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domingo, 8 de enero de 2023

CÉSAR SE DIVORCIA DE SU ESPOSA POMPEYA SILA

 

Y todo por esa famosa razón: "La mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo".

 El origen está en que el famoso demagogo Publio Clodio, se coló en la fiesta de la Bona Dea, donde solo podían participar las damas de la aristocracia romana. En esta fiesta estaba Pompeya Sila, la nieta del terrible dictador Lucio Cornelio Sila.

 Por tanto este secretismo en esta fiesta exclusivamente para mujeres, alimentaba todo tipo de lascivas fantasías

 Todo ciudadano romano sabía que las mujeres eran depravadas y promiscuas por naturaleza. Por tanto, un festival al que los hombres tenían prohibido asistir tenía que ser un nido de lujuria. Y en consecuencia, cuando César se enteró de que Publio Clodio había seducido a su esposa, con el objeto de no perjudicar a su carrera política, que ya la tenía bastante mala en cuanto a reputación con lo de considerarle un maricón ( aunque eran solo rumores propagados para perjudicarle), consideró que lo mejor era divorciarse con el argumento de "la mujer de César debe estar por encima de toda sospecha".


miércoles, 25 de julio de 2018

EL PROLETARIADO ROMANO Y EL DEMAGOGO PUBLIO CLODIO




La clave del riquísimo aristocrata Publio Clodio para convertirse en Rey de Roma se hallaba en su grandiosa estrategia. No les daba coba a aquellos hombres de negocios, que eran poderosos plutócratas, sino que los intimidaba. Y para ello empleó a un sector de la sociedad romana que todos los demás hombres ignoraban y consideraban totalmente carente de valor: los proletarii, el proletariado, que eran los ciudadanos romanos de categoría inferior. Sin dinero, sin votos dignos de tablillas donde escribirlos, sin influencia en los poderosos, sin otra razón para existir más que darle hijos a Roma y enrolarlos como soldados rasos en las legiones romanas. Incluso este último derecho era relativamente reciente, porque hasta que Cayo Mario abrió los ejércitos a los hombres que no tenían propiedades, las legiones de Roma habían estado formadas solamente por hombres adinerados. El proletariado no era gente de política. Ni mucho menos. Con tal de tener la barriga llena y de que se les ofreciera entretenimiento gratis en los juegos, no tenían interés alguno en las maquinaciones políticas de las clases superiores.

 

Clodio no tenía intención de introducirlos en la política. Los necesitaba porque eran muchos, sólo por eso, y no formaba parte de sus propósitos llenarles la cabeza con ideas acerca de su propia valía, ni llamar su atención hacia el poder que, sólo por el hecho de ser tan numerosos, tenían en potencia. Simplemente eran protegidos de Clodio y, como tales, le debían lealtad al patrón que obtenía enormes beneficios para ellos: una entrega de grano gratis una vez al mes, completa libertad para reunirse en sus hermandades, colegios o clubes y un poco de dinero extra una vez al año más o menos. Con la ayuda del otro adinerado aristocrata Décimo Bruto y algunas otras lumbreras menores que formaban parte del grupo de sus partidarios, Clodio logró organizar a los miles y miles de hombres de condición humilde que frecuentaban los colegios de encrucijada que tanto abundaban en Roma.

 

 En cualquier ocasión en que Clodio decidía que aparecieran bandas en el Foro y en las calles adyacentes, no necesitaba más que un millar de hombres como mucho. Y gracias a Décimo Bruto disponía de un sistema de listas y una serie de libros que le permitían repartir la carga y los honorarios de quinientos sestercios que se pagaban por una salida entre la totalidad de los hombres de condición humilde de los colegios de encrucijada. Pasarían meses antes de que cualquier hombre fuera llamado de nuevo para provocar disturbios en el Foro e intimidar a la influenciable plebe. Y de ese modo los rostros de los hombres que integraban las bandas permanecían siempre en el anonimato, pero era Clodio la mano que estaba detrás de los disturbios callejeros que asolaban Roma por aquellos días y la tenían sumida en el terror y la anarquía.

