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domingo, 24 de noviembre de 2024

CÉSAR DICE SOBRE LA GUERRA




Tanto la cabeza como el cuerpo tiene colmarse con esa serenidad, avidez y fuerza sin límites para ganar la guerra, porque el enemigo tampoco descansa nunca en su propio propósito de ganarla. Cuando se está en guerra no hay tiempo para el descanso ni para el descuido, y si para la velocidad, la eficacia y adelantarse a todos los acontecimientos.
















martes, 27 de junio de 2023

CÉSAR EXPLICA EL MOTIN QUE TUVO EN SU EJÉRCITO

Siento peculiar horror por el amotinamiento de un ejército, así como siento horror por la traición de un amigo. Quizá los dos acontecimientos de la historia de mi época que más me conmovieron (en un sentido moral y en un sentido estético) sean el amotinamiento del victorioso ejército de Lúculo en el Oriente y el asesinato de Sertorio perpetrado por aquellos que, según se suponía, eran sus amigos. Hay algo trágico en tales hechos, pues tanto Lúpulo como Sertorio eran grandes soldados, que habían conquistado triunfos, y ambos, en momentos críticos, fueron abandonados y traicionados por débiles e innobles subordinados en quienes ellos confiaban. En cuanto a mí, supongo que siempre existe la posibilidad de que me asesinen, pero no creo que alguna vez sea incapaz de sofocar cualquier motín que se produzca entre mis tropas. Las conozco demasiado bien, y en el fondo también ellas me conocen.


Ello no obstante, el estallido de desórdenes en el seno de las legiones de Piacenza me inquietó mucho en aquella época. Comprobé que el desorden estaba concentrado en la novena legión, donde un pequeño grupo de agitadores había conseguido influir en la mayor parte de sus camaradas, incluso en unos pocos centuriones. Las perturbaciones emocionales se difunden rápidamente en un ejército, y cuando llegué a Piacenza también otras legiones estaban comprometidas en lo que equivalía a una rebelión. En cierto sentido, el aparente éxito de los agitadores me hizo más fácil tratar aquella cuestión, puesto que se habían organizado, hasta el punto en que pueden organizarse los amotinados, y habían elegido una comisión de doce hombres que pretendían representar al resto. La codicia y la piedad de si mismos eran los sentimientos que les habían sugerido sus supuestos motivos de queja.

 En virtud de varios tortuosos argumentos estaban convencidos de que merecían recompensas mayores de las que habían recibido. Y se quejaban a gritos (quejas que nunca se oyen, sino cuando los soldados están ociosos) sobre su estado de salud, los duros trabajos que habían sufrido en el pasado y la presión que constantemente yo ejercía sobre ellos para que acometieran aún más campañas y emprendieran más duros trabajos. Uno de sus oradores favoritos era aficionado a frases como ésta: «Hasta el metal de las espadas y escudos termina por gastarse. Sin embargo, este general nuestro continúa usándonos sin descanso para sus fines, aunque no estamos hechos de metal, sino de carne y hueso». Consideré esta oratoria bastante efectiva, aunque, por supuesto, en extremo deshonesta, y me enfureció el hecho de descubrir que se pretendía hacer creer a mis soldados que yo estaba prolongando la guerra deliberadamente, cuando desde el comienzo todas mis acciones indicaban mi deseo de la paz.


Evidentemente, era preciso que me presentara en persona ante la turba en desorden, que poco antes había sido un cuerpo de hombres disciplinados. Me llegué a ellos rodeado por un cuerpo de guardias inusitadamente grande y poderoso; eran hombres escogidos, a quienes todo el ejército conocía por sus hazañas. Y no era que yo temiera correr la suerte que hace ya mucho corrió mi suegro Cinna, quien por no haber tomado convenientes precauciones había sido asesinado por sus propias tropas amotinadas. Yo deseaba tan sólo mostrar a mis hombres que eran indignos de mi confianza y en seguida pude ver que mi actitud era eficaz. Aquellos soldados se desconcertaron al verme tan inesperadamente alejado de ellos. Sin duda sus supuestos cabecillas los habían persuadido de que todo cuanto tenían que hacer era amenazarme con que se unirían a Pompeyo y que entonces yo cedería a todas las demandas que quisieran exigirme. Ahora comenzaban a recordar lo que sabían perfectamente bien; es decir, que yo no soy hombre que se deje intimidar y que prefería morir antes que aceptar órdenes de mis propias tropas. Cuando comencé a hablar, se levantaron unos pocos gritos coléricos desde los bordes de la multitud de hombres, pero después de mis primeras frases, todos me escucharon en completo silencio.


