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lunes, 19 de junio de 2023

RESTRICCIONES Y REQUISITOS PARA SER UNA VESTAL EN LA ANTIGUA ROMA

Los que han escrito sobre la “consagración” de las Vestales, y entre ellos el más escrupuloso es Antistio Labeón, han afirmado que es sacrilegio tomar a una niña menor de seis años o mayor de esa edad, así como a una niña que no tenga padre o madre, sea tartamuda, medio sorda o marcada por alguna tara corporal, o a una niña que se haya emancipado o cuyo padre lo haya sido, o se encontró, viviendo su padre, bajo la potestad de su abuelo; del mismo modo aquella cuyos padres, o uno u otro o los dos, han sido esclavos o ejercen profesiones infamantes. Pero aquella cuya hermana ha sido escogida para este sacerdocio tiene derecho, según dicen, de ser excluida; igualmente, aquella cuyos padres es flamen, augur, quindecimviro elegido para las ceremonias sagradas, septemviro epulón o salio. Se tiene también la costumbre de conceder la dispensa de este sacerdocio a la desposada con un pontífice y a la hija del dignatario elegido para las trompetas de las ceremonias sagradas. Ateyo Capitón asegura, por otra parte, en sus escritos que no se debe elegir a la hija de un hombre que no tenga su domicilio en Italia y hay que excluir a aquellas cuyo padre tenga tres hijos. Una virgen vestal desde que ha sido consagrada, llevada al atrio de Vesta y entregada a los pontífices, al punto sin emancipación y sin pérdida de personalidad jurídica sale de la potestad paterna y adquiere el derecho de redactar su testamento. Sobre la costumbre y el rito según el cual se realiza la elección no hay documentos de alguna antigüedad a no ser que quien fue elegida la primera lo fue por el rey Numa. Pero hemos encontrado la ley Papia, que prescribe que veinte jóvenes sean escogidas al arbitrio del sumo sacerdote y que se haga una tirada a suerte entre ellas en asamblea… La tirada a suerte prevista por la ley Papia no parece más necesaria ahora, en efecto, si un hombre de buen nacimiento alcanza el sumo pontificado y ofrece a su hija para el sacerdocio, puesto que se puede tener cuenta de esta candidatura sin violar las reglas religiosas, el senado concede dispensa de la ley Papia.

 

( Aulo Gelio)

 

El texto es un extracto de las "Noches áticas" de Aulo Gelio, un jurista y escritor romano del siglo II d.C. . Es una obra variada que contiene diferentes anécdotas sobre historia, literatura, filosofía, derecho, ciencia y otros asuntos que el autor fue recopilando durante sus viajes por el Ática y por Roma. El extracto corresponde al primer libro, capítulo 12, y habla sobre la selección y el régimen de las vírgenes vestales, unas sacerdotisas consagradas al culto de la diosa Vesta en la antigua Roma.

 

El texto muestra una visión muy machista y excluyente hacia las mujeres. La selección de las vestales se hacía con criterios muy exigentes que descartaban a niñas con ciertas características físicas, como ser balbuciente, medio sorda o tener algún "defecto corporal". También se descartaba a las hijas de personas de oficios considerados "infames" o cuyos padres habían sido esclavos. Estos criterios reflejan una mentalidad antigua que desprecia a las mujeres y perpetúa prejuicios discriminatorios basados en el aspecto físico o la ocupación de sus padres. 

Además, se mencionan exclusiones basadas en el rango social de los padres, como los flámines, augures o aquellos que participaban en ritos sagrados. Estos criterios impedían el acceso de las mujeres a puestos religiosos relevantes y perpetuaban una jerarquía social que beneficiaba a ciertos grupos. Por otro lado, el texto también menciona la exención de ciertas restricciones para las casadas con pontífices o hijas de dignatarios. Esto indica que, en algunos casos, el estatus social y los privilegios familiares podían influir en la elección de las vestales, lo cual contradice la idea de una selección basada en cualidades individuales.

