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martes, 18 de abril de 2023

EL CÓNSUL PUBLIO SESTIO CAPITÓN VATICANO

 

Publio Sestio Capitón Vaticano fue un influyente político romano que destacó en el siglo V aC y perteneció a la distinción gens Sestia. Su carrera política incluyó destacados logros, como su servicio como cónsul en el año 452 aC y su participación en el primer colegio de decenviros.

 

La forma de escribir su nombre varía según las fuentes, siendo registrado como "Sextio" en un pasaje de Tito Livio y "Siccio" en Dionisio de Halicarnaso. Su cognomen, o apellido, se registra como "Capitolino" en Tito Livio y Diodoro Sículo. Sin embargo, el uso de "Vaticano" como su cognomen es menos común, apareciendo solo en el Cronógrafo del 354 y parcialmente en los Fasti Capitolini.

 

Aunque su biografía exacta es incierta debido a la falta de registros históricos completos de la época, se cree que Publio Sestio Capitón Vaticano desempeñó un papel importante en la política romana de su tiempo. Su consulado en el año 452 aC indica que gozaba de un alto nivel de confianza y respeto en la República Romana. Además, su participación en el primer colegio de decenviros, un grupo de diez hombres encargados de redactar un nuevo código de leyes, sugiere su experiencia y habilidad en asuntos legales y políticos.

 

Aunque su cognomen "Vaticano" es menos conocido y su uso es limitado en las fuentes históricas, su significado y origen son objeto de especulación. Algunos sugieren que podría estar relacionado con su lugar de nacimiento o residencia, mientras que otros creen que podría tener connotaciones religiosas o culturales. Sin embargo, la falta de evidencia definitiva hace que su significado sea exacto incierto.

 

A pesar de las lagunas en los registros históricos, no se puede subestimar la importancia de Publio Sestio Capitón Vaticano en la historia romana. Su papel como cónsul y su participación en el primer colegio de decenviros indican su influencia y prestigio en la política romana del siglo V aC Aunque su historia puede ser enigmática, su legado perdura como un destacado político de la antigua Roma.




miércoles, 5 de abril de 2023

EL CÓNSUL APIO CLAUDIO CRASO

 

Apio Claudio Craso Irregilense Sabino a​ (c. 449 a. C.) fue un político romano del siglo V a. C. perteneciente a la gens Claudia. Encabezó el colegio de decenviros que se encargó de la redacción de la Ley de las Doce Tablas.

 

Fue candidato para el consulado en 482 a. C., pero, debido a la oposición de los tribunos, no tuvo éxito.1​ En 471 a. C. fue nombrado cónsul por los patricios con el fin de oponerse a la propuesta Publiliana, la cual combatió con vehemencia, ganándose la enemistad de los plebeyos. Posteriormente, cuando ejercía el mando en la guerra contra ecuos y volscos, los soldados descontentos, desobedecieron sus órdenes, y, cuando el enemigo atacó, tiraron las armas y huyeron. Debido a esto, fueron diezmados (decimatio).

 

Fue elegido cónsul en 451 a. C., y cuando ocurrió el nombramiento del decenvirato en ese año, se convirtió en uno de ellos, y obtuvo la presidencia​. Su influencia en este colegio se convirtió en primordial y se ganó la confianza de la gente, lo que le permitió ser reelegido el año siguiente (450 a. C.). También se había ganado el favor de la plebe al nombrar a dos decenviros plebeyos.

 

La ausencia de conflictos con sus vecinos, y de revueltas internas, permitió a los decenviros dedicarse a la redacción de leyes, que se organizaron en diez títulos, y fueron aprobadas por el voto popular.​ Para completar estas diez primeras leyes, se decidió renovar la comisión con la elección de nuevos decenviros. Apio Claudio se volvió a presentar​, en contra de la costumbre de no repetir una magistratura en dos años consecutivos, y se hizo reelegir con una activa campaña de propaganda dirigida al pueblo. Otras nueve personalidades fueron elegidas, formando el Segundo colegio de decenviros. Tomaron posesión el 15 de mayo de 450 a. C., y añadieron dos leyes nuevas, constituyendo así la Ley de las XII Tablas.

