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martes, 31 de octubre de 2017

REINADO DE LOS TARQUINOS

ANCO MARCIO


No se sabe con precisión cuándo y cómo murió Anco Marcio. Mas debió de ser a los ciento cincuenta años del día en que, según la leyenda, fue fundada Roma, o sea hacia 600 antes de Jesucristo. Parece ser de todos modos, que en aquel momento se hallaba en la ciudad un tal Lucio Tarquino, personaje muy diferente de los que los romanos solían elegirse hasta como reyes y magistrados.

 

No era de allí. Venía de Tarquinia y era hijo de un griego, Demaratos, emigrado de Corinto que se casó con una mujer etrusca. De este enlace nació un niño vivaz, brillante, sin prejuicios, muy ambicioso, que tal vez los romanos, cuando vino a establecerse entre ellos, miraron con una mezcla de admiración, de envidia y de desconfianza. Era rico y despilfarrador entre gente pobre y tacaña. Era elegante en medio de los palurdos. Era el único que sabía de Filosofía, de Geografía y Matemáticas en un mundo de pobres analfabetos. En cuanto a la política, sangre griega más que sangre etrusca debían hacer de él un diplomático de mil recursos entre conciudadanos que pocos debían de tener. Tito Livio dice de él: Fue el primero que intrigó para hacerse elegir rey y pronunció un discurso para asegurarse al apoyo de la plebe.

 
DEMARATOS
Que haya sido el primero, lo dudamos. Pero de que haya intrigado, estamos seguros. Probablemente las familias etruscas, que constituían una minoría, pero rica e influyente, vieron en él a su hombre, y, cansadas de ser gobernadas por reyes pastores y labradores, de raza latina y sabina, sordos a sus necesidades comerciales y expansionistas, decidieron elevarle al trono.

 

Cómo anduvieron las cosas, se ignora. Mas la alusión de Tito Livio a la plebe nos permite hacernos una idea de ello. La plebe es un elemento nuevo en la historia romana, o por lo menos, un elemento que no se había hecho notar bajo los cuatro primeros reyes, que no tenían necesidad alguna de hablar a la plebe para ser elegidos por la sencilla razón de que en sus tiempos no había plebe. En los comicios curiados, que precedían a la investidura del soberano, no existían diferencias sociales. Todos eran ciudadanos, todos eran grandes o pequeños propietarios de tierras; todos tenían, por lo tanto, formalmente los mismos derechos, aunque, por la fuerza de las cosas en la práctica, hubiesen después algunos profesionales de la política para tomar las decisiones e imponerlas a los demás.

 

Era una perfecta democracia casera, donde todo se hacía a la luz del sol y se discutía entre ciudadanos iguales, y lo que contaba, para la distribución de cargos, era la estima y el prestigio de que uno gozaba. Pero todo ello presuponía la pequeña ciudad que fue Roma en aquel su primer siglo de vida, encerrada es su angosta valla de casuchas, y donde cada uno conocía al otro y sabía de quién era hijo y qué había hecho y cómo trataba a su mujer y cuánto gastaba para comer y cuántos sacrificios realizaba en nombres de los dioses.

 

Pero a la muerte de Anco Marcio la situación había cambiado completamente. Las necesidades bélicas. habían estimulado la industria y, por tanto, favorecido al elemento etrusco, del cual procedían carpinteros, herreros, armeros y mercaderes. Llegados de Tarquinia, de Arezzo, de Veyes, las tiendas se llenaron de dependientes y de aprendices que, conociendo bien el oficio, montaron otras tiendas. La elevación de salarios atrajo a la ciudad mano de obra campesina. Los soldados, después de haber hecho la guerra, regresaban a desgana al campo y preferían quedarse en Roma, donde se encontraban con más facilidad mujeres y vino. Mas sobre todo las victorias habían hecho confluir torrentes de esclavos. Y era esta multitud forastera que formaba el plenum, de la que procede la palabra plebe.

 

Lucio Tarquino y sus amigos etruscos debieron ver en seguida el provecho que se podía sacar de esa masa de gente, en su mayor parte excluida de los comicios curiados, si se llegara a convencerla de que sólo un rey también forastero podría hacer valer sus derechos. Y por esto los arengó, prometiéndoles quién sabe qué, acaso lo que después hizo de verdad. En aquella ocasión tenían detrás de sí lo que hoy se llamaría la «gran industria»; los Cini, los Marzotto, los Agnelli, los Pirclli, los Falck de la antigua Roma: gente que podía gastar cuanto dinero quería en propaganda electoral, y que estaba decidida a hacerlo para garantizarse un Gobierno más dispuesto que los precedentes a tutelar sus intereses y a seguir aquella política expansionista que era la condición de su prosperidad.

