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viernes, 30 de diciembre de 2022

UN CICERÓN SOLTERO OPINA SOBRE EL MATRIMONIO



Deseo encontrar a una mujer que me quisiera más que nadie, que cuidara mi nuevo hogar, que vigilara los criados y me diera hijos, una mujer que fuera romana de alta alcurnia. Al final termina siendo muy cansado eso de ir con mujeres al azar, cuyos abrazos no significan nada y cuyos lechos no me proporcionan satisfacción. Estoy cansado de ver continuamente caras nuevas, por bellas e intrigantes que fueran. El amor casual o comprado, no tiene nada de amor. Un hombre necesita una mujer que no quiera más que a él, cuyos brazos sean un refugio para su desaliento, cuya sonrisa proporcione un remedio a su melancolía, cuyos ojos se ensombrezcan de compasión ante sus dolores. No, si bien se mira, no hay sustituto para el matrimonio. 





miércoles, 3 de mayo de 2017

CICERON DICE SOBRE LA VIDA


La vida de un hombre no es más que una larga retirada. Tengo oído que conforme el hombre envejece, el tiempo vuela. No, es que huye ante él. ¿Dónde estaba ayer, el mes anterior, el año pasado, hace cinco años? ¡No lo recuerdo!







miércoles, 12 de abril de 2017

CICERÓN DICE SOBRE LA MUERTE



No esperar nada, no desear nada, no contar con nada: ésa es la única verdadera tranquilidad que realmente podemos conocer. Y como esa tranquilidad sólo puede ser hallada en la muerte, ¡qué hermosa es la muerte! ¡Qué deseable! El crepúsculo es más digno de ser amado que el amanecer, porque el crepúsculo lleva a la noche y a un sueño sin reflexiones, mientras que el amanecer es un embustero que con fragancias, brisas y canciones promete cosas engañosas y todo lo que es falso y conduce al cansancio.









martes, 21 de marzo de 2017

CARTA DE CICERÓN A CÉSAR


«He presenciado augurios que ningún hombre sería capaz de describir, incluso yo, que estoy acostumbrado a expresar por escrito lo que siento. Uno de ellos te concierne a ti, Julio. Todavía estás a tiempo de renunciar a tus sueños de esplendor, de triunfos y conquistas. Sin duda morirás... como ya te lo he advertido antes.»





martes, 14 de marzo de 2017

CARTA DE CICERÓN A CÉSAR


«He presenciado augurios que ningún hombre sería capaz de describir, incluso yo, que estoy acostumbrado a expresar por escrito lo que siento. Uno de ellos te concierne a ti, Julio. Todavía estás a tiempo de renunciar a tus sueños de esplendor, de triunfos y conquistas. Sin duda morirás... como ya te lo he advertido antes.»


domingo, 5 de marzo de 2017

LOS ESCLAVOS DE CICERÓN



Cicerón libertaba a todos los esclavos que llevaban siete años a su servicio. En estos siete años los instruía en el modo de ganarse la vida, educaba a los más inteligentes y los preparaba para que fueran escribas o funcionarios públicos, haciéndoles siempre un buen regalo cuando dejaban su servicio; pero muchos preferían quedarse con él.



CALPURNIA PISONIS PIDE A SU MARIDO CAYO JULIO CÉSAR QUE NO ACUDA AL SENADO EN LOS IDUS DE MARZO


— ¡No vayas hoy a la reunión del Senado. Esta noche he tenido una horrible pesadilla y he soñado que te asesinaban. Julio, si me amas, quédate hoy en casa. Hace días que no te encuentro bien. ¡Julio, no salgas hoy de casa!

