Mostrando entradas con la etiqueta TANIT. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TANIT. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de septiembre de 2017

CARTAGO Y LOS CARTAGINESES

Como todas las ciudades de aquel tiempo, Cartago también hacía remontar sus orígenes a una especie de milagro y contaba su historia como una novela. Según la cual fue fundada por Dido, a quien más tarde sus conciudadanos veneraron como diosa, hija del rey de Tiro. Enviudó por culpa de su hermano que le mató el marido, luego se puso al frente de un grupo de secuaces en busca de aventuras y, desde el extremo oriental del Mediterráneo, zarpó con ellos hacia el Oeste a bordo de una nave. Haciendo cabotaje a lo largo de la costa meridional de África, rebasó Egipto, Cirenaica y Libia. Y al llegar, por fin, a una decena de millas del lugar donde hoy se alza Túnez, desembarcó y dijo a sus amigos: «Aquí construiremos la Ciudad Nueva.» Así la llamaron, efectivamente: Ciudad Nueva, como Nápoles y Nueva York, que en su lengua se decía Kart Hadasht y que luego los griegos tradujeron Karchedon y los romanos Carthago.

DIDO
Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero es difícil saber cómo se desarrollaron en realidad, porque de Cartago, que tuvo la desgracia de cruzarse en su camino, también los romanos hicieron lo que habían hecho de Etruria: la redujeron a un cieno tal como para hacer casi imposible hoy, por falta de materiales, una reconstrucción exacta de su historia y de su civilización.

 

Con seguridad la fundaron los fenicios, pueblo de raza y lengua semita como los hebreos, grandes mercaderes y navegantes que iban de un lado para otro con sus embarcaciones, vendiendo y comprando un poco de todo. No tenían miedo ni del diablo. Fueron los primeros marinos del Mundo que rebasaron las llamadas Columnas de Hércules, es decir, el estrecho de Gibraltar, para bajar por el Atlántico a lo largo de la costa de África y remontarlo a lo largo de la de España y Portugal. Sobre este itinerario habían fundado ya, cuando nació Roma, varios pueblos, que al principio debieron ser tan sólo un astillero y un bazar, o sea un mercado. Leptis Magna, Utica, Bizerta, Bona, tuvieron sin duda ese origen. Y Cartago fue su hermanita, acaso entre las más humildes, hasta que las circunstancias la hicieron más conspicua.

 

Esas circunstancias fueron, sobre todo, el declive militar y comercial de Tiro y de Sidón, que, por desgracia suya, se encontraron en el camino de Alejandro de Macedonia, quien, mientras Roma era aún una aldea, quería convertirse en emperador del Mundo y por poco no lo logró. Amenazados por sus ejércitos, los millonarios de aquellas dos ciudades que, como todos los millonarios, tenían más miedo que los demás, pensaron en poner a salvo sus personas y sus capitales.

 

La ciudad se acrecentó con nuevos habitantes, llenos de dinero y de iniciativas. Empujaron cada vez más hacia el interior a la población indígena, formada de pobres negros, muchos de los cuales fueron reducidos a siervos y esclavos. Y no contentándose ya con el comercio y el mar, se dedicaron también a la tierra. El detalle es interesante porque hasta entonces se había creído siempre que los hebreos eran, por su modo de ser, refractarios a la tierra. Los de Cartago, en cambio, demostraron lo contrario. Fueron los maestros de muchos cultivos, especialmente de viñas, olivares y árboles frutales, y los mismos romanos hubieron de aprender mucho de ellos. Fue un cartaginés, Magón, el más grande profesor de agricultura de la Antigüedad.

 

Cartago poseía una economía perfectamente equilibrada. En la ciudad florecía una excelente industria metalúrgica que suministraba las mejores herramientas para labrar la tierra, canalizarla y transformarla en huertos y jardines. Gran parte de sus productos se cargaban en las naves, a la sazón las mayores del Mundo, las cuales eran dirigidas hacia España o Grecia. Los armadores financiaban exploradores para descubrir nuevos mercados. Uno de ellos, Annón, con una galera solitaria, descendió dos mil kilómetros por las costas atlánticas de África.

 

Otros viajantes de comercio, que recorrían los itinerarios de tierra a lomo de mulas, camellos y elefantes, encontraron oro y marfil y lo llevaron a la patria. Atravesaron el Sahara con la indiferencia con que nosotros atravesamos el Arno. Y a consecuencia de sus informes, como más tarde había de hacerlo Venecia, el Gobierno mandaba alguna flota o un poco de ejército a tomar posesión de los puntos estratégicos.

