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viernes, 30 de diciembre de 2022

LA DOMUS HORTENSIA, RESIDENCIA DEL TRIUNVIRO OCTAVIO



Desde la Velia caminó entre los antiguos pilares cubiertos de musgo de la Porta Mugonia y subió al monte Palatino por su lado menos elegante. Su casa había pertenecido alguna vez al famoso abogado Quinto Hortensio Hortalo, rival de Cicerón ante los tribunales. Antonio había culpado al hijo por la muerte de su hermano Cayo, y lo había proscrito. Eso no preocupó al joven Hortensio, quien murió en Macedonia, siendo su cuerpo arrojado al monumento de Cayo Antonio. Como la mayoría de Roma, Octavio era muy consciente de que Cayo Antonio era tan incompetente que su muerte había sido toda una bendición.


La domus Hortensia era una casa muy grande y lujosa, aunque no del tamaño del palacio de Pompeyo Magno en el Carinae. Antonio se había apropiado de aquella mansión, y cuando César se enteró, hizo pagar a su primo por ella. A la muerte de César, los pagos se interrumpieron. 


Pero Octavio no quería una casa tan ostentosa que pudiera compararse a un palacio, sino sólo algo lo bastante grande para utilizar como sala de negociaciones y también de residencia. La domus Hortensia se la habían adjudicado por dos millones de sestercios, una fracción de su valor real, en la subasta de los bienes incautados. Esa clase de cosas ocurrían a menudo en las subastas de bienes incautados a los proscritos, en las que tantas propiedades de enorme valor se vendían al mismo tiempo.


En el lado elegante del Palatino, todas las casas buscaban tener vista al foro romano, pero Hortensio no se había preocupado por la vista. A él le interesaba el espacio. Muy aficionado a la pesca, tenía grandes estanques dedicados a la cría de carpas doradas y plateadas y jardines y campos que eran más habituales en las casas situadas al otro lado de los muros Servían, como el palacio que César había construido para Cleopatra al pie de la colina Janicula. Sus campos y jardines eran legendarios.


La domus Hortensia estaba en lo alto de un acantilado de cincuenta pies que daba al Circo Máximo, donde en los días de destiles o carreras de cuadrigas se apiñaban más de ciento cincuenta mil romanos para maravillarse y aplaudir. Sin dirigirle al Circo una mirada, Octavio entró en su casa a través del jardín y los estanques de detrás y llegó a una vasta sala de recepción que Hortensio nunca había utilizado debido a la enfermedad que sufría cuando la añadió.


A Octavio le gustaba el diseño de la casa, porque las cocinas y las habitaciones de la servidumbre estaban a un lado, en un edificio separado que contenía las letrinas y los baños para uso del servicio. Los baños y las letrinas para el propietario, su familia y los invitados estaban en la casa principal y, además, eran de valioso mármol. Como muchas casas en el Palatino, estaba situada encima de un arroyo subterráneo que descargaba en las inmensas cañerías de la Cloaca Máxima. 


Para Octavio, era la razón principal para la compra de aquella domus, ya que era la más reservada de las personas cuando se trataba de vaciar los intestinos y la vejiga. ¡Nadie debía verlo, nadie debía escucharlo! También era muy meticuloso en el aseo personal, que incluía un baño, por lo menos, una vez al día. Por lo tanto, las campañas militares eran un tormento sólo algo mitigado por Agripa, que hacía lo imposible por conseguirle intimidad cada vez que podía. Octavio no sabía por qué le daba tanta importancia a ese tema, puede que por su buena planta o porque los hombres se sentían vulnerables si su imagen no iba acorde con su persona.


El mayordomo salió a su encuentro con un signo de ansiedad; Octavio detestaba la menor mancha en la túnica o la toga, cosa que hacía la vida dura para el hombre, siempre ocupado con la tiza y el vinagre.


( C. McC. )




martes, 30 de junio de 2015

CARTA DE CLEOPATRA A CÉSAR OCTAVIO SUPLICANDO LA PAZ



Octavio:

Estoy seguro de que no quieres más muertes romanas y por la manera como has tratado al ejército de mi esposa tampoco quieres más muertes enemigas.


