgaro, de los árabes esquenitas, no iba con nosotros. Había marchado delante un mes antes. Teníamos que reunirnos con él en Zeugma, en el margen oriental del Éufrates, donde llegamos al cabo de un mes; lo que demuestra que viajábamos muy despacio. A principios de invierno, el Éufrates está todo lo plácido y bajo de caudal que puede estar. ¡Nunca he visto un río semejante! ¡Tan amplio, profundo y fuerte! De manera que no debíamos haber tenido dificultad alguna para cruzarlo por el puente construido sobre pontones que los ingenieros habían ensamblado, debo decirlo, de forma rápida y eficiente.




Pero no había de ser así, pues salió mal, como tantas otras cosas que salieron mal en aquella fatídica expedición. Unas violentas tormentas surgieron de la nada con gran estruendo y, temiendo que el río creciera, Craso no quiso posponer el momento de cruzarlo. Así que, al rato, los soldados gateaban a cuatro patas mientras los pontones se vencían y se derrumbaban, los relámpagos centelleaban gruesos como maromas en una docena de lugares a la vez, los truenos hacían que los caballos relinchasen y se encabritaran y el aire se inundó de un resplandor amarillo como el azufre, junto con un extraño aroma dulzón que yo asocié con el mar. Era realmente horroroso. Y las tormentas no amainaban. Hubo una tras otra durante varios días, y cayó una lluvia tan fuerte que el suelo se disolvía formando una sopa, mientras el río no hacía más que crecer y crecer y nosotros, a pesar de todo, seguíamos cruzándolo.




Nunca se ha visto un ejército más desorganizado que el nuestro cuando por fin todas las personas y cosas estuvimos en la orilla oriental. No había nada seco, ni siquiera el trigo y otros víveres que iban en la caravana de intendencia. Las cuerdas estaban hinchadas y los muelles de la artillería fláccidos, el carbón para los herreros era inservible, las tiendas hubiera dado igual que hubieran estado hechas del mismo tejido que un vestido de novia, y nuestro valioso aprovisionamiento de madera para fortificar estaba todo rajado y agrietado. Imagínate si puedes a cuatro mil caballos (Craso se negó a permitir que sus jinetes llevasen dos monturas cada uno), dos mil mulas y varios cientos de bueyes reducidos a un terror ciego y salvaje. Tardaron dos nundinae en calmarse, dieciséis preciosos días que hubieran podido servir para adentrarnos un buen trecho en Mesopotamia. Los legionarios estaban casi en las mismas condiciones que los animales. Aquella expedición, se decían unos a otros, estaba maldita. Lo mismo que el propio Craso, que también estaba maldito. Todos iban a morir.



Pero Abgaro llegó con sus cuatro mil soldados de infantería con armamento ligero y caballería, y celebramos un consejo de guerra. Censorino, Vargunteyo, Megaboco y Octavio, cuatro de los cinco legados de César, querían seguir el curso del Éufrates durante todo el camino. Eso era más seguro, había pasto para los animales y podríamos recoger un poco más de comida por el camino. Yo estaba de acuerdo con ellos pero, a pesar de todos mis esfuerzos, me dijeron que no le correspondía a un simple cuestor aconsejar a sus superiores.




Abgaro era contrario a quedarse junto al Éufrates. Por si no lo sabes, el río describe una gran curva hacia el oeste por debajo de Zeugma, lo cual significaba añadir muchos, muchos kilómetros a la marcha. Desde la confluencia del Bilechas y el Éufrates hacia abajo, al adentrarse en Mesopotamia, el curso del río es bastante recto y avanza en la dirección correcta, hacia el sudeste.




