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domingo, 11 de octubre de 2020

SAN ALIPIO DE TAGASTE

San Alipio nació hacia el año 360 en Tagaste, Africa, donde pocos años antes había nacido San Agustín. Después de estudiar la gramática en Tagaste y la retórica en Cartago, bajo la dirección de San Agustín, Alipio se separó de su maestro a raíz de una disputa, aunque le conservó siempre gran afecto y respeto, al que San Agustín correspondía del mismo modo. En Cartago, Alipio se apasionó por el circo, como tantos otros de los habitantes de esa ciudad. San Agustín se afligió mucho al ver que aquel joven en el que había puesto tantas esperanzas, concentraba su atención en una diversión tan peligrosa; pero no podía hacer nada por evitarlo, pues el padre de Alipio le impedía todo trato con el joven. A pesar de la prohibición de su padre, Alipio se introdujo un día furtivamente en la escuela de Agustín a oír una de sus clases. San Agustín, para ilustrar el tema que explicaba, trajo a cuenta una comparación con el circo y aprovechó la oportunidad para reprender a los que se dejaban llevar por la pasión del circo. Aunque el santo no sabía que Alipio le escuchaba, el joven pensó que sus palabras se dirigían exclusivamente a él, se arrepintió de su debilidad y se propuso vencerla.

 

Obedeciendo a los deseos de sus padres, quienes esperaban verle hacer una brillante carrera en el mundo, Alipio fue a Roma a estudiar leyes. Aunque ya había recorrido una buena parte del camino de la conversión al cristianismo, sus amigos le arrastraron un día a los bárbaros juegos del circo. Alipio les opuso toda la resistencia que pudo, diciéndoles: «Aunque me introduzcáis por la fuerza en el circo, no conseguiréis que vea el espectáculo; mi atención estará ausente, por más que mi cuerpo se halle presente». Sin embargo, sus amigos no desistieron y le hicieron entrar con ellos en el circo. Alipio cerró los ojos para no mirar el espectáculo. Desgraciadamente, como dice San Agustín, no cerró también los oídos; así pues, al oír un gran grito de la multitud, Alipio se dejó vencer por la curiosidad y abrió los ojos, con la intención de cerrarlos inmediatamente. Pero la curiosidad le hizo caer, lo cual demuestra que, con frecuencia, la única manera de evitar el pecado es evitar la ocasión. Uno de los gladiadores estaba herido; en vez de volver a cerrar los ojos al ver la sangre, Alipio siguió atentamente el salvaje espectáculo y se dejó embriagar por la brutal crueldad del combate. Olvidando sus buenas intenciones y confundiéndose en la multitud, contempló todos los detalles de la lucha, gritó como todos los demás y, en lo sucesivo, no sólo retornó al circo, sino que llevó consigo a otros compañeros. En esa forma se dejó arrastrar, de nuevo, por su antigua pasión. Y hay que notar que, si bien había en el circo algunas diversiones inocentes, había también espectáculos bárbaros y groseros. Pero la misericordia de Dios salvó a Alipio una vez más, y el joven aprendió así a desconfiar de sus fuerzas y a poner toda su confianza en el Señor. Sin embargo, su conversión tuvo lugar mucho tiempo después.

 

Entre tanto, Alipio continuó sus estudios, vivió con castidad y cumplió escrupulosamente con sus deberes de ciudadano íntegro. Después de terminar sus estudios, desempeñó durante algún tiempo el oficio de juez con gran equidad y desinterés. Cuando Agustín fue a Roma, Alipio se mantuvo en estrecho contacto con él, le acompañó a Milán el año 384 y se convirtió al mismo tiempo que él al cristianismo. En la cuaresma del año 387, los nombres de los dos amigos fueron escritos en la lista de los «competentes». Alipio asistió fiel y fervorosamente a las instrucciones del catecumenado y recibió el baustismo de manos de San Ambrosio la víspera del día de Pascua, junto con San Agustín. Poco después, los dos amigos volvieron al África y se establecieron en Tagaste, donde con otros compañeros formaron una fervorosa comunidad dedicada a la penitencia y la oración. Sólo así consiguieron los dos santos sustituir sus costumbres mundanas por el hábito de las virtudes. Por otra parte, la soledad y el retiro eran necesarios para que ambos amigos se preparasen para la vida apostólica que habían de llevar más tarde. Tres años después de su llegada a Tagaste, San Agustín fue elegido obispo de Hipona; la comunidad se transladó entonces a esa ciudad. Alipio, después de recibir la ordenación sacerdotal, hizo una peregrinación a Palestina, donde conoció a San Jerónimo. A su vuelta al África, fue consagrado obispo de Tagaste, hacia el año 393. A partir de entonces, se convirtió en el brazo derecho de San Agustín, predicó infatigablemente y trabajó con gran celo por la causa de Dios y de la Iglesia. En una carta que escribió San Agustín a San Alipio el año 429, le llama «viejo». En efecto, san Alipio murió poco después.