 

Sin embargo, su verdadero carácter le traicionó, y aparecieron violentas y tiránicas conductas con respecto a los plebeyos, hasta que su intento de violentar a Virginia, hija del centurión Virginio, llevó a la caída del decenvirato. El Senado intervino, destituyendo a los decenviros, y concediendo a la plebe una amnistía general. Apio Claudio fue arrestado​ y murió en prisión.

 

Pero no vivió para ser sometido a juicio, pues según Tito Livio, se suicidó. Dionisio de Halicarnaso dice, que fue condenado a morir en la cárcel por orden de los tribunos de la plebe.

 

Apio Claudio fue miembro de los Claudios Crasos, la más antigua familia patricia de la gens Claudia. Fue hijo del fundador de la familia Apio Claudio Sabino y hermano de Cayo Claudio Sabino.

 

Tito Livio separa al cónsul del año 471 a. C. del decenviro e indica que el primero fue el padre del segundo.​ Según su obra, en el año 470 a. C., Apio Claudio se opuso violentamente a la aplicación de la ley agraria de Espurio Casio, y debido a esto, fue llevado a juicio por dos de los tribunos. Para evitar una posible condena, se suicidó antes del juicio.​

 

Sin embargo, en los Fasti Capitolini el decenviro aparece como cónsul por segunda vez y sus filiaciones coinciden, por lo que identifica implícitamente a ambos personajes.



domingo, 1 de marzo de 2020

EL CÓNSUL AULO SEMPRONIO ATRATINO



Aulo Sempronio Atratino a​ fue un político y militar romano del siglo V a. C. perteneciente a la gens Sempronia.

 

Atratino fue miembro de los Sempronios Atratinos, una rama familiar patricia de la gens Sempronia. Fue padre de Aulo Sempronio Atratino y Lucio Sempronio Atratino.

 

Fue elegido cónsul en los años 497 y 491 a. C., en ambos casos su colega fue Marco Minucio Augurino.

 

En su primer consulado consagró el templo de Saturno en el Foro. Tito Livio lo relaciona con el establecimiento de las Saturnalia.​ En el segundo consulado hubo de hacer una importación de grano muy importante por la falta de abastecimientos y el senador Cayo Marcio Coriolano, que quería cobrárselo a la plebe, fue condenado al exilio.

 

Dionisio de Halicarnaso informa que Atratino fue prefecto de la Ciudad cuando tuvo lugar la batalla del Lago Regilo (498 o 496 a. C.). Según el mismo autor, en la guerra contra los hérnicos y volscos (487 a. C.) y lo señala como interrex de la República en 482 a. C.

jueves, 10 de octubre de 2019

TANAQUIL


Tanaquil o Caya Cecilia fue una dama aristócrata etruscorromana del siglo VI a. C. Fue la esposa de Lucio Tarquinio Prisco, primer rey etrusco de Roma, a quien convenció para que se instalaran en la ciudad. A la muerte de su esposo, maniobró para favorecer el entronamiento de Servio Tulio.
 
Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso solo la llaman Tanaquil (en griego, Θanaχvil o Τανακυλλίς; en etrusco, Thanchvil, Thanchufil o Thanchfil), pero otros autores, como Festo Rufo, indican que cambió su nombre por el de Caya Cecilia (en latín, Gaia Caecilia) cuando se instaló en Roma.
 
Según el escritor romano Tito Livio, Tanaquil fue una aristócrata originaria de la ciudad etrusca de Tarquinia. Añade que era una mujer «entendida en augurios celestes».​
 
Tanaquil pensó que su marido sería un buen líder, pero como era el hijo de un inmigrante, que no sería capaz de obtener el poder en Tarquinia, ciudad en la que vivían. Sabiendo esto, Tanaquil le animó a trasladarse a Roma, que no estaba en esta época dominada por una fuerte aristocracia local. Sus habilidades proféticas ayudaron a instalar a Lucio Tarquinio. Camino de Roma un águila voló sobre el sombrero de Tarquinio y luego regresó a su cabeza. Tanaquil interpretó esto como una señal de que los dioses querían que se convirtiera en rey.
 