 

Su sistema económico y financiero era el más avanzado de la época. Cuando Roma había comenzado apenas a acuñar toscas monedas de metal, Cartago tenía ya billetes de Banco; unas tiras de cuero, diversamente estampilladas según su valor. Eran en la cuenca mediterránea lo que más tarde habían de ser la libra esterlina y, más tarde aún, el dólar. Su valor nominal estaba garantizado por el oro que rebosaba de las cajas del Estado, pues, a medida que realizaba una nueva conquista, la primera cosa que Cartago imponía a los vencidos era un tributo y no de los más livianos. Leptis, por ejemplo, pagaba el gran honor de ser vasallo de Cartago con trescientos sesenta y cinco talentos al año, que corresponderían a casi mil millones de liras.

 

Ese disfrute del propio imperio colonial fue probablemente una de las razones de la derrota de Cartago cuando entró en conflicto con Roma. Mas, mientras se perfiló esta amenaza, ello fue lo que garantizó a la ciudad fenicia una lozanía jamás vista hasta entonces. Contaba a la sazón dos o trescientos mil habitantes, que no vivían en cabañas como en Roma, sino en rascacielos que alcanzaban hasta doce plantas, los más pobres; y en palacios con jardín y piscina, los más ricos. Abundaban los templos y los baños públicos. El puerto tenía doscientos veinte muelles y cuatrocientas cuarenta columnas de mármol. En el centro de la aglomeración había la city, como en Londres, con el Ministerio del Tesoro. Y a su alrededor un triple bastión de murallas almenadas, una especie de línea Maginot que podía contener hasta veinte mil soldados con todo su armamento, cuatro mil caballos y trescientos elefantes.

 

Del pueblo y de sus costumbres, el único testimonio que nos queda es el de los historiadores romanos, que naturalmente no podían ser ecuánimes para con aquél. Su lengua debía ser muy parecida a la hebraica; en efecto, sus magistrados se llamaban shofetes, derivado seguramente del hebraico shofetim. Sus rasgos delataban también el origen semítico. Eran gente de tez olivácea, en general de luengas barbas, pero sin bigote, y ya entonces llevaban turbantes. Los más pobres, que probablemente procedían de mezclas con el elemento indígena y que por tanto también tenían la piel más oscura, vestían lo que hoy se llama en Egipto galabia, un camisón suelto largo hasta. los pies, calzados con sandalias. Los señores seguían, en cambio, la moda griega, como hoy se sigue la inglesa, y llevaban trajes elegantes, orlados de púrpura, y se adornaban con un anillo en la nariz. La condición de las mujeres era inferior a la de las atenienses, más superior a la de las romanas. En general iban veladas y estaban confinadas en sus casas, pero la carrera eclesiástica les estaba abierta y podían alcanzar altos grados en ella. O bien podían darse a la prostitución, que florecía esplendorosamente y constituía un oficio apreciado, o por lo menos, no vilipendiado, como lo es aún hoy en el Japón. 


MELKART, DEIDAD PÚNICA

Polibio y Plutarco concuerdan en asegurar que el nivel moral era muy bajo, lo que nos sorprende bastante tratándose de un pueblo de raza semítica, donde las costumbres en general son severas, cuando no puritanas. Nos lo presentan como vigorosos comilones y bebedores, impenitentes juerguistas, dispuestos siempre a francachelas en los clubs y tabernas. La fides puntea, es decir, la palabra cartaginesa, ha quedado como sinónimo, en latín, de traición. Pero no hay que olvidar que la historia de las traiciones cartaginesas fue escrita por historiadores romanos. Plutarco nos presenta a esos antiguos e irreductibles enemigos de Roma como serviles para con los inferiores; y oscilantes entre las cobardía, en la derrota, y la crueldad en la victoria. Polibio agrega que entre ellos iodo se medía con el metro del provecho. Pero es ya sabido que Polibio era amigo íntimo de Escipión, el que destruyó Cartago incendiándola.

 

Naturalmente, los cartagineses tenían también sus dioses. Se los habían traído consigo de la madre patria, Fenicia, pero les cambiaron el nombre. En vez de Baal—Moloch y de Astarté, como los llamaban en Tiro y en Sidón, los llamaron Baal—Haman y Tanit. 

