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jueves, 15 de diciembre de 2016

TRAJANO, EL HIJO ADOPTIVO DE NERVA


Los asesinos de Domiciano no habían dado tiempo a su víctima de nombrar un heredero. Y el Senado, que no reconoció jamás oficialmente el derecho de los emperadores a designarlo, pero que siempre había aceptado en la práctica su elección, aprovechó la ocasión para hacerlo a su gusto en la persona de uno de sus miembros.
 
DOMICIANO
Marco Cocceyo Nerva era un jurista que se deleitaba a ratos perdidos con la poesía, pero que no era ni litigioso como los abogados ni vanidoso como los poetas. Era un hombretón alto y grueso, que no había matado jamás una mosca, no había mostrado ambiciones y que, al final de su reinado, pudo decir con plena razón que no había hecho nada que le impidiese volver a la vida privada sin correr ningún peligro.

NERVA


Tal vez su elección fue debida no tanto a sus virtudes como a la circunstancia de que ya contaba setenta años y tenía el estómago delicado, lo que permitía prever un reinado de breve duración. En efecto, sólo duró dos años, pero a Nerva le bastaron para subsanar los errores de su predecesor. Llamó a los proscritos, distribuyó muchas tierras a los pobres, liberó a los hebreos de los tributos que Vespasiano les había impuesto y volvió a poner orden en las finanzas. Eso no impidió a los pretorianos, descontentos de aquel nuevo amo que se oponía a sus prerrogativas, sitiarle en su palacio, degollar algunos de sus consejeros y exigir la entrega de los asesinos de Domiciano. Nerva, con tal de salvar a sus colaboradores, ofreció a cambio su propia cabeza. Y, dado que se la respetaron, presentó la dimisión al Senado, que se la rechazó. Nerva no había jamás tomado ninguna decisión sin consultar al Senado o en oposición a éste. También esa vez se avino. Sentía que se aproximaba su fin y el poco tiempo que le quedaba de vida lo empleó en buscarse un sucesor grato al Senado y adoptarle como hijo (suyos no tenía), para evitar que los pretorianos se sintieran tentados a coronar a alguien de su elección. El haber escogido a Trajano fue acaso el mejor servicio que Nerva rindió al Estado.



Trajano era un general que a la sazón mandaba un ejército en Germania. Cuando supo que le habían proclamado emperador, no se impresionó mucho. Mandó decir al Senado que agradecía la confianza y que iría a asumir el poder en cuanto tuviese un minuto de tiempo. Pero durante dos años no lo encontró, porque tenía que resolver ciertos asuntos pendientes con los teutones. Había nacido unos cuarenta años antes en España, pero de una familia romana de funcionarios, y funcionario había seguido siendo él mismo, es decir, mitad soldado mitad administrador. Era alto y robusto, de costumbres espartanas y de un valor a toda prueba, pero sin exhibicionismo. Su esposa Plotina se proclamaba la más feliz de las mujeres porque él sólo la engañaba, de vez en cuando, con algún mozalbete; con otras mujeres, nunca. Pasaba por hombre culto porque solía tener a su lado, en su carro de general, a Dión Crisóstomo, un célebre retórico de la época, que le hablaba continuamente de filosofía. Pero un día confesó que jamás había comprendido una sola de las muchas palabras que Dión pronunciaba; es más, que ni siquiera le escuchaba; se dejaba mecer por el sonido de su voz pensando en otra cosa: en los gastos, en el plan de una batalla, en el proyecto de un puente.

PLOTINA, ESPOSA DE TRAJANO
Cuando por fin dispuso del famoso minuto para ceñir la corona, Plinio el Joven quedó encargado de dedicarle un panegírico en el que se le recordaba cortésmente que debía su elección a los senadores y que, por lo tanto, debía dirigirse a ellos para cualquier decisión. Trajano subrayó el párrafo con un gesto aprobatorio de la cabeza, al que nadie prestó mucha fe. Pero se equivocaron, pues aquella regla Trajano la observó rígidamente. El poder no se le subió nunca a la cabeza y ni siquiera la amenaza de conjuras bastó para transformarle en un déspota suspicaz y sanguinario. Cuando descubrió la de Licinio Sura, fue a comer a casa de éste y no sólo todo lo que le sirvieron en los platos, sino que después ofreció la cara al barbero del conjurado para que se la afeitase.
 
TRAJANO Y LUCIO LICINIO SURA
Era un formidable trabajador y pretendía que lo fuesen también todos los que le rodeaban. Mandó a muchos senadores perezosos a hacer inspecciones y a poner orden en las provincias, y por las cartas que cruzó con ellos alguna de las cuales se ha conservado, pueden deducirse su competencia y su diligencia. Sus ideas políticas eran las de un conservador ilustrado que creía más en la buena administración que en las grandes reformas y que, aun excluyendo la violencia, sabía recurrir a la fuerza. Por eso no vaciló en declarar la guerra a la Dacia (que corresponde hoy a Rumania), cuando su rey, Decébalo, se interfirió en las conquistas hechas en Germania. 

