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domingo, 29 de abril de 2018

LA MUERTE DE AMÍLCAR BARCA EN HISPANA


Una vez que acabo la guerra [de los númidas] y se hizo regresar a Annón a Cartago para responder de ciertos cargos, Amílcar que se hallaba el solo al frente del ejercito y tenia a su cuñado Asdrúbal como asociado suyo, se dirigió hacia Gades y, tras cruzar el estrecho hasta Iberia, se dedico a devastar el territorio de los íberos , que no le habían causado daño alguno (...). 


Finalmente, los reyes íberos y todos los otros hombres poderosos, que fueron coaligándose gradualmente, lo mataron de la siguiente forma: llevaron carros cargados de troncos a los que uncieron bueyes y los siguieron provistos de armas. Los africanos al verlos se echaron a reír, al no comprender la estratagema, pero cuando estaban muy próximos, los íberos prendieron fuego a los carros tirados aun por los bueyes y los arrearon contra el enemigo. 


El fuego, expandido por todas partes al diseminarse los bueyes, provoco el desconcierto de los africanos. Y al romperse la formación, los íberos, cargando a la carrera contra ellos, dieron muerte a Amílcar en persona y a un gran numero de los que estaban defendiéndolo. Sin embargo, los cartagineses, satisfechos con el botín obtenido ya en Iberia, enviaron allí otro ejercito y designaron como general en jefe de todas las tropas a Asdrúbal, el cuñado de Amílcar, que estaba en Iberia. Este llevaba consigo a Aníbal, famoso por sus hechos de armas no mucho después, hijo de Amílcar y hermano de su propia esposa, hombre joven y belicoso que gozaba del favor del ejercito.


 A el lo designo como lugarteniente. Asdrúbal se gano la mayor parte de Iberia por medio de la persuasión, pues era hombre persuasivo en su trato, y en los hechos que requerían de la fuerza se servia del muchacho. Avanzo desde el océano occidental hacia el interior, hasta el río Ebro, que divide a Iberia poco mas o menos por su mitad y desemboca en el océano boreal a una distancia de unos cinco días de viaje de los Pirineos.

( Apiano en "Iberia" )


sábado, 30 de septiembre de 2017

CARTAGO Y LOS CARTAGINESES

Como todas las ciudades de aquel tiempo, Cartago también hacía remontar sus orígenes a una especie de milagro y contaba su historia como una novela. Según la cual fue fundada por Dido, a quien más tarde sus conciudadanos veneraron como diosa, hija del rey de Tiro. Enviudó por culpa de su hermano que le mató el marido, luego se puso al frente de un grupo de secuaces en busca de aventuras y, desde el extremo oriental del Mediterráneo, zarpó con ellos hacia el Oeste a bordo de una nave. Haciendo cabotaje a lo largo de la costa meridional de África, rebasó Egipto, Cirenaica y Libia. Y al llegar, por fin, a una decena de millas del lugar donde hoy se alza Túnez, desembarcó y dijo a sus amigos: «Aquí construiremos la Ciudad Nueva.» Así la llamaron, efectivamente: Ciudad Nueva, como Nápoles y Nueva York, que en su lengua se decía Kart Hadasht y que luego los griegos tradujeron Karchedon y los romanos Carthago.

DIDO
Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero es difícil saber cómo se desarrollaron en realidad, porque de Cartago, que tuvo la desgracia de cruzarse en su camino, también los romanos hicieron lo que habían hecho de Etruria: la redujeron a un cieno tal como para hacer casi imposible hoy, por falta de materiales, una reconstrucción exacta de su historia y de su civilización.

 

Con seguridad la fundaron los fenicios, pueblo de raza y lengua semita como los hebreos, grandes mercaderes y navegantes que iban de un lado para otro con sus embarcaciones, vendiendo y comprando un poco de todo. No tenían miedo ni del diablo. Fueron los primeros marinos del Mundo que rebasaron las llamadas Columnas de Hércules, es decir, el estrecho de Gibraltar, para bajar por el Atlántico a lo largo de la costa de África y remontarlo a lo largo de la de España y Portugal. Sobre este itinerario habían fundado ya, cuando nació Roma, varios pueblos, que al principio debieron ser tan sólo un astillero y un bazar, o sea un mercado. Leptis Magna, Utica, Bizerta, Bona, tuvieron sin duda ese origen. Y Cartago fue su hermanita, acaso entre las más humildes, hasta que las circunstancias la hicieron más conspicua.

