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lunes, 1 de mayo de 2017

LA BALSA DE LA MEDUSA, DEL PINTOR FRANCÉS THÉODORE GÉRICAULT



La balsa de la Medusa (1819) es una pintura romántica de Théodore Géricault que hace referencia al naufragio del barco francés "la Medusa" ( en referencia a la terrible Gorgona de la mitología), en la costa occidental africana en 1816.  En la obra puede apreciarse una estructuración claramente piramidal, así como diagonales establecidas por uno de los lados del triángulo, de manera que los brazos de los tripulantes se extienden hacia una misma dirección, colaborando en el trazado de la diagonal. En la cúspide de la pirámide y extremo de la diagonal principal, está el punto de ánimo más intenso, en el que se ve a un hombre agitando con vigor un trapo con el objetivo de hacer señales hacia un supuesto barco que creen haber avistado en el horizonte. En el lado contrario de la diagonal, se encuentra el estado de ánimo opuesto, pudiendo apreciarse una figura envejecida con gesto desanimado y con total ausencia de esperanza, rodeado de los cadáveres de sus compañeros. 

Este hombre está sosteniendo entre sus brazos a su hijo muerto, y es la única figura que parece mirar al espectador. Representa el drama, la desesperanza que nos mira directamente. Además, el autor le rodea de un manto de llamativo color rojo, con el objetivo de que sea la primera figura a la que prestemos atención al observar la pintura, de manera que el espectador, lo que primero ve es a un viejo totalmente abatido, y ha de seguir las diagonales ascendentes (trazadas por los maderos de la balsa y por los brazos extendidos de los tripulantes) para poder detenerse en la figura antagónica situada en el extremo opuesto, la cual representará la esperanza exaltada y cargada de energía (agita furiosamente un paño tratando de llamar la atención del barco).
 
También hay que destacar la situación de los elementos secundarios de la composición, pues el autor sitúa a esta pequeña balsa atestada de gente entre inmensas olas, y fuerza al espectador a buscar el barco que los náufragos creen haber divisado, pese a que el punto es tan confuso que no puede decirse con seguridad que sea un navío. Así pues, la esperanza se muestra incierta y lejana, y antagónicamente, se muestran unas olas amenazadoras y cercanas, que se distinguen con total claridad, y que vienen a representar la cruda realidad. 

Otro detalle a tener muy en cuenta será el rudimentario velamen de la balsa, pues viene a señalar la dirección del viento, que dicho sea de paso, sopla en contra de la balsa, separándoles del supuesto barco al que hacen señales, es decir, alejándoles de lo que sería su salvación. El simbolismo es claro. La suerte y el azar (dirección del viento) sólo les depara un destino aún más trágico (impedir que salven la vida). Pese a ello, el joven situado en el extremo superior de la pirámide comba su cuerpo en contra del viento, oponiéndosele. En el otro extremo, el anciano está inclinado de manera que parece que ha sido vencido por el viento, y acepta su desastrosa dirección. 


Hay que destacar que como obra modelo del romanticismo, tiene un predominio del color sobre el dibujo. Además, el autor muestra con un realismo macabro la escena, deleitándose en la anatomía resaltada de los náufragos, y componiendo las figuras a base de líneas en zig-zag y espirales. 

martes, 25 de abril de 2017

CINCINATO ABANDONA EL ARADO PARA DICTAR LEYES A ROMA, CUADRO DEL PINTOR ESPAÑOL JUAN ANTONIO RIBERA



LUCIO QUINCIO CINCINATO

(Roma, hacia 519 a.C. - 430 a.C.) General y político romano. Este personaje histórico fue mitificado por la historiografía romana republicana. Autores como Catón el Viejo hicieron que se convirtiese en el modelo en el que se encarnaban todos los viejos valores romanos, entre los que se encontraban la frugalidad rústica, el patriotismo y la falta de ambición personal.

Fue elegido cónsul de Roma en el 460 a.C. Ejerció el cargo en un período en el que Roma estaba envuelta en las luchas entre patricios y plebeyos. Dos años después de su consulado, cuando el ejército romano del cónsul Minucio se encontraba cercado por los ecuos y los volscos, el pueblo de Roma exigió el nombramiento de un dictador. El principal candidato era Quincio Cincinato, que era valorado por toda la ciudadanía romana por sus virtudes e inteligencia por encima de lo normal.

La leyenda cuenta que recibió a la delegación del Senado que le llevaba la noticia de su nombramiento mientras estaba arando sus propias tierras, que se encontraban a orillas del río Tíber. Tenía como misión salvar al ejército cercado en los alrededores del monte Algido. Consiguió organizar un nuevo ejército y derrotar al enemigo. Logró su objetivo en tan sólo dieciséis días, y fue recibido en Roma con honores, donde desfiló precedido de los despojos de la victoria.

