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domingo, 19 de abril de 2020

TITO FLAVIO , POR SUETONIO


I. Tito llevaba el mismo nombre que su padre, y por sus cualidades, destreza y fortuna, que le granjearon el afecto universal, fue llamado amor y delicias del género humano. Lo más asombroso de este príncipe fue que adorado en el trono, antes de subir a él fue objeto de la censura pública y hasta de odio durante el reinado de su padre. Nació el 3 de las calendas de enero del año 794, célebre por la muerte de Calígula, en una habitación tan estrecha como obscura, que se enseña todavía en nuestros días tal como era y que formaba parte de un edificio de aspecto triste, cerca del Septizonio .



II. Se crió en la corte con Británico, recibiendo la misma educación y de los mismos maestros que él. Un adivino hecho llamar por Narciso, liberto de Claudio, para que le revelase los destinos de Británico, afirmó que aquel príncipe imperial no subiría nunca al trono, pero que Tito (estaba él presente) llegaría con seguridad a él. Vivían los dos príncipes en tanta intimidad, que se cree que Tito probó el veneno de que murió Británico, pues estaba en aquel instante sentado a su lado en la mesa y padeció luego larga y peligrosa enfermedad. En memoria de aquella íntima amistad mandó erigirle más adelante una estatua de oro en su palacio, y le ofrendó como a un dios una ecuestre de marfil, que todavía hoy es paseada en las solemnidades del Circo.



III. Así en lo físico como en lo espiritual, las mejores cualidades le adornaron desde su infancia; cualidades que se desarrollaron más y más con la edad. Tenía, en efecto, hermoso exterior, que revelaba tanta gracia como dignidad, aunque no era muy alto y tenía el vientre algo grueso; poesía una fuerza extraordinaria, admirable memoria, singular aptitud para todos los trabajos de la guerra y de la paz, rara destreza en el manejo de las armas, siendo, a la vez, un consumado jinete; poesía, además, facilidad prodigiosa, que llegaba hasta la improvisación, para componer en griego y en latín discursos y poemas, y bastantes conocimientos músicos para cantar con gusto y acompañarse con habilidad. He sabido también, por algunos, que se había acostumbrado a escribir con rapidez, hasta el punto de competirse algunas veces en velocidad con los mas hábiles secretarios. Sabía, asimismo, imitar todas las firmas, por cuya razón decía que podía haber sido excelente falsificador.



IV. Sirvió como tribuno militar en la Germania y la Bretaña, con tanta modestia como distinción, atestiguando suficientemente sus hazañas el inmenso número de estatuas de todos los tamaños que le erigieron estas provincias y las inscripciones que figuran en ellas. Terminadas sus campañas se dedicó al Foro, en el cual brilló más por su rectitud que por su asiduidad. Contrajo matrimonio con Arricidia Tertula, hija de un caballero romano que había sido prefecto de las cohortes pretorianas; fallecida ésta, casó con Marcia Furnila, que pertenecía a una ilustre familia, y de la cual se divorció después de tener de ella una hija. Colocado después de su pretura al frente de una legión, se apoderó de Tariquea y de Gamala, las dos plazas más fuertes de la Judea; en una de las batallas en que tomó parte le mataron el caballo, montando en el acto el de un soldado que acababa de caer muerto luchando a su lado, y continuó combatiendo.



V. Cuando Galba ascendió al Imperio, Tito fue invitado para felicitarle y por todas partes por donde pasó se le prodigaron grandes muestras de afecto, siendo la opinión general que el emperador le llamaba a Roma para adoptarle. Pero enterado de que de nuevo se complicaban los asuntos, volvió atrás, consultó sobre el éxito de su navegación al oráculo de Venus en Pafos, el cual le prometió un mando, promesa que no tardó en realizarse, pues poco después le dejaron en la Judea para acabar de someterla. En el sitio de Jerusalén mató de doce flechazos a doce defensores de la ciudad; se apoderó de la misma el día en que celebraba el aniversario del nacimiento de su hija; el júbilo de los soldados fue indescriptible, y tan favorable para él sus disposiciones, que en los vítores le llamaron todos a una imperator. Más adelante, cuando tuvo que dejar aquella provincia, intentaron retenerle con toda suerte de súplicas y hasta con amenazas, conjurándole a permanecer con ellos o a que los llevase a todos con él. Tales demostraciones dieron sospechas de que quería abandonar la causa de su padre y crearse un Imperio en Oriente, sospechas que él mismo fortaleció, presentándose con una diadema en la cabeza durante la consagración del buey Apis, en Memfis, por donde pasaba dirigiéndose a Alejandría. Es cierto que aquel uso pertenecía a los ritos de la antigua religión, pero no por eso dejaron de interpretar en este sentido su conducta. Apresuróse, pues, a regresar a Italia, abordó a Regio y a Puzzola en una nave mercante y marchó sin dilación a Roma, adelantándose a su comitiva; al ver a su padre profundamente sorprendido de su llegada, le dijo, como para desmentir los rumores que se habían difundido acerca de él: Heme aquí padre, heme aquí.



