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viernes, 30 de diciembre de 2022

LA DOMUS HORTENSIA, RESIDENCIA DEL TRIUNVIRO OCTAVIO



Desde la Velia caminó entre los antiguos pilares cubiertos de musgo de la Porta Mugonia y subió al monte Palatino por su lado menos elegante. Su casa había pertenecido alguna vez al famoso abogado Quinto Hortensio Hortalo, rival de Cicerón ante los tribunales. Antonio había culpado al hijo por la muerte de su hermano Cayo, y lo había proscrito. Eso no preocupó al joven Hortensio, quien murió en Macedonia, siendo su cuerpo arrojado al monumento de Cayo Antonio. Como la mayoría de Roma, Octavio era muy consciente de que Cayo Antonio era tan incompetente que su muerte había sido toda una bendición.


La domus Hortensia era una casa muy grande y lujosa, aunque no del tamaño del palacio de Pompeyo Magno en el Carinae. Antonio se había apropiado de aquella mansión, y cuando César se enteró, hizo pagar a su primo por ella. A la muerte de César, los pagos se interrumpieron. 


Pero Octavio no quería una casa tan ostentosa que pudiera compararse a un palacio, sino sólo algo lo bastante grande para utilizar como sala de negociaciones y también de residencia. La domus Hortensia se la habían adjudicado por dos millones de sestercios, una fracción de su valor real, en la subasta de los bienes incautados. Esa clase de cosas ocurrían a menudo en las subastas de bienes incautados a los proscritos, en las que tantas propiedades de enorme valor se vendían al mismo tiempo.


En el lado elegante del Palatino, todas las casas buscaban tener vista al foro romano, pero Hortensio no se había preocupado por la vista. A él le interesaba el espacio. Muy aficionado a la pesca, tenía grandes estanques dedicados a la cría de carpas doradas y plateadas y jardines y campos que eran más habituales en las casas situadas al otro lado de los muros Servían, como el palacio que César había construido para Cleopatra al pie de la colina Janicula. Sus campos y jardines eran legendarios.


La domus Hortensia estaba en lo alto de un acantilado de cincuenta pies que daba al Circo Máximo, donde en los días de destiles o carreras de cuadrigas se apiñaban más de ciento cincuenta mil romanos para maravillarse y aplaudir. Sin dirigirle al Circo una mirada, Octavio entró en su casa a través del jardín y los estanques de detrás y llegó a una vasta sala de recepción que Hortensio nunca había utilizado debido a la enfermedad que sufría cuando la añadió.


A Octavio le gustaba el diseño de la casa, porque las cocinas y las habitaciones de la servidumbre estaban a un lado, en un edificio separado que contenía las letrinas y los baños para uso del servicio. Los baños y las letrinas para el propietario, su familia y los invitados estaban en la casa principal y, además, eran de valioso mármol. Como muchas casas en el Palatino, estaba situada encima de un arroyo subterráneo que descargaba en las inmensas cañerías de la Cloaca Máxima. 


Para Octavio, era la razón principal para la compra de aquella domus, ya que era la más reservada de las personas cuando se trataba de vaciar los intestinos y la vejiga. ¡Nadie debía verlo, nadie debía escucharlo! También era muy meticuloso en el aseo personal, que incluía un baño, por lo menos, una vez al día. Por lo tanto, las campañas militares eran un tormento sólo algo mitigado por Agripa, que hacía lo imposible por conseguirle intimidad cada vez que podía. Octavio no sabía por qué le daba tanta importancia a ese tema, puede que por su buena planta o porque los hombres se sentían vulnerables si su imagen no iba acorde con su persona.


El mayordomo salió a su encuentro con un signo de ansiedad; Octavio detestaba la menor mancha en la túnica o la toga, cosa que hacía la vida dura para el hombre, siempre ocupado con la tiza y el vinagre.


( C. McC. )




lunes, 24 de junio de 2019

EL TRIUNVIRO MARCO ANTONIO INFORMA AL SENADO ROMANO SOBRE ORIENTE


Oriente no es romano, no piensa en romano. Por ejemplo, en ninguna parte sino en Roma los pobres son alimentados a expensas del Estado. Los pobres del este son considerados como una molestia, y se les deja morir de hambre si no pueden permitirse comprar pan. Los hombres y las mujeres están encerrados en terribles mazmorras, algunas veces por ofensas que un romano consideraría dignas de una nimia multa. Aquellos en la autoridad hacen lo que les place, porque las leyes son pocas, y cuando se presentan, a menudo resultan ser que se aplican de una manera diferente, según la posición económica o social del acusado.

