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lunes, 26 de diciembre de 2022

QUINTO SERTORIO

 




Quinto Sertorio era familiar de Cayo Mario, y nació alrededor` del 120 a.C. 


Fue uno de los grandes mariscales de Mario. Tras la muerte de éste, en el 86 a.C, se enfrentó a Sila. En el 83 a.C. fue nombrado gobernador de toda Hispania, pero fue expulsado por dictado de Sila y tuvo que refugiarse en Mauritania; más tarde, los lusitanos, que le tenían gran aprecio, le invitaron a volver.


De regreso en Hispania, forzó su secesión de Roma y estableció su propio «Senado y pueblo», en el que se daba prioridad a los nativos hispanos, aunque también intentó atraer a los romanos
contrarios a Roma a su redil.



Era tal su genio militar que derrotó a varios generales romanos, incluido el joven Pompeyo Magno, al que humilló en el campo de batalla entre el 76 y el 72 a.C. 


Ese mismo año, el desesperado Pompeyo puso precio a su cabeza, y Sertorio fue asesinado por un compatriota, Perpenna. Se dice que Sertorio poseía una magia animal.



viernes, 23 de diciembre de 2016

LA CABEZA DE POMPEYO EL GRANDE



Unos días antes de que César desembarcara en Egipto, la pequeña flotilla de Pompeyo había llegado a Pelusio. Allí ancló a cierta distancia de la orilla, pues en aquella costa tan lisa las aguas eran poco profundas y las naves se embarrancaban con facilidad. Tenían a la vista el campamento de Ptolomeo, acuartelado en la frontera para impedir la invasión del ejército de su hermana Cleopatra. Pompeyo envió un bote con una carta, recordando al joven rey la amistad que le unía con su padre y pidiéndole audiencia.

Cuando supieron que Pompeyo el Grande estaba tan cerca, el rey y sus tres principales consejeros se reunieron para deliberar. Las noticias de la victoria de César en Farsalia ya habían llegado a Egipto. ¿Qué debían hacer? Si ayudaban a Pompeyo y este se recuperaba de su derrota, conociendo cómo había actuado en el resto de Oriente era de suponer que intentaría conquistar Egipto y quitarles a ellos el poder. Y si Pompeyo perdía de nuevo en la guerra contra César, sería este quien querría vengarse de todos aquellos que le hubieran prestado auxilio.

La mejor opción parecía congraciarse con César, el vencedor, librándolo de su mayor enemigo. Pompeyo quedó condenado con una frase lapidaria del retórico Teódoto: «Los hombres muertos no muerden». Ptolomeo hizo enviar una barcaza para recoger a Pompeyo. En ella viajaban el general Aquilas y dos oficiales gabinianos que habían servido en la campaña de Oriente, llamados Septimio y Salvio.

Desde la barcaza, Septimio saludó a Pompeyo como imperator para ganarse su confianza. Luego le explicó que si quería ver al rey debía subir a bordo de esa pequeña embarcación, ya que en la orilla apenas había fondo para un trirreme. Pompeyo, aunque no estaba demasiado convencido, decidió seguir las instrucciones. Cuando su esposa Cornelia le pidió que no fuera con aquellos hombres, él respondió citando los versos de una tragedia perdida de Sófocles: «Cuando un hombre se acoge a la protección de un tirano, en esclavo se convierte aunque como hombre libre haya llegado» (Plutarco, Pompeyo, 78).

Apenas se habían alejado unos metros del trirreme cuando Aquilas y Septimio mataron a Pompeyo con sus espadas. El asesinato lo contemplaron los soldados del rey Ptolomeo, que formaban en la playa, y también su esposa Cornelia y su hijo Sexto desde la cubierta del barco. Para no sufrir el mismo destino que Pompeyo, decidieron alejarse de la costa con toda la flotilla.

Al día siguiente, Pompeyo habría cumplido cincuenta y nueve años. Aquilas hizo que le cortaran la cabeza, lo único que le interesaba junto con el sello que llevaba su nombre. El cuerpo lo abandonaron en la playa, desnudo. Su liberto Filipo, que lo había acompañado en la barcaza, utilizó las tablas semipodridas de un bote abandonado para improvisar una pira funeraria y después guardó las cenizas en una urna. Con el tiempo, merced a César, las cenizas le llegaron a su viuda Cornelia, que las enterró en su villa de los montes Albanos.

