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domingo, 1 de enero de 2017

LOS CUATRO EFÍMEROS EMPERADORES Y LA DINASTÍA FLAVIA


EMPERADOR VESPASIANO


Quien echó involuntariamente una mano a los cristianos fue un emperador que tenía ojeriza a los hebreos y cometió el error imperdonable de perseguirlos, ayudando, con su dispersión por el Mundo, a la difusión de la nueva Fe.

 

Vespasiano subió al trono el año 70, después del espantoso interregno que siguió a la muerte de Nerón, con el que acabó la dinastía de los Julios Claudios. Le sucedió el general rebelde Galba, un aristócrata no peor que muchos otros, calvo, gordo, con las coyunturas embotadas por la artritis y la manía del ahorro. Su primer gesto, apenas proclamado emperador, fue ordenar a cuantos habían recibido donaciones de Nerón que los devolvieran al Estado. 

LOS CUATRO EMPERADORES:
GALBA, OTÓN, VITELIO Y VESPASIANO

Y esto le costó el trono y la vida, pues entre los beneficiados se hallaban los pretorianos que, al encontrarle, tres meses después de su proclamación en el Foro, adonde él se hiciera llevar en una litera, le decapitaron, le cortaron los brazos y los labios y proclamaron sucesor suyo a Otón, un banquero que había hecho quiebra fraudulenta y que prometía administrar las finanzas públicas con la misma despreocupación con que había regido las suyas particulares.



A esta noticia, el ejército destacado en Germania a las órdenes de Aulo Vitelio y el desplazado en Egipto a las de Vespasiano, se rebelaron y marcharon sobre Roma. Llegó primero Vitelio, el cual enterró a Otón, que ya se había suicidado, se proclamó emperador, se entregó a su pasión preferida, la de las comidas luculianas, y por seguir hartándose de cordero lechal descuidó ir al encuentro de las fuerzas de Vespasiano que, entretanto, habían desembarcado. La sangrienta batalla de Cremona decidió la suerte, de aquella guerra de sucesión. Vitelio fue derrotado y los romanos se divirtieron la mar con la matanza que siguió en su propia ciudad. Tácito cuenta que la gente se apiñaba en las ventanas y los tejados para asistir a aquella carnicería, apostando por los contendientes como si se hubiese tratado de un partido de fútbol. Entre muerte y muerte, los combatientes irrumpían en las tiendas, las saqueaban y les pegaban fuego; o bien desaparecían en los portones engatusados por alguna prostituta y mientras yacían con ella eran apuñalados por un nuevo cliente del partido contrario. Vitelio, que fue capturado en su escondite, donde, por cambiar, banqueteaba, fue arrastrado desnudo por la ciudad con un nudo al cuello, tiroteado con excrementos, torturado con estudiada lentitud y echado por fin al Tíber.

MUERTE DEL EMPERADOR VITELIO

La ciudad que se divertía con el fratricidio, los ejércitos que se rebelaban, los emperadores que quedaban sumidos en estiércol, en esto se había convertido la capital del Imperio.

 

Tito Flavio Vespasiano había vivido en ella muy poco. Nacido en provincias, en Rieti, había abrazado después la carrera militar que le llevó un poco a todas partes. No era noble. Procedía de la pequeña burguesía. Las distinciones y su estipendio se los había ganado con mil sacrificios y honraba ante todo dos virtudes: la disciplina y el ahorro. Tenía sesenta años cuando subió al trono, pero los llevaba bien. Completamente calvo, tenía el rostro abierto, tosco y franco, enmarcado por dos orejas inmensas y peludas. Detestaba a los aristócratas, les consideraba unos zánganos, no sufrió nunca la tentación esnobista de hacerse pasar por uno de ellos, y cuando un heráldico, precisamente para ennoblecerle, fue a comunicarle que había buscado sus orígenes y descubierto que se remontaban a Hércules, estalló en una carcajada como para derribar las paredes y hacer entrar en sospecha de que en aquella adulación había algo de verdad. Cuando recibía a algún dignatario le palpaba la túnica para comprobar si era de tela demasiado fina y le olfateaba para cerciorarse de si olía a agua de colonia. No soportaba esas sofisticaciones.