TANIT, DIOSA DE LOS CARTAGINESES
Debajo de éstos estaban Melkart, que quiere decir «llave de la ciudad», Ehsmun, señor de la riqueza y de la buena salud, y, por fin Dido, la fundadora, que en Cartago ocupaba el mismo puesto que Quirino en Roma.

EL DIOS HAMAN

A todos estos dioses les ofrecían sacrificios, especialmente en los momentos de necesidad. Se trataba de cabras o de vacas para los dioses menores. Pero cuando había que aplacar o congraciarse con Baal—Haman, se recurría a los niños, que eran colocados entre los brazos de la gran estatua de bronce que le representaba, y de allí les dejaban rodar sobre el fuego que ardía abajo. Hasta trescientos en un día quemaron en medio de una bacanal de trompetas y tambores para sofocar sus gritos.



 Parece ser que era costumbre, por parte de las familias ricas, cuando eran requeridas para facilitar un niño que asar a la parrilla, comprarlo a los pobres. Mas cuando Agatocles de Siracusa puso sitio a la ciudad, haciendo necesario, además del auxilio de los dioses, también el buen acuerdo entre las clases sociales, la costumbre fue prohibida para no alimentar los odios entre afortunados y desheredados.

 

El régimen político no era, en conjunto, muy diferente del de Roma. Aristóteles escribió un gran elogio, acaso por haberlo oído decir y porque jamás atisbo serias amenazas de dictadura, que él aborrecía. Como en Roma, el órgano supremo era el Senado, compuesto igualmente de trescientos miembros, cuya mayoría estuvo al principio constituida por la aristocracia agraria y que luego, poco a poco, pasó a la del dinero, o sea a la plutocracia. Tomaba las decisiones más importantes, cuya ejecución encomendaba a los dos sciofetes, que correspondían, más o menos, a los cónsules romanos. Sólo cuando éstos no lograban ponerse de acuerdo, se pedía el parecer de una especie de Cámara de diputados, que tenía el poder de decir «sí» o «no», pero no el de presentar proposiciones por su cuenta.

 

El Senado era, también, teóricamente, electivo. Pero en la práctica, teniendo en la mano todas las palancas del mando, conseguía, mediante la corrupción o la intriga, imponer sus candidatos. Sobre él había solamente una especie de Tribunal constitucional formada por cuatrocientos jueces que controlaban un poco de todo: no sólo la constitucionalidad de las leyes, sino también las cuentas de la Administración. Durante las guerras con Roma, este Tribunal fue convirtiéndose poco a poco en el verdadero Gobierno.

 

Cartago no daba gran importancia al Ejército, en parte porque sus vecinos de África no la inquietaban. A los cartagineses no les gustaban los cuarteles, que, en efecto, tan sólo estaban llenos de mercenarios, reclutados entre indígenas y, sobre todo, entre libios. 
AMÍLCAR BARCA, EL LÍDER CARTAGINÉS QUE
 CONQUISTÓ BUENA PARTE DE HISPANIA

De las grandes empresas que ejecutó en el siglo de luchas contra Roma, el mérito corresponde, pues, casi exclusivamente al genio de sus Aníbales, Amílcares y Asdrúbales, que fueron unos de los más brillantes generales de la Antigüedad.

ANÍBAL ANIMANDO A SUS SOLDADOS

En el mar, en cambio, era fuerte, la más fuerte de las potencias navales de aquel tiempo. Su home fleet contaba en tiempo de paz quinientos quinquerremes, que eran un poco los acorazados de entonces, pero rápidos y ligeros, vistosamente pintados de rojo, verde y amarillo. Los almirantes que los mandaban se las sabían todas y aun sin brújula ni compás conocían el Mediterráneo como el estanque de su jardín. En todos los parajes adecuados de las costas españolas y francesas poseían astilleros, almacenes de aprovisionamientos e informadores. Su Instituto Cartográfico era el más informado y moderno. Hasta que Roma, ocupadísima en consolidar su hegemonía sobre la península, no hubo botado una flota propia, la cartaginesa no admitió intrusiones de nadie, entre Cerdeña y Gibraltar. Cualquier nave extranjera que se pusiera a tiro de las suyas, era requisada o hundida, ahogando a los marineros, sin preguntarles siquiera de dónde venían ni qué pabellón enarbolaban.