 

El extracto también refleja la mentalidad y los valores de la sociedad romana, que exigía a las vírgenes vestales una pureza física y moral absoluta, así como una lealtad inquebrantable a su deber sagrado. Las vestales disfrutaban de un gran respeto y honor, pero también estaban sujetas a una rigurosa disciplina y control. Su castidad era esencial para el bienestar de la ciudad y su infracción se castigaba con la muerte.


jueves, 23 de abril de 2020

LEX CURIATA DE IMPERIO



En la constitución de la Antigua Roma, la lex curiata de imperio (plural leges curiatae) era la norma legal que confirmaba los derechos de los altos magistrados a ejercer el poder público o imperium. En teoría fue aprobada por la Comitia curiata, que también era la fuente de las leges curiatae relativas a la adopción (adrogatio).​


En la República tardía, los historiadores y los teóricos políticos consideraron que la necesidad de esta ley se remontaba al período monárquico, cuando los reyes posteriores a Rómulo tuvieron que someterse a la ratificación del pueblo romano. Como muchos otros aspectos de la ley y la religión en la Antigua Roma, la lex curiata se atribuyó a Numa Pompilio, el segundo rey de Roma. Este origen parece haber sido construido después del hecho para justificar la necesidad de la ley, en un momento en que ya no se conocía la intención original de la ceremonia que confería el imperium.​ Sin embargo, se afirmaba que los dos últimos reyes habían gobernado sin dicha ratificación,​ lo que en todo caso podría haber sido una aclamación más informal.​


La ley fue aprobada en una asamblea que durante la República tardía sólo existía de forma nominal, la Comitia curiata, la representación de las curiae; se suponía que las curiae eran las treinta divisiones políticas creadas por Rómulo, que recibían su nombre en honor a las mujeres sabinas (que eran de Cures, en territorio de los sabinos). Estas unidades políticas fueron reemplazadas ya en 218 a. C. por lictores; el pueblo ya no se reunía, pues cada curia estaba representada por un lictor y la confirmación era virtualmente automática, a menos que un tribuno decidiera oponerse. Incluso entonces, un magistrado no confirmado podría seguir desempeñando las funciones de su cargo a pesar de todo.​ En la República tardía, un magistrado podría simplemente prescindir de esta ratificación alegando su imperium, o un legislador podría incluir una disposición en una ley que convirtiera en redundante una ley de la curia. Los censores, en cambio, eran confirmados por otra asamblea, la Comitia centuriata. Por todo ello, no queda claro el propósito de la lex curiata,​ y según S. P. Oakley: «El origen, la naturaleza y la importancia de la lex curiata de imperio ha sido objeto de un amplio e inconcluso debate.»​


En algunos casos se ha especulado que era la que confería el derecho a realizar auspicios, aunque no los estudiosos no son unánimes en este punto. H. S. Versnel, en su estudio sobre el triunfo romano, sostenía que la lex curiata de imperio era un requisito para que un comandante pudiera celebrar un triunfo.​ El imperium, sostiene Versnel, no se concedía a un comandante en el ámbito político, sino que era una cualidad del hombre que se manifestaba en él y que era reconocida de forma ceremonial por una lex curiata de imperio;​ La lex no era fundamental para la obtención de imperium o auspicium, sino más bien el acto mediante el cual el pueblo expresaba su reconocimiento de esa autoridad.​


Aun cuando la lex curiata acabara siendo esencialmente ceremonial, conservaba la autoridad suficiente para ser útil como táctica política cuando se la evocaba. Los tribunos podían dificultar su aprobación; los cónsules del 54 a. C. carecían de la lex y se cuestionaba su legitimidad para ejercer de gobernadores como procónsules; durante la segunda guerra civil de la República romana los cónsules del 49 a. C. utilizaron la propia inexistencia de una lex como pretexto para no llevar a cabo la elección de sus sucesores.


miércoles, 4 de diciembre de 2019

FECIALES


Los feciales​ fueron un collegium de veinte sacerdotes encargados de regular las relaciones diplomáticas de Roma con los pueblos extranjeros conforme a la religión romana, en especial en asuntos relacionados con las declaraciones de guerra y la firma de tratados. Se reclutaban por cooptación entre la aristocracia patricio-plebe y su constitución se atribuía al rey Numa Pompilio.
 
Los feciales acompañaban a las misiones diplomáticas formando comisiones de, por lo general, cuatro sacerdotes. El jefe de la delegación fecial ostentaba el título de pater patratus, porque su padre debía estar aún vivo. Portaba un cetro para simbolizar el poder de Júpiter y una piedra sagrada que representaba al mismo dios. No podía usar vestiduras de lino.
 