De esta manera tan indigna acabó quien había sido durante un tiempo el hombre más poderoso de Roma y de todo el Mediterráneo. Había empezado su carrera siendo vanidoso y cruel, y aunque su temperamento se suavizó con la edad no perdió nunca la vanidad, un defecto que lo hacía demasiado fácil de manipular. En el campo de batalla no era un general tan brillante como su enemigo Sertorio o como el hombre que acabó eclipsándolo, César; pero había aprendido a conocer sus limitaciones y poseía un gran talento como organizador. De no haber sentido tal complejo ante los optimates cuya amistad tanto ansiaba, quizá no les habría hecho caso, no habría librado aquella batalla que no quería luchar y la historia de Roma y del mundo habrían cambiado.

Pocos días después del asesinato de Pompeyo, y ya cuando César desembarcó en Egipto, se presentaron ante él el eunuco Potino y el rétor Teódoto. Traían un regalo de buena voluntad de parte de Ptolomeo XIII para el cónsul de Roma, explicaron. Cuando César abrió la vasija que contenía aquel obsequio, descubrió con horror que se trataba de una cabeza humana. Era la de Pompeyo.


 Al contemplar el macabro presente que le entregaba Teódoto, César apartó la cabeza. También le entregaron el anillo de Pompeyo, cuyo sello representaba a un león agarrando una espada entre sus zarpas. Según se cuenta, César lloró al verlo. No tenía por qué ser un gesto teatral: la relación personal entre ambos nunca había sido mala y los antiguos no consideraban que hubiera que reprimir ciertas efusiones. Políticamente, no está claro que a César le conviniera la muerte de Pompeyo. Con él tal vez habría podido llegar a un arreglo amistoso, recurriendo a una mezcla de clemencia y generosidad para dejar en un lugar airoso a su antiguo socio. Pero ahora que Pompeyo estaba muerto, iba a resultar imposible firmar la paz con el resto de los optimates, al menos con los más recalcitrantes como Catón, Escipión o el reciente fichaje Labieno. César tendría que derrotarlos por completo, lo que significaba que la guerra civil no había terminado.






jueves, 4 de agosto de 2016

EL CÓNSUL LUCIO AFRANIO


 
Lucio Afranio (en latín, Lucius Afranius) fue un político y militar romano. Como uno de los más leales partidarios de Pompeyo sirvió como su legatus en el conflicto con Sertorio, así como durante el enfrentamiento con César. Falleció después de la derrota en Tapso, donde también caerían otros destacados líderes republicanos como Metelo Escipión o Catón.
 
Natural de Piceno, su vinculación política con Pompeyo era consecuencia de las conexiones clientelares que tenía el comandante allí.
 
GUERRA CONTRA SERTORIO

SITUACIÓN DE LA HISPANIA ROMANA EN LOS TIEMPOS DE SERTORIO.

Afranio parece haber sido de origen oscuro, llamado por Cicerón con desprecio "el hijo de Aulo", refiriéndose a una persona de quien nadie había oído hablarInició su carrera militar, en el año 77 a. C., como legatus de Pompeyo durante la campaña contra Sertorio, último de los partidarios de Mario que quedaban con vida. Desempeñó un papel crucial en el Río Sucro. Durante este combate los sertorianos atacaron el ala izquierda pompeyana, que se encontraba a las órdenes del legatus picentino; este pudo contenerlos hasta que los sertorianos tuvieron que retroceder para auxiliar su propio lado izquierdo y, en ese momento, ordenó a sus hombres romper el lado derecho del adversario. El ataque desbandó a los sertorianos, muchos de los cuales murieron durante la retirada. No obstante, los hombres de Afranio se detuvieron para saquear los cuerpos del campo de batalla, momento que aprovecharon los sertorianos para reunirse y dispersarles. Únicamente la llegada de Metelo Pío acabó dando la victoria a los pompeyanos.
 
MITRÍDATES

Independientemente de que había vulnerado el mos maiorum al recibir un mandato con solo 24 años de edad - lo que no sentó nada bien a los senadores más conservadores - Pompeyo recibió un nuevo mando, que esta vez le ordenaba acabar con la piratería mediterránea.
 
En esta campaña Pompeyo no incluyó a Afranio entre sus ayudantes ya que deseaba relacionarse más con la aristocracia romana. El rápido éxito del picentino llevó al Senado a concederle la dirección de las tropas que luchaban contra Mitrídates del Ponto y Tigranes de Armenia. Esta vez Afranio volvería a ser uno de los legatus de Pompeyo, que nada más iniciar la campaña hizo retroceder a sus adversarios hacia el norte.
 