 
Los cónsules no le hacían falta a Publio Clodio para su revolución y su propósito de convertirse en Rey de Roma.Lo único que necesitaba eran diez tribunos de la plebe año tras año. Con diez tribunos de la plebe que hagan lo que Clodio les ordenara, los cónsules no valerian ni lo que vale un haba para un pitagórico. Y los pretores simplemente serían jueces en sus propios tribunales; y no tendrían en absoluto poderes legislativos.

 

El Senado y la primera clase se creían los dueños de Roma. Pero para el demágogo Publio Clodio cualquiera puede ser dueño de Roma sólo con saber encontrar la manera de conseguirlo. Sila fue el dueño de Roma, y Clodio también aspiraba a serlo. Consideraba que con los esclavos manumitidos distribuidos entre las treinta y cinco tribus y los diez sumisos tribunos de la plebe, serían ellos los que elijan; porque Clodio estaba dispuesto a no permitir que las elecciones se celebraran mientras los patanes del campo estuvieran en Roma para asistir a los juegos.


 ¿Por qué Clodio suponia que Sila estableció que el mes quinctilis, durante los juegos, fuera el momento de las elecciones?. Él necesitaba a las tribus rurales, lo cual quiere decir a la primera clase, para controlar a la asamblea plebeya y a los tribunos de la plebe. De ese modo, todo aquel que tenga influencia puede comprar a uno o dos tribunos de la plebe. Y a su modo, Clodio creía poder conseguir ser el dueño de los diez, y el siguiente paso ya sería sentar las bases para allanarle el camino que le convertiría en el nuevo Rey de Roma.


EL CÓNSUL MARCO VALERIO MESALA RUFO



 

Marco Valerio Mesala Rufo (en latín, Marcus Valerius Messalla Rufus) fue un político romano, hijo de Marco Valerio Mesala Níger, y hermano de Valeria Mesala (la cuarta esposa del dictador Lucio Cornelio Sila). Fue además padre de Marco Valerio Mesala Corvino y cónsul en 53 a. C.

 

Era candidato electo al consulado de 53 a. C., pero debido a los disturbios y al repetido nombramiento de interreges, no pudo asumir el cargo hasta que había transcurrido la mitad de su periodo.

 

Mesala había pagado un alto precio por ser electo, y tenía el apoyo de Cicerón y por tanto la enemistad de Publio Clodio​ y secretamente la oposición de Gneo Pompeyo que ansiaba ser nombrado dictador.​

 

Fue dos veces acusado por prácticas ilegales en las elecciones, en la primera ocasión fue acusado por Quinto Pompeyo Rufo, un nieto de Sila, de soborno. Cicerón, a pesar de la evidente culpabilidad de Mesala, al igual que la mayor parte del partido senatorial, le dio su apoyo político. Fue absuelto, gracias a la elocuencia de su tío, Quinto Hortensio,​ pero fue encontrado culpable de transgredir la Lex Licinia de Sodalitiis, es decir de controlar las asambleas y por lo tanto las elecciones.​

 

Mesala, durante su consulado, fue apedreado por los partidarios de Clodio.

 

Se puso del lado de Julio César en la guerra civil. En 47 a. C. acompañó a Julio César al Oriente y fue probablemente su legado en la guerra en África en 46 a. C. cuando un motín dirigido por un centurión lo asedió en Mesina. Después de la batalla de Tapso, fue enviado a Útica. En 45 a. C. estaba en Hispania.

 

A partir de ahí se le pierde el rastro. Fue augur durante cincuenta y cinco años y escribió un trabajo sobre la ciencia de la adivinación.


miércoles, 30 de agosto de 2017

EL SACRILEGIO DE LA FIESTA DE LA DAMIA EN HONOR A LA DIOSA BONA DEA, POR PARTE DE PUBLIO CLODIO


Existía en Roma una curiosa fiesta, llamada las Damia, de remotos orígenes, probable pervivencia de cultos matriarcales paleolíticos a la Bonna Dea, que reunía durante toda una noche a muchas matronas en la casa de un magistrado cum imperio. Aquel año le había tocado a Julio César y por lo tanto su esposa Pompeya oficiaba como anfitriona. El culto era eminentemente femenino y requería que todos los moradores masculinos abandonaran la casa. El escándalo estalló cuando las celebrantes descubrieron que se había colado un hombre disfrazado de tañedora de arpa. Al principio se pensó que se trataba tan sólo de un curioso que pretendía asistir a sus ritos, pero después de las primeras averiguaciones resultó que lo que el sacrilego pretendía era encontrarse a solas con una dama de la que estaba encaprichado. Una vez dentro de la mansión no daba con la mujer que buscaba y tuvo que preguntar por ella a una criada. Lo hizo atiplando la voz, pero a pesar de ello su interlocutora sospechó que se trataba de un hombre y lo delató.