Por lo tanto, dijo Abgaro, podríamos ahorrarnos cuatro o cinco días de marcha si íbamos en dirección hacia el este desde Zeugma y atravesábamos el desierto hasta llegar al río Bilechas. Una brusca curva hacia el sur nos llevaría después, siguiendo el curso del Bilechas, hasta el Éufrates, y nos encontraríamos justo donde queríamos estar, en Niceforio. Teniéndole a él como guía, dijo Abgaro en tono victorioso, no podíamos perdernos, y la marcha a través del desierto era lo bastante corta como para poder sobrevivir a ella con cierta comodidad.



Bien, Craso se mostró de acuerdo con Abgaro, y Publio Craso estuvo de acuerdo con su Tata. Atajaríamos atravesando el desierto. De nuevo los cuatro legados trataron de convencer a Craso para que no lo hiciera, pero no hubo manera de hacerle cambiar de idea. Él había fortificado Carras y Sinnaca, decía, y esos fuertes eran la única protección que le hacía falta; aunque no creía que fuera a necesitar protección alguna. Por supuesto que no, le dijo su amigo el rey Abgaro. No habría partos tan al norte.




Pero claro que los había, porque Abgaro se había encargado de que así fuera. Seleuceia del Tigris conocía cada uno de los movimientos que nosotros hacíamos, y el rey Orodes era mucho mejor estratega que el pobre Craso, que estaba loco por el dinero.




Supongo, querida Servilia, que estando confinada en Roma no sabrás mucho del reino de los partos, de modo que debo decirte que es un vasto conjunto de regiones. Lo que se conoce como Partia se encuentra al este del mar Caspio, por eso decimos el rey de los partos y no el rey de Partia. Bajo el dominio del rey Orodes están Media, Media Atropa tena, Persia, Gedrosia, Carmania, Bactria, Margiana, la Sogdiana, la Susiana, Elimea y Mesopotamia. En conjunto un territorio mayor que todas las provincias romanas.



Cada una de estas regiones está gobernada por su sátrapa que lleva el título de surena. La mayoría de ellos son hijos, sobrinos, primos, hermanos o tíos del rey. El rey nunca va a Partia propiamente dicha; reina en verano desde Ecbatana, en las montañas de clima más suave de Media, visita Susa en primavera o en otoño y reina durante el invierno desde Seleuceia del Tigris, en Mesopotamia. Que dedique su tiempo a estas regiones, las más occidentales de este enorme reino, probablemente sea culpa de Roma. Nos teme, pero no les teme a los indios ni a los séricos, ambas naciones muy grandes. Pone guardia en Bactriana para mantener a los masagetas a raya, pues ellos son tribus, no una nación.




Así sucede que el surena de Mesopotamia es un sátrapa capaz en extremo, y a él le con fió Orodes la campaña contra Craso. El propio Orodes en persona viajó hacia el norte para encontrarse con el rey Artavasdes en Artaxata, la capital de Armenia, y llevó consigo tropas suficientes como para asegurarse de que le dieran una buena bienvenida en Artaxata. Su hijo Pacoro iba con él. El surena Pahlavi (pues ése es su nombre) permaneció en Mesopotamia para dirigir otro ejército distinto que se encargase de nosotros. Disponía de diez mil arqueros a caballo y dos mil soldados vestidos con catafractas, la cota de malla. Ningún soldado de a pie.




Un hombre interesante el surena Pahlavi. Con apenas treinta años, mi misma edad, y sobrino del rey, se dice de él que es muy hermoso en un sentido de lo más exquisito y afeminado. No tiene relación con mujeres, pues prefiere a los muchachos de entre trece y quince años. Una vez que han crecido demasiado para su gusto, los alista en su ejército o los emplea en su propia burocracia como oficiales estimados. Esta conducta es aceptable para los partos.



Lo que le preocupaba mientras reunía a sus hombres era un hecho bien conocido de Craso y del resto de nosotros; algo que, según nos aseguró Abgaro, haría que nosotros venciéramos con comodidad. Yes que el arquero a caballo parto se queda sin flechas muy rápidamente. De manera que, a pesar de su indiscutible habilidad en disparar por encima de los cuartos traseros de su caballo mientras galopa por el campo de batalla, en seguida se hace ineficaz.