Mientras se hallaba allí decidió que Armenia quedara custodiada por Afranio. Entonces el rey parto intentó aprovecharse de la derrota de los armenios e invadió sus territorios, pero cayó derrotado por los hombres de Afranio, que lo expulsaron a Arbela en las inmediaciones de la frontera.
 
Derrotado de nuevo Mitrídates, Pompeyo decidió establecer tropas en el Ponto que evitaran su retorno. Concedió a Afranio el mando contra los árabes, a los que derrotó con enorme rapidez abriendo el camino hacia Siria.
 
REGRESO A ROMA Y CONSULADO

Tras su éxito en Oriente Pompeyo volvió a la capital con Afranio. Deseoso de recompensar a su leal y hábil legatus sobornó a los electores con el fin de que obtuviera el consulado.6 Independientemente del hecho de que el soborno resultó un escándalo incluso para los estándares de la época, Lucio obtendría su consulado en 60 a. C., con Metelo Céler como compañero. En el tiempo que duró su mandato demostró que carecía de la habilidad y comprensión necesarias para administrar eficazmente los asuntos civiles que requería el puesto.
 
En 59 a. C. Afranio obtuvo la provincia de la Galia Cisalpina, y parece haber logrado algunas ventajas sobre los galos, ya que obtuvo un triunfo, del cual Cicerón habla en su discurso contra Pisón.
 
GUERRA CIVIL

LEGADO EN HISPANIA

Cuando el Senado concedió a Pompeyo, en su segundo consulado (55 a. C.), el mando de las dos Hispanias - Citerior y Ulterior - como provincias proconsulares Afranio, Petreyo y Varrón serían enviados a administrarlas en calidad de legatus8 mientras su comandante permanecía en la capital con su esposa Julia, que murió durante un parto.
 
Tras esta muerte la principal causa que mantenía la alianza entre César y Pompeyo desapareció, y tras el matrimonio de este último con Cornelia Escipión, lo que le convertía en yerno de Metelo Escipión - uno de los líderes optimates - la situación se volvió mucho más tensa y desembocó en el estallido de un conflicto civil. Cuando César marchó sobre la capital con la legio decimotercera, ordenó a su comandante Cayo Fabio tomar el paso de los Pirineos con otras tres legiones.
 
En ese momento Afranio se encontraba en ese paso con aproximadamente el mismo número de tropas, por lo que ordenó a Petreyo, que se encontraba en Lusitania con otras tres legiones que se le uniera para proporcionarle apoyo adicional. Mientras, Varrón permaneció en el sur con dos legiones.
 
Fabio avanzó por el Segre, donde estaban acampadas las tropas de Afranio y Petreyo. Cuando los hombres de Fabio atravesaron el río, dos tercios de sus tropas intentaron atacar a su adversario cruzando el puente, a causa de lo cual quedaron incomunicadas. Los pompeyanos intentaron aprovecharse de la situación, pero Lucio Munacio Planco, comandante cesariano, reunió a sus hombres y les llevó a mantener la posición. La aproximación del resto de las tropas cesarianas supuso el término del combate.
 
ILERDA

Tras ello César tomó el mando de los hombres de Fabio. Apartó seis cohortes a las que ordenó mantener el control del puente y marchó con el resto a Ilerda. Los pompeyanos no le perdieron de vista y acamparon en las inmediaciones pero, cuando César intentó plantear batalla, sus adversarios la rechazaron. Finalmente César levantó un campamento a menos de media milla del enemigo, establecido sobre una colina.
 
Durante su estancia en Hispania, Afranio entrenó a sus tropas para que pudieran maniobrar al perder el orden; las empleó con éxito de este modo ante lusitanos y celtíberos. Incluso César menciona la eficacia de este modelo militar en sus Comentarios de la Guerra Civil.
 
César intentó construir un muro de separación entre el campamento pompeyano e Ilerda pero Afranio vio sus intenciones e impidió el proyecto al ordenar a sus hombres que tomaran una pequeña colina ubicada en las inmediaciones del hipotético área de construcción. Los cesarianos atacaron, pero la táctica del adversario casi les lleva a la derrota.
 
En ese momento los pompeyanos decidieron tomar la iniciativa e intentar expulsar a los hombres de César, que únicamente se alzaron con la victoria espoleados por su comandante que combatió personalmente en la legio novena y haciendo retroceder al adversario a Ilerda. Finalmente la batalla quedaría sin resolver y ambos comandantes decidieron volver a sus respectivos campamentos.
 