 

Cuando se extendió la noticia, las mujeres elevaron tal clamor que se conmocionó todo el barrio. La madre de César, la prudente Aurelia, tomó las disposiciones oportunas, como persona de más autoridad: suspendió la fiesta y despidió a las celebrantes.

 

A la mañana siguiente, en Roma no se hablaba de otra cosa. El intruso era un tal Publio Clodio. Se rumoreaba que la dama que iba buscando era Pompeya, la esposa de Julio César. Es posible que César hubiese querido echar tierra al asunto y olvidarlo, pero sus enemigos en el Senado se encargaron de airearlo cuanto les fue posible. Después de discutirlo en solemne sesión, decidieron que se había producido un sacrilegio y ordenaron una encuesta oficial. César, en vista del cariz que tomaban los acontecimientos, repudió a su esposa.

 

Publio  Clodio fue procesado dos meses después. Presentó testigos dispuestos a jurar que cuando ocurrieron los hechos se hallaba con ellos, lejos de la fiesta. Por otra parte las mujeres no estaban seguras de que el hombre descubierto en la fiesta fuera Clodio. Titubeaba el jurado cuando Cicerón desarmó la defensa del acusado revelando que el día de autos el presunto culpable se había entrevistado con él en Roma y por lo tanto mentía cuando aseguraba que se hallaba lejos de la ciudad.

 

Nuevas deliberaciones del jurado y finalmente compareció Julio César, al que preguntaron: « ¿Por qué has repudiado a tu mujer?» . Fue en esta ocasión cuando pronunció aquellas palabras tan repetidas por los políticos de nuestro tiempo: « La esposa de César no sólo debe ser honesta, sino que debe parecerlo» .

 

Deliberó el jurado y emitió su voto. Veinticinco condenatorios; treinta y uno absolutorios. « Éstos son los que se han dejado sobornar por el acusado» , observó Cicerón, al que no se le escapaba un detalle en cuestiones legales. Pero con soborno o sin él, Clodio resultó absuelto.

( Juan Eslava Galán, en "Julio César, el hombre que pudo reinar" )



miércoles, 29 de marzo de 2017

PLUTARCO RELATA LA MUERTE DE CICERÓN

  
En Gaeta había una capilla no lejos del mar dedicada al dios Apolo, y sobre la cual pasó chillando una bandada de grajos, dirigiéndose hacia el bote de Cicerón cuando éste era remado hacia tierra y posándose sobre ambos lados del peñol de la verga, comenzaron a graznar, mientras otros picoteaban los extremos de las cuerdas. Los que iban a bordo tomaron esto como un mal presagio.

 

 Cicerón desembarcó y entrando en su casa, fue a acostarse en la cama para descansar un poco. Algunos de los grajos fueron a posarse sobre la ventana, graznando de un modo desagradable. Uno de ellos incluso fue a posarse sobre la misma cama en que Cicerón yacía tapado y con su pico trató poco a poco de apartar el cobertor que le cubría la cara.

 

Los esclavos, al ver esto, se reprocharon unos a otros que eran capaces de dejar que mataran a su amo sin hacer nada en su defensa, mientras que aquellos animalejos habían venido en su ayuda y a librarle de todas las penalidades que estaba sufriendo sin merecerlo. Por lo tanto, en parte por las súplicas y en parte a la fuerza, lo hicieron levantarse, lo metieron en su litera y lo llevaron a la orilla del mar.

 

Pero mientras tanto llegaron los que habían sido enviados para asesinarle. Eran Herenio, el centurión y Popilio, el tribuno, a los que Cicerón había defendido cuando fueron acusados del asesinato de su padre. Con ellos venían algunos soldados. Al hallar cerradas las puertas de la villa, las echaron abajo.