 

Los romanos no mandamos a la cárcel por cualquier crimen. Los delitos menores son resueltos con una multa, los mayores, incluida hasta la traición, con la confiscación de la propiedad y el exilio a una distancia determinada de Roma. En Oriente cualquiera puede ser ejecutado por un capricho de la autoridad.

 

Nuestra civilización es la más avanzada del mundo; elegimos libremente a los magistrados que nos gobiernan, y para asegurarnos de que ningún magistrado comience a creerse indispensable, su duración en el cargo está limitada a un año. Sólo en tiempos de grandes peligros internos acudimos a prolongar un gobierno más dictatorial. En Oriente los reyes se consideran divinos y tienen poder absoluto sobre sus súbditos.

 

Las ejecuciones son comunes. Las mujeres no tienen ciudadanía ni dinero. No pueden heredar, y lo que ganan ha de ser puesto a nombre de un hombre. Se pueden divorciar de ellas, pero ellas no pueden divorciarse de sus maridos. Los cargos oficiales pueden ser ocupados por elección, pero más habitualmente son ocupados por sorteo, y lo más común es que sea por derecho de nacimiento. Los impuestos se aplican de manera diferente a Roma, cada lugar tiene su propio sistema de impuestos.

 

Roma no puede gobernar directamente en Oriente. Se debe gobernar a través de clientes-reyes . ¿Qué es mejor, senadores?: ¿un gobernador romano que imponga la ley romana en personas que no la entienden, que dirige guerras que no benefician a las poblaciones locales y que engorda su propia bolsa, o un cliente-rey que aplica las leyes que su pueblo entiende y a quien no se le permite en absoluto ir a la guerra?. Lo que Roma quiere del este son tributos, pura y llanamente. Una y otra vez ha sido demostrado más allá de cualquier duda que el tributo fluye mejor de un reino cliente que de un gobernador romano. Los clientes-reyes saben cómo exprimir a su gente, los clientes-reyes no provocan rebeliones.

 

En consecuencia, todo lo que quiere Roma de Oriente son el comercio y los tributos. Mis disposiciones fortalecerán ambos.


martes, 4 de junio de 2019

EL TRIUNVIRO CÉSAR OCTAVIO AL TRIUNVIRO MARCO ANTONIO



Roma es Roma. Ninguno de nosotros es su dueño. Los dos somos sus sirvientes. Todo lo que haces tú, todo lo que hago yo, debería ser para mayor gloria suya, para incrementar su poder. Eso es igual de cierto para Bruto y Casio. Si tú, yo y Marco Lepido pugnamos por algo, debería ser por la distinción de ser el que más contribuya a la mayor gloria de Roma. Nosotros somos mortales, ya muramos aquí en el campo de batalla o más tarde, en paz los unos con los otros. Roma es eterna. Pertenecemos a Roma.








jueves, 16 de mayo de 2019

HARPAX, EL ARMA NAVAL QUE INVENTÓ AGRIPA


El harpax o harpago fue una especie de catapulta romana que se situaba sobre la cubierta de las naves de guerra y disparaba garfios que se enganchaban en las naves enemigas. Fue inventada por el general Marco Vipsanio Agripa para luchar contra Sexto Pompeyo, hijo de Pompeyo Magno, durante las batallas navales en la Revuelta siciliana.
 
El harpax permitía atrapar a los barcos enemigos para luego arrastrarlos a una distancia que permitiera abordarlos. Fue empleado por primera vez en la batalla de Nauloco en 36 a. C.. Según Apiano, el artilugio «llamado garra consistía en un mástil de madera de unos 5 codos de largo, reforzada con hierro y con dos anillas en ambos extremos. La garra de hierro se unía a una de éstas y a la otra se unían diversos cables dispuestos a ser tensados por medio de máquinas cuando el garfio, lanzado desde una catapulta, hiciese presa en la nave enemiga.»
 