Tras la celebración renunció a la dictadura, que le había sido conferida para un período de seis meses, y a todos sus honores. Se negó a recibir cualquier tipo de recompensa y regresó a sus posesiones en el campo.

Nuevamente fue investido en el 439 a.C. por el Senado con la dictadura, esta vez debido a la crisis surgida en la ciudad a causa de la conspiración tramada por los plebeyos que estaba encabezada por Espurio Manlio, tribuno de la plebe. Los rebeldes trataban de imponer reformas democráticas en Roma. Los patricios acudieron a Quincio Cincinato, que por aquel entonces contaba con 80 años, ya que veían peligrar sus privilegios.



domingo, 26 de marzo de 2017

PINTURAS SOBRE EL MITO DE APOLO Y DAFNE


Apasionada historia de amor y rechazo que inspiró a muchos pintores a retratar el famoso mito, que se resume en lo siguiente:
La serpiente Pitón, en la mitología griega, era un monstruo de cien cabezas y cien bocas que vomitaban fuego; era el terror de la campiña de Tesalia porque arrasaba a hombres y animales. Cuenta Ovidio que Apolo, orgulloso por haberle dado muerte, osó desafiar a Cupido, hijo de Venus y de Marte. Este, para castigar tal osadía, tomó dos flechas de su aljaba. Una tenía la punta de oro e infundía amor; la otra era de plomo e inspiraba desdén. Cupido dirigió la primera hacia Apolo, y disparó la segunda a Dafne, hija del río Peneo y de la Tierra. Una violenta pasión por la hermosa ninfa se apoderó entonces de Apolo. Sin embargo ella, herida por la flecha del desprecio, huyó rápidamente tratando de esconderse. Apolo corrió en busca de Dafne, pero ésta, al verse perdida, solicitó la ayuda de su padre. Tan pronto como cesaron sus gritos de socorro, una corteza suave le encerró el pecho, sus cabellos se transformaron en hojas verdes, los brazos en ramas, los pies se fijaron en el suelo y la ninfa quedó transformada en laurel. Apolo, no dispuesto aún a darse por vencido, abrazó el árbol y lo cubrió de ardientes besos, pero incluso las ramas retrocedían asustadas de sus labios. Juró el dios Apolo: “Si no puedes ser mi amante me serás consagrada eternamente. Tus hojas serán siempre verdes y con ellas me coronaré”. Desde entonces, el laurel es el símbolo de Apolo y con él se galardona a los vencedores, artistas y poetas.























sábado, 4 de febrero de 2017

RETRATOS DE CAMPASPE, LA HERMOSA CONCUBINA DE ALEJANDRO MAGNO Y ENTREGADA COMO ESPOSA PARA APELES


Campaspe (Καμπάσπη) —también conocida como Pancaspe o Pancaste— fue «una joven tesalia de Larissa» (Claudio Eliano, Ποικίλη ἱστορία: XII, 7), concubina de Alejandro Magno (cum qua primum Alexander rem habuisse dicitur) y modelo de Apeles para su Venus Anadiomena.
 
Según Plinio el Viejo (XXXV, 79-97), cuando Alejandro vio el desnudo terminado, llegó a la conclusión de que seguramente Apeles amaba a la joven más que él; así que le entregó a Campaspe por esposa y se quedó con la obra.
 
Lope de Vega lo llamaría «la mayor hazaña de Alejandro Magno»:

Yo te doy a mi Campaspe,
que es como arrancarme el alma.
Y darela dando fin
a todas mis esperanzas.
Yo te la doy por esposa,
que, en dando esta prenda, nada
tiene mi poder que dar;
todo con ella se acaba.















domingo, 29 de enero de 2017

LA MUERTE DE SÉNECA, DEL PINTOR ESPAÑOL MANUEL DOMÍNGUEZ SÁNCHEZ




Tras esto mandó matar Nerón a Plautio Laterano, cónsul electo; tanta prisa hubo que no dieron tiempo al reo para abrazar a sus hijos ni aun para elegir la muerte. Le llevaron al lugar en que ejecutaban a los esclavos y allí fue muerto por el Tribuno Estacio; conservó hasta el último momento la constancia en no hablar y no reprochó al tribuno su complicidad en la misma conspiración. Siguió después la muerte de Séneca, con gran júbilo por parte del príncipe, no porque estuviese seguro de su participación en la conjura, sino para terminar por medio de la fuerza lo que no pudo hacer el veneno. Solamente Natal había nombrado a Séneca, diciendo que estando éste enfermo había ido a visitarle y a quejarse de que se le negase la entrada a Pisón; mejor era que los dos se encontrasen en la intimidad y cultivasen su amistad. Séneca respondió que “esas conversaciones no convenían a ningunos de los dos, pues, por lo demás, su propia salvación dependía de la de Pisón”. 

