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domingo, 12 de agosto de 2018

BATALLA DEL LAGO CURCIO



La batalla del Lago Curcio tuvo lugar en los primeros años del reinado del primer rey de Roma, Rómulo, entre el ejército romano dirigido por el mismo monarca y los sabinos de Tito Tacio. Según la leyenda, al final de la batalla los dos pueblos unidos en la misma comunidad.
 
Una vez que los romanos fundaron la ciudad en el Monte Palatino, comenzó a crecer, con el fin de aparecer de acuerdo a Tito Livio "lo suficientemente potente como para competir militarmente con las ciudades de los alrededores." Dado que las mujeres eran escasas, esta potencia estaba destinada a no durar más que una generación, si los romanos no encontraban suficientes esposas con las que procrear niños nuevos a la ciudad.
 
...Rómulo envió embajadores a las ciudades vecinas para celebrar tratados de alianza con estos pueblos y promover la unión de los nuevos matrimonios. [...] Las embajadas no fueron bien recibidas en ninguna parte, ya que sentían desprecio y temor a la vez por su presencia, que constituía una amenaza para ellos y sus sucesores, cada vez más precisa. (Tito Livio)
 
La juventud romana acogió con resentimiento las noticias de las embajadas, por lo que muchos fueron partidarios de usar la fuerza. Rómulo decidió, sin embargo, ocultar su resentimiento y organizar unos juegos solemnes en honor de Neptuno, a los que llamó Consualia. Luego, pidió a sus hombres que llevaran invitaciones a las ciudades vecinas de Caenina, Antemnae, Crustumenium y a los sabinos, que vivían cerca de la colina del Quirinal.
 
El espectáculo comenzó, y cuando acaparaba toda la atención, se lanzó el ataque, según el plan convenido. A una señal, los jóvenes romanos comenzaron a correr para secuestrar a las muchachas. La mayor parte de los secuestros se hicieron al azar de los encuentros. Las más bellas se destinaron a los senadores más importantes... (Tito Livio)
 
Después del espectáculo los padres de las chicas huyeron, acusando a los romanos de haber roto el pacto de hospitalidad. ​ Rómulo fue capaz de apaciguar los ánimos de las muchachas y, con el paso del tiempo, parece que la ira de ellas fue desapareciendo, gracias al cuidado y la pasión con la que los romanos las trataron en los días siguientes.
 
De los pueblos que habían sufrido la indignidad, los primeros vencidos fueron los de Caenina, que fueron conquistados por los romanos.  Luego fue el turno de los antemnati​ y los crustumini. Ahora sólo faltaban los sabinos.
 
El último ataque llevado a cabo sobre Roma fue el de los sabinos.​ En el curso del ataque, se cuenta que la virgen vestal, Tarpeya, hija del comandante de la fortaleza Spurius Tarpeius, fue corrompida por el oro de Tito Tacio, y facilitó la entrada a la ciudadela fortificada del Capitolio a un escuadrón armado, bajo cualquier pretexto.​ 
La ocupación de la fortaleza por los sabinos llevó a los dos ejércitos a reunirse al pie de las dos colinas, Capitolio y Palatino, justo donde más tarde se colocó el Foro Romano, mientras que los comandantes de ambas partes exhortaban a sus soldados a luchar: Mezio Curzio por los sabinos y Hostus Hostilius por los romanos. El campo de batalla estaba rodeado por numerosas colinas, y no ofrecía vías de escape.  Hay que añadir que en aquellos días, las fuertes lluvias habían desbordado el río, sacándolo de su cauce y dejando un barro espeso, estancada, no fácilmente visible ni evitable, sino peligroso e insidioso.
 
Plutarco cuentan algunos sucesos curiosos en el curso de la batalla:

El comandante sabino, Mezio Curzio, un hombre de coraje altivo, que se encontraba a caballo, lejos de su ejército, logró escapar, de milagro luego que su caballo fuera tragado por un limo oscuro de ese lugar, que en virtud de este suceso fue llamado Lago Curcio.
Hostus Hostilius cayó durante la batalla que estalló poco después, lo que obligó a las tropas romanas a replegarse cerca de la puerta del Palatino.
Rómulo, herido por una piedra en el curso de la batalla, se desvaneció cuando los sabinos tomaron ventaja y comenzaron a llegar a la falda del Palatino;​ a continuación, recuperado de las heridas, invocó a Júpiter y le prometió, en caso de victoria, la construcción de un templo, dedicado a él (Templo de Júpiter Stator,cerca del foro romano); Después, se arrojó en medio de la batalla, y organizó un contraataque sobre los lugares donde, unos años más tarde, se alzarían la denominada Regia, y el Templo de Vesta, pero los romanos llevaban las de perder frente a los sabinos.
 
 Fue en este momento cuando las sabinas, que habían sido secuestradas con anterioridad por los romanos, se lanzaron bajo una lluvia de proyectiles entre las facciones opuestas, para separar a los contendientes y aplacar sus iras.​
 
Ellas suplicaron por un lado a sus maridos (los romanos), y por otro a sus padres (los sabinos), que no cometieran un crimen horrible, con la sangre de un yerno o de un suegro para no manchar con la muerte de sus ancestros a los niños que ellas habían dado al mundo, los hijos y nietos de ellos. (Tito Livio) .
 