Comencé por recordarles con serenidad lo que ellos y yo habíamos hecho juntos en las Galias y mencioné un hecho que, según dije, en mi opinión era obvio: que yo amaba a mis soldados y deseaba que ellos me amaran; pero como ellos sabían, no era yo uno de esos generales que tratan de ganar popularidad participando de los defectos de los soldados o bien perdonando sus faltas. Luego les señalé la circunstancia de que en todas sus campañas no sólo habían conquistado gran renombre, sino que habían sido las tropas mejor y más regularmente pagadas de toda la historia romana. Sabían cómo yo personalmente me había ocupado de todos los problemas referentes a los abastecimientos y a la comodidad de los soldados; sabían cómo los había recompensado después de cada acción triunfante. Sin duda recordarían los grandes esfuerzos que les había exigido, pero, ¿recordaban también el júbilo y la exaltación que habían mostrado en medio de la fatiga?. ¿Recordaban las victorias que nos habían hecho famosos en todo el mundo?.


Dije que me era difícil reconocer ahora en ellos a aquellos hombres a quienes había conocido y en quienes había confiado. Los encontraba en su propio país dedicados al saqueo de los bienes de sus compatriotas y comportándose verdaderamente peor que aquellos celtas y belgas a quienes habíamos derrotado. De esta manera se habían y me habían deshonrado. Les señalé que no me era posible creer que todos ellos estuvieran igualmente comprometidos en los cobardes e irresponsables actos que se estaban cometiendo. Prefería pensar que la mayor parte de ellos había sido inducido a cometer aquellas fechorías por un puñado de personajes ambiciosos y enfadados, a quienes probablemente pagaba el enemigo y que nunca habían sido buenos soldados ni buenos hombres. Pero, así y todo, la actitud general era mala. Aquellos pocos bribones habían sin duda conseguido corromper a la masa de hombres. Los habían persuadido a obrar contra el honor y contra la naturaleza; porque en efecto, existe una ley de la naturaleza según la cual algunos deben mandar, y otros, obedecer. Si se viola esa ley, toda la organización de los seres humanos, con el conjunto de sus instituciones, cae en el caos y la confusión.


En cuanto a mí, ellos sabían muy bien si estaba capacitado o no para mandar. Yo descendía de los fundadores originales de Roma; es más, de los propios dioses inmortales. Y el Estado me había confiado los poderes de pretor, de cónsul y de procónsul, para gobernar provincias. ¿De qué me valía mi linaje, o los poderes con que me había investido el pueblo romano, si ahora iba a recibir órdenes de unas pocas personas despreciables de mi propio ejército?.  ¿Se imaginaban esos miserables agitadores que podrían amedrentarme?. ¿De qué manera?. ¿Creerían que yo temía la muerte?. Pero aun suponiendo que todo el ejército hubiera decidido salirse de mi mando, yo prefería morir antes que renunciar a mis derechos y deberes de combate. ¿Creían que podían influir en mi con la amenaza de desertar y de unirse a Pompeyo?. 

Si ésta era la idea de lealtad que ellos tenían, y si ésta era realmente su disposición, que Pompeyo les diera la bienvenida. Por mi parte, prefería tener a tales soldados contra mí que en mi ejército. Pero no fueran a imaginarse que iba a facilitarles el libre traslado a Grecia o permitirles que marcharan por Italia saqueando su propio país. Ellos podrían pensar sólo en sí mismos, pero yo tenía que pensar en los intereses de la república y en los míos propios. No deseaba tener en mi ejército hombres dispuestos a amotinarse, pero tampoco iba a tolerar ladrones y bandidos en Italia, así como no los había tolerado en las Galias.


Al terminar este discurso, la mayor parte de los centuriones y oficiales se adelantaron, cayeron a mis pies y me imploraron que perdonara a los hombres que tenían bajo su mando. Pude ver que verdaderamente representaban el sentimiento del ejército. Así y todo, me pareció que era necesario tomar alguna medida disciplinaria. Sobre la base de la información que había recibido, había mandado componer una lista de ciento veinte nombres que incluía el de todos los cabecillas y casi todos sus más ardientes seguidores. Hice leer en voz alta la lista, y por la reacción de los hombres noté que mi información en general era correcta. Seguidamente se hizo un sorteo para elegir doce nombres del total de la relación, pero dispuse las cosas de modo tal que los doce fueran aquellos que, según mis informaciones, eran los verdaderos jefes del amotinamiento. Una vez más, cuando se leyeron estos nombres en voz alta, el ejército pareció manifestar una especie de satisfacción y respeto por lo que se suponía era el acierto del azar. Sin embargo, uno de los hombres protestó violentamente, y vi que el resto consideraba con simpatía sus protestas. Hice investigar el caso de aquel hombre y comprobé que era un buen soldado, que se hallaba ausente con licencia cuando comenzó el motín y que no estaba complicado de ninguna manera en el levantamiento. Había sido denunciado por un centurión con el que tenía una cuestión personal. Me pareció justo que ese centurión ocupara en la lista de condenados el lugar de aquel hombre a quien había acusado falsamente. Y así se hizo. Los doce hombres fueron ejecutados, y la disciplina quedó enteramente restablecida. Ahora tenía la libertad de ir a Roma y tenía la seguridad de que en mi ejército no se producirían más disturbios.