 

Esas circunstancias fueron, sobre todo, el declive militar y comercial de Tiro y de Sidón, que, por desgracia suya, se encontraron en el camino de Alejandro de Macedonia, quien, mientras Roma era aún una aldea, quería convertirse en emperador del Mundo y por poco no lo logró. Amenazados por sus ejércitos, los millonarios de aquellas dos ciudades que, como todos los millonarios, tenían más miedo que los demás, pensaron en poner a salvo sus personas y sus capitales.

 

La ciudad se acrecentó con nuevos habitantes, llenos de dinero y de iniciativas. Empujaron cada vez más hacia el interior a la población indígena, formada de pobres negros, muchos de los cuales fueron reducidos a siervos y esclavos. Y no contentándose ya con el comercio y el mar, se dedicaron también a la tierra. El detalle es interesante porque hasta entonces se había creído siempre que los hebreos eran, por su modo de ser, refractarios a la tierra. Los de Cartago, en cambio, demostraron lo contrario. Fueron los maestros de muchos cultivos, especialmente de viñas, olivares y árboles frutales, y los mismos romanos hubieron de aprender mucho de ellos. Fue un cartaginés, Magón, el más grande profesor de agricultura de la Antigüedad.

 

Cartago poseía una economía perfectamente equilibrada. En la ciudad florecía una excelente industria metalúrgica que suministraba las mejores herramientas para labrar la tierra, canalizarla y transformarla en huertos y jardines. Gran parte de sus productos se cargaban en las naves, a la sazón las mayores del Mundo, las cuales eran dirigidas hacia España o Grecia. Los armadores financiaban exploradores para descubrir nuevos mercados. Uno de ellos, Annón, con una galera solitaria, descendió dos mil kilómetros por las costas atlánticas de África.

 

Otros viajantes de comercio, que recorrían los itinerarios de tierra a lomo de mulas, camellos y elefantes, encontraron oro y marfil y lo llevaron a la patria. Atravesaron el Sahara con la indiferencia con que nosotros atravesamos el Arno. Y a consecuencia de sus informes, como más tarde había de hacerlo Venecia, el Gobierno mandaba alguna flota o un poco de ejército a tomar posesión de los puntos estratégicos.

 

Su sistema económico y financiero era el más avanzado de la época. Cuando Roma había comenzado apenas a acuñar toscas monedas de metal, Cartago tenía ya billetes de Banco; unas tiras de cuero, diversamente estampilladas según su valor. Eran en la cuenca mediterránea lo que más tarde habían de ser la libra esterlina y, más tarde aún, el dólar. Su valor nominal estaba garantizado por el oro que rebosaba de las cajas del Estado, pues, a medida que realizaba una nueva conquista, la primera cosa que Cartago imponía a los vencidos era un tributo y no de los más livianos. Leptis, por ejemplo, pagaba el gran honor de ser vasallo de Cartago con trescientos sesenta y cinco talentos al año, que corresponderían a casi mil millones de liras.

 

Ese disfrute del propio imperio colonial fue probablemente una de las razones de la derrota de Cartago cuando entró en conflicto con Roma. Mas, mientras se perfiló esta amenaza, ello fue lo que garantizó a la ciudad fenicia una lozanía jamás vista hasta entonces. Contaba a la sazón dos o trescientos mil habitantes, que no vivían en cabañas como en Roma, sino en rascacielos que alcanzaban hasta doce plantas, los más pobres; y en palacios con jardín y piscina, los más ricos. Abundaban los templos y los baños públicos. El puerto tenía doscientos veinte muelles y cuatrocientas cuarenta columnas de mármol. En el centro de la aglomeración había la city, como en Londres, con el Ministerio del Tesoro. Y a su alrededor un triple bastión de murallas almenadas, una especie de línea Maginot que podía contener hasta veinte mil soldados con todo su armamento, cuatro mil caballos y trescientos elefantes.