 

Lo primero que hizo fue reorganizar el Ejército y las finanzas. El Ejército lo adjudicó en arriendo a los oficiales de carrera, casi todos provincianos como él. Para las finanzas escogió el camino más expedito: el de vender, a precios carísimos, los altos cargos públicos, al mejor postor. De todos modos —decía—, todos son ladrones, y en cierto modo les fomentamos a serlo. Mejor es que vayan adelante restituyendo al Estado un poco de lo que roban.» El mismo método siguió para reorganizar el fisco. 


Lo confió a funcionarios escogidos entre los más rapaces y esquilmadores y les soltó con plenos poderes en todas las provincias del Imperio. Figuraos qué comilonas para las poblaciones pobres. Jamás la tributación de Roma había funcionado con tal despiadada puntualidad. Pero cuando la rapiña estuvo consumada, Vespasiano llamó a Roma a los ejecutadores, les elogió y les confiscó todas las ganancias, con las que, una vez equilibrado el presupuesto, resarció a las víctimas. 

VESPASIANO SUPERVISANDO LA CONSTRUCCIÓN DEL COLISEO

Su hijo Tito, que era un puritano lleno de escrúpulos, fue a protestar de aquel sistema que repugnaba a su beato y cándido sentido de la virtud. «Yo hago de sacerdote en el templo —contestóle el padre—. Con los bandidos, hago el bandido.» Y para aumentar los ingresos inventó aquellas pequeñas construcciones que todavía llevan precisamente el nombre de vespasianas, estableciendo un impuesto a los que las usaban y una multa a los que no las usaban. No había elección. Quien lo hacía fuera pagaba más que quien lo hacía dentro. También por esta medida Tito elevó sus protestas. Su padre le puso debajo de la nariz un sestercio y le preguntó: «¿Huele a algo?»

 

Ese hijito delicado y bondadoso, al que amaba tiernamente, era la mayor preocupación de aquel soberano escéptico, que no pretendía reformar a la Humanidad y abolir sus vicios, sino solamente mantenerla en su sede.


 Para que fuese adquiriendo práctica en el gobierno de los hombres, le encargó que restableciera el orden en Palestina, donde había estallado la última y más terrible revolución. Los hebreos defendieron Jerusalén con un heroísmo sin precedentes. Según un historiador suyo, murieron dos millones de ellos; según Tácito, seiscientos mil. Para llegar al cabo de la resistencia, Tito entregó la ciudad a las llamas, que destruyeron incluso el Templo. 


De los supervivientes, algunos se suicidaron, otros fueron vendidos como esclavos y otros huyeron. Su dispersión, comenzada seis siglos antes, convirtiese en la verdadera y propia diáspora. Y así como en la mochila de los soldados de Napoleón estaban los Derechos del hombre, en el saco de muchos de aquellos pobres emigrantes estaba el Verbo de Cristo.

 

Vespasiano, enorgullecido, tributó a Tito un triunfo algo desproporcionado con el valor militar de aquella empresa y en su honor hizo construir el famoso arco cuyo nombre ostenta. 


Pero con gran espanto suyo, vio que su hijo pasaba por debajo llevando consigo como botín a una agraciada princesa hebrea, Berenice. No tenía nada que oponer a que la tuviese por amante; pero lo malo era que Tito quería casarse con ella, alegando que la había «comprometido».


 Vespasiano no comprendía por qué aquel muchacho quería confundir el amor, pasajero y voluble capricho, con la familia, institución seria y permanente. Desde que quedara viudo, también él había tomado una concubina, pero sin casarse con ella. ¿Por qué Tito no hacía otro tanto, quedándose con Berenice como concubina? Nos parece oír hablar a nuestro papá, cuando le pedíamos permiso para casarnos con una cupletista. Y, como nosotros, también Tito renunció finalmente a la cupletista.

 

Poco después le tocó a él hacer de emperador. Tras diez años de sabio reinado, el más sabio que gozara Roma después de Augusto, Vespasiano volvió un día a Rieti de vacaciones. Iba allí con frecuencia para volver a ver a sus amigos de juventud, a hacer con ellos una batida de liebres, cuatro charlas, una comida de habichuelas con corteza de tocino y echar una partidita de dados que eran sus pasatiempos favoritos. Se le ocurrió la mala idea de enjuagarse los ríñones con agua de Fuente Cottorella. Sea que la cura no fuese la adecuada, o que hubiese equivocado las dosis, el hecho es que fue presa de cólicos y en seguida se dio cuenta de que no había remedio: «Vete! —dijo guiñando el ojo, sin renunciar siquiera en aquel momento a su habitual y tosco buen humor—. Puto deus fio.» (Ay, ay, me parece que me vuelvo un dios.) Pues en aquella Roma de zalemas y adulaciones era ya costumbre divinizar a todos los emperadores cuando morían. Después de tres días y tres noches de disentería, amarillo como un limón y con la frente empapada en sudor, tuvo aún fuerzas para levantarse, miró a los circunstantes que a su vez le contemplaban asustados y, riéndose a carcajadas para poner de manifiesto que se daba cuenta de la tontería que estaba cometiendo: «Ya sé, ya sé... —farfulló—. Pero, ¿qué queréis? ¡Un emperador debe morir de pie!»