jueves, 15 de junio de 2023

ESTOCADA DEL LEGIONARIO, EL SECRETO DE SU ÉXITO MILITAR

 

A los legionarios se les enseñaban a no cortar ( dar tajos) sino a dar estocadas ( apuñalar con sus espadas). Para los romanos, quienes luchaban cortando, no solo eran fáciles de vencer, sino que además se burlaban de ellos. Un corte, aun los hechos con mucha fuerza, no suele matar, pues los órganos vitales están defendidos por la armadura y por los huesos. Por el contrario, una estocada, con que penetre cinco centímetros, es mortal, pues es inevitable que alcance algún órgano vital. Además, al lanzar un corte, el brazo y el lado derechos quedan expuestos, mientras que al lanzar una estocada el cuerpo está cubierto y el adversario queda herido antes de ver la espada.

 

( Flavio Vegecio Renato )

 

Flavio Vegecio Renato fue un escritor del Imperio romano del siglo IV. Nada se sabe de su vida excepto lo que él mismo dice en sus obras. Vegecio no se identifica como militar, sino como vir illustris et comes (hombre ilustre y conde) términos que, en el latín de la época, le señalan como un personaje cercano al emperador.

 

La obra más famosa que escribió fue el Epitoma rei militaris o De re militari, un tratado sobre la ciencia y el arte militar de los antiguos romanos. También se le atribuye la autoría de un manual veterinario llamado Mulomedicina.


domingo, 4 de junio de 2023

ESTRATAGEMAS, por SEXTO JULIO FRONTINO

ESTRATAGEMAS, por SEXTO JULIO FRONTINO  

 

Estratagemas es una obra escrita por Sexto Julio Frontino, un senador y militar del Imperio romano que vivió entre el año 30 y el 103 d.C.  El libro es una colección de más de 500 ejemplos de tácticas militares extraídos de la historia griega y romana, que Frontino compiló como un manual para líderes militares, políticos y otros interesados en el arte de la guerra

 

El libro se divide en cuatro libros, cada uno con un tema diferente. El primer libro trata sobre las estratagemas generales, como el uso de la inteligencia, la sorpresa, la astucia, el engaño, la simulación y la disimulación. El segundo libro se ocupa de las estratagemas ofensivas, como el ataque por sorpresa, el aprovechamiento de las oportunidades, la elección del momento y el lugar adecuados, el uso de la fuerza y la debilidad, y el empleo de diversos recursos. El tercer libro se refiere a las estratagemas defensivas, como el uso de la fortificación, la resistencia, la retirada, la contraofensiva y la negociación. El cuarto libro aborda las estratagemas mixtas, que son aquellas que se pueden usar tanto en la ofensiva como en la defensiva, como el uso de los aliados, los enemigos, los rehenes, los espías y los desertores.

 

Frontino destaca la importancia de la astucia y la inteligencia en la guerra, y argumenta que la superioridad militar no se basa solo en la fuerza bruta, sino en la capacidad de pensar de manera creativa y aprovechar las oportunidades que se presenten.

 

Estratagemas es una obra que muestra el conocimiento y la experiencia de Frontino en el campo militar, así como su interés por preservar y transmitir las lecciones de la historia. Es una obra que ha influido en muchos autores posteriores sobre el tema de la estrategia y que sigue siendo relevante y útil para entender los principios y las prácticas de la guerra.

 

Frontino fue un general y escritor romano que nos enseñó mucho sobre el arte de la guerra. Él creía que para ganar una guerra no hacía falta tener muchos recursos, sino saber usarlos bien. También pensaba que el mejor general era el que podía ganar sin tener que pelear directamente, usando la diplomacia o el engaño. Para él, la guerra era un juego de inteligencia y astucia, donde había que conocer al enemigo y a uno mismo, y saber cómo engañarle y sorprenderle. También decía que había que planificar y preparar bien cada batalla, y tener en cuenta el terreno y la geografía.