Con este gesto, ambos bandos eligieron firmar un tratado de paz, declarar la unión entre los dos pueblos, asociar sus reinos, y transferir el poder de decisión a Roma. La ciudad vio así duplicada su población. Tito Livio cuenta que, para cumplir con los sabinos, los romanos tomaron el nombre de Quiritas, de la ciudad de Cures, mientras que el lago cercano, en la vecindad de el foro romano, fue nombrado en memoria de la batalla y el comandante sabino Mezio Curzio, como Lago Curcio.


lunes, 1 de mayo de 2017

MARCO PORCIO CATÓN, EL CENSOR

En -195, inmediatamente después de la primera guerra púnica, las mujeres de Roma, formando cortejo, se dirigieron al Foro y pidieron al Parlamento la abrogación de la Ley Oppia, promulgada durante el régimen de austeridad impuesto por la amenaza de Aníbal, que prohibía al bello sexo los adornos de oro, los vestidos coloreados y el uso de vehículos.


Por primera vez en la historia de Roma, las mujeres eran protagonistas de algo, tomaban una iniciativa política y, en suma, afirmaban sus derechos. Hasta entonces, no había sucedido jamás. Durante cinco siglos y medio, o sea. desde el día en que fue fundada, la historia de Roma había sido una historia de hombres, en la que las mujeres actuaron, en masa y anónimamente, de coro. Las pocas cuyos nombres se conocen, Tarpeya, Lucrecia, Virginia, acaso no existieron nunca y no encarnan personajes verosímiles, sino monumentos a la Traición o a la Virtud. La vida pública romana era solamente masculina. Las mujeres no contaban más que en la privada, es decir, en el ámbito familiar de la casa, donde su influencia quedaba circunscrita exclusivamente a sus funciones de madre, de esposa, de hija o de hermana de los hombres.


En el Senado, Marco Porcio Catón, en su calidad de «censor» encargado de vigilar las costumbres, se opuso a la petición. Y su discurso, que nos ha sido dado a conocer por Livio, dice mucho sobre las transformaciones acaecidas aquellos últimos años en la vida familiar y social de la Urbe:


«Si cada uno de nosotros, señores, hubiese mantenido la autoridad y los derechos del marido en el interior de la propia casa, no hubiéramos llegado a este punto. Ahora henos aquí: la prepotencia femenina, tras haber anulado nuestra libertad de acción en familia, nos la está destruyendo también en el Foro.

Recordad lo que nos costaba sujetar a las mujeres y frenar sus licencias, cuando las leyes nos permitían hacerlo. E imaginad qué sucederá de ahora en adelante, si esas leyes son revocadas y las mujeres quedan puestas, hasta legalmente, en pie de igualdad con nosotros. Vosotros conocéis a las mujeres: hacedlas vuestras iguales e inmediatamente os las encontraréis convertidas en dueñas. Al final veremos esto: los hombres de todo el Mundo, que en todo el Mundo gobiernan a las mujeres, serán gobernados por los únicos hombres que se dejan gobernar por sus mujeres: los romanos.»


Las manifestantes rubricaron con una burlona risotada las últimas palabras del orador, que, por lo demás, estaba habituado a ello como todos los que dicen la verdad. La ley Oppia fue revocada y Catón trató inútilmente de recobrarse decuplicando los impuestos sobre artículos de lujo. Ciertas ventoleras, cuando empiezan a soplar, no hay barba de censor que pueda pararlas. Y las sufragistas, conseguida la iniciativa, no estaban dispuestas a dejársela arrancar de las manos. Poco a poco obtuvieron el derecho de administrar su propia dote, lo que las hacía económicamente independientes y libres, como se diría hoy, de «vivir su vida»; después, el de divorciarse y de vez en cuando, si no lo conseguían, de envenenar al marido. Y cada vez más se entregaron a la práctica del maltusianismo para evitar el «fastidio» de los hijos.


Contrariamente a lo que se cree y a como nos lo han pintado, el hombre que trataba de cerrar el paso a estas modas nuevas, todas de origen griego, no era en absoluto un insoportable moralista de boca acerba y de hígado enfermo. Todo lo contrario. Marco Porcio Catón era un campesino plebeyo de los alrededores de Rieti, lleno de salud y de buen humor, que llegó a los ochenta y cinco años (edad, para aquellos tiempos, casi legendaria), y murió después de haber conseguido todas las satisfacciones, incluida la de hacerse muchos enemigos, cosa que le agradaba particularmente.


Debióse a la casualidad que llegara a ser un relevante hombre político y acaso el personaje más interesante de aquel período. Vivía con estoica sencillez en su pequeña granja que cultivaba con sus propias manos, cuando, muy cerca, estableció su residencia un viejo senador jubilado, Valerio Flaco, que se retiró allí por el desagrado que le producía la corrupción de Roma. Patricio a la antigua, es decir, de aquellos que sentían horror por los refinamientos, en seguida simpatizó con aquel muchacho desdentado, de manos callosas, de costumbres rústicas y pelo rojo, que leía los clásicos, pero a escondidas porque se avergonzaba de ello como de un vicio poco menos que impúdico, con los cuales había aprendido a escribir y a hablar con un estilo seco y escueto. Se hicieron amigos, compartiendo costumbres e ideas. Y Valerio estimuló a Marco, que se llamaba Porcio porque su familia había criado siempre puercos, y Catón porque sus antepasados habían sido astutos, a que se hiciera abogado. Era la profesión con la que se debutaba en la vida política. Y acaso el senador le lanzó precisamente con este objeto, con la esperanza de dejar un heredero en la polémica antimodernista, que la edad no le permitía ya sostener a él.