Los tratados con Estados extranjeros requerían la intermediación de los feciales. El sacerdote en misión se presentaba ante los extranjeros con tierra sagrada del Capitolio y, tomando por testigo la piedra de Júpiter que llevaba consigo, juraba en nombre del pueblo romano respetar el tratado y mataba un cabrito para sellar el pacto.
 
Los feciales declaraban la guerra con otra ceremonia que recoge el historiador Tito Livio.​ Primero, tras invocar a Júpiter en la frontera del territorio enemigo, hacían una petición de devolver propiedades robadas y compensaciones (res repetundae).
 
Después de un plazo de treinta y tres días para que se atendieran esas exigencias, si no eran satisfechas, los feciales invocaban a Jano, abrían las puertas de su templo, invocaban después a todos los dioses del cielo y del infierno y declaraban la guerra arrojando una pequeña lanza o azagaya de hierro al territorio enemigo.
 
 La fórmula usada era “Audi Iuppiter, audite fines [y aquí se nombraba al pueblo fronterizo inculpado], audiat Fas”; donde Fas era an supra-ley sagrada impersonal. De aquí deriva la noción romana de guerra justa como represalia ante la agresión exterior, a fin de tener a los dioses a su lado una vez declarado el conflicto.
 
 "Para el ius fetiale el carácter de guerra "justa" o "injusta" tenía por único criterio el de la observancia o no de unas reglas formales, rituales o de procedimiento prefijadas y consagradas por exigencias de índole religiosa, que comportaban, evidentemente, un deber de pietas para con la parte demandada, o sea un reconocimiento de ésta en su pleno carácter de personalidad jurídica".
 
"Este religioso o semirreligioso ius fetiale se mantuvo en vida mientras los romanos tuvieron que habérselas solamente con pueblos vecinos más o meno emparentados o, en cualquier caso, antiguos conocidos, con los que ya habían tenido relaciones comerciales y diplomáticas, de manera que el sentimiento de un deber religioso hacia los enemigos debía de estar bastante condicionado por el sentimiento de afinidad y el mutuo reconocimiento de la personalidad jurídica entre vecinos de toda la vida (...) una «ética de guerra» centrada en principios religiosos de lealtad y de piedad adolecía de la inevitable debilidad o limitación de no poder trascender el restringido contexto, por así decirlo, «familiar» que la había permitido fermentar y germinar."
 
En ocasión de la guerra contra las ciudades griegas del sur de Italia, que llamaron en su auxilio al rey Pirro, los romanos se encontraron con la dificultad de enviar a los feciales al lejano reino de Epiro. Los feciales utilizaron el ardid de permitir que un epirota comprase un campo en Italia para considerar ese terreno como parte del territorio de Epiro y de este modo conducir el rito de arrojar la lanza.
 
Para la firma de los tratados de paz también era necesario un ceremonial especial. Debía ser corroborado por al menos dos feciales: el pater patratus y el verbenarius, así llamado porque este último debía recoger y usar en la ceremonia la verbena sagrada tomada del Capitolio.
 
Desde el fin de la República y más todavía durante el Imperio, el antiguo colegio fue perdiendo importancia. Las guerras y las fronteras estaban muy lejos y los rituales eran complicados de hacer, por lo que se compró un terreno en el templo de la diosa de la guerra Belona donde se podía tirar la jabalina y se alzó una columna para señalar el sitio desde donde hacerlo.
 
 El templo de Jano sólo se cerró cuatro veces a lo largo de toda la historia de la Antigua Roma: en tiempos del rey Numa, en tiempos del consulado de Tito Manlio Torcuato, en los del emperador Augusto y en los de Vespasiano.

domingo, 1 de septiembre de 2019

CAMPO DE MARTE



En la Antigua Roma llamaban Campo de Marte (latín, Campus Martius; italiano, Campo Marzio) a un terreno que se extendía al norte de las Murallas Servianas​ edificadas por el sexto rey de Roma Servio Tulio. El terreno estaba limitado al sur por el Capitolio y al este por la colina Pinciana o monte Pincio. El resto estaba rodeado por el río Tíber que en ese espacio describía un gran meandro.

