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domingo, 14 de junio de 2015

TERRIBLE ENFADO DE POMPEYO CONTRA EL CÓNSUL LÉNTULO CRUS PORQUE NINGUNO DE LOS MAGISTRADOS SE PREOCUPÓ DE RETIRAR EL TESORO DE ROMA, ANTES DE HUIR HACIA GRECIA



-¡Tú eres enteramente el responsable de que ahora no tengamos dinero, Crus!.¡Eres un ingrato, una sanguijuela, una llaga en la frente de Júpiter óptimo Máximo! ¡Te measte de miedo y saliste disparado de Roma como una piedra sale de una catapulta dejando el tesoro lleno hasta los topes! ¡Y cuando te di instrucciones para que volvieras a Roma y tratases de rectificar eso, eso que no es más que un enorme abandono de tu deber como cónsul, tuviste la temeridad de contestarme que lo harías cuando yo me adentrase en el Piceno para enfrentarme a César e hiciera que él fuera incapaz de tocar tu gorda y mimada carcasa de capón! ¿Y vas a decirme tú a mí que estoy diciendo tonterías? ¿Vas a ser tú quien se niegue a compartir los gastos de esta guerra? ¡Me cago en tu polla, Léntulo! ¡Me meo en tu fea cara, Léntulo! ¡Me tiro un pedo en tus narices, Léntulo! ¡Y si no te andas con mucho cuidado, Léntulo, te rajaré por la mitad desde las tripas hasta la molleja!




lunes, 1 de junio de 2015

¿ QUÉ ERA EL TRIBUNUS AERARIUS?



Tribuno del Erario. Al parecer se trataba de una categoría económica de los censores: se cree que tenían unos ingresos de entre trescientos mil y cuatrocientos mil sestercios al año. 


Es de suponer que los funcionarios que administraban el Erario eran tribunus aerarius, pero no se sabe con seguridad.




viernes, 29 de mayo de 2015

EL TEMPLO DE SATURNO, SEDE DEL TESORO DE ROMA





El templo de Saturno, muy antiguo, grande y sobriamente dórico excepto por los colores chillones que embadurnaban sus paredes y pilares de madera, hogar de una antigua estatua del dios que había que mantener llena de aceite y envuelta en tela para que no se desintegrase. También era la sede del Tesoro de Roma.




El templo propiamente dicho estaba montado sobre un podio de veinte peldaños de altura, una infraestructura de piedra dentro de la cual se abría un laberinto de pasillos y salas. Parte del mismo se usaba de almacén para las leyes una vez que habían sido labradas en piedra o bronce, pues la constitución en gran parte escrita de Roma exigía que todas las leyes fueran depositadas allí; pero el tiempo y la plétora de tablillas ahora exigía que cada nueva ley fuera metida rápidamente por una entrada y sacada por otra para ser almacenada en otro lugar.




La mayor parte de aquel espacio pertenecía al Tesoro. Aquí, en salas fuertes situadas tras grandes puertas de hierro, yacía la tangible riqueza de Roma en forma de lingotes de oro y plata, cuyo valor ascendía a muchos miles de talentos. Allí, en unos despachos sombríos iluminados por parpadeantes lámparas de aceite y con rejas en lo alto de los muros exteriores, trabajaba el núcleo de los funcionarios que llevaban los libros de cuentas públicas de Roma, desde aquellos de importancia suficiente como para ostentar el título de tribuni aerarii hasta los humildes contables y los aún más humildes esclavos públicos que barrían los polvorientos suelos, pero que solían ingeniárselas para pasar por alto las telarañas que festoneaban las paredes.




El crecimiento de las provincias y de los beneficios de Roma había hecho que el templo de Saturno se quedase pequeño para su propósito fiscal hacía ya mucho tiempo, pero los romanos eran muy poco dados a abandonar una sede una vez que el lugar se hubiera destinado a alguna empresa gubernamental, de manera que Saturno seguía allí, indeciso, como depositario del Tesoro. Otros tesoros menores de dinero acuñado y oro en barras estaban relegados a otras bóvedas bajo templos distintos; las cuentas que pertenecían a los años anteriores al corriente habían sido destinadas al Tabulario de Sila y, en consecuencia, los oficiales del Tesoro y sus subalternos habían proliferado. Otro anatema romano, los funcionarios, pero el Tesoro era, al fin y al cabo, el Tesoro; el dinero público tenía que ser sembrado, cultivado y cosechado como es debido, aunque aquello significase unas cantidades aborreciblemente grandes de empleados públicos.