El surena Pahlavi ideó un plan para solucionar eso. Formó enormes caravanas de camellos y cargó las alforjas de los mismos con flechas de repuesto. Luego reunió a varios miles de esclavos y los entrenó en el arte de proporcionar a los arqueros flechas nuevas en mitad de la batalla. De manera que cuando emprendió el viaje hacia el norte desde Seleuceia del Tigris para interceptarnos con sus arqueros a caballo y sus soldados con catafracta, también se llevó miles de camellos cargados con flechas de repuesto y miles de esclavos para proporcionárselas a los arqueros en la batalla en una especie de cadena interminable.




¿Y cómo es posible que yo esté enterado de todo esto? Me da la impresión de que te estoy oyendo preguntarlo. Pero ya llegaré a eso a su debido tiempo, ahora simplemente diré que me enteré de ello por Antípater, un fascinante príncipe de la corte judía cuyos espías y fuentes de información están absolutamente en todas partes.



Hay un cruce de caminos junto al río Bilechas donde la ruta de caravanas procedentes de Palmira y Niceforio se encuentra con la ruta de caravanas que van a Samosata, en el alto Éufrates, y la que pasa por Carras y llega hasta Edesa y Amida. Fue para llegar a aquella encrucijada por lo que el ejército partió con intención de cruzar el desierto.




Nosotros teníamos treinta y cinco mil soldados de infantería romanos, y mil eduos y mil galacios de caballería. Estaban aterrorizados antes siquiera de emprender el camino por el desierto, y se asustaban más aún cada día que pasaba. Lo único que tuve que hacer para constatar este hecho fue ponerme a cabalgar entre ellos y aguzar un poco el oído; decían que Craso estaba maldito y que todos ellos iban a morir. La rebelión nunca fue un verdadero riesgo, porque las tropas que se rebelan son, como poco, enérgicas, y nuestros hombres carecían de toda esperanza. Se limitaban a caminar por el desierto arrastrando los pies para ir a encontrarse con su sino, como si fueran cautivos que van al mercado de esclavos. La caballería edua era la que se encontraba peor. Nunca en su vida habían visto una extensión de terreno sin agua como aquélla, un paisaje pardo y monótono sin ningún lugar donde cobijarse y sin el menor atisbo de belleza. Se encerraron en sí mismos y dejaron de preocuparse por cualquier cosa.




Al cabo de dos días, cuando nos dirigíamos hacia el sudeste a buscar el Bilechas, comenzamos a ver pequeñas bandas de partos, casi siempre arqueros a caballo y a veces soldados con catafracta. No es que nos molestasen. Se nos acercaban bastante y luego se alejaban otra vez. Ahora sé que estaban de acuerdo con Abgaro y que iban a informar acerca de nosotros al surena Pahlavi, que estaba acampado a las puertas de Niceforio, en la confluencia del Bilechas y el Éufrates.



El cuarto día antes de los idus de junio llegamos al río Bilechas, y una vez allí le supliqué a Marco Craso que ordenase construir un campamento fortificado y metiéramos en él a las tropas durante el tiempo necesario para que los legados y los tribunos pudieran infundirles un poco de valor. Pero Craso no quiso ni oír hablar de ello. Estaba inquieto y tenía prisa, pues decía que ya habíamos perdido mucho tiempo en el trayecto; quería llegar a los canales donde el Éufrates y el Tigris se juntan antes de que fuera pleno verano, y empezaba a preguntarse si sería capaz de lograrlo. Así que ordenó a las tropas que tomaran una comida rápida y continuaron la marcha a lo largo del curso del río Bilechas, hacia abajo. Era por la tarde, todavía temprano.