Convenció a su esposo a abandonar Etruria y establecerse en Roma, prometiéndole que reinaría en esta ciudad, lo que efectivamente sucedió después de la muerte de Anco Marcio. La profecía de Tanaquil finalmente se materializó, se hicieron amigos del rey Anco Marcio, quien hizo a Lucio Tarquinio tutor de sus hijos. Cuando el rey murió antes de que sus hijos tuvieran la edad suficiente para ser sucesores al trono, Tarquinio utilizó su popularidad en los Comitia (comicios) para ser elegido el quinto rey de Roma. Gobernó de 616 a 579 a. C.
 
Tanaquil también jugó un papel en el ascenso de Servio Tulio, el sexto rey de Roma. Lo crio como a su propio hijo para que fuera sucesor al trono. Sus sueños se hicieron realidad cuando Servio estaba un día durmiendo su cabeza estaba envuelta en llamas. Las llamas bailaban alrededor de él sin quemarle y cuando Servio despertó, el fuego desapareció.​Tomando esto como un presagio, Tanaquil supo que Servio un día sería rey. Tras la muerte en atentado de Tarquinio Prisco exhortó al pueblo para que proclamara rey a su yerno Servio Tulio. Tanaquil había ocultado la muerte de su esposo a sus súbditos, diciéndoles que Tarquinio había nombrado a Servio regente, hasta que se repusiera de sus heridas. Después de ganar el respeto de la gente y el control de la realeza, Servio y Tanaquil anunciaron la muerte de Tarquinio.
 
El historiador francés Alain Hus deduce de estas historias que el arte de interpretar los signos divinos entre los etruscos era una prerrogativa de las familias aristocráticas, y que las mujeres podían ser augures.
 
Tuvo cuatro hijos: dos hijos y dos hijas. Tarquinia, una de sus hijas, se casó con Servio Tulio. Sus dos hijos, Lucio Tarquino el Soberbio y Arrunte Tarquinio, que se casaría con Tulia, hija de Servio Tulio.
 
Según Rufo Festo, cambió su nombre por el de Gaia Caecilia (llamada Gaia Cyrilla por Boccaccio' en De Mulieribus Claris) cuando llegó a Roma, aunque algunos historiadores romanos también escribieron su nombre como Caia Cecilia o Caia Cirila. Este nombre es el origen mítico de los ritos de las bodas romanas. ​ Fue recordada como una hábil tejedora en el arte de trabajar la lana. La reina Gaia fue tan admirada por los romanos de su tiempo que se decretó que cualquier novia que entrara en su palacio real anunciaría su nombre como "Gaia" cuando se le preguntara. Se interpreta como un presagio de la futura frugalidad de las mujeres, representativa del estilo de vida sencilla de su época. Plinio el Viejo dice que se el dedicó una estatua como Caecilia Gaia en el templo de Semo Sancus.


martes, 8 de mayo de 2018

CLIENTES EN LA ANTIGUA ROMA


Cliente (del latín cliens -plural clientes-, y este de cluere, "acatar", "obedecer"), en la sociedad de la antigua Roma, era el individuo de rango socioeconómico inferior que se ponía bajo el patrocinio (patrocinium) de un patrón (patronus) de rango socioeconómico superior.


 Ambos eran hombres libres, y no necesariamente se correspondía su rango desigual con las distinciones socio-familiares entre plebeyos y patricios; aunque, legendariamente, esta relación de patronaje se inició por Rómulo con el objetivo de fomentar los vínculos entre ambas partes de la sociedad romana, de manera que unos (los clientes) pudieran vivir sin envidia y los otros (los patronos) sin faltas al respeto (obsequium) que se debe a un superior. Cuantos más clientes tuviera, a más prestigio (dignitas) accedía un romano que pretendiera ser importante.


La condición del cliente, hereditaria, le hacía ser considerado parte la familia de su patrón, sometido a la autoridad del pater familias;​ así como miembro menor (gentilicius) de la gens de su patrón, con lo que estaba sometido a la jurisdicción y disciplina de la gens y podía acceder a sus servicios religiosos, incluyendo los ritos funerarios, siendo sus restos enterrados en su sepulcro común.​ Los libertos pasaban a ser clientes de sus anteriores propietarios.