RESISTENCIA Y DERROTA

Tras el combate anterior Afranio ordenó que se fortificara la pequeña colina alrededor de la que se libró la batalla. Unos días después los ríos se desbordaron, causando la destrucción de los puentes e incomunicando a César, que quedó en una posición muy precaria y sin comida, todo lo contrario que los pompeyanos, que contaban con una enorme reserva de comida y suministros.  Cuando Afranio se enteró que César intentaba traer alimento desde la Galia movilizó a sus hombres, que evitaron el desembarco de estos víveres. Los pompeyanos creían que su adversario estaba al borde de la derrota, por lo que enviaron cartas a la capital proclamando la victoria y anunciando que el conflicto estaba a punto de terminar.
 
Independientemente de esto, los cesarianos construyeron unas embarcaciones que trasladaron a parte de su caballería al otro lado del río.  Estas tropas comenzaron a atacar las líneas de suministro de los pompeyanos, incluso aniquilando una unidad entera. En ese momento César ordenó la construcción de un puente mientras sus tropas continuaban librando escaramuzas con el adversario. La recuperación de la iniciativa por parte de los cesarianos llevó a que muchos líderes ibéricos se comprometieran a apoyar su causa.
 
En este punto el combate entró en un punto muerto. Cesarianos y pompeyanos estaban tan cerca que incluso podían hablar entre ellos. Las tropas republicanas deseaban claudicar, e incluso el hijo de Afranio intentó alcanzar un acuerdo. Poco después una pequeña partida cesariana entró en el otro campamento. Cuando Afranio y Petreyo se enteraron ordenaron matarlos.  En ese momento numerosas tropas republicanas se infiltraron en el campamento cesariano y acabaron capturadas; César ordenó que se las tratara con respeto y que se les enviara de nuevo a su campamento.
 
Cuando los pompeyanos observaron la clemencia de César decidieron que no merecía la pena continuar la lucha. Los cesarianos incrementaron la presión, lo que hizo que los víveres de los pompeyanos alcanzaran niveles alarmantes. Finalmente Afranio accedió a rendirse; en los Comentarios aparecen unas palabras suyas:
 
Que ni él [Afranio], ni su ejército eran reprensibles por haber querido perseverar fieles a su general Cneo Pompeyo; pero ya habían cumplido con su deber, y harto lo habían pagado con haber padecido la falta de todas las cosas, y más ahora que se ven como fieras acorraladas, privados de agua, sin resquicio para la salida, ya ni el cuerpo puede aguantar el dolor, ni el ánimo la ignominia, por tanto se confiesan vencidos; y si es que hay lugar a la misericordia, ruegan y suplican que no los obliguen a padecer la pena del último suplicio.
César concedió la absolución a todos los que habían luchado contra él mientras le prometieran no continuar combatiendo.
 
CAMINO A TAPSO

GRECIA Y HUIDA A ÁFRICA
Los dos comandantes pompeyanos decidieron vulnerar la promesa que habían hecho a César y embarcar sus tropas hacia el Epiro, donde esperaban unirse a Pompeyo.  A su llegada a Dirraquio, algunos aristócratas lo acusaron de traición, pero Afranio mantuvo la confianza de Pompeyo. Después de la Batalla de Dirraquio, recomendó volver a Italia ahora que Pompeyo era el amo de la mar, pero su consejo no fue acogido. En la batalla de Farsalia Afranio tuvo el mando de un sector del campo.
 
Tras la derrota en Farsalia se unió a los republicanos que huyeron al continente africano, bajo la dirección de Catón y Escipión.

TAPSO

Después de que César desembarcara en África sus tropas experimentaron el acoso de los númidas liderados por Afranio y Labieno. César, encolerizado por la traición de los comandantes hispanos, ordenó su captura y asesinato.
 
Afranio combatió, en 46 a. C. a las órdenes de Escipión en Tapso, donde los pompeyanos caerían derrotados. Tras ello él y Fausto Sila intentaron escapar a Mauritania para continuar la resistencia junto con unos 1.500 jinetes, pero acabaron capturados por Publius Sittius, un aventurero aliado de César y asesinados un par de días después.




