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domingo, 28 de mayo de 2023

SIN ESFUERZO Y LUCHA, LA VIDA NO REGALA NADA A NADIE

La vida no regala nada a los mortales, sin un gran esfuerzo.

 

( Quinto Horacio Flaco )

 

LA REFLEXIÓN:  En efecto, como dice Horacio, la vida no regala nada a los mortales sin un gran esfuerzo, y en sus palabras nos trata de dar una breve y provechosa lección. Esto significa que si tal vez quieres convertirte en un músico exitoso, un científico reconocido, el mejor albañil, un reputado modisto, un escritor, dedicarte a la política, iniciar tu propio negocio, o sencillamente dedicarte a cualquier cosa que te apasione o a la que aspires,  para lograr tus metas y objetivos, debes de trabajar duro y perseverar en tus esfuerzos, ya que la vida de entrada no resulta fácil para nadie.

En la antigua Roma, la virtud de la fortaleza era muy valorada, y es de lo que más recomendaba poseer Cayo Julio César: saber ser fuertes, tanto mental como físicamente, porque como él mismo dejó escrito: “nada es tan difícil que no se pueda conseguir con la fortaleza”. De hecho, los romanos en su mentalidad creían que la fortaleza era como una virtud necesaria para enfrentar los desafíos de la vida y superar las dificultades, cosa aprendida por las muchas guerras por las que les tocó pasar. Y por esto también sentían menosprecio por las personas que mostraban debilidad. Por eso creo que Horacio trata de  aconsejar que hay que esforzarse por ser fuerte y perseverante en todo lo que se hagas, tratando de aprender y desarrollarte en el objetivo que te pongas.

El éxito no puede venir de la noche a la mañana. Es necesario trabajar duro, incansable, con profunda dedicación, y ser constante en nuestros esfuerzos, día a día, paso por paso. Si se quiere lograr algo en la vida, ya sea en el ámbito personal, profesional o académico, se debe de estar dispuesto a sacrificar tiempo y energía para alcanzar los propios objetivos marcados y pretendidos.

Además, es importante tener en cuenta que el esfuerzo no solo se trata de trabajar duro, sino también de trabajar inteligentemente de la mejor manera con constancia, optimizando las cosas, sin perder el tiempo, y en lo posible adquirir velocidad para ganar tiempo. Se debe de saber ser astuto y estratégico en los esfuerzos a aplicar, y estar dispuesto a aprender de los inevitables errores y fracasos, corrigiendo en lo que se ha estado equivocado y aprendiendo de la experiencia vivida.

En consecuencia, la reflexión de Quinto Horacio Flaco nos recuerda que la vida no es fácil, pero que con esfuerzo y perseverancia sin desfallecer ni rendirse, podemos lograr grandes cosas. Así que si hacemos caso a lo que dice Horacio y nos animamos a hacer lo correcto y esforzarnos por alcanzar las metas y objetivos, sin rendirse nunca ante las dificultades se puede llegar a conseguir lo que se pretende.



martes, 1 de septiembre de 2020

CÉSAR DICE SOBRE EL VENCEDOR EN SU DÍA TRIUNFAL



En el día del triunfo el general se convierte en la imagen viva o en la encarnación del dios Júpiter, lleva el manto púrpura del dios bordado con estrellas doradas, sandalias de oro en los pies y con la mano sostiene el cetro de marfil coronado con el águila de Júpiter. Lleva en la cabeza la corona de laureles, y toda la cara pintada de rojo, para asemejarse a las antiquísimas estatuas etruscas. En verdad, toda la ceremonia es probablemente de origen etrusco, como lo indica asimismo el conjunto de mimos que danzan y cantan al estilo etrusco, mientras rodean el carro triunfal.








lunes, 2 de abril de 2018

RESUMEN DEL DESFILE TRIUNFAL



Cuando se iniciaba un desfile, generalmente marchaban en cabeza el Senado y todos los magistrados, y a continuación danzarines y payasos imitando a los que habían hecho méritos en la batalla; seguía después el botín y las carrozas de trofeos, más danzarines, músicos y bufones escoltando a las bestias para el sacrificio con los sacerdotes, precediendo a los prisioneros de alcurnia y al general triunfador en su carro antiguo. Y finalmente las legiones.




sábado, 14 de octubre de 2017

martes, 25 de octubre de 2016

LA VENGANZA DE QUINTO METELO POR PERDER EL DERECHO AL TRIUNFO


 

En 141 a. C., Quinto Metelo, que había casi sometido a las dos Hispanias, primero como cónsul y luego como procónsul, perdió el derecho a la concesión del triunfo por las grandes hazañas que había realizado porque, cuando tuvo conocimiendo de que su enemigo, el cónsul Quinto Pompeyo, era enviado para sustituirlo,  saboteó el traspaso de poderes utilizando los siguientes medios:

 

- Licenció a todos los soldados que quisieron terminar su servicio militar.