Supongo que para el momento que mi hijo mayor llegue a ti estarás en Menfis. Lleva esta carta porque sé que llegará a tu mesa y no ala de algún legado. El chico está ansioso por hacerme este servicio, y a mí me complace dejarlo.


Octavio, no continuemos esta farsa. Admito libremente que fui el agresor en nuestra guerra, si guerra se puede llamar. Marco Antonio no ha brillado demasiado, eso está claro, y ahora desea un final.


Si permites que la reina Cleopatra reine en su reino como faraón y reina, me dejaré caer sobre mi espada. Un buen final para una lucha patética. Envía tu respuesta con mi chico. La esperaré durante tres nundinae. Si para entonces no he recibido ninguna respuesta, sé que me rechazas.



( C. McC. )



miércoles, 27 de agosto de 2014

CICERÓN DICE A MARCO ANTONIO SOBRE OCTAVIANO:




 La identidad del heredero de la gran fortuna y las propiedades de César tiene la misma importancia que... que un higo. Lo importante es quién herede su legión de fieles, que es muchísimo mayor. Además, ¿qué te crees, que seguirían a un chaval de dieciocho años que está tan crudo como la carne recién salida del matadero, tan verde como la hierba, y tiene la ingenuidad de un zagal? Ojo, no te niego que Octavio tenga posibilidades, pero hasta yo, niño prodigio reconocido, tardé unos cuantos años en madurar.





OCTAVIANO TOMA EL DINERO DE CÉSAR PARA LA CAMPAÑA CONTRA LOS PARTOS




Aquellos mil hombres que se pusieron a disposición de Octavio cargaron casi simultáneamente muchos de los sesenta carromatos. César había ingeniado un astuto modo de transportar su dinero: eran monedas, no lingotes sin acuñar. Cada talento, en forma de 6.250 denarios, iba guardado en bolsas de lona con asas, de manera que dos soldados podían llevar fácilmente una bolsa con un talento.


 Mientras caía la intensa lluvia y todo Brindisi permanecía en sus casas, incluso en aquella calle por lo general muy transitada los carromatos avanzaron sin cortapisas hasta un aserradero donde se cubrieron las bolsas cuidadosamente con tablas, para que los carromatos parecieran transportar únicamente madera.


OCTAVIANO SE PRESENTA ANTE SUS LEGIONES ACAMPADAS EN BRINDISI




En las afueras de la ciudad había acampadas dos cohortes de soldados, todos veteranos pero no incorporados aún a las legiones por haberse alistado demasiado tarde o viajado desde demasiado lejos para llegar a Capua antes de que partieran las legiones. Fuera quien fuese el tribuno militar responsable de ellas las había abandonado a su suerte, y con un día como aquél todos se dedicaban a jugar a los dados, las tabas, los juegos con tablero y a charlar; desde los amotinamientos de la Décima y la Duodécima el vino se había excluido de la dieta de los legionarios.


 Aquellos hombres, que habían pertenecido a la antigua Decimotercera, no tenían propensión a amotinarse y se habían alistado de nuevo sólo por su amor a César y por la perspectiva de una larga y gloriosa campaña contra los partos. Tras enterarse de la horrible muerte de César, se lamentaban y se preguntaban qué sería de ellos.

Poco conocedor de la distribución de un campamento legionario, el visitante, Octaviano con capote y capucha, tuvo que preguntar a los centinelas dónde vivía el centurión primipilus y luego recorrer las hileras de cabañas de madera para llamar a la puerta de una estructura ligeramente más grande. Dentro, se interrumpió el rumor de voces y la puerta se abrió. 


Octaviano se encontró ante un individuo alto y fornido que vestía una túnica roja acolchada. En torno a la mesa estaban sentados otros once hombres, todos con la misma indumentaria, lo cual significaba que el visitante tenía ante sí a todos los centuriones de dos cohortes.