De pronto me di cuenta de que el rey Abgaro y sus cuatro mil hombres literalmente habían desaparecido. ¡Se habían ido! Algunos exploradores galacios se acercaron al galope diciendo a gritos que el terreno estaba lleno de partos, pero apenas habían conseguido atraer la atención de algunos cuando una lluvia de flechas llegó desde todas direcciones produciendo ese sonido tan peculiar, y los soldados empezaron a caer como hojas, como piedras. Nunca he visto nada tan rápido ni tan malo como aquel granizo de flechas.




Craso no hizo nada. Se limitó a dejar que aquello ocurriera. «Dentro de un momento se acabará -gritó protegido en un refugio de escudos-. Se quedarán sin flechas.»



Pero no se quedaron sin flechas. Los soldados romanos huían en desbandada por todas partes, y muchos caían. Muchos caían. Finalmente, Craso hizo que los cornetas llamasen a formar en cuadro, pero ya era demasiado tarde. Los soldados de catafracta entraron a matar, hombres enormes sobre enormes caballos, muy oscuros a causa de las cotas de malla. Descubrí que cuando avanzaban al trote (son demasiado grandes y pesados para andar a medio galope) tintineaban como un millón de monedas dentro de mil bolsas. Me pregunto si en los oídos de Craso sonaría como música. La tierra tiembla cuando esos jinetes pasan. Levantan a su paso una columna enorme de polvo, y dan la vuelta y se meten dentro de ella en lugar de cabalgar delante, de manera que, cuando menos se espera, salen de entre el polvo para atacar.




Publio Craso reunió a la caballería edua, que de pronto pareció recuperarse, quizá porque una batalla era la única cosa familiar que tenían para agarrarse. Siguieron los galacios, y cuatro mil de nuestros soldados a caballo cargaron contra los jinetes con catafracta como toros con los belfos llenos de pimienta. Los de las catafractas se dispersaron y huyeron; Publio Craso y sus hombres fueron tras ellos y se metieron en la polvareda. Durante esa tregua, Craso logró formar su cuadrado, y esperamos a que reaparecieran los eduos y los galacios, rezando a todos los dioses que conocíamos. Pero fueron los jinetes con catafracta quienes volvieron, con la cabeza de Publio Craso ensartada en una lanza. En lugar de atacar nuestro cuadrado, trotaban adelante y atrás a lo largo de los costados blandiendo aquella horrible cabeza. Publio Craso parecía mirarnos; podíamos ver centellear sus ojos, y tenía el rostro completamente intacto.




Su padre se quedó anonadado, no hay palabras para describirlo. Pero aquello pareció infundirle algo que yo no había tenido ocasión de verle desde que empezó la campaña: se puso a caminar de un lado a otro del cuadrado animando a los hombres, infundiéndoles valor para que resistieran, diciéndoles que había sido su propio hijo quien nos había proporcionado aquellos preciosos momentos que necesitábamos a cambio de su propia vida, pero que él era el único que sufría la pena.



«¡En pie! -gritaba una y otra vez-. ¡Aguantad!»




Nosotros aguantamos en pie, cada vez con más bajas a causa de aquella interminable lluvia de flechas, hasta que empezó a oscurecer y los partos se marcharon. Por lo visto no les gustaba pelear de noche.




Como no habíamos construido campamento alguno, no había nada que nos retuviera allí, y Craso optó por retirarse inmediatamente a Carras, que estaba a unos sesenta y cinco kilómetros de distancia hacia el norte. Al amanecer empezamos a llegar, en absoluto desorden, quizá íbamos la mitad de la infantería y un puñado de soldados a caballo. ¡En vano! Era imposible. Carras poseía una fortaleza pequeña, pero no era en absoluto suficiente para proteger a tantos hombres y en aquel desorden.




Yo diría que Carras ya estaba alli, en la encrucijada de las rutas de caravanas que iban hacia Edesa y Amida, desde hace dos mil años, y me atrevo a decir también que no ha cambiado nada en todo ese tiempo. No es más que una patética colección de pequeñas casas de adobe con forma de colmena en mitad de un desierto desolado y pedregoso: ovejas sucias, cabras sucias, mujeres sucias, niños sucios y un río sucio. Unas grandes tortas redondas de estiércol seco son la única fuente de calor que utilizan para enfrentarse al crudo invierno, y la única gloria que hay son los cielos nocturnos.