 

En Acta Sanctorum, agosto, vol. III, hay una biografía de San Alipio, bastante completa, que se basa principalmente en los escritos de San Agustín.

 

Fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», de Herbert Thurston.

 



martes, 17 de marzo de 2020

LUPERCALES



En la Antigua Roma, las fiestas lupercales, también llamadas simplemente lupercales o incluso lupercalia (en latín, Lupercalia), se celebraban ante diem XV Kalendas Martias, lo que equivale al 15 de febrero. Su nombre deriva supuestamente de lupus (lobo, animal que representa al dios Fauno, que tomó el sobrenombre de Luperco), y de hircus (macho cabrío, un animal impuro).
 
Cada año, se elegía de entre los miembros más ilustres de la ciudad, a una congregación especial de sacerdotes, los Lupercos o Luperci (Sodales Luperci, "amigos del lobo"). Debían ser en su origen adolescentes que durante el tiempo de su iniciación en la edad adulta sobrevivían de la caza y el merodeo en el bosque. Era por aquel entonces un tiempo sagrado y transitorio en que se comportaban como lobos humanos. Se reunían el 15 de febrero en la recién encontrada gruta (más tarde llamada Ruminal, en honor a Rómulo y Remo) del monte Palatino (la colina central en donde, según la tradición, se fundó Roma​). Según la tradición, fue en este lugar donde Fauno Luperco, tomando la forma de una loba, Luperca, había amamantado a los gemelos Rómulo y Remo, y en cuyo honor se hacía la fiesta. También cuenta la tradición que allí había una higuera cuyas raíces habían detenido la cesta en cuyo interior se encontraban los gemelos Rómulo y Remo.​
 
Bajo la sombra de esta venerable higuera, llamada Ruminalis, comenzaba la fiesta con una ceremonia oficiada por un sacerdote en la que se inmolaba una cabra.​ Después ese mismo sacerdote tocaba la frente de los luperci con el cuchillo teñido con la sangre del sacrificio y a continuación borraba la mancha con un mechón de lana impregnada en leche de cabra. Éste era el momento en que los lupercos prorrumpían en una carcajada ritual.​ A continuación, se formaba una procesión con los lupercos desnudos que llevaban unas tiras o correas hechas con la piel de la cabra recién inmolada y con ellas azotaban manos y espaldas de las mujeres que encontraban en el camino dispuestas a ser parte de la ceremonia; era el ritual para la fecundidad.​ Se consideraba además que esto era un acto de purificación, la así denominada februatio.​
 
Según un pasaje narrado por Tácito, el cortejo salía del Lupercal hacia el Foro Boario por el sur del Monte Palatino y llegaba al Ara Máxima de Hércules Invicto. Pasaban por el altar de Consus y el santuario de los Lares para terminar en el lugar de inicio. El recorrido no era un acto serio como lo había sido el comienzo de la ceremonia; los propios lupercales, animados por el público, convertían el paseo en una carnavalada cuyos gritos, cantos y bailes llegaban a ser obscenos.
 