 

Como no encontraron a Cicerón y los que estaban en la casa les dijeron que no sabían dónde estaba, preguntaron a un tal Filólogo, un antiguo esclavo emancipado de su hermano Quinto, al que Cicerón había educado y que informó al tribuno que la litera que conducía a éste iba de camino hacia el mar a través de un espeso bosque. El tribuno, llevando consigo a unos cuantos hombres, se precipitó hacia un lugar por donde la litera tenía que salir del bosque, mientras que Herenio seguía el mismo camino recorrido por ésta. Cicerón lo vio venir corriendo y ordenó a sus esclavos que soltaran la litera en el suelo.

 

 Entonces, mesándose la barbilla con su mano izquierda, como él solía hacer, miró fijamente a sus perseguidores. Su rostro estaba macilento, su cuerpo cubierto de polvo, sus cabellos despeinados. Todos los presentes se cubrieron el rostro mientras Herenio le daba muerte. Cicerón había asomado su cabeza fuera de la litera y Herenio se la cortó. Luego le cortó las manos, tal como le había mandado Antonio, pues con ellas había escrito sus Filípicas.

 

Estos miembros fueron llevados a Roma, y cuando se los mostraron a Marco Antonio, éste se hallaba celebrando una asamblea para la elección de funcionarios públicos. Al enterarse de la noticia y ver la cabeza y las manos, gritó:

 — ¡Ahora ya podemos poner fin a nuestras proscripciones! »Mandó que la cabeza y las manos fueran fijadas en la rostra donde hablaban los oradores, un horrible espectáculo que hizo estremecer a los romanos al verlo, creyendo que veían allí, no el rostro de Cicerón, sino la imagen de la propia alma de Marco Antonio.

 

E1 mutilado cadáver de Cicerón fue apresuradamente enterrado en el mismo lugar donde fue asesinado.

 

A Filólogo, el liberto, le arrojaron el amuleto de Aurelia, la madre de César, viendo éste en seguida que era de oro y muy valioso, aunque ignoraba quién era el donante. Se lo colgó, riendo, alrededor de su moreno cuello. Pero cuando le dieron también la antigua cruz de plata que un egipcio había regalado a Cicerón, se estremeció de horror y la arrojó lejos de sí con una exclamación de aborrecimiento y desprecio. Un gesto que Cicerón habría sabido apreciar con su fina ironía.

 

 Se dice que Fulvia, la viuda de Clodio, tuvo el refinamiento perverso de clavar un alfiler en la lengua de Cicerón, aquella lengua heroica que había defendido a Roma con tanta valentía y que se había esforzado en hablar de justicia, leyes, piedad, dioses y patria.

 

Su fantasmal rostro muerto se quedó mirando fijamente a la ciudad que tanto había amado, sin que sus ojos parpadearan. Contemplaron todo lo que se había perdido hasta que la carne se desprendió de los huesos y sólo quedó el cráneo. Finalmente un soldado derribó el cráneo del poste y le dio una patada, destrozando sus huesos.




viernes, 17 de febrero de 2017

CICERÓN DICE SOBRE LA PLEBE


 La voz del pueblo es con frecuencia la voz de los necios, criminales, dementes y de los vientres insatisfechos. Se creerán las más monstruosas mentiras si son dichas por su político favorito más servil. Difamarán a los mejores, si se les ordena; se amotinarán y cometerán crímenes al por mayor por mandato de cualquier bribón que afirme quererlos y desear servirlos de todo corazón. La plebe ni odia ni ama a Cicerón por sí mismo. Lo odian porque Clodio les ha ordenado qué lo odien. ¡Así es la democracia!.





jueves, 16 de febrero de 2017

LA MUJER DEL CÉSAR HA DE ESTAR POR ENCIMA DE TODA SOSPECHA



En el tribunal que juzgaba a Publio Clodio por supuesta violación de una vestal, este alegó ser inocente y presentó testigos que juraron que en la noche del festival religioso de las mujeres en casa de César, había estado con ellos en el campo. Entonces, irritado, Cicerón citó a Julio como testigo, para que apoyara las declaraciones de Aurelia, su madre, que es la que había hecho la denuncia; pero César declaró enfáticamente que no sabía nada del caso. El fiscal le preguntó entonces amablemente, que dadas las circunstancias, por qué se había divorciado de Pompeya, a lo cual él replicó poniendo cara inocente, con la frase que habría de hacerse famosa: —Mi esposa ha de estar por encima de toda sospecha.