EMPERADOR VESPASIANO

Y de pie murió, el año 79, aquel burgués nacido para morir como todos los burgueses: tendido en una cama; y, como actor concienzudo, obligado a interpretar un papel que no era el suyo.
 
EMPERADOR TITO
Tito, que le sucedió, fue el más afortunado de los soberanos porque no tuvo tiempo de cometer errores, como sin duda le hubiese ocurrido por mor no de sus defectos, sino de sus virtudes; la bondad, el candor y la generosidad. No firmó ninguna sentencia de muerte. Cuando se enteró de un complot, mandó un mensaje de admonición a los conjurados y otro tranquilizador a sus madres. En sus dos años de reinado, Roma sufrió un terrible incendio, Pompeya fue sepultada por el Vesubio e Italia devastada por una tremenda epidemia. Para reparar los daños, Tito agotó el Tesoro. Por asistir personalmente a enfermos, se contagió y perdió la vida, a los cuarenta y dos años, llorado por todos, menos por su hermano, Domiciano, que le sucedió en el trono.

EMPERADOR DOMICIANO

No sabemos qué juicio de conjunto podemos dar de este último representante de la dinastía de los Flavios. Entre los escritores que vivieron en su tiempo. Tácito y Plinio han dejado un retrato de lo más negro, y Estacio y Marcial de lo más rosa. No están de acuerdo ni siquiera sobre su aspecto físico: los primeros le describen calvo y barrigudo y de piernas raquíticas; los segundos, hermoso como un arcángel, tímido y dulce. Sin duda debió de haber sufrido mucho por la preferencia que Vespasiano había tenido siempre hacia Tito. Y cuando el padre falleció, presentó su pretensión a la mitad del poder. Tito se la ofreció. Domiciano rehusó y se puso a conspirar. Dión Casio sostiene que cuando su hermano cayó enfermo, apresuró su muerte cubriéndole de nieve.

EMPERADOR DOMICIANO

Su reinado es un poco parecido al de Tiberio, a quien tenemos la impresión de que, como hombre, se le parecía. Idéntico fue el comienzo: cuerdo y prudente, con alguna vena de austeridad puritana. El cargo que más le interesó fue el de censor, mediante el cual podía controlar las costumbres; y los ministros de quienes se rodeó eran técnicos calificados particularmente para reconstruir la ciudad devastada por el incendio. No quiso guerras. Y cuando Agrícola, gobernador de Britania, intentó llevar los confines del Imperio hasta Escocia, le destituyó. Tal vez fue éste su error más grave, pues Agrícola era suegro de Tácito, que le adoraba y que asumió la tarea de juzgar a los hombres de su tiempo. Es natural que hubiera dejado tan malparado a aquel pobre soberano.
 
EMPERADOR DOMICIANO
Desgraciadamente, para obtener la paz hace falta que sean dos en desearla. Y Domiciano tuvo que ver con los dacios, que no la querían. Éstos cruzaron el Danubio, derrotaron a los generales romanos, y obligaron al emperador a tomar las riendas del Ejército. Lo estaba conduciendo muy bien, cuando Antonio Saturnino, gobernador de Germania, se rebeló con algunas legiones, obligándole a una paz prematura y desfavorable con los dacios y metiéndole en el cuerpo la obsesión de las conjuras. 


Aquel que hasta entonces había gobernado más bien como un Cromwell, tornóse un Stalin, y para salvar su propia «personalidad» instauró el «culto» más descomedido de ésta. Se instaló en un trono de verdad, quiso ser llamado «señor y dios nuestro», y pretendió que los visitantes le besasen los pies. También él expulsó de Italia a los filósofos porque impugnaban su absolutismo, cortó la cabeza a los cristianos porque rechazaban su divinidad y dio preferencia a los delatores porque creía que le protegían de los enemigos. Los senadores le odiaban, le incensaban y apechugaban con sus sentencias de muerte. Y entre estos senadores se hallaba también Tácito, su futuro y despiadado juez.
 
