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domingo, 25 de septiembre de 2016

DIÁLOGO ESCIPIÓN EL AFRICANO CON ANÍBAL BARCA


ANÍBAL Y ESCIPIÓN 


Africano preguntó quién era, en opinión de Aníbal, el general más grande de todos los tiempos. Aníbal contestó: "Alejandro...porque, con una pequeña fuerza, consiguió derrotar ejércitos numerosísimos, y porque atravesó las tierras más remotas.... Preguntando a quién colocaría en segundo lugar. Aníbal dijo: "A Pirro. Fue el primero en dominar el arte de disponer un campamento. Además, nadie ha mostrado nunca mejor juicio para elegir su terreno o desplegar sus fuerzas. Tenía también la habilidad de ganarse hombres para su bando..." Cuando africano continuó preguntándole quién sería el tercero, Aníbal se eligió a sí mismo sin dudar. Escipión estalló en una risotada y preguntó: "¿Qué habrías contestado si me hubieras derrotado a mí?"

ANÍBAL BARCA


    "En este caso -replicó Aníbal-, es evidente que me hubiera colocado antes que Alejandro y que Pirro; de hecho, ¡antes que cualquier otro general!". Esta respuesta, con aquella elaborada sutileza púnica... afectó profundamente a Escipión, pues Aníbal le había dejado aparte de la lista de generales, porque su valía estaba fuera de cualquier cálculo posible.


( Tito Livio )


ESCIPIÓN EL AFRICANO 



ANÍBAL BARCA

ANÍBAL BARCA


ANÍBAL BARCA

ANÍBAL BARCA


ESCIPIÓN EL AFRICANO 



domingo, 16 de agosto de 2015

EL CÓNSUL APIO CLAUDIO CECO EL CENSOR


Apio Claudio el Censor, también llamado Apio Claudio Ceco (Appius Claudius Caecus) que significa el Ciego (340 a. C.-273 a. C.) fue un famoso censor romano que ocupó el cargo en 312 a. C. Fue nombrado para el cargo aunque no había sido cónsul previamente, como era lo habitual en el cursus honorum. Hijo del dictador Cayo Claudio Craso. Se creía generalmente entre los antiguos que su ceguera era real, y no puede haber ninguna duda de que tal era el hecho, aunque es casi seguro que Apio no se quedó ciego antes de su vejez. La tradición de su ceguera se debe a Tito Livio.
 
Fue dos veces edil curul, y en el año 312 a. C. fue elegido censor con Cayo Plaucio Deciano, sin haber sido previamente cónsul. En su magistratura apoyó a las clases bajas y a la burguesía comercial, permitiendo a ciudadanos ricos, e incluso a los hijos de los libertos (este término se refiere a hombres libres pertenecientes a la aristocracia de otras ciudades itálicas y no a individuos esclavos que adquieren la libertad), entrar en el Senado. Durante la Segunda Guerra Samnita, promovió la fundación de colonias en el Lacio y la Campania, a fin de que sirviesen de bastiones contra los samnitas y etruscos.
 
Con el diseño de la formación en el senado de un partido del pueblo, que debía estar subordinado a él en sus ambiciosos proyectos, llenó las vacantes en el Senado con un gran número de los nombres del pueblo bajo, incluso los hijos de los libertos. Su lista, sin embargo, se dejó de lado el año siguiente, en el que C. Plautius renunció, y Apio continuó en su cargo como único censor. Luego procedió a elaborar las listas de las tribus, e inscribió en ellas a todos los libertos, a quienes distribuyó entre todas las tribus, de modo que su influencia podría predominar en todas.

 

Pero el monumento más duradero de su censura (debido a que sus innovaciones políticas fueron en gran parte anuladas por Q. Fabio Máximo) fueron la carretera a Capua (Vía Apia), que fue iniciada por él, y el acueducto Aqua Appia, el cual completó.Niebuhr conjetura, con cierta probabilidad, de que con el fin de recaudar dinero, debió haber vendido una gran parte de la tierra pública.

 

Consiguió reservar la elaboración de las listas senatoriales para los censores, actividad antes ejercida por los cónsules.

Publicó un calendario legal, facultad hasta entonces reservada a los pontífices.

Mantuvo su censura de cuatro años.