martes, 9 de junio de 2015

CNEO POMPEYO MAGNO RECONOCE QUE CÉSAR ES MEJOR MILITAR Y POLÍTICO QUE ÉL




Pompeyo anduvo pensativo. Si, era cierto, aunque no podía admitirlo en voz alta. Hubo recelos en los primeros años de la carrera de César en la Galia de los cabelleras largas, y Vercingetórix los confirmó, les dio una forma concreta. Pompeyo devoró el despacho enviado al Senado que detallaba las proezas de aquel año: su año de consulado por tercera vez, y la mitad de él sin colega. Eclipsado. Ni un solo error militar por parte de Cayo Julio César. ¡Qué consumadamente habilidoso era aquel hombre! Con qué increíble rapidez se movía, qué decidido era en sus estrategias, qué flexible en sus tácticas. ¡Y qué ejército tenía! ¿Cómo lograba hacer que sus hombres lo venerasen como a un dios? Porque así era, lo veneraban. Les hacía pasar penalidades a través de dos metros de nieve, los agotaba, les pedía que pasaran hambre por él, los sacaba de los campamentos donde estaban acantonados en invierno y les hacía trabajar aún más. ¡Oh, qué tontos eran los hombres que atribuían todo eso a la generosidad de César! Unas tropas avariciosas que peleasen únicamente por dinero nunca estarían dispuestas a morir por su general, pero las tropas de César estaban dispuestas a morir por él cien veces.



Pensó Pompeyo: yo nunca he tenido ese don, aunque creí que sí lo tenía en los tiempos en que llamé a mis protegidos picentinos y me marché a guerrear junto a Sila. Entonces yo creía en mí mismo, y creí que mis legionarios picentinos me amaban. Quizá Hispania y Sertorio me quitaron ese don. Tuve que esforzarme mucho en aquella campaña, tuve que ver morir a mis tropas por culpa de mis propias meteduras de pata militares. Él nunca ha metido la pata. Hispania y Sertorio me enseñaron que, por supuesto, los números cuentan mucho, que es prudente tener más peso que el enemigo en el campo de batalla. Nunca he vuelto a luchar en inferioridad numérica desde entonces. Y nunca volveré a hacerlo. Pero él silo hace. César cree en si mismo; nunca lo asalta la duda. Se mete tranquilamente en una batalla con una inferioridad numérica tal que da risa. Y sin embargo no malgasta hombres ni busca batalla. Prefiere hacerlo pacíficamente si puede. Luego da la vuelta por completo y les corta las manos a cuatro mil galos. Y dice que ésa es la manera de asegurar un cese de hostilidades duradero. Probablemente tenga razón. ¿Cuántos hombres perdió en Gergovia? ¿Setecientos? ¡Y lloró por ello! En Hispania yo perdí casi diez veces ese número en una sola batalla, pero no fui capaz de llorar. Quizá lo que más temo es esa espantosa cordura suya. Incluso cuando le da un arranque de ese genio tan impresionante que tiene, permanece en condiciones de pensar con realismo, de hacer que los hechos se vuelvan en su favor. En lo más hondo de mi corazón tengo miedo de que César sea mejor que yo...


jueves, 23 de abril de 2015

LA CIERVA DE SERTORIO, SEGÚN PLUTARCO


Como le llamasen, pues, los Lusitanos, abandonó el África, y poniéndose al frente de ellos, constituido su general con absoluto imperio, sujetó a su obediencia aquella parte de la España, uniéndosele los más voluntariamente, a causa, en la mayor parte, de su dulzura y actividad, aunque también usó de artificios para engañarlos y embaucarlos; el más señalado entre todos fue el de la cierva, que dispuso de esta manera. Uno de aquellos naturales, llamado Espano, que vivía en el campo, se encontró con una cierva recién parida que huía de los cazadores; y a ésta la dejó ir; pero a la cervatilla, maravillado de su color, porque era toda blanca, la persiguió y la alcanzó. Hallábase casualmente Sertorio acampado en las inmediaciones, y como recibiese con afabilidad a los que le llevaban algún presente, bien fuese de caza, o de los frutos del campo, recompensando con largueza a los que así le hacían obsequio, se le presentó también éste para regalarle la cervatilla. Admitióla, y al principio no fue grande el placer que manifestó; pero con el tiempo, habiéndose hecho tan mansa y dócil, que acudía cuando la llamaba, y le seguía a doquiera que iba, sin espantarse del tropel y ruido militar, poco a poco la fue divinizando, digámoslo así, haciendo creer que aquella cierva había sido un presente de Diana, y esparciendo la voz de que le revelaba las cosas ocultas, por saber que los bárbaros son naturalmente muy inclinados a la superstición. Para acreditarlo más, se valía de este medio: cuando reservada y secretamente llegaba a entender que los enemigos iban a invadir su territorio, o trataban de separar de su obediencia a una ciudad, fingía que la cierva le había hablado en las horas del sueño, previniéndole que tuviera las tropas a punto. Por otra parte, si se le daba aviso de que alguno de sus generales había alcanzado una victoria, ocultaba al que lo había traído, y presentaba a la cierva coronada como anunciadora de buenas nuevas, excitándolos a mostrarse alegres y a sacrificar a los dioses, porque en breve había de llegar una fausta noticia.