DOMICIA LONGINA
En un ataque de manía persecutoria se acordó de que su propio secretario, Epafrodito, era el mismo que un cuarto de siglo antes había ayudado a Nerón a cortarse la carótida. Y temiendo que hubiese adquirido el vicio de repetirlo, le condenó a muerte. Entonces todos los demás funcionarios de palacio se sintieron amenazados, organizaron una conjura y llamaron a que participase en ella también a la emperatriz Domicia. Le apuñalaron por la noche. Domiciano se defendió salvajemente hasta el último momento. Tenía cincuenta y cinco años y había reinado durante quince, primero como el más prudente y después como el más nefasto de los soberanos. 


Así terminó, también en la oscuridad de donde había salido, la segunda dinastía de los sucesores de Augusto. De diez emperadores que se sucedieron en el espacio de ciento veintiséis años (desde el 30 antes de Jesucristo hasta el 96 después de Jesucristo), siete murieron asesinados. Había algo en el sistema que no funcionaba, que tornaba sanguinarios hasta a hombres dispuestos al bien; algo más decisivo que el mismo mal hereditario que tal vez corrompía la sangre de los Julio Claudios.

 


Y este algo hay que buscarlo en la sociedad romana, en la transformación que había ido experimentando en los últimos tres siglos.




sábado, 31 de diciembre de 2016

DION CRISÓSTOMO

Dion Crisóstomo (Δίων Χρυσόστομος), Dion de Prusa o Dion Coceyo (ca. 40 – ca. 120) fue un orador, escritor, filósofo e historiador griego del Imperio romano que floreció en el siglo I. Se conservan ochenta de sus Discursos. Su sobrenombre Χρυσόστομος significa en griego literalmente «boca de oro».
 
Nació en Prusa, (actual Bursa), en la provincia romana de Bitinia (actualmente parte del noroeste de Turquía). Su fecha de nacimiento se considera comprendida entre el 40 y el 45 d. C. Se convirtió en un cínico y un estoico, y se le considera parte de la seguda escuela sofista de filósofos griegos. Aparentemente vivió en Roma durante el reinado de Tito, pues escribió sobre una escandalosa relación que el emperador tuvo con el púgil Melancomas. Fue crítico con el emperador Domiciano, quien le expulsó de Roma, Italia y Bitinia en el 82 por aconsejar a uno de sus parientes conspiradores. Durante su exilio aparentemente viajó ampliamente por el Imperio, a menudo vestido con harapos y realizando labores manuales. Después de que Domiciano fuese asesinado en el 96, se dice que Dion habló a un campamento de tropas romanas amotinadas y los persuadió para que aceptasen la voluntad del pueblo romano. Bajo el reinado del emperador Nerva terminó su exilio y adoptó más tarde el apellido Coceyo para honrar el apoyo prestado por él, cuyo nombre completo era Marco Coceyo Nerva. Tras la muerte de Nerva se hizo amigo íntimo del emperador Trajano. En sus últimos años Dion regresó a Prusa, donde aparentemente tuvo cierto estatus, pues hay registros de su participación en un pleito sobre renovación urbana sobre el 111. Se cree que murió algún tiempo después del 112, posiblemente entre el 115 y el 120.
 
Sus Discursos cubren un amplio rango de temas y parecen ser versiones escritas de sus charlas. Algunos de estos pueden haber sido preparados para representarlos a Trajano en ocasiones especiales. Los temas incluyen la monarquía, el estilo de vida de Diógenes de Sinope, el vicio y la virtud, la libertad, la esclavitud, la riqueza, la avaricia, la guerra, las hostilidad y la paz, el buen gobierno y otras cuestiones morales. También razonó fuertemente contra permitir la prostitución.
 
Fue contemporáneo de Plutarco, Tácito y Plinio el Joven. Aunque no escribió sobre los cristianos como tales, su filosofía ha sido considerada un paralelo moral con la de Pablo de Tarso, e indica que los primeros griegos cristianos recurrieron a las filosofías cínica y estoica cuando desarrollaba su fe. Siendo un estoico, también abogaba por vivir de acuerdo con la naturaleza y llevar una vida sencilla.
 