 


—Cariño, ¿qué diferencia hay entre hoy y cualquier otro día? Tengo que presentar a la consideración del Senado unos asuntos de importancia. ¡Esos viejos aburridos y estúpidos! No se atreverán a negarme lo que les pido. El pueblo de Roma está conmigo.




miércoles, 1 de marzo de 2017

CICERÓN TESTIGO EN EL ASESINATO DE CAYO JULIO CÉSAR


Los senadores, con sus vestiduras blancas y rojas, se movían con una presteza poco habitual a través de las columnas del Teatro de Pompeyo. No se reunían en la Cámara del Senado porque se esperaba que ésta fuera una sesión monótona y aburrida a la que acudirían pocos. 


Al apearse de su litera, Cicerón vio a Julio César que subía los escalones rodeado de un grupo de amigos. Vio aquel decidido perfil de águila, sus vestiduras púrpura bordadas en oro, su enigmática sonrisa y sus gestos fáciles y elocuentes. No pudo contenerse y le gritó:

 

— ¡Julio! Julio se volvió, lo vio por encima de otras muchas cabezas y le saludó con la mano cariñosamente. Julio penetró en el edificio.

 

—Julio —murmuró Cicerón. No sabía por qué, pero el corazón le había dado un vuelco y en seguida el sol le pareció pálido y frío. El y su hermano Quinto, que iba en silencio, prosiguieron su camino, cruzando entre las blancas columnas mezclados con otros y viendo los reflejos de la luz en el blanco suelo de mármol.

 

El y Quinto no iban muy detrás de Julio, así que tuvieron que detenerse cuando ante ellos hubo un poco de agitación y confusión y se oyeron algunas voces vehementes.

 

— ¿Qué pasa? —preguntó Cicerón a su hermano; pero Quinto miraba fijamente ante él y de repente puso una mano en el brazo de Marco, como sujetándolo. El militar se quedó con la boca abierta, esbozando una horrible sonrisa, mostrando unos dientes relucientes. Cicerón sintió de repente un dolor en su corazón, se sacudió la mano de su hermano y avanzó ligeramente.

 

 — ¡Espera!— le gritó Quinto. Cicerón se adelantó un par de pasos en dirección hacia aquella confusión de cuerpos y voces apasionadas.

 

Entonces vio dagas enrojecidas que se alzaban, reluciendo a la luz del sol. Oyó feroces exclamaciones de victoria. Quinto lo volvió a agarrar del brazo para sujetarlo; pero Cicerón se libró haciendo un esfuerzo y se abrió camino hacia adelante, sintiendo de repente un nudo de sal en su garganta y niebla ante sus ojos. Le pesaban los brazos y las piernas y le pareció que eran de mármol conforme se aproximaba al lugar donde había visto a Julio entre sus amigos. Ahora le rodeaba un horrible estruendo, como de truenos, gritos y exclamaciones. Le empujaron y se tambaleó. Los hombres forcejeaban, agarrándose unos a otros, jadeantes, con ojos relucientes que parecían los de fieras salvajes.

 

 Cicerón llegó al lugar que tanto trabajo le costó alcanzar. Julio César yacía sobre el suelo de mármol en donde se había cubierto el cuerpo con su manto, sangrando por una docena de heridas. Y allá, muriéndose, miraba fijamente a los que le habían asesinado; pero sus ojos velados buscaron tan sólo el rostro de uno y preguntó con un débil susurro:

 
— ¿Tú también, Bruto, hijo mío?

 
 Había caído desplomado al pie de la estatua de Pompeyo. Bruto gritó:

 

 — ¡Así perecen los tiranos! —y alzó su sangrienta daga con un gesto exultante. Cicerón tuvo que apoyarse contra una columna, sofocado y a punto de desvanecerse. A sus pies yacía Julio, con los ojos ya cerrados. Cicerón cayó de rodillas ante el muerto y con un gesto delicado, apartó el manto que medio ocultaba el rostro de la víctima. 


Dejó de oír todo sonido y pareció como si él y Julio estuvieran a solas y fueran de nuevo niños. No vio la sangre, ni la lívida tonalidad que se extendió sobre el rostro orgulloso de Julio, ni la calva cabeza de aspecto tan patético bajo el sol. Vio al pequeño Julio y no a la majestad del César asesinado. Y empezó a llorar.

