Mostrando entradas con la etiqueta ALBA LONGA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ALBA LONGA. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de agosto de 2017

MAPA DE LA ROMA ANTIGUA Y ALREDEDORES

( Para ver mejor el mapa, cliclear sobre la imagen )



En sus primeros siglos de existencia, Roma se consagró a la laboriosa tarea de someter, uno a uno, a sus pueblos y ciudades limítrofes. Un momento decisivo en este proceso fue la disolución de la Liga Latina en el año -338 a. C.







lunes, 26 de diciembre de 2016

ORÍGENES Y FUNDACIÓN DE ROMA


No sabemos con precisión cuándo fueron instituidas en Roma las primeras escuelas regulares, o sea «estatales». Plutarco dice que nacieron hacia 250 antes de Jesucristo, esto es, casi quinientos años después de la fundación de la ciudad. Hasta aquel momento los muchachos romanos habían sido educados en casa, los más pobres por sus padres y los más ricos, por magistri, o sea maestros o institutores, elegidos habitualmente en la categoría de los libertos, los esclavos liberados, que, a su vez, eran elegidos entre los prisioneros de guerra, preferentemente entre los de origen griego, que eran los más cultos.



Sabemos, empero, con certeza, que tenían que fatigarse menos que los de hoy. El latín lo sabían ya. Si hubiesen tenido que estudiarlo, decía el poeta alemán Heine, no habrían encontrado jamás tiempo para conquistar el mundo. Y en cuanto a la historia de su patria, se la contaban más o menos así:


Cuando los griegos de Menelao, Ulises y Aquiles conquistaron Troya, en el Asia Menor, y la pasaron a sangre y fuego, uno de los pocos defensores que se salvó fue Eneas, fuertemente «recomendado» (ciertas cosas se usaban ya en aquellos tiempos) por su madre, que era nada menos que la diosa Venus —Afrodita—. Con una maleta a los hombros, llena de imágenes de sus celestes protectores, entre los cuales, naturalmente, el puesto de honor correspondía a su buena mamá, pero sin un sestercio en el bolsillo, el pobrecito se dio a recorrer mundo, al azar. 



Y después de no se sabe cuántos años de aventuras y desventuras, desembarcó, siempre con la maleta a cuestas, en Italia; se puso a remontarla hacia el Norte, llegó al Lacio, donde casó con la hija del rey Latino, que se llamaba Lavinia, fundó una ciudad a la que dio el nombre de la esposa, y al lado de ésta vivió feliz y contento el resto de sus días.

LAVINIA, HIJA DEL REY LATINO

Su hijo Ascanio fundó Alba Longa, convirtiéndola en nueva capital. Y tras ocho generaciones, es decir, unos doscientos años después del arribo de Eneas, dos de sus descendientes, Numitor y Amulio, estaban aún en el trono del Lacio. Desgraciadamente, dos en un trono están muy apretados. Y así, un día, Amulio echó al hermano para reinar solo, y le mató todos los hijos, menos una: Rea Silvia. Mas, para que no pudiese poner al mundo algún hijo a quien, de mayor, se le pudiese antojar vengar al abuelo, la obligó a hacerse sacerdotisa de la diosa Vesta, o sea monja.

ENEAS Y ASCANIO

Un día, Rea, que probablemente tenía muchas ganas de marido y se resignaba mal a la idea de no poder casarse, tomaba el fresco a orillas del río porque era un verano tremendamente caluroso, y se quedó dormida. Por casualidad pasaba por aquellos parajes el dios Marte, pues bajaba a menudo a la Tierra, un poco para organizar una guerrita que otra, que era su oficio habitual, y otro poco en busca de chicas, que era su pasión favorita. Vio a Rea Silvia. Se enamoró de ella. Y sin despertarla siquiera, la dejó encinta.

LA MADRE DE RÓMULO Y REMO
REA SILVIA JUNTO AL DIOS MARTE, 

Amulio se encolerizó muchísimo cuando lo supo. Más no la mató. Aguardó a que pariese, no uno, sino dos chiquillos gemelos. Después, ordenó meterlos en una pequeñísima almadía que confió al río para que se los llevase, al filo de la corriente, hasta el mar, y allí se ahogasen. Mas no había contado con el viento, que aquel día soplaba con bastante fuerza, y que condujo la frágil embarcación no lejos de allí, encallando en la arena de la orilla, en pleno campo. Ahí, los dos desamparados, que lloraban ruidosamente, llamaron la atención de una loba que acudió para amamantarlos. Y por eso este animal se ha convertido en el símbolo de Roma, que fue fundada después por los dos gemelos.