 

Se llamaba Campo de Marte porque desde época muy antigua existía allí un ara dedicada al dios Marte, mencionada en las leyes atribuidas a Numa Pompilio, segundo rey de Roma después de Rómulo. En el año 388 a. C., el tribuno Tito Quincio Cincinato, colaborador del cónsul Marco Furio Camilo, erigió un nuevo templo a este dios para cumplir con un voto hecho en el periodo de la terrible invasión de los galos.

 

En la época de la República, el Campo de Marte servía como lugar de esparcimiento y de usos militares. Allí acampaban los ejércitos en espera de que los generales pudieran celebrar el triunfo. Hasta ese momento, tenían que aguardar sin poder traspasar las Murallas Servianas. A veces pasaban algunos días hasta la celebración, pero se dieron casos en que el tiempo se alargó bastante.

 

Según Plutarco, los bienes de Tarquinio el Soberbio fueron nacionalizados y "arrasados" por considerarse indignos para el pueblo romano. Una de sus propiedades se consagró con el nombre de campo de Marte, dedicado precisamente al dios Marte. La nacionalización de estos bienes se atribuye al tercer cónsul de la república romana, Publio Valerio Publicola.

 

El Campo era aprovechado para efectuar ejercicios militares y de instrucción y para hacer ejercicio físico de cualquier índole. Los muchachos jóvenes acudían allí casi a diario para realizar su gimnasia. Se celebraban también carreras de carros, de manera informal, como entrenamiento. Allí estaban ubicadas las cuadras de los caballos que corrían en las competiciones. Había mercados de plantas y parques públicos para solaz de las gentes. 


Además se celebraban en aquel lugar las asambleas de comitia Centuriata, que convocaban a la gente por clases, determinadas por la certificación de sus medios económicos. El lugar de reunión era conocido como la saepta.

 

En el centro del meandro del Tíber se encontraba la poza Trigarium, un lugar público donde se podía ir a nadar. Hacia el sur de esta poza estaban los manantiales de agua mineral termal con propiedades curativas llamados Tarentum. 


Una gran arteria cruzaba el Campo de Marte en dirección al puente Mulviano (o Mulvio), llamada en un primer tramo Via Lata, actual Carrera de Humberto (Corso Umberto) y después Via Flaminia; perpendicular a ella estaba la Via Recta.

 

Plinio el Viejo (ca. 100-59 a. C.) en su Historia Natural (Libro XXXVI, Capítulo XIV) relata la historia del reloj solar en forma de obelisco que el emperador Augusto hizo construir en el Campo de Marte, el denominado Reloj Solar de Augusto.

 

En el siglo V a. C. y a raíz de una epidemia de peste se edificó en el Campo de Marte un templo al dios Apolo, a quien se consideraba dios protector de la salud, cuando todavía no habían adoptado los romanos al dios griego Asclepio como Esculapio. Apolo era también un dios extranjero por lo que el templo debía construirse fuera de las murallas de la ciudad, según dictaban las leyes. 


Se llamó Templo de Apolo Médico Purificador. En este templo se custodiaban numerosas obras de arte traídas de Grecia. En la actualidad sólo queda el basamento de 4 metros de altura, debajo de la iglesia moderna de Santa María en Campitelli. Augusto mandó edificar otro templo mayor en mármol, en el Palatino, en el año 28 a. C.

 

Con el tiempo, este espacio abierto que servía de esparcimiento fue llenándose de edificios cuando Roma empezó a ensanchar por allí. En la época imperial se construyeron tiendas elegantes en el primer trayecto que iba desde el Foro al Campo, frente a los saepta. Eran tiendas muy atractivas para la gente rica donde podían comprar desde simples chucherías hasta esclavos de lujo. En excavaciones hechas recientemente se descubrió el gran reloj solar de Augusto.