No debe confundírsele con Dion Casio, nieto suyo, que también fue un historiador de los romanos, ni con el obispo del siglo IV Juan Crisóstomo de Antioquía.


miércoles, 14 de diciembre de 2016

LAS DIVERSIONES DE LOS ROMANOS: TEATRO Y CIRCO


Cuando Augusto asumió el poder, el calendario romano contenía setenta y seis días festivos, aproximadamente como hoy; cuando su último sucesor lo dejó, había ciento setenta y cinco, o sea que era festivo un día sí y otro no. Se celebraban con ludes escénicos y con juegos atléticos.


Los ludes escénicos ya no eran el clásico drama, pomposo y solemne, que se extinguió, tras una breve duración, mucho más rápidamente de lo que había nacido. Hay algo en el aire, no sólo de Roma, sino de toda Italia, que provoca alergia teatral. Se continuó escribiendo dramas también en el primer siglo del Imperio, pero como ejercicios poéticos que encontraban algún auditor en los salones donde los leía el autor, no espectadores en los teatros y actores para representarlos. 



Un público tosco, compuesto en buena parte de extranjeros que sólo conocían un latín elemental, prefería la pantomima donde la trama se entiende no por la palabra, sino por el gesto y la danza. Se formó entonces la tradición del «caricato», ordinario y vulgar, que entorna los ojos, hace visajes, gesticula y en quien se inspiran aún hoy nuestros actores.



 Roma tuvo sus Totó y Macario en Esopo y Roscio, las vedettes de aquel tiempo, que cometían extravagancias para crearse publicidad, hacían delirar a los patios de butacas con sus sketches zafios y llenos de doble sentido, llegaron a ser los niños mimados de los salones aristocráticos, tomaban como amantes a las damas más notables, ganaban un montón de millones y dejaban en herencia miles de millones.



 En sus compañías había también mujeres, las girls de la época, que por estar equiparadas oficialmente por su profesión a las prostitutas, ya no tenían nada que perder en cuestión de pudor y contribuían sin recato a la obscenidad de los espectáculos.

 

El ansia de aplausos inducía con frecuencia a esos actores a interpretar escenas llenas de alusiones políticas ante las narices de la censura, como siempre ocurre en los regímenes de tiranía, cuando nadie se atreve a decir nada, pero todos se embelesan ante quien lo hace. La noche del entierro de Vespasiano, un actor parodió el cadáver de éste que se erguía dentro del féretro y preguntaba a los sepultureros; «¿Cuánto cuesta este transporte?» «Diez millones de sestercios.» «Bueno, dadme cien mil —respondió el cadáver— y tiradme al Tíber.» Lo que era, hay que reconocerlo, una salida a tono con el carácter del difunto. Al impío no le pasó nada porque el sucesor era Tito. Pero poco antes Calígula había hecho quemar vivo al autor de una alusión mucho más timorata.

 

Mientras el teatro degeneraba de tal modo en espectáculo de variedades, el auge del Circo iba cada vez más en aumento. Carteles murales como los que hoy anuncian las películas anunciaban los espectáculos atléticos. Constituían el tema del día, se discutían apasionadamente en el hogar, en la escuela, en el Foro, en las termas, en el Senado y hasta el diario Acta diurna publicaba anuncios y reseñas. 


El día de la competición, multitudes de ciento cincuenta a doscientas mil personas se encaminaban hacia el Circo Máximo, como hoy al estadio, luciendo pañuelos con los colores del equipo favorito. Los hombres hacían una pausa en los burdeles que se alineaban a los lados de las entradas. Los dignatarios ocupaban palcos con asientos de mármol ornados de bronce.



 Los demás se acomodaban en bancos de madera, tras haber ido a escarbar en los excrementos de los caballos para asegurarse de que habían sido alimentados debidamente, haberse empeñado hasta la camisa en las apuestas y procurándose un bocadillo y una almohadilla, pues el espectáculo duraba todo el día. El emperador tenía, desde luego, para sí mismo y su familia, un apartamento con dormitorios para descabezar un sueñecito entre competición y competición, el consabido baño para las abluciones y otras comodidades.