- Concedió permisos a todos aquellos que se lo pidieron, sin preguntarles el motivo y sin fijarle suna fecha de reincorporación.

- Dejó los graneros expeditos para el pillaje al retirar a los centinelas.

- Mandó romper los arcos y las flechas de los arqueros cretenses y arrojarlos al río.

- Prohibió que se diera comida a los elefantes.


( Valerio Máximo en "Hechos y dichos memorables") 








domingo, 25 de septiembre de 2016

LA VICTORIA DEL CÓNSUL CAYO DUILIO


La Primera Guerra Púnica, que enfrentó a Roma y Cartago de 264 a 241 a. C., fue el conflicto bélico ininterrumpido más largo de la Antigüedad.



En 260 a.C., el cónsul Cayo Duilio combatió con éxito contra la flota cartaginesa en la batalla de Milas, frente a las costas de Sicilia, infligiéndole una derrota por sorpresa, y fue el primero de todos los generales romanos que consiguió el triunfo tras una victoria naval. Por esta razón se le concedió un honor vitalicio: cuando regresaba de una cena lo precedía una antorcha mientras tocaba un flautista.


( Tito Livio en "Períocas")











miércoles, 3 de junio de 2015

viernes, 1 de mayo de 2015

CAYO JULIO CÉSAR, TRIUNFADOR: “RECUERDA QUE NO ERES UN DIOS”