 

Otros edificios importantes fueron surgiendo en el espacio abierto, los cuales describió con gran entusiasmo el geógrafo Estrabón (siglo I a. C.), así como las modificaciones hechas por Pompeyo, Julio César y Augusto:

 

-Teatro de Marcelo.
-Ara Pacis. Sobre sus restos se construyó el palacio Ottobuoni Fiano.
-Reloj Solar de Augusto.
-Mausoleo de Augusto (o de los Julios) que sólo presenta unas ruinas poco atractivas. Estrabón lo describió como una colina cubierta de árboles hasta la cima, con la estatua en bronce de César Augusto.
-Termas de Nerón, grandiosas.
-Panteón de Agripa. En la actualidad está rodeado de calles y casas, conservado como una inigualable reliquia que los romanos llamaron “la Rotonda”.
-El Estadio Domiciano es hoy la plaza Navona.
-Crematorio imperial.
-Saepta Julia.
-Templos de Isis y de Serapis.
-Teatro de Pompeyo.

 

Emblema del IV distrito de Roma llamado Campo de Marte.
El Campo de Marte es uno de los 22 rioni de la ciudad de Roma. La nomenclatura administrativa lo designa como R.IV. Todos los monumentos están sepultados o confundidos entre las construcciones modernas.


sábado, 2 de febrero de 2019

LOS PRIMEROS REYES DE ROMA Y LOS PRIMEROS ROMANOS AGRICULTORES



Cuando Rómulo murió, muchos años después de haber enterrado a Tito Tacio, los romanos dijeron que el dios Marte le había raptado para conducirle al cielo y transformarle en dios, el dios Quirino. Y como a tal le veneraron a partir de entonces, como hacen hoy los napolitanos con San Genaro.

 

Le sucedió, como segundo rey, Numa Pompilio, al que la tradición nos describe como mitad filósofo y mitad santo, como lo fue, varios siglos después Marco Aurelio. Lo que más le interesaba eran las cuestiones religiosas. Y dado que en esta materia debía de existir una gran anarquía porque cada uno de los tres pueblos veneraba a sus propios dioses, entre los cuales no se alcanzaba a comprender cuál era el más importante, Numa decidió poner orden. Y para imponer este orden a sus rencillosos súbditos, hizo cundir la noticia de que cada noche, mientras dormía, la ninfa Egeria iba a visitarle en sueños desde el Olimpo, para transmitirle directamente las instrucciones para ello. Quien hubiese desobedecido, no era el rey, hombre entre los hombres, que habría tenido que habérselas, sino con el padre eterno en persona.

 

Sin embargo, también en esta leyenda acaso hay un fondo de verdad, o, al menos, una indicación que nos permite reconstruirla. Hayan sido los que fueren sus nombres y sus orígenes, los de la antiquísima Roma, más que verdaderos reyes debieron de ser papas, como por lo demás lo era el «arconte Basileo» en Atenas.

 

En aquellos tiempos, todas las autoridades se apoyaban ante todo en la religión. El poder del mismo paterfamilias, o jefe de casa, sobre la esposa, los hermanos menores, los hijos, los nietos y los siervos, era más que nada el de un sumo sacerdote a quien el buen Dios había delegado ciertas funciones. Y por esto era tan fuerte. Y por esto las familias romanas eran tan disciplinadas. Y por esto cada cual asumía los propios deberes y los cumplía en la paz y en la guerra.

 

Numa, al establecer un orden de prioridad entre los varios dioses que cada uno de los distintos pueblos que la formaban se habían traído a Roma, realizó tal vez una obra política fundamental: la que después permitió a sus sucesores, Tulio Hostilio y Anco Marcio, conducir el pueblo unido a las guerras victoriosas contra las ciudades rivales de la región. Mas como poderes políticos auténticos, no debían de tener muchos, porque los más grandes y decisivos permanecían en manos del pueblo que les elegía y ante el cual tenían siempre que responder.

 

Esto, de por sí, no significaría nada, porque en todos los tiempos y bajo cualquier régimen quien manda dice que lo hace en nombre del pueblo. Mas en Roma no se trató de palabrerías, al menos hasta la dinastía de los Tarquinos, los cuales, por lo demás, perdieron el trono precisamente porque quisieron quedarse sentados como dueños en vez de como «delegados». Y la división del mando estaba hecha aproximadamente así.

 

La ciudad estaba dividida en tres tribus: la de los latinos, la de los sabinos y la de los etruscos. Cada tribu estaba dividida en diez curias o barrios. Cada curia, en diez gentes, o manzanas de casas y cada una de éstas, en familias. Las curias se reunían generalmente dos veces al año, y en estas ocasiones celebraban el comicio curiado, que entre otras cosas se ocupaba también de la elección del rey cuando uno moría. Todos tenían igual derecho a voto. La mayoría decidía. El rey desempeñaba su cargo.