Catón lo intentó y ganó, una tras otra, doce causas ante el tribunal local. Después, con una clientela segura, abrió un bufete, como se diría hoy, en Roma, se presentó a las elecciones y batió el llamado «curso de los honores» con anibálico ceño. Edil a los treinta años, en -199, y pretor en -198, tres años más tarde era cónsul. Luego volvió a empezar: tribuno en -191 y censor en -184, prácticamente continuó ejerciendo magistraturas hasta muy avanzada edad, distinguiéndose sobre todo en tiempo de guerra, cuando cambiaba por los militares sus galones civiles. El campamento le convenía más que el Foro, porque con más pertinencia podía apelar a la disciplina, que él consideraba como la condición de los valores morales. Al parecer, era un general tacaño. Pero los soldados se lo perdonaban porque caminaba a pie como ellos, combatía con sereno valor y, en el momento del saqueo, que figuraba en los derechos del vencedor, concedía a cada uno una libra de plata sobre el botín, que después entregaba enteramente al Senado sin guardarse ni una onza para él.


Esta regla, que los generales romanos habían observado casi siempre hasta las guerras púnicas, hacía algún tiempo que constituía una excepción. El Gobierno no se fijaba demasiado en la parte que el vencedor se había embolsado del botín, cuando éste era rico. Quinto Minucio había traído de España treinta mil libras de plata y treinta y cinco mil denarios; Manlio Vulson, cuatro mil quinientas libras de oro de Asia y cuatrocientos mil sestercios que fueron extorsionadas a Antíoco y a Perseo... Bajo aquella lluvia de oro, la honradez de los magistrados y de los generales romanos, estrechamente ligadas, a la pobreza, al ahorro y a la avaricia, era natural que se hundiese. Y la batalla que condujo Catón para impedirlo estaba destinada al fracaso. De todos modos, él la llevó a cabo igualmente.


En 187, cuando era tribuno, pidió a Escipión Emiliano y a su hermano Lucio, que regresaban vencedores de Asia, que rindiesen cuentas al Senado de las sumas pagadas como indemnización de guerra por Antíoco. Era una petición perfectamente legítima, pero que sorprendió a Roma porque ponía en entredicho la corrección del triunfador de Zama, que, en realidad, estaba por encima de toda sospecha. No se comprende bien qué impulsó a dar aquel paso a Catón, que no podía ciertamente ignorar la integridad del Africano y su inmensa popularidad. Tal vez quiso simplemente restablecer el principio, que estaba cayendo en desuso, de que los generales, cualesquiera que fuesen su nombradía y sus méritos, debían rendir esas cuentas; ¿o tal vez fue por una violenta antipatía hacia el clan de los Escipiones, esteticistas, helenizantes y modernistas?


Acaso una y otra cosa. Como fuere, el pretexto coligó contra quien presentaba la petición, a aquella oligarquía de familias dominantes que, en el ámbito de la aristocracia senatorial, detentaba prácticamente el monopolio del poder. Hasta Sila, la historia de Roma se resume en la de algunas dinastías, y de hecho presenta siempre los mismos nombres. De los últimos doscientos cónsules de la República, la mitad pertenece a sólo diez linajes y la otra mitad a dieciséis. Y de ellos, el de los Escipiones era acaso el más insigne, desde el que cayó en Trebia hasta el que había triunfado en Zama y que era padre adoptivo del que más tarde destruyó Cartago.


El Africano, aun cuando herido en su orgullo, se disponía a responder. Pero su hermano Lucio se lo impidió. Y, sacándose de la cartera los documentos que comprobaban las percepciones habidas y los pagos correspondientes, los hizo pedazos delante del Senado. Por este gesto fue llevado ante la Asamblea y condenado por fraude. Mas el castigo le fue ahorrado por veto de un tribuno, un tal Tiberio Sempronio Graco, de quien pronto oiremos hablar, lo que venía a confirmar más la regla supradicha de la política por dinastías, pues era pariente del acusado, por haber casado con la hija del Africano, Cornelia. El héroe de Zama fue convocado a la Asamblea para ser sometido a juicio. Interrumpió el debate invitando a los diputados al templo de Júpiter para celebrar el aniversario de su gran victoria, que caía precisamente en aquel día. Los diputados le siguieron y asistieron a las funciones que allí se celebraron. Mas, de vuelta en el Senado, convocaron de nuevo al general. Éste se opuso a ello y, amargado por aquella insistencia, se retiró a su villa de Liternum, donde permaneció hasta la muerte. Sus perseguidores le dejaron finalmente en paz. Pero Catón deploró, justamente, que por primera vez en la historia de Roma los méritos de combatiente de un acusado obstaculizaran la justicia, y en este episodio denunció el primer vislumbre de un individualismo que pronto corrompería la sociedad con el culto del héroe y había de destruir la democracia. Los hechos se encargarían de darle la razón.