Gavío Silvano, tribuno de una cohorte pretoriana, recibió la orden de transmitir esto a Séneca y de preguntarle si reconocía las palabras de Natal y su propia respuesta. Séneca, por casualidad, o tal vez de intento, había regresado aquel día de Campania y se detuvo a cuatro millas de Roma en una de esas casa de campo. Allí llegó el tribuno al caer la tarde y rodeo la casa con un pelotón de soldados. Séneca cenaba en compañía de su esposa, Pompeya Paulina, y de dos amigos, cuando el tribuno le comunicó el mensaje del emperador. 

Séneca respondió que “Natal había venido a quejarse de parte de Pisón porque no le permitía visitarle; él se había excusado por su estado de salud y por el deseo que tenía de descansar; no tenía motivos para anteponer la salvación de un simple particular a la suya propia, tampoco tenía carácter inclinado a las adulaciones y esto mejor que nadie lo sabía Nerón, pues más veces había experimentado la libertad de Séneca que su servilismo”. 

Cuando el tribuno refirió esto a Nerón, en presencia de Popea y de Tigelino, consejeros íntimos de las crueldades del príncipe, éste preguntó si Séneca se preparaba a morir voluntariamente. Entonces el tribuno respondió que no había observado en él ningún signo de temor, ninguna señal de tristeza aparecía en sus palabras ni en su semblante. Nerón mandó volver al tribuno y comunicar a Séneca su sentencia de muerte. Cuenta Fabio Rústico que no volvió por el camino por donde había venido, sino que dio un rodeo y pasó por casa del prefecto Fenio, a quien preguntó, después de dar a conocer la obra del emperador, si debía obedecer. Fenio, con la funesta cobardía de todos, le respondió que debía cumplir la voluntad del príncipe. El tribuno Silvano era también uno de los conjurados y acrecentaba el número de los crímenes en cuya venganza había consentido. Sin embargo, tuvo el pudor de no dirigirse directamente a Séneca y de no contemplar su muerte. Mandó entrar a un centurión para que le notificase que debía morir. 

Sin dejarse turbar, pide séneca su testamente y, ante la negativa del centurión, se vuelve hacia sus amigos, diciendo que, “puesto que se le prohibía agradecer sus servicios, les deja al menos el único bien que le restaba, pero el más hermoso de todos: la imagen de su vida. Si guardaban su recuerdo hallarían en el renombre de la virtud la recompensa de su constante amistad”. Y como llorasen, Séneca les habló primero con sencillez; después, con tono más severo, les reprendió y aconsejó firmeza. Les preguntaba “qué había venido a ser sus lecciones de prudencia, dónde estaban los principios que habían meditado durante tantos años contra la fatalidad. Porque, en fin, ¿quién no conocía la crueldad de Nerón? Al martirio de su madre y de su hermano no le restaba más que ordenar también la muerte del hombre que le había educado e instruido”. 

Después de estas exhortaciones, que parecían dirigirse a todos, instintivamente estrechó a su mujer en sus brazos, un poco enternecido, a pesar de la fortaleza de su espíritu, le rogó y suplicó que moderase su dolor y no lo hiciere perpetuo, sino que en la contemplación de una vida consagrada a la virtud encontrase el consuelo de la pérdida de su esposo. Pero Paulina aseguró que también ella estaba decidida a morir y reclamó el brazo del verdugo. Entonces Séneca no se opuso a su gloria; además su amor temíase que quedase expuesta al oprobio una mujer por quien sentía un sin igual afecto: “Yo te había mostrado, dijo, los encantos de la vida; tú prefieres el honor de morir; no me opondré a tal ejemplo; sea igual entre nosotros la constancia de un fin tan generoso, pero en él tú consigues la mayor gloria.” 

Después de estas palabras se cortaron, a un tiempo, las venas de los brazos. Séneca, cuyo cuerpo débil por su ancianidad y delgado por la abstinencia dejaba muy lentamente escapar la sangre, se abrió también las venas de las piernas y rodillas. Fatigado por el dolor, temiendo que su sufrimiento abatiese el valor de su esposa y también por no alterarse al presenciar los tormentos de ella, la persuadió a retirarse a otro aposento. Entonces, echando mano de su elocuencia aún en sus últimos momentos, llamó a sus secretarios y les dictó varias cosas. Como fueron literalmente publicadas, creo superfluo el comentarlas. 