 

Ciertamente, lo consiguieron, pues Lucio Tarquino fue el elegido con el nombre de Tarquino Prisco, permaneció en el trono treinta y ocho años y, para librarse de él, los «patricios», o sea los «rurales», tuvieron que hacerle asesinar. Más inútilmente. Ante todo, porque la corona, después de él, pasó a su hijo y después, a su nieto. En segundo lugar, porque, más que la causa, el advenimiento de los Tarquino fue efecto de una cierta vuelta que la historia de Roma había sufrido y que no le permitía ya volver a su primitivo y arcaico orden social y la política que de éste derivaba.
 
LUCIO TARQUINIO PRISCO
El rey de la «gran industria» y de la plebe fue un rey autoritario, guerrero, planificador y demagogo. Quiso un palacio y se lo hizo construir según el estilo etrusco, mucho más refinado que el romano. Además, hizo colocar un trono en palacio, y en él se sentó en magna pompa, con el cetro en la mano y un yelmo empenachado. Debió hacerlo un poco por vanidad y un poco porque sabia con quién trataba, y que la plebe, a la cual debía su elección y de la cual se proponía conservar el favor, amaba el fasto y quería ver al rey de uniforme de gran gala, rodeado por coraceros. A diferencia de sus predecesores, que pasaban la mayor parte del tiempo diciendo misa y haciendo horóscopos, él la pasó ejerciendo el poder temporal, es decir, haciendo política y guerras.


 Primero subyugó todo el Lacio, después buscó camorra con los sabinos y les robó otra parte de tierras. Para hacerlo, necesitó muchas armas que la industria pesada le proporcionó, haciendo encima grandes negocios, y muchos suministros que los mercaderes le aseguraron, ganando encima amplias prebendas. Los historiadores republicanos y antietruscos escribieron después que su reinado fue todo un estraperlo de ganancias ilícitas, el triunfo de la propina y del «sobrecito», y que el botín cogido a los vencidos lo empleó en embellecer, no Roma, sino las ciudades etruscas, particularmente Tarquinia, que le viera nacer.

 

Lo dudamos, pues fue precisamente bajo su mando cuando Roma dio un salto adelante, especialmente en materia de monumentos y de urbanizaciones. Sobre todo, construyó la cloaca máxima, que por fin liberó a los ciudadanos de sus detritos, con los que hasta entonces habían convivido. Además, finalmente, la Urbe comenzó a serlo de veras, con calles bien trazadas, barrios delimitados, casas que ya no eran cabañas sino verdaderas construcciones, de techo inclinado a ambos lados, con ventanas y atrio, y un foro, o sea una plaza central, donde todos los ciudadanos se reunían.

 

Desgraciadamente, para llevar a cabo esta auténtica revolución que modificaba no solamente la faz externa de Roma sino también su modo de vida, hubo de soportar la hostilidad del Senado, depositario de la antigua tradición y poco dispuesto a renunciar a su derecho de control sobre el rey. En otros tiempos, lo hubiese depuesto u obligado a dimitir. Mas ahora había que tenerse en cuenta a la plebe, o sea a una multitud que todavía no contaba con representación política adecuada, pero que esperaba que Tarquino se la concediese, y que estaba dispuesta a sostenerle incluso con barricadas. Era más fácil asesinarlo, y esto hicieron. Pero cometieron el imperdonable error de dejar con vida a su mujer e hijo, convencidos de que aquélla por su sexo y éste por su temprana edad no podrían mantener el poder.

 

Acaso hubiesen tenido razón de haber sido romana Tanaquila, es decir, habituada tan sólo a obedecer. Pero, al contrario, era etrusca, había estudiado y compartido con su marido no tan sólo el lecho sino también el trabajo, interesándose por problemas de Estado, la administración, la política exterior y las reformas; y, sobre todo, se la sabía más lista que los mismos senadores, muchos de los cuales eran analfabetos.

