Mostrando entradas con la etiqueta ARISTÓBULO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ARISTÓBULO. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de diciembre de 2022

CARTA DE CNEO POMPEYO MAGNO DESDE JUDEA, A CAYO JULIO CÉSAR


¡Sigo teniendo problemas con los judíos, César! La última vez que te escribí estaba planeando reunirme con los dos hijos de la reina en Damasco, cosa que hice la primavera pasada. Hircano me impresionó y me pareció más apropiado que Aristóbulo, pero no quise que supieran a cuál de los dos prefería yo hasta que me hubiera ocupado de ese viejo granuja, el rey Aretas de Nabatea. Así que envié a los hermanos de vuelta a Judea bajo órdenes estrictas de mantener la paz hasta que supieran cuál era mi decisión: no quería que el hermano perdedor empezase a intrigar a mis espaldas mientras yo marchaba sobre Petra.

 

Pero Aristóbulo supuso cuál era la respuesta correcta, que yo pensaba entregarle el lote a Hircano, así que decidió prepararse para la guerra. No es muy listo, pero claro, supongo que todavía no me tenía tomadas las medidas. Pospuse la expedición contra Petra y marché hacia Jerusalén. Monté el campamento para rodear por completo la ciudad, que está muy bien fortificada y naturalmente bien situada para la defensa: valles rodeados de precipicios alrededor de la ciudad y otros accidentes del terreno por el estilo.

 

No bien hubo visto Aristóbulo aquel magnífico ejército de romanos acampado en las colinas que rodean la ciudad, vino corriendo a ofrecerme la rendición. Junto con varios asnos cargados hasta los topes con bolsas llenas de monedas de oro. Muy amable por su parte el ofrecérmelas, le dije, pero, ¿no comprendía que había echado a perder mis planes de campaña y le había costado a Roma una cantidad de dinero mucho mayor que la que contenían sus bolsas? Le expliqué que se lo perdonaría todo si él accedía a pagarme los gastos que supone trasladar tantas legiones hasta Jerusalén. Eso, le dije, haría que yo no tuviera que saquear el lugar para encontrar dinero con que sufragar dichos gastos. Me complació de muy buen grado.

 

Envié a Aulo Gabinio a recoger el dinero y a ordenar que abrieran las puertas de la ciudad, pero los seguidores de Aristóbulo optaron por resistirse. No quisieron abrirle las puertas a Gabinio e hicieron algunas cosas muy groseras encima de las murallas, un modo como cualquier otro de decir que iban a desafiarme. Yo retuve a Aristóbulo e hice avanzar al ejército. Aquello hizo que la ciudad se rindiera, pero no una parte de ella, donde se alza ese imponente templo, aunque más bien habría que llamarlo fortaleza. Unos cuantos miles de intransigentes se hicieron fuertes allí y se negaron a salir. Es un lugar difícil de tomar, y a mí nunca me ha entusiasmado el asedio. Sin embargo había que darles una lección, y se la di. Resistieron durante tres meses, luego me aburrí y tomé el lugar. Fausto Sila fue el primero en pasar por encima de las murallas; muy bonito en un hijo de Sila, ¿verdad? Buen chico. Pienso casarlo con mi hija cuando volvamos a casa, ella ya tendrá edad suficiente para cuando llegue ese momento. ¡Qué capricho tener al hijo de Sila como yerno! He subido en el mundo de lo lindo.

 

El templo era un lugar interesante, nada parecido a los nuestros. Ni estatuas ni nada de eso, y parece que te gruña cuando estás dentro. ¡Te digo que me puso los pelos de punta! Leneo y Teófanes -echo de menos terriblemente a Varrón- querían ir detrás de esa cortina y entrar en lo que ellos llaman el Sancta Sanctorum. También querían entrar Gabinio y algunos otros. Seguro que está lleno de oro, decían. Bueno, lo estuve pensando, César, pero al final dije que no. Nunca puse los pies allí dentro, ni dejé que los pusiera nadie. Pero para entonces ya les había tomado las medidas yo a ellos. Un pueblo realmente muy extraño. Como para nosotros, la religión forma parte del Estado también para ellos, pero son muy diferentes de nosotros en ese aspecto. Yo diría que son fanáticos religiosos, en realidad. Así que di órdenes para que nadie los ofendiera en cuestión de religión, desde los soldados rasos hasta mis legados de más categoría. ¿Por qué remover un avispero cuando lo que yo quiero de una punta a la otra de Siria es paz, orden y reyes clientes obedientes a Roma, sin trastocar las costumbres locales ni las tradiciones? Cada lugar tiene su mos maiorum.

 

Instauré a Hircano como rey y sumo sacerdote a la vez, e hice prisionero a Aristóbulo. Eso es porque conocí a Antípatro, el príncipe idumeo, en Damasco. Un tipo muy interesante. Hircano no resulta impresionante, pero confío en Antípatro para que lo maneje... en la dirección conveniente para Roma, desde luego. Ah, sí, no se me olvidó informarle a Hircano de que él no está ahí por la gracia de su dios, sino por la gracia de Roma; que él no es más la marioneta de Roma y que estará siempre debajo del pulgar del gobernador de Siria. Antípatro me sugirió que le endulzase esa taza de vinagre diciéndole a Hircano que debería canalizar la mayor parte de sus energías en el sumo sacerdocio... ¡Muy inteligente, ese Antípatro! Y me pregunto, ¿sabrá él que yo estoy al corriente de cuanto poder civil ha usurpado sin levantar siquiera un dedo para guerrear?