Pero Nerón no tenía resentimiento alguno contra Paulina y, temiendo hacer más odiosa su crueldad, ordenó que se impidiese la muerte de la esposa de Séneca. Por orden de los soldados, sus libertos y esclavos le vendaron las heridas y detuvieron la sangre. No se sabe si ella se dio cuenta de esto pues, como el vulgo se inclina siempre a pensar lo peor, no faltó quienes creyesen que mientras temió la ira de Nerón, deseó la gloría de acompañar a su marido, pero que después, con mejores esperanzas, se dejó vencer por la dulzura de la vida. Solamente vivió algunos años guardando el recuerdo de su marido y mostrando en su rostro y en sus descoloridos miembros que la vida languidecía en ella. 
Viendo Séneca que se prolongaba el dolor de la agonía rogó a Eustacio Anneo, en quien veía un amigo fiel y un hábil médico, que le sacase el veneno que ya tenía preparado (era el que daban los atenienses a los condenados a muerte), y cuando se lo trajeron lo tomó sin que le produjera efecto, pues sus miembros estaban fríos y en su cuerpo no obraba el veneno. Ordenó, a continuación, que le introdujesen en la sala de baños calientes y, rociando con el agua a los presentes, dijo que ofrecía aquella libación a Júpiter libertador. Por fin, entrando en el baño, lo sofocó el vapor. Su cuerpo fue incinerado sin ceremonia alguna. Así lo habían prescrito en su testamento cuando, siendo rico y poderoso, pensaba en sus últimos momentos. 

( Tácito en "La muerte de Séneca")


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EL RAPTO DE LAS SABINAS, PINTURAS DEL ESTADOUNIDENSE CHARLES CHRISTIAN HEINRICH NAHL


El Rapto de las Sabinas es un episodio mitológico que describe el secuestro de mujeres de la tribu de los sabinos por los fundadores de Roma. 

Según la leyenda, en la Roma de los primeros tiempos había muy pocas mujeres. Para solucionar esto, Rómulo, su fundador y primer rey, organizó unas pruebas deportivas en honor del dios Neptuno, a las que invitó a los pueblos vecinos. Acudieron varios de ellos, pero los de una población, la Sabinia, eran especialmente voluntariosos y fueron a Roma con sus mujeres e hijos y precedidos por su rey. 

Comenzó el espectáculo de los juegos y, a una señal, cada romano raptó a una mujer, y luego echaron a los hombres. Los romanos intentaron aplacar a las mujeres convenciéndolas de que sólo lo hicieron porque querían que fuesen sus esposas, y que ellas no podían menos que sentirse orgullosas de pasar a formar parte de un pueblo que había sido elegido por los dioses. Las sabinas pusieron un requisito a la hora de contraer matrimonio: en el hogar, ellas sólo se ocuparían del telar, sin verse obligadas a realizar otros trabajos domésticos, y se erigirían como las que gobernaban en la casa. 

Años más tarde, los sabinos, enfadados por el doble ultraje de traición y de rapto de sus mujeres, atacaron a los romanos, a los que fueron acorralando en el Capitolio. Para lograr penetrar en esta zona, contaron con la traición de una romana, Tarpeya, quien les franqueó la entrada a cambio de aquello que llevasen en los brazos, refiriéndose a los brazaletes. Viendo con desprecio la traición de la romana a su propio pueblo, aceptaron el trato, pero, en lugar de darle joyas, la mataron aplastándola con sus pesados escudos. La zona donde, según la leyenda, tuvo lugar tal asesinato, recibió el nombre de Roca Tarpeya, desde la que se arrojaba a los convictos de traición. 

Cuando se iban a enfrentar en lo que parecía ser la batalla final, las sabinas se interpusieron entre ambos ejércitos combatientes para que dejasen de matarse porque, razonaron, si ganaban los romanos, perdían a sus padres y hermanos, y si ganaban los sabinos, perdían a sus maridos e hijos. Las sabinas lograron hacerlos entrar en razón y finalmente se celebró un banquete para festejar la reconciliación. El rey de Sabinia Tito Tacio y Rómulo formaron una diarquía en Roma hasta la muerte de Tito.








MICÓN Y PERO, PINTURAS DEL HOLANDÉS PETER-PAUL RUBENS


 


Valerio Máximo, en el relato de Cimón (Micón) y Pero nos cuenta:

(...) “Pero alimentó con leche, como si fuera un bebé, a su padre, Micón,que era muy anciano ya y pasaba sus últimos días en la cárcel".

