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martes, 27 de junio de 2023

CÉSAR EXPLICA EL MOTIN QUE TUVO EN SU EJÉRCITO

Siento peculiar horror por el amotinamiento de un ejército, así como siento horror por la traición de un amigo. Quizá los dos acontecimientos de la historia de mi época que más me conmovieron (en un sentido moral y en un sentido estético) sean el amotinamiento del victorioso ejército de Lúculo en el Oriente y el asesinato de Sertorio perpetrado por aquellos que, según se suponía, eran sus amigos. Hay algo trágico en tales hechos, pues tanto Lúpulo como Sertorio eran grandes soldados, que habían conquistado triunfos, y ambos, en momentos críticos, fueron abandonados y traicionados por débiles e innobles subordinados en quienes ellos confiaban. En cuanto a mí, supongo que siempre existe la posibilidad de que me asesinen, pero no creo que alguna vez sea incapaz de sofocar cualquier motín que se produzca entre mis tropas. Las conozco demasiado bien, y en el fondo también ellas me conocen.


Ello no obstante, el estallido de desórdenes en el seno de las legiones de Piacenza me inquietó mucho en aquella época. Comprobé que el desorden estaba concentrado en la novena legión, donde un pequeño grupo de agitadores había conseguido influir en la mayor parte de sus camaradas, incluso en unos pocos centuriones. Las perturbaciones emocionales se difunden rápidamente en un ejército, y cuando llegué a Piacenza también otras legiones estaban comprometidas en lo que equivalía a una rebelión. En cierto sentido, el aparente éxito de los agitadores me hizo más fácil tratar aquella cuestión, puesto que se habían organizado, hasta el punto en que pueden organizarse los amotinados, y habían elegido una comisión de doce hombres que pretendían representar al resto. La codicia y la piedad de si mismos eran los sentimientos que les habían sugerido sus supuestos motivos de queja.

 En virtud de varios tortuosos argumentos estaban convencidos de que merecían recompensas mayores de las que habían recibido. Y se quejaban a gritos (quejas que nunca se oyen, sino cuando los soldados están ociosos) sobre su estado de salud, los duros trabajos que habían sufrido en el pasado y la presión que constantemente yo ejercía sobre ellos para que acometieran aún más campañas y emprendieran más duros trabajos. Uno de sus oradores favoritos era aficionado a frases como ésta: «Hasta el metal de las espadas y escudos termina por gastarse. Sin embargo, este general nuestro continúa usándonos sin descanso para sus fines, aunque no estamos hechos de metal, sino de carne y hueso». Consideré esta oratoria bastante efectiva, aunque, por supuesto, en extremo deshonesta, y me enfureció el hecho de descubrir que se pretendía hacer creer a mis soldados que yo estaba prolongando la guerra deliberadamente, cuando desde el comienzo todas mis acciones indicaban mi deseo de la paz.


Evidentemente, era preciso que me presentara en persona ante la turba en desorden, que poco antes había sido un cuerpo de hombres disciplinados. Me llegué a ellos rodeado por un cuerpo de guardias inusitadamente grande y poderoso; eran hombres escogidos, a quienes todo el ejército conocía por sus hazañas. Y no era que yo temiera correr la suerte que hace ya mucho corrió mi suegro Cinna, quien por no haber tomado convenientes precauciones había sido asesinado por sus propias tropas amotinadas. Yo deseaba tan sólo mostrar a mis hombres que eran indignos de mi confianza y en seguida pude ver que mi actitud era eficaz. Aquellos soldados se desconcertaron al verme tan inesperadamente alejado de ellos. Sin duda sus supuestos cabecillas los habían persuadido de que todo cuanto tenían que hacer era amenazarme con que se unirían a Pompeyo y que entonces yo cedería a todas las demandas que quisieran exigirme. Ahora comenzaban a recordar lo que sabían perfectamente bien; es decir, que yo no soy hombre que se deje intimidar y que prefería morir antes que aceptar órdenes de mis propias tropas. Cuando comencé a hablar, se levantaron unos pocos gritos coléricos desde los bordes de la multitud de hombres, pero después de mis primeras frases, todos me escucharon en completo silencio.


