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miércoles, 17 de julio de 2019

SILA ANUNCIA AL SENADO QUE DEJARÁ EL CARGO DE DICTADOR



Bien, padres conscriptos, básicamente está todo hecho. Era mi intención declarada volver a poner a Roma en pie y decretar nuevas leyes que correspondiesen a las necesidades del mos maiorum. Y eso he hecho. Pero continuaré en el cargo de dictador hasta julio, cuando se celebrarán las elecciones para las magistraturas del año que viene. Ya lo sabíais. Empero, creo que algunos de vosotros os negáis a creer que un hombre dotado de tal poder se avenga a cederlo. Por ello, os repito que dejaré el cargo de dictador tras las elecciones de julio. Esto significa que los magistrados del año que viene serán los últimos elegidos personalmente por mí. En años venideros habrá elecciones libres, abiertas a cuantos candidatos se presenten. Hay quienes no han cesado de desaprobar que el dictador elija los magistrados y ponga únicamente a votación el mismo número de nombres como cargos hay, pero, como yo siempre he sostenido, el dictador debe trabajar con hombres que estén dispuestos a apoyarle incondicionalmente. No se puede confiar en que el electorado escoja a los mejores, ni siquiera a los que merecen y les corresponde el cargo por su categoría y experiencia. Así pues, como dictador he podido tener la seguridad de que me rodeaba de los que yo deseaba y para quienes el cargo era un derecho moral y ético. Como es el caso del ausente pontífice máximo, mi querido Quinto Cecilio Metelo Pío, que sigue gozando de mi favor y está ya camino de la Hispania Ulterior para enfrentarse al criminal proscrito Quinto Sertorio.



domingo, 28 de abril de 2019

EL DICTADOR SILA DICE SOBRE FAVORECER A LOS PATRICIOS



Desde los siglos transcurridos desde la primera sublevación plebeya, la categoría de patricio ha ido perdiendo relevancia. La única ventaja que posee un patricio es que puede acceder a cargos religiosos vedados a un plebeyo. Y no considero que esta situación corresponda al mos maiorum tradicional. Los patricios proceden por limpio linaje de la época anterior a los reyes; y el simple hecho de que existan demuestra que sus familias han servido a Roma desde hace más de quinientos años. Por lo tanto, creo que es justo a tenor de ello que los patricios gocen de algún honor particular, secundario quizá, pero exclusivo. Por consiguiente, voy a permitir que los patricios puedan acceder al cargo curul de pretor o cónsul dos años antes que los plebeyos.



lunes, 22 de abril de 2019

CÉSAR OCTAVIO DICE SOBRE UN NUEVO MOS MAIORUM (LA MANERA ROMANA COMO SIEMPRE SE HABÍAN HECHO LAS COSAS -LA CONSTITUCIÓN ROMANA NO ESCRITA-)



Ahora es el momento para una estructura política diferente, una más adecuada para gobernar un gran imperio. ¿Puedo yo, César Divi Filius, permitir verme secuestrado por un puñado de hombres decididos a arrebatarme mi poder político?. Divus Julius permitió que eso le ocurriese, tuvo que cruzar el Rubicón en un acto de rebeldía para salvarse. Pero un buen mos maiorum nunca hubiese permitido que los Cato Uticenses, los Marcelo y los Pompeyo empujasen a mi divino padre a estar fuera de la ley. Un buen mos maiorum lo hubiese protegido, porque no había hecho nada que aquel sapo orgulloso de Pompeyo Magno no hubiese hecho una docena de veces. Era el caso clásico de una ley para ese hombre, Pompeyo, pero otra ley para aquel otro hombre, César. A César se le había partido el corazón ante la mancha en su honor, de la misma manera que se le había roto cuando la Novena y la Décima se amotinaron. Ninguna de estas cosas hubiese ocurrido de haber mantenido un ojo más atento y un mayor control, sobre todo, desde sus locos oponentes políticos hasta sus inquietos parientes. ¡Bueno, eso no va a ocurrirme a mí!. Voy a cambiar el mos maiorum y la manera de gobernar Roma para que se acomode a mí y a mis necesidades. No me veré declarado fuera de la ley. No libraré una guerra civil. Lo que deba hacer lo haré legalmente.