 

Del pueblo y de sus costumbres, el único testimonio que nos queda es el de los historiadores romanos, que naturalmente no podían ser ecuánimes para con aquél. Su lengua debía ser muy parecida a la hebraica; en efecto, sus magistrados se llamaban shofetes, derivado seguramente del hebraico shofetim. Sus rasgos delataban también el origen semítico. Eran gente de tez olivácea, en general de luengas barbas, pero sin bigote, y ya entonces llevaban turbantes. Los más pobres, que probablemente procedían de mezclas con el elemento indígena y que por tanto también tenían la piel más oscura, vestían lo que hoy se llama en Egipto galabia, un camisón suelto largo hasta. los pies, calzados con sandalias. Los señores seguían, en cambio, la moda griega, como hoy se sigue la inglesa, y llevaban trajes elegantes, orlados de púrpura, y se adornaban con un anillo en la nariz. La condición de las mujeres era inferior a la de las atenienses, más superior a la de las romanas. En general iban veladas y estaban confinadas en sus casas, pero la carrera eclesiástica les estaba abierta y podían alcanzar altos grados en ella. O bien podían darse a la prostitución, que florecía esplendorosamente y constituía un oficio apreciado, o por lo menos, no vilipendiado, como lo es aún hoy en el Japón. 


MELKART, DEIDAD PÚNICA

Polibio y Plutarco concuerdan en asegurar que el nivel moral era muy bajo, lo que nos sorprende bastante tratándose de un pueblo de raza semítica, donde las costumbres en general son severas, cuando no puritanas. Nos lo presentan como vigorosos comilones y bebedores, impenitentes juerguistas, dispuestos siempre a francachelas en los clubs y tabernas. La fides puntea, es decir, la palabra cartaginesa, ha quedado como sinónimo, en latín, de traición. Pero no hay que olvidar que la historia de las traiciones cartaginesas fue escrita por historiadores romanos. Plutarco nos presenta a esos antiguos e irreductibles enemigos de Roma como serviles para con los inferiores; y oscilantes entre las cobardía, en la derrota, y la crueldad en la victoria. Polibio agrega que entre ellos iodo se medía con el metro del provecho. Pero es ya sabido que Polibio era amigo íntimo de Escipión, el que destruyó Cartago incendiándola.

 

Naturalmente, los cartagineses tenían también sus dioses. Se los habían traído consigo de la madre patria, Fenicia, pero les cambiaron el nombre. En vez de Baal—Moloch y de Astarté, como los llamaban en Tiro y en Sidón, los llamaron Baal—Haman y Tanit. 

TANIT, DIOSA DE LOS CARTAGINESES
Debajo de éstos estaban Melkart, que quiere decir «llave de la ciudad», Ehsmun, señor de la riqueza y de la buena salud, y, por fin Dido, la fundadora, que en Cartago ocupaba el mismo puesto que Quirino en Roma.

EL DIOS HAMAN

A todos estos dioses les ofrecían sacrificios, especialmente en los momentos de necesidad. Se trataba de cabras o de vacas para los dioses menores. Pero cuando había que aplacar o congraciarse con Baal—Haman, se recurría a los niños, que eran colocados entre los brazos de la gran estatua de bronce que le representaba, y de allí les dejaban rodar sobre el fuego que ardía abajo. Hasta trescientos en un día quemaron en medio de una bacanal de trompetas y tambores para sofocar sus gritos.



 Parece ser que era costumbre, por parte de las familias ricas, cuando eran requeridas para facilitar un niño que asar a la parrilla, comprarlo a los pobres. Mas cuando Agatocles de Siracusa puso sitio a la ciudad, haciendo necesario, además del auxilio de los dioses, también el buen acuerdo entre las clases sociales, la costumbre fue prohibida para no alimentar los odios entre afortunados y desheredados.

