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miércoles, 3 de octubre de 2018

CÉSAR DICE SOBRE LAS MUJERES



Cinnilla era una buena esposa, y las buenas esposas son poco comunes. Por eso cuando Sila me ordenó divorciarme de ella, ya que era la hija de su enemigo, yo me negué rotundamente. Hay mujeres que valen lo que valen, y cuando una vale, es de tontos perderla o dejarla escapar.






jueves, 8 de septiembre de 2016

CAYO JULIO CÉSAR REPLICA A UN LUCIO CORNELIO SILA QUE QUIERE OBLIGARLE A DIVORCIARSE DE LA HIJA DEL CONSULAR CINNA


 


Y ¿qué es la verdad?. Sólo Júpiter Optimo Máximo lo sabe. Las leyes humanas no pueden ser verdaderas leyes a menos que estén basadas en lo posible en las leyes de Júpiter. Nuestras antiguas leyes establecen que ningún hombre se divorcie de su mujer a menos que sea por adulterio o incapacidad de tener hijos, por locura o por infidelidad. Cinnilla no ha cometido ninguna de esas faltas. Por tanto yo no puedo divorciarme de ella. 





domingo, 31 de mayo de 2015

CÉSAR A CINNILLA, SU PRIMERA ESPOSA



-Qué preciosa eres, esposa, y qué bien hecha -dijo él, tocándole los senos turgentes de pezones casi dorados como su piel. Ella le devolvió las caricias entre suspiros.


César la abrazó, la besó, para deleite de ella que tanto lo había ansiado en sueños, y comprobaba que era mejor en la realidad; le entregó su boca, le devolvió los besos, le acarició y se vio tumbada en la cama a su lado, con su cuerpo respondiendo con deliciosos espasmos y estremecimientos a aquel contacto pleno con el cuerpo del hombre. Descubría que la piel de él era casi tan sedosa como la suya y el gusto que le procuraba aquel contacto encendió su deseo.




Aunque sabía exactamente lo que tenía que suceder, la imaginación no podía compararse a la realidad. Hacía tantos años que le amaba, que era el centro de su existencia, que ser su esposa auténtica, además de legal, era una maravilla. Valía la pena haber tenido que esperar; una espera que formaba parte de aquel estado de exaltación. Sin prisas, César aguardó a que estuviera a punto y no hizo ninguna de aquellas fantasías que habían nutrido sus sueños de virgen. Le causó algo de daño, pero no al extremo de interrumpir aquella excitación en aumento. Sentirle dentro era lo mejor de todo, y le retuvo así hasta que un espasmo mágico e inesperado sacudió su ser. Aquello no se lo había advertido nadie, pero ahora comprendía que era eso precisamente lo que hacía que las mujeres quisieran seguir casadas.




-¡Qué estupendo estar casado por fin! -dijo César.




-Pues sí -añadió Cinnilla, que tenía el aspecto feliz y esplendoroso de cualquier novia tras la noche de bodas.




viernes, 29 de mayo de 2015

CÉSAR A SOLAS, PENSANDO EN SERVILIA




César se metió en el baño con rostro pensativo. Aquélla era una mujer fuera de lo corriente. ¡Un tormento sobre seductoras plumas de vello negro! Qué cosa más tonta para causarle a él su caída. Caída hacia abajo, como el vello. Un buen juego de palabras, aunque accidental. Ahora que se habían convertido en amantes, no estaba muy seguro de que ella le resultase más simpática, aunque César sabía que tampoco estaba dispuesto a despedirla. Además, ella era una rareza en otros aspectos, aparte de en su carácter. Las mujeres de la clase a la que pertenecía Servilia que sabían comportarse entre las sábanas sin inhibición eran tan escasas como los cobardes en un ejército de Craso. Incluso su querida Cinnilla había conservado el recato y el decoro. Bien, así era como se las educaba, pobrecillas. Y, como César había caído en la costumbre de ser honrado consigo mismo, tuvo que admitir que no haría nada por tratar de que Julia fuera educada de otro modo. Oh, también había marranas entre las mujeres de su clase, ya lo creo, mujeres que eran tan famosas por sus artimañas sexuales como cualquier puta, desde la difunta gran Colubra hasta la ya entrada en años Precia. Pero cuando a César le apetecía una juerga sexual desinhibida, prefería procurársela entre las honradas, francas, prácticas y decentes mujeres de Subura. Hasta el día que había conocido a Servilia en ese terreno. ¿Quién iba a imaginarlo? Y además, ella no iría por ahí cotilleando sobre su aventura amorosa. Se volvió del otro lado dentro del baño y alcanzó la piedra pómez; era inútil usar una strigilis con el agua fría, un hombre tenía que sudar para poder frotarse.