Con el paso del tiempo, el papa Gelasio I prohibió y condenó, en el año 494, la celebración pagana de las lupercales. Quiso cristianizar esta festividad, y la sustituyó por la fiesta de la Purificación, que se celebraría el 2 de febrero, con la procesión de las candelas.​ Esta celebración se unió más tarde a la liturgia de la Presentación de Jesús, por la referencia que el anciano Simeón hace, en su canto, a Cristo como «luz de las naciones», asociada a los cirios, antorchas y candelas encendidas en las manos de los fieles. El 2 de febrero se cumplían cuarenta días desde que, en la época de san Ambrosio (Ambrosio de Milán), se fija el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús, también para desterrar el festejo pagano del culto a Helios.​
 
Las lupercales aparecen marcadas en el cronógrafo del 354, junto con otros festivales tradicionales y cristianos.​ A pesar de la prohibición que se hizo, en el año 391, de todos los cultos y festivales no cristianos, el pueblo considerado cristiano celebraba las lupercales con regularidad durante el periodo del emperador Anastasio I. El papa Gelasio I (494-496), que afirmaba que únicamente la "vil chusma" participaba en el festival,​ intentó abolirla de manera contundente; el Senado protestó, con el argumento de que las lupercales eran fundamentales para la seguridad y el bienestar de Roma. Esto hizo que Gelasio sugiriera, con una actitud de desprecio, que "Si ustedes aseguran que este rito tiene beneficios para la salud, celébrenlo entonces ustedes a la manera de nuestros ancestros; corran desnudos, ustedes que pueden escenificar muy bien la farsa."​ Este comentario iba dirigido al senador Andrómaco, en una extensa epístola literaria de Gelasio que era prácticamente una diatriba en contra de las lupercales.
 
Los historiadores generalmente afirman que Gelasio finalmente abolió las lupercales, después de una larga disputa, reemplazándolas con la Fiesta de la Purificación de la Bendita Virgen María,​ aunque Jack B. Oruch, en cambio, dice que no hay registro escrito que demuestre que Gelasio haya intentado siquiera reemplazar las lupercales.​
 
Algunos investigadores, como Kellog y Cox, han afirmado por separado que las costumbres modernas del Día de San Valentín tienen su origen en las costumbres de las lupercales. Otros autores han rechazado esta afirmación: dicen que no hay pruebas de que las costumbres de la era moderna del Día de San Valentín tienen su origen en las costumbres de las lupercales, y esta afirmación parece tener su origen en conceptos erróneos o ideas falsas acerca de las festividades.
 
El poema número 18 del libro III de las Odas (Carmina) del poeta lírico y satírico latino Horacio (Quinto Horacio Flaco), describe las Lupercalia y es un himno al fauno. El autor le pide al fauno que bendiga su ganado y sus campos pues, cuando el fauno está cerca, todo el campo se alegra.
 
En la tragedia Julio César, William Shakespeare comienza hablando de las lupercales. Marco Antonio, jefe de los lupercos (llamados julianos, una tercera orden, creada por César), recibe de éste la instrucción de tocar durante las lupercales a su cuarta esposa, Calpurnia, con la esperanza de que pueda concebir. Enseguida, el fragmento correspondiente, que se halla en la escena segunda del acto I, tomado del texto íntegro de la obra:

CÉSAR. — ¡Calpurnia!



CASCA. — ¡Silencio, oh! César habla.



(Cesa la música.)



CESAR. — ¡Calpurnia!



CALPURNIA. — Aquí me tenéis, señor.



CÉSAR. — Colocaos en la dirección del paso de Antonio cuando emprenda su carrera. ¡Antonio!



ANTONIO. — ¡César, señor!



CÉSAR. — No olvidéis en la rapidez de vuestra carrera, Antonio, de tocar a Calpurnia, pues, al decir de nuestros antepasados, la infecunda, tocada en esta santa carrera, se libra de la maldición de su esterilidad.



ANTONIO. — Lo tendré presente. Cuando César dice: «Haz esto», se hace.



CÉSAR. — Proseguid, y no olvidéis ninguna ceremonia.



Más adelante, después del asesinato de César, Marco Antonio ofrece su discurso funerario. En seguida, el texto de la escena segunda (línea 74) del acto III , en donde él explica cómo, en las lupercales, ofreció tres veces a César la corona:
 
ANTONIO

Todos visteis que en las Lupercales le presenté tres veces una corona real, y la rechazó tres veces. ¿Era esto ambición?

sábado, 2 de febrero de 2019

PLEGARIA DE SAN AMBROSIO



Señor, toma este corazón de piedra, y dame un corazón de hombre: un corazón que te ame, un corazón que se alegre en ti, que te imite y que te complazca.