DECÉBALO

Fue una campaña conducida por un brillante general. Derrotado, Decébalo se rindió, pero Trajano le respetó la vida y trono, limitándose a imponerle un vasallaje. Tanta clemencia, desconocida en los anales de la historia romana, estuvo mal recompensada, pues a los dos años Decébalo volvió a rebelarse. 

DECÉBALO
Trajano organizó la guerra contra él, derrotó otra vez al perjuro, se apoderó de las minas de oro transilvanas y con este botín financió cuatro meses de juegos ininterrumpidos en el Circo, con diez mil gladiadores, para celebrar su victoria y un programa de obras públicas destinadas a hacer de su reinado uno de los más memorables en la historia del urbanismo, de la ingeniería y de la arquitectura.

CONQUISTAS DE TRAJANO
Un gigantesco acueducto, un puerto nuevo en Ostia, cuatro grandes carreteras y el anfiteatro de Verona fueron algunas de sus obras más insignes. Pero la más conocida fue el Foro Trajano, debido al genio de Apolodoro, un griego de Damasco, que ya había construido, en pocos días, un maravilloso puente sobre el Danubio, que permitió a Trajano coger de revés a Decébalo. Para levantar la columna que todavía se yergue frente a la basílica Ulpia, fueron traídos de Paros dieciocho cubos de un mármol especial, de cincuenta toneladas cada uno; un milagro, para aquellos tiempos. En ella se grabaron, en bajorrelieve, dos mil figuras, según un estilo vagamente neorrealista, o sea con mucha propensión a la crudeza de las escenas representadas. Columna excesivamente recargada para ser bella, pero interesante desde el punto de vista documental, que fue sin duda lo que agradó a Trajano.
 
APOLODORO DE DAMASCO
Después de seis años de paz, empleados en esta obra de reconstrucción, Trajano sintió la nostalgia del campamento y aun cuando frisaba ya en la; sesentena, se metió en la cabeza completar la obra de César y de Antonio en Oriente, llevando los confines del Imperio hasta el Océano Índico. Lo consiguió tras una marcha triunfal a través de Mesopotamia, Fersia, Siria y Armenia, reduciéndolas todas a «provincias» romanas. Mandó construir una flota para atravesar el mar Rojo. Pero lamentó ser demasiado viejo para embarcarse y emprender la conquista de la India y el Extremo Oriente. Éstos eran países en los que bastaba dejar guarniciones para imponer en ellos un orden duradero. Cuando Trajano se encontraba aún en el camino de retorno, estallaron rebeliones un poco por todas partes. El fatigado guerrero quería volver atrás para sofocarlas. La hidropesía le retuvo.


 Mandó en su lugar a Lucio Quieto y a Marcio Turba y reanudó su viaje hacia Roma esperando llegar a tiempo de morir allí. Una parálisis le fulminó el año 117 después de Jesucristo, sexagésimo cuarto de su vida. Y a Roma sólo volvieron sus cenizas que fueron enterradas bajo su columna.

 


Nerva y Trajano fueron, ciertamente, dos grandes emperadores. Pero entre los muchos méritos efectivos que nos los recomiendan a nuestro recuerdo, tuvieron también una suerte; la de granjearse la gratitud de un historiador como Tácito y de un cronista como Plinio, cuyos testimonios habían de ser decisivos para el tribunal de la posteridad. 

TRAJANO Y SUS ALLEGADOS

lunes, 10 de agosto de 2015

APOLODORO DE DAMASCO


Apolodoro de Damasco (Damasco ca. 60 – 130) fue un arquitecto sirio de la antigua Roma, conocido con el nombre del "el damasceno". Según el historiador romano Dion Casio, Apolodoro fue condenado a muerte por orden del entonces emperador Adriano, que lo hizo ejecutar por haberle increpado su afán por la arquitectura. Sin embargo hay historiadores modernos que dudan de la veracidad de esa afirmación.

 

Fue uno de los más grandes arquitectos de Roma, con clara influencia helénica. Sirvió al emperador Trajano diseñando y realizando monumentales obras, como el Puente de Trajano sobre el río Danubio (año 104), los Mercados del Quirinal en Roma (siglo II), las Termas de Trajano, y el magnífico Foro de Trajano que incluye la Basílica Ulpia, el Mercado Trajano, entre las más relevantes, además de puertos, arcos triunfales y otras obras públicas.
 
Una de su obras más conocidas es la imponente Columna de Trajano, estructura de 40 metros de altura y 4 metros de diámetro, completamente tallada, que narra la historia de la genial victoria de Trajano en la guerra contra los dacios.


 La columna se inauguró en el año 113. Construida en mármol, en la cúspide se encontraba una estatua en hierro de Trajano. Algunos señalan que se trataba de un águila, símbolo de Roma, pero actualmente muestra una estatua de San Pedro.