AMULIO Y NÚMITOR

Los maliciosos dicen que aquella loba no era en modo alguno una bestia, sino una mujer de verdad, Acca Laurentia, llamada Loba a causa de su carácter selvático y por las muchas infidelidades que le hacía a su marido, un pobre pastor, yéndose a hacer el amor en el bosque con todos los jovenzuelos de los contornos. Mas acaso todo eso no son más que chismorreos.

ACCA LAURENTIA

Los dos gemelos mamaron la leche, luego pasaron a las papillas, después echaron los primeros dientes, recibieron uno el nombre de Rómulo, el otro, el de Remo, crecieron, y al final supieron su historia. Entonces, volvieron a Alba Longa, organizaron una revolución, mataron a Amulio y repusieron en el trote a Numitor. Después, impacientes, como todos los jóvenes, por hacer algo importante, en vez de esperar un buen reino edificado por el abuelo, que sin duda se lo hubiera dejado, se fueron a construir otro nuevo un poco más, lejos. Y eligieron el sitio donde su almadía había encallado, en medio de las colinas entre las que discurre el Tíber, cuando está a puntó de desembocar en el mar. En aquel lugar, como a menudo sucede entre hermanos, litigaron sobre el nombre que dar a la ciudad. Luego decidieron que ganaría el que hubiese visto más pájaros. Remo vio seis sobre el Aventino. Rómulo, sobre el Palatino, vio doce: la ciudad se llamaría, pues, Roma. Uncieron dos blancos bueyes, excavaron un surco y construyeron las murallas jurando matar a quienquiera las cruzase. Remo, malhumorado por la derrota, dijo que eran frágiles y rompió un trozo de un puntapié. Y Rómulo, fiel al juramento, le mató de un badilazo. Todo esto, dícese, aconteció setecientos cincuenta y tres años antes de que Jesucristo naciese, exactamente el 21 de abril, que todavía se celebra como aniversario de la ciudad, nacida, como se ve, de un fratricidio. Sus habitantes hicieron de ella el comienzo de la historia del mundo, hasta que el advenimiento del Redentor impuso otra contabilidad.


Tal vez también los pueblos vecinos hacían otro tanto: Cada uno de ellos databa la Historia del Mundo por la fundación de la propia capital. Alba Longa, Rieti, Tarquinia o Arezzo. Mas no lograron que los otros lo reconocieran, porque cometieron el pequeño error de perder la guerra, más aún, las guerras. Roma, en cambio, las ganó. Todas. La finca de pocas hectáreas que Rómulo y Remo recortaron con el arado entre las colinas del Tíber convirtióse en el espacio de pocos siglos en el centro del Lacio, después de Italia, y más tarde del mundo conocido hasta entonces. Y en todo él se habló su lengua, se respetaron sus leyes, y se contaron los años ab urbe condita, o sea desde aquel famoso 21 de abril de 753 antes de Jesucristo, comienzo de la historia de Roma y de su civilización.


Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero así los papas romanos quisieron durante muchos siglos que les fuesen contadas a sus hijos: un poco, porque creían en ellas y otro poco, porque, grandes patriotas, les halagaba mucho el hecho de poder mezclar los dioses influyentes como Venus y Marte y personalidades de elevada posición como Eneas, al nacimiento de su Urbe. Sentían oscuramente que era muy importante educar a sus hijos en la convicción de que pertenecían a una patria edificada con el concurso de seres sobrenaturales, que seguramente no se hubiesen prestado a ello de no haberles propuesto asignarle un gran destino. Esto dio un fundamento religioso a toda la historia de Roma, que, en efecto, se derrumbó cuando se prescindió de él. La Urbe fue caput mundi, capital del Mundo, mientras sus habitantes supieron pocas cosas y fueron lo bastante ingenuos para creer en aquéllas, legendarias, que les habían enseñado papas y magistri; mientras estuvieron convencidos de ser descendientes de Eneas, de que corría por sus venas sangre divina y de ser «ungidos de Señor», aunque en aquellos tiempos se llamase Júpiter. Fue cuando comenzaron a dudar de ello cuando su imperio se hizo añicos y el caput mundi convirtióse en colonia. Más no nos precipitemos.


En la fábula de Rómulo y Remo, acaso no todo es fábula. Tal vez hay también algo de verdad. Tratemos de desentrañarlo basándonos en los datos bastante seguros que la Arqueología y la Etnología nos han proporcionado.