 

Sepultado el rey, ella ocupó su puesto en el trono, y lo mantuvo caliente para Servio que entretanto crecía y que fue el primero y el último rey de Roma que heredó la corona sin ser electo. No se sabe bien si era hijo de aquél o de una sirvienta suya, como parece indicar el nombre. Como fuere, también a él los historiadores romanos, todos republicanos fervientes, han tratado de denigrarlo. Más no lo han logrado. Aun a desgana, han tenido que admitir que su gobierno era ilustrado y que bajo él se llevaron a cabo algunas de las más importantes empresas. Sobre todo, construyó murallas en la ciudad, dando trabajo a albañiles, técnicos y artesanos que vieron en él a su protector. Además, emprendió la reforma política y social que fue base de todos los sucesivos ordenamientos romanos.

 

La vieja división en treinta curias presuponía una ciudad de treinta a cuarenta mil habitantes, todos más o menos con los mismos títulos, los mismos derechos y el mismo patrimonio. Mas ahora había crecido extraordinariamente y hay quien hace ascender a siete u ochocientas mil almas la población ciudadana en tiempos de Servio. Probablemente son cálculos equivocados: a tantos debían subir no los habitantes de Roma, sino de todo el territorio conquistado por ella. Sin embargo, la ciudad debía de sobrepasar al menos los cien mil, y las grandes obras públicas que Tarquino y Servio emprendieron debieron ser impuestas por una aguda crisis de la vivienda.
 
SERVIO TULIO
De aquella masa, sólo la inscrita ya en los comicios curiados tenía voz en capítulo y podía votar. Los demás seguían estando excluidos, entre ellos incluso los más grandes industriales, comerciantes y banqueros: los que proporcionaban el dinero al Estado para hacer las guerras y las grandes obras de avenamiento. Ahora tenían derecho a una recompensa.

 

Como primera medida, Servio concedía la ciudadanía a los libertinos, o sea a los hijos de los esclavos liberados o libertos. Debieron de ser muchos miles de personas, que a partir de entonces fueron sus más encarnizados sostenedores. Después, abolió las treinta curias divididas según los barrios instituyendo en su lugar cinco clases, diferenciadas sobre la base no de su domicilio, sino de su patrimonio. A la primera pertenecían los que tuviesen al menos cien mil ases y a la última, los que poseían menos de doce mil quinientos. Es difícil saber a qué corresponde, hoy, en moneda, un as. Tal vez a diez liras, tal vez a más. Como fuere, estas diferencias económicas determinaron también las políticas. Pues mientras en las curias todos eran pariguales, al menos formalmente, y el voto de cada uno valía el de otro cualquiera, las clases votaban por centurias, pero no tenían un número igual de ellas. La primera tenia noventa y ocho. En total eran ciento noventa y ocho votos de la clase primera para determinar la mayoría. Las otras, aunque se coaligasen, no lograban alcanzarla.

 

Era un régimen capitalista o plutocrático en plena regla, que daba el monopolio del poder legislativo a la «gran industria», quitándosela al Agrarismo, o sea al Senado, que tenía mucho más dinero. Más, ¿qué podía hacer éste? Servio no le debía ni siquiera la' elección porque la corona la había heredado de su padre y tenía consigo el dinero de los ricos que le eran deudores de su nuevo poderío, y el apoyo del pueblo llano a quien le había dado empleo, salario y ciudadanía. Sostenido por estas fuerzas, se rodeó de una guardia armada para proteger su propia vida de los malintencionados, se ciñó una diadema de oro en la cabeza, se hizo fabricar un trono de marfil y se sentó en éste, majestuosamente, con un cetro en la mano, rematado por un águila. Patricio o no patricio, senador o mendigo, quien quisiera acercársele tenía que hacerse anunciar y esperar su turno.

 

Era difícil eliminar a un hombre semejante. Y, efectivamente, sus enemigos, para lograrlo, tuvieron que confiar la ejecución a su sobrino-yerno, quien, como tal, podía circular libremente por palacio.

 

Este segundo Tarquino, antes de arriesgar el golpe intentó que derrocaran a su tío por abuso de poder; Servio se presentó ante las centurias que volvieron a. confirmarlo rey con plebiscitaria aclamación (lo cuenta Tito Livio, gran republicano, y sin duda debe ser verdad).

 

No quedaba, por tanto, más que el puñal y Tarquino lo usó sin muchos escrúpulos. Pero el suspiro de alivio que exhalaron los senadores con los cuales se había aliado, se les quedó en la garganta, cuando vieron al asesino sentarse a su vez en el trono de marfil sin pedirles permiso, como sucedía en aquellos buenos viejos tiempos que ellos esperaban restaurar.

