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domingo, 28 de mayo de 2023

LA CRUELDAD DE LA GUERRA Y UNA REFLEXIÓN SOBRE EL VALOR DE LA PAZ, INSPIRADA EN UNA FRASE DE ESTACIO

La crueldad de la guerra induce a la paz.

 

( Publio Papinio Estacio )

 

Reflexión: Los antiguos romanos estaban muy familiarizados con las guerras, que incluso tenían un dios de la guerra, al que llamaban Marte.   La frase de Estacio  sugiere que la experiencia de la crueldad y el sufrimiento causados por la guerra puede llevar a la búsqueda y el deseo de la paz. Cuando las personas son testigos de los horrores y las consecuencias destructivas de los conflictos armados, pueden comprender la importancia y el valor de la paz y estar dispuestas a trabajar activamente para alcanzarla. Pensad que Marco Tulio Cicerón ya manifestó una vez que era preferible una peor paz, que la mejor guerra, porque las consecuencias y los daños de las guerras son una cosa horrible, lo peor que se puede encontrar en la vida.

Se supone que la dramática crueldad vivida en guerra puede despertar en las personas un fuerte anhelo de poner fin a la violencia y las tragedias que tienen su origen en ello, buscar soluciones pacíficas y promover la armonía entre las naciones y las comunidades para que no se vuelvan a repetir tan malas y despiadadas experiencias. La devastación, la tragedia, y el sufrimiento que se experimentan en los tiempos de guerra pueden servir como un recordatorio muy doloroso de la necesidad de construir un mundo más pacífico y compasivo, en el que se busque la justicia, la convivencia, la prosperidad, y la libertad entre diferentes pueblos que han de estar condenados a entenderse, para no volver a caer otra vez en las atrocidades y locuras que derivan de las guerras, y que hacen de la vida un infierno mientras se puede soportar de la peor manera, a pesar de que para los romanos la esperanza era lo último que se perdía

Pero para esto también se tiene que abordar las causas subyacentes del conflicto, como puede ser la pobreza, la desigualdad, la ambición desmedida e injustificada, y la injusticia, para evitar futuros conflictos que solo causan dolor y sufrimiento a todos los involucrados, y siempre víctimas ya irrecuperables de las que siempre se lamentan su pérdida.

Naturalmente que muchas veces la guerra es un último recurso y siempre hay que hacer todo lo posible para evitarla,  y que la paz es preferible en todo momento. Sin embargo, también entiendo que a veces y de forma desafortunada la guerra es necesaria y se justifica  para protegerse de amenazas y agresiones externas, que conllevarían a la violencia y a la opresión con la implementación de otros intereses que nos son ajenos, dejándonos en unas situaciones mucho peores que si no se luchara como es debido, tanto por la fuerza de las palabras como las de las armas

Pero hay que considerar, también, que toda guerra conlleva sufrimiento y violencia permanente, y por eso se debe de evitar en la medida de lo posible, porque las consecuencias de ello es que también conlleva generar resentimiento y odio del enemigo ( tengan o no tengan razón), lo que puede llevar a futuros nuevos conflictos y guerras que perpetúan el ciclo de la venganza,  la opresión, y las miserias que de ello derivan. Por eso los romanos tienen otro dicho muy conocido: “Si quieres la paz, prepara la guerra”, y otro no menos conocido que reza: ¡Ay de los vencidos!. Pero en todo caso mi opinión personal es que cuando más civilizadas somos las personas, más tenemos que luchar siempre por la paz, y evitar siempre cualquier tipo de guerras, y nunca hay que rendirse o desfallecer en este empeño tan noble y extremado a la vez.


domingo, 27 de enero de 2019

QUIRINO


En la mitología romana, Quirino era un antiguo dios del estado romano. En la Roma de Augusto, Quirino era también un epíteto de Jano, como Janus Quirinus.
 
Dios de la colina del Quirinal de Roma. Quirino, en su origen, fue probablemente un dios de la guerra sabino. Los griegos lo asimilaron a Ares el Bélico.
 
Quirino es el sobrenombre con el que se veneró a Rómulo tras su ascensión a los Cielos en la Roma Antigua. Cuenta la leyenda que una noche el cielo se cubrió de espesas tinieblas, y que en medio de truenos y relámpagos, el entonces fundador de Roma fue arrebatado por los dioses. Por lo que más tarde se le reconocería como Quirino o dios de la lanza, título que se le daría por su carácter guerrero. Era uno de los dioses principales del panteón romano.
 
La única acción mitológica que se le atribuye como dios fue deificar a su propia esposa Hersilia.
 
Formaba parte de la Tríada Capitolina junto a Júpiter y Marte, sustituyendo al Jano de la primera Tríada.
 
Además, un flamen mayor especial cuidaba de su culto, el flamen quirinalis, situado en el Quirinal.
 
Se representa a Rómulo-Quirino con atributos militares y religiosos y una corona de mirto, combinando los vestidos de los Pontifex Maximus romanos con los de general exitoso.
 
Su fiesta era la Quirinalia, celebrada el 17 de febrero.

miércoles, 22 de agosto de 2018

CÉSAR DICE DE SU DIVINIDAD



Hay una estatua mía en Éfeso que así lo dice, que soy divino y salvador del género humano, pero eso no es más que simple adulación, como dijo un amigo mío. Es cierto que desciendo de dos dioses: Venus y Marte, pero sólo tengo una o dos gotas de licor divino, no todo el cuerpo lleno de él.


domingo, 15 de julio de 2018

TERRITORIO ENEMIGO DE ROMA, DELANTE DEL TEMPLO DE LA DIOSA DE LA GUERRA



 

Delante del templo de Belona había una explanada denominada el Territorio Enemigo, y hacia la mitad de la escalinata, un pilar cuadrado de piedra de unos cuatro pies de altura; cuando se declaraba una guerra justa contra un enemigo extranjero -que eran las únicas que había-, se convocaba a un sacerdote de circunstancias para que lanzase un venablo desde la escalinata del templo, justo por encima del antiguo pilar, hacia el Territorio Enemigo. No se sabía el origen del ritual, pero formaba parte de la tradición y así se hacia cada vez que se declaraba la guerra contra alguien o contra otro pueblo.







lunes, 6 de noviembre de 2017

LA PRIMERA VEZ QUE SILA VIO A JULILLA DE LOS CÉSARES, SU PRIMERA ESPOSA


Allí estaba Julilla con su sirvienta; parecía más delgada y más pálida. Al verle, un salvaje destello de alegría brotó de sus ojos. ¡Preciosa! ¡Ah, nunca había habido una mortal tan hermosa! Provocado por aquella visión, Sila se detuvo, embargado por un temor próximo al pánico. Venus. Era Venus. Dueña de la vida y la muerte. Porque, ¿qué era la vida sino el principio procreador, y la muerte sino su extinción? Todo lo demás eran cosas superfluas que los fatuos hombres inventaban para convencerse de que la vida y la muerte debían significar algo más. Era Venus. ¿Le convertía eso a él en Marte, su igual en divinidad, o era un simple Anquises, un hombre mortal a quien ella se entregaba para divertirse en el espacio de un abrir y cerrar de ojos olímpico?

 

No, no era Marte. El destino le había dado una existencia de puro adorno, e incluso de cachivache sin el menor valor. No podía ser más que Anquises, el hombre cuya única fama residía en el hecho de que Venus le había amado para divertirse. Temblando de rabia, dirigió a la muchacha su amarga decepción y el veneno llenó sus venas, provocándole la imperiosa necesidad de golpearla y transformarla de Venus en Julilla.


sábado, 26 de agosto de 2017

VENUS Y MARTE, DIOSES PROTECTORES DE ROMA


Los romanos creían que su ciudad gozaba de la protección de Marte, el dios de la guerra y de la conquista, y de Venus, la diosa de la felicidad, de la fecundidad y de la vida.



domingo, 14 de mayo de 2017

SACERDOTES , RITOS RELIGIOSOS, Y DIVINIDADES ROMANAS


Esta ordenación del Estado y de las magistraturas fue posibilitada por la Ley, esto es, por la publicación de las Doce Tablas de los Decenviros, que constituyeron a la vez la causa, su consecuencia y el instrumento.


Hasta entonces, Roma había vivido prácticamente en un régimen de teocracia, en el cual el rey era también como algo parecido al papa (el máximo líder religioso). Sólo él tenía, como tal, el derecho de reglamentar las relaciones entre los nombres no según una ley escrita, sino según la voluntad de los dioses, que sólo a él la comunicaban en las ceremonias. Antes, el papa lo hacía todo él solo. Después, con el aumento de la población ciudadana y el incremento y la complejidad de los problemas, tuvo todo un clero para ayudarle. Y fueron precisamente los sacerdotes los primeros abogados de Roma.


El pobre diablo que había sufrido una injusticia o que creía ser víctima de ella, iba a ver uno de aquéllos en busca de consejo. Y aquél se lo daba consultando los textos secretísimos, en los que tan solo ellos, los sacerdotes, tenían el derecho de meter la nariz. Nadie sabía, pues, con precisión cuáles eran sus derechos y sus deberes. 



Se lo decía, en cada caso, el sacerdote. Y los procesos se efectuaban según una liturgia de la que sólo éste sabía los ritos. Dado que el clero, en sus orígenes, fue totalmente aristocrático, o sometido a la aristocracia, es fácil comprender cómo eran los veredictos cuando entraban en liza causas entre patricios y plebeyos.


El primer efecto de las Doce Tablas fue el de separar el derecho civil del divino, o sea de desvincular las relaciones entre ciudadanos de la voluble voluntad de los dioses, es decir, de quienes decían representarles. Y desde aquel momento Roma cesó de ser una teocracia. Poco a poco, el monopolio eclesiástico de las leyes comenzó a caerse a pedazos. Apio Claudio el Ciego publicó un calendario de dies fasti, indicando en qué días podían ser discutidas las causas y según qué enjuiciamiento: cosa que hasta los curas decían que eran solos en conocer. 



Más tarde, Coruncanio fundó una auténtica escuela de abogados, que acabaron siendo los técnicos de la ley con exclusión de los sacerdotes. Las Doce Tablas, que proporcionaron los principios básicos de toda la sucesiva legislación de Roma y del mundo, se convirtieron en materia obligatoria de enseñanza para los chicos de las escuelas, que tenían que aprendérselas de memoria y que contribuyeron a formar el carácter romano, ordenado y severo, legalista y litigioso.

APIO CLAUDIO EL CIEGO

Fue en aquel momento cuando los sacerdotes, obligados a ocuparse tan sólo de cuestiones religiosas, trataron de poner un poco de orden en ellas, sin, por lo demás, lograrlo completamente. Estaban organizados en colegios, cada uno de los cuales tenía al frente un supremo pontífice, elegido por la Asamblea Centuriada. Para ingresar en ellos no hacía falta ningún aprendizaje particular, no formaban una casta separada y no tenían ningún poder político. Eran funcionarios del Estado y basta, y debían colaborar con el Estado que les pagaba.


El más importante de aquellos colegios era el de los nueve augures, que tenían por cometido indagar las intenciones de los dioses acerca de las graves decisiones que el Gobierno se disponía a tomar. Vestido con sus sagrados paramentos y precedido por quince flamines, el pontífice máximo, en los primeros tiempos, captaba los auspicios observando el vuelo de los pájaros, como hiciera Rómulo para fundar Roma, y más tarde examinando las vísceras de los animales que se ofrendaban en sacrificio (dos sistemas aprendidos de los etruscos). En las crisis más graves se expedía una delegación a Cumas para interrogar a la sibila, que era la sacerdotisa de Apolo. Y en las muy graves, se mandaba a consultar el oráculo de Delfos, cuya fama había llegado a Italia. Ahora bien, dado que los sacerdotes no tenían deberes sino con el Estado, es natural que fuesen sensibles a las solicitudes que procedían de éste, con promesas de ascenso de grado o de aumento de sueldo.


El rito consistía en un donativo o en un sacrificio a los dioses para granjearse su protección o aplacar sus iras. El procedimiento era minucioso y bastaba un pequeño error para tenerlo que repetir, hasta treinta veces. La palabra «religión» tiene, en latín, un significado externo y de procedimiento; y sacrificio quiere decir, literalmente, hacer sagrada una cosa: lo que se ofrendaba a la divinidad. Naturalmente, las ofrendas variaban según las posibilidades del oferente y la importancia de los beneficios a que se aspiraba. El pobre padre de familia que, dentro de su casa, hacía de pontífice máximo para impetrar una buena cosecha, sacrificaba en el hogar un pedazo de pan y de queso o un vaso de vino. Si la sequía se prolongaba, llegaba hasta un pollo. Si estaba amenazado por un aluvión, era capaz de degollar el cerdo o una oveja.



 Pero cuando era el Estado el que sacrificaba para propiciarse el favor divino para alguna empresa nacional, el Foro donde en general se celebraba la ceremonia, quedaba convertido en un auténtico matadero. Rebaños enteros eran degollados mientras los sacerdotes pronunciaban las fórmulas de estricto rigor. A los dioses, que tenían el paladar delicado, se les reservaban los menudillos y sobre todo el hígado. El resto se lo comía la. población reunida en corro. Con lo que aquellas ceremonias se convertían en pantagruélicos banquetes intercalados de plegarias. 



Una ley del 97 antes de Jesucristo prohibió el sacrificio de víctimas humanas. Señal de que, en caso de excepción, se recurría a ellas, a expensas de los esclavos o de los prisioneros de guerra. Mas hubo también ciudadanos que voluntariamente ofrendaron su propia vida por la salvación de la nación: como aquel Marco Curcio que, para aplacar a los dioses de los Infiernos, en ocasión de un terremoto, se precipitó en una grieta, que en seguida volvió a cerrarse.

MARCO CURCIO

Menos truculentas y más gentiles eran las llamadas ceremonias de purificación, sea de una grey, de un ejército que partía a la guerra o de una ciudad entera. Se hacía una procesión alrededor cantando los carmina, himnos llenos de fórmulas mágicas. Muy similar era el procedimiento de los vota, ofrecidos para obtener algún favor de los dioses.


¿Qué dioses?


El Estado romano, que era su empresario, no logró jamás poner orden en esta materia, o tal vez no lo quiso. Júpiter era considerado como el más importante de los inquilinos del Olimpo, pero no su rey, como lo fue Zeus en la antigua Grecia. Permaneció siempre en la vaguedad como una fuerza impersonal que ora se confundía con el cielo, ora con el sol, con la luna o con el rayo, según los gustos. Y acaso en los primeros tiempos era todo uno con Jano, la diosa de las puertas. Sólo más tarde se diferenciaron. Las ricas matronas romanas iban en procesión con los pies desnudos al templo de Júpiter Tonante en el Capitolio, para impetrar la lluvia en las temporadas de sequía, en tanto que en tiempos de guerra se abrían los portones del templo de Jano para permitirle unirse al Ejército y guiarlo en el combate.


De rango parigual al de ellos eran Marte, que daba nombre a un mes del año (marzo), y que está ligado a Roma por vínculos de familia como padre natural de Rómulo, y Saturno el dios de la siembra, al que la leyenda pintaba como un rey prehistórico, profesor de agricultura y vagamente comunista.

EL DIOS MARTE

Después de este cuadrunvirato venían las diosas. Juno era la de la fertilidad, tanto en el campo como de los árboles, de los animales y de los hombres, y con su nombre bautizó un mes (junio), considerado como el más favorable para los matrimonios. Minerva importado de Grecia a hombros de Eneas, protegía la prudencia y la sabiduría. Venus se ocupaba de la belleza y del amor. Diana, diosa de la luna, administraba la caza y los bosques, en uno de los cuales, Nemi, se alzaba su majestuoso templo, donde se decía que casó con Virbio, el primer rey de la selva.

LA DIOSA VENUS

Luego venía un gran número de dioses menores: los suboficiales, digámoslo así, de aquel ejército celeste. Hércules, dios del vino y de la alegría, era capaz de jugarse una cortesana a los dados con el sacristán de su templo; a Mercurio le atribuían una debilidad para con los mercaderes, los oradores y los ladrones, tres categorías de personas que evidentemente los romanos consideraban de la misma ralea; Belona tenía la especialidad de la guerra.

LA DIOSA BELONA

Mas es imposible nombrarles a todos. Se multiplicaron desmesuradamente con el crecimiento de la ciudad y la expansión de sus dominios, pues, cualquiera que fuese el Estado o provincia conquistados, lo primero que hacían los soldados romanos era apoderarse de los dioses locales y llevárselos a la patria, convencidos de que al quedarse sin dioses los derrotados no podrían intentar un desquite.


Pero, además de éstos, que, si bien sometidos a un trato de privilegio, eran, sin embargo, dioses prisioneros, había los novensiles, es decir, aquellos que muchos extranjeros, por iniciativa propia cuando se trasladaban a Roma y ponían casa en ella se traían consigo para sentirse menos exiliados y desplazados. Los alojaban en templos construidos con fondos privados. Y los romanos no sólo no negaron jamás a nadie ese derecho, sino que hasta se mostraron extraordinariamente hospitalarios con ellos. El Estado y sus sacerdotes les consideraban en cierto sentido como policías que colaborarían a mantener el orden entre sus fíeles sin reclamar siquiera un estipendio. Y a muchos de ellos les asignaron un puesto en el Olimpo oficial. En 496 antes de Jesucristo fueron incluidos en el «organismo» Démeter y Dionisio, como colegas y colaboradores de Ceres y de Libero. Pocos años después. Castor y Pólux, también recién consagrados, se molestaron en bajar del cielo para ayudar a los romanos a resistir en la batalla del lago Regilo.

DÉMETER Y DIONISIO

Hacia 300, Esculapio fue trasladado por decreto de Epidauro a Roma para enseñar medicina. Y, poco a poco, esos recién llegados, de huéspedes que eran se convirtieron en dueños de la casa, especialmente los griegos, más afables y cordiales, menos fríos, formulistas y remotos que los dioses romanos. Fue por influjo helénico que poco a poco se formó una jerarquía entre ellos, al frente de la cual se reconoció a Júpiter con los mismos atributos que en Atenas tenía Zeus. Este fue el primer paso hacia las religiones monoteístas, que primero con el estoicismo y luego con el judaismo triunfaron al fin con el cristianismo.


Este proceso, empero, se desarrolló mucho más tarde. Los romanos del período republicano convivieron con una multitud de dioses, de los que Petronio decía que en algunas ciudades eran más numerosos que los habitantes y que Varrón evaluó en cerca de treinta mil. Sus actividades e interferencias hacían difícil la vida a los fieles que no sabían cómo manejarse en sus luchas y rivalidades. Por todas partes se podía tropezar con algún objeto consagrado a uno u otro. Ofendidos, los dioses aparecían en forma de brujas que volaban de noche, comían serpientes, matabas chicos y robaban cadáveres. En Horacio y en Tibulo, en Virgilio y en Lucano se les encuentra a cada paso. Eran tanto más peligrosos cuanto que, a diferencia de casi todas las otras religiones, la romana no les consideraba confinados en el cielo, por bien que admitiese que también allí los hubiera, sino que pensaba preferentemente que moraban en la Tierra y que eran víctimas de terrestres estímulos: hambre, lujuria, codicia, ambición, envidia; avaricia.


Para tener a los hombres al resguardo de sus maldades, se incrementaron los colegios u órdenes religiosas. Entre éstos hubo también uno femenino, el de las vestales, que reclutadas entre los seis y los diez años, debían servir durante treinta años en absoluta castidad. Fueron las precursoras de nuestras monjas. Vestidas y tocadas de blanco, su función consistía sobre todo en regar la tierra con agua sacada de la fuente consagrada a la ninfa Egeria. 



Si eran sorprendidas transgrediendo el voto de virginidad, eran azotadas a vergajazos y enterradas vivas. Los historiadores romanos nos han legado doce casos de esa tortura. Terminado el servicio treintañal, volvían a ser acogidas en sociedad con muchos honores y privilegios y hasta podían casarse. Mas a esa edad difícilmente encontraban marido.


La religión era lo que daba a los romanos, que no conocían el domingo y el week—end, los días de fiesta y de descanso. Había un centenar al año, más o menos los que existen ahora. Pero los celebraban con más empeño. Algunas de aquellas «ferias» eran austeras y conmemorativas, como los lémures (nuestros muertos) en mayo, que cada padre de familia celebraba en casa llenándose la boca de alubias blancas que escupía a su alrededor al grito de: «Con estas alubias, yo me redimo y redimo a los míos. ¡Idos, almas de nuestros antepasadosl» En febrero había las par entallas, o las feralias, y las lupercáles, durante las cuales se tiraban muñecos de madera al Tíber para engañar al dios que reclamaba hombres de verdad. Luego había las florales, las liberales, las ambarvalias, las saturnales...
LUPERCALES

También en este campo reinaba una anarquía tal que la primera razón que impulsó a los romanos a redactar un calendario fue la necesidad de hacer una lista de las fiestas. En los primerísimos tiempos se encargaban de ello los sacerdotes, indicando, mes por mes, cuándo tenían que celebrarse y cómo.

UN SACERDOTE Y SU APRENDIZ 
ANTE EL ALTAR ( FRESCO ROMANO )

 La tradición atribuye a Numa Pompilio haber puesto orden en esta materia con un calendario fijo, que estuvo en vigor hasta César. Dividía el año en doce meses lunares, pero dejaba a los sacerdotes el derecho de prolongar o acortar el mes a su juicio, con tal que, al final, se alcanzase la suma de trescientos sesenta y seis días. Y ellos abusaron hasta tal punto para favorecer o perjudicar a tal o cual magistrado, que al final de la República el calendario pompiliano se había tornado totalmente opinable y fuente tan sólo de controversias.

NUMA POMPILIO

Durante la jornada se medían las horas a ojo, según la posición del sol en el cielo. El primer reloj de sol, de manufactura griega, lo importaron de Catania en 263 y lo emplazaron en el Foro. Pero dado que Catania está a tres grados al este de Roma, la hora no correspondía; los romanos se encolerizaron y durante un siglo hubo gran confusión porque nadie supo entender aquella diablura.


Los días del mes estaban divididos según las calendas (el primero), las nonas (el cinco o el siete) y los idus (el trece y el quince). El año, que se llamaba annus, que también quiere decir «anillo», comenzaba en marzo. Después venían abril, junio, quintil, sextil, setiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero y febrero. Un sustituto de domingo era la nundina, que caía de nueve días en nueve días y era lo que en nuestros pueblos es todavía el día de mercado. Los campesinos abandonaban el campo para ir a vender en el pueblo sus huevos y frutos, pero no era una fiesta propiamente dicha.


Para divertirse de verdad, los romanos tenían que aguardar las liberales y saturnales, cuando, dice un personaje de Plauto, «cada cual puede comer lo que quiere, ir adonde le parece, y hacer el amor con quien le parece, con tal de que deje en paz a las esposas, las viudas, las chicas y los chicos».