Tan ocupado en las guerras, Cayo Julio César no tenía tiempo de regresar a Roma para celebrar los triunfos que le correspondía como general victorioso en tantas batallas. Pero tras vencer las últimas resistencias del resto del ejército pompeyano en Munda (Hispania), la más difícil de sus batallas en cuya desesperación estuvo a punto de suicidarse, volvió a Roma, ya con el título de Dictador a Perpetuidad, concedido por el Senado. Era hora de preparar la campaña contra el riquísimo imperio parto de Orodes, de donde debía de salir el botín con el que financiar los costes de una larga guerra civil que había dejado a Roma prácticamente arruinada, aparte de neutralizar las amenazas del Este contra el Imperio Romano. Pero esta vez tendría el merecido triunfo, ya que hacía más de 14 años, cuando había vuelto victorioso de la Hispania Ulterior como pretor, tuvo que entrar dentro del sagrado pomerium de Roma para no perder la oportunidad de presentar su candidatura para el consulado “in suo anno”, lo que automáticamente le eliminó su imperium y su derecho al triunfo
En la antigua Roma, el triunfo era la mayor recompensa y reconocimiento a la que un hombre de armas podía aspirar, y sólo podía pedirlo el jefe militar al Senado, pero con la condición de que hubiera obtenido una gran victoria sobre el enemigo con la conquista de territorios y con un mínimo de 5000 guerreros enemigos abatidos en una de las batallas. Y aunque por lo común los costes de la celebración de las ceremonias del triunfo los asumía el propio general, a quien correspondía la totalidad del botín, en algunos casos también se hacia cargo el propio Senado. Era algo muy apreciado, pues era la demostración ante el pueblo y ante el mundo de lo que representaba el poderío de Roma. Una vez aprobado por el Senado, se fijaba el día para celebrarlo, y el general que tenía a sus tropas acampadas en el Campo de Marte, escogía a las mejores tropas entre sus legiones para que les acompañasen en el desfile (no debían de sobrepasar un límite de aproximadamente unos 5000 soldados), así como los prisioneros elegidos para la procesión, y los carros para demostrar el botín que traía para Roma. La exhibición del triunfo sería recorrer en desfile y procesión las principales calles de Roma, incluidos recintos gigantescos como el Circus Máximus, donde la plebe pudiera lanzar los loas y disfrutar del espectáculo.
En ese triunfo de Julio César por motivo de las guerras de las Galias, en la comitiva delantera iban los cónsules del año, senadores y resto de magistrados (teniendo en cuenta de que en aquel momento César era Dictador, el más alto cargo romano), seguidos de unos 100 músicos trompeteros, los actores que interpretaban las hazañas del general en unas grandes carretas arrastradas por bueyes que hacía de escenarios móviles sobre las batallas más famosas contra los galos así como exhibición de danzas de grupos de rameras con togas de color naranja, los prisioneros más notables con sus mejores armaduras, el botín, y el resto de las personas más allegadas del general. El general triunfador iba montado en un carro que estaba adornado con ramos de laurel y lo arrastraban cuatro caballos que llevaban coronas de hierba en la cabeza. En esta circunstancia, el general triunfador encarnaba la imagen viviente del dios romano Júpiter Capitolino, vestido con las túnicas y los ornamentos del propio dios, que para aquella ceremonia se tomaba prestado del templo del Capitolino, morada del divino Júpiter. El general iba con la cara y las manos totalmente pintadas de tinte rojo, imitando la única imagen en la que estaba pintado la escultura de terracota el rostro y manos del dios Júpiter Optimo Máximo en su templo del Capitolino. Sólo el triunfo permitía que un romano imitara hasta tal punto a un dios. En una mano llevaba el cetro retorcido de marfil propio del triunfador, que remataba en una águila de oro y en otra un ramo de laurel, con su frente ceñida de una corona de lo mismo. Su cochero vestía de una túnica púrpura, y en la parte trasera del espacioso carruaje, un hombre con túnica púrpura sostenía una corona de hojas de roble sobre la cabeza de César y de vez en cuando entonaba la famosa advertencia que se daba a todos los triunfadores: “Vuelve la vista atrás, recuerda que no eres un dios”. Y a su lado le seguían con sus Caballos Públicos sus oficiales superiores (legados) de su ejército, miembros de la familia del general, los libertinos escogidos por él (con el gorro de la libertad, un tocado cónico que los identificaban, y con una placa colgada en el pecho), su famoso caballo Génitor, y el resto de sus servidores más próximos. En último lugar marchaba parte de su ejército , encabezado por los portadores de las águilas vestidos con piel de león, cantando sus canciones provocativas a la plebe que les lanzaban pétalos de rosas y loas: "¡Quirites, cuiden a sus mujeres!""¡Pues con nosotros traemos al putero calvo!". En el triunfo sobre las guerras de las Galias, desfilaron más de 5000 legionarios del general, pero ataviados con túnicas y con yelmos de pelo de caballo, así como empuñando bastones enguirnaldados con hojas de laurel (no se permitía el uso de armas reales dentro del pomerium, considerados los límites sagrados de dentro del interior de Roma).
Al llegar el carro al templo del Capitolio, el triunfador, acompañado de los sacerdotes y las vestales, le ofrecía a Júpiter los laureles que tenía en su mano, y luego hacia un sacrificio en acción de gracias consistente en degollar unas drogadas vacas blancas o que tuvieran alguna mancha blanca sobretodo en la cara o cabeza. Pero antes del sacrificio, los prisioneros eran conducidos al Tuliano , una especie de cárcel, donde los estrangulaban hasta morir, tal como ocurrió con los príncipes de los galos Vercingetorix, Coto o Lucterio, después de exhibirlos ante todo el pueblo romano, pues dentro del pomerium de Roma no existían las cárceles. El botín de guerra era llevado al templo del tesoro, los legionarios regresaban al campamento del Campo de Marte para esperar su paga, su parte del botín, y su licencia en los siguientes días. Una vez terminado el rito religioso, el vencedor se reunía con los magistrados y el Senado, para celebrar un banquete, y si así lo deseaba el propio general, también se podía hacer otro banquete en el que tomaban parte los soldados y la plebe. Más o menos esta era la norma. Pero en el caso que nos ocupa, con Julio César, ese triunfo iría a durar muchos más días, por las diversas victorias conseguidas en diversos puntos del Imperio.

Luego en los días siguientes al triunfo sobre las Galias, siguieron los otros triunfos por Egipto, Asia Menor, África e Hispania, así como juegos funerarios extraordinarios para ese año de celebración de los triunfos de Julio César, en especial el que estuvo en honor de su difunta hija Julia (esposa de su rival Pompeyo que murió al parir un hijo de él), con obras de teatro, y luchas de gladiadores en el circo, espectáculos con bestias salvajes, luchas de prisioneros de guerra condenados, exhibiciones de la última moda marcial, etc…, todo ello pagado a cuenta del Dictador.



Tras lo cual al llegar a la fase final de las celebraciones, Julio César ofreció y pagó personalmente un banquete público en nada menos que veintidós mil mesas. Entre las exquisiteces se incluían mariscos, angulas, asados, vino, pasteles de miel, La gente comía, cantaba y bailaba por todos los lados, por el enorme jubilo . El vino corrió como el agua, las mesas rebosaban comida y quedaron sobras suficientes para que los pobres de Roma se llevaran a casa sacos enteros para completar su dieta durante mucho tiempo, todo a cuenta del triunfador, que además era el Dictador de Roma, para ofrecerles una gran fiesta a su pueblo, que lo recordara siempre. Y es que en aquellos momentos Cayo Julio César era el hombre más rico y poderoso de Roma, aunque en cada momento, en aquellos días de su triunfo, su asistente le repetía muy a menudo el famoso: “recuerda que no eres un dios”.