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martes, 18 de abril de 2023

MAGNO FÉLIX ENODIO

 

Enodio de Pavía (nombre latino, Magnus Felix Ennodius; Arlés, c. 473-Pavía, 521) fue un obispo, hagiógrafo y poeta galorromano. Posteriormente fue declarado Padre de la Iglesia.

 

Nació en Arlés, en el seno de una familia de origen romano. Se educó con una tía suya en Milán y contrajo matrimonio con una rica ciudadana. Se formó en la retórica clásica. Enodio sintió la vocación sacerdotal y pidió permiso a su esposa para separarse: fue ordenado diácono por San Epifanio de Pavía y ella ingresó en un monasterio. Desarrolló una importante labor didáctica, que culminó en 510, cuando fue elegido obispo de Pavía y sucedió al obispo Máximo.

 

Su labor al frente de su diócesis fue conocida en todo Occidente y el Papa Hormisdas acudió a él en diversas ocasiones, para que lo representara ante el emperador Anastasio II, que favorecía a los monofisitas. Las legaciones de Enodio en Constantinopla fueron dos: en 515 para obligar al Patriarca de Constantinopla, Acacio, y al de Antioquía, Pedro, a aceptar las decisiones del Concilio de Calcedonia; y en 517 para amonestar al mismísmo emperador. Ninguna dio el fruto deseado y regresó, tras un accidentado viaje, a Pavía.

 

Murió en la ciudad de la que era obispo en 521. Su fiesta se celebra el 17 de julio.

 

Tenía una mente curiosa y brillante y, desde su conversión al cristianismo, se dedicó al estudio de las Sagradas Escrituras, la filosofía, la retórica y la apologética. Su primera obra es una apología del Papa Símaco, contra los partidarios del cismático Lorenzo. Pronto su calidad intelectual fue reconocida, y fue elegido para componer y recitar el panegírico del rey ostrogodo Teodorico I.

 

Otras obras suyas fueron las vidas de san Epifanio de Pavía y de san Antonio de Lérins, una obra autobiográfica (escrita como acción de gracias tras recuperarse de una enfermedad, titulada Eucharisticon) y numerosos textos poéticos; dejó, además, otras obras en prosa y en verso, además de una nutrida correspondencia formada por 297 cartas. Es considerado como el último de los retóricos clásicos.





miércoles, 15 de abril de 2020

WALIA



Walia o Wallia (¿?-418) fue rey de los visigodos entre 415 y 418, adquiriendo reputación de bravo guerrero y gobernante prudente. De la dinastía baltinga, hijo de Atanarico, y hermano de Ataúlfo (según Baronio, era hijo,​ pero se sabe que todos los hijos de Ataúlfo eran jóvenes y todos fueron asesinados por Sigerico), fue elegido al trono tras los asesinatos de éste y de su sucesor Sigerico.

 

Tras el asesinato de Ataúlfo en 415 se generó una lucha por el trono entre Sigerico y Walia. En un principio accedió al poder Sigerico, quien en sus siete días de gobierno dio pruebas inequívocas de sus intenciones: mandó matar a los seis hijos de Ataúlfo, para evitar futuros descendientes, y atacó sin piedad a Gala Placidia, viuda de Ataúlfo. Esta situación causó un gran malestar entre los partidarios de Walia, quienes asesinaron a Sigerico el séptimo día de su reinado.

 

Intentó establecerse en el norte de África pero una tempestad dio al traste con sus expectativas, y falto de víveres firmó la paz con el emperador romano Honorio y un tratado (foedus) con el que Walia se comprometía a entregar a Gala Placidia (hermana de Honorio raptada por Alarico I y que había sido esposa de Ataúlfo) y a expulsar de la península ibérica a los pueblos bárbaros que habían penetrado en el año 409.


Por su parte, el emperador Honorio entregaría 600 000 modios de trigo a los visigodos. En poco más de dos años los visigodos aniquilan a los vándalos asdingos que estaban asentados en la Bética y prácticamente a todos los alanos de la Lusitania.

 

De los cuatro pueblos bárbaros (vándalos asdingos, vándalos silingos, suevos y alanos) que se asentaron en la Península sólo quedaban dos, pero cuando parecía que también serían aplastados por Walia, Honorio decidió cambiar su plan y entregó a los visigodos la Aquitania para que se estableciesen allí. Fijó entonces la capital del reino visigodo en Tolosa (la actual ciudad de Toulouse, en Francia).