 

—No quisiste escucharme, mi pequeño compañero de juegos —murmuró—. No, no quisiste escucharme.

 

Alguien lo agarró por un brazo, lo levantó y se lo llevó de allí como si fuera un niño. Era Quinto, que lo empujó hasta su litera. Quinto, jadeante, pero con la fuerza de un Titán. Sus ojos estaban cegados por las lágrimas y no se resistió a su hermano. No veía otra cosa que el rostro del asesinado César y oró por el terrible espíritu que acababa de dejar aquel cuerpo, al que había traído hasta esta dramática cita.


domingo, 19 de febrero de 2017

CICERÓN PERDONADO POR CÉSAR, TRAS VENCER EN FARSALIA, LE PREVIENE SOBRE LA NUEVA SITUACIÓN


Julio, eres como Faetón, que insistió en pedir prestado por un día el carro de Febo, su padre, el dios sol, y fue tan grande la conflagración, que Júpiter castigó a Faetón arrojándolo al mar para salvar al mundo. Yo no sé si tú eres el que profetizaron las Sibilas o será otro que vendrá en otra época del futuro. No soy adivino; pero seguro que acabarás mal si sigues como hasta ahora. Aún hay romanos que aman la República como forma de gobierno, aunque ya no exista. Aún aman a la libertad. Hay un movimiento para poner una corona sobre tu cabeza, Julio, y morirás.

 

RESPUESTA DE CÉSAR:


No eres un verdadero político, Marco. ¿Es que los sufrimientos y el destierro no te han enseñado nada? Ten cuidado, no vaya a ser que tú tengas un fin peor que el mío. Retírate. Escribe. Deja de entrometerte en cosas que no te importan. Ya no eres joven y tienes el cabello casi blanco. Pasa tus últimos días en paz. Dedícate a tus leyes, vive tranquilo. Te doy ese consejo porque te aprecio.



domingo, 15 de enero de 2017

LA MUERTE EN EL CAMPO DE BATALLA DE LUCIO SERGIO CATILINA, FRENTE AL EJÉRCITO DE QUINTO TULIO CICERÓN (HERMANO DEL CÓNSUL MARCO TULIO CICERÓN) Y EL CÓNSUL ANTONIO HIBRIDA (REPRESENTADO POR SU LEGADO PETREYO)


El ejército de Catilina se detuvo bruscamente y sus componentes alzaron las miradas para ver la oleada reluciente que se precipitaba hacia ellos y sus filas se agitaron, aunque no se rompieron. Eran millares de hombres valientes, que habían conocido muchas veces antes el combate y que se sabían mandados por valientes. Hasta la vil gentuza de Roma que formaba una parte de aquel ejército y era la peor equipada, sentía la tremenda excitación que se siente al ver aproximarse el combate y la muerte. Apretaron sus filas y corrieron para salir al encuentro del ejército romano, yendo al frente de ellos Catilina montado en su caballo negro, al que había espoleado furiosamente. Como si la propia naturaleza quisiera participar en el combate, el sol pareció agrandarse y volverse insoportablemente brillante y hacer que las colinas nevadas semejaran de fuego blanco, mientras que el negruzco riachuelo tronaba y golpeaba sus heladas riberas.

 

El choque de los dos ejércitos fue terrible y su estruendo fue devuelto por el eco de las montañas, mientras que la tierra temblaba. Los caballos se precipitaban contra otros caballos, los hombres contra otros hombres, Catilina no contaba con carros de guerra y los carros romanos giraron, se revolvieron y traquetearon en medio de las filas enemigas. El sol lanzó destellos en las espadas que entrechocaban, en el remolino de lanzas. Los hombres caían de las sillas de montar manchando la nieve de sangre.