 

El régimen político no era, en conjunto, muy diferente del de Roma. Aristóteles escribió un gran elogio, acaso por haberlo oído decir y porque jamás atisbo serias amenazas de dictadura, que él aborrecía. Como en Roma, el órgano supremo era el Senado, compuesto igualmente de trescientos miembros, cuya mayoría estuvo al principio constituida por la aristocracia agraria y que luego, poco a poco, pasó a la del dinero, o sea a la plutocracia. Tomaba las decisiones más importantes, cuya ejecución encomendaba a los dos sciofetes, que correspondían, más o menos, a los cónsules romanos. Sólo cuando éstos no lograban ponerse de acuerdo, se pedía el parecer de una especie de Cámara de diputados, que tenía el poder de decir «sí» o «no», pero no el de presentar proposiciones por su cuenta.

 

El Senado era, también, teóricamente, electivo. Pero en la práctica, teniendo en la mano todas las palancas del mando, conseguía, mediante la corrupción o la intriga, imponer sus candidatos. Sobre él había solamente una especie de Tribunal constitucional formada por cuatrocientos jueces que controlaban un poco de todo: no sólo la constitucionalidad de las leyes, sino también las cuentas de la Administración. Durante las guerras con Roma, este Tribunal fue convirtiéndose poco a poco en el verdadero Gobierno.

 

Cartago no daba gran importancia al Ejército, en parte porque sus vecinos de África no la inquietaban. A los cartagineses no les gustaban los cuarteles, que, en efecto, tan sólo estaban llenos de mercenarios, reclutados entre indígenas y, sobre todo, entre libios. 
AMÍLCAR BARCA, EL LÍDER CARTAGINÉS QUE
 CONQUISTÓ BUENA PARTE DE HISPANIA

De las grandes empresas que ejecutó en el siglo de luchas contra Roma, el mérito corresponde, pues, casi exclusivamente al genio de sus Aníbales, Amílcares y Asdrúbales, que fueron unos de los más brillantes generales de la Antigüedad.

ANÍBAL ANIMANDO A SUS SOLDADOS

En el mar, en cambio, era fuerte, la más fuerte de las potencias navales de aquel tiempo. Su home fleet contaba en tiempo de paz quinientos quinquerremes, que eran un poco los acorazados de entonces, pero rápidos y ligeros, vistosamente pintados de rojo, verde y amarillo. Los almirantes que los mandaban se las sabían todas y aun sin brújula ni compás conocían el Mediterráneo como el estanque de su jardín. En todos los parajes adecuados de las costas españolas y francesas poseían astilleros, almacenes de aprovisionamientos e informadores. Su Instituto Cartográfico era el más informado y moderno. Hasta que Roma, ocupadísima en consolidar su hegemonía sobre la península, no hubo botado una flota propia, la cartaginesa no admitió intrusiones de nadie, entre Cerdeña y Gibraltar. Cualquier nave extranjera que se pusiera a tiro de las suyas, era requisada o hundida, ahogando a los marineros, sin preguntarles siquiera de dónde venían ni qué pabellón enarbolaban.

PALACIO DE ASDRÚBAL
EN CARTAGO NOVA ( HISPANIA )

Éste era, en conjunto, Cartago, cuando los romanos, habiéndose desembarazado, uno tras otro, de todos los rivales italianos y unificado la península bajo su mando, comenzaron a ocuparse en las cosas del mar.

 

Pero, fijaos bien, todo lo que hemos dicho de Cartago ha sido reconstruido con elementos muy livianos. Escipión, cuando arrasó la ciudad sin dejar piedra sobre piedra, encontró, entre otras cosas, varias bibliotecas. Mas en vez de llevárselas a Roma, las repartió entre sus aliados africanos (lo que sorprende tratándose de un hombre culto como él), los cuales, por la poca pasión que sentían por los libros, dejaron que se perdieran. 


RUINAS DE LO QUE QUEDA DE CARTAGO
He aquí por qué no tenemos siquiera un manual de su historia, y hemos de contentarnos con lo poco que lograron reconstruir Salustio y Yuba. Algún fragmento de Magón y un testimonio de san Agustín nos aseguran, sin embargo, que Cartago tuvo una cultura propia y de buena calidad.