 

El nuevo soberano se mostró en seguida más tiránico que el que había expedido al otro mundo. Y, en efecto, le bautizaron el Soberbio para distinguirle del fundador de la dinastía. Si le dieron este apodo, alguna razón habría, aunque no sea cierto lo que después se ha contado sobre su caída. Parece ser que se divertía matando gente en el Foro. Y de carácter belicoso seguramente lo fue porque la mayor parte de su tiempo, como rey, lo pasó haciendo guerras. Guerras afortunadas, pues bajo su mando el Ejército, integrado entonces por algunas decenas de miles de hombres, conquistó no tan sólo la Sabina, sino también la Etruria y sus colonias meridionales, al menos hasta Gaeta. De aquí hasta casi la desembocadura del Amo, Roma hacía en aquel momento el buen y el mal tiempo. La guerra no era siempre caliente. A menudo era solamente «fría», como se dice hoy. Pero, en suma, Tarquino fue, un poco por la fuerza de las armas y otro poco gracias a la diplomacia, el jefe de algo que, para aquellos tiempos, era un pequeño imperio. No llegaba al Adriático, pero ya dominaba el Tirreno.

 

Tal vez Tarquino alargó tanto la mano para hacer olvidar el modo con que subió al trono sobre el cadáver de un rey generoso y popular. Los éxitos exteriores sirven muchas veces para disfrazar la debilidad interna de un régimen. Como fuere, Tarquino debió, al aparecer, su caída a este afán de conquistas.
 

Un día, cuéntase, estaba en el campo con sus soldados, su hijo Sexto Tarquino y su sobrino Lucio Tarquino Colatino. Éstos, bajo la tienda, comenzaron a discutir la virtud de sus respectivas esposas, cada uno sosteniendo, como buen marido, la de la propia. Probablemente el uno le dijo al otro: «La mía es una esposa honesta. La tuya te pone cuernos.» Decidieron volver aquella noche a casa para sorprenderlas. Montaron a caballo y se fueron.
 
LUCIO TARQUINO COLATINO
En Roma, encontraron a la mujer de Sexto que se consolaba de la momentánea viudez banqueteando con amigos y dejándose cortejar. La de Colatino, Lucrecia, engañaba la espera tejiendo un vestido para su marido. 

LA MUERTE DE LUCRECIA, POR BOTTICELLI


Colatino, triunfante, se embolsó la apuesta y volvió al campo. Sexto, mortificado y deseoso de desquite, se puso a cortejar a Lucrecia y al fin, un poco con violencia y otro poco con astucia, venció su resistencia.


Cometida la infidelidad, la pobre mujer mandó llamar a su marido y a su padre, que era senador, les confesó lo acaecido y se mató de una puñalada en el corazón. Lucio Junio Bruto, sobrino también del rey, quien le había asesinado a su padre, reunió el Senado, contó la historia de aquella infamia y propuso destronar al Soberbio y expulsar de la ciudad a toda su familia (excepto él, se entiende). Tarquino, informado, se precipitó a Roma, al mismo tiempo que Bruto galopaba hacia el campo, y probablemente se encontraron por el camino. Mientras el rey trataba de restablecer el orden en la ciudad. Bruto sembraba el desorden en las legiones, que decidieron entonces rebelarse y marchar sobre Roma.
 
LUCIO JUNIO BRUTO
Tarquino huyó hacia el Norte, refugiándose en aquella Etruria de donde sus antepasados habían descendido y cuyo orgullo él había humillado reduciendo sus ciudades a la condición de vasallas de Roma. Debió de ser una bien amarga mortificación para él pedir hospitalidad a Porsena, lucumón o sea primer magistrado de Chiusi, que en aquellos tiempos se llamaba Clusium.


Pero Porsena, gran hombre de bien, se la concedió.




En Roma proclamaron la República. Como más  tarde la de los Plantagenet en Inglaterra y la de los Borbones en Francia, también la monarquía de Roma había durado siete reyes.  Corría el año 509 antes de Jesucristo. Habían transcurrido doscientos cuarenta y seis ab urbe condita.



domingo, 10 de septiembre de 2017

FIN DE LA MONARQUÍA TARQUINA Y PRIMEROS TIEMPOS DE LA REPÚBLICA ROMANA


Como siempre que los pueblos cambian de régimen, también los romanos saludaron al nuevo con gran entusiasmo, y en él depositaron de nuevo todas sus esperanzas, incluidas las de la libertad y de la justicia social. Fue convocado un gran comido centuriado en el que tomaron parte todos los ciudadanos soldados, que proclamaron definitivamente enterrada la Monarquía, le atribuyeron la responsabilidad de todos los errores y abusos con que se había mancillado la administración de los negocios públicos en aquellos dos siglos y medio de vida, y, en el puesto del rey nombraron dos cónsules, eligiéndolos en las personas de los dos protagonistas de la revolución: el pobre viudo Colatino y el pobre huérfano Lucio Junio Bruto. Habiendo declinado el primero, fue sustituido por Publio Valerio.