Comencé por recordarles con serenidad lo que ellos y yo habíamos hecho juntos en las Galias y mencioné un hecho que, según dije, en mi opinión era obvio: que yo amaba a mis soldados y deseaba que ellos me amaran; pero como ellos sabían, no era yo uno de esos generales que tratan de ganar popularidad participando de los defectos de los soldados o bien perdonando sus faltas. Luego les señalé la circunstancia de que en todas sus campañas no sólo habían conquistado gran renombre, sino que habían sido las tropas mejor y más regularmente pagadas de toda la historia romana. Sabían cómo yo personalmente me había ocupado de todos los problemas referentes a los abastecimientos y a la comodidad de los soldados; sabían cómo los había recompensado después de cada acción triunfante. Sin duda recordarían los grandes esfuerzos que les había exigido, pero, ¿recordaban también el júbilo y la exaltación que habían mostrado en medio de la fatiga?. ¿Recordaban las victorias que nos habían hecho famosos en todo el mundo?.


Dije que me era difícil reconocer ahora en ellos a aquellos hombres a quienes había conocido y en quienes había confiado. Los encontraba en su propio país dedicados al saqueo de los bienes de sus compatriotas y comportándose verdaderamente peor que aquellos celtas y belgas a quienes habíamos derrotado. De esta manera se habían y me habían deshonrado. Les señalé que no me era posible creer que todos ellos estuvieran igualmente comprometidos en los cobardes e irresponsables actos que se estaban cometiendo. Prefería pensar que la mayor parte de ellos había sido inducido a cometer aquellas fechorías por un puñado de personajes ambiciosos y enfadados, a quienes probablemente pagaba el enemigo y que nunca habían sido buenos soldados ni buenos hombres. Pero, así y todo, la actitud general era mala. Aquellos pocos bribones habían sin duda conseguido corromper a la masa de hombres. Los habían persuadido a obrar contra el honor y contra la naturaleza; porque en efecto, existe una ley de la naturaleza según la cual algunos deben mandar, y otros, obedecer. Si se viola esa ley, toda la organización de los seres humanos, con el conjunto de sus instituciones, cae en el caos y la confusión.


En cuanto a mí, ellos sabían muy bien si estaba capacitado o no para mandar. Yo descendía de los fundadores originales de Roma; es más, de los propios dioses inmortales. Y el Estado me había confiado los poderes de pretor, de cónsul y de procónsul, para gobernar provincias. ¿De qué me valía mi linaje, o los poderes con que me había investido el pueblo romano, si ahora iba a recibir órdenes de unas pocas personas despreciables de mi propio ejército?.  ¿Se imaginaban esos miserables agitadores que podrían amedrentarme?. ¿De qué manera?. ¿Creerían que yo temía la muerte?. Pero aun suponiendo que todo el ejército hubiera decidido salirse de mi mando, yo prefería morir antes que renunciar a mis derechos y deberes de combate. ¿Creían que podían influir en mi con la amenaza de desertar y de unirse a Pompeyo?. 

Si ésta era la idea de lealtad que ellos tenían, y si ésta era realmente su disposición, que Pompeyo les diera la bienvenida. Por mi parte, prefería tener a tales soldados contra mí que en mi ejército. Pero no fueran a imaginarse que iba a facilitarles el libre traslado a Grecia o permitirles que marcharan por Italia saqueando su propio país. Ellos podrían pensar sólo en sí mismos, pero yo tenía que pensar en los intereses de la república y en los míos propios. No deseaba tener en mi ejército hombres dispuestos a amotinarse, pero tampoco iba a tolerar ladrones y bandidos en Italia, así como no los había tolerado en las Galias.