 La rapidez y la movilidad eran muy importantes, así como la disciplina y la organización del ejército. La audacia y la valentía eran esenciales, pero siempre con una estrategia sólida detrás. Frontino sabía que la guerra era difícil y peligrosa, y que requería sacrificio, resistencia y paciencia. Su objetivo era hacer perder al enemigo toda esperanza de vencer, pues la guerra no se ganaba con las armas, sino con los hombres. Frontino nos dejó un legado de sabiduría sobre cómo ganar una guerra sin luchar, o cómo luchar con habilidad y astucia.



martes, 25 de abril de 2023

CAYO SALUSTIO CRISPO DICE SOBRE LA GUERRA

 

"Nadie, sino el vencedor, cambió la guerra por la paz."

 

Dejando aparte el famoso dicho de los romanos "¡Ay de los vencidos!", y "si quieres la paz, prepárate para la guerra", esta reflexión de Cayo Salustio Crispo sobre la guerra nos enseña que en los conflictos armados, solo el vencedor tiene la capacidad de cambiar la guerra por la paz. Sugiere que la paz no se logra a través de la continuación de la guerra, sino que requiere la victoria de una de las partes involucradas. Además, esta reflexión también puede ser interpretada como una crítica a los efectos destructivos de la guerra y a la necesidad de encontrar soluciones pacíficas y justas para poner fin a los conflictos y establecer la paz duradera. En general, esta reflexión de Salustio destaca la importancia de la victoria en la guerra como un factor determinante para alcanzar la paz, aunque también puede ser interpretada desde diferentes perspectivas y generar debate en torno a la naturaleza y las consecuencias de la guerra y la paz.



domingo, 16 de abril de 2023

CÉSAR BUSCA LA PAX ROMANA CON POMPEYO

 

¡Salve, querido Cneo Pompeyo Magno!

 

Me dirijo a ti con un corazón pesado, lleno de preocupación y tristeza. Como bien sabes, somos dos grandes líderes de Roma, y nuestro imperio está en peligro. La amenaza de una guerra civil se cierne sobre nosotros, y como padre y líder, siento la responsabilidad de hacer todo lo posible para evitarla y preservar la paz y la estabilidad en nuestra amada Roma.

 

Amigo mío, la guerra no es algo que deba tomarse a la ligera. Es un conflicto violento y destructivo que causa sufrimiento y dolor a las personas. Nuestros soldados y ciudadanos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, todos sufrirían las consecuencias de una guerra civil. Las ciudades serían saqueadas, las tierras arrasadas, la economía se arruinará, y muchas vidas se perderían en el caos y la destrucción.

 

Como líderes, tenemos la responsabilidad de velar por el bienestar de nuestro pueblo y buscar soluciones pacíficas a nuestros desacuerdos. La guerra solo traería desolación, ruína, y sufrimiento a nuestro pueblo, y es nuestro deber evitarla a toda costa.

 

Te insto, querido Cneo, a que detengamos este camino hacia la guerra civil. Debemos buscar el diálogo y la negociación, en lugar de la violencia. Debemos escuchar y entender las preocupaciones y perspectivas del otro, y trabajar juntos para encontrar soluciones que beneficien a ambas partes y a todo el pueblo romano. No es mucho lo que pido: una legión, y un proconsulado en Illiria.

 

La historia nos ha enseñado que la guerra no es la solución a los problemas. Solo conduce a más conflicto y destrucción. Debemos aprender de los errores del pasado y buscar caminos de reconciliación y unidad en lugar de división.

 

Como líderes, tenemos la responsabilidad de ser ejemplo para nuestro pueblo. Debemos mostrarles que la diplomacia, el diálogo y la comprensión son las herramientas más poderosas para resolver conflictos y construir un futuro mejor. Debemos poner los intereses de Roma y de nuestro pueblo por encima de nuestras diferencias personales o políticas. Las cosas se tienen que hablar y debatir en el Senado, y solo teniendo meta de procurar el bienestar y la prosperidad del pueblo romano.

 

Querido Cneo, sé que tenemos diferencias y desacuerdos, pero también sé que somos capaces de encontrar una solución pacífica y justa a nuestros problemas. Te invito a que nos reunamos, que escuchemos el uno al otro y busquemos una salida que beneficie a Roma y a todos los ciudadanos.

 

La paz es un tesoro invaluable que debemos proteger y preservar. No permitamos que la guerra divida y destruya nuestra querida Roma. Juntos, como líderes responsables, podemos encontrar una solución pacífica y evitar una guerra civil que solo traerá sufrimiento y dolor.

 

Espero sinceramente que consideres mis palabras, querido Cneo. Te exhorto a que paremos y evitemos la guerra civil, y trabajemos juntos en aras de la paz y la prosperidad de nuestro amado imperio romano.

 

Con esperanza y determinación,

 

Cayo Julio César, procónsul de la Galia Comata.