 

No dejé Judea exactamente tan grande como era antes de que esos dos hermanos tan tontos atrajesen mi atención hacia ese lugar insignificante. A todos los lugares en los cuales los judíos eran minoría los obligué a formar parte oficialmente de la provincia romana de Siria: Samaria, las ciudades costeras, desde Jope a Gaza, y las ciudades griegas de la Decápolis, todas ellas consiguieron la autonomía y se convirtieron en sirias.

 

Todavía sigo poniendo orden, pero parece que por fin esto toca a su fin. Espero estar de regreso en casa a finales de este año. Lo cual me lleva al tema de los deplorables acontecimientos del año pasado y principios de éste. En Roma, me refiero. César, no puedo agradecerte bastante la ayuda que le has prestado a Nepote. Tú lo intentaste, pero... ¿por qué tuvimos que permitirle a ese pelma mojigato de Catón que ocupase su cargo? Lo ha echado todo a perder. Y, como sabes, no me queda ni un solo tribuno de la plebe que valga la pena ni para mear encima de él. ¡Ni siquiera puedo encontrar uno para el año que viene!

 

Me llevo conmigo a casa verdaderas montañas de botín, el Tesoro no tiene sitio ni para empezar a dar cabida a la parte de ese botín que le corresponde a Roma. A las tropas, sólo en primas, les han correspondido dieciséis mil talentos. Por ello me niego rotundamente a hacer lo que siempre he hecho en el pasado, conceder a mis soldados la ocupación de tierras de mi propiedad. Esta vez Roma puede darles las tierras. Ellos se lo merecen, y Roma se lo debe. Así que aunque muera en el intento, me encargaré de que reciban tierras del Estado. Confío en que tú hagas lo que puedas al respecto, y si por casualidad tienes a algún tribuno de la plebe que se incline a pensar como tú, con gusto compartiría lo que costase contratarle. Nepote dice que va a haber una gran pelea a causa de las tierras, y no es que yo no me lo esperase. Hay demasiados hombres poderosos que tienen alquiladas tierras públicas para sus latifundia. Algo que demuestra muy poca vista por parte del Senado.

 

Por cierto, he oído un rumor y me pregunto si tú también lo habrás oído. Que Mucia está siendo una niña mala. Le pregunté a Nepote, y se subió tanto por las ramas que me pregunté si volvería a bajar alguna vez. Bueno, los hermanos y las hermanas tienden a hacer bando juntos, así que es natural que a él no le gustase mi pregunta. De todos modos, estoy haciendo investigaciones. Si hay algo de verdad en ello, adiós a Mucia. Ha sido una buena esposa y madre, pero no puedo decir que la haya echado mucho de menos desde que me marché.


( C. McC. )



sábado, 6 de mayo de 2017

PLUTARCO DICE SOBRE DISFRUTAR DEL SEXO CON MUJERES


¿Quién gozaría más yaciendo con la mujer más hermosa que manteniéndose en vela con lo que escribió  Jenofonte sobre Pántea, o Aristóbulo de Timóclea, o Teopompo de Tebe?

( Plutarco en "Sobre la imposibilidad de vivir placenteramente siguiendo a Epícuro")



























domingo, 4 de septiembre de 2016

SALOMÉ ALEJANDRA


 


Salomé Alejandra (141 a. C.1 o 139 a. C.–67 a. C.) (en hebreo שלומציון Shelomtzion o ShlomTzion o "Shelomit") fue una regente y reina de Judea, perteneciente a la dinastía asmonea. Reinó desde el año 76 a. C. hasta su muerte, en el 67 a. C. Fue la última gobernante que rigió un estado judío totalmente independiente en Israel, hasta la formación del estado moderno de Israel.
 

Salomé Alejandra fue esposa del rey Aristóbulo I (104 a. C.-103 a. C.), y tras la muerte de éste puso en el trono a Alejandro Janneo, hermano menor del difunto rey. Siguiendo la ley del levirato, Alejandro Janneo se casó con Salomé Alejandra. Reinaron juntos entre los años 103 y 76 a. C. En su lecho de agonía, Alejandro Janneo no quiso dejar el reino a ninguno de sus hijos y encargó el gobierno a Salomé Alejandra, que era querida por la multitud, porque pensaban que ella se había opuesto a las crueles medidas de su marido. Había tenido dos hijos con Alejandro: Hircano II, el mayor, al que hizo sumo sacerdote porque era indolente e incompetente, y Aristóbulo II, al que limitó a la vida privada porque era muy impulsivo.
 