El prefecto Coponio estaba al mando de la guarnición allí existente, que contaba con apenas una cohorte. A medida que íbamos llegando, Coponio se iba horrorizando cada vez más. No teníamos comida porque los partos se habían apoderado de nuestra caravana con la impedimenta, y la mayoría de los hombres y de los caballos estaban heridos. No podíamos quedarnos en Carras, eso era evidente.




Craso celebró un consejo y en él se decidió que al caer la noche nos retiraríamos a Sinnaca, que estaba al nordeste, a otro tanto de camino en dirección a Amida. Estaba mucho mejor fortificada y por lo menos tenía varios graneros. ¡Pero aquello era ir totalmente en la dirección errónea! Yo tenía ganas de gritar. Pero Coponio había llevado a un hombre de Carras al consejo. Se llamaba Andrómaco, y juró y perjuró que los partos estaban esperándonos entre Carras y Edesa, entre Carras y Samosata, entre Carras y cualquier lugar a lo largo del Éufrates. Luego Andrómaco se ofreció a guiarnos hasta Sin naca, y desde allí a Amida. Destrozado de la pena que sentía por la muerte de su hijo Publio, Craso aceptó el ofrecimiento. ¡Oh, era cierto que estaba maldito! Cualquier decisión que tomaba era errónea; Andrómaco era el espía que los partos tenían en aquel lugar.




Y yo lo sabía. Lo sabía, lo sabía, lo sabía. A medida que avanzaba el día me fui convenciendo cada vez más de que ir a Sinnaca bajo la guía de Andrómaco era ir hacia la muerte. Así que convoqué mi propio consejo. E invité a Craso a asistir. Pero no acudió. Los demás sí: Censorino, Megaboco, Octavio, Vargunteyo, Coponio, Egnacio; además de un asquerosamente sucio y harapiento grupo de adivinos y magos, pues Coponio llevaba allí, en el culo del mundo, el tiempo suficiente para haberlos acercado a él como las moscas acuden a una carcasa putrefacta. Les dije a los que acudieron que ellos podían hacer lo que se les antojase, pero que en cuanto cayera la noche yo pensaba irme cabalgando hacia el sudeste, en dirección a Siria, y no al nordeste hacia Sinnaca. Me arriesgaría aunque los partos estuviesen al acecho, aunque también les dije que yo me negaba a creer que así fuera. ¡Yo ya no quería más guías esquenitas!




Coponio puso algún reparo, y los demás también. No era conveniente ni apropiado que los legados del general, sus tribunos y sus prefectos lo abandonaran. Y tampoco lo era que los abandonase su cuestor. El único que estuvo de acuerdo conmigo fue el prefecto Egnacio.



No, dijeron ellos, se quedarían apoyando a Marco Craso.




Me enfadé y perdí el control, un defecto de los Casios, lo admito. •«¡Pues quedaos aquí a morir! -les grité-. ¡Aquellos que prefieran vivir será mejor que busquen un caballo a toda prisa, porque yo me voy a Siria y no me fío de nadie más que de mi propia estrella!»




Los adivinos se alborotaron y se pusieron a graznar. «¡No, Cayo Casio! -resolló el más antiguo de ellos, que llevaba colgados amuletos, espinazos de roedores y horribles ojos de ágata-. ¡Vete, si, pero todavía no! ¡La luna aún está en Escorpión! ¡Espera a que entre en Sagitario!»




Yo les miré y no pude evitar reírme. «Gracias por el consejo -le dije-, pero esto es un desierto. ¡Prefiero vérmelas con el escorpión que con el arquero!»




Aproximadamente quinientos de nosotros salimos al galope y pasamos la noche yendo al paso, al trote, a medio galope y otra vez al galope. Al amanecer llegamos a Europo, lugar al que sus habitantes llaman Carchemish. No había partos al acecho y el Éufrates estaba lo bastante en calma como para poder atravesarlo en botes, con caballos y todo. No nos detuvimos hasta que llegamos a Antioquía.




Más tarde supe que el surena Pahlavi se cargó a todos los que eligieron quedarse con el general. Al alba del segundo día antes de los idus, cuando entramos cabalgando en Europo, Craso y el ejército andaban deambulando en círculos, sin acercarse ni un kilómetro a Sinnaca, gracias a Andrómaco. Los partos volvieron a atacar, y fue una derrota completa. Una auténtica debacle. En una desastrosa serie de retiradas e intentos de hacer frente, los partos los abatieron a todos. Los legados que permanecieron junto a Craso murieron todos: Censorino, Vargunteyo, Megaboco, Octavio, Coponio.




El surena Pahlavi tenía órdenes, y Marco Craso fue capturado vivo. Había que salvarlo para que se presentase ante el rey Orodes. Cómo ocurrió nadie lo sabe, ni siquiera Antípater, pero poco después de que el general fuera apresado estalló una pelea y Marco Craso murió.



Siete águilas de plata pasaron a manos del surena Pahlavi en Carras. Nunca volveremos a verlas. Se han ido a Ecbatana con el rey Orodes.




Y así me encontré con que yo era el romano de rango más alto en Siria y con que estaba al frente de una provincia que se hallaba al borde del pánico. Todo el mundo estaba convencido de que venían los partos, y allí no había ejército. Me pasé los dos meses siguientes fortificando Antioquía para que resistiera cualquier cosa y organicé un sistema de vigilancias, vigías y almenaras para que todo el pueblo del valle de Orontes tuviera tiempo de refugiarse dentro de la ciudad. Luego, ¿quieres creerlo?, poco a poco empezaron a llegar soldados, pues no todos habían muerto en Carras. Recogí a diez mil, aproximadamente; los suficientes para formar dos buenas legiones. Y según Antípater, mi inestimable informador, otros diez mil sobrevivieron a la primera pelea que tuvo lugar más abajo, junto al Bilechas. El surena Pahlavi los reunió y los envió a la frontera de Bactria, más allá del mar Caspio, donde tiene intención de utilizarlos para impedir que los masagetas realicen incursiones bélicas. Es cierto que las flechas hieren, pero pocos hombres mueren a causa de ellas.



Cuando llegó noviembre me sentí ya lo bastante seguro como para hacer una gira por mi provincia. Bueno, es mía. El Senado no ha dado ningún paso para relevarme. De modo que a los treinta años, Cayo Casio Longino es el gobernador de Siria. Es una responsabilidad extraordinaria, pero que no queda fuera de mi capacidad.



Primero fui a Damasco y luego a Tiro. Como la púrpura de Tiro es tan hermosa, tenemos la idea de que la ciudad también debe serlo, sin embargo es un lugar horripilante. Apesta a moluscos muertos hasta el punto de producir constantes náuseas. Hay enormes montañas de restos de moluscos cocidos en todas partes por los alrededores de Tiro, montañas más altas que los edificios y que parecen besar el cielo. Cómo los tirios pueden vivir allí, en aquella isla de muerte enconada y fabulosos ingresos, no lo sé. No obstante, la Fortuna favorece al gobernador de Siria. Me hospedaba en la villa de Demetrio, el etnarca jefe, una residencia lujosa en la parte de la ciudad que da al mar, donde las brisas soplan del Mare Nostrum y uno no se acuerda de los moluscos putrefactos.