domingo, 18 de noviembre de 2018

DISCURSO DEL DICTADOR CÉSAR EN EL SENADO NEGÁNDOSE A ACEPTAR HONORES Y A SER REY DE ROMA



Honorable cónsul inferior, cónsules, pretores, ediles, tribunos de la plebe y padres conscriptos del Senado, os he convocado para informaros de que esos honores que insistís en otorgarme deben cesar de inmediato. Está bien que el dictador de Roma reciba ciertos honores, pero únicamente los honores apropiados para un hombre. ¡Un hombre!. Un miembro corriente de la gens humana, no un dios ni un rey. Hoy algunos de vosotros me habéis presentado unos honores que infringen nuestro mos maiorum y a nivel público me parecen de extremado mal gusto. Nuestras leyes están grabadas en bronce, no en plata, y de bronce deberán ser todas las leyes. Las vuestras eran de plata con inscripciones de oro, dos metales preciosos que tienen otros usos mucho más adecuados que las placas de leyes. He ordenado que las destruyan y que el metal sea devuelto al Erario.

 

Padres conscriptos, quiero advertiros que estas señales ridículas de adulación deben terminar. No las he pedido, no las deseo y no pienso aceptarlas. Éste es mi dictado y será obedecido. ¡Esta Cámara no aprobará ningún decreto que pueda interpretarse como un intento para coronarme rey de Roma!. Tal título fue abrogado cuando nació la República, es un título aborrecible. ¡Yo no necesito ser rey de Roma!. Soy el dictador de Roma, legalmente nombrado, y eso es todo lo que voy a ser.

 

Y que lleve las botas escarlata de los reyes no quiere decir que pretenda ser Rey de Roma. Las llevo sencillamente porque me abrigan más las piernas. Como sacerdote de Júpiter Lacial, tengo derecho a llevar las botas sacerdotales. Y no voy a aceptar falsas suposiciones sobre esta premisa.

 

Eso es todo lo que tenía que decir sobre la cuestión de los honores. Sin embargo, para subrayar mi intención, para demostraros a todos de forma concluyente que no soy más que un hombre, un romano, y no deseo absolutamente nada más de lo que mi rango me otorga, ahora mismo voy a despedir a mis veinticuatro lictores. Los reyes necesitan guardaespaldas y los lictores de un magistrado curul representan el equivalente republicano de los guardaespaldas. Por lo tanto, voy a desplazarme a mis asuntos oficiales sin ellos siempre que esté dentro de un radio de dos kilómetros de Roma.

 

Voy a ordenar al jefe de los lictores que se lleve a sus  hombres al colegio de lictores. Cuando los necesite se lo comunicaré. No puedo despedir a los propios lictores es ilegal, pero si prescindir de ellos cuando lo desee. No son las fasces ni quienes las portan quienes dan poder a un magistrado curul. Ese poder reside en la lex curiata. Hoy es un día laborable, así que id a atender vuestros asuntos. Pero recordad lo que he dicho. En ninguna circunstancia aceptaré la idea de dirigir Roma como rey. Rex es una palabra, nada más. César no necesita ser Rex. Ser César es suficiente.


martes, 6 de noviembre de 2018

EL LEGADO SILA DICE AL CÓNSUL LUCIO JULIO CÉSAR SOBRE LA GUERRA MÁRSICA


 
Sé que venceremos.¡Créeme, Lucio Julio, venceremos! Mira, esto no es como las elecciones. En las elecciones, los primeros votos son reflejo del resultado final, pero en la guerra, la victoria es finalmente para el bando que no cede. Los itálicos dicen que luchan por su libertad. A primera vista no puede haber mejor motivación, pero no es así, porque es algo intangible, un simple concepto, Lucio Julio, y nada más. Mientras que Roma lucha por su supervivencia. Y por eso vencerá. Los itálicos no luchan a vida o muerte igual que nosotros. Ya conocen una vida a la que están acostumbrados hace muchas generaciones. Puede que no sea la ideal, que no sea la que desean; pero es tangible. ¡Aguarda, Lucio Julio, y ya verás que cuando los itálicos se cansen de luchar por un sueño, la situación se volverá en su contra!. Ellos no son una entidad. No tienen una historia y una tradición como nosotros. ¡Carecen de mos maiorum!. Roma es real. Italia es una entelequia.
 