Se identificaban con la relación patrón-cliente las relaciones que se establecían en el ejército romano (entre un general y sus soldados), entre el fundador y los habitantes de una colonia romana y entre el conquistador y el territorio conquistado (estado cliente).


Las relaciones de clientela o de patronazgo obligaban a mantener fides ("lealtad" y "confianza" mutuas) entre patrón y cliente (o bien fides por parte del patrón y pietas​ -"devoción"- por parte del cliente). Como consistían en acuerdos privados, quedaban fuera del control estatal; pero se consideraban una mos maiorum ("costumbre ancestral") y un vínculo de orden religioso, que incluía la dependencia al patrón para la consulta de los auspicios y las ofrendas a los lares. La Ley de las Doce Tablas (449 a. C., aunque recoge tradiciones orales muy anteriores) declara sacer​ ("maldito", expuesto a la cólera de los dioses) al patrón que defrauda la lealtad de su cliente. A partir de esta ley, los clientes llevaban como segundo nombre el de la gens de su patrón. La relación también tenía fuertes consecuencias jurídicas, puesto que no se permitía a patrones y clientes demandarse ante los tribunales ni testificar uno contra otro, y debían abstenerse de cualquier tipo de injurias entre ellos. También tenía consecuencias militares, estando obligado el cliente a acompañar al patrón a la guerra y a contribuir a su rescate si era hecho prisionero.


El cliente solía provenir de una familia empobrecida o de origen humilde o extranjero que solicitaba la protección de un romano poderoso. Al inicio de la historia romana recibía del patrón, a cambio de su sumisión y servicios, un heredium particularmente pequeño (una parcela agrícola de dos iugera, insuficiente para alimentarse), aunque esa relación cuasi-laboral dejó de existir en tiempos de la República. A partir de entonces la relación de clientela era meramente personal y se establecía en el entorno puramente urbano: los clientes ponían sus servicios, especialmente los servicios políticos (cuando el voto era requerido en las numerosas convocatorias electorales del sistema político romano -comicios romanos-), a disposición de un patrón rico y con ambiciones políticas y sociales, que se convertía en su benefactor y le daba protección y ayuda económica.​ La relación clientelar en la vida social y política romana fue decayendo desde el siglo II a. C., hasta el punto que algunos autores consideran que dejó de ser una institución tan decisiva como usualmente se presenta.​


Dionisio de Halicarnaso, en Antigüedades romanas, describe la declaración de sumisión ritual del cliente con la expresión in fidem venire, y la aceptación por el patrono con la expresión in fidem clienteam recipere.


El mantenimiento de las obligaciones recíprocas entre cliente y patrón se manifestaba cotidianamente con la costumbre denominada salutatio matutina​ ("saludo de la mañana"), que obligaba al cliente a madrugar para acudir a casa de su patrón para saludarle y recibir comida, dinero o algún otro presente (la sportula​ -"pequeña espuerta", esportillo o cesta, véase cesta de Navidad-); y se ponía a disposición de lo que éste pudiera demandar de él (por ejemplo, acompañarle a algún acto público, donde estaba obligado a manifestarle su aprobación y apoyo). El que el patrón devolviera el saludo, citándole por su nombre, era una muestra de confianza y reconocimiento. El orden de recepción venía determinado por el rango del cliente. Olvidar el tratamiento que debía darse al patrón (el título de dominus), podía dar lugar a ser despedido sin recibir la sportula. Se debía acudir vestido propiamente, con toga, requisito que para los más pobres era difícil de cumplir, en cuyo caso se esperaba fuera su propio patrón el que se la facilitara. 