Al terminar este discurso, la mayor parte de los centuriones y oficiales se adelantaron, cayeron a mis pies y me imploraron que perdonara a los hombres que tenían bajo su mando. Pude ver que verdaderamente representaban el sentimiento del ejército. Así y todo, me pareció que era necesario tomar alguna medida disciplinaria. Sobre la base de la información que había recibido, había mandado componer una lista de ciento veinte nombres que incluía el de todos los cabecillas y casi todos sus más ardientes seguidores. Hice leer en voz alta la lista, y por la reacción de los hombres noté que mi información en general era correcta. Seguidamente se hizo un sorteo para elegir doce nombres del total de la relación, pero dispuse las cosas de modo tal que los doce fueran aquellos que, según mis informaciones, eran los verdaderos jefes del amotinamiento. Una vez más, cuando se leyeron estos nombres en voz alta, el ejército pareció manifestar una especie de satisfacción y respeto por lo que se suponía era el acierto del azar. Sin embargo, uno de los hombres protestó violentamente, y vi que el resto consideraba con simpatía sus protestas. Hice investigar el caso de aquel hombre y comprobé que era un buen soldado, que se hallaba ausente con licencia cuando comenzó el motín y que no estaba complicado de ninguna manera en el levantamiento. Había sido denunciado por un centurión con el que tenía una cuestión personal. Me pareció justo que ese centurión ocupara en la lista de condenados el lugar de aquel hombre a quien había acusado falsamente. Y así se hizo. Los doce hombres fueron ejecutados, y la disciplina quedó enteramente restablecida. Ahora tenía la libertad de ir a Roma y tenía la seguridad de que en mi ejército no se producirían más disturbios.



jueves, 15 de junio de 2023

PRAECIA , LA INFLUYENTE CORTESANA ROMANA

En la Antigua Roma, la vida política estaba intrincadamente entrelazada con la sociedad y la influencia de las cortesanas. Entre estas destacadas figuras, se encuentra Praecia, una cortesana de clase alta que dejó una huella indeleble en la política romana durante el siglo I a.C. Con una amplia red de clientes de alto perfil y la habilidad de utilizar sus contactos estratégicamente, Praecia se convirtió en una figura popular y valiosa en la vida política de la época.

 

Praecia, llegó a Roma procedente de una familia humilde y no tenía fortuna ni posición social. Su belleza cautivó a muchos de los hombres más importantes de Roma, incluyendo a César, Pompeyo Cicerón, y Marco Junio Bruto. Con el tiempo, se convirtió en una de las cortesanas más solicitadas y famosas de la ciudad, y utilizó su posición para acumular influencia y riqueza.

 

Uno de los casos más destacados que evidencia la influencia de Praecia en la política romana fue su participación en el ascenso de Lucio Licinio Lúculo ( uno de los generales de Lucio Cornelio Sila)  al cargo de gobernador de Cilicia. Lúculo, uno de sus clientes de confianza, solicitó a Praecia que intercediera en su nombre ante Publio Cornelio Cetego, otro cliente suyo con influencia política. Con su habilidad persuasiva y conocimiento de los mecanismos políticos, Praecia logró con éxito que Cetego nombrara a Lúculo como gobernador de Cilicia, asegurando así su ascenso en la carrera política. 



Cuando Praecia estuvo en la intimidad con Cetego haciéndole un servicio sexual y brindándole su compañia como buena conversadora,  le hizo ver los beneficios que tendría para él y para Roma tener a un general capaz y leal como Lúculo al frente de una provincia estratégica y conflictiva. Supo recordarle los favores que le debía o le prometió otros a cambio. 