 

Como hoy, caballos y jinetes pertenecían a cuadras particulares, cada una con su propia casaca de las que eran más famosas las rojas y las verdes. Las carreras a galope alternaban con las al trote con dos, tres o cuatro caballos. Esclavos casi todos ellos, los aurigas portaban yelmos metálicos, con una mano sujetaban las riendas, con la otra la fusta, y en el tahalí un cuchillo con el que cortar los atalajes en caso de caída. Lo que sucedía con frecuencia, porque la carrera era espantosa, como lo es hoy la del Palio en Siena. Había que recorrer siete circuitos, o sea otros tantos kilómetros, en torno a la pista elíptica, evitando las metae y tomando los virajes lo más cerrados posible. Los carruajes entraban fácilmente en colisión y bípedos y cuadrúpedos rodaban por el suelo con limonera y ruedas para ser aplastados por los que iban llegando detrás. Todo esto en medio de los aullidos de los espectadores que espantaban a los caballos.

 

Pero los números más esperados eran las luchas gladiatorias: entre animales, entre animal y hombre, entre hombres. El día en que Tito inauguró el Coliseo, Roma se quedó boquiabierta de admiración.

 
La arena podía ser bajada e inundada formando un lago, o bien emerger de nuevo con otra decoración, como un pedazo de desierto o de selva. Una galería de mármol estaba reservada a los altos dignatarios y en el centro se elevaba el suggestum, el palco imperial, con todos sus accesorios, donde el emperador y la emperatriz se sentaban en tronos de marfil. Cualquiera podía acercarse al soberano para impetrar una pensión, un traslado, el indulto para un condenado. En todos los rincones había fuentes que lanzaban al aire chorros de agua perfumada, y en las salas de descanso se preparaban mesas para un piscolabis entre número y número. Todo era gratuito: entrada, asiento, almohadilla, asado, vino.


El primer número consistió en la presentación de animales exóticos que los romanos no habían visto nunca todavía. Entre elefantes, tigres, leones, leopardos, panteras, osos, lobos, cocodrilos, hipopótamos, jirafas, linces, etc., desfilaron diez mil, muchos de ellos adornados caricaturescamente y parodiando personajes de la historia o la leyenda. Después la arena fue echada hacia abajo y resurgió adaptada a la lucha; leones contra tigres, tigres contra osos, leopardos contra lobos. Total, que al final del espectáculo sólo la mitad de aquellas pobres diez mil bestias estaba viva. La otra mitad había desaparecido en sus panzas. 



Luego la arena volvió a bajarse y resurgió en plaza de toros. La corrida, ya practicada por los etruscos, había sido importada después a Roma por César, que las había visto en Creta. Tenía una debilidad por esa clase de fiestas y fue el primero en ofrecer a sus conciudadanos un combate entre leones. El toreo gustó enormemente a los romanos que en seguida se apasionaron por él y a partir de entonces lo reclamaron siempre. Los toreros no conocían el oficio y por lo tanto estaban destinados a morir. Eran, en efecto, escogidos entre esclavos y condenados, como asimismo todos los gladiadores en general. Muchos de ellos ni siquiera combatían. 


Tenían que representar a algún personaje de la mitología y sufrir de verdad el trágico fin de aquél. Para reavivar la propaganda patriótica, uno era presentado como Mucio Escévola y obligado a quemarse la mano sobre los carbones ardientes; otro, como Hércules, era quemado vivo en la pira, y otro, como Orfeo, despedazado mientras tocaba la lira. Pretendían ser, en suma, espectáculos «edificantes» para la juventud y como tales no eran prohibidos en absoluto a los menores de dieciséis años, al revés que ahora.


Seguían los combates entre gladiadores, todos condenados a penas capitales por homicidio, robo, sacrilegio o motín, que eran los motivos por los cuales se aplicaba la pena de muerte. Mas cuando había escasez de aquéllos, complacientes tribunales condenaban también a muerte por otros delitos mucho menos graves; Roma y sus emperadores no podían prescindir de aquella carne humana de matadero. Sin embargo, había también voluntarios y no todos de baja extracción, que se inscribían en escuelas especiales para después combatir en el Circo. Eran tal vez las escuelas más serias y rigurosas de Roma. Se ingresaba en ellas casi como en un seminario, tras haber jurado estar dispuesto a hacerse «azotar, quemar y apuñalar». 