Dependiendo del número de clientes, la salutatio podía prolongarse mucho (hasta la hora secunda o tertia). Por muy molesto que fuera para el patrón mantener este ritual cotidiano, desatender las quejas y peticiones de sus clientes, o no responder a su saludo, era considerado una pérdida de reputación.​ Las mujeres no participaban en la salutatio excepto en el caso de que fuera la viuda la que representara al patrón (haciéndose llamar como el patrón muerto), o cuando el cliente, imposibilitado, mandaba a su mujer sustituirle (a veces acudía postrado en una litera, quedándose a la puerta por no poder andar), lo que podía suscitar una mayor generosidad en la sportula.​


La estructura de la domus (casa familiar romana) incluía una pieza a la entrada que permitía acoger a los clientes; aunque lo habitual era permitir su entrada en espacios más privados según su rango o nivel de confianza (los más humildes se quedaban en la entrada, mientras que a algunos se les permitía llegar hasta el peristilus). En Pompeya se conserva un banco de piedra en la fachada de una casa, donde esperarían sentados los clientes. Era prueba del prestigio de una familia el que cada mañana frente a su casa esperara un gran número de clientes.


Quinto Tulio Cicerón, en De petitioniis consularibus, distingue tres clases de clientes: los que vienen a saludarte a tu casa, los que llevas al foro y los que te siguen a todas partes, y aconseja acordar un precio a la exclusividad de los primeros, para evitar el abuso frecuente que suponía que algunos clientes acudieran a saludar a varios patrones distintos el mismo día; también aconseja llevar tantos como se pueda al foro, porque el número de clientes que acompaña a un candidato determina su reputación.


En la ciudad de Roma (teniendo en cuenta que el coste de la vida era más caro que en otras ciudades), la tarifa de dos sextercios se consideraba adecuada a comienzos de la época imperial (en tiempo de Trajano, seis sextercios),​ cuando ya había decaído la costumbre de los pagos cotidianos en especie (que se reservaban a ocasiones concretas, como proporcionar entradas para un espectáculo -especialmente cuando lo organiza el patrón-, ropa para el año nuevo, o lo necesario para celebrar una boda). Era habitual que los clientes fueran citados en el testamento dejándoles alguna parte de la herencia.


Los caprichos extravagantes de los patronos, y la adulación y el servilismo de los clientes, podían llegar a extremos ridículos, como denunciaron Petronio,​ Juvenal​ y otros satíricos (no pocos de ellos, como muchos otros literatos romanos, también clientes protegidos precisamente por esa condición -véase mecenazgo-).


Con la palabra latina parasītus (castellanizada "parásito"), proveniente de la griega παράσιτος (parásitos, "comensal"), se designaba peyorativamente a los clientes considerados como vagos que vivían a costa de sus patronos.


La relación patrón-cliente era una institución social que permitía superar las relaciones basadas únicamente en el parentesco (propias de sociedades de un nivel de desarrollo tribal) y establecer relaciones propias de las sociedades complejas de un nivel de desarrollo urbano.


Dentro de la misma Roma había muchas otras instituciones que también se caracterizaban por vincular al ámbito familiar (la familia romana era el núcleo mismo de su sociedad) las relaciones sociales que se establecían fuera de ella: la esclavitud se entendía como una extensión de la familia (familia ancilar -no sólo la esclavitud doméstica, sino también los esclavos de tareas agrícolas, tal como se recomendaba en la tratadística-); lo mismo ocurría con la institución del colonato (que vinculaba a un campesino con un propietario). En rangos sociales más altos, la adopción elevaba al adoptado a la condición social del adoptante, convirtiéndolo en su hijo. Corporaciones profesionales (collegia) o religiosas (sodallitates -sodalitas, "fraternidad" o "cofradía"-)​ mantenían una relación clientelar con sus benefactores (a los que daban el título de patronus o de pater patratus). Algunos vínculos sociales, como la amicitia y la hospitium, pasaron a ser difícilmente distinguibles de la relación clientelar.​


La relación patrón-cliente se extendió no sólo a familias, sino también a la relación que podía establecerse con entidades políticas, como un municipio o una provincia romana: Sicilia se puso bajo la clientela, o patronazgo, de Marco Claudio Marcelo (cónsul 222 a. C.), y tal condición de patrón fue transmitida a los sucesivos Claudii Marcelli (rama de la gens Claudia).​ Extender la ciudadanía romana a familias provinciales o municipios enteros sobre los que se había conseguido el patrocinium incrementaba el poder político de tal patrón, como fue el caso de Cneo Pompeyo Estrabón y sus clientes transpadanos.​ Augusto consolidó su posición de gobernante en solitario mediante su identificación como patronus de la totalidad del Imperio romano.