También halagó la influencia y prestigio que tenía Lúculo en su calidad de lugarteniente de Silam advertiéndole, además, que si no lo apoyaba corría el riesgo de que un Luculo despechado se arriesgara a revelar algún secreto comprometedor per afectra a Cetego. Lo que sea que le dijera, debió ser muy persuasivo, pues logró su objetivo. Además esto nos sugiere la carta que le escribió un tiempo antes del ansiado encuentro sexual:  "Querido Cetego, sé que tienes el poder de decidir quién será el próximo gobernador de Cilicia, y quiero pedirte un favor. Sé que conoces a Lúculo, mi amigo y cliente, y sabes lo valiente y hábil que es como militar y como político, muy cómplice de Sila, y muy alabado por su eficiencia. Él desea ardientemente ese cargo, y creo que sería el mejor candidato para defender los intereses de Roma en esa región. ¿No te gustaría tener a tu lado a un hombre así, que te apoye y te agradezca tu generosidad? Piensa en lo que podrías conseguir con su ayuda, y en lo que podrías perder si lo rechazas. Te ruego que le des esa oportunidad, por mí y por Roma."

 

Si bien Praecia destaca como una de las cortesanas más influyentes y libres de la época, es importante señalar que no fue la única en su categoría. Otras figuras como Volumnia, Cytheris y Chelidon también se destacaron por su poder e influencia en la sociedad romana. Estas mujeres no solo eran reconocidas por su belleza y encanto, sino también por su inteligencia y capacidad para moverse hábilmente en los círculos políticos. De Volumnia puede decirse que fue una actriz de mimo que también vivió en el siglo I a.C. y que tuvo relaciones amorosas con personajes importantes como Bruto, Cornelio Galo o Marco Antonio. Acompañó a este último en sus viajes por Italia y se mostró con él en público como si fuera su esposa, lo que causó escándalo entre los romanos. También fue la musa del poeta Virgilio, que la llamó Licóride en sus églogas. 



Dejó Roma para seguir a su amante a las tierras del Rin. Cytheris fue otra actriz de mimo que también fue la amante de varios hombres poderosos, como César, Pompeyo o Cicerón. Era una mujer culta e inteligente, que leía e interpretaba la poesía de Virgilio con gran éxito. También fue la amante de Bruto y de Marco Antonio. Se la llamaba Cytheris por su parecido con Afrodita, la diosa del amor. Por último, Chelidon fue una cortesana que vivió en el siglo II a.C. y que fue la amante de Lucio Emilio Paulo Macedónico, el vencedor de la batalla de Pidna. Le dio dos hijos ilegítimos, uno de los cuales fue adoptado por Escipión Emiliano. También fue la confidente y consejera de su amante, y le acompañó en sus campañas militares. Se dice que murió de pena cuando él falleció.

 

Aunque la información sobre Praecia y otras cortesanas romanas es limitada, su mención en las fuentes históricas testimonia su relevancia en la vida política y social de la Antigua Roma. Sus contribuciones y conexiones estratégicas demostraron que las cortesanas no solo eran figuras decorativas, sino también actores clave en el juego político de la época.

 

Fuentes históricas como las obras de Catulo, Cicerón y Valerio Máximo proporcionan algunos indicios sobre la existencia y la influencia de Praecia. Sin embargo, debido a la naturaleza fragmentaria de las fuentes, es difícil obtener una imagen completa y detallada de su vida y logros.



jueves, 23 de febrero de 2023

EL CÓNSUL LUCIO LICINIO MURENA

Lucio Licinio Murena (en latín, Lucius Licinius Murena; 105-22 a. C.) fue cónsul romano, hijo de Lucio Licinio Murena.

 

Sirvió bajo las órdenes de su padre en Ponto en el año 83 a. C. durante la segunda guerra mitridática. Más tarde fue cuestor en Roma con el jurista Servio Sulpicio, quien más tarde sería su rival en la lucha por el consulado. Fue edil curul y adornó las murallas del Comitium con piedra de Lacedemonia.​

 

En la tercera guerra mitridática que empezó en el año 74 a. C. sirvió bajo Lucio Licinio Lúculo,​ que le encargó la dirección del asedio de Amisos, que Murena conquistó en 71 a. C.