Publio Valerio pasó a la Historia con el apodo de Publícola, que quiere decir «amigo del pueblo».

 

Esa amistad, Publio la demostró sometiendo y haciendo aprobar por el comido algunas leyes que permanecieron básicas durante todo el período que duró la República. Éstas condenaban a la pena de muerte a quienquiera intentase adueñarse de un cargo sin la aprobación del pueblo. Permitían al ciudadano condenado a muerte el recurso de apelación a la Asamblea,  o sea al comido centuriado. Y concedían a todos el derecho de matar, aun sin proceso, a quien intentase proclamarse rey. Esta última ley, olvidaba, empero, precisar sobre qué base de elementos se podía atribuir a alguien aquella ambición. Y esto permitió al Senado, en los años que siguieron, librarse de varios enemigos incómodos, señalándoles, precisamente, como aspirantes a rey. 


El sistema se usa todavía en varios países; los aspirantes a rey se llaman sucesivamente «desviacionistas», «enemigos de la patria», «agentes a sueldo del imperialismo extranjero». Con el progreso, los delitos no cambian. Sólo cambia la rúbrica. Movido por su celo democrático, Publícola introdujo también el uso, por parte del cónsul, cuando entraba en el recinto del comido centuriado, de hacer bajar, por los lictores que le precedían, las enseñas: aquellos famosos fascios, que después Mussolini volvió a poner de moda y que constituían el símbolo del poder. Para demostrar plásticamente que ese poder venía del pueblo; el cual, después de haberlo delegado en el cónsul, continuaba siendo árbitro.

 

Eran todas ellas cosas buenísimas, que de momento hicieron gran efecto. Mas, una vez enfriados los entusiasmos, la gente comenzó a preguntarse en qué se concretaban, prácticamente, las ventajas del nuevo sistema. Todos los ciudadanos tenían voto, de acuerdo, pero en los comicios, se seguía practicando aquel derecho por clases, siempre combinadas sobre el esquema serviano, por el cual los millonarios de la primera, al tener noventa y ocho centurias, y, por tanto, noventa y ocho votos, se bastaban solos para imponer su propia voluntad a los demás. En efecto, una de las primeras decisiones que tomaron fue la de revocar las distribuciones de tierras hechas a los pobres por los Tarquino en los países conquistados. Así que hubo muchos pequeños propietarios que se vieron confiscar casa y predio y, al no saber cómo salir adelante, volvieron a Roma en busca de trabajo.

 

Pero en Roma no había trabajo porque los cónsules, nombrados solamente por un año, no podían emprender ninguna de aquellas obras públicas que eran la especialidad de los reyes, elegidos de por vida por los cinco primeros, y ya a título hereditario, los dos últimos. Además, la República, dominada por el Senado que la había hecho y que estaba constituido por terratenientes de origen sabino y latino, era tacaña, a diferencia de la derrochadora monarquía, dominada por los industriales y mercaderes de origen etrusco y griego. Quería «sanear el presupuesto» como se diría hoy, o sea practicar una política financiera ahorrativa y por otra parte, porque no tenía ningún interés en multiplicar la categoría de los nuevos ricos, sus adversarios naturales.

 

En suma, la ciudad estaba en crisis y los pobres lugareños que venían en busca de salvación a causa del paro y el hambre del campo, encontraban otra hambre y otro paro. Los talleres estaban cerrados, las casas y caminos, a medio hacer. Los audaces contratistas que habían sido sostenedores de los Tarquíno y empleado a millares de técnicos y a decenas de miles de obreros, estaban proscritos o temían estarlo. Los locales públicos cerraban uno tras otro por falta de clientes, mermados por la escasez de dinero circulante y por el clima puritano que todas las repúblicas difunden o tratan de difundir. Los propagandistas del nuevo régimen arengaban continuamente a la muchedumbre para recordarle los delitos que había cometido el rey. Los oyentes miraban en torno y pensaban que entre aquellos «delitos» estaba también el Foro, donde en aquel momento se hablaban, y que había sido construido por los execrados reyes.