El harpax tenía una ventaja sobre el dispositivo de abordaje tradicional naval, el corvus, el cual era un puente abatible, y es que era mucho más ligero. El harpax, al ser tan ligero, permitía lanzar un gancho a distancias largas y éste era lanzado por una ballista como si fuera un dardo. Además, al estar todo el garfio recubierto de láminas de hierro, no se podía cortar y los cabos que tiraban de él tampoco podía ser cortados debido a que la longitud del garfio impedía alcanzar las cuerdas. Apiano añade que «como nunca había existido esa arma, el enemigo no se había proveído de poleas con guadañas [para cortar los cabos].»
 
Las víctimas totales nos da una imagen de la efectividad del harpax: Sexto en Nauloco perdió 180 naves de una fuerza total de 300 barcos - 28 de ellas hundidas por los espolones y 155 por la captura (gracias al harpax) y por el fuego. Esto ocurrió en la batalla de Nauloco en la que Sexto Pompeyo, el hijo menor de Cneo Pompeyo Magno, dominado por el miedo y la desesperación decidió jugárselo todo a una gran batalla naval frente a los triunviros Marco Emilio Lépido y César Octavio, y salió al encuentro de Marco Vipsanio Agripa que comandaba una de las flotas prestas a invadir la Sicilia dominada por Sexto Pompeyo.
 
Las dos flotas se encontraron en Naulochus, Sexto convencido de que, además de la superioridad numérica, también tenía la capacidad. Más de trescientas galeras mandadas y tripuladas soberbiamente, con él al mando. ¿Qué se creía un palurdo de Apulia como Marco Agripa que estaba haciendo para enfrentarse a Sexto Pompeyo, siempre victorioso en el mar durante diez años?.
 
Pero los barcos de Agripa eran más agresivos y estaban armados con su nueva arma secreta. Había tomado un vulgar garfio y lo había convertido en algo que se podía disparar desde una catapulta a mucha mayor distancia que la que se podía conseguir lanzándolo con el brazo. Después, la nave enemiga era arrastrada, al tiempo que se la bombardeaba con dardos, piedras y flechas incendiarias.
 
Mientras ocurría esto, el barco de Agripa miraba de proa y corría a lo largo de la banda del barco enemigo para cortarle los remos. Hecho esto, los marineros saltaban a través de las pasarelas y acababan el proceso matando a todos los que no habían saltado al agua para morir ahogados o ser pescados como prisioneros de guerra. De acuerdo con la manera de pensar de Agripa, los espolones estaban muy bien, pero pocas veces conseguían hundir un barco, y la mayoría conseguía escapar. El harpax cortaba los remos y luego a los marinos, sin duda significaba un pasaporte a la muerte.
 
Agripa obtuvo una fácil y decisiva victoria sobre Sexto Pompeyo, poniendo fin al bloqueo naval controlado por el hijo del difunto Cneo Pompeyo Magno, que impedía el suministro de trigo a Roma sumiéndola en una horrible hambruna.

martes, 9 de abril de 2019

CARTA DEL TRIUNVIRO CÉSAR OCTAVIO AL TRIUNVIRO MARCO ANTONIO PARA DISUADIRLE DE ENTRAR EN ITALIA



 
Mi querido Antonio:

Estamos en un punto muerto ya que mis legionarios rehusan combatir contra los tuyos y los tuyos rehúsan combatir contra los míos. Ellos pertenecen a Roma, dicen, no a cualquier hombre, incluso un triunviro. Los días de las eran de las gratificaciones, dicen, han pasado. Estoy de acuerdo con ellos. Desde Filipos he sabido que no podemos seguir resolviendo nuestras diferencias a través de ir a la guerra el uno contra el otro. Puede que tengamos el imperium maius, pero para poder hacerlo cumplir debemos mandar a soldados dispuestos. Y no lo hacemos.
 
Por lo tanto, propongo, Marco Antonio, que cada uno de nosotros elija a un único hombre como su agente para encontrar una solución a este punto muerto. Como persona neutral a quien ambos consideremos justa e imparcial, ¿podríamos nombrar a Lucio Cocceio Nerva?. Estás en libertad para discutir esta elección y nombrar a otro hombre. Mi agente será Cayo Mecenas, y ni tú ni yo debemos estar presentes en este encuentro. Asistir significaría caldear los ánimos.




domingo, 20 de enero de 2019

CÉSAR OCTAVIO ACUERDA PROSCRIPCIONES PROPUESTAS POR MARCO ANTONIO Y LÉPIDO PARA FINANCIAR EL ESTADO ROMANO Y LAS LEGIONES EN ÉPOCA DE SEQUÍA Y HAMBRUNA