(...) “como este que esperaba su ejecución en una celda de la cárcel, en la que no se le suministraba comida, era alimentado por Pero, su hija, que probablemente tenía un bebe, con la leche de su pecho.”








LUCRECIA Y TARQUINO, PINTURA DEL ITALIZANO TIZIANO VECELLIO



Lucrecia era una importante matrona romana, hija de Septimio Lucrecio Triciplino y esposa de Colatino. Sexto, hijo del monarca romano Tarquino el "Soberbio", se prendó de la belleza de la mujer y al no conseguir sus propósitos, entró una noche en la habitación de Lucrecia para forzarla. La amenazó, si no accedía a sus deseos, con matarla y situar a su lado el cadáver de un esclavo para aumentar su deshonra. Consumada la violación, Lucrecia convocó a su familia al día siguiente para darle a conocer la terrible noticia, momento que aprovechó para suicidarse, murió en 510 a C. La venganza de los Lucrecios será el origen de la caída de la Monarquía en Roma y la instauración de la República. 





sábado, 28 de enero de 2017

CORNELIA, MADRE DE LOS GRACOS, DEL PINTOR ALEMÁN PHILIPP FRIEDRICH VON HETSCH




Hija de Publio Cornelio Escipión el Africano y de Emilia Tercia, se desposó con Tiberio Sempronio Graco (cónsul en 177 a. C. y en 163 a. C.) tras la muerte de su padre. Fue madre de doce hijos, pero los únicos que llegaron a la edad adulta fueron Tiberio Sempronio Graco, Cayo Sempronio Graco y Sempronia, quien se desposó con su primo, Publio Cornelio Escipión Emiliano.

Fue una mujer culta y de carácter fuerte. Después de la muerte de su esposo (153 a. C.), rechazó la propuesta de matrimonio con el rey de Egipto, Ptolomeo VIII Evérgetes, para consagrarse a la educación de sus hijos. Formó parte de la familia patricia que más se entregó a la defensa de la cultura helenística que entonces empezaba a asentarse en Roma. A edad muy avanzada, le fue erigida a tan insigne dama una estatua de bronce en el Foro Romano, de la cual se conserva la base con el epígrafe: Cornelia Africani F. Gracchorum (Cornelia, hija del Africano y madre de los Gracos). Fue la primera estatua pública en honor a una mujer expuesta en Roma.

En sus Vidas Paralelas de Tiberio y Cayo Sempronio Graco, Plutarco afirma que Cornelia gustaba del trato con las gentes, y se mostraba muy hospitalaria para con sus invitados. Recibía en su casa a filósofos griegos y toda clase de literatos. Se dice que llevó con gran entereza y magnanimidad sus infortunios, pues había sobrevivido a su padre, a su esposo, a sus hijos y demás familiares y amigos. Sus últimos años de vida los pasó en su villa de los campos misenos, hablando de su padre y de sus hijos a sus visitantes, como si se tratara de hombres de una época pasada.

Dante Alighieri la cita en la Divina Comedia, como uno de los espíritus que se encuentran en el Limbo.
En el cuadro vemos a Cornelia dando a conocer ante la mujer que alardea de sus joyas que ella considera a sus hijos como sus verdaderos tesoros.





LA REINA ZENOBIA HABLA A SUS SOLDADOS, PINTURA DEL ITALIANO GIOVANNI BATTISTA TIEPOLO


La leyenda feliz del destino de la reina Zenobia, cuenta que Aureliano, impresionado por su belleza y dignidad y porque ella no pidió clemencia, la liberó y le concedió una elegante villa en Tibur (actual Tivoli, Italia). Supuestamente vivía rodeada de lujo y se volvió prominente como filósofa, dama de sociedad y matrona romana. Se dice que se casó con un gobernador y senador romano cuyo nombre se desconoce, aunque hay razón para pensar que puede haber sido Marcellus Petrus Nutenus. 

Según ciertos informes, tenían varias hijas, cuyos nombres son desconocidos, aunque se dice que se casaron con miembros de familias nobles romanas. 

Parece que varios de sus descendientes sobrevivían en los siglos cuarto y quinto. 

La evidencia en apoyo de que hubo descendientes de Zenobia, es ofrecida por un nombre en una inscripción hallada en Roma: el nombre de L. Septimia Patavinia Balbilla Tyria Nepotilla Odaenathiania incorpora los nombres de primer marido y el hijo de Zenobia y puede sugerir una relación familiar (tras la muerte de Odenato y sus hijos, Odenato no dejó otros descendientes). 