Se casó con una hija de Ricomero, rey de los Francos, y de su mujer Ascyla. Su hija se casó con Requila, rey de los suevos, y junto a él fue madre de Ricimero.


Le sucedió Teodorico I, yerno de Alarico I.


domingo, 24 de junio de 2018

LITORIO, EL ÚLTIMO COMANDANTE ROMANO



Litorio (fallecido el 439) fue un general romano del periodo del Imperio romano de Occidente que sirvió principalmente en la Galia a las órdenes del magister militum Flavio Aecio. Litorio se caracteriza por ser el último comandante romano en la historia antigua militar romana en realizar ritos paganos y la consulta a los auspicios antes de una batalla.​
 
Sus acciones militares estaban fundamentalmente centradas contra los visigodos que gradualmente habían intentado extender su control sobre la Galia. En 436 su rey Teodorico I intentó conquistar Narbona para conseguir una vía de acceso al mar Mediterráneo y una vía de comunicación con los Pirineos.
 
 Litorio, con la ayuda de los hunos, impidió la conquista de la ciudad por parte de los visigodos haciéndolos retroceder hasta su capital Toulouse tras sorprenderlos en campo abierto. En la batalla de Toulouse en 439, las fuerzas aliadas romanas y hunas fueron derrotados por los visigodos y Litorio murió encarcelado debido a las heridas recibidas durante la batalla.


martes, 29 de mayo de 2018

BATALLA DE LOS CAMPOS CATALÁUNICOS

FLAVIO AECIO


La batalla de los Campos Cataláunicos (también llamada batalla de Châlons o batalla de Locus Mauriacus) enfrentó en el año 451 a una coalición romana encabezada por el general Flavio Aecio y el rey visigodo Teodorico I contra la alianza de los hunos comandada por su rey, Atila. Esta batalla fue la última operación a gran escala en el Imperio romano de Occidente y la cumbre de la carrera de Aecio.
ATILA, REY DE LOS HUNOS

El lugar donde tuvo lugar la batalla fue en algún descampado en la margen izquierda del río Marne, cerca de la ciudad de Châlons-en-Champagne, en el Norte francés, aunque se desconoce la ubicación exacta.
 
El nombre de Atila había llegado a todos los rincones de Europa. Algunos pueblos bárbaros enviaban emisarios con propuestas de alianza, mientras otros buscaban apoyo en el decadente Imperio romano de Occidente. La cristiandad se había extendido por gran parte del continente; tanto el Imperio romano de Oriente como el de Occidente, habían abandonado sus antiguos cultos. Del mismo modo, diversos pueblos bárbaros se habían romanizado y abrazado el cristianismo.
 
Las noticias de los saqueos y la destrucción que había sufrido el Imperio de Oriente a manos de Atila habían llegado a Occidente. Existía el temor a que los hunos se dirigieran al Imperio de Occidente. No obstante, el emperador del imperio occidental, Valentiniano III, había entablado negociaciones con Atila para destruir entre ambos el Reino visigodo de Tolosa, en la Galia.
 
Eran precisamente esos mismos visigodos los que décadas atrás se habían visto obligados a cruzar el Danubio debido al avance huno. Por el camino, habían derrotado a los romanos en Adrianópolis, habían vagado durante años asolando los Balcanes, habían saqueado Roma en el 410 y ahora ocupaban parte de la Galia. El emperador trataba por tanto de aliarse con los hunos antes de que los visigodos supusieran una amenaza para el imperio.
 
Aunque las supuestas intenciones de Atila eran las de ayudar a los romanos y expulsar a los visigodos de la Galia, las auténticas eran apoderarse de los territorios del Imperio de Occidente. Cuando sus tropas se pusieron en marcha hacia la Galia, Aecio hizo gala de su habilidad diplomática para conseguir una alianza con los visigodos, sus antiguos enemigos, con los que lucharía conjuntamente contra Atila. Mientras tanto, los hunos habían llegado al norte de la Galia y habían comenzado a saquearla. Ciudades como Metz, Reims o Amiens fueron devastadas. Un ejército confederado de romanos, visigodos y algunos francos,​ alanos y otros pueblos emprendió camino al norte, dispuesto a enfrentarse a Atila.
 