 

Era la democracia absoluta, sin clases sociales, la cual funcionó mientras Roma fue un pequeño y pacífico villorrio habitado por poca gente que raramente asomaba la cabeza fuera de los muros. Después, los habitantes aumentaron y aumentaron también las exigencias. El rey, que antes, además de decir la misa, o sea celebrar las sacrificios y los otros ritos de la liturgia, debía aplicar también las leyes, o sea actuar de juez, ya no tuvo tiempo para asumir todos estos cometidos y comenzó a nombrar «funcionarios» a quienes encomendárselos. Así nació la llamada «burocracia». El que había sido ante todo un sacerdote, se torna obispo y designa párrocos y curas que le ayudan en las funciones religiosas. Después necesita también de quien provea a los caminos, al censo, al catastro, a la higiene y nombra personas competentes que se ocupen de esos asuntos. Así nace el primer «ministerio»; el llamado Consejo de los Ancianos o Senado, constituido por un centenar de miembros que eran descendientes, por derecho de primogenitura, de los pioneros venidos con Rómulo a fundar Roma y que, al principio, tan sólo tienen la misión de aconsejar al soberano, pero que después se tornan más influyentes.

 

Y por fin nace, como organización estable, el ejército, basado a su vez sobre la división en las treinta curias, cada una de las cuales había de proporcionar una centuria, o sea cien infantes, y una decuria, o sea diez jinetes con sus caballos. Las treinta centurias y las treinta decurias, o sea tres mil trescientos hombres, constituían juntas la legión, que fue el primero y el único cuerpo de ejército de la antiquísima Roma. Sobre los soldados, el rey, que era su comandante supremo, tenía derecho de vida o de muerte. Mas tampoco este poder militar lo ejerce de manera absoluta y sin control. Dirige las operaciones, pero después de haber pedido consejo al comido centuriado, o sea a la legión en armas, cuya aprobación solicita también para el nombramiento de los oficiales que en aquellos tiempos se llaman pretores.

 

En suma, todas las precauciones habían sido tomadas por los romanos para que el rey no se convirtiese en un tirano. Tenía que quedarse en «delegado» de la voluntad popular. Cuando una bandada de pájaros pasaba por los aires o un rayo partía un árbol, era deber suyo reunir a los sacerdotes, estudiar con ellos lo que querían decir aquellos signos, y, si le parecía que significaban algo no muy bueno, decidir qué sacrificios había que hacer para aplacar a los dioses, evidentemente ofendidos por algo. Cuando dos particulares litigaban entre sí y acaso uno robaba o degollaba al otro, no era asunto suyo ocuparse de ello. Mas si uno cometía algún delito contra la comunidad o el Estado, entonces se lo hacía conducir a su presencia por unos guardianes y tal vez le condenaba a muerte. Por lo demás, no podía tomar decisiones. Tenía que pedirlas en tiempo de paz a los comicios curiados y en tiempos de guerra a los centuriados. Si era astuto, lograba, como todavía ocurre hoy, presentar como «voluntad del pueblo» la suya personal. De lo contrario, tenía que soportarla. Mas siempre tenia que rendir cuentas, para ejecutarla, al Senado.

 

Tal era la ordenación que el primer rey de Roma, haya sido o no Rómulo, y fuese la que fuere la raza a la que pertenecía, dio a la Urbe. Y tal fue la que su sucesor Numa dejó a su sucesor Tulio Hostilio, que era de temperamento mucho más vivaz.

 

Éste llevaba en la sangre la política, la aventura y la codicia. Pero el hecho de que el comicio le hubiese elegido precisamente a él por soberano, significaba que, tras los cuarenta años de paz que le asegurara Numa, toda Roma tenía muchas ganas de pegar puñetazos. De los burgos y ciudades que la circundaban, Alba Longa era la más rica e importante. No sabemos qué pretexto escogió Tulio para declararles la guerra. Tal vez ninguno. Mas ocurrió que un buen día los atacó y las arrasó, por bien que la leyenda haya transformado aquel acto de fuerza en un acto caballeroso y casi simpático. Dícese, en efecto, que ambos ejércilos remitieron la suerte de las armas a un duelo entre tres Horacios romanos y tres Curiacios albalonganos. Éstos mataron a dos Horacios. Pero el último, a su vez, les mató a ellos y decidió la guerra. Permanece el hecho de que Alba Longa fue destruida y su rey atado por las dos piernas a dos carros que, lanzados en dirección opuesta, le despedazaron. Así fue como Roma trató a la que consideraba como su madre patria, la tierra de donde decía que sus fundadores habían venido.