Mi padre Cayo Julio César fue famoso por su clemencia, pero fue su clemencia la que lo mató. La mayoría de sus asesinos eran hombres perdonados. De haberlos matado, no tendríamos necesidad de preocuparnos de Bruto y de Casio, Roma tendría todas las rentas públicas de Oriente y nosotros podríamos navegar con libertad a Euxine para comprar cereales en Cimeria si no encontráramos en ningún otro lugar. Estoy de acuerdo contigo, Marco Antonio. Proscribiremos, exactamente igual que hizo Sila. Una recompensa de un talento por la información que nos aporte un hombre libre o un liberto, una recompensa de medio talento más la libertad para un esclavo. Pero no cometeremos el error de documentar las recompensas. ¿Por qué darle a algún aspirante a tribuno de la plebe la oportunidad de obligarnos a castigar a nuestros informantes?. Las proscripciones de Sila recaudaron dieciséis mil talentos para el Erario. Ése es nuestro objetivo. La proscripción es la única solución. Roma está en bancarrota, y por lo tanto proscribimos. También nos permitirá deshacernos de enemigos, reales o potenciales; todos los que tienen sentimientos republicanos o simpatía por los asesinos de César.






jueves, 10 de enero de 2019

REFLEXIONES DE CÉSAR OCTAVIO TRAS VENCER A CAYO CASIO LONGINO Y A MARCO JUNIO BRUTO EN LA BATALLA DE FILIPOS



Al regresar a Roma, seguiré con el triunvitato.  Yo me quedaré el oeste y le cederé a Antonio Oriente, donde labrará su ruina. Lepido puede quedarse con África y la Domus Publica; él no representa una amenaza para ninguno de los dos. Sí, tengo un sólido grupo de seguidores: Agripa, Estatilio Tauro, Mecenas, Salvidieno, Lucio Cornificio, Titio, Cornelio Galo, los Coceos, Sosio..., el núcleo de una nueva nobleza en expansión. Ése fue el gran error de mi padre el divino Julio. Quería conservar la antigua nobleza, quería que los de su partido llevaran todos los grandes apellidos de abolengo. No pudo establecer su autocracia dentro de un marco claramente democrático. Pero yo no cometeré ese error. Ni mi salud ni mis gustos me empujan al esplendor; nunca alcanzaré su magnificencia cuando se paseaba por el Foro ataviado de pontífice máximo con la corona del valor en la cabeza y aquel inimitable halo de invencibilidad. Las mujeres lo miraban y se derretían. Los hombres lo miraban y su propia inferioridad los corroía, su impotencia los impulsaba al odio.

 

Yo, en cambio, seré su pater familias, un padre amable, firme, afectuoso y sonriente. Les dejaré creer que son ellos mismos quienes gobiernan, y controlaré todas sus palabras y actos. Cambiaré los ladrillos de Roma por mármol. Llenaré los templos de Roma de grandes obras de arte, volveré a pavimentar las calles, engalanaré las plazas, plantaré árboles y construiré baños públicos, procuraré que las gentes del censo por cabezas tengan siempre el estómago lleno y todos los entretenimientos que deseen. Me llevaré el oro de Egipto para revitalizar la economía de Roma, soy muy joven y tengo tiempo para hacerlo.

 

Pero primero debo encontrar la manera de eliminar a Marco Antonio sin asesinarlo ni declararle la guerra. Todo es posible: la solución se esconde en las brumas del tiempo, esperando para manifestarse.


miércoles, 17 de junio de 2015

DECLARACIÓN DE ENEMISTAD POR CARTA, DE PARTE DEL TRIUNVIRO CÉSAR OCTAVIO, CONTRA EL TRIUNVIRO MARCO ANTONIO



Si hacía falta algo más para demostrarme que tú fuiste parte del complot para asesinar a mi divino padre, Antonio, ésta es. De todos los actos infames traicioneros y repugnantes de tu siniestra carrera, éste es el peor. A sabiendas de que estos dos hombres que has contratado a tu servicio, los almirantes Décimo Turullo y Casio Parmensis, son asesinos, los has tomado a tu servicio en lugar de ejecutarlos públicamente. No te mereces ostentar una magistratura romana, ni siquiera de las más bajas. Tú no eres mi compañero, tú eres mi enemigo, de la misma manera que eres enemigo de todos los hombres romanos decentes y honorables. Pagarás por esto, Antonio, lo juro por Divus Julius. Lo pagarás.