 

Los griegos, que no obstante tenían Atenas ante los ojos, decían que Cartago era una de las más bellas capitales del mundo. Pero lo que de ella nos queda es muy poco para confirmárnoslo. Sus más importantes restos son los que los arqueólogos han desenterrado en las Baleares, donde los cartagineses habían fundado una colonia y donde, tal vez, cuando las matanzas, algunos de ellos se refugiaron, trayéndose alguna obra de arte. Todo el resto está reunido en el museo de Túnez, donde los arqueólogos siguen acumulando lo que poco a poco van excavando diez millas más hacia el Oeste, donde se alzaba la ciudad.

 


En el museo pueden admirarse algunos fragmentos de escultura, sacados de los sarcófagos. El estilo es una mezcla grecofenicia. Contiene, además, la cerámica de la época, aunque de escaso valor: género utilitario fabricado en serie. Nada nos queda de lo que, al parecer, fue el orgullo de Cartago: la artesanía. Dícese que sobre todo los orfebres eran grandes maestros. Desgraciadamente, la joyería ha sido, en todos los tiempos, el botín de guerra más codiciado.







lunes, 18 de agosto de 2014

LA SOCIEDAD ROMANA EN VÍSPERAS DE LAS GUERRAS PÚNICAS


No se sabe con precisión cuántos habitantes tenía Roma en vísperas de las guerras púnicas. Las cifras suministradas por los historiadores sobre la base de censos inciertos son contradictorias y acaso no tienen en cuenta el hecho de que la mayor parte de los censados debía habitar no dentro de las murallas de la ciudad, el llamado pomerio, sino fuera, en los pueblos diseminados en el campo. En la ciudad propiamente dicha no debía de haber más de cien mil almas: población que a nosotros nos parece modesta, pero que en aquellos tiempos era enorme. Su composición étnica debió ya hacer de ella un centro internacional, pero menos de lo que fuera bajo los reyes Tarquino, quienes, con la pasión etrusca del comercio y del mar habían requerido a demasiados forasteros, muchos de ellos de difícil asimilación. Con la República, el elemento indígena, latino y sabino, tomó su desquite, se esforzó y posiblemente reguló con más parsimonia la inmigración. Procedía en mayor parte de las provincias limítrofes y estaba constituida por gente más fácil de fusionarse con los amos de la casa.

 

Desde el punto de vista urbanístico, la ciudad no había progresado mucho bajo los magistrados republicanos, avaros, toscos y de escasas ambiciones. Dos calles principales se cruzaban dividiéndola en cuatro barrios, cada uno de ellos con dioses tutelares propios, los llamados Lari compitali, a los cuales se elevaban estatuas en todos los rincones. Eran calles estrechas y de tierra apisonada, que sólo más tarde fueron pavimentadas con piedra extraída del arenal del río. La Cloaca Máxima existía ya, al parecer, en tiempos de los Tarquino. Conducía los detritos de Roma al Tíber, infectando las aguas que habían de servir para beber. En 312, Apio Claudio el Ciego afrontó y resolvió este problema construyendo el primer acueducto que suministró a Roma agua fresca y limpia sacada directamente de los pozos. Y por primera vez los romanos, o al menos los de cierta categoría, dispusieron de suficiente cantidad para poderse lavar. Pero las primeras termas fueron construidas tan sólo después de la derrota de Aníbal.

 

Subsistían, poco más o menos, las casas que habían edificado los arquitectos etruscos. Sólo se habían embellecido los exteriores, que fueron estucados y decorados con esgrafiados.

 

Los peligros por que habían pasado impelieron a los romanos a construir sobre todo templos para granjearse la simpatía de los dioses. En el Capitolio se alzaban tres de madera, bastante imponentes y revestidos de ladrillo, a Júpiter, Juno y Minerva.