El Imperio romano era entonces una sombra de lo que había sido. Corrupto y ajado tras siglos de existencia, agonizaba ante avalanchas de invasores que no podía frenar. Sin embargo, el general Flavio Aecio hizo frente a los ejércitos hunos.
 
En esta batalla se enfrentaron dos bandos en los que estaban integrados un gran número de pueblos de origen germánico. Por la parte huna, Atila contaba con una gran cantidad de los jinetes de las estepas que habían conformado su pueblo, así como una gran cantidad de infantería de los reinos que le habían rendido vasallaje, como los ostrogodos, gépidos, hérulos, turingios etc.
 
El ejército romano estaba comandado por el magister militum Flavio Aecio, conocido por los historiadores como «el último de los romanos», por sus denodados esfuerzos por defender un Imperio Occidental que se derrumbaba irremediablemente. Aecio buscó la ayuda de otros pueblos bárbaros, pues era consciente de que el ejército romano no podría frenar por sí solo al ejército de Atila. 
El ejército romano estaba muy debilitado: los salarios no eran tan atractivos como lo habían sido en siglos anteriores, las tácticas e incluso el armamento se habían quedado anticuados en relación a los avances que habían obtenido los enemigos de Roma y, en un imperio ya corrompido y empobrecido, el orgullo por pertenecer al ejército había desaparecido. 
El Imperio de Occidente era incapaz de controlar sus fronteras, que se habían vuelto permeables a todo tipo de invasiones, y los emperadores se veían obligados a reclutar bárbaros que penetraban en el imperio, actuando como foederati para tratar de impedir que otros bárbaros también entrasen. Aecio consiguió que se unieran a él visigodos, burgundios, francos y alanos.
 
Los dos ejércitos se desplegaron en campo abierto, en la actual Champaña, el 20 de junio del año 451 d. C. En los Campos Cataláunicos, que dan nombre a la ciudad de Châlons (Chatalan) y a la Champaña (Champs), Atila y Flavio Aecio, se batieron con sus ejércitos en la que fue una de las batallas más sangrientas hasta aquella fecha.
 
El ejército del bando romano fue el primero en desplegarse en el campo de batalla. Aecio dispuso a sus romanos en el ala izquierda, sobre una pequeña colina que dominaba el terreno. Situó a los visigodos con su rey Teodorico en el ala derecha. Entre ambos contingentes se colocaron los alanos, para dificultar una posible retirada de estos. Atila llegó a la llanura cuando el ejército confederado romano ya había tomado posiciones.
 
Pocos datos han trascendido sobre lo que ocurrió a continuación. Se sabe que Atila y su horda huna se situaron en el centro de su ejército, que los ostrogodos hicieron lo propio a su izquierda, frente a los visigodos de Teodorico, y que el resto de pueblos bárbaros se desplegaron a la derecha. Probablemente la intención del rey huno era atacar a los alanos con tal energía que abandonasen el combate. Con la huida de los alanos, el ejército de Aecio quedaría partido en dos, lo que facilitaría rodearlo y destruirlo.
 
Atila había dado orden que no se cargara hasta que no iniciase las hostilidades con sus arqueros hunos. Durante unos momentos tras finalizar el despliegue de los ejércitos, ambos bandos debieron quedarse en silencio, observándose mutuamente, hasta que Atila ordenó a los arqueros que lanzaran sus flechas contra el ejército romano.
 En ese momento, hunos, ostrogodos, gépidos y hérulos cargaron contra el ejército confederado. Atila, al frente de sus jinetes, se lanzó contra los alanos, mientras la infantería del conglomerado bárbaro chocaba con los soldados romanos de Aecio, que dominaban la colina; por último, los ostrogodos entablaron combate con los visigodos.
 
La batalla se prolongó durante horas. Los ostrogodos lucharon ferozmente contra los visigodos, aunque las tropas de Teodorico conseguieron rechazarlos una y otra vez, mientras que los hunos causaban muchas bajas a los alanos. A pesar del temor de Aecio de una deserción masiva alana, tal hecho no se produjo. Los alanos resistieron las constantes acometidas de los jinetes hunos, aunque no pudieron evitar ir cediendo terreno poco a poco.
 Sobre la colina, los soldados romanos resistían sin demasiada dificultad frente a los descoordinados bárbaros que se lanzaban contra ellos. Sin embargo la mayor presión la estaba ejerciendo Atila en el centro del ejército confederado romano, sobre los alanos, cuyas filas comenzaron a romperse. En ese momento Atila localizó a Teodorico, el rey visigodo, combatiendo en primera fila contra los ostrogodos y lo mató, lo que fue un duro golpe para la moral visigoda.
 