Parece ser que ya treinta mil años antes de la fundación de Roma, Italia estaba habitada por el hombre. Qué hombre fue, los entendidos dicen haberlo reconstruido con ciertos huesecitos de su esqueleto encontrados aquí y allá, y que se remontan a la llamada «edad de piedra». Pero nosotros nos fiamos poco de estas deducciones, y, por lo tanto, saltamos a una era más próxima, la «neolítica», de hace algo así como ocho mil años, o sea cinco mil antes de Roma. 

ESTATUA QUE REPRESENTA A ROMA TRIUNFANTE

Parece ser que nuestra península estaba poblada entonces por ciertos ligures al norte y sículos al sur, gentes de cabeza en forma de pera, que vivían un poco en las cavernas, un poco en cabañas redondas construidas con estiércol y fango, domesticaban animales y se alimentaban de caza y pesca.


Hagamos otro salto de cuatro mil años, es decir, lleguemos al año 2000 antes de Jesucristo. Y he aquí que del Septentrión, o sea de los Alpes, llegan otras tribus, quién sabe desde cuánto tiempo en marcha desde su patria de origen; la Europa central. Éstas no están mucho más adelantadas que los indígenas de cabeza en forma de pera; pero tienen la costumbre de construir sus viviendas no en cavernas, sino sobre estacas sumergidas en el agua, las llamadas palafitos. Proceden, se ve, de sitios pantanosos y, en efecto, al llegar a nuestro país eligen las regiones de los lagos, el Mayor, el de Como, el de Garda, anticipándose en algunos milenios al gusto de los turistas modernos. E introducen en nuestro país algunas grandes innovaciones; la ganadería, la agricultura, el tejido de telas y la construcción de bastiones de barro y tierra apisonada en torno a los poblados para defenderlos tanto de los ataques de animales como de hombres.


Poco a poco empezaron a descender hacia el sur, donde se habituaron a construir cabañas también en tierra firme pero apuntalándolas todavía sobre estacas; aprendieron de ciertos primos suyos, instalados al parecer en Germania, el uso del hierro con el que fabricaron un montón de zarandajas nuevas: azadas, cuchillos, navajas, etc., y fundaron una verdadera ciudad, que se llamó Villanova, y que debió de estar emplazada en las cercanías de la que hoy es Bolonia. Éste fue el centro de una civilización que se llamó precisamente de Villanova y que poco a poco se extendió por toda la península. De ella se cree que derivan, como raza, como lengua y como costumbres los umbros, los sabinos y los latinos.


No se sabe lo que aquellos villanoveses, tras haberse establecido a horcajadas del Tíber, hicieron con los indígenas ligures y sículos. Tal vez les exterminaron, como era de uso en aquellos tiempos llamados «bárbaros» para distinguirlos de los nuestros en que se hace otro tanto si bien se llamen «civilizados»; acaso se mezclaron con ellos tras haberlos sometido. El hecho es que, hacia el año 1000 antes de Jesucristo, entre la desembocadura del Tíber y la bahía de Nápoles, los nuevos venidos fundaron muchas poblaciones que, aun cuando habitadas por gente de la misma sangre, se hacían la guerra entre sí y no se apaciguaban más que ante algún enemigo común o en ocasión de alguna fiesta religiosa.


La mayor y más poderosa de aquellas ciudades fue Alba Longa, capital de Lacio, a los pies del monte Albano, que corresponde probablemente a Castelgandolfo. Los albalonganos son considerados como aquel puñado de jóvenes aventureros que un buen día emigraron una docena de kilómetros más hacia el Norte, y que fundaron Roma. 



Tal vez eran braceros, que iban en busca de un poco de tierra que apropiarse y cultivar. Tal vez eran un poco maleantes que tenían cuentas que ajustar con la policía y los tribunales de su ciudad. Tal vez eran emisarios mandados por su Gobierno a vigilar aquellos parajes, en los confines de la Toscana, en cuyas costas había desembarcado a la sazón un nuevo pueblo, el etrusco, que no se sabía de qué parte del Mundo venía, pero del que se decían pestes. Y tal vez entre aquellos pioneros había dos que verdaderamente se llamaban Rómulo y Remo. A pesar de todo, no debían de ser más de un centenar.