Otro posible descendiente de Zenobia es San Zenobio de Florencia, un obispo cristiano que vivió en el siglo quinto.


EL TRIUNFO DE AURELIANO, OTRO CUADRO DEL
PINTOR GIOVANNI BATTISTA TIEPOLO





domingo, 22 de enero de 2017

LA MUERTE DE CLEOPATRA, PINTURA DEL ITALIANO GUIDO GAGNACCI




César Octavio (el futuro emperador Augusto) había acusado en el año 32 públicamente a Cleopatra de varios cargos muy graves: magia, incesto, lujuria, adoración de ídolos animales… poniendo de esta manera en su contra al senado romano y a toda la población. Se decía que la mala conducta de Marco Antonio se debía a los embrujos de esta reina. 

Los planes de Octavio eran coger a la reina como prisionera y llevarla a Roma para así demostrar su superioridad y su victoria, pero no fue posible pues viendo su futuro como esclava tal vez en su propio país donde había sido soberana, Cleopatra eligió morir y tomó la decisión de suicidarse. Pidió a sus criadas Iras y Charmion que le trajeran una cesta con frutas y que metieran dentro una cobra egipcia, el famoso áspid, responsable de su muerte. Antes de morir escribió una misiva a Octavio en que le comunicaba su deseo de ser enterrada junto a Marco Antonio.


DIDO Y ENEAS EN CARTAGO, PINTURA DEL FRANCÉS CLAUDIO DE LORENA




Dido, la legendaria reina norteafricana de la ciudad de Cartago, era hija de Mutto, rey de la ciudad fenicia de Tira. Su significado mitológico se debe a su trágico amor con Eneas, quien después de huir de Troya pasó un tiempo con ella en el norte de África.
Dido tuvo que huir de su tierra después de que su hermano Pigmalión matase a su marido. Con su hermana Ana y un grupo de leales acampó en la actual Túnez, en la costa del norte de África.
Iarbas (Jarbas), un rey local, estaba dispuesto a venderle un trozo de tierra a condición de que no fuese más grande que la piel de un toro. La astuta Dido cortó en­tonces la piel de un toro en pequeñas tiras y demarcó el lugar sobre el que quería fundar la ciudad de Cartago.
Cuando la ciudad se hallaba en construcción llegó Eneas. Su barco se había alejado de su ruta debido a una tormenta sobre la costa de Italia. El apasionado ro­mance que surgió entre ellos durante una cacería interrumpida por una tormenta que les obligó a refugiarse en una cueva, le hizo concebir esperanzas de que él se convirtiese en su marido. Eneas sentía lo mismo hacia ella, pero los dioses le recordaron que su destino estaba en Italia para fundar un nuevo reino. Eneas, temeroso de los dioses, obedeció y dejó a Dido que, ofendida y deshonrada, se encaramó a su pira funeraria y se apuñaló con la espada que le había regalado Eneas.
Durante los siglos I y II a.C. se produjeron diversas guerras entre los descendientes romanos de Eneas y los cartagineses de Dido. Esta dramática historia de amor fue recordada no sólo por Virgilio, sino por muchos artistas que se inspiraron en ella.


domingo, 15 de enero de 2017

EL SUICIDIO DE CATÓN DE ÚTICA, PINTURA DEL FRANCÉS PIERRE-NARCISE GUÉRIN





Nacido en 95 a.C, Marco Porcio Catón «el joven» era llamado así precisamente por lo mucho que recordaba su carácter al de su bisabuelo, Catón «el viejo», un «hombre nuevo» considerado incorruptible, austero, patriota y defensor de recuperar las tradiciones de Roma más antiguas. Ambos, no en vano, han pasado a la historia como personajes severos y antipáticos que se opusieron a dos figuras de gran popularidad en su época –Julio César contra el joven y Cornelio Escipión contra el viejo–. Así, fue durante la campaña de África cuando comenzó su enemistad con Escipión «el Africano», el gran héroe en la guerra contra las huestes cartaginesas de Aníbal. Catón reprochaba al general «la inmensa cantidad de dinero que gastaba y lo puerilmente que perdía el tiempo en las palestras y los teatros», a lo que el Africano solía responderle «que contara las victorias, y no el dinero».