Allí conocí a un hombre cuyo nombre ya he mencionado: Antípater. Tiene cerca de cincuenta años y es muy poderoso en el reino de los judíos. Religiosamente dice que es judío, pero es de sangre idumea, lo que por lo visto no es lo mismo que ser de Judea. Ofendió al sínodo, que es el cuerpo religioso que gobierna, al casarse con una princesa nabatea llamada Cypros. Como los judíos cuentan la ciudadanía en el linaje de la madre, ello quiere decir que los tres hijos varones y la hija de Antipater no son judíos. Lo cual significa, en esencia, que Antipater, un hombre muy ambicioso, nunca podrá llegar a ser rey de los judíos. Sin embargo, nada le separará de Cypros, quien siempre viaja con él. Son una pareja entregada el uno al otro. Sus tres hijos, todavía adolescentes, son formidables para la edad que tienen. El mayor, Phasael, impresiona bastante, pero Herodes, el segundo, es extraordinario. Podría decirse de él que es una fusión perfecta de astucia tortuosa y feroz crueldad. Me gustaría volver a gobernar Siria dentro de diez años sólo para ver en qué ha acabado Herodes.


Antípater me contó la versión de los partos de la fatídica expedición del pobre Marco Craso, y entonces me proporcionó todavía más noticias interesantes. Al surena Pahlavi de Mesopotamia, que con tanta brillantez había actuado en el Bilechas, lo llamaron a la corte de verano de Ecbatana. Si eres súbdito del rey de los partos, procura que no te vaya mejor que a tu rey. Orodes estaba encantado con la derrota de Craso, pero nada contento con el innovador generalato del surena Pahlavi, que era sobrino carnal suyo. De manera que Orodes le dio muerte.En Roma hacemos un desfile triunfal después de una victoria; en Ecbatana pierdes la cabeza.


Cuando conocí a Antipater en Tiro, yo tenía las legiones armadas y ninguna campaña a la vista que sirviese para saciar su sed de sangre. Pero aquello cambió con gran rapidez, pues los judíos estaban alborotados ahora que la amenaza parta había desaparecido. Aunque Gabinio envió a Roma a Aristóbulo y a su hijo Antigono después de su revuelta, otro hijo de Aristóbulo llamado Alejandro decidió que era el momento adecuado para derrocar a Hircano del trono judío donde lo había puesto Gabinio (gracias al trabajo de Antípater, añado).


Bien, toda Siria sabía que el gobernador era un simple cuestor. Qué oportunidad. Y otros dos judíos de alto rango, Malico y Peitolao, conspiraron para ayudar a Alejandro.


De modo que salí hacia Hierosolima, o Jerusalén si te gusta más ese nombre, pero no pude llegar lejos antes de encontrarme con el ejército judío rebelde, con más de treinta mil hombres. La batalla tuvo lugar donde el río Jordán nace del lago Genesaret. Sí, eran muy superiores en número a nosotros, pero Peitolao, que iba al mando, se limitó a reunir a una multitud de campesinos galileos sin entrenamiento alguno, les puso un puchero en la cabeza y una espada en la mano y les dijo que salieran a vencer a dos legiones romanas entrenadas, disciplinadas y, después de lo de Carras, escarmentadas.


 Los derroté, y por ello mis tropas han recuperado gran parte de su confianza. Me aclamaron general en el campo de batalla, aunque dudo de que el Senado le conceda a un simple cuestor un desfile triunfal. Antípater me aconsejó que le diera muerte a Peitolao, y seguí su consejo. Antípater no es ningún traidor esquenita, aunque al parecer muchos judíos no estarían muy de acuerdo con esta apreciación mía, pues quieren gobernar su pequeño rincón del mundo sin que Roma les esté vigilando por encima de los hombros. Es Antípater, no obstante, quien es realista: Roma no va a marcharse de allí.


No perecieron muchos galileos, y envié a treinta mil al mercado de esclavos de Antioquía; así he sacado mis primeros beneficios al estar al mando de un ejército. ¡Tértula se casará con un hombre mucho más rico!