 

Otro punto sobre el que los propagandistas insistían era el de los daños perpetrados por la última dinastía, que había intentado convertir a Roma en una colonia etrusca. Algo de eso había, mas precisamente gracias a ellos Roma tenía ahora su Circo Máximo, su alcantarillado, sus ingenieros, sus artesanos, sus histriones (que eran los actores de la época), y sus gladiadores y púgiles protagonistas de aquellos espectáculos de los que tan golosos eran los romanos y sus murallas, y sus canales, y sus adivinos, y su liturgia para adorar a los dioses: todo, cosas importadas justamente de Etruria.

 

No todos lo sabían naturalmente, porque no todos, habían estado en Etruria. Pero de ello eran más conscientes que los demás los jóvenes intelectuales, que habían estudiado y alcanzado la licenciatura en las universidades etruscas de Tarquina, de Arezzo, de Chiusi, donde sus padres les habían enviado a estudiar, y de las que conservaban un gran recuerdo. No pertenecían, en general, a las familias patricias, cuyos hijos eran educados en casa, cuidando de no hacerles hombres instruidos, sino hombres de carácter. Procedían de familias burguesas y su suerte iba ligada a la de los tráficos, las industrias y las profesiones liberales, que eran precisamente, las más afectadas por el nuevo cariz de las cosas.

 

Por todas estas razones pronto surgió el descontento. Y, desgraciadamente, coincidió con la declaración de guerra, lanzada por Porsenna a instigación de Tarquino.

 

No se sabe con certeza cómo se desarrolló el asunto. Mas, dada la situación, no es difícil imaginar cuáles debieron ser los argumentos que el depuesto monarca expuso para inducir al lucumón a prestarle ayuda. Éste debió sin duda hacerle observar que los Tarquino, aunque de sangre etrusca, no se habían mostrado como buenos hijos de Etruria al haberla atormentado continuamente con guerras y expediciones punitivas hasta reducirlas casi por entero bajo su dominación. Pero el Soberbio le respondió probablemente que, en el mismo momento que sus dos predecesores hacían romana a Etruria, hacían también etrusca a Roma, conquistándola, por decirlo así, desde dentro a expensas del elemento latino y sabino que al principio la había dominado. La lucha no se desarrolló entre potencias extranjeras, sino entre ciudades rivales, hijas de la misma civilización. Roma, por bien que segundogénita, no había tratado de destruirlas, sino de reunirlas bajo un mando único para conducirlas al predominio en Italia. Tal vez se había equivocado, tal vez había cargado la mano aquí y allá, mostrándose poco respetuosa hacia sus autonomías municipales. Pero a ninguna los Tarquino habían reservado la suerte a que fueron sometidas por ejemplo Alba Longa y muchos otros burgos y pueblos del Lacio y de la Sabina, destruidos hasta los cimientos. Ninguna ciudad etrusca había sido jamás saqueada. Los mercaderes, los artesanos, los ingenieros, los actores y los púgiles de Tarquinia, de Chiusi, de Volterra, de Arezzo, en cuanto emigraban a Roma no corrían la suerte de los esclavos, sino que alcanzaban una posición preeminente, por lo que toda la economía, la cultura, la industria y el comercio de las ciudades estaban prácticamente en sus manos.

 

Es decir, lo habían estado mientras los Tarquino permanecieron en el trono, protegiéndolos. Ahora, la República significaba la vuelta al poder de aquellos latinos y sabinos zafios, avaros y desconfiados, reaccionarios e instintivamente racistas, que habían alimentado siempre un odio sordo hacia la burguesía etrusca, liberal y progresista. No se podían hacer ilusiones sobre la manera con que sería tratada. Y so desaparición significaba el afianzamiento, en la desembocadura del Tíber, de una potencia extranjera y enemiga, en lugar de la consanguínea y amiga (aunque un poco litigante y pendenciera), que mañana podría unirse a los demás enemigos de Etruria y contribuir a su ocaso.