Alguien se preguntará cómo, teniendo en contra adversarios poderosos como las mujeres y la «mafia» de las familias aristocráticas, aquel implacable debelador logró, sin embargo, seguir en el machito y ganar las elecciones cada vez que se presentaba candidato a cualquier magistratura. Pocos le querían, ciertamente. Su honestidad en aquellos tiempos de corrupción, su ascetismo en aquella época de molicie, eran sentidos por todos como un remordimiento. Representaba lo que cada uno hubiera debido, y acaso querido ser, pero que, desgraciadamente no era. Y precisamente por esto, pese a detestarle, le respetaban y le concedían el voto. Era, además, un gran orador. Y la cosa era bastante extraña, pues había debutado en las letras publicando un tratado contra los retóricos y anticipando la famosa frase de Verlaine: Cuando veas la oratoria, tuércele el cuello. Pero precisamente a fuerza de enseñar a los demás cómo «no» se debía hablar, había aprendido él mismo a hablar perfectamente. Lo poco que nos queda de sus discursos basta para que le reconozcamos como más grande que Cicerón, ciertamente más rotundo, enfático y literariamente perfecto que él, pero menos directo, eficaz y sincero. Lo que demuestra que no hay elocuencia, como no hay literatura, como no hay música ni pintura, como no hay nada, sin una fuerza moral y una convicción sincera que las sostengan.


Catón sazonaba con notas de humor incluso sus más severas requisitorias. Y cuando, por ejemplo, como censor, hizo expulsar del Senado a Manilio por haber besado a su mujer en público, alguien le preguntó si él no lo había hecho nunca, respondió: «Sí, pero solamente cuando truena. Por esto el mal tiempo me pone siempre de buen humor.» Hasta cuando intentaban procesarle, y lo hicieron, al parecer, cuarenta y cuatro veces, con las más variadas acusaciones, conservaba su jovialidad y se reía en igual medida que mordía. Con aquel sarcasmo siempre a punto, con aquellos chistes populares, con aquel rostro surcado de cicatrices, el pelo rojo y los dientes separados, no era agradable encontrárselo enfrente como contradictor. Y nadie hubiera conseguido arrinconarle, si él mismo no se hubiera cansado, en un momento dado, de aquel inútil combate; así que retiróse espontáneamente a escribir libros, ocupación que, en su fuero interno, despreciaba.


Lo hizo porque quería oponer algún texto escrito en latín a los que entonces todos los literatos se habían puesto a componer en griego, lengua que iba en camino de alcanzar el monopolio de la cultura romana. El De agricultura, el único, en efecto, que nos queda de él, es el primer libro en prosa propiamente dicho que apareció en Roma. Es un curioso manual práctico en el que, junto a ideas vagamente filosóficas, se mezclaban consejos sobre el sistema de curar los reumatismos y la diarrea. En cuanto a los criterios sobre el modo de explotar las tierras, helos aquí: Lo mejor —dice— es una provechosa cría de ganado. ¿Después? Una cría de ganado moderadamente provechosa. ¿Después? Una cría de ganado ni siquiera moderadamente provechosa. ¿Después? Después..., después, la labranza y la siembra. Catón no quería siquiera volver a la agricultura sino al pastoreo.


Nadie tuvo más vivo que él el pensamiento de la decadencia de Roma y nadie mejor que él diagnosticó el foco de infección: Grecia. Había estudiado la lengua y, culto y avisado como era bajo sus toscos hábitos, había comprendido que la cultura helénica era demasiado más alta y refinada que la romana para no corromperla. Llamaba a Sócrates «una solterona chismosa», y aprobaba a los jueces que le condenaron a muerte por saboteador de las leyes y del carácter de Atenas. Pero le odiaba precisamente tanto como le admiraba, y se daba cuenta de que sus ideas conquistarían también la Urbe. Créeme bajo palabra —escribía a su hijo—; sí este pueblo consigue contaminarnos con su cultura, estamos perdidos. De momento ha comenzado con sus médicos que, con la excusa de curarnos, han venido a destruir a los «bárbaros». Te prohíbo que tengas trato con ellos. Le prefería muerto antes que sanado con las aspirinas y las vitaminas griegas.


Fue probablemente ese terror lo que le sugirió la insistencia, que le ha hecho célebre, sobre el delenda Carthago. Más que impedir un renacimiento de Roma, él propendía a distraer Roma de las tentaciones de una conquista de Grecia. Quería que su patria mirase a Occidente, no a Oriente, de donde, según él, sólo vendrían vicios y males. Y acaso quedóse muy decepcionado por la rapidez con que Escipión llevó a cabo la empresa. Hubiese preferido una guerra defensiva contra diez Aníbales a una ofensiva contra la Hélade_ Y cuando vio a los cónsules Marcelo, Fulvio y Emilio Paulo volver de allí con carros cargados de estatuas, pinturas, copas de metal, espejos, muebles de precio y telas recamadas, y al pueblo apiñarse ante aquellas maravillas y discutir de modas, de estilos, de sombreritos, de sandalias, de vajilla y de cosméticos, debió de llevarse, desesperado, las manos a la cabeza.


