martes, 18 de octubre de 2016

TÁCITO DESCRIBE EL DESASTRE DE VARO


 

El primer campamento de Varo, por lo dilatado de su perímetro y las medidas de su cuartel general, evidenciaba la presencia de tres legiones. Después, por una empalizada semiderruida y una fosa poco profunda, se intuía que allí se había asentado sus restos, ya destrozados. Y en el descampado había huesos que blanqueaban, diseminados o amontonados, según hubieran caído huyendo o resistiendo. Junto a ellos se encontraban trozos de flechas, patas de caballo y cabezas clavadas en los troncos de los árboles; en los bosques sagrados cercanos, en los altares bárbaros e los que habían sacrificado a los tribunos y a los centuriones de los primeros órdenes. Los supervivientes de aquel desastre, los que habían logrado escapar de la lucha o ser apresados, iban refiriendo cómo cayeron los legados aquí, o cómo fueron robadas las águilas allá, dónde asestaron a Varo su primera herida, dónde encontró la muerte, víctima infeliz del golpe de su propia mano, desde qué tribunal arengó Arminio, cuántos fueron los patíbulos para los prisioneros, cuántas las fosas y cómo él se mofó de su arrogancia de las enseñas y de las