PALACIO DE ASDRÚBAL
EN CARTAGO NOVA ( HISPANIA )

Éste era, en conjunto, Cartago, cuando los romanos, habiéndose desembarazado, uno tras otro, de todos los rivales italianos y unificado la península bajo su mando, comenzaron a ocuparse en las cosas del mar.

 

Pero, fijaos bien, todo lo que hemos dicho de Cartago ha sido reconstruido con elementos muy livianos. Escipión, cuando arrasó la ciudad sin dejar piedra sobre piedra, encontró, entre otras cosas, varias bibliotecas. Mas en vez de llevárselas a Roma, las repartió entre sus aliados africanos (lo que sorprende tratándose de un hombre culto como él), los cuales, por la poca pasión que sentían por los libros, dejaron que se perdieran. 


RUINAS DE LO QUE QUEDA DE CARTAGO
He aquí por qué no tenemos siquiera un manual de su historia, y hemos de contentarnos con lo poco que lograron reconstruir Salustio y Yuba. Algún fragmento de Magón y un testimonio de san Agustín nos aseguran, sin embargo, que Cartago tuvo una cultura propia y de buena calidad.

 

Los griegos, que no obstante tenían Atenas ante los ojos, decían que Cartago era una de las más bellas capitales del mundo. Pero lo que de ella nos queda es muy poco para confirmárnoslo. Sus más importantes restos son los que los arqueólogos han desenterrado en las Baleares, donde los cartagineses habían fundado una colonia y donde, tal vez, cuando las matanzas, algunos de ellos se refugiaron, trayéndose alguna obra de arte. Todo el resto está reunido en el museo de Túnez, donde los arqueólogos siguen acumulando lo que poco a poco van excavando diez millas más hacia el Oeste, donde se alzaba la ciudad.

 


En el museo pueden admirarse algunos fragmentos de escultura, sacados de los sarcófagos. El estilo es una mezcla grecofenicia. Contiene, además, la cerámica de la época, aunque de escaso valor: género utilitario fabricado en serie. Nada nos queda de lo que, al parecer, fue el orgullo de Cartago: la artesanía. Dícese que sobre todo los orfebres eran grandes maestros. Desgraciadamente, la joyería ha sido, en todos los tiempos, el botín de guerra más codiciado.







domingo, 5 de abril de 2015

LAS ARTES PÚNICAS



Poco sabemos de la arquitectura cartaginesa. Los autores antiguos, sin embargo, nos han recordado que los monumentos oficiales y los templos eran particularmente ricos y majestuosos.

La ornamentación, por lo que se deduce de algunos elementos que sobrevivieron a las destrucciones romanas y que han sido encontrados por los arqueólogos, no parece que fuera muy original.

Cuando los cartagineses no quemaban a sus muertos, los enterraban en unas cámaras funerarias bastante profundas, con el cuerpo envuelto en un sudario y colocado en un ataúd (sarcófago) de madera o, excepcionalmente, de piedra o de mármol.

Si no nos queda prácticamente nada de la arquitectura y de la escultura púnicas, los arqueólogos, en cambio, han descubierto más de un millar de cipos (pequeños ex-votos funerarios) y millares de estelas que llevan una inscripción dedicatoria o una ornamentación grabada. La ornamentación de las estelas tiene generalmente un signo simbólico llamado signo de Tanit y que tal vez fue tomado de los egipcios.

Entre los demás símbolos encontrados, figuran: el caduceo, el ídolo en forma de botella, el disco coronado por una media luna, el planeta Venus, etcétera. Algunas estelas llevan también dibujos animalísticos (animales de sacrificio) e incluso representaciones humanas.

Pero la cerámica cartaginesa es la artesanía mejor conocida de esta civilización. Su exportación era importante, y se han descubierto muestras de alfarería púnica por todo el Mediterráneo.

El barro cocido no sólo servía para hacer vasijas; se ha encontrado un gran número de pequeños recipientes para poner aceite en el que se mojaba una mecha (lámparas cartaginesas), estatuillas (de 10 a 20 cm de altura), que generalmente representaban siluetas femeninas y, finalmente, las máscaras, producción típicamente púnica y muy original.

Ignoramos cómo era el mobiliario cartaginés; pero las joyas (brazaletes, collares, colgantes, sortijas, etc.), así como la cristalería y los marfiles, son muy abundantes.