Murió en -149, cuando el Senado había ya decidido mandar el último Escipión ad delendam Carthaginem. Tal vez aquel gesto le devolvió un soplo de esperanza, o por lo menos nos complace pensarlo. De haber vivido un poco más, habría advertido que la destrucción de Cartago no había servido verdaderamente para nada. Al contrario, una vez derrotada aquella ciudad del África asomada al Mediterráneo, los romanos no tuvieron ya ojos, oídos ni pensamientos más que para Fidias, Praxíteles, Aristóteles, Platón, la cocina, los afeites y las «hetairas» de Atenas.


domingo, 29 de enero de 2017

EL RAPTO DE LAS SABINAS, PINTURAS DEL ESTADOUNIDENSE CHARLES CHRISTIAN HEINRICH NAHL


El Rapto de las Sabinas es un episodio mitológico que describe el secuestro de mujeres de la tribu de los sabinos por los fundadores de Roma. 

Según la leyenda, en la Roma de los primeros tiempos había muy pocas mujeres. Para solucionar esto, Rómulo, su fundador y primer rey, organizó unas pruebas deportivas en honor del dios Neptuno, a las que invitó a los pueblos vecinos. Acudieron varios de ellos, pero los de una población, la Sabinia, eran especialmente voluntariosos y fueron a Roma con sus mujeres e hijos y precedidos por su rey. 

Comenzó el espectáculo de los juegos y, a una señal, cada romano raptó a una mujer, y luego echaron a los hombres. Los romanos intentaron aplacar a las mujeres convenciéndolas de que sólo lo hicieron porque querían que fuesen sus esposas, y que ellas no podían menos que sentirse orgullosas de pasar a formar parte de un pueblo que había sido elegido por los dioses. Las sabinas pusieron un requisito a la hora de contraer matrimonio: en el hogar, ellas sólo se ocuparían del telar, sin verse obligadas a realizar otros trabajos domésticos, y se erigirían como las que gobernaban en la casa. 

Años más tarde, los sabinos, enfadados por el doble ultraje de traición y de rapto de sus mujeres, atacaron a los romanos, a los que fueron acorralando en el Capitolio. Para lograr penetrar en esta zona, contaron con la traición de una romana, Tarpeya, quien les franqueó la entrada a cambio de aquello que llevasen en los brazos, refiriéndose a los brazaletes. Viendo con desprecio la traición de la romana a su propio pueblo, aceptaron el trato, pero, en lugar de darle joyas, la mataron aplastándola con sus pesados escudos. La zona donde, según la leyenda, tuvo lugar tal asesinato, recibió el nombre de Roca Tarpeya, desde la que se arrojaba a los convictos de traición. 

Cuando se iban a enfrentar en lo que parecía ser la batalla final, las sabinas se interpusieron entre ambos ejércitos combatientes para que dejasen de matarse porque, razonaron, si ganaban los romanos, perdían a sus padres y hermanos, y si ganaban los sabinos, perdían a sus maridos e hijos. Las sabinas lograron hacerlos entrar en razón y finalmente se celebró un banquete para festejar la reconciliación. El rey de Sabinia Tito Tacio y Rómulo formaron una diarquía en Roma hasta la muerte de Tito.








lunes, 26 de diciembre de 2016

ORÍGENES Y FUNDACIÓN DE ROMA


No sabemos con precisión cuándo fueron instituidas en Roma las primeras escuelas regulares, o sea «estatales». Plutarco dice que nacieron hacia 250 antes de Jesucristo, esto es, casi quinientos años después de la fundación de la ciudad. Hasta aquel momento los muchachos romanos habían sido educados en casa, los más pobres por sus padres y los más ricos, por magistri, o sea maestros o institutores, elegidos habitualmente en la categoría de los libertos, los esclavos liberados, que, a su vez, eran elegidos entre los prisioneros de guerra, preferentemente entre los de origen griego, que eran los más cultos.



Sabemos, empero, con certeza, que tenían que fatigarse menos que los de hoy. El latín lo sabían ya. Si hubiesen tenido que estudiarlo, decía el poeta alemán Heine, no habrían encontrado jamás tiempo para conquistar el mundo. Y en cuanto a la historia de su patria, se la contaban más o menos así:


Cuando los griegos de Menelao, Ulises y Aquiles conquistaron Troya, en el Asia Menor, y la pasaron a sangre y fuego, uno de los pocos defensores que se salvó fue Eneas, fuertemente «recomendado» (ciertas cosas se usaban ya en aquellos tiempos) por su madre, que era nada menos que la diosa Venus —Afrodita—. Con una maleta a los hombros, llena de imágenes de sus celestes protectores, entre los cuales, naturalmente, el puesto de honor correspondía a su buena mamá, pero sin un sestercio en el bolsillo, el pobrecito se dio a recorrer mundo, al azar. 



Y después de no se sabe cuántos años de aventuras y desventuras, desembarcó, siempre con la maleta a cuestas, en Italia; se puso a remontarla hacia el Norte, llegó al Lacio, donde casó con la hija del rey Latino, que se llamaba Lavinia, fundó una ciudad a la que dio el nombre de la esposa, y al lado de ésta vivió feliz y contento el resto de sus días.