martes, 16 de junio de 2015

DISCURSO DEL TRIUNVIRO CÉSAR OCTAVIO ANTE EL SENADO, INFORMANDO SOBRE EL TRIUNVIRO EN ORIENTE MARCO ANTONIO



Senadores, príncipe del Senado, tribunos de la plebe, hoy debo de hablar de los asuntos en Oriente. Esto es, del tema del imperator Marco Antonio. En primer lugar, Roma ha recibido muy poco en tributos de las provincias de Marco Antonio desde que asumió el triunvirato en Oriente. Poco después de Filipos, aproximadamente hace seis años y medio. Que yo, triunviro de Roma, Italia y las islas, acabe de poder reducir algunos impuestos y cancelar otros es mi propio trabajo, sin contribución o ayuda de Marco Antonio. Y antes de que alguien en los bancos de delante o del medio salte para decirme que Marco Antonio donó ciento veinte barcos para la campaña contra Sexto Pompeyo, debo decirles a todos que cobró a Roma por el uso de dichos barcos. ¡Sí, cobró a Roma! ¡Escucho que preguntáis, ¿cuánto? Cuarenta y cuatro mil talentos, padres conscriptos! Una suma que representa el cuarenta por ciento del botín de las arcas de Sexto Pompeyo. Los otros sesenta y seis mil talentos vinieron a Roma, no a mí. Repito, no a mí. Fueron destinados a pagar las enormes deudas públicas y a regularizar la provisión de trigo. ¡Soy el sirviente de Roma y no tengo el deseo de ser el amo de Roma! ¡Me beneficio de aquello donde el beneficio es una costumbre honrada por el tiempo! Aquellos ciento veinte barcos costaron trescientos sesenta y seis talentos cada uno, y fueron prestados por Antonio, no dados. Un quinquerreme nuevo cuesta cien talentos, pero tuvimos que alquilar la flota de Marco Antonio. No había dinero en el tesoro, y no podíamos permitirnos posponer nuestra campaña contra Sexto Pompeyo otro año más. Así que, en nombre de Roma, acepté este chantaje, porque es un chantaje.


Vosotros, los senadores partidarios de Antonio, no os alteréis, estad tranquilos y dejadme que os explique.

Seguramente os estaréis preguntado: ¿ah, pero el tesoro recibió los sesenta y seis mil talentos de plata?. ¡Pues no! ¡Sólo fueron depositados cincuenta mil talentos! ¿Entoncs qué pasó con los otros dieciséis mil? ¿Acaso pensáis que acabaron en mis cofres personales, como si lo hubiera robado?. Pues no . Con ese dinero fueron pagados a las legiones romanas para evitar un grave motín. Un tema que tengo la intención de discutir con los miembros de esta cámara en otra ocasión, porque es algo que debe cesar. Hoy, la cámara discute la administración de Marco Antonio en Oriente. ¡Es un fraude, padres conscriptos! ¡Un fraude! ¡Los magistrados de Roma de mí para abajo no tienen ninguna noticia de las actividades de Antonio en Oriente, como tampoco el tesoro de Roma recibe tributo de Oriente!