Lo cierto es que Catón «el viejo» odiaba sobre todo a Escipión por su afición al teatro, de origen griego, y por sus simpatías por las costumbres helenísticas, que consideraba depravadas y nocivas. Estimaba la higiene personal y la costumbre de afeitarse como una forma de afeminamiento, y por ello quiso poner de moda las túnicas de lana raídas y las barbas descuidadas. En el año 155 a.C, no obstante, hizo que expulsaran de Roma a los embajadores de Atenas por la mala influencia que ejercían en la vida romana y abanderó una campaña contra otra potencia extranjera, Cartago, a la que instaba una y otra vez a borrar del mapa con su famosa coletilla: «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam» («Además opino que Carthago debe ser destruida»). Sin embargo, Catón «el viejo» no alcanzó a ver como se destruía Cartago, donde el ejército romano sembró sal en sus cultivos para que nada volviera a crecer, ni tampoco vivió como la falta de un enemigo exterior fuerte provocó que las luchas internas en la República condujeran al colapso del sistema.

Un siglo después, en plena crisis de la República, la figura de patriota Catón «el viejo» se recordaba todavía con nostalgia, sobre todo en su familia, donde su bisnieto se propuso emularlo. La leyenda de la terquedad de Marco Porcio Catón «el joven» vio su génesis cuando se destacó como un niño inquisitivo, aunque lento a la hora de dejarse persuadir por los demás. Según el historiador clásico Plutarco, durante una visita de Quinto Popedio Silo –defensor de la concesión de la ciudadanía romana a los pueblos de Italia– a la casa donde se criaba Catón, el político romano reclamó en tono de chanza apoyo para su causa a los niños que jugaban indiferentes alrededor de la conversación. Todos rieron, salvo Catón, que miró fijamente al huésped y se negó a responder. Popedio Silo tomó a Catón, siguiendo la broma, y le colgó sujeto de los pies por la ventana, sin que pudiera aún así arrancar en el niño el más mínimo signo temor.

CATÓN VS. JULIO CÉSAR, DOS FORMAS DE VER ROMA

En torno al año 65 a.C, Catón el «joven» inició su carrera política en el cargo de cuestor, un tipo de magistrado de la Antigua Roma, y lo hizo con la severidad que se esperaba de alguien cuyo nombre sigue siendo hoy sinónimo de rectitud. Según el actual diccionario de la Real Academia Española, Catón significa «censor severo», en referencia «al estadista romano célebre por la austeridad de sus costumbres». El joven romano empleó por bandera la persecución de antiguos cargos públicos que se habían apropiado de fondos públicos, indiferentemente de que muchos de ellos pertenecieran al partido del dictador Cornelio Sila con el que le unían vínculos políticos.

Durante el año en el que ejerció como cuestor, Catón sorprendió a todos por el rigor con el que se tomó su responsabilidad, cuando en realidad la mayoría de romanos consideraban su paso por este cargo como un mero trámite, logrando recuperar una gran parte del dinero robado a las arcas públicas en los tiempos de las proscripciones de Sila. Su fama de hombre recto fue en aumento con los años. No obstante, en esa eterna carrera por llamar la atención pública que era la política romana, se vio destinado a enfrentarse a Julio César –de su misma generación, y también participante en algunos de estos procesos judiciales– que representaba con su personalidad extravagante y llamativa la antítesis de Catón. Frente a la vida llena de lujos y vestimentas llamativas de César, Catón no se preocupaba lo más mínimo por su apariencia, hasta el extremo de que era habitual verle recorrer descalzo las calles de Roma, y jamás se desplazaba en carruaje o en caballo. Algo parecido ocurría en el plano sexual, mientras Julio César se elevaba como uno de los mayores mujeriegos de Roma, con numerosas relaciones extramatrimoniales en su haber, el descendiente del hombre más severo de la República nunca mantuvo ninguna relación sexual antes de casarse y, más adelante, se divorció por una infidelidad de su mujer.

Mientras Cayo Julio César se aliaba con Cneo Pompeyo y con Licinio Craso para formar lo que hoy los historiadores denominan como Primer Triunvirato –pese a que no fue más que un pacto privado sin forma política–, Catón «el joven» se elevó como el principal opositor al sistema establecido. Durante el juicio político a Lucio Sergio Catilina y sus seguidores, quienes habían intentado un golpe contra la República en el año 63 a.C, Julio César encabezó la defensa de los conspiradores en un brillante duelo dialéctico con Catón, que, a través de un estilo severo e implacable, argumentó que el único castigo posible era la pena de muerte. Tras una votación abrumadora a favor de la postura de Catón, los conspiradores fueron condenados a muerte. Sin que afectara a su prestigio, César había perdido el pulso dialéctico, pero demostrando que no era precisamente un torpe en el terreno de las palabras ni en el de la conquista.