LAVINIA, HIJA DEL REY LATINO

Su hijo Ascanio fundó Alba Longa, convirtiéndola en nueva capital. Y tras ocho generaciones, es decir, unos doscientos años después del arribo de Eneas, dos de sus descendientes, Numitor y Amulio, estaban aún en el trono del Lacio. Desgraciadamente, dos en un trono están muy apretados. Y así, un día, Amulio echó al hermano para reinar solo, y le mató todos los hijos, menos una: Rea Silvia. Mas, para que no pudiese poner al mundo algún hijo a quien, de mayor, se le pudiese antojar vengar al abuelo, la obligó a hacerse sacerdotisa de la diosa Vesta, o sea monja.

ENEAS Y ASCANIO

Un día, Rea, que probablemente tenía muchas ganas de marido y se resignaba mal a la idea de no poder casarse, tomaba el fresco a orillas del río porque era un verano tremendamente caluroso, y se quedó dormida. Por casualidad pasaba por aquellos parajes el dios Marte, pues bajaba a menudo a la Tierra, un poco para organizar una guerrita que otra, que era su oficio habitual, y otro poco en busca de chicas, que era su pasión favorita. Vio a Rea Silvia. Se enamoró de ella. Y sin despertarla siquiera, la dejó encinta.

LA MADRE DE RÓMULO Y REMO
REA SILVIA JUNTO AL DIOS MARTE, 

Amulio se encolerizó muchísimo cuando lo supo. Más no la mató. Aguardó a que pariese, no uno, sino dos chiquillos gemelos. Después, ordenó meterlos en una pequeñísima almadía que confió al río para que se los llevase, al filo de la corriente, hasta el mar, y allí se ahogasen. Mas no había contado con el viento, que aquel día soplaba con bastante fuerza, y que condujo la frágil embarcación no lejos de allí, encallando en la arena de la orilla, en pleno campo. Ahí, los dos desamparados, que lloraban ruidosamente, llamaron la atención de una loba que acudió para amamantarlos. Y por eso este animal se ha convertido en el símbolo de Roma, que fue fundada después por los dos gemelos.

AMULIO Y NÚMITOR

Los maliciosos dicen que aquella loba no era en modo alguno una bestia, sino una mujer de verdad, Acca Laurentia, llamada Loba a causa de su carácter selvático y por las muchas infidelidades que le hacía a su marido, un pobre pastor, yéndose a hacer el amor en el bosque con todos los jovenzuelos de los contornos. Mas acaso todo eso no son más que chismorreos.

ACCA LAURENTIA

Los dos gemelos mamaron la leche, luego pasaron a las papillas, después echaron los primeros dientes, recibieron uno el nombre de Rómulo, el otro, el de Remo, crecieron, y al final supieron su historia. Entonces, volvieron a Alba Longa, organizaron una revolución, mataron a Amulio y repusieron en el trote a Numitor. Después, impacientes, como todos los jóvenes, por hacer algo importante, en vez de esperar un buen reino edificado por el abuelo, que sin duda se lo hubiera dejado, se fueron a construir otro nuevo un poco más, lejos. Y eligieron el sitio donde su almadía había encallado, en medio de las colinas entre las que discurre el Tíber, cuando está a puntó de desembocar en el mar. En aquel lugar, como a menudo sucede entre hermanos, litigaron sobre el nombre que dar a la ciudad. Luego decidieron que ganaría el que hubiese visto más pájaros. Remo vio seis sobre el Aventino. Rómulo, sobre el Palatino, vio doce: la ciudad se llamaría, pues, Roma. Uncieron dos blancos bueyes, excavaron un surco y construyeron las murallas jurando matar a quienquiera las cruzase. Remo, malhumorado por la derrota, dijo que eran frágiles y rompió un trozo de un puntapié. Y Rómulo, fiel al juramento, le mató de un badilazo. Todo esto, dícese, aconteció setecientos cincuenta y tres años antes de que Jesucristo naciese, exactamente el 21 de abril, que todavía se celebra como aniversario de la ciudad, nacida, como se ve, de un fratricidio. Sus habitantes hicieron de ella el comienzo de la historia del mundo, hasta que el advenimiento del Redentor impuso otra contabilidad.


Tal vez también los pueblos vecinos hacían otro tanto: Cada uno de ellos databa la Historia del Mundo por la fundación de la propia capital. Alba Longa, Rieti, Tarquinia o Arezzo. Mas no lograron que los otros lo reconocieran, porque cometieron el pequeño error de perder la guerra, más aún, las guerras. Roma, en cambio, las ganó. Todas. La finca de pocas hectáreas que Rómulo y Remo recortaron con el arado entre las colinas del Tíber convirtióse en el espacio de pocos siglos en el centro del Lacio, después de Italia, y más tarde del mundo conocido hasta entonces. Y en todo él se habló su lengua, se respetaron sus leyes, y se contaron los años ab urbe condita, o sea desde aquel famoso 21 de abril de 753 antes de Jesucristo, comienzo de la historia de Roma y de su civilización.


Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero así los papas romanos quisieron durante muchos siglos que les fuesen contadas a sus hijos: un poco, porque creían en ellas y otro poco, porque, grandes patriotas, les halagaba mucho el hecho de poder mezclar los dioses influyentes como Venus y Marte y personalidades de elevada posición como Eneas, al nacimiento de su Urbe. Sentían oscuramente que era muy importante educar a sus hijos en la convicción de que pertenecían a una patria edificada con el concurso de seres sobrenaturales, que seguramente no se hubiesen prestado a ello de no haberles propuesto asignarle un gran destino. Esto dio un fundamento religioso a toda la historia de Roma, que, en efecto, se derrumbó cuando se prescindió de él. La Urbe fue caput mundi, capital del Mundo, mientras sus habitantes supieron pocas cosas y fueron lo bastante ingenuos para creer en aquéllas, legendarias, que les habían enseñado papas y magistri; mientras estuvieron convencidos de ser descendientes de Eneas, de que corría por sus venas sangre divina y de ser «ungidos de Señor», aunque en aquellos tiempos se llamase Júpiter. Fue cuando comenzaron a dudar de ello cuando su imperio se hizo añicos y el caput mundi convirtióse en colonia. Más no nos precipitemos.


En la fábula de Rómulo y Remo, acaso no todo es fábula. Tal vez hay también algo de verdad. Tratemos de desentrañarlo basándonos en los datos bastante seguros que la Arqueología y la Etnología nos han proporcionado.


Parece ser que ya treinta mil años antes de la fundación de Roma, Italia estaba habitada por el hombre. Qué hombre fue, los entendidos dicen haberlo reconstruido con ciertos huesecitos de su esqueleto encontrados aquí y allá, y que se remontan a la llamada «edad de piedra». Pero nosotros nos fiamos poco de estas deducciones, y, por lo tanto, saltamos a una era más próxima, la «neolítica», de hace algo así como ocho mil años, o sea cinco mil antes de Roma. 

ESTATUA QUE REPRESENTA A ROMA TRIUNFANTE

Parece ser que nuestra península estaba poblada entonces por ciertos ligures al norte y sículos al sur, gentes de cabeza en forma de pera, que vivían un poco en las cavernas, un poco en cabañas redondas construidas con estiércol y fango, domesticaban animales y se alimentaban de caza y pesca.


Hagamos otro salto de cuatro mil años, es decir, lleguemos al año 2000 antes de Jesucristo. Y he aquí que del Septentrión, o sea de los Alpes, llegan otras tribus, quién sabe desde cuánto tiempo en marcha desde su patria de origen; la Europa central. Éstas no están mucho más adelantadas que los indígenas de cabeza en forma de pera; pero tienen la costumbre de construir sus viviendas no en cavernas, sino sobre estacas sumergidas en el agua, las llamadas palafitos. Proceden, se ve, de sitios pantanosos y, en efecto, al llegar a nuestro país eligen las regiones de los lagos, el Mayor, el de Como, el de Garda, anticipándose en algunos milenios al gusto de los turistas modernos. E introducen en nuestro país algunas grandes innovaciones; la ganadería, la agricultura, el tejido de telas y la construcción de bastiones de barro y tierra apisonada en torno a los poblados para defenderlos tanto de los ataques de animales como de hombres.


Poco a poco empezaron a descender hacia el sur, donde se habituaron a construir cabañas también en tierra firme pero apuntalándolas todavía sobre estacas; aprendieron de ciertos primos suyos, instalados al parecer en Germania, el uso del hierro con el que fabricaron un montón de zarandajas nuevas: azadas, cuchillos, navajas, etc., y fundaron una verdadera ciudad, que se llamó Villanova, y que debió de estar emplazada en las cercanías de la que hoy es Bolonia. Éste fue el centro de una civilización que se llamó precisamente de Villanova y que poco a poco se extendió por toda la península. De ella se cree que derivan, como raza, como lengua y como costumbres los umbros, los sabinos y los latinos.


No se sabe lo que aquellos villanoveses, tras haberse establecido a horcajadas del Tíber, hicieron con los indígenas ligures y sículos. Tal vez les exterminaron, como era de uso en aquellos tiempos llamados «bárbaros» para distinguirlos de los nuestros en que se hace otro tanto si bien se llamen «civilizados»; acaso se mezclaron con ellos tras haberlos sometido. El hecho es que, hacia el año 1000 antes de Jesucristo, entre la desembocadura del Tíber y la bahía de Nápoles, los nuevos venidos fundaron muchas poblaciones que, aun cuando habitadas por gente de la misma sangre, se hacían la guerra entre sí y no se apaciguaban más que ante algún enemigo común o en ocasión de alguna fiesta religiosa.


La mayor y más poderosa de aquellas ciudades fue Alba Longa, capital de Lacio, a los pies del monte Albano, que corresponde probablemente a Castelgandolfo. Los albalonganos son considerados como aquel puñado de jóvenes aventureros que un buen día emigraron una docena de kilómetros más hacia el Norte, y que fundaron Roma. 