¡Te digo que oigo aletear a la Victoria a nuestro alrededor!. Haremos polvo a los itálicos. Pueden vencernos en una batalla o dos, pero no pueden ganar la guerra. ¡No puede nadie!. Roma es Roma, poderosa y eterna. ¡Yo creo en Roma!


domingo, 5 de julio de 2015

DISCURSO DEL DICTADOR CAYO JULIO CÉSAR EN EL SENADO, RECHAZANDO PROPUESTAS DE DIVERSOS HONORES Y LA OFERTA DE SER REY DE ROMA


 

Honorables cónsules, pretores, ediles, tribunos de la plebe y padres conscriptos del Senado, ¡no quiero ser Rey de Roma, ni nada parecido!.  Os he convocado para informaros de que esos honores que insistís en otorgarme deben cesar de inmediato. Está bien que el dictador de Roma reciba ciertos honores, pero únicamente los honores apropiados para un hombre. ¡Un hombre! Un miembro corriente de la gens humana, no un dios ni un rey. Hoy algunos de vosotros me habéis presentado unos honores que infringen nuestro mos maiorum y a nivel público me parecen de extremado mal gusto. Nuestras leyes están grabadas en bronce, no en plata, y de bronce deberán ser todas las leyes. Las vuestras eran de plata con inscripciones de oro, dos metales preciosos que tienen otros usos mucho más adecuados que las placas de leyes. He ordenado que las destruyan y que el metal sea devuelto al Erario.

 

Padres conscriptos, quiero advertiros que estas señales ridículas de adulación deben terminar. No las he pedido, no las deseo y no pienso aceptarlas. Éste es mi dictado y será obedecido. ¡Esta Cámara no aprobará ningún decreto que pueda interpretarse como un intento para coronarme rey de Roma! Tal título fue abrogado cuando nació la República, es un título aborrecible. ¡Yo no necesito ser rey de Roma! Soy el dictador de Roma, legalmente nombrado, y eso es todo lo que voy a ser.

 

Eso es todo lo que tenía que decir sobre la cuestión de los honores. Sin embargo, para subrayar mi intención, para demostraros a todos de forma concluyente que no soy más que un hombre, un romano, y no deseo absolutamente nada más de lo que mi rango me otorga, ahora mismo voy a despedir a mis veinticuatro lictores. Los reyes necesitan guardaespaldas y los lictores de un magistrado curul representan el equivalente republicano de los guardaespaldas. Por lo tanto, voy a desplazarme a mis asuntos oficiales sin ellos siempre que esté dentro de un radio de dos kilómetros de Roma.

 

Ya sé que pensaréis que despedir a los propios lictores es ilegal. Pero no son las fasces ni quienes las portan quienes dan poder a un magistrado curul. Ese poder reside en la lex curiata. Hoy es un día laborable, así que id a atender vuestros asuntos. Pero recordad lo que he dicho. En ninguna circunstancia aceptaré la idea de dirigir Roma como rey. Rex es una palabra, nada más. César no necesita ser Rex. Ser César es suficiente. Gracias.



sábado, 4 de julio de 2015

MARCO TULIO CICERÓN, DECÍA SOBRE EL DIFUNTO MARCO PORCIO CATÓN, EN SU LIBRO "EL CATÓN":





Catón era el romano más noble que había existido, el servidor más leal y más firme de la extinta República, el enemigo de todos los tiranos como César, el permanente protector del mos maiorum, el héroe incluso en la muerte, el perfecto marido y padre, el orador brillante, el frugal dueño de sus apetitos físicos, el verdadero estoico hasta el final, y muchas cosas más.