La enemistad con César traspasó la esfera política a raíz de la prolongada relación que la hermanastra de Catón, Servilia, inició con el famoso general romano. Mientras Catón y César debatían en el Senado sobre el futuro de los participantes en la conspiración de Catilina, un mensajero entró sin hacer ruido en la sala para entregar una nota al famoso general romano. Catón aprovechó la ocasión para acusar a César de estar en comunicación secreta con los conspiradores y exigió que se leyera en alto el contenido de la nota. Para humillación de Catón, se trataba de una carta de amor de Servilia. «¡Ten, borracho!», exclamó Catón al devolverle con desprecio la carta, lo cual resultaba irónico en tanto el rígido patricio bebía mucho, mientras que César era conocido por su abstinencia.

La relación con la hermanastra de Catón, de hecho, fue la que más se prolongó en el tiempo de todas las aventuras de César. «Amó como a ninguna a Servilia», afirma el historiador Suetonio sobre una relación que los años demostraron de alto voltaje. Así, el hijo de Servilia, también llamado Marco Junio Bruto, fue el famoso senador que dio una de las últimas y más dolorosas puñaladas a Julio César el día del magnicidio en el Senado.

ANTES MUERTO QUE ACEPTAR CLEMENCIA

Para cuando su sobrino Junio Bruto apuñaló a César, Catón llevaba muerto muchos años como consecuencia de haber tomado partido contra él en la guerra civil de 49 a. C. Durante años, el estoico senador fue la punta de lanza contra el Triunvirato, poniéndose a la cabeza de la facción de los optimates, pero a la ruptura de esta alianza a raíz de la sorprendente muerte de Licinio Craso en una campaña contra los partos, Catón concentró los ataques exclusivamente hacia Julio César, que por esos años se había elevado como el más destacado general de Roma con su intervención en la Guerra de la Galia. Finalmente, Catón y Pompeyo terminaron aliándose para conseguir declarar ilegal el mando de César y exigir que regresara a la capital para ser juzgado. De este modo, César regresó por fin en el año 49 a. C. acompañado de su decimotercera legión, pero no lo hizo ni mucho menos con la intención de entregar su mando.

Pese a que Pompeyoo alardeó de que solo haría falta que diera una patada en el suelo para que brotaran legiones por toda Italia y se unieran a su causa, lo cierto es que las recientes victorias de Julio César en las Galias habían alterado las simpatías del pueblo. Cuando el bando de los optimates se vio obligado a huir de Roma sin ni siquiera presentar batalla a César, varios senadores se permitieron la chanza de comentar que quizás había llegado la hora de que Pompeyo pateara el suelo. La guerra contra Julio César alcanzó demasiado mayor a Pompeyo, que efectivamente consiguió reunir un ejército en su querida Grecia pero no fue capaz de ganarle el duelo militar al genio emergente.

Tras la batalla de Farsalia el 9 de agosto del 48 a. C, Pompeyo y el resto de conservadores se vieron obligados a huir sin rumbo para salvar sus vidas. Catón y Metelo Escipión lograron escapar a África para continuar con la resistencia desde Útica, donde contaban con el apoyo del rey númida Juba. Pese a estar en inferioridad numérica, Julio César salió vencedor en la batalla de Tapso, donde cerca de 10.000 soldados pompeyanos fueron masacrados cuando intentaban rendirse, lo cual ha sido interpretado tradicionalmente como que las tropas cesarias quisieron evitar una nueva exhibición de la famosa clemencia del general romana. Debieron pensar que a esas alturas la clemencia solo podía alargar el conflicto. Metelo Escipión fue de los pocos que pudo huir a través del mar, aunque decidió suicidarse cuando fue interceptado por un escuadrón cesariano.

Por su parte, Catón no participó en la batalla de Tapso, puesto que su papel en la guerra se limitó a la tarea secundaria de defender la ciudad de Útica, pero tuvo rápidamente noticias del desastre. El senador, que se había negado a afeitarse y a cortarse el pelo desde que había comenzado la guerra, se retiró a sus aposentos a leer el libro «Fedón», una obra filosófica sobre la inmortalidad del alma escrita por el griego Platón, y sin abandonar la lectura se clavó su espada en el estómago. Para ruina de la teatralidad, Catón «el joven» sobrevivió a la grave herida. En contra de su voluntad, un médico le limpió y vendó a tiempo. Sin embargo, en cuanto volvieron a dejarle solo se abrió las vendas y los puntos y empezó a arrancarse las entrañas con sus propias manos. Murió a los 48 años sin conceder a Julio César la ocasión de que éste le ofreciera su famosa clemencia. En este sentido, cuando César conoció la noticia del suicido de Catón exclamó con ironía: «Catón, a regañadientes acepto tu muerte, como a regañadientes hubieras aceptado que te concediera la vida».