El lugar que eligieron tenía muchas ventajas y no pocas desventajas. A una veintena de kilómetros del mar, se hallaba a resguardo de los piratas que lo infestaban, y podía ser convertido en puerto, pues para las embarcaciones de aquel tiempo, el brazo de río que lo separaba de la desembocadura era fácilmente navegable. Pero las marismas y los pantanos que lo rodeaban lo condenaban al paludismo, enfermedad que ha llamado a sus puertas hasta hace pocos años. Pero estaban las colinas que, al menos en parte, protegían a los habitantes de los mosquitos. Y fue, en efecto, en una de ellas, el Palatino, donde se alojaron primero, con el propósito de poblar también en seguida las otras seis que se elevaban en torno.


Más, para poblarlas, tenían que nacer hijos. Y para ello, hacían falta esposas. Y aquellos pioneros eran solteros.


Aquí, en defecto de historia, hemos de volver por fuerza a la leyenda, que nos cuenta lo que hizo Rómulo, o como se llamase el capitoste de aquellos tipejos, para procurarse mujeres para él y sus compañeros. Organizó una gran fiesta, tal vez para celebrar el nacimiento de su ciudad e invitó a tomar parte en ella a los vecinos sabinos (o quirites), con su rey Tito Tacio, y sobre todo, a sus hijas. Los sabinos acudieron. Más, mientras estaban dedicados a apostar en las carreras a pie y a caballo, que era su deporte preferido, los dueños de la casa, muy poco deportivamente, les robaron a sus hijas y les echaron a ellos a puntapiés.

EL RAPTO DE LAS SABINAS

Nuestros antiguos eran muy sensibles en cuestiones de mujeres. Poco antes, el rapto de una de ellas, Helena, había costado una guerra que duró diez años y que acabó con la destrucción de un gran reino: el de Troya. Los romanos las raptaron a docenas y es, por tanto, natural que el día siguiente tuvieran que enfrentarse con sus papas y hermanos, que volvieron, armados, a recuperarlas. Se atrincheraron en el Campidoglio, pero cometieron el imperdonable error de confiar las llaves de la fortaleza a Tarpeya, una chica romana que, dícese, estaba enamorada de Tito Tacio. Abrió una puerta a los invasores, los cuales, gente caballeresca, por lo tanto, refractaria a toda traición, comprendieron la perpetrada en su favor y la recompensaron aplastando a la chica bajo sus escudos. Los romanos dieron más tarde su nombre a las rocas desde donde solían arrojar a los traidores a la patria condenados a muerte.
TITO TACIO CON TARPEYA

Todo acabó en un pantagruélico banquete nupcial. Pues las otras mujeres, en nombre de las cuales se había encendido la batalla, en cierto momento se interpusieron entre ambos ejércitos y declararon que no querían quedarse huérfanas, como habría sucedido si sus maridos romanos hubiesen vencido, o viudas, como habría ocurrido si hubiesen vencido sus papas sabinos. Y que ya era hora de dejarlo porque con aquellos maridos, aunque expeditivos y largos de manos, lo habían pasado muy bien. Más valía regularizar los matrimonios, en vez de seguir degollándolos. Y así fue Rómulo y Tacio decidieron gobernar juntos, ambos con el título de rey, aquel nuevo pueblo nacido de la fusión de las dos tribus, de las cuales llevó el nombre conjuntamente; romanos quirites. Y como que Tacio tuvo, acto seguido, la gentileza de morir, el experimento de reino a dos marchó bien aquella vez.


¡Quién sabe lo que se ocultaba bajo esta historia! Tal vez no sea más que la versión, sugerida por el patriotismo y el orgullo, de una conquista de Roma por parte de los sabinos. Pero puede darse también que los dos pueblos se hubieran mezclado voluntariamente y que el famoso rapto fuese tan sólo la normal ceremonia del matrimonio, como se celebraba entonces, es decir, con el robo de la novia por parte del novio, pero con el consentimiento del padre de ella, como todavía se hace en ciertos pueblos primitivos.


Si ocurrió verdaderamente así, es probable que esa fusión fuese, más que sugerida, impuesta por el peligro de un enemigo común: aquellos etruscos que, mientras tanto, se habían desparramado desde la costa tirrena por Toscana y Umbría y que, provistos de una técnica mucho más adelantada, presionaban hacia el Sur. Roma y la Sabina estaban en la dirección de esta marcha y bajo su amenaza directa. Efectivamente, no se libraron de ella.


La Urbe había nacido apenas y ya tenía que habérselas con uno de los más difíciles e insidiosos rivales de su historia. Lo abatió a través de prodigios de diplomacia primero, y de valor y tenacidad después. Pero necesitó siglos.