domingo, 29 de enero de 2017

LA MUERTE DE QUINTO CURIO ( CÓMPLICE DEL CONSPIRADOR CATILINA )


«Se dice que fue la policía secreta de Cicerón la que ordenó su muerte. Ya es sabido que Craso, que siempre manifestó su aprecio por ambos, hizo sacrificios en los templos por sus almas respectivas, aunque se le vio reprimir una sonrisa. Julio César también se condolió públicamente de sus respectivas muertes, aunque es evidente que no estaba muy apenado. Pompeyo y Publio Clodio ni siquiera se condolieron y eso que este último era su más fiel amigo. Para la historia será siempre un misterio quién ordenó su muerte.»

( Salustio )





domingo, 4 de septiembre de 2016

VALERIO MÁXIMO HABLA SOBRE EL LUJO Y LA BAJAS PASIONES

 

Demos también cabida en nuestra obra al atrayente mal que es el lujo, tanto más fácil de reprender que de evitar. Y no para que se le rindan honores, sino para que, reconociéndose a sí mismo, pueda verse forzado a arrepentirse. Añádanse a éste las bajas pasiones, ya que provienen de los mismos viciosos orígenes. Y puesto que ambos responden a sendos extravíos de la mente, no conviene aislarlos, ni para su crítica, ni para su enmienda.


Gayo Sergio Orata fue el primero que mandó construir unos baños colgantes.  Esta inversión, que en un principio iba a ser pequeña, acabó convirtiéndose en una laguna suspendida de agua caliente. Además, para no subordinar su propia gula al arbitrio de Neptuno, discurrió un mar para su uso particular, taponando las aguas por medio de estuarios y echando diversos tipos de peces en cada uno de aquellos receptáculos. Y todo para que no faltasen en la mesa de Orata los más variados manjares, ni aunque sobreviniese la más cruda inclemencia. Cercó las orillas, por aquel entonces desiertas, del lago Lucrino con amplias y elevadas edificaciones, para así poder disfrutar de mariscos frescos. Y mientras se afanaba en acaparar aguas públicas, se vio envuelto en un juicio con el asentista Considio. Lucio Craso, el abogado de la parte contraria, dijo que su amigo Considio se equivocaba al pensar que, obligando a Orata a alejarse del lago, le habrían de faltar las ostras, porque si no hubiese podido ir a cogerlas allí, las habría encontrado bajo las tejas.


Lo cierto es que el actor trágico Esopo debió entregar en adopción a su hijo en lugar de dejarlo como heredero de sus bienes, pues se trataba de un joven con un afán por el lujo no sólo desmedido, sino incluso enfermizo. Se dice de él que compraba a un precio abusivo avecillas prodigiosas por su canto y las ponía como si fuesen papafigos; y que solía añadir a las bebidas perlas de gran valor bañadas en vinagre, ansioso por derrochar cuanto antes su inmenso patrimonio como si de un pesado fardo se tratase. Quienes siguieron o bien el patrón de conducta del anciano, o bien el del joven, llegaron aún más lejos que ellos. Y es que ningún vicio suele terminar allí donde empieza: unos traen peces desde las costas del Océano, otros funden sus tesoros en la cocina, hallando un gran placer en comerse y beberse su propia hacienda.


El final de la segunda guerra púnica y la derrota del rey  Filipo de Macedonia trajeron a nuestra ciudad el alivio de una vida más disipada. Fue por aquel entonces cuando las matronas se atrevieron a rodear la casa de los Brutos, quienes estaban dispuestos a oponerse a la derogación de la ley opia, una ley que las mujeres deseaban abolir a toda costa, pues no les permitía llevar ropas de variados colores, ni poseer más de media onza de oro, ni trasladarse en un carro tirado por caballos a menos de una milla de la ciudad, a no ser que fuese con motivo de un sacrificio. Y por cierto que consiguieron abolir aquella ley que había permanecido vigente durante veinte años seguidos. Los hombres de aquella época no repararon en qué desembocaría el obstinado afán de aquella insólita camarilla, o hasta qué punto se propasaría aquella osadía que conculcaba las leyes. Y es que si hubiesen podido barruntar la pomposidad que distingue al ánimo femenino, pomposidad a la que se añade cada día alguna cosa nueva todavía más ostentosa, se habrían opuesto desde su misma raíz al lujo que se les avecinaba. ¿Y qué más puedo añadir yo de las mujeres, cuya ligereza mental y total ineptitud para afrontar cualquier tarea más o menos espinosa las incitan a poner todo su afán en un culto desmedido hacia sí mismas, cuando veo que incluso hombres del pasado, célebres por su nobleza y su espíritu, cayeron también en este extravío tan ajeno a la primitiva sobriedad? Quede esto patente con el escarnio de ellos mismos.