 

Murena posteriormente siguió al rey Tigranes II de Armenia en su retirada desde Tigranocerta hacia el Tauro (69 a. C.). Lúculo le encargó mantener el asedio de la capital armenia. Regresó a Roma antes de finalizar la guerra, probablemente en 68 a. C. y fue uno de los diez comisionados enviados para el establecimiento de la provincia del Ponto y el reparto de territorios en Asia.​

 

En 65 a. C. fue pretor con Servio Sulpicio, y se hizo cargo de la juridictio, mientras que Sulpicio tuvo la impopular función de presidir los quastio peculatus.​ Se hizo popular por la magnificencia de los ludi Apollinares que ofreció al pueblo.

 

Como gobernador de la Galia Cisalpina tras su pretura, en 64 a. C., se benefició de la buena voluntad de los provincianos y los romanos gracias a su imparcialidad. Tuvo a su hermano Cayo Licinio Murena como legado.

 

En 62 a. C. fue elegido cónsul, junto a Décimo Junio Silano, pero antes de acceder al cargo fue acusado de soborno (ambitus) por Servio Sulpicio Rufo, un competidor fracasado, el cual contó con la colaboración de Marco Porcio Catón, Cneo Postumio y Servio Sulpicio el Joven.​ Murena fue defendido por Marco Licinio Craso (el triunviro), Quinto Hortensio Hórtalo y Marco Tulio Cicerón, y fue absuelto aunque es probable que fuera culpable, gracias a los argumentos de Cicerón, quien señaló que, con Catilina a la cabeza de un ejército en las afueras de la ciudad, y sus cómplices dentro de la misma Roma, era necesario tener un cónsul enérgico para proteger al Estado el próximo año.​

 

Los dos cónsules electos tuvieron que, en el mes de diciembre de 63 a. C., decidir sobre el castigo a aplicar a los conspiradores que habían sido arrestados. Silano declaró que era partidario de la ejecución de los capturados y Murena, primeramente indeciso, finalmente le apoyó.

 

El consulado de Silano y Murena fue un período tormentoso, debido a la agitación del tribuno de la plebe Quinto Cecilio Metelo Nepote que favorecía el regreso de Cneo Pompeyo en oposición a los optimates.

 Los disturbios en Roma llegaron a ser de tal gravedad que el Senado amplió la facultad de los cónsules con objeto de preservar la seguridad de la comunidad. Catón, que era un colega de Metelo, se opuso a los cónsules, pero Murena lo protegió durante una refriega.​

 

En su consulado, se aprobó la Lex Licinia Junia, que hacía cumplir con más rigor la lex Cecilia Didia, que fijaba el plazo que tenía que pasar entre la aprobación en comicios y la promulgación de una ley. No hay ninguna mención de que a Murena se le asignará una provincia después de su consulado. Ya no vuelve a aparecer en los registros y probablemente murió antes de poder ejercer el proconsulado.




jueves, 29 de diciembre de 2022

DISCURSO DE ESPARTACO A SUS SOLDADOS



-¡Soy un hombre y dejaré huella! ¡Pero todos vosotros deberíais decir lo mismo! Si seguimos juntos y formamos el núcleo de un ejército, podremos defendernos y dejar honda huella. Si nos esparcimos en mil direcciones, todos nosotros, hasta el último, nos veremos obligados a huir, huir, huir... ¿Por qué correr como gamos si podemos caminar como hombres? ¿Por qué no buscarnos un lugar en la Roma de Quinto Sertorio preparándole el terreno en Italia y uniéndonos a él cuando llegue? Roma tiene pocas tropas en Italia, como bien sabemos. ¿No hemos oído que en Capua se quejan de que su economía va mal porque los campamentos de legionarios están vacíos? Yo fui tribuno militar. Crixus, Enomao y muchos de vosotros habéis sido legionarios de Roma. ¿Hay algo que los iguales de Lúculo o de Pompeyo Magnus, en cuanto a formar y conducir un ejército, no sepamos yo, Crixus, Enomao o cualquiera de vosotros? ¡No es difícil conducir un ejército! ¿Por qué no convertirnos en ejército? ¡Podemos ganar victorias! En Italia no hay legiones de veteranos que puedan detenernos; sólo cohortes de reclutas novatos. Los soldados veteranos se sentirán atraídos por nuestra causa... samnitas y lucanos que luchan por sacudirse el yugo de Roma. Y entre todos podemos entrenar a los que se unan a nosotros sin experiencia bélica. ¿Es que un esclavo es un hombre sin capacidad guerrera y sin valor? Los ejércitos de esclavos han estado a punto varias veces de llevar Roma a la ruina, y fracasaron únicamente porque los dirigían quienes no conocían las estrategias militares de Roma. ¡ No eran romanos quienes los dirigían!