( En la foto, busto de la diosa Tanit )

LA RELIGIÓN CARTAGINESA






LA INFLUENCIA RELIGIOSA EXTRANJERA: SINCRETISMO PÚNICO


Los cartagineses habían conservado algunos elementos fundamentales de la religión cananea.

Se han estudiado algunos de sus ritos, que son muy semejantes a los descritos en los textos religiosos de Ras-Shamra que se remontan al II milenio a. de J.C.

En los numerosos templos, llenos de exvotos, estelas, objetos culturales de oro, etc., los sacerdotes (kohen) y las sacerdotisas, cuyo traje consistía en un vestido de lino transparente, celebraban un culto que aún no conocemos bien.

Ignoramos si celebraban fiestas rituales, como en Fenicia; pero, en cambio, sabemos que los sacrificios tenían una tarifa (cosa que no es de extrañar de unos descendientes de los fenicios), que determinaba las aportaciones respectivas del sacerdote y del laico que ofrecía el sacrificio.

Los principales actos rituales eran:
- el holocausto (ofrenda completamente consumida por el fuego),
- el sacrificio expiatorio (muy parecido al de los hebreos) y
- la comunión.

Hay que citar aparte los sacrificios humanos, como, por ejemplo, la ofrenda del primogénito, de origen cananeo: Los niños, ofrecidos a Baal, eran quemados, y sus cenizas conservadas en urnas que se han encontrado en extensos cementerios.




Principales divinidades cartaginesas:

- Tanit es la Gran Diosa (en fenicio, Elat; Tanit es nombre de origen africano). Forma, indiscutiblemente, junto con Baal Hamón, la cabeza del panteón cartaginés.

- Baal Hamón, equivalente masculino de Tanit. Los griegos lo identifican con Zeus.

Es un dios de carácter solar, que los romanos adoraron más tarde con el nombre de Saturno (especialmente en Dugga, cerca de Constantina). Los primogénitos de Cartago se inmolaban a Baal Hamón.

- Eshmún: Su templo estaba situado en una colina de la ciudad (Byrsa). Los antiguos lo identificaron después con Esculapio.

- Melkart, era el Gran Dios tirio (Baal Melkart), identificado más tarde, por ciertas tradiciones, con Herakles.

También, la mayoría de los dioses fenicios, ( Astarté, Safon, etc.) eran adorados por los cartagineses.

(En las fotos la diosa Tanit )



viernes, 2 de enero de 2015

CARTAGO (ANTIGUA)



INTRODUCCIÓN

Cartago (antigua), antigua ciudad, situada en la costa septentrional de África, cerca de la actual ciudad de Túnez. Su legendaria fundadora y primera reina sería la mitológica Dido, pero la historiografía ha determinado que los fenicios establecieron Cartago como puesto comercial probablemente hacia finales del siglo IX a.C. Los primeros objetos desenterrados por los arqueólogos en el emplazamiento datan del 800 a.C.


 La ciudad era conocida por sus habitantes púnicos (nombre por el que los romanos identificaban a los cartagineses) o fenicios como la Ciudad Nueva, probablemente para distinguirla de Útica, la Ciudad Vieja. Construida en una península que sobresale del golfo de Túnez, Cartago tuvo dos espléndidos puertos, conectados a través de un canal. Por encima de los puertos, sobre una colina, se encontraba la fortaleza amurallada de Byrsa.


EXTENSIÓN DEL IMPERIO

Hacia el siglo VI a.C., Cartago había sojuzgado a las tribus libias y anexionado las antiguas colonias fenicias, controlando de este modo toda la costa del norte de África, desde el océano Atlántico hasta la frontera occidental de Egipto, así como Cerdeña, Malta, las islas Baleares y parte de Sicilia. En el siglo V a.C., el navegante cartaginés Hannón emprendió un viaje a lo largo de la costa atlántica del norte de África. El poder marítimo permitió a los cartagineses extender sus asentamientos y conquistas, formando un imperio disperso dedicado al comercio. Entre sus empresas comerciales destacaban la minería de plata y plomo, la fabricación de camas y ropa de cama, una industria maderera en las montañas de la cordillera del Atlas, la fabricación de cerámica, joyería y cristalería sencilla y barata, y la exportación de animales salvajes de las junglas africanas, fruta, nueces, marfil y oro.