 

En 307 a. C. fue elegido cónsul después de renunciar a su censura, que en vano había tratado de mantener y se mantuvo en Roma con el fin de fortalecer sus intereses. En el año siguiente lo encontramos como un oponente vigoroso de la ley Olgulnia para la apertura de las magistraturas de pontífice y augur a los plebeyos. En 298 a. C. fue nombrado interrex (un cargo que ocupó tres veces), y al principio se negó a recibir los votos para un candidato plebeyo.

En 296 a. C. fue elegido cónsul por segunda vez, y comandó al principio en Samnio con cierto éxito. De Samnio condujo a sus fuerzas a Etruria, y tras haber sido liberado de una situación peligrosa por su colega Volumnio, los ejércitos combinados lograron una victoria decisiva sobre los etruscos y samnitas. En esta batalla prometió un templo a Bellona, que luego dedicó.

 

Al año siguiente continuó en el mando, como pretor, pero fue enviado de vuelta a Roma por el cónsul Fabio. Posteriormente, en conjunción con Volumnio, obtuvo una victoria sobre los samnitas.

En 287 a. C. o 286 a. C. ejerció de dictador. Se desconoce el año exacto.

 

En su vejez, cuando Cineas fue enviado por Pirro a proponer la paz, Apio, entonces completamente ciego, se presentó en el Senado, y por su discurso prevaleció sobre ellos la idea de rechazar las condiciones ofrecidas. Este discurso se conservaba aún en el tiempo de Cicerón. Dejó cuatro hijos y cinco hijas.

A finales del siglo IV a. C., tuvo la iniciativa de redactar la primera obra de Derecho, obra que también se puede considerar la primera obra literaria romana, si se descartan como tales los escritos anteriores pertenecientes a la Ley de las XII Tablas y los Anales de los pontífices.

 

Compuso una serie de sententiae, aforismos de influencia pitagórica en versos saturnios, de los que sólo unos pocos han llegado hasta nosotros. Entre ellos se cuenta el famoso: faber est suae quisque fortunae («cada uno es artífice de su propia fortuna»).


domingo, 5 de julio de 2015

HORACIO DICE DE LOS LEGIONARIOS


La mocedad nacida en este cieno no lleno el mar con sangre de Cartago, ni venció a Pirro o Antioco potentes ni la soberbia del terrible Aníbal: fue la prole viril de agrestes milites, bien ensenada a remover la gleba con la azada sabina, y, por arbitrio de una severa madre, a cortar leños.


HORACIO, ODAS 3, 6





viernes, 3 de octubre de 2014

PLUTARCO ESCRIBE SOBRE PIRRO Y FABRICIO:





Después de esto, enviáronse legados a Pirro a tratar de los cautivos, siendo uno de aquellos Cayo Fabricio... Tratole Pirro con la mayor consideración y procuró atraerle a que tomase una cantidad de oro.... Rehusóla Fabricio.... Mas al día siguiente, queriendo dar un susto a Fabricio, que no había visto nunca un elefante, dio orden de que cuando estuvieran los dos en conversación hicieran que de repente se apareciera por la espalda el mayor de ellos, corriendo la cortina. Hízose así, y dada la señal, se corrió la cortina; el elefante, levantando la trompa, la llevó encima de la cabeza de Fabricio, dando una especie de alarido agudo y terrible. Volviose éste con sosiego, y sonriéndose, dijo a Pirro: "Ni ayer me movió tu oro, ni hoy tu elefante" 

domingo, 27 de julio de 2014

GUERRAS PÍRRICAS





Los elefantes de Pirro 




Desde hacía un siglo, griegos y cartagineses se enfrentaban en Sicilia. Dionisio, tirano de Siracusa, había resistido a Cartago. 


Tarento estaba amenazada por la presión de los pueblos de Apulia.



Envidiosas de su riqueza, las ciudades griegas del sur aceptaron la alianza romana. 



Todas las fuerzas de Grecia habían sido dirigidas hacia Oriente como consecuencia de la expedición de Alejandro Magno, y no podían acudir en ayuda de las ciudades hermanas de Italia.



Tarento quiso resistir. Era una gran metrópoli, orgullosa de su industria, de su comercio y de su arte. Para defenderse, apeló a Pirro, rey de Epiro, un príncipe montañés embebido por la Ilíada, que, por su sangre macedónica, soñaba con renovar las hazañas de Alejandro.



Pirro desembarcó en el año 280 a. de J.C. y combatió contra los romanos, que por primera vez se encontraron frente a una formidable máquina de guerra: Los elefantes. 



Estos, cargando contra las legiones, las pusieron en fuga.