VI. A partir de entonces compartió el poder supremo y fue como el tutor del Imperio. Celebró el triunfo con su padre y con él ejerció la censura. Fue también colega suyo en el poder tribunicio y en siete consulados. Quedó encargado del cuidado de casi todos los negocios y dictaba las cartas a nombre de su padre, redactando los edictos y leyendo los discursos del emperador al Senado en vez de hacerlo el cuestor, siendo, asimismo, prefecto del Pretorio, funciones todas que hasta entonces sólo se había encargado a caballeros romanos. Se mostró duro y violento; haciendo perecer sin vacilar a cuantos le eran sospechosos, apostando en el teatro y en los campos gentes que, como a nombre de todos, pedían en voz alta su castigo. Citaré entre todos al consular A. Cecina, a quien había invitado a cenar, y al cual, apenas salido del comedor, se le dio muerte por orden suya. Verdad es que Tito había cogido, escrita de su puño, una proclama dirigida a los soldados y que el peligro era inminente. No obstante, semejante conducta, asegurándole el porvenir, le hizo odioso en el presente; de suerte que pocos príncipes han llegado al trono con tan pésima reputación y tan señalada hostilidad por parte del pueblo.



VII. Además de cruel, se le acusaba de intemperante, porque alargaba hasta medianoche sus desordenes de mesa con sus familiares más viciosos. Se temía, incluso, su afición a los deleites en vista de la muchedumbre de eunucos y de disolutos que le rodeaba y de su célebre pasión por la reina Berenice, a la que se decía que había prometido hacer su esposa. Acusábanle, en fin, de rapacidad, porque se sabía que en las causas llevadas ante el tribunal de su padre vendió más de una vez la justicia. En una palabra, se pensaba y se decía por todas partes que sería otro Nerón. Pero esta fama se volvió al fin en su favor, siendo ocasión de grandes elogios, cuando se le vio renunciar a todos sus vicios y abrazar todas las virtudes. Hizo entonces famosas sus comidas, más por el recreo que por la profusión; eligió por amigos hombres de quienes se rodearon después los príncipes sucesores suyos y fueron empleados por aquellos como los mejores sostenes de su poder y del Estado; despidió de Roma en el acto a Berenice, con gran pesar de los dos, y dejó de tratar tan liberalmente como lo había hecho y hasta de ver en público a aquellos de su comitiva que no se distinguían más que por sus habilidades frívolas, a pesar de haberlos entre ellos a quienes quería profundamente y que danzaban con una perfección que fue aprovechada al punto por el teatro. No hizo daño a nadie; respetó siempre los bienes ajenos y ni siquiera quiso recibir los regalos de costumbre. Sin embargo, no cedió en magnificencia a ninguno de sus predecesores; así, después de la dedicación del Anfiteatro y de la rápida construcción de los baños próximos a este edificio, dio un espectáculo de los más prolongados y más hermosos, en el cual hizo representar entre otras cosas, una batalla naval en la antigua naumaquia; dio también un combate de gladiadores y presentó en un solo día cinco mil floras de toda especie.