En los combates, los gladiadores tenían una probabilidad contra dos de convertirse en héroes populares, a quienes los poetas dedicaban sus poemas, los escultores sus estatuas, los ediles sus calles y las damas sus gracias. Antes del encuentro se les ofrecía un banquete pantagruélico. Y, si no vencían, tenían la obligación de morir con sonriente indiferencia. Se llamaban con varios nombres según las armas que empleasen y en cada espectáculo se celebraban centenares de esos duelos que hasta podían terminar sin muerte si el vencido, por haberse conducido valientemente, era indultado por la multitud con el ademán del pulgar alzado. 


En un espectáculo ofrecido por Augusto que duró ocho días, tomaron parte diez mil gladiadores. Guardias vestidos de Caronte y de Mercurio punzaban a los caídos con bieldos afilados para comprobar si estaban muertos, los simuladores eran decapitados y esclavos negros apilaban los cadáveres y traían arena limpia para los combates siguientes.


Este modo de divertirse con la sangre y la tortura no levantaba objeciones ni entre los moralistas más severos. Juvenal, que lo criticaba todo, era un «hincha» del Circo y lo encontraba del todo legítimo. Tácito tuvo algunas dudas, pero luego reflexionó que lo que se derramaba en la arena era «sangre vil» y con este adjetivo lo justificó. Hasta Plinio, el más civil y moderno hombre de bien de entonces, encontró que aquellas matanzas tenían un valor educativo porque acostumbraban a los espectadores al estoico desprecio de la vida (ajena). No hablemos de Estacío y de Marcial, los dos poetas ensalzadores de Domiciano, que se pasaban la vida en el Circo donde alcanzaron sus inspiraciones poéticas. Estacio era un napolitano que había adquirido cierta fama con un mal poema, Las Tebaidas, representado en los teatros; fue invitado a comer por el emperador y, para enterar de ello a toda Nápoles, escribió al respecto un libro en el que representaba a Domiciano como un dios y dedicándole sus Silvae, que son las únicas poesías legibles de ese autor. Murió a los cincuenta años, cuando ya su estrella estaba oscurecida por Marcial, que buscaba la inspiración sobre todo en el Circo y en el burdel.

Marcial era un español de Bílbilis que se trasladó a Roma a los veinticuatro años y gozó en ella la protección de sus compatriotas Séneca y Lucano. Pues entonces los españoles se ayudaban, como hacen hoy los sicilianos. No fue un gran poeta. Pero se anticipó a Longanesi con el «latido», que dejaba huellas como un mordisco. «Mis páginas huelen a hombres», decía, y es verdad. 


Sus personajes son de bajo rango porque los escogía en los ambientes mal reputados de prostitutas y gladiadores; pero precisamente por esto son vividos dentro de su vulgaridad y abyección. Él mismo era un tipo más bien innoble. Aduló a Domiciano, calumnió a sus bienhechores, vivió en los bajos fondos comiéndose el dinero en vino y jugando a los dados y en las apuestas hípicas.


 Pero sin saber lo que significaba la retórica, sus Epigramas han quedado como el más perfecto monumento del género y el testimonio que nos ha dejado de Roma es acaso el más auténtico. Acabó volviéndose a Bílbilis, situada cerca de la actual Calatayud, donde vivió, para cambiar, a costillas de un amigo que le regaló una villa y donde de Roma sólo añoró una cosa; el Circo, por no tener ya edad para añorar también la otra; los burdeles.


Tan sólo Séneca nos ha dejado una condenación de los juegos gladiatorios que dice no haber frecuentado nunca. Fue a visitar el Coliseo una sola vez y quedó aterrado. «El hombre, la cosa más sagrada para el hombre, aquí es matado por deporte y diversión», escribió al volver a su casa.


Pero el hecho es que ese deporte y diversión estaba ya a tono con el nivel moral de una Roma no cristiana todavía, pero tampoco pagana ya. El emperador que la dirigía era también el Sumo Sacerdote, o sea el papa de una religión de Estado que no encontraba nada que objetar a semejantes ignominias por la sencilla razón de que ya ella misma no creía en nada.


Celebraba las fiestas con una liturgia cada vez más complicada, elevaba templos cada vez más fastuosos y creaba nuevos ídolos, como Annona y Fortuna. Pero para sustentarlos sólo había capiteles de mármol. La fe, no. 


Ésta era monopolio de aquellos pocos centenares o millares de cristianos, sobre todo hebreos, que, en vez de ir al Circo a solazarse con la muerte de los hombres, se reunían en sus pequeñas ecclesiae a rezar por sus almas.