domingo, 1 de mayo de 2022

AULO LICINIO ARQUIAS, MAESTRO DE CICERÓN

Aulo Licinio Arquias o Arquias de Antioquía (᾿Αρχίας, o Αρχίας ο Αντιοχεύς, fl. ca. 120 a. C. - 61 a. C.) fue un poeta sirio nacido en Antioquía en Siria (actual Turquía). En 102 a. C., ya se había labrado una reputación, especialmente como improvisador. Fue a Roma, donde tuvo buena cogida en las familias más influyentes. Su principal patrón fue Lúculo, cuyo nombre gentil asumió. En 93 a. C. visitó Sicilia con su patrono, ocasión en la que recibió la ciudadanía romana de Heraclea de Lucania, una de las ciudades federadas, e indirectamente, por las provisiones de la Lex Plautia Papiria, la de Roma. En 62 a. C. fue acusado por un tal Gracio de haber asumido la ciudadanía ilegalmente; y Cicerón lo defendió con éxito en su discurso Pro Archia. Esta defensa, que aporta casi toda la información que se tiene sobre Arquias, afirma que había celebrado las hazañas de Cayo Mario y Lúculo en las guerras cimbrias y mitridáticas, y que estaba implicado en un poema sobre los acontecimientos del consulado del propio Cicerón. La Antología Palatina contiene treinta y cinco epigramas con el nombre de Arquias, pero se duda hasta qué punto todos o parte de ellos sean obra de Arquias.





martes, 7 de diciembre de 2021

CÉSAR DICE SOBRE LA RELACIÓN MILITAR DE LÚCULO

Lúculo, teniendo todas las cualidades que un general podía desear, carecía de aquella que, en nuestros días, es la más importante de todas: era ignorante de la naturaleza humana, de cuyas potencias no sabía aprovecharse y desdeñó utilizar sus debilidades. Con todo derecho, exigió mucho de sus hombres, pero sin darles a cambio ni la seguridad de la camaradería que Mario y yo diéramos a nuestras tropas, ni los placeres y excitaciones de esa cínica irresponsabilidad que Sila solía desplegar en sus deliberadas alternancias entre la disciplina más estricta y la más abandonada. A decir verdad, Lúculo se apoyaba en una disciplina fuera de uso. En nuestros días, los soldados piden cuando menos la satisfacción de ser tratados como seres humanos.






martes, 15 de septiembre de 2020

CÉSAR REVELA EL ROL DE POMPEYO DE APODERARSE DE LOS MÉRITOS DE OTROS GENERALES MUCHO MEJORES QUE EL PROPIO POMPEYO



En realidad, Pompeyo reveló con bastante claridad su carácter poco después de hacerse cargo de su nuevo mando al frente de la guerra contra Mitridates, relevando a Lúculo. Fue cuando se convino, en Asia, una reunión entre él y Lúculo. Parece que en un principio esos dos grandes generales trataron de ser corteses el uno con el otro. Sin embargo, la realidad de la situación, del carácter y de la disciplina resultó demasiado para ellos. El verdadero poder estaba en manos de Pompeyo y no era propio de él disimular tal realidad. Rehusó ratificar ninguno de los arreglos de Lúculo para la administración del territorio conquistado y logró alejar de él la mayor parte de su ejército. Lúculo no pudo replicar sino por medio de palabras y sus palabras fueron amargas. Pompeyo, dijo, estaba procediendo como siempre lo hiciera. Al igual que un buitre, llegaba a buscar la carroña de otra guerra. En esta forma se había conducido en España, en donde el crédito debiera haber sido para Metelo y no para él. De la misma manera había procedido con respecto a Espartaco, con el cual en realidad la guerra la había ganado Marco Licinio Craso. Y ahora reclamaría la gloria de haber derrotado a Mitrídates, cuya fuerza efectiva ya había sido destruida.