VIII. Inclinado, naturalmente, a la benevolencia, fue el primero que prescindió de la costumbre, seguida desde Tiberio por todos los césares, de considerar nulas las gracias y concesiones otorgadas antes de ellos, si ellos mismos no las ratificaban expresamente; en un solo edicto declaró, en efecto, que eran todas válidas y no permitió que se solicitase aprobación para ninguna. En cuanto a las demás peticiones que podían hacerle, tuvo por norma no despedir a nadie sin esperanzas. Hacíanle observar sus amigos que prometía más de lo que podía cumplir, y contestaba, que nadie debía salir descontento de la audiencia de un príncipe. Recordando en una ocasión, mientras estaba cenando, que no había hecho ningún favor durante el día, pronunció estas palabras tan memorables y con tanta justicia celebradas: Amigos míos, he perdido el día. En todas ocasiones mostró gran deferencia por el pueblo; así, habiendo anunciado un combate de gladiadores, declaró, que todo se haría según la voluntad del público y no de la suya; llegada la hora, lejos de negar lo que pedían los espectadores, él mismo los exhortó a que pidiesen lo que quisieran. No ocultó su preferencia por los gladiadores tracios, y con frecuencia bromeó con el pueblo excitándolos con la voz y el ademán, pero sin comprometer nunca su dignidad ni excederse de lo justo. Para hacerse aún más popular, permitió muchas veces al público la entrada en las termas donde se bañaba. Tristes e imprevistos acontecimientos perturbaron su reinado: la erupción del Vesubio, en la Campania; un incendio en Roma, que duró tres días y tres noches, y una peste, en fin, cuyos estragos fueron espantosos. En estas calamidades demostró la vigilancia de un príncipe y el afecto de un padre, consolando a los pueblos con sus edictos y socorriéndolos con sus dádivas. Varones consulares, designados por suerte, quedaron encargados de reparar los desastres de la Campania; se emplearon en la reconstrucción de los pueblos destruidos los bienes de los que habían perecido en la erupción del Vesubio sin dejar herederos. Después del incendio de Roma, Tito hizo saber que tomaba a su cargo todas las pérdidas públicas, y en consecuencia de ello dedicó las riquezas de sus palacios a reconstruir y adornar los templos; con objeto de dar más impulso a los trabajos, hizo que gran número de caballeros romanos vigilasen la ejecución. Prodigó a los apestados toda suerte de socorros divinos y humanos, recurriendo, a fin de curar a los enfermos y aplacar a los dioses, a toda suerte de remedios y sacrificios. Entre las calamidades de aquella época, contábanse los delatores y sobornadores de testigos, restos de la antigua tiranía. Tito los hizo azotar con varas y palos en pleno Foro, y en los últimos tiempos de su reinado hizo que los bajasen a la arena del Anfiteatro, donde unos fueron vendidos en subasta, como los esclavos, y otros condenados a la deportación a las islas más insalubres. Con objeto de refrenar para siempre la audacia de aquellas gentes, estableció, entre otras reglas, que nunca podría perseguirse el mismo delito en virtud de diferentes leyes, ni turbar la memoria de los muertos pasado cierto número de años.



IX. Aceptó el pontificado máximo con el único objeto, según dijo, de conservar puras sus manos, y así lo cumplió, porque a partir de entonces no fue ya autor ni cómplice de la muerte de nadie; no le faltaban, en verdad, motivos de venganza, pero decía que prefería morir él mismo a hacer perecer a nadie. A dos patricios convictos de aspirar al Imperio, limitase con aconsejarles que renunciasen a sus pretensiones, añadiendo, que el trono lo daba el destino, y les prometió concederles, por otra parte, lo que anhelaban. Envió incluso correos a la madre de uno de ellos, que vivía lejos de Roma, para tranquilizarla acerca de la suerte de su hijo y comunicarle que vivía. No sólo invitó a los dos conjurados a cenar con él, sino que al día siguiente, en un espectáculo de gladiadores, los hizo colocar expresamente a su lado y cuando le presentaron las armas de los combatientes, se las pasó, tranquilamente, para que las examinasen. Se añade que habiendo hecho estudiar su horóscopo, les advirtió que los amenazaba a los dos un peligro cierto, aunque lejos aún, y que no vendría de él, lo que confirmaron los acontecimientos. En cuanto a su hermano, que no cejaba en prepararle asechanzas, que minaba casi abiertamente la fidelidad de los ejércitos y que quiso, en fin, huir, no pudo decidirse ni hacerle perecer, ni a separarse de él, ni siquiera a tratarle con menos consideración que antes. Continuó proclamándole su colega y sucesor en el Imperio, como en el primer día de su reinado; y algunas veces incluso le rogó en secreto, con lágrimas en los ojos, que viviese en fin con él como un hermano.