 

Los caballos se retorcían en su agonía. Las armas chocaban contra los escudos. Rostros horribles miraban por debajo de los cascos y por todas partes se oían gritos y gemidos, el roce de ruedas, la rotura de ejes, los golpes sordos de cuerpos con armaduras que entrechocaban. Lo que había sido una llanura tranquila y pacífica, cruzada por un río, era ahora el sangriento escenario de una matanza bajo un pálido sol indiferente. De las colinas venía el eco de mil estruendos diferentes, como si ejércitos invisibles del Hades hubieran acudido para participar en la batalla.

 

Ahora no había más que una enorme y llameante confusión en la que se mezclaban los estandartes, mientras entrechocaban las espadas y golpeaban las lanzas y los escudos eran elevados sobre la masa de los atacantes y los atacados. Quinto no se encontró más que con hombres que le desafiaban y fue acabando con ellos uno a uno, derribándolos de sus caballos o inclinándose para atacar a los que iban a pie. A pesar de que el día era muy frío, el sudor le corría por la cara.

 

Se sujetaba al caballo con las rodillas apretadas, de modo que pudiera tener ambas manos libres y lograba maniobrar a su caballo con fuertes movimientos de presión de aquéllas. Los dientes le brillaban bajo aquella luz feroz, mientras jadeaba y respiraba entrecortadamente. Perdió toda noción de tiempo, de muerte o de sonidos. Y conforme los hombres se enfrentaban a él, uno a uno los iba matando.

 

El encuentro fue relativamente corto. Los hombres de Catilina lucharon como leones, incluso aquellos individuos considerados como «gentuza», porque nadie esperaba dar ni recibir cuartel ni hacer prisioneros. La Muerte sería la única victoriosa. Los romanos luchaban concienzudos y con mayor tenacidad, sintiendo un enorme desprecio contra el enemigo con el que se enfrentaban. Lo que más aborrecían en un hombre es que fuera traidor, porque ante todo eran soldados y los soldados aman a su país. Millares de enemigos eran etruscos, a los que los romanos no consideraban como itálicos. Los romanos tenían una nación que defender; pero incluso los más valientes de entre sus enemigos no tenían otra cosa que defender más que a sí mismos.

 

Quinto no hacía más que clavar su espada en carne, desclavar y volver a clavar, hasta que la sangre le empezó a correr por el brazo y le salpicó la armadura, túnica, polainas y botas. Su caballo estaba herido; pero se portó igualmente con valentía. Tenía una profunda herida en un muslo y la cara le sangraba; pero no sentía otra cosa más que el ansia de la batalla. Quinto maniobraba con él, haciéndole saltar y abrirse camino a través de la muralla de cuerpos que se le oponía. Su brazo jamás se cansaba. También sus camaradas se mostraron muy valerosos, apresurándose en torno suyo, palpitando, gimiendo, gritando, maldiciendo y jadeando.

 

 Oficiales y soldados se mezclaban juntos en una falange de hierro que hacía retroceder implacablemente al ejército de Catilina, centenares de cuyos hombres cayeron en el río, ahogándose e interceptando la corriente con sus cadáveres. Las trompetas resonaron repetidamente con su estruendo metálico; los tambores redoblaron ordenando nuevas cargas de la caballería o la reagrupación de las fuerzas. Y los carros de guerra de los romanos, yendo en formación, pasaban aplastando una y otra vez, chapoteando en la nieve mezclada con sangre.

 

De repente, el encuentro terminó tan rápidamente como había comenzado. Jadeante y mirando en torno suyo, Quinto se puso a buscar a Petreyo, sin que lograra verle. Ante él había un montón de cadáveres y de cuerpos que yacían agonizantes, piernas contra brazos, caras contra pies. Los romanos, que en su furiosa persecución se habían dispersado, se dirigieron al centro para congregarse de nuevo y matar a los últimos enemigos que quedaban y que trataban de escapar.

