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domingo, 14 de abril de 2019

CECILIA METELA DALMÁTICA



Cecilia Metela (en latín, Caecilia Metella; m. c. 80 a. C.) fue una dama romana hija del político Lucio Cecilio Metelo Dalmático.

 

Su primer matrimonio fue con Marco Emilio Escauro, un viejo político en la cumbre de su poder. El patricio Escauro era princeps senatus y un aliado tradicional de su familia. Tuvo dos niños con Escauro: Marco Emilio Escauro y Emilia, la segunda esposa de Cneo Pompeyo Magno.

 

Después de la muerte de Escauro, Cecilia se casó con Lucio Cornelio Sila. En 86 a. C., Cayo Mario obtuvo su séptimo consulado y persiguió a sus enemigos políticos, ordenando la confiscación de propiedades y varias persecuciones. Sila, en este tiempo en el este, luchando con el rey Mitrídates VI, estaba al frente de la lista. Cecilia fue forzada a abandonar Roma y se reunió con Sila en Grecia.​ Allí, nacieron los gemelos Fausto Cornelio Sila y Fausta Cornelia, casada luego con el pretor Tito Anio Milón. En 81 a. C., después de una breve guerra civil con el último de los seguidores de Mario, Sila entró en Roma y fue nombrado dictador. De nuevo, Cecilia siguió a su marido.

 

Murió alrededor de 80 a. C., posiblemente debido a un cáncer. En sus últimos días, fue obligada a abandonar su casa debido a que los síntomas de su enfermedad la hicieron parecer impura a ojos de los pontífices y augures de Roma. Falleció en el templo de Juno Sospita, sin que Sila fuese a verla por miedo a ofender a los dioses, aunque estuvo velada por su hijastra Cornelia y por su primo, el pontífice máximo Quinto Cecilio Metelo Pío. Ignorando las leyes antilujo que había redactado él mismo, Sila organizó un espectacular funeral estatal en su honor.


domingo, 29 de abril de 2018

FAUSTO CORNELIO SILA


 

Fausto Cornelio Sila (en latín, Faustus Cornelius Sulla; Roma, 86 a. C.-Tapso, 46 a. C.) fue un noble, político y militar romano, hijo del dictador Lucio Cornelio Sila. Miembro de la facción optimates, contó con la amistad y la protección de Pompeyo y Cicerón. Combatió a Julio César durante la segunda guerra civil, luchando en las batallas de Farsalia y Tapso, siendo muerto por las tropas cesarianas tras esta última.

 
Fausto Sila fue el mayor de los hijos supervivientes del dictador de Roma Lucio Cornelio Sila y su esposa Cecilia Metela, nacido en Grecia tras la huida de su madre del régimen de Lucio Cornelio Cinna en Roma. Era conocido simplemente como Fausto, puesto que era el único romano que recibía ese nombre desde Fausto Valerio, que vivió en tiempos del rey Numa Pompilio.
 
Durante su juventud, su vida se vio amenazada por todos los enemigos de su difunto padre, en especial por los proscipti y sus parientes, a los que Sila había hecho asesinar e incautar sus propiedades. En 75 a. C. su condiscípulo Cayo Casio lo abofeteó por alabar en la escuela las proscripciones de su padre y amenazar con imitarlo cuando la edad se lo permitiera. Sin embargo, contó con la protección del Senado, así como la de algunos de sus miembros más destacados, como Cicerón y, sobre todo, Pompeyo, de quien sería -además de su yerno- uno de sus más fieles seguidores.
 
Combatió como tribuno militar a las órdenes de Pompeyo, destacándose en el asedio de Jerusalén, en 63 a. C., al ser uno de los primeros en subir a las murallas de la ciudad santa.
 
Fue magistrado de la moneda un año después, en 62 a. C., y en 60 a. C. celebró unos grandes juegos en memoria de su padre. Cuestor en 54 a. C., sirvió de 49 a. C. a 47 a. C. como procuestor en el ejército de Pompeyo, durante su guerra con César. Combatió en la batalla de Farsalia, y, tras la derrota de Pompeyo se unió a las fuerzas senatoriales del norte de África, luchando hasta la batalla de Tapso (46 a. C.), en donde cayó prisionero y fue muerto por los soldados cesarianos.


domingo, 25 de enero de 2015

CARTA DE CORNELIA SILA A SU PADRE LUCIO CORNELIO SILA


Padre, mi situación es desesperada. Habiendo muerto mi esposo y mi suegro, el nuevo paterfamilias, mi cuñado, que ahora se llama Quinto, se porta conmigo de forma abominable. Tiene una esposa que me hace la vida imposible. Cuando vivían mi esposo y mi suegro, no me causaban contrariedad, pero ahora el nuevo Quinto y su horrenda esposa viven conmigo y con mi suegra. Por derecho, la casa es de mi hijo, pero ellos parecen haberlo olvidado. Mi suegra, supongo que como es natural, se ha puesto de parte de su hijo y a todos les ha dado por echarte la culpa de la situación de Roma y de sus propios problemas. Y hasta dicen que enviaste deliberadamente a mi suegro a la muerte en Umbría. Como consecuencia de esto, mis hijos y yo estamos sin criados, nos dan de comer lo mismo que a la servidumbre y nos lo escatiman todo. Cuando me quejo, me dicen que jurídicamente dependo de ti. ¡Como si no hubiese dado a mi difunto esposo un hijo que es el heredero de la mayor parte de la fortuna de su abuelo! Esto es también causa de resentimiento. Dalmática me ha suplicado que me vaya a vivir con ella, pero no considero que no debo hacerlo sin tu consentimiento.