X. En medio de sus cuidados le sorprendió la muerte, para desdicha del mundo más todavía que para la suya. Al terminar un espectáculo, en el que había llorado abundantemente en presencia de todo el concurso, partió para el país de los sabinos; iba algo entristecido, pues había visto escapar la víctima de un sacrificio y había oído retumbar el trueno con cielo sin nubes. En el primer descanso le acometió la fiebre; prosiguió el viaje en litera y se quejo de morir sin haberlo merecido, puesto que en toda su vida sólo había realizado una acción de que tuviese que arrepentirse. No dijo a qué acción quiso referirse, y no es fácil adivinarla; se ha creído que era su trato íntimo con Domicia, la esposa de su hermano, pero ésta juró por todos los dioses que nada había habido entre ellos, y no era mujer para negar aquel comercio si hubiese existido, y hasta es seguro que se habría vanagloriado de él como de todas sus infamias.



XI. Murió el emperador en la misma casa de campo que su padre, en los idus de septiembre, a los cuarenta y un años de edad, tras un reinado de dos años, dos meses y veinte días. Al difundirse la noticia de su muerte, hubiérase dicho, viendo el dolor público, que cada cual lloraba por uno de su propia familia. Los senadores acudieron, antes de ser convocados, a la sala de sus sesiones, cuyas puertas estaban cerradas aún; abiertas prestamente, colmaron al príncipe muerto de tantas alabanzas y honores como jamás le habían prodigado vivo y presente.


sábado, 24 de agosto de 2019

ELIA PETINA


Elia Petina (en latín, Aelia Paetina) fue una dama romana del siglo I, segunda esposa del emperador Claudio.
 
Petina fue hija del consular Sexto Elio Cato. De su matrimonio con Claudio, fue madre de Antonia.
 
El emperador Claudio la repudió para casarse con Mesalina. Cuando esta murió, los libertos del emperador le propusieron una candidata cada uno para volver a casarse, siendo Petina la seleccionada por Narciso. El liberto alegaba en su favor que ya estuvieron casados previamente y que respetaría a los hijos de Mesalina, no deseándoles ningún mal.5 Claudio escogió finalmente a Agripina la Menor.

domingo, 13 de agosto de 2017

EL MULTIMILLONARIO CAYO JULIO CALISTO


 
Cayo Julio Calisto o Gayo Julio Calisto fue un liberto (esclavo manumitido) que vivió durante los reinados de Calígula y de Claudio, cuya influencia sobre este emperador propició que detentara el poder. Cuando se vio amenazado por la locura de Calígula tomó parte en la conspiración que lo asesinó.
 
Esclavo de origen griego, fue comprado entre los esclavos de desecho.​ Tras ser manumitido por Calígula, tomó su praenomen y nomen gentilicium. Se enriqueció a causa de su venalidad y su influencia sobre Calígula. Séneca lo vio obligar a su antiguo propietario a esperar de pie y excluirlo de las entrevistas con el emperador.​ Intercedió a favor del senador y orador Gneo Domicio Afro acusado por Calígula ante el Senado.​
 
Su hija Ninfidia habría tenido una romance con Calígula, rumor que propagó Ninfidio Sabino, hijo de Ninfidia, durante sus intrigas contra el emperador Galba.​
 
Preocupado por las fantasías asesinas de Calígula y temiendo por su supervivencia, se involucró en su asesinato en el año 41. Flavio Josefo considera fundamental su papel en la conspiración.​
 
Se ganó el favor de Claudio, el nuevo emperador, por no haber ejecutado la orden de Calígula de envenenarlo.​ Con otros libertos imperiales, Marco Antonio Palas y Narciso, ejerció una influencia considerable sobre Claudio. En el año 48, cuando estaban trabajando juntos para informar a Claudio de la mala conducta de su esposa Mesalina, Calisto renunció por prudencia y dejó que fuese Narciso quien lo pusiera al tanto. Para que Claudio se volviera casar después de la muerte de Mesalina, cada liberto presentó su candidata. Calisto propuso a Lolia Paulina, hija de un senador consular (sin hijos y divorciada de Calígula tras un breve matrimonio), frente a Agripina, la candidata de Marco Antonio Palas.​ El éxito de Agripina pudo ser la probable causa de la caída en desgracia de Calisto. Dion Casio, historiador griego de Roma del siglo II, dice «que murió en la cumbre de su poder».​
 