Al año siguiente, el rey de Epiro alcanzó una nueva victoria, pero por dos veces, a pesar del triunfo, sufrió gravísimas pérdidas y, aunque sabía vencer al enemigo, no sabía sacar después una ventaja inmediata.



Roma recibió entonces una ayuda inesperada: Cartago quería apoderarse de Siracusa, y la ciudad siciliana recurrió a Pirro, que marchó contra los cartagineses, volviendo después a Italia.



Pero esta vez los romanos, habiéndose acostumbrado a los elefantes, aplastaron al ejército del rey de Epiro, en Benevento, en el año 275 a. de J.C.



Pirro, lleno de amargura, volvió a partir para Grecia, donde encontró la muertes tres años después, en Argos, en circunstancias oscuras.



 Antes de abandonar Sicilia había dicho: "¡Qué hermoso campo de batalla dejamos a los cartagineses y a los romanos!"



Tarento se rindió en el año 272 a. de J.C. Roma reinaba ya en la Italia meridional: Sicilia estaba muy cerca. 



Hasta aquel momento, Roma y Cartago habían mantenido buenas relaciones, confirmadas por cuatro tratados de alianza. 

Pero los aliados iban a transformarse ahora en enemigos implacables.



LA REPÚBLICA ROMANA


Magistrados de la República


Caída de los reyes y comienzos de la República (509-275 a. de J.C.) 

En el año 509 a. de J.C., Roma se libera del dominio de los etruscos, que marchan hacia la decadencia.

De aquí en adelante es una ciudad soberana, vinculada a su libertas, cuyo símbolo S.P.Q.R. (Senatus populus que romanus: el Senado y el pueblo romano), indica que el poder pertenece a los ciudadanos y no ya al detestado rey que la República ha suprimido.



En efecto, el fin de los Tarquinos, que trataban de apoyarse en el pueblo, significa la victoria de la clase rica, puesto que los patricios monopolizan las magistraturas y el Senado, y Roma conocerá en consecuencia sangrientas luchas sociales.
En el interior, después de haber expulsado a los Tarquinos, la república romana hace sus primeras armas.


El periodo se distingue por la oposición social, política y económica entre los patricios, herederos legítimos de los cultos indoeuropeos y que eran los únicos que tenían el privilegio de conversar directamente con Júpiter mediante la interpretación del lenguaje de los pájaros (auspicios), y los plebeyos, que tal vez descendían de las comunidades indígenas dominadas por los pastores indoeuropeos.

Los plebeyos, tras largas luchas políticas, consiguieron tener, en un principio, unos protectores oficiales: Los tribunos de la plebe (494-493 a. de J.C.).

Más tarde, una legislación escrita que concernía al derecho de propiedad (la Ley de las XII tablas y los decenviros, 451-449 a. de J.C.) y, finalmente, el derecho de acceder a las diferentes magistraturas y, en último lugar, al consulado (367 a. de J.C.).


La verdadera igualdad política no se obtuvo hasta 321 a. de J.C., después del desastre de Caudio, y la igualdad religiosa en el año 300 a. de J.C. (acceso de los plebeyos al sacerdocio). Los grandes hombres de este periodo fueron Cincinato, Decio y Camilo.

En el exterior, el ejército romano conquista la Península Itálica: poco a poco, los latinos (493 a. de J.C.), los etruscos (Camilo vence en Veyes, en 395 a. de J.C.), los samnitas, los ecuos y los volscos, son dominados.

Pero estas conquistas no se llevan a cabo sin derrotas. La guerra contra los montañeses samnitas duró 50 años y se caracterizó por el desastre de Caudio (las horcas caudinas, 321 a. de J.C.): Los romanos, vencidos, desarmados y desnudos, pasaron bajo el yugo (especie de puerta formada por una lanza atravesada sobre otras dos).


Finalmente, en 283-282 a. de J.C., las coaliciones del Lacio fueron vencidas definitivamente. La conquista de la Península Itálica central había sido precedida por una invasión gala (derrota del Allia, en 390 a. de J.C., y conquista de Roma por los galos).

El final de este periodo se caracteriza por la lucha contra Tarento, que tenía a sueldo a Pirro, rey del Epiro, vencedor en Heraklea (280 a. de J.C.) y en Ausculum (279 a. de J.C.).

Estas victorias, de las que Pirro salió más debilitado que los vencidos, no fueron decisivas, y el rey del Epiro, derrotado finalmente en Benevento (275 a. de J.C.), retornó a Grecia.