 

¿Temía Porsenna desinteresarse de una ruptura de equilibrio semejante? ¿O no encontraba conveniente prevenir la catástrofe, lanzándose sobre Roma, ahora que el marasmo reinaba en su interior y que en el exterior, especialmente en el Lacio y en la Sabina, a la gente le dolían los huesos por los puntapiés recibidos de los soldados romanos? A una señal del poderoso lucumón de Chiusi, todas aquellas ciudades se sublevarían contra las escasas guarniciones que las vigilaban, y Roma se encontraría sola y discorde a merced del enemigo.

 

No sabemos casi nada de Porsenna. Pero por su comportamiento hemos de deducir que a sus dotes de esforzado general debían de sumarse las de sagaz hombre político. Se dio cuenta de que los argumentos de Tarquino contenían verdad. Pero antes de comprometerse, quería estar seguro de dos cosas: de que el Lacio y la Sabina estaban verdaderamente dispuestas a ponerse de su parte, y de que en la misma Roma había una «quinta columna» monárquica dispuesta a facilitarle el cometido con una insurrección.

 

Se produjo, en efecto, la insurrección, en la cual participaron también los dos hijos del cónsul Lucio Junio Bruto, olvidadizos, se ve, del fin que el Soberbio deparó a su abuelo. Inmediatamente después que la revuelta hubo sido enérgicamente reprimida, fueron detenidos y condenados a muerte. Y su abuelo, dícese, quiso asistir personalmente a la decapitación.



Pero la guerra anduvo mal. Los moradores de las varias ciudades latinas y sabinas degollaron a las guarniciones romanas y unieron sus fuerzas a las de Porsenna que llegaba del norte al frente de un ejército confederado al que toda Etruria había mandado contingentes. Contra esta invasión, Roma, de dar crédito, a sus historiadores, hizo milagros. Mucio Escévola, que había penetrado en el campamento de Porsenna' para asesinarle, falló el golpe y castigó por sí mismo su mano falaz, poniéndola encima de un brasero ardiente. Horacio Cocles bloqueó él solo a todo el ejército en la entrada del puente sobre el Tíber, que sus compañeros iban destruyendo a sus espaldas. Mas la guerra se perdió y las mismas leyendas lo comprueban. Su exaltación constituye uno de los primeros ejemplos de «propaganda de guerra». Cuando un país sufre una derrota, inventa o exagera «gloriosos episodios» sobre los que llamar la atención de los contemporáneos y de las futuras generaciones y distraerla del resultado final y conjunto. He aquí por qué los «héroes» prosperan sobre todo en los ejércitos derrotados. Los que vencen no tienen necesidad de ellos. César, por ejemplo, en sus Comentarios, no cita ninguno.

 

La rendición de la Urbe fue, como se dice hoy, incondicional. Tuvo que restituir a Porsenna todos los territorios etruscos. Los latinos se aprovecharon para atacar a su vez Roma, que logró, empero, salvarse con la batalla del lago Regilo donde los dióscuros. Castor y Pólux, hijos de Júpiter, fueron en su ayuda. De todos modos, al final de tantas desventuras, la Urbe que bajo el rey había sido la capital de un pequeño imperio, volvía a encontrarse con lo que hoy sería un distrito, que al norte no llegaba hasta Fregene y al sur se detenía antes de Anzio. Era una gran catástrofe y necesitó un siglo para recobrarse.

 

Pero aquella guerra hizo una víctima aún mayor: Tarquino. Había hecho ya las maletas para volver a Roma, tomar de nuevo el poder y perpetrar sus venganzas, cuando Porsenna le paró y le dijo que no se proponía restaurarle en el trono. ¿Se había dado cuenta de que la restauración monárquica era imposible, o desconfiaba de aquel intrigante que, una vez vuelto a la cabeza de su pueblo y de su ejército, tal vez olvidaría el favor recibido y comenzaría de nuevo a atormentar a Etruria?

 

Nos inclinamos por la segunda hipótesis. Etruria era un país anárquico, donde cada ciudad quería permanecer independiente y no admitía limitaciones a su propia autonomía. Tarquino habría hecho de Roma una ciudad definitivamente etrusca, pero de Etruria, una provincia definitivamente romana. Etruria no lo quiso, y le costó caro. La Liga que Porsenna había puesto trabajosamente en pie en aquella ocasión, se disolvió antes de que su ejército confederado pudiese restablecer las comunicaciones con las colonias etruscas del Mediodía, que entretanto estaban dentelladas por los griegos. El lucumón volvió a Chiusi y allí se encerró, mientras los griegos avanzaban por el sur y se perfilaba por el norte otra terrible amenaza: la de los galos que bajaban de los Alpes e inundaban a las colonias etruscas del valle del Po. Mas tampoco frente a ese peligro encontró Etruria su unidad, aquella unidad que Tarquino quería darle con el signo y el nombre de Roma. El viejo rey siguió intrigando, pero inútilmente. Las victoriosas ciudades del Lacio, con Veyes a la cabeza, colaboraron en impedir su retorno Preferían tener que vérselas con una Roma republicana, cuyas dificultades internas conocían todos y, por tanto, su incapacidad para intentar un desquite, que, en efecto, tardó un siglo en perfilarse.