Sin embargo, la muerte de Teodorico no causó una desbandada visigoda. Su hijo, Turismundo, fue nombrado rey en mitad del combate. Los visigodos contraatacaron con renovadas energías contra los ostrogodos, que fueron rechazados nuevamente. 
En ese momento la batalla cambió de rumbo. Atila, que había estado a punto de lograr la retirada alana y una posible desbandada visigoda, sufrió la retirada ostrogoda y la resistencia de los alanos y visigodos, que no cedieron a los embates de sus fuerzas. Llegado este momento, Turismundo reorganizó sus filas y ordenó atacar a los hunos.
 
Por entonces, ya se había producido una sangría en el ala derecha del ejército de Atila, que no había logrado abrir brecha en las filas romanas de la colina. Atila percibió el peligro de una posible embestida visigoda por su izquierda, pues Aecio podría rodearlo por la otra ala; el rey huno envió un jinete a su campamento portando la orden de que se hiciese una pira funeraria de inmediato. La batalla estaba perdida, y Flavio Aecio asestaría el golpe definitivo en cualquier momento.
 
Atila reorganizó sus mermadas fuerzas y huyó del campo de batalla a su campamento, dispuesto a incinerarse antes de dejarse capturar. Si Aecio contraatacaba, cercaría a los supervivientes en su propio campamento y podría aniquilarlos. Sin embargo, el general romano no ordenó el contraataque. 
No se sabe con exactitud cuál fue la razón que originó tal actitud, pero se barajan varias posibilidades. Hay quien sostiene que Turismundo, el nuevo rey visigodo, rompió el acuerdo militar alcanzado por su padre con Aecio tras la retirada huna, abandonando los Campos Cataláunicos, por lo que Aecio, con un ejército reducido a casi la mitad, no podría asestar el golpe final a Atila. 
Sin embargo la razón más aceptada (propuesta por el historiador Jordanes), es que Aecio temía que, con la destrucción de los hunos, los visigodos, muy fortalecidos en ese momento, se crecieran y trataran de conquistar el Imperio romano de Occidente.
 E incluso se opina que el general romano no tenía intenciones de destruir al ejército huno con vistas a pactar una alianza en caso de que los visigodos se revolvieran contra Roma. En todo caso, Atila pudo finalmente retirarse a Germania.
 
Aecio, Turismundo y Atila abandonaron el campo de batalla de Châlons-en-Champagne dejando tras de sí unos veinte o treinta mil cadáveres.
 
A pesar de las previsiones de Flavio Aecio, Atila no se dio por vencido. Honoria, la hermana del emperador Valentiniano III, había pedido matrimonio al rey huno, y este, deseoso de recibir parte del imperio como dote, había aceptado. Aunque el emperador había desautorizado la petición de su loca hermana, Atila exigía el imperio de Occidente, por lo que al año siguiente, en el 452 d. C., los hunos invadieron el norte de Italia. Sin embargo, el papa León I acudió a hablar con Atila, y tras la entrevista, el rey huno se retiró de Italia con todo su ejército.
PAPA LEÓN I CON ATILA

Atila se retiró tras el Danubio y en el año 453, tras contraer matrimonio con la princesa goda Ildico, murió por una hemorragia nasal.
 
La retirada de Atila y su muerte al año siguiente supusieron sendos reveses para la imagen de que gozaba Aecio ante Valentiniano III, que sospechaba que su mejor general tenía aspiraciones al trono imperial. Aecio había apostado desde el principio de la invasión de Italia por una solución militar a pesar de lo reducido de sus fuerzas, pero Valentiniano III prefirió permanecer a la defensiva y resistir desde Rávena; con la muerte de Atila en 453, el emperador pensó que la habilidad negociadora y militar de Aecio ya no eran tan necesarias. 
Por estas razones, y alentado por las habituales intrigas palaciegas, en el año 454, Valentiniano III mandó llamar a Aecio a palacio donde él mismo lo asesinó por sorpresa. Al año siguiente, dos antiguos oficiales de Aecio asesinaron al emperador durante un desfile militar, seguramente a instancias del influyente y rico senador romano Petronio Máximo, que aspiraba al trono.