 

Naturalmente, el advenimiento debió de alarmar un poco a todas las demás poblaciones de la región que, no habiendo experimentado la influencia etrusca, se habían quedado atrasados en el llamado progreso y, por tanto, se sentían más débiles y estaban peor armadas que los romanos. Tulio Hostilio y su sucesor Anco Marcio, que siguió el ejemplo, buscaron camorra un poco con todas ellas.

 

Para concluir, el día en que fue elevado al trono Tarquino Prisco como quinto rey, Roma era ya el enemigo público número uno de aquella región cuyos límites no se conocen con exactitud, pero que debía de extenderse aproximadamente hasta Civitavecchia al Norte, hasta cerca de Riti al Este y hasta Frosinone, al Sur.

 

Ahora bien, es muy probable que esa política de conquista, destinada a tornarse aún más agresiva con los tres últimos reyes de la dinastía Tarquina, fuese de inspiración sobre todo etrusca. Y esto por un simple motivo: que, mientras latinos y sabinos eran agricultores, los etruscos eran industriales y comerciantes. Cada vez que estallaba una nueva guerra, los primeros tenían que abandonar sus tierras, dejándolas arruinar para enrolarse en la legión y arriesgaban perderlas si el enemigo vencía. Los segundos, en cambio, llevaban siempre las de ganar: aumentaban los consumos, llovían los «pedidos» del gobierno y, en caso de victoria, conquistaban nuevos mercados. En todos los tiempos y en todas las naciones ha sido siempre así; los habitantes de las ciudades quieren las guerras contra la voluntad de los campesinos que, además, tienen que hacerlas. Cuanto más se industrializa un Estado, más ventaja saca la ciudad al campo y más aventurera y agresiva se torna su política.

 

Hasta el cuarto rey, el elemento campesino prevaleció en Roma y su economía fue sobre todo agrícola. Aquellos tres mil trescientos hombres que constituían su ejército nos demuestran que la población total debía ascender a unas treinta mil almas, de las cuales la mayor parte estaba seguramente diseminada en el campo. En la ciudad propiamente dicha debió de estar, poco más o menos, la mitad, que a la sazón se había desparramado desde el Palatino sobre las demás colinas. La mayor parte de ellos vivían en cabañas de barro construidas confusa y desordenadamente, con una puerta para entrar en ellas, pero sin ventanas y una sola estancia donde comían, bebían y dormían todos juntos, papá, mamá, hijos, nueras, yernos, nietos esclavos (quien los tenía), gallinas, asnos, vacas y cerdos. Por la mañana, los nombres bajaban al llano para labrar la tierra. 


Y entre ellos estaban también los senadores que, como todos los demás, uncían sus bueyes y sembraban la simiente o segaban las espigas. Los chicos les ayudaban, pues la labor del campo era su única y verdadera escuela, su único y verdadero deporte. Y los padres aprovechaban la ocasión para enseñarles que la semilla sólo daba buen fruto cuando el cielo mandaba agua y sol en justas dosis sobre la gleba, solamente cuando los dioses lo querían; que los dioses sólo querían cuando los hombres había cumplido sus deberes para con ellos; y que el primero de estos deberes consistía en la obediencia de los jóvenes a los viejos.

 

Así crecían los ciudadanos romanos, al menos los de ascendencia latina y sabina, que debían de constituir la mayoría. La higiene y el cuidado de la propia persona debían estar reducidos al mínimo, incluso para las mujeres. Nada de afeites, nada de coqueterías, poca o ninguna agua, que las mujeres tenían que ir a buscar abajo y traer en ánforas puestas sobre la cabeza. No había retretes ni cloacas. Se hacían las necesidades puertas afuera y allí se dejaban. Barbas y cabello crecían descuidadamente. 