 

 En ambos bandos la carnicería había sido terrible y los romanos se apeaban de sus caballos para abrazar y consolar a sus carneradas agonizantes o para arrodillarse en la nieve empapada de sangre, para llorar a algún hermano o alzar alguna visera. Los carros de guerra chirriaron al hacer alto. Entre la confusión se alzaba el humeante aliento de miles de caballos, que permanecían temblando y con las cabezas gachas. Las colinas iluminadas por el sol contemplaron implacables la carnicería y ellas mismas se coronaron de fuego.

 

Quinto se dio de repente cuenta de que estaba muy cansado. Los oficiales se acercaron a él montados en sus caballos, para hablarle; pero él sólo pudo afirmar o negar con la cabeza, porque le parecía como si se hubiera vuelto sordo. Se apartó un poco de ellos, para enjugarse su rostro sudoroso y para llevarse la mano a una herida. Fue entonces cuando vio a Catilina tirado en el suelo, rodeado de un círculo de cadáveres de los suyos, en un charco de su propia sangre.

 

Quinto, temblando como si tuviera fiebre, se apeó lentamente de su caballo y con paso torpe se dirigió hacia el caído, cuya mano aún se aferraba a la espada. El casco se había caído de su noble cabeza y un soplo de brisa agitó su negra cabellera ya algo canosa.

 

 El rostro de Catilina tenía la palidez de la muerte; aquel mismo rostro que habla seducido a Fabia y a tantas otras mujeres en el curso de su vida y que había despertado la admiración de tantos hombres que le siguieron hasta este violento final con su trascendental cita con la muerte. Sus ojos, aquellos ojos azules que habían aterrorizado y fascinado a tantos, miraban ahora al cielo sin ver. Quinto cayó de rodillas al lado de su caído enemigo y se lo quedó mirando atónito y en silencio se enjugó el sudor de sus ojos con el dorso de su mano manchada de sangre.

 

Uno de los enemigos más temibles que Roma había conocido yacía allí de espaldas y miraba al sol, destruido al final por la locura, el odio, la ambición y la codicia, caído al final por su propia voluntad. Quinto se inclinó sobre él y su aliento formó una nubecilla ante su cara. Lo apartó en silencio con un gesto de la mano, como si fuera un intruso y no su propia respiración. De pronto tuvo un sobresalto y se estremeció, porque los ojos de Catilina que parecían contemplar el sol, se habían vuelto para mirarle. Aquel azul intenso se estaba poniendo descolorido, como si se estuviera helando; pero aquella alma salvaje aún luchaba con ímpetu para ver detrás del velo que la muerte estaba dejando caer sobre sus ojos.

 

Los párpados se cerraron sobre los ojos glaucos, el moribundo se estremeció convulso y su cuerpo se estiró y se puso rígido mientras su espalda se arqueaba. Entonces, con un sordo crujido, el cuerpo revestido de armadura se desplomó en el suelo y allá se quedó quieto, como encogido y consumido y el alma que lo había animado lo abandonó, dejándolo al final en paz. La espada se le escapó de entre los dedos; aquella espada corta romana que él había llevado con honor y deshonor.

 


Se quedó mirando a la mano yerta que aún no había soltado y vio que algo brillaba en un dedo. Era el anillo en forma de serpientes de aquella temible sociedad secreta. Quinto retrocedió. Y luego, con un esfuerzo de voluntad, quitó aquel anillo del dedo y se lo metió en su bolsillo, incorporándose penosamente y mirando en torno suyo como aturdido, costándole permanecer de pie. Vio un estandarte romano tirado en el suelo, estaba empapado de sangre, manchado y desgarrado. Con un esfuerzo sobrehumano se dirigió hacia él, lo levantó del suelo y le pareció que estaba levantando hierro y no tela. Lo alzó todo lo alto que pudo y andando torpemente regresó donde estaba Catilina, cubriendo su majestuoso cuerpo con él, para ocultarlo a la vista y al desprecio de los cielos, las burlas de los hombres y la amarga intemperie. Porque al final, Catilina no había muerto sin gloria.