( Vida de Quinto Sertorio. Plutarco. Vidas Paralelas )








domingo, 19 de abril de 2015

EL CÓNSUL CNEO POMPEYO MAGNO





(Cneo Pompeyo Magno o el Grande; ?, 106 - Pelusio, Egipto, 48 a. C.) Militar y político romano. Perteneciente a la gens plebeya de los Pompeyos, su padre había sido cuestor, pretor y cónsul. 


Con él se había formado como militar. Durante las guerras civiles de Roma, formó un ejército propio, que puso al servicio de Sila, derrotando a los partidarios de Mario en Sicilia y en África (83 a. C.); y cuando el partido popular pareció revivir bajo la dirección de Lépido, Pompeyo se encargó de derrotarlo en Etruria (77).



Luego fue enviado a Hispania, en donde aplastó la rebelión de Sertorio (77-71); y, al regresar a Italia, acabó con los restos de la rebelión de esclavos encabezada por Espartaco. 




Ejerció el Consulado con Craso en el 70. Luego recibió plenos poderes por tres años para limpiar de piratas el Mediterráneo (67). Se le renovó el mando en el 66 para dirigir la guerra contra el rey del Ponto, Mitrítades, al cual derrotó; ello le permitió reorganizar los dominios romanos en Asia, incorporando Silia, Cilicia y el Ponto como provincias (64) y creando a su alrededor una protección de Estados vasallos.



Sin embargo, el Senado se opuso a sus ambiciones de poder y no ratificó las medidas que había tomado. Pompeyo tuvo que aceptar la formación de un triunvirato, compartiendo el poder con Julio César y con Craso (60), con un reparto territorial que le otorgaba el mando en Hispania. Pompeyo pudo así realizar su proyecto de repartir tierras a los veteranos licenciados del ejército.



Tras la muerte de este último en la guerra contra los partos, y estando César ocupado en la conquista de las Galias, el Senado nombró a Pompeyo cónsul único para restablecer el orden en la ciudad contra los motines de los mercenarios (52). César regresó a Roma dispuesto a hacerse con el poder, mientras el Senado encargaba a Pompeyo la defensa de la República (49); estalló así la guerra abierta entre ambos, que favoreció a César.



Pompeyo y sus partidarios huyeron a Grecia, donde fueron definitivamente derrotados en la batalla de Farsalia. Pompeyo consiguió huir y refugiarse en Egipto; pero hasta allí le persiguió César, provocando la Guerra Alejandrina (48-47 a. C.), que hizo subir a Cleopatra al Trono de los faraones. Antes incluso de alcanzar la costa egipcia, Pompeyo murió asesinado por el tribuno Lucio Septimino.



EL TRIUNFO DE POMPEYO
ESTATUA DE CNEO POMPEYO MAGNO, DEL PALACIO DE SPADA, EN ROMA


jueves, 5 de marzo de 2015

CRASO DICE A CÉSAR SOBRE LAS GUERRAS DE AGRESIÓN


Comprendo lo que planeas para cuando seas procónsul. Quieres conquistar todas las tribus y tierras del norte y del este de Italia recorriendo el curso del Danubio hasta el Euxino. ¡Sin embargo, el Senado controla las finanzas públicas. Vatinio puede hacer que la Asamblea Plebeya te conceda la Galia Cisalpina juntamente con Iliria, pero aun así tienes que recurrir Senado en busca de fondos. 


Aunque los boni no chillasen ultrajados, el Senado tradicionalmente se niega a pagar guerras agresivas. Ahí es donde Magnus estuvo impecable. Todas sus guerras las ha librado contra enemigos oficiales de Roma: Carbón, Bruto, Sertorio, los piratas, los dos reyes. 


Mientras que tú te propones atacar primero, ser el agresor. El Senado no dará su visto bueno, y muchos de tus propios partidarios tampoco. Las guerras cuestan dinero. El Senado posee el dinero. Y tú no lo conseguirás, a no ser que consigas obtener el dinero de otra parte para poder financiar a las legiones.