Antipater es un buen hombre. Sensato y sutil, tiene mucho interés tanto en complacer a Roma como en impedir que los judíos se maten unos a otros. Al parecer sufren enormes conflictos internos a menos que alguien de fuera venga a distraerlos de sus problemas, como los romanos o (en los viejos tiempos) los egipcios.


Hircano sigue en el trono y continúa siendo el sumo sacerdote.


Los rebeldes supervivientes, Malico y Alejandro, obedecieron sin rechistar.


Y ahora llego a las últimas páginas del libro que narra la extraordinaria carrera de Marco Craso. Murió después de lo de Carras en aquel lugar, si, pero todavía tenía que hacer un último viaje. El surena Pahlavi le cortó la cabeza y la mano derecha y las envió, en un extravagante desfile, desde Carras a Artaxata, la capital de Armenia, situada muy al norte entre las altas montañas nevadas donde el Araxes fluye hacia el mar Caspio. Allí el rey Orodes y el rey Artavasdes, que se habían reunido, decidieron comportarse como hermanos y dejar de ser enemigos, y para ello sellaron el pacto con un matrimonio. Pacoro, el hijo de Orodes, se casó con Laodice, la hija de Artavasdes. Algunas cosas funcionan igual que en Roma.


Mientras en Artaxata celebraban el acontecimiento, el extravagante desfile dirigía sus pasos hacia el norte. Los partos habían capturado, y todavía lo mantenían con vida, a un centurión llamado Cayo Paciano porque tenía un asombroso parecido con Marco Craso; era alto, aunque tan cuadrado que parecía bajo, y tenía la misma mirada bovina. Vistieron a Paciano con la toga praetexta de Craso y ante él pusieron payasos haciendo cabriolas vestidos de lictores; llevaban haces de varas atados con entrañas romanas e iban adornados con bolsas de dinero y con las cabezas de los legados. Detrás del falso Marco Craso iban danzando muchachas y prostitutas, músicos cantando canciones obscenas y algunos hombres desplegando libros pornográficos que hallaron en el equipaje del tribuno Roscio. A continuación venían la cabeza y la mano de Craso y, al final de todo, nuestras siete águilas.


Al parecer Artavasdes, el rey de Armenia, es un amante del drama griego, y Orodes también habla griego; así que varias obras de teatro griego de las más famosas se pusieron en escena como parte de los espectáculos para celebrar la boda de Pacoro y Laodice. La noche en la que el desfile llegó a Artaxata había una representación de Las bacantes de Eurípides. Bien, ya conoces esa obra. El papel de la reina Agave fue representado por un actor local famoso, Jasón de Trales.


Pero Jasón de Trales es más famoso por su odio a los romanos que por su brillante interpretación de papeles femeninos. En la última escena Agave aparece llevando en una bandeja la cabeza de su hijo, el rey Penteo, después de habérsela arrancado ella misma en una frenética bacanal. Y cuando llegó el momento, entró en escena la reina Agave con la cabeza de Marco Craso en una bandeja. Jasón de Trales puso la bandeja en el suelo, se quitó la máscara y cogió la cabeza de Craso, cosa fácil de hacer porque, como muchos hombres calvos, el romano se había dejado crecer el pelo de la parte de atrás de la cabeza para poder peinárselo hacia adelante. Sonriendo triunfalmente, el actor la balanceó adelante y atrás como si fuera un farol.


«¡Bendita es la presa que llevó, ahora separada del tronco!», exclamó. «¿Quién lo mató?», entonó el coro. «¡Mío fue el honor!», gritó Pomaxartres, un oficial de rango superior del ejército del surena Pahlavi.


Dicen que la escena salió muy bien.


La cabeza y la mano derecha se expusieron y, por lo que yo sé, siguen expuestas en las almenas de las murallas de Artaxata. El cuerpo de Craso lo abandonaron exactamente en el lugar donde había caído cerca de Carras, para que los buitres mondaran sus huesos.

( C. McC. )