jueves, 4 de junio de 2015

CÉSAR, COMO SILA, DICTADOR DE ROMA



¿César o Sila?. En las balanzas de los dioses estaba cuál de los dos había pasado mayores dificultades para alcanzar el lugar que por méritos corresponde al Primer Hombre de Roma, el Primer Ciudadano de Roma. La diferencia era escasa: un pelo, una fibra. Los dos se habían visto obligados a preservar su dignitas -su parte de fama pública, de posición y valía marchando sobre Roma. Los dos habían llegado a dictador, el único cargo por encima del proceso democrático o exento de acusaciones futuras. La diferencia entre ellos estribaba en cómo se habían comportado tras su nombramiento: Sila había proscrito, había llenado las arcas vacías del tesoro matando a los comerciantes y senadores ricos y confiscando sus bienes; César había preferido la clemencia, perdonaba a sus enemigos y permitía a la mayoría de ellos conservar sus propiedades.


Los boni habían forzado a César a marchar sobre Roma. Con plena conciencia, con deliberación -e incluso con entusiasmo-, habían empujado a Roma a una guerra civil por no conceder a César ni un ápice de lo que habían dado a Pompeyo Magno a cambio de nada, a saber, el derecho a presentarse a la elección a cónsul sin necesidad de aparecer en persona en la ciudad. En cuanto un hombre con poderes cruzaba los límites sagrados de la ciudad, perdía esos poderes y podía ser procesado en los tribunales. Y los boni habían inducido a los tribunales a condenar a César por traición en cuanto renunciara a los poderes de gobernador a fin de aspirar a un segundo consulado, absolutamente legítimo. Había solicitado que le permitieran presentarse in absentia, una petición razonable, pero los boni lo habían vetado y habían obstaculizado todos sus intentos por llegar a un acuerdo. Cuando todo lo demás falló, César emuló a Sila y marchó sobre Roma. No para conservar la cabeza, que nunca había corrido peligro. La sentencia en un tribunal plagado de adláteres de los boni habría sido el exilio perpetuo, un destino peor que la muerte.


¿Era traición aprobar leyes que distribuían las tierras públicas de Roma de manera más equitativa? ¿Traición, aprobar leyes para evitar que los gobernadores expoliaran sus provincias? ¿Traición, trasladar las fronteras del mundo romano a un límite natural a lo largo del río Rin y proteger así Italia y el Mare Nostrum de los germanos? ¿Eran éstas traiciones? ¿Había traicionado
César a su país al aprobar estas leyes?


Para los boni, sí, eso había hecho. ¿Por qué? ¿Cómo era posible? Porque para los boni tales leyes y medidas representaban una ofensa contra el mos maiorum, el modo en que funcionaba Roma según la tradición y las costumbres. Las leyes y medidas de César cambiaron lo que Roma siempre había sido. Poco importaba que los cambios fueran por el bien común, por la seguridad de Roma, por la felicidad y prosperidad no sólo de todos los romanos sino también de los súbditos de las provincias: no eran leyes y medidas en consonancia con las costumbres arraigadas, las costumbres que habían sido apropiadas para una pequeña ciudad situada en las rutas de la sal de la Italia central hacía seiscientos años. ¿Por qué no se daban cuenta los boni de que las antiguas costumbres no eran ya útiles para la única gran potencia al oeste del río Éufrates? Roma había heredado todo el mundo occidental, y sin embargo algunos de sus gobernantes vivían aún en los tiempos de la inicial ciudad-estado.


Para los boni, el cambio era el enemigo, y César era el más brillante servidor del enemigo que jamás había existido. Como Catón solía proclamar desde la tribuna del Foro romano, César era la encarnación de la más pura maldad. Y todo porque César tenía una mente lo bastante lúcida y perspicaz para saber que a menos que se produjeran los cambios adecuados, Roma perecería, acabaría envuelta en hediondos andrajos sólo apropiados para un leproso.


Así que allí, en aquella nave, estaba el dictador César, soberano del mundo. Él, que nunca había deseado nada más que lo que le pertenecía: ser elegido legítimo cónsul por segunda vez diez años después de su primer consulado, tal como estipulaba la lex Genucia. Después de ese segundo consulado, planeaba convertirse en un anciano hombre de estado más sensato y eficiente que aquel individuo vacilante y timorato, Cicerón. Aceptar una misión senatorial de vez en cuando para mandar un ejército al servicio de Roma como sólo César sabía hacerlo. Pero ¿terminar gobernando el mundo? Ésa era una tragedia digna de Esquilo o Sófocles.