La mayoría de las obras de arte de este primer periodo eran imitaciones de obras egipcias, griegas y fenicias. De su literatura sólo conocemos unas pocas obras de carácter técnico. De este modo, poco se sabe de la vida cotidiana, el gobierno o el idioma de la primera Cartago. La religión implicaba sacrificios humanos a los dioses principales, Baal y Tanit, el equivalente de la diosa fenicia Astarté. Se adoptaron los cultos relacionados con la diosa griega Deméter y con Perséfone, así como con la diosa romana Juno, para adecuarse a las prácticas religiosas cartaginesas.


Cartago estuvo en guerra casi continuamente con Grecia y Roma durante 150 años. Las guerras con Grecia, que comenzaron en el 409 a.C., se produjeron por el control de Sicilia, situada aproximadamente a 160 km al norte de Cartago, que formaba un puente natural entre el norte de África y la península Itálica. Cartago, en un principio, fue derrotada en Sicilia en el 480 a.C., cuando las fuerzas cartaginesas bajo el mando del general Amílcar fueron vencidas por Gelón, tirano de Gela y Siracusa. Los intentos cartagineses adicionales para conquistar Sicilia fueron repelidos por los ejércitos bajo el mando de los tiranos de Siracusa Dionisio I el Viejo, Dionisio II el Joven, Agátocles y por el rey de Epiro, Pirro. Incluso tras su derrota final en el 276 a.C., los cartagineses continuaron manteniendo territorio en Sicilia; 12 años después, comenzó la primera de las Guerras Púnicas contra la República de Roma.


GUERRAS PÚNICAS

En la primera Guerra Púnica (264-241 a.C.) destacó el general cartaginés Amílcar Barca. Derrotado en Sicilia, Amílcar invadió la península Ibérica. Sus conquistas en el sur peninsular fueron completadas por su yerno Asdrúbal (que fundó Cartago Nova, la actual ciudad española de Cartagena) y por su hijo Aníbal. 

GENERAL ASDRUBAL

Cartago cedió sus posesiones en Sicilia a Roma un año después de la victoria romana en las islas Égates (242 a.C.).





Durante la segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), Aníbal marchó hacia el este a lo largo de la costa norte del Mediterráneo desde Hispania y cruzó los Alpes llegando a Italia. Sin embargo, Aníbal fue finalmente derrotado provocando la pérdida de Hispania y de distintas posesiones isleñas de Cartago. En la tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.), los romanos, comandados por Publio Cornelio Escipión Emiliano, arrasaron en el 146 a.C. la ciudad de Cartago satisfaciendo de este modo el deseo del político romano Catón el Viejo.


Durante 25 años se prohibió ocupar el lugar. En el 122 a.C. se fundó una nueva ciudad, Colonia Junonia, pero sólo duró 30 años. En el 46 a.C., el cónsul y dictador romano Julio César visitó el emplazamiento y afirmó que allí debía construirse una ciudad. Sus deseos fueron cumplidos por Augusto, futuro emperador romano, quien fundó Colonia Iulia en el 29 a.C. Esta nueva ciudad consiguió volver a destacar, pasando a ser la segunda después de Roma en prosperidad e importancia administrativa. Cartago también se convirtió en centro de la cristiandad y tuvo su propio obispo desde finales del siglo II d.C. Distintas figuras importantes de la Iglesia primitiva se relacionan con Cartago, incluido san Cipriano, que fue su obispo en el 248; Tertuliano, escritor eclesiástico que nació, vivió y trabajó en la ciudad durante la segunda mitad del siglo II y los primeros años de la centuria siguiente; y san Agustín, quien fue obispo de la cercana Hipona durante los últimos años del siglo IV y comienzos del siglo siguiente.


Cartago se fortificó contra el ataque de los pueblos bárbaros en el 425. En el 439, el rey vándalo Genserico ocupó la ciudad y la estableció como su capital. En el 534, el general bizantino Belisario expulsó a los vándalos y la renombró Colonia Justiniana Cartago en honor del emperador bizantino Justiniano I. Continuó siendo parte del Imperio bizantino hasta el 697, cuando la expansión del islam llevada a cabo por los árabes llegó hasta sus proximidades antes de destruirla de nuevo en el 705. 


Desde finales del siglo XIX, Cartago ha sido escenario de una intensa actividad arqueológica, apareciendo objetos púnicos y edificios romanos, bizantinos y vándalos que incluyen algunos de los mosaicos más lujosos y mejor conservados de los siglos III y IV d.C. Actualmente Cartago es un suburbio residencial de la ciudad de Túnez.