 

La ciudad vivía ante todo de la agricultura, basada en la pequeña propiedad privada. Buena parte de la población, incluso del centro, tras haber dormido hacinada sobre la paja, se levantaba al alba y cargando arado y azada sobre el carro tirado por bueyes, se iba a labrar el campo, que en promedio no rebasaba las dos hectáreas. Eran campesinos tenaces, pero no muy progresivos, que no conocían otro abono más que el estiércol animal, ni otra rotación de cultivo más que la del trigo, a las legumbres y viceversa. De ésta muchas familias aristocráticas sacaron incluso el nombre: los Léntulo eran especialistas en lentejas, los Cepione en cebollas, los Fabio en habichuelas. Otros productos eran los higos, las uvas y el aceite. Cada familia tenía sus gallinas, sus cerdos y, sobre todo, sus ovejas, que proporcionaban lana para los vestidos. En vísperas de la guerra púnica este cuadro idílico había sufrido una ligera alteración. Las expediciones contra las poblaciones limítrofes había despoblado él campo; los caseríos, abandonados, habían caído en ruinas, y el boscaje y la grama enterraron los campos de los veteranos que, para vivir, habían vuelto a la ciudad. El nuevo territorio conquistado a expensas de los vencidos era declarado «agro público» del Estado, que lo revendía a los capitalistas engordados con las contratas de guerra. Así surgieron los latifundios, que los propietarios explotaban con el trabajo de los esclavos, numerosos, y que no costaban casi nada, mientras en la ciudad se formaba una proletariado de ex campesinos pobres en busca de trabajo.

 

Mas resulta difícil encontrar trabajo porque la industria, tras la caída de los Tarquino, en vez de progresar, había retrocedido. El subsuelo, pobre en minerales, era propiedad del Estado, que lo alquilaba a explotadores de escasa conciencia y competencia. La metalurgia había dado pocos pasos adelante, y el bronce seguía siendo más empleado que el acero. Como combustible no se conocía más que la leña, para procurarse la cual fueron talados los hermosos bosques del Lacio. Sólo la industria textil prosperó bastante y a la sazón existían verdaderas empresas que habían iniciado una producción en serie.

 

Los obstáculos a la expansión industrial y comercial eran cuatro. El primero, de orden psicológico, era la desconfianza de la clase dirigente romana, toda ella agraria, hacia aquellas actividades que pudieran reforzar las clases medias burguesas. El segundo era la carencia de caminos, que no permitía el transporte de materias primas y —de sus productos. El primero de ellos, la via latina, construida solamente en -370, casi un siglo y medio después de la instauración de la República, se limitaba a unir la Urbe con los Puertos Albanos. Sólo Apio Claudio, el autor del acueducto, sintió la necesidad, cincuenta años después, de construir una que, efectivamente, llevó su nombre, para alcanzar Capua. Los senadores aprobaron de mala gana grandiosos proyectos sólo porque los generales pedían también un sistema de comunicaciones. El tercer obstáculo era la falta de una flota, desaparecida después de finalizar la supremacía etrusca en Roma. Pequeños armadores particulares habían seguido construyendo algunas naves, pero las dotaciones eran poco valerosas e inexpertas. Desde noviembre hasta marzo no había modo de hacerles salir del puerto de Ostia, donde, por lo demás, el lodo del Tíber bloqueaba las embarcaciones. Una vez engulló doscientas de un bocado. Además, no se aventuraban más allá del pequeño cabotaje, porque no querían perder de vista la costa, pues piratas griegos a oriente y cartagineses a occidente infestaban aquellos parajes. Todo lo cual hace mucho más admirable el milagro que realizó Roma pocos años después afrontando con sus improvisadas flotas las de Aníbal y de Annón.

 

Un cuarto embarazo para el comercio fue también, en los primeros tiempos, la falta de un sistema monetario. En el primer siglo de República el medio de cambio fue el ganado. Se comerciaba en términos de gallinas, de cerdos, de ovejas, de asnos, de vacas. Las primeras monedas ostentan, en efecto, las imágenes de estos animales, y se llamaron pecunia, de pecus, que quiere decir precisamente «ganado». Su primera unidad fue acuñada con el as, que era un trozo de. cobre de una libra. Apenas acababa de nacer, el Estado la devaluó en casi cinco sextos para hacer frente a los gastos de la primera guerra púnica. Por lo que se ve, el engaño de la inflación ha existido siempre y, con sistemas idénticos, se repite desde que el mundo es mundo. También entonces el Estado lanzó un empréstito entre los ciudadanos que, para ayudarle a armar el Ejército, le entregaron todos sus ases de una libra de cobre. El Estado los ingresó, dividió cada uno de ellos por seis y por cada as recibido restituyó una sexta parte al acreedor.