Siguiendo las instrucciones que le dio su esposo en su lecho de muerte, Salomé Alejandra favoreció a los fariseos, la secta judía más estricta en la observancia de las leyes. Ellos se convirtieron en los verdaderos gobernantes de la nación, aunque Alejandra administró con gran sabiduría, doblando los efectivos del ejército e intimidando a los gobernantes vecinos. Pero si ella gobernaba a los judíos, los fariseos la gobernaban a ella. Estos la apremiaron a que diera muerte a los que habían aconsejado a Alejandro a crucificar a los 800 cabecillas fariseos, y ellos mismos comenzaron a matarlos uno por uno. Entre las víctimas se contó un tal Diógenes de Judea, prominente miembro del partido saduceo. Los perseguidos encontraron en Aristóbulo un defensor, quien persuadió a su madre que los perdonara. Pero tuvieron que irse de Jerusalén y esparcirse por el país, recluyéndose en algunos pueblos fortificados.
 

Durante el reinado de Salomé Alejandra ocurrió también la invasión de Tigranes II de Armenia, quien llegó con un ejército de 300.000 hombres, y puso sitio a Ptolemaida. Alejandra envió embajadores a Tigranes con valiosos regalos, pidiendo un tratado de paz, pero Tigranes fue repentinamente reclamado a Armenia para hacer frente a la invasión del general romano Lúculo.
 

Algún tiempo después, la reina cayó gravemente enferma, y su hijo Aristóbulo II aprovechó esta oportunidad para hacerse con el poder. Salió a escondidas de Jerusalén por la noche, reunió un ejército, ocupó 22 fortalezas en quince días y tomó la mayor parte del país. Alejandra murió en el 67 a. C. después de haber reinado nueve años. La sucedió su hijo Hircano II. Dejó al país al borde de la guerra civil entre sus hijos, lo que favorecería la intervención de los romanos en los asuntos judíos.















domingo, 31 de julio de 2016

ACCIÓN DE CNEO POMPEYO MAGNO EN EL ORIENTE

El Oriente amenazaba a Roma: los bárbaros tracios se infiltraban en Macedonia; en las fronteras de Bitinia, Mitrídates se agitaba nuevamente con ayuda de su yerno, el rey de Armenia; por último los piratas instalados en la costa sur del Asia Menor interceptaban los navíos cargados de trigo de Egipto para el aprovisionamiento de la capital. Pompeyo, un general ambicioso, era el más indicado para hacer frente a ese triple peligro, pero reclamaba el alto mando de la marina y de las tropas de tierra hasta 70 kms. al interior de la costa. Al fin tuvieron que ceder a sus exigencias y Pompeyo partió con 500 navíos y con 20 legiones bajo su mando.
 En menos de tres meses Pompeyo acabó con las correrías de los piratas y destruyó sus ciudades de refugio; reorganizó luego esa región de la cual hizo la provincia de Cilicia (67). Luego venció a Mitrídates y transformó su reino en provincia romana del Ponto. El imperio seléucida en decadencia era una presa fácil para los partos; si lograban adueñarse del corredor sirio-palestino, esos enemigos tradicionales de Roma tendrían una puerta abierta al Mediterráneo y cortarían la ruta terrestre que unía el Egipto con las provincias romanas de Asia Menor.


Pompeyo, pues, se dirigió a Siria y la convirtió en una provincia romana. Prosiguió luego su camino a Jerusalén: Antipater, Hircano II y Aretas de Nabatea por un lado, y Aristóbulo por otro, llegaron a pedirle su arbitraje. Como Pompeyo tardase en pronunciarse, Aristóbulo se le adelantó y se apoderó de Jerusalén, en donde se encerró. Inmediatamente Pompeyo ordenó a Aretas que regresara a su Nabatea, luego marchó a Jerusalén donde estaban atrincherados Aristóbulo y sus hombres. Al cabo de tres meses de sitio se apoderó de la ciudad; eso fue una carnicería. Pompeyo se paseó por el templo como un turista y hasta se permitió entrar en el Santo de los Santos. Al igual que, en los días de Nabucodonosor, la destrucción del santuario había sido vista como el castigo por las infidelidades de Israel, esta vez también los hombres piadosos de Jerusalén pensaron en un castigo divino que sancionaba el comportamiento escandaloso de los sumos sacerdotes asmoneos.


Pompeyo reorganizó la región: confirmó a Hircano en su cargo de sumo sacerdote, pero limitó su autoridad a Judea, Galilea, y Perea en la Transjordania. Le quitó las ciudades de la llanura costera que fueron puestas en adelante bajo la autoridad directa del poder provincial, le concedió la autonomía jurídica a Samaria , y reunió en una misma confederación a las ciudades de Abila, Kanata, Hipos, Gadara, Dión, Pella, Amatonte, Gerasa, Filadelfia y Escitópolis (la única situada en Cisjordania): esa confederación de diez ciudades libres tomó el nombre de Decápolis (Mc 5,20). Pompeyo regresó a Roma el año 61, precedido por Aristóbulo y sus dos hijos a los que había enviado como rehenes.



Cuatro años más tarde, Gabinio, procurador de Siria, dividió los territorios confiados a Hircano en cinco distritos que puso bajo la autoridad directa de la provincia. Seforis fue entonces erigida como la ciudad principal del distrito de Galilea.