Todo en Oriente es un fraude ,incluidas las victorias de Marco Antonio contra los partos. No ha habido ninguna victoria, padres conscriptos. Ninguna en absoluto. En cambio, Antonio ha caído derrotado. Antes de asumir el triunvirato, el palacio de verano del rey de los partos en Ecbatana tenía siete águilas romanas, perdidas cuando Marco Craso y siete legiones fueron exterminadas en Carras. ¡Una vergüenza que todos los verdaderos romanos deploran! La pérdida de una águila significa la pérdida de una legión; en estas circunstancias, el enemigo controla el campo de batalla al acabarse la contienda. Estas siete águilas están allí para vergüenza de Roma, porque eran las únicas que tenía el enemigo. ¡Sí, utilizo el pasado! ¡Con toda intención! Porque en estos seis años y medio durante los cuales Marco Antonio ha gobernado Oriente, otras cuatro de nuestras águilas han ido al palacio de verano en Ecbatana. ¡Perdidas por Marco Antonio! Las dos primeras pertenecían a las dos legiones que Cayo Casio dejó en Siria, a quien Antonio confió la defensa de Siria cuando se marchó a Atenas después de la invasión de los partos. Pero ¿cuál era su deber? Pues permanecer en Siria y expulsar al enemigo. No lo hizo y escapó a Atenas para continuar su disoluto estilo de vida. Mataron a su gobernador, Saxa, y también al hermano de Saxa. ¿Regresó Antonio para vengarlos? ¡No, no lo hizo! Gobernó lo que le quedaba de Oriente desde Atenas, y cuando los partos fueron expulsados, su conquistador, Publio Ventidio, tuvo los honores de un vulgar mulero. Un buen hombre, un soberbio general, un hombre del que Roma puede estar completamente orgullosa. Mientras su jefe descansaba en Atenas y hacía pequeños viajes a través del Adriático para atormentarme, a mí, un compañero, por no conseguir mis objetivos, como habíamos acordado. Pero los he conseguido, y cuando llegó el momento estuve allí en persona. Que confiase el mando de mi campaña a Marco Agripa era puro sentido común. Es mucho mejor general que yo y, sospecho, de lo que es Marco Antonio. Porque yo le di a Marco Agripa vía libre, mientras que Antonio ató a Ventidio de pies y manos. Se le ordenó que mantuviese a los partos contenidos para su jefe para cuando a éste le viniese de gusto mover su pesado culo, ya fuese dentro de cinco meses o cinco años. Por fortuna para Roma, Ventidio no hizo caso de las órdenes y expulsó a los partos. Pero no puedo evitar pensar, padres conscriptos, que si Ventidio hubiese obedecido las órdenes, Antonio habría dirigido las legiones al desastre. Como ahora.


Entiendo vuestra preocupación y asombro ahora en saber esos informes. Los senadores partidarios de Antonio, ¿os dais cuenta de por qué no merece vuestro apoyo?.

-Hay más a decir: el pasado mayo  Antonio dirigió a una poderosa fuerza desde Carana, en la Pequeña Armenia, hacia el este en una larga marcha. Dieciséis legiones romanas (noventa y seis mil hombres) y una fuerza auxiliar de caballería e infantería de sus provincias (otros cincuenta mil) hicieron una pausa en Artaxata, la capital de Armenia, antes de embarcarse en un viaje a través de territorio desconocido guiados por unos armenios en los que confiaba Antonio. Una de las tragedias de mi relato, padres conscriptos, es que Marco Antonio ha demostrado una increíble capacidad para confiar en los hombres equivocados. Sus consejeros protestaron hasta lo indecible, pero Antonio no quiso escuchar sus sabios consejos. Confió en aquellos que no debía confiar, comenzando por el rey de Armenia y luego el rey de Media. Los dos Artavasdes, primero, le taparon los ojos y, después, lo esquilaron. Nuestra pobre oveja Antonio perdió su tren de equipajes, el más grande reunido nunca por un comandante romano, y en el proceso también perdió dos excelentes legiones comandadas por Cayo Oppio Estatiano, de la eminente familia de los banqueros. A Ecbatana fueron otras dos águilas de plata, que sumaron en total cuatro las perdidas por Antonio y once las que adornan el palacio de verano del rey Fraates. ¿Una tragedia? Sí, por supuesto. Pero fue más que eso, padres conscriptos, ¡fue una calamidad! ¿Qué enemigo extranjero va a temer al poder de Roma cuando sus tropas pierden las águilas?. Sé que la mayoria de vosotros, los senadores no conociáis la historia, y los que la conociáis, no habíais escuchado los detalles. Tengo un montón de pruebas a vuestra disposición que lo confirman. Pero dejadme que os continúe explicando.


 Sin su equipo de asedio robado por el rey Artavasdes de Media junto con el resto del equipaje, Marco Antonio permaneció acampado fútilmente delante de la ciudad de Fraaspa durante más de cien días, incapaz de tomarla. Sus grupos forrajeros estaban a merced de los partos que lo acechaban, dirigidos por un tal Monaeses, el parto en quien había confiado totalmente. Cuando llegó el otoño, Antonio no tuvo más alternativa que retirarse. Quinientas millas hasta Artaxata, acosado por Monaeses y su horda parta, que mataban a los retrasados por miles, la mayoría, tropas auxiliares, que no podían marchar al ritmo de una legión romana. Pero un gobernador romano que emplea tropas auxiliares está ligado por el honor a protegerlos como si fuesen romanos, y Antonio los abandonó deliberadamente para salvar a sus legiones.