Gneo Domicio, en medio de una discusión que tuvo con  su colega Lucio Craso, le reprochó que tuviese en el pórtico de su casa columnas del monte Himeto. Acto seguido, Craso le preguntó en cuánto valoraba él su propia casa, a lo que Domicio respondió: "En seis millones de sestercios". "¿Y cuánto estimas que valdría -replicó Craso-, si voy allí y talo diez arbolillos?" "Pues tres millones", contestó Domicio. Entonces Craso señaló: «Y quién de los dos es, pues, más ostentoso: yo, que he comprado diez columnas por cien mil sestercios, o tú, que tasas en tres millones de sestercios la sombra de diez arbolillos?". ¡Qué conversación tan desconsiderada hacia personajes como Pirro o Aníbal, tan plena de la ociosidad que brindan las riquezas procedentes del comercio de ultramar! Y cuánto más frugal el lujo, en comparación con el que habría de desplegarse en los edificios y bosques de los siglos posteriores, toda vez que prefirieron legar a la posteridad el boato que ellos mismos habían propiciado, en lugar de conservar la continencia que heredaron de sus antepasados.


¿Y qué es lo que quería para sí Metelo Pío, el personaje más prestigioso de su época, cuando consentía, cada vez que llegaba a Hispania, que sus huéspedes lo recibieran con altares y olor a incienso? ¿O cuando, lleno de gozo, contemplaba las paredes cubiertas de tapices dignos del rey Atalo? ¿O cuando permitía que, tras espléndidos banquetes, se diera paso a los juegos más fastuosos? ¿O cuando celebraba festines ataviado con la túnica de los vencedores y recibía coronas de oro que bajaban desde el techo, como si su cabeza fuese divina? ¿Y dónde sucedía esto? No en Grecia, ni en Asia, donde la propia seriedad podía dejarse corromper por el lujo, sino en una provincia indómita y belicosa, en tanto que un enemigo tan contumaz como Sertorio cegaba los ojos de los ejércitos romanos con proyectiles lusitanos. ¡Hasta ese punto se había borrado de la mente de Metelo la campaña de su padre en Nurnidia! Queda clara, por tanto, la rapidez con que el lujo hizo acto de presencia, pues quien de joven conoció las costumbres primitivas, de viejo implantó otras nuevas.


Muy semejante fue el cambio que experimentó la casa de los Curiones, habida cuenta de que nuestro foro fue testigo de la extraordinaria gravedad del padre y de la deuda de sesenta millones de sestercios del hijo, contraída ilícitamente por parte de los jóvenes nobles de la familia. Así pues, en un mismo momento y en la misma casa, convivieron generaciones dispares, una sumamente austera, la otra de lo más infame.


¡Y cuánto lujo e indecencia hubo en el juicio contra Publio Clodio! Con tal de absolver a aquel reo claramente culpable de un crimen de incesto, se llegó incluso a corromper con grandes sumas de dinero a matronas y jóvenes de la nobleza, para entregarlas de noche a los jueces como gratificación. En una componenda tan indecente y embrollada como aquélla, no se sabría a quién condenar primero, si al que maquinó aquel género de corruptela, a quienes prestaron su integridad a cambio del perjurio, o a quienes canjearon sus creencias por el estupro.