 

Las «liberaciones» siempre cuestan caras. Roma pagó la suya, del rey, con el Imperio. Había empleado dos siglos y medio para conquistar la hegemonía sobre la Italia central y la alcanzó bajo la guía de siete soberanos. La República, para permanecer tal, tuvo que renunciar a todo aquel escaso patrimonio.

 

¿Qué cosa, pues, no había funcionado, bajo la monarquía, para inducir a los romanos, con tal de deshacerse de ella, a tal renuncia?

 

No había funcionado la cochura, es decir, la fusión entre las razas y las clases que constituyen su pueblo. Los primeros cuatro reyes habían mortificado al elemento etrusco que constituía la Burguesía, la Riqueza, el Progreso, la Técnica, la Industria, el Comercio. Los últimos tres habían mortificado al elemento latino y sabino que constituían la Aristocracia, la Agricultura, la Tradición y el Ejército, que hallaban su expresión política en el Senado. Y ahora el Senado se vengaba. Se vengaba con la República, que fue exclusivamente obra suya.

 

A partir de entonces todo fue republicano en Roma, incluso y especialmente la Historia, que comenzó a ser narrada de modo a desacreditar cada vez más el período monárquico y los grandiosos éxitos que bajo éste Roma había conseguido. Esto no debe ser olvidado al leerse los libros de Historia romana, que coacuerdan en hacer coincidir el inicio de la grandeza de la Urbe con el momento en que fue expulsado el último Tarquino.

 

Más no era verdad. Roma había sido ya una poderosa capital en tiempos de los reyes, y es en buena parte gracias a su obra que volverá a serlo. Los austeros magistrados que ocuparon sus puestos y ejercieron el poder «en nombre del pueblo», encontraron constituidas ya en ella las premisas de los futuros triunfos: una ciudad bien organizada desde el punto de vista urbanístico y administrativo, una población cosmopolita y llena de recursos, una élite de técnicos de primera calidad, un Ejército experimentado, una Iglesia y una lengua codificadas ya, una diplomacia que había hecho su aprendizaje estableciendo y rompiendo alianzas un poco con todos los vecinos de casa.

 

Aquella diplomacia fue hábil incluso en el momento de la catástrofe. Se apresuró a estipular dos tratados: uno con Cartago para asegurarse la tranquilidad por la parte del mar, y otro, con la Liga Latina para asegurársela por la parte de tierra. Ambos implicaban las más radicales renuncias. En el mar, Roma abandonaba toda pretensión sobre Córcega, Cerdeña y Sicilia, que además se comprometía a no rebasar con sus naves y donde tan sólo podía abastecerse sin poner los pies en ellas. Mas era una renuncia que le costaba poco, dado que no poseía aún flota digna de este nombre.

 

Más dolorosas eran las de tierra, sancionadas por el cónsul Espurio Casio al término de las hostilidades con Veyes y sus aliados. Roma quedó dueña tan sólo de quinientas millas cuadradas y tuvo que aceptar ser equiparada a las demás ciudades en la Liga Latina. El foedus, o sea el pacto de 493 antes de Jesucristo, comienza con estas enfáticas palabras: Haya paz entre los romanos y todas las ciudades latinas mientras la posición del cielo y de la tierra siga siendo la misma..

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La posición del cielo y de la tierra no había cambiado en nada cuando, menos de un siglo después, la República romana reemprendió el camino de la guerra a mitad del cual se habían detenido sus antiguos reyes y no dejó a las ciudades latinas ni los ojos para llorar.

 

Desde entonces las alianzas entre los Estados han continuado estableciéndose con el propósito de que duren hasta que la posición del cielo y de la tierra siga siendo la misma. Y, a distancia de pocos o de muchos años, uno de los contratantes termina infaliblemente como Veyes. Mas los diplomáticos insisten en usar aquella fórmula, u otra equivalente, y los pueblos en creer en ella.