Quizá yo o Marco Agripa hubiésemos hecho lo mismo en similares circunstancias, pero dudo de que cualquiera de los dos hubiese perdido un tren de equipajes al permitir que se retrasara centenares de millas detrás del ejército.


Se acabó la retirada y el ejército se quedó en un campamento temporal en Carana a finales de noviembre. Antonio, entonces, escapó a un pequeño puerto sirio, Leuke Kome, y dejó a Publio Canidio el encargo de traer las tropas, que estaban necesitadas de auxilio. Algunos perecieron en aquella última marcha debido al terrible frío, muchos perdieron los dedos de las manos y los pies por congelación. De sus ciento cuarenta y cinco mil hombres murieron más de la tercera parte, la mayoría de ellos auxiliares. El honor de Roma quedó manchado, padres conscriptos. Menciono la pérdida de un hombre en particular, un rey nombrado por Marco Antonio: Polemón de Pontus, que contribuyó en gran medida a las victorias de Publio Ventidio y generosamente dio fuerzas a Antonio, incluida su propia persona. Añado que yo, en nombre de Roma, decidí que una pequeña parte del botín de Sexto Pompeyo fuera destinado a rescatar al rey Polemón, que no se merece morir cautivo de los partos. Le costará al tesoro una minucia: veinte talentos.


No, no os pongáis a llorar ahora, senadores. Entiendo que saber esas cosas es una horrible verguenza para Roma, pero permitidme que os continúe explicando.


Dije que el ejército de Antonio necesitaba ayuda con desesperación. Pero ¿a quién se volvió Antonio en busca de auxilio? ¿Dónde fue a buscar ayuda? ¿Os la pidió a vosotros, padres conscriptos? ¿Acaso a mí? ¡No, no lo hizo! ¡Acudió a Cleopatra de Egipto! Una extranjera, una mujer que adora a dioses bestias, una no romana. Sí, envió a buscarla. Y mientras esperaba, ¿informó al Senado y al pueblo de esta desastrosa campaña? ¡No, no lo hizo! Se emborrachó hasta quedar inconsciente durante dos meses, sólo para hacer pausas dornas de veces cada día para correr fuera de su tienda y preguntar: «¿Ya viene?», como un niño pequeño que llama a su mamá. «Quiero a mi mamá», es lo que dijo realmente una y otra vez. «Quiero a mi mamá, quiero a mi mamá.» El pequeño Marco Antonio, triunviro de Oriente.»Y finalmente vino, padres conscriptos del Senado. La Reina de las Bestias vino con comida, vino, médicos, hierbas dadoras, vendas, frutas exóticas, toda la abundancia de Egipto. Y mientras los soldados llegaban a duras penas a Leuke Kome ella los atendió. ¡No en nombre de Roma, sino en el nombre de Egipto! Mientras, Marco Antonio, borracho, ponía su cabeza y lloraba. Sí, lloraba.


Ahora ya os noto furiosos, a vosotros los senadores partidarios de Antonio. Pues no os miento, y aquí en estos documentos tenéis un montón de pruebas para que podáis ver que no os miento.


Quizás os preguntéis si tengo alguna moción que presentar. Pues de momento no la tengo, padres concriptos. He venido hoy a la Curia Hostilia de mi divino padre para relatar una historia, para dejar las cosas bien claras. Lo he dicho muchas veces antes, y lo repito ahora, ¡nunca iré a la guerra contra un romano! Por ninguna razón, ni siquiera por ésta, nunca se me ocurriría pensar en una guerra contra el triunviro Marco Antonio. Que se las componga. Que continúe cometiendo error tras error, hasta que esta cámara decida que, como Marco Lépido, tendría que ser apartado de sus magistraturas y sus provincias. No presentaré ninguna moción al respecto, padres conscriptos, ahora o en el futuro. A menos, claro está, que Marco Antonio rechace su ciudadanía y su tierra natal. Roguemos a Quirino y a Sol Indiges que Marco Antonio nunca haga eso. Hoy no habrá debate. Esta reunión se ha acabado.