Su enriquecimiento fue considerable, superior, según Plinio el Viejo, al multimillonario del siglo anterior, Marco Licinio Craso.​ Añade que su tren de vida fue fastuoso y, como ejemplo, menciona que se hizo construir un comedor con treinta magníficas columnas de ónice.





domingo, 9 de abril de 2017

EL TALENTO ADULADOR DEL PADRE DEL EMPERADOR VITELIO


Después de haber sido cónsul dos veces, el padre de Vitelio ejerció con el emperador Claudio dos nuevos consulados ordinarios y la censura. Asumió asimismo la dirección del Imperio durante la ausencia de este por su expedición a Britania... Tenía además un extraordinario talento para la adulación:


-Pidió a Mesalina (la esposa de Claudio), como supremo favor, que le permitiera descalzarla, y, tras haberle quitado el chapín derecho, lo llevó continuamente entre su toga y sus túnicas, cubriéndolo de besos de cuando en cuando.

- Veneró asimismo entre sus Lares las imágenes de oro de Narciso y Palante (los poderosos libertos de Claudio).

- Suya fue también la famosa frase: "¡Qué puedas hacerlo muchas veces!", con la que felicitó a Claudio cuando éste celebraba los Juegos Seculares (que en principio tenían lugar cada cien años).


( Suetonio en "Vida de Vitelio")


domingo, 23 de octubre de 2016

LA PERDICIÓN DE SILANO


No había sospecha, por ligera que fuese, ni denuncia, por falsa, ante las cuales el temor no le indujese a precauciones excesivas y a la venganza. Un litigante, que había ido a saludarle, le dijo secretamente que había visto en sueños cómo le asesinaba un desconocido; pocos momentos después, al ver entrar a su adversario con un escrito, fingió reconocer en él al asesino que había visto en su sueño y lo mostró al emperador. Claudio mandó en el acto que le llevaran al suplicio como a un criminal. Se dice que también obraron así para perder a Apio Silano; Mesalina y Narciso, que habían urdido la trama, se repartieron los papeles. Narciso entró antes del amanecer, con aspecto agitado, en la cámara del emperador y le dijo que acababa de ver en sueños a Apio atentar contra su vida; Mesalina, fingiéndose sorprendida, dijo que también por su parte hacía muchas noches que soñaba lo mismo. Un momento después llegaba Apio, que la víspera había recibido orden terminante de presentarse a aquella hora, y Claudio, persuadido de que iba a realizar el sueño, le hizo detener y darle muerte en el acto. A la mañana siguiente hizo al Senado una relación de todo lo ocurrido y dio gracias a su liberto porque, incluso durmiendo, velaba por su vida.


( Suetonio)






martes, 4 de octubre de 2016

ASESINATO DE CÓMODO


Cómodo fue estrangulado en su baño por un gladiador llamado Narciso. Y se dice que si hubiera sido estrangulado en día después, en 193 d. C. habría habido seis pretendientes al trono, como llegó a haber en 238.


Tres años después de su asesinato en el baño, Cómodo fue divinizado por su sucesor, Septimio Severo. 


jueves, 30 de abril de 2015

EL EMPERADOR CLAUDIO





CLAUDIO Y LAS MUJERES

Los pretorianos, que no tenían ninguna intención de asistir a la restauración de la República, descubrieron, escondido en el palacio, a un hermano de Germánico, tío de Calígula, un hombre de 47 años, tartamudo, lunático, ridículo pero culto, especialista en historia de los etruscos y en gramática latina, a quien concedieron el trono a cambio de 15.000 sestercios por soldado.




Pero Claudio, que había simulado la estupidez para salvarse durante los reinados de Tiberio y Calígula, no era un incapaz.



Pronto mostró su autoridad haciendo ajusticiar a los asesinos de su sobrino Calígula. 



Empezó eliminando a los que se le oponían en el Senado romano, a los que reemplazó por plebeyos, ennoblecidos, y haciendo accesibles todos los cargos a los que desempeñaban funciones en la Galia o en Hispania.



Se rodeó de libertos griegos inteligentes, como Narciso y Palas.



 Puesto que Roma se iba extendiendo, agrandó el puerto de Ostia para facilitar el abastecimiento de la ciudad, construyendo también un nuevo acueducto.



Aunque jamás fue soldado, se puso al frente de una expedición destinada a conquistar la Britania (hoy Inglaterra) con cuatro legiones, lo que le valió el título de Britanicus.