 

Se le atribuye también el Panteón de Agripa (125-128), una de las pocas muestras de arquitectura de la Antigua Roma cuya estructura aún se conserva en buen estado.



domingo, 9 de agosto de 2015

TEMPLO DE VENUS Y ROMA


El templo de Venus y Roma (Latín: Templum Veneris et Romae) se sitúa en el extremo oriental del Foro Romano, cerca del Coliseo. Era uno de los templos más grandes de Roma y estaba dedicado a las deidades Venus y Roma. Fue construido por el emperador romano Adriano, que empezó su construcción en 121. Fue inaugurado catorce años más tarde, en 135, pero no fue terminado totalmente hasta el año 141 por Antonino Pío.
 
Adriano lo construyó sobre los restos de la Domus Aurea de Nerón. Fue necesario mover la estatua gigante de Nerón, el Coloso de Nerón, al lado del Anfiteatro Flavio, que por ella recibió también el nombre de Coliseo. El arquitecto favorito de Adriano, Apolodoro de Damasco, se burló del tamaño de las estatuas de este templo, lo que provocó la ira del emperador, que lo mandó exiliar y luego ejecutar.

 

Sufrió un incendio en 307 y fue restaurado por el emperador Majencio. Esta restauración cambió el diseño original introduciendo exedrae, nichos semicirculares, en la parte trasera de cada cella y pavimentando el suelo con mármoles policromados. También sufrió otra restauración, en tiempos de Eugenio, entre 392 y 394.

 

Fue destruido por un incendio a principios del siglo IX y convertido en una iglesia, Santa María Nova, por el papa León IV en 850. En 1615 sufrió otra restauración y pasó a llamarse Santa Francesca Romana.

 

Era de grandes proporciones, 145 metros de longitud y 100 metros de ancho. El templo consistía en dos cellas principales que contenían, respectivamente, a cada una de las dos diosas a las que este templo está dedicado. Las cellas estaban dispuestas simétricamente, la que contenía la estatua de Roma, dirigida al oeste, y la de Venus al este. A la entrada de cada cella se situaban cuatro columnas.

 

El lado oeste y el lado este poseían diez columnas (decástilo) y el lado norte y el sur poseían dieciocho columnas, todas ellas de 1,8 metros de ancho y de estilo corintio.

Adriano introdujo unas inscripciones nombrando a las respectivas deidades, en la que destaca la palabra amor, ya que Venus era la diosa del amor y amor es Roma escrito al revés produciendo un efecto simétrico.

 

Entre los años 1815 y 2000 recibió varias restauraciones. Recién el año 2003 el templo fue abierto al público. Actualmente se conserva en un buen estado, manteniendo gran parte del edificio.



RUINAS DE LO QUE QUEDA DEL TEMPLO DE VENUS Y ROMA:














domingo, 31 de mayo de 2015

LAS TERMAS DE CARACALLA

FRIGADIUM DE  LAS TERMAS DE CARACALLA



Construidas por Caracalla a partir del 212 d. de J.C. encargándolas al arquitecto Apolodoro de Damasco y terminadas hacia el 216 d. de J.C. 


El recinto exterior fue añadido por iniciativa de Heliogábalo y Alejandro Severo. 


Las termas eran un conjunto de edificios para baños públicos y privados, natación, masajes, ejercicios gímnicos, etc.  Además, había bibliotecas, jardines y salas de conferencias.


Era un conjunto de dimensiones imponentes y podía alojar a 1.600 bañistas. 


El recinto exterior medía 400 metros por 328.














Es importante que conozcamos la historia de las termas:

Los romanos conocen las termas desde, por lo menos, cuando a comienzos del siglo I a.C. un rico y emprendedor hombre de negocios, un tal Cayo Sergio Orata, "inventó" la primera instalación termal. A lo largo de la costa de los Campi, a dos pasos del Vesubio, la gente siempre tubo la costumbre de curarse con los vapores hirvientes de los manantiales termales. Esos vapores que salían, a una temperatura de 60 grados, eran conducidos hasta pequeñas donde uno entraba y sudaba mucho (no es casualidad que se llamaran "sudadorios", lacónica.). Según los romanos, esos baños de sudor hacían que uno expulsara los humores de las enfermedades. CAYO SERGIO ORATA comprendió que se podía imitar a la naturaleza encendiendo las calderas subterráneas y haciendo circular el calor por debajo de los suelos y por detrás de las paredes. Para sudar ya no hacían falta manantiales termales: cualquier sitio era bueno. Y así nacieron las termas.

Se construyeron muchas instalaciones termales, incluso por obra de emperadores.

Veamos en ese vídeo unas termas en Herculano (cerca de Pompeya): 





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RUINAS DE LO QUE QUEDA DE LAS TERMAS DE CARACALLA: