Mostrando entradas con la etiqueta CÚPIDO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CÚPIDO. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de septiembre de 2018

CÉFIRO


En la mitología griega, Céfiro (en griego Ζέφυρος Zéphyros) era el dios del viento del oeste, hijo de Astreo y de Eos. Céfiro era el más suave de todos y se le conocía como el viento fructificador, mensajero de la primavera. Se creía que vivía en una cueva de Tracia.
 
En diferentes historias se narraba que Céfiro tenía varias esposas. En una ocasión se representa como el marido de Iris, la diosa del arco iris con quien tuvieron a Poto. Raptó a otra de sus hermanas, la diosa Cloris, a la que dio el dominio de las flores. Con Cloris fue padre de Carpo (‘fruta’). Se decía que había competido por el amor de Cloris con su hermano Bóreas, a quien terminó ganando. También se cuenta de él que con otra de sus hermanas y amantes, la arpía Podarge, fue padre de Balio y Janto, los caballos de Aquiles.
 
Uno de los mitos conservados en los que Céfiro aparece más prominentemente es el de Jacinto, un hermoso y atlético príncipe espartano. Céfiro se enamoró de él y lo cortejó, al igual que Apolo. Ambos compitieron por el amor del muchacho, éste eligió a Apolo, y Céfiro enloqueció de celos. Más tarde, al sorprenderlos practicando el lanzamiento de disco, Céfiro les mandó una ráfaga de viento, y el disco, al caer, golpeó en la cabeza a Jacinto que murió. Con la sangre del muchacho muerto, Apolo haría la flor homónima.
 
En la historia de Cupido y Psique, fue Céfiro quien sirvió a Eros transportando a Psique hasta su cueva.
 
Se le representa como un hombre joven, con alas de mariposa o hada, sin barba, semidesnudo y descalzo, cubierto en parte por un manto sostenido entre sus manos, del cual lleva y va esparciendo una gran cantidad de flores.
 
Su equivalente en la mitología romana era Favonio (Favonius, ‘favorable’), quien ostentaba el dominio sobre las plantas y flores. Su nombre era muy común en la Antigua Roma.


domingo, 26 de marzo de 2017

PINTURAS SOBRE EL MITO DE APOLO Y DAFNE


Apasionada historia de amor y rechazo que inspiró a muchos pintores a retratar el famoso mito, que se resume en lo siguiente:
La serpiente Pitón, en la mitología griega, era un monstruo de cien cabezas y cien bocas que vomitaban fuego; era el terror de la campiña de Tesalia porque arrasaba a hombres y animales. Cuenta Ovidio que Apolo, orgulloso por haberle dado muerte, osó desafiar a Cupido, hijo de Venus y de Marte. Este, para castigar tal osadía, tomó dos flechas de su aljaba. Una tenía la punta de oro e infundía amor; la otra era de plomo e inspiraba desdén. Cupido dirigió la primera hacia Apolo, y disparó la segunda a Dafne, hija del río Peneo y de la Tierra. Una violenta pasión por la hermosa ninfa se apoderó entonces de Apolo. Sin embargo ella, herida por la flecha del desprecio, huyó rápidamente tratando de esconderse. Apolo corrió en busca de Dafne, pero ésta, al verse perdida, solicitó la ayuda de su padre. Tan pronto como cesaron sus gritos de socorro, una corteza suave le encerró el pecho, sus cabellos se transformaron en hojas verdes, los brazos en ramas, los pies se fijaron en el suelo y la ninfa quedó transformada en laurel. Apolo, no dispuesto aún a darse por vencido, abrazó el árbol y lo cubrió de ardientes besos, pero incluso las ramas retrocedían asustadas de sus labios. Juró el dios Apolo: “Si no puedes ser mi amante me serás consagrada eternamente. Tus hojas serán siempre verdes y con ellas me coronaré”. Desde entonces, el laurel es el símbolo de Apolo y con él se galardona a los vencedores, artistas y poetas.























sábado, 29 de noviembre de 2014

UN ROMANO ENAMORADO



Allí vio a aquella joven romana que tanto le gustaba; parecía más delgada y más pálida. Al verle, un salvaje destello de alegría brotó de sus ojos. ¡Preciosa!, ¡bella!, ¡atractiva! ¡Ah, nunca había habido una mortal tan hermosa! Provocado por aquella visión, el hombre se detuvo, embargado por un temor próximo al pánico. ¿Venus?. Era Venus. Dueña de la vida y la muerte.


 Porque, ¿qué era la vida sino el principio procreador, y la muerte sino su extinción? Todo lo demás eran cosas superfluas que los fatuos hombres inventaban para convencerse de que la vida y la muerte debían significar algo más. Era Venus. ¿Le convertía eso a él en Marte, su igual en divinidad, o era un simple Anquises, un hombre mortal a quien ella se entregaba para divertirse en el espacio de un abrir y cerrar de ojos olímpico?



No, no era Marte. El destino le había dado una existencia de puro adorno, e incluso de cachivache sin el menor valor. No podía ser más que Anquises, el hombre cuya única fama residía en el hecho de que Venus le había amado para divertirse. Temblando de rabia, dirigió a la muchacha su amarga decepción y el veneno llenó sus venas, provocándole la imperiosa necesidad de tomarla y transformarla aquella Venus que él tanto necesitaba. Diriase que Cúpido le había atravesado el corazón, e inevitablemente se había enamorado de aquella preciosa muchacha.