En cuanto al vestir, no hagáis caso de los monumentos, que, por lo demás, pertenecen a épocas mucho más recientes, cuando Roma poseía una verdadera industria textil y una categoría de sastres evolucionados, que en su mayor parte eran de origen y de escuela griegos. En aquellos tiempos lejanos, la toga, que después adquirió tanta grandiosidad, o no había nacido aún o estaba reducida a su aspecto más elemental. Tal vez se parecía a la túnica que actualmente llevan los abisinios un pingajo blanco, tejido en casa por las esposas e hijas con lana de oveja, con un agujero en medio para pasar la cabeza. Pocos tenían una de recambio. En general llevaban siempre la misma, en verano y en invierno, de día y de noche, imaginad con qué consecuencias.

 

No se privaban de ningún placer, ni siquiera de los de la mesa. Contra las teorías de los modernos científicos americanos, según los cuales la fuerza de un pueblo es condicionada por su consumo de calorías y vitaminas, que a su vez es condicionado por la variedad de alimentos, los romanos demostraron que se puede conquistar también el Mundo comiendo tan sólo un amasijo mal cocido de agua y harina, dos aceitunas y un poco de queso, regado solamente los días de fiesta con un vaso de vino. El aceite parece ser que llegó más tarde y al principio sólo lo usaron para untarse la piel, en defensa de las quemaduras del frío y de las del sol. Lo que debía aumentar no poco el hedor general.

 

A este régimen no escapaba siquiera el rey, que tan sólo con la dinastía de los Tarquino tuvo un uniforme, un yelmo e insignias especiales. Hasta Anco Marcio, fue igual entre los iguales, también aró la tierra detrás de bueyes uncidos al yugo, sembró la simiente y segó la espiga. No parece ser cierto que tuviese un palacio o por lo menos una oficina. Sí, en cambio, que andaba entre la gente sin una escolta de protección porque, de haber tenido una, todos le habrían acusado de querer reinar por la fuerza en vez de con el consenso del pueblo. Las decisiones las tomaba bajo un árbol, o sentado a la puerta de su casa, tras haber oído las opiniones de los ancianos que formaban círculo a su alrededor. Subía a la cátedra y tal vez también vestía un traje especial, sólo cuando tenía que realizar un sacrificio o celebrar alguna otra ceremonia religiosa.

 

Tampoco los romanos iban a la guerra con algo que semejase una organización militar propiamente dicha. El pretor que mandaba la centuria o la decuria no tenía insignias de grado. Las armas eran sobre todo garrotes, piedras y toscas espadas. Hizo falta tiempo antes de que se llegase al yelmo, al escudo y a la coraza, invenciones que entonces debieron de hacer el efecto que en nuestros días hicieron la ametralladora y el tanque. 


Así pues, las grandes campañas que Roma emprendió bajo sus primeros y belicosos reyes debieron de semejar más que nada expediciones punitivas y resolverse en grandes matanzas de hombre contra hombre, sin asomo de táctica y de estrategia. Los romanos las ganaron no tanto porque eran los más fuertes, cuanto porque eran los más convencidos de que su patria había sido creada por los dioses para realizar grandes empresas y que morir por ella constituía no un mérito, sino solamente el pago de una deuda contraída en el momento de nacer.

 

El enemigo una vez batido, cesaba de ser un «sujeto» para convertirse solamente en un «objeto». El romano que lo había hecho prisionero le consideraba como una cosa propia: si estaba de mal humor, lo mataba; si estaba de buen humor, se lo llevaba a casa como esclavo y podía hacer de él lo que quisiera: matarlo, venderlo, obligarlo a trabajar... Las tierras eran requisadas por el Estado y cedidas en arriendo a los súbditos. Con mucha frecuencia se destruían las ciudades y se deportaba a sus moradores.
 

Con estos sistemas, Roma creció a expensas de los latinos del Sur, de los sabinos y de los ecuos al Este, y de los etruscos al Norte. En el mar, del que distaba pocos kilómetros no osaba aventurarse porque todavía no tenía una flota y su población campesina desconfiaba de él por instinto. Bajo Rómulo, Tito Tacio, Tulio Hostilio y Anco Marcio, los romanos fueron «rurales» y su política «terrestre».
 
Fue el advenimiento de una dinastía etrusca lo que cambió radicalmente las cosas, tanto en la política interior como en la exterior.