Con la cristianización de Roma (siglo IV),​ cada ciudad tomó como "santo patrón" (de carácter espiritual, pero determinante del prestigio y funciones que adquiere su templo -la catedral- y el clero que la sirve -el obispo y los canónigos-) a aquél con el que tuviera algún tipo de relación (por ejemplo, haber sido su obispo, o haber sido allí martirizado, custodiándose sus reliquias); así ocurrió en Milán con San Ambrosio, en París con San Denís, en Tarragona con San Magín o en Tesalónica con San Demetrio.


Instituciones similares a la clientela existían entre los etruscos (con el nombre de etera)​ y entre los griegos (Hesíodo lo describe en Los trabajos y los días).​ También entre otros pueblos que entraron en contacto con los romanos, como vínculo personal de lealtad entre un jefe y sus secuaces o séquito (establecido en paz o en guerra, pero que perdura más allá del tiempo de una campaña militar, y que se sacraliza para que dure hasta la muerte, como un juramento): la devotio ibérica, la Gefolgschaft de los pueblos germánicos (relación de séquito, gardingos o fideles visigodos -Tácito denomina esta institución con el nombre comitatus, y a sus partes como princeps y convites-​) y relaciones similares entre los celtas (la derivación etimológica de la raíz celta wasso- -"joven", "escudero"- a través del latín vassus -"sirviente"- dio origen a la palabra medieval "vasallo") o los magiares (Hétmagyar). En la antigüedad tardía, estas instituciones, mezcladas con la romana, evolucionaron hasta conformar el vasallaje propio del feudalismo medieval.


Las modernas ciencias sociales (especialmente la antropología y la sociología -sobre todo la sociología anglosajona de mediados del siglo XX-) utilizaron el término para designar como relaciones patrón-cliente un fenómeno social de validez universal y con muy distintas aplicaciones.


El séquito del guerrero recibe el honor y el botín, el del demagogo los spoils, la explotación de los dominados mediante el monopolio de los cargos, los beneficios políticamente condicionados y las satisfacciones de vanidad.


Conceptos como el de red social, evergetismo, reciprocidad y el uso de la expresión latina do ut des ("te doy para que me dés", de más correcta utilización en este contexto que quid pro quo -de uso mucho más extendido, por influencia anglosajona-) tienen una estrecha vinculación con el clientelismo en el contexto social de la edad contemporánea. La expresión que más utilización tiene en el contexto político es la de clientelismo político, que en la vida social provinciana en la España de la Restauración (1875-1931) se denominaba "caciquismo" (Oligarquía y caciquismo fue el título de la obra principal de Joaquín Costa, denunciando ese sistema). Anteriormente, en la España de la Edad Moderna, las redes clientelares que se establecían entre los colegiales que estudiaban en los colegios mayores (conocidos como golillas y manteístas) se impusieron en la vida política y para el reparto de cargos y prebendas. En la política de Estados Unidos, un papel similar adquirieron instituciones como Tammany Hall y las sociedades secretas colegiadas; y a un nivel social más extenso, las fraternidades y sororidades de las universidades.


En general, el nepotismo o amiguismo (según los beneficiarios sean parientes o amigos -en Cuba se conoce como sociolismo) es la costumbre de que una persona con poder nombre para un cargo, beneficie o recomiende a una persona próxima. En niveles superiores, que alcanzan lo delictivo, la corrupción política o la compra de votos son prácticas, también derivadas del clientelismo, que subsisten en la sociedad contemporánea.


Las primeras escenas de la película El padrino (Ford Coppola, 1972, sobre la novela de Mario Puzo, 1969), en la que Vito Corleone ("el padrino" -un jefe mafioso-) va recibiendo sucesivamente muestras de "respeto" junto con peticiones de todo tipo por parte de los invitados a la boda de su hija (a los que también se recuerda la necesidad del cumplimento presente o futuro de sus obligaciones), son una representación de relaciones patrón-cliente en el siglo XX que se ha convertido en clásica.