Tal vez eran braceros, que iban en busca de un poco de tierra que apropiarse y cultivar. Tal vez eran un poco maleantes que tenían cuentas que ajustar con la policía y los tribunales de su ciudad. Tal vez eran emisarios mandados por su Gobierno a vigilar aquellos parajes, en los confines de la Toscana, en cuyas costas había desembarcado a la sazón un nuevo pueblo, el etrusco, que no se sabía de qué parte del Mundo venía, pero del que se decían pestes. Y tal vez entre aquellos pioneros había dos que verdaderamente se llamaban Rómulo y Remo. A pesar de todo, no debían de ser más de un centenar.


El lugar que eligieron tenía muchas ventajas y no pocas desventajas. A una veintena de kilómetros del mar, se hallaba a resguardo de los piratas que lo infestaban, y podía ser convertido en puerto, pues para las embarcaciones de aquel tiempo, el brazo de río que lo separaba de la desembocadura era fácilmente navegable. Pero las marismas y los pantanos que lo rodeaban lo condenaban al paludismo, enfermedad que ha llamado a sus puertas hasta hace pocos años. Pero estaban las colinas que, al menos en parte, protegían a los habitantes de los mosquitos. Y fue, en efecto, en una de ellas, el Palatino, donde se alojaron primero, con el propósito de poblar también en seguida las otras seis que se elevaban en torno.


Más, para poblarlas, tenían que nacer hijos. Y para ello, hacían falta esposas. Y aquellos pioneros eran solteros.


Aquí, en defecto de historia, hemos de volver por fuerza a la leyenda, que nos cuenta lo que hizo Rómulo, o como se llamase el capitoste de aquellos tipejos, para procurarse mujeres para él y sus compañeros. Organizó una gran fiesta, tal vez para celebrar el nacimiento de su ciudad e invitó a tomar parte en ella a los vecinos sabinos (o quirites), con su rey Tito Tacio, y sobre todo, a sus hijas. Los sabinos acudieron. Más, mientras estaban dedicados a apostar en las carreras a pie y a caballo, que era su deporte preferido, los dueños de la casa, muy poco deportivamente, les robaron a sus hijas y les echaron a ellos a puntapiés.

EL RAPTO DE LAS SABINAS

Nuestros antiguos eran muy sensibles en cuestiones de mujeres. Poco antes, el rapto de una de ellas, Helena, había costado una guerra que duró diez años y que acabó con la destrucción de un gran reino: el de Troya. Los romanos las raptaron a docenas y es, por tanto, natural que el día siguiente tuvieran que enfrentarse con sus papas y hermanos, que volvieron, armados, a recuperarlas. Se atrincheraron en el Campidoglio, pero cometieron el imperdonable error de confiar las llaves de la fortaleza a Tarpeya, una chica romana que, dícese, estaba enamorada de Tito Tacio. Abrió una puerta a los invasores, los cuales, gente caballeresca, por lo tanto, refractaria a toda traición, comprendieron la perpetrada en su favor y la recompensaron aplastando a la chica bajo sus escudos. Los romanos dieron más tarde su nombre a las rocas desde donde solían arrojar a los traidores a la patria condenados a muerte.
TITO TACIO CON TARPEYA

Todo acabó en un pantagruélico banquete nupcial. Pues las otras mujeres, en nombre de las cuales se había encendido la batalla, en cierto momento se interpusieron entre ambos ejércitos y declararon que no querían quedarse huérfanas, como habría sucedido si sus maridos romanos hubiesen vencido, o viudas, como habría ocurrido si hubiesen vencido sus papas sabinos. Y que ya era hora de dejarlo porque con aquellos maridos, aunque expeditivos y largos de manos, lo habían pasado muy bien. Más valía regularizar los matrimonios, en vez de seguir degollándolos. Y así fue Rómulo y Tacio decidieron gobernar juntos, ambos con el título de rey, aquel nuevo pueblo nacido de la fusión de las dos tribus, de las cuales llevó el nombre conjuntamente; romanos quirites. Y como que Tacio tuvo, acto seguido, la gentileza de morir, el experimento de reino a dos marchó bien aquella vez.


¡Quién sabe lo que se ocultaba bajo esta historia! Tal vez no sea más que la versión, sugerida por el patriotismo y el orgullo, de una conquista de Roma por parte de los sabinos. Pero puede darse también que los dos pueblos se hubieran mezclado voluntariamente y que el famoso rapto fuese tan sólo la normal ceremonia del matrimonio, como se celebraba entonces, es decir, con el robo de la novia por parte del novio, pero con el consentimiento del padre de ella, como todavía se hace en ciertos pueblos primitivos.


Si ocurrió verdaderamente así, es probable que esa fusión fuese, más que sugerida, impuesta por el peligro de un enemigo común: aquellos etruscos que, mientras tanto, se habían desparramado desde la costa tirrena por Toscana y Umbría y que, provistos de una técnica mucho más adelantada, presionaban hacia el Sur. Roma y la Sabina estaban en la dirección de esta marcha y bajo su amenaza directa. Efectivamente, no se libraron de ella.


La Urbe había nacido apenas y ya tenía que habérselas con uno de los más difíciles e insidiosos rivales de su historia. Lo abatió a través de prodigios de diplomacia primero, y de valor y tenacidad después. Pero necesitó siglos.


MOSAICO DE LA DIOSA ROMA