Padre, lo que te pediría en lugar de que me permitas vivir en tu casa (si tus problemas te dan tiempo para pensar en mí) es que me busques otro esposo. Aún me quedan siete meses de luto; y si me lo permites los pasaría en tu casa en compañía de tu esposa. Pero no quiero abusar de Dalmática más tiempo y quiero tener mi propia casa.



Yo no soy como Aurelia y no quiero ganarme la vida. Tampoco me gusta la clase de vida que lleva Elia, aguantando el despotismo de Marcia. Por favor, padre, si me encuentras un marido te lo agradeceré enormemente. Es preferible casarse con el peor de los hombres que ir a vivir a la casa de otra mujer. Te lo digo tal como lo siento.



Por otra parte, estoy bastante bien, aunque me he acatarrado por el frío que hace en mi cuarto. Y los niños también. Me doy cuenta de que en esta casa no lamentarían gran cosa que a mi hijo le sucediese algo.



( C. McC. )


martes, 20 de enero de 2015

CECILIA METELA DALMÁTICA SE ENTREGA A LUCIO CORNELIO SILA


La clase de matrimonio que Dalmática había vivido con Escauro se hizo mucho más evidente cuando Sila la tumbó en la cama, porque la joven se bajó de ella precipitadamente, abrió el arca que había mandado traer de su casa y extrajo un impecable camisón de lino. Mientras Sila la contemplaba fascinado, ella se volvió de espaldas, se desabrochó el precioso vestido de lana color crema, se lo sujetó bajo las axilas y logró meterse pudorosamente el camisón por la cabeza dejándolo caer antes de despojarse de la ropa. De la vestimenta de día pasó al atuendo de noche en un abrir y cerrar de ojos, y sin mostrar un ápice de piel.

 

-Quitate esa maldita prenda -dijo Sila a sus espaldas.

 

Ella se volvió y casi se quedó sin respiración. Su nuevo esposo estaba desnudo, y su piel era más blanca que la nieve, con el vello rizado del pecho y el bajo vientre del mismo color que su melena; un hombre sin bolsas en el diafragma, sin las arrugas de la senectud, un hombre duro y musculoso.

 

Escauro había estado horas manoseándola por debajo de la túnica, pellizcándole los pezones y hurgándole la entrepierna para conseguir una reacción del pene, el único miembro viril que ella había conocido, aunque realmente no lo hubiera visto. Escauro era un romano a la antigua, de los que realizan el coito con el mismo recato que se espera de la esposa; no sabia Dalmática que cuando coyuntaba con una mujer menos recatada que ella, su actuación sexual era muy distinta.

 

Sila, por el contrario, tan noble y aristocrático como su difunto esposo, se exhibía sin ningún pudor ante ella, con el pene tan grande y erecto como el del Príapo de bronce del despacho de Escauro. No es que ella desconociera la anatomía íntima del hombre y de la mujer, dado que estaba bien representada en todas las casas: los genitales masculinos en las termas, los pedestales de las mesas y hasta en los murales; pero nunca se le había ocurrido ni remotamente relacionarlos con la vida conyugal. Eran simples adornos de los muebles. Para ella, la vida conyugal había sido un esposo que nunca se mostraba desnudo ante ella y que, a pesar de haber engendrado dos hijos, por la experiencia de ella era bien distinto a los príapos de los muebles y los objetos ornamentales.

 

Cuando, tantos años atrás, había conocido a Sila en aquella cena, se había quedado deslumbrada. Nunca había visto a un hombre tan hermoso, tan duro y tan fuerte y, sin embargo, tan... tan... ¿afeminado? Lo que había sentido por él entonces (y durante las veces que le había estado mirando a escondidas cuando él andaba preparando en Roma su candidatura a las elecciones de pretor) no era algo conscientemente carnal, pues ella era una mujer casada, con experiencia carnal, y eso lo relegaba como el factor menos importante y atractivo del amor. Su pasión por Sila era un capricho de quinceañera, algo intangible e inexplicable. Detrás de columnas y persianas le había acariciado con la vista, soñando con sus besos más que con su pene, suspirando por él del modo más romántico. Lo que ella quería era conquistarle, hacerle su esclavo, ganárselo haciendo que se echara a sus pies a solicitarle llorando su amor.


( C. McC. )