Después de dos divorcios, Claudio se casó con Mesalina, que le ponía en ridículo con sus innumerables amantes. 



Enterado de ello, Claudio hizo matar a sus rivales, y después, aconsejado por Narciso, hizo que su mujer fuera a reunirse con ellos.



Para su desgracia volvió a casarse, esta vez con su sobrina Agripina la Joven, hermana de Calígula.



 La ambición de esta mujer era desmesurada, sobre todo por lo que refería al porvenir de su hijo Nerón, nacido de un matrimonio anterior.



Claudio era ya sexagenario y débil, por lo que el éxito de los planes de su mujer fue total.



 Desheredó, en beneficio de Nerón, a su propio hijo Británico.



 Después, la emperatriz, previendo un posible repudio, no dudó en envenenar a su esposo (54 d. de C.).



Nerón, que tenía sentido del humor, dijo más tarde que los champiñones debían de ser un manjar sobrenatural puesto que habían convertido en dios a un "pobre desgraciado" como Claudio.





martes, 25 de noviembre de 2014

EL LIBERTO O LIBERTINO EN LA ANTIGUA ROMA


 

( En la mayor parte de las imágenes, Posca, el supuesto liberto de Cayo Julio César, en la super-producción "Roma", aunque históricamente no existió el personaje)

 

Se llamaba liberto al salido de la esclavitud. En Roma sólo se daba ese nombre en relación al patrono.

 

Era la clase de hombres libres, según el Derecho Romano. Justiniano los define en la Instituta: qui ex insta servitite manumissi sunt; los manumitidos de justa esclavitud, concepto en el que hay que entender la manumisión en su sentido amplio, como toda salida legal del estado de esclavitud, pues había casos en que los esclavos se hacían libres por ministerio de la ley, aun contra la voluntad del dueño.
 

 Considerados con relación al que los había manumitido (patrono), se denominaban libertos.

 

En un principio todos los libertinos tenían la categoría de ciudadanos e iguales derechos; más por consecuencia de las restricciones puestas a la manumisión y por la introducción de los medios menos solemnes de manumitir, aparecieron, además de los libertinos ciudadanos (libertinos propiamente dichos), los libertinos latinos y los libertinos dedicticios.

 

 De estas dos últimas clases de libertinos, al final Justiniano los abolió, volviéndose a la unidad primitiva.

 

Diferenciábanse los libertinos de los ingenuos (esto es, de los libres desde su nacimiento), ya por virtud de la costumbre, siendo por tanto, de un orden inferior.

 

Por virtud de la costumbre, los libertinos llevaban una señal especial que los distinguía y eran de inferior calidad jurídica y social, dedicándose al trabajo, comercio, artes e industrias, ocupaciones que desdeñaban los ingenuos; sin embargo, libertinos hubo que llegaron a ser favoritos de emperadores, como Narciso, que lo fue de Nerón, y otros, como Terencio (manumitido por el senador Terencio Lucano) y Fedro (manumitido por Octavio Augusto), que han llegado a la celebridad.

 

 A tenor de la ley, en el orden público, los libertinos no podían desempeñar cargos ni empleos públicos, ni usar el anillo de oro; en el orden privado, como el libertino al salir de la esclavitud se encontraba sin familia y sin bienes, se trató de suplir esto por medio del derecho de patronato y de los peculios; por el primero debían de profesar profundo respeto al patrono y sus hijos, y obedecerle, no pudiendo demandarle sin consentimiento del magistrado, ni dirigir contra ellos acciones infamantes, todo so pena de incurrir en ingratitud que podía llevar consigo a la pérdida de la libertad; y en cuanto a los bienes, si bien los libertinos podían adquirirlos, pasaban a su muerte a poder del patrón y sus hijos.
 

Los libertinos podían llegar a ser considerados como ingenuos por concederles el emperador el uso del anillo de oro (aunque continuando en este caso sujetos al patrono), y por la natalium restitutio, concesión que extinguía el vínculo al patrono. Justiniano elevó a todos los libertinos a la categoría de ingenuos , si bien dejó en piel el derecho de patronato.

 

Es de advertir que en todo tiempo el nacido ingenuo que , por una causa cualquiera, había después incurrido en esclavitud, al salir de ésta readquiría su cualidad de ingenuo.