También fue inmoral el banquete que el asistente de los tribunos Gemelo, de origen libre pero de una sumisión vergonzosa y más que servil, celebró para el cónsul Metelo Escipión y los tribunos de la plebe, con gran bochorno de la ciudadanía. Convirtió su casa en un burdel y allí prostituyó a Munia y a Flavia, ambas ilustres tanto por su padre como por su marido, así como al joven noble Saturnino. ¡Infame sufrimiento el de aquellos cuerpos que iban a ser juguete de las más bajas pasiones de unos borrachos! ¡Festines que el cónsul y los tribunos no debieron celebrar, sino castigar!


EJEMPLOS EXTRANJEROS

El lujo de los campanos fue tremendamente provechoso para nuestra ciudad, pues cautivó con sus hechizos a Aníbal, hasta entonces invicto en la guerra, y lo entregó a los ejércitos romanos para que lo derrotaran. Fue con fastuosos banquetes, con abundante vino, con la fragancia de los perfumes y con el uso inmoderado de las relaciones sexuales como este lujo de los campanos empujó al sueño y al placer a un general tan despierto y a un ejército tan experimentado. y es que la fiereza cartaginesa quedó maltrecha y desbaratada cuando la plaza Seplasia y la Albana pasaron a ser su campamento. ¿Y qué hay más deshonesto o más dañino que aquellos vicios que debilitan el valor, que hacen languidecer las victorias, que convierten la gloria adormecida en infamia, que se adueñan de las fuerzas del alma y del cuerpo, hasta el punto de no saber si resulta más pernicioso ser atrapados por el enemigo o por los propios vicios?


Estos mismos vicios enredaron a la ciudad de Bolsena en graves y bochornosas calamidades. Era una ciudad opulenta, escrupulosa con la moral y las leyes, se la consideraba la capital de Etruria. Pero, después que se dejó arrastrar por el lujo, cayó en un abismo de iniquidad e indecencia, hasta llegar a someterse a la caprichosa tiranía de los esclavos. Primero, unos cuantos de ellos osaron entrar en el orden senatorial, y luego se apoderaron de todos los asuntos públicos. Mandaban redactar los testamentos a su antojo, prohibían los banquetes y las reuniones de ciudadanos libres, contraían matrimonio con las hijas de sus amos. Finalmente, decretaron por ley que los estupros cometidos contra viudas y casadas no recibieran castigo alguno, y que ninguna virgen pudiera casarse con un libre, si uno de ellos no había mancillado antes su castidad.


En cuanto a Jerjes, se mostraba tan pomposo en la ostentación de su soberbia opulencia de rey, que por medio de un edicto prometió un premio a quien inventase un nuevo tipo de placer. Mientras se dejaba atrapar por la excesiva molicie, ¿cómo iba a poder eludir la tremenda ruina de su extraordinario imperio?


El rey Antíoco de Siria representa también un claro ejemplo de incontinencia. Imitando su ciega y disparatada suntuosidad, la mayor parte de sus soldados fijó sus botas con clavos de oro, utilizó en la cocina vasijas de plata y construyó sus tiendas adornándolas con pequeñas figuras bordadas. De este modo acabaron convirtiéndose en presa deseable para un enemigo ambicioso, y no en impedimento para que un esforzado rival alcanzase la victoria.


El rey Ptolomeo vivió solamente para sus vicios, hecho que le valió el sobrenombre de Panzudo . ¿Puede haber algo más bajo que su propia bajeza? Obligó a una hermana mayor que él, que ya estaba casada con un hermano común, a casarse con él. Luego de violar a una hija de ella, repudió a la que era su mujer para poder desposarse con la hija.


Muy similar a la conducta de los reyes de la nación egipcia fue la de sus propios habitantes. A las órdenes de Arquelao , salieron de las murallas de la ciudad para enfrentarse a Aulo Gabinio. Cuando recibieron la consigna de rodear el campamento por medio de una fosa y una empalizada, todos al unísono exclamaron que una obra como aquélla había que cederla a unos obreros a costa del erario. Así se explica que aquellos hombres tan flojos por culpa de la molicie no pudieran hacer frente al arrojo de nuestro ejército.


Aún más afeminados fueron los individuos de Chipre, que soportaban resignados que sus reinas subiesen a sus carros pisando los cuerpos de sus mujeres, a modo de peldaños, con tal de poner sus pies sobre algo más blando. A estos hombres (si es que realmente eran hombres), más les hubiera valido morir que obedecer una orden tan refinada.