 

Este as desvalorizado siguió siendo durante mucho tiempo la única moneda romana. Luego se desenvolvió un sistema más completo: vino el sestercio de plata, que era dos ases y medio; luego el denario, también de plata, igual a cuatro sestercios y por fin, el talento de oro, que debía ser precisamente un lingote, y que el noventa por ciento de los romanos jamás vio cómo estaba hecho. Para aclarar en términos actuales, en torno al siglo I y principios del siglo II, un sestercio era el equivalente aproximado a 1,33 euros.

 

Al revés que nosotros que consideramos los Bancos como iglesias, los antiguos romanos consideraban Bancos a las iglesias y en éstas depositaron los fondos del Estado porque las creían más al resguardo de los ladrones. No existían Institutos gubernamentales de crédito. Los préstamos eran hechos por argéntanos, agentes de cambio privados que tenían sus oficinuchas en una callejuela cercana al Foro. 


Una de las leyes de las Doce Tablas prohibía la usura y fijaba el tipo de interés en el ocho por ciento como máximo. Pero la usura floreció igualmente sobre la miseria y las necesidades de los pobres diablos, que eran muchos y en condiciones desesperadas, porque lo que se llamaba industria era en realidad una profusión de pequeños talleres artesanos que trataban, para vencer la competencia, de rebajar los costos de sus productos escatimando sobre todos los salarios de una mano de obra servil y sin protección de sindicatos. Desorganizada y sin jefes, no hacía huelgas contra los patronos.

 

Hacía, de vez en cuando, verdaderas guerras, que se llamaron precisamente serviles y que expusieron a riesgos el Estado. En compensación, había los «gremios de oficios», reconocidos también con el nombre de «colegios» desde los tiempos de Numa, al parecer. Había el de los alfareros, de los herreros, de los zapateros, de los carpinteros, de los tocadores de flauta, de los curtidores, de los cocineros, de los albañiles, de los cordeleros, de los fundidores, de los tejedores y de los «artistas de Dionisio», como se llamaba a los actores. Y por ellos podemos deducir cuáles fueron los oficios de los romanos de la ciudad. Estaban, empero, controlados por funcionarios del Estado, los cuales no permitían que en ellos se debatiesen cuestiones de salarios o de sueldo y que, cuando observaban que los descontentos aumentaban peligrosamente, procedían a alguna distribución gratuita de trigo. Los miembros se reunían en los colegios para conversar sobre cuestiones de la profesión, jugar a los dados, beber un vaso de vino y ayudarse entre sí. Eran unos pobres diablos, entre los que había también algunos que eran libres y con derechos políticos. No pagaban impuestos y hacían poco servicio militar, en tiempo de paz, claro. Mas en tiempo de guerra morían como los demás.

 

Los escritores romanos cuyas obras han llegado a nosotros y que florecieron mucho tiempo después, embellecieron bastante ese período de la Roma estoica. Lo hicieron por motivos polémicos, para oponer las virtudes antiguas a los defectos de su época. La República no fue inmune a graves defectos y si bien bajo ella fue fundado el Derecho, no puede decirse que la justicia triunfase.

 

Es verdad, sin embargo, que los ciudadanos vivieron en ella más incómodos y sacrificados, pero más ordenados y sanos que los del Imperio. Tampoco entonces la moralidad era rígida, pero el vicio se mantenía en su «sede» y no contaminaba la vida de la familia basada en la castidad de las muchachas y la fidelidad de las esposas. Los hombres, después de algunos libertinajes con las prostitutas, se casaban pronto, a los veinte años. Y a partir de entonces estaban demasiado atareados en mantener mujer e hijos para entregarse a pasatiempos peligrosos.