sábado, 5 de septiembre de 2020

CÉSAR DICE SOBRE EL LIDERAZGO DEL EJÉRCITO



(...)  ...de pronto me vi frente a una situación que no esperaba y frente a la cual, según confío, nunca me volveré a encontrar. Logré vencerla en parte, creo, a causa de mi larga experiencia en la política, que me había enseñado que la gente agrupada está la mayoría de las veces fuera del alcance de toda razón. Un rumor no confirmado, una falsa insinuación, una promesa que nunca se cumple, puede, al suscitar una clase especial de emoción fácilmente comunicable, privar hasta a las personas inteligentes de la capacidad para considerar una situación o proposición por sus propios méritos. Entonces no existe ninguna razón capaz de hacerles recobrar el sentido, sino sólo una apariencia de razón, dirigida a impedir una persuasión lógica, que puede sustituir una emoción por otra. Por regla general, la estructura y la disciplina de un ejército constituyen barreras eficaces a estos estallidos de irresponsables sentimientos, tan comunes en los civiles cuando se hallan reunidos en multitud. Pero cuando, por cualquier causa, un ejército pierde su cohesión interna, cuando los soldados comienzan a pensar como si fueran civiles, entonces la situación puede llegar a ser mucho peor de lo que solemos encontrar en el foro. En las Galias recordé muy bien en aquellos momentos lo que Clodio me dijo sobre el ejército de su cuñado Lúculo, en cuya desintegración el propio Clodio desempeñó un importante y deshonroso papel. Lúculo era uno de los mejores generales que tuvimos. En mi juventud siempre lo atacaba porque había sido amigo de Sila y podía convertirse en enemigo mío; pero aun así no podía dejar de reconocer su genio militar. Conquistó el este más rápidamente y con menos tropas que Pompeyo. Y en un momento que debería haber sido la culminación de sus victoriosos avances, los soldados se le sublevaron. Me complace pensar que mi propia acción en Roma contra Lúculo, que emprendí por razones puramente políticas, no tuvo efecto alguno en el hecho de que desertaran tan desdichadamente las tropas de aquel gran general. Sin embargo, ha de reconocerse que Lúculo, a pesar de su grandísima habilidad, no merecía la devoción de los soldados. No existía el menor lazo entre él y sus hombres. Lúculo era -como habría dicho Mario- un aristócrata; y no era -en el sentido que yo doy a la palabra- un dios.




martes, 25 de agosto de 2020

ARENGA DE CRASO A SUS LEGIONES POR LA MUERTE DE SU HIJO PUBLIO A MANOS DE LOS PARTOS


“Este luto ¡oh romanos!, es privadamente mío; pero la eminente fortuna y gloria de Roma, intacta e ilesa, permanece en vosotros, a quienes veo salvos. Si alguna compasión tenéis de mí por la pérdida de mi valeroso hijo, manifestadla en vuestro enojo contra los enemigos. Arrebatadles de las manos ese gozo; vengáos de su crueldad. No os abata lo sucedido: porque no puede ser que dejen de tener que sufrir y padecer los que acometen grandes presas. Ni Lúculo derrotó sin sangre a Tigranes, ni Escipión a Antíoco. Nuestros antepasados perdieron en Sicilia mil naves y en la Italia muchos emperadores y pretores; pero no impidieron las derrotas de éstos que al cabo triunfasen de los vencedores: pues que la brillante prosperidad de Roma no ha llegado a tanta altura por su buena suerte, sino por la constancia y virtud de los que no rehusaron los peligros”.


 ( Plutarco )