( c. mCc. )




LOS SOBORNOS POLÍTICOS EN ROMA





Era cosa frecuente entre los más ricos comprar políticos ( senadores, tribunos de la plebe, etc..) para que procuraran por sus intereses, a cambio de importantes sumas de dinero .Una de las normas más rigurosas de la conducta política romana era el código que gobernaba a aquellos que aceptaban sobornos. Una vez que se compraba a un hombre, comprado quedaba. Porque el deshonor no estaba en que lo compraran, sino en no permanecer comprado. En la antigua Roma, un hombre que aceptaba un soborno y luego faltaba a su palabra se convertía en un marginado social de entonces en adelante.



sábado, 24 de enero de 2015

BREVE CARTA DE LUCIO CORNELIO SILA, A CNEO POMPEYO MAGNO


Me apena, Cneo Pompeyo, verme obligado por decisión del Senado a enviarte a tu primo Rufo en estas circunstancias. Nadie aprecia mejor que yo los numerosos servicios que has rendido a Roma. Y nadie sabe mejor que yo que puedes rendirle a Roma otro gran servicio de indecible importancia para nuestras carreras.


Nuestro mutuo colega, Quinto Pompeyo, es un hombre muy afectado. Desde la muerte de su hijo -mi yerno y padre de mis dos nietos- nuestro pobre amigo ha experimentado un alarmante decaimiento. Como su presencia en Roma es un grave inconveniente, me he visto obligado a enviarle fuera. Sucede que no se aviene a aprobar las medidas que me he visto obligado - obligado, repito- a adoptar en defensa del mos maiorum.

 

Como sé, Cneo Pompeyo, que tú apruebas plenamente estas medidas, dado que te he mantenido informado y nos hemos comunicado asiduamente, considero muy sinceramente que Quinto Pompeyo necesita urgentemente un prolongado descanso. Y espero que lo tenga ahí en Umbría a tu lado.


Espero que me perdones por haberle contado a Quinto Pompeyo tus fervientes deseos de ser relevado del mando antes de licenciar a tus tropas. Para él ha sido un desahogo saber que le recibirías con los brazos abiertos.

( C. McC. )



miércoles, 31 de diciembre de 2014

REFLEXIÓN DE LUCIO CORNELIO SILA EXPUESTA A LUCIO JULIO CÉSAR SOBRE LAS REVUELTAS ITÁLICAS CONTRA ROMA




Sé que venceremos. ¡Créeme, Lucio Julio, venceremos! Mira, esto no es como las elecciones. En las elecciones, los primeros votos son reflejo del resultado final, pero en la guerra, la victoria es finalmente para el bando que no cede. Los itálicos dicen que luchan por su libertad. A primera vista no puede haber mejor motivación, pero no es así, porque es algo intangible, un simple concepto, Lucio Julio, y nada más. Mientras que Roma lucha por su supervivencia. Y por eso vencerá. Los itálicos no luchan a vida o muerte igual que nosotros. Ya conocen una vida a la que están acostumbrados hace muchas generaciones. Puede que no sea la ideal, que no sea la que desean; pero es tangible. ¡Aguarda, Lucio Julio, y ya verás que cuando los itálicos se cansen de luchar por un sueño, la situación se volverá en su contra! Ellos no son una entidad. No tienen una historia y una tradición como nosotros. ¡Carecen de mos maiorum! Roma es real. Italia es una entelequia.





jueves, 11 de diciembre de 2014

GUERRA CIVIL ENTRE LOS CONSULARES SILA Y CARBÓN




Sila propugnaba el mos maiorum, aquellas costumbres ancestrales consagradas por la tradición que designaban a la aristocracia terrateniente como dirigente tanto en la paz como en la guerra, mientras que Carbón era partidario de la hegemonía del comercio y los negocios, de la gestión de los caballeros y de los tribuni aerarii. Como ninguno de los dos bandos se avenía a compartir el poder, uno de los dos había de obtener la hegemonía mediante otra guerra civil de romanos contra romanos.