-Y ahora, ¿qué parte de todo esto le cuento yo a mi madre? -le preguntó al gris pedacito de piedra pómez-. ¡Qué extraño! Ella es tan distante que normalmente no me resulta difícil hablar con ella de mujeres. Pero creo que llevaré puesta la toga de color púrpura oscuro de censor cuando mencione a Servilia.


jueves, 14 de agosto de 2014

CÉSAR REFLEXIONANDO SOBRE LA PÉRDIDA DE LAS MUJERES DE SU VIDA



Julia. Todas mis amadas mujeres han muerto, dos de ellas intentando traer hijos al mundo. Mi adorable Cinila, mi querida Julia, las dos recién cruzado el umbral de la vida adulta. Ninguna me causó jamás un solo dolor excepto al morir, ¡qué injusto, qué injusto! Cierro los ojos y las veo allí: Cinila, la esposa de mi juventud; Julia, mi única hija. La otra Julia, la tía Julia, la esposa de Cayo Mario, aquel monstruo abominable. Su perfume aún me provoca el llanto cuando lo huelo en alguna desconocida. En mi infancia no habría conocido el amor si no hubiera sido por sus abrazos y sus besos. Mater, la perfecta adversaria partisana, era incapaz de abrazar y besar por temor a que un cariño muy manifiesto me corrompiera. Me consideraba demasiado orgulloso, demasiado consciente de mi inteligencia, demasiado dispuesto a llegar a la realeza. Pero todas han desaparecido, mis amadas mujeres. Ahora estoy solo.



No es extraño que empiece a pesarme la edad.




domingo, 10 de agosto de 2014

CINNILLA, LA SEGUNDA ESPOSA DE CAYO JULIO CÉSAR





Cornelia Cina minor (Cinnilla) (94 a. C.- 69 a. C. o 68 a. C. ), hija de Lucio Cornelio Cinna, uno de los principales líderes del partido de Cayo Mario. Casada en 83 a. C. con Julio César , cuando ella contaba con trece años de edad y él tenía dieciocho; tuvo con él una hija,Julia, a la que César casó con Pompeyo Magno en 60 a. C.



Debido a su parentesco con la viuda de Mario (su tía Julia) y a su alianza con la familia de Cinna, César era el blanco perfecto de la venganza del dictador Lucio Cornelio Sila Felix cuando éste proscribió a los miembros del partido de Mario. Requerido para que repudiase a Cornelia, César rehusó con altanería y prefirió huir de Roma, pasando varios meses en la clandestinidad antes de ser finalmente perdonado gracias a los potentes apoyos de su familia materna.

Cornelia murió a los veinticuatro o veinticinco años justo antes de la marcha de César para Hispania como cuestor. Tal como lo había hecho poco tiempo antes con su tía Julia, pronunció su elogio fúnebre en las Rostras. No era costumbre para una mujer tan joven y el pueblo vio en ello una señal de sensibilidad y de cariño. Es probable sin embargo que César, que nunca actuaba sin pensar, aprovechara la ocasión para reafirmar sus juramentos políticos como lo había hecho en las exequias de su tía.






LAS MUJERES DE CÉSAR


martes, 5 de agosto de 2014