MOSAICO DE LA DIOSA ROMA











jueves, 28 de mayo de 2015

LAS CIUDADES DEL IMPERIO





Para los romanos, la realidad fundamental de la vida política era la ciudad, y el Imperio no era otra cosa que una federación de ciudades. 




En principio, Roma, al entrar en conflicto con sus hermanas de Italia, se encontró frente a ciudades libres como ella misma, cada una de las cuales tenía su propia administración, su ejército y sus leyes.



En vez de aniquilarlas, se las compuso para hacerlas sus aliadas, y los casos de destrucción, como Alba Longa o, posteriormente, Cartago, son muy raros.



En general, Roma firmaba un tratado de alianza con las ciudades conquistadas, y éstas conservaban una amplia autonomía, asegurada a veces por la protección de su vencedora en caso de peligro.



Esto fue lo que ocurrió por lo que refiere a Grecia, donde los conquistadores se apresuraron a proclamar la "liberación" de Atenas, de Esparta... En efecto, mientras que los reyes de Macedonia se habían limitado sencillamente a anexionarse las antigua ciudades, los romanos permitieron que cada ciudad conservara sus
propias leyes.




En Oriente, donde la vida de la ciudad se aproximaba a la organización de la propia capital, la conquista romana aportó pocos cambios. Alejandría, Antioquía, Efeso, etc., siguieron ejerciendo como antes la influencia debida a su riqueza y a la actividad intelectual cuyo centro constituían.



La situación era muy distinta en Occidente, donde en tiempos de la conquista sólo existían modestas aldeas. Pero, rápidamente, en la Galia, en Hispania y en Britania se formaron ciudades que recordaban la
ciudad romana.




A veces, los reyes indígenas tomaban la iniciativa de estas funciones para modernizar sus reinos; este fue el caso de Juba, rey de Mauritania, que cubrió su país de centros urbanos, el más célebre de los cuales fue Volubilis.



También los ciudadanos romanos establecidos en las tierras conquistadas pusieron las bases de aglomeraciones urbanas que recordaban las de su tierra natal.



Muy pronto, estas ciudades recuperaron su atraso: En la Galia, por ejemplo, bajo los Antoninos, se diferenciaban ya poco de las de las provincias orientales, y sólo hicieron falta una o dos generaciones para que estas aglomeraciones urbanas alojaran una población numerosa y fuesen centros de vida social y económica.



Estos centros se convirtieron en los instrumentos por excelencia de la dominación; al principio, porque impusieron a los ojos de todos los modelos arquitectónicos directamente inspirados en las normas romanas que introducían en tierra extranjera el gusto y el espíritu latinos; y después, porque fueron los lugares de encuentro e integración de elementos de población llegados a una fase evolutiva diferente.



Fueron los centros de todas las emulaciones, de todo progreso político y social. El autóctono que contemplaba al colono medía el camino que le quedaba por recorrer para llegar al nivel de su ideal.



Los estudios se perfeccionaban después en Roma, que modelaba a dichos autóctonos para que los particularismo se atenuaran y para que los ciudadanos de las provincias ejercieran sobre sus compatriotas de las zonas rurales una primacía comparable a la de los romanos sobre los demás habitantes del Imperio.



Un ejemplo: París romano

La calle que nos lleva a través del Sena hasta el centro de la isla en la que se levanta Notre Dame, y que más al Sur sube en pendiente con el nombre de Rue St. Jaques, es el "cardo" romano, que cruzaba de Norte a Sur la Lutetia Parisiorum y la isla era el núcleo a partir del cual creció la ciudad romana.




- Al extenderse por la margen sur, colinas arriba, para librarse de la zona pantanosa del río, se construyó un foro (a) en el lugar donde ahora la rue Soufflot se cruza con la rue St. Jaques.



- Las Termas del Foro (b) estaban tocando a la actual estación del metro de Luxemburgo.



- Había dos termas más: Bajo el College de France (c), y las Termas de Cluny (d), estas últimas con un imponente vestíbulo central construido sobre subterraneos, con un frigidarium en una alcoba y otras estancias caldeadas a distintas temperaturas.



Se conservan algunas ménsulas de los ángulos de bóveda que representan proas de barcos cargados de armas.

- Un anfiteatro (e), parcialmente restaurado estaba al Este, y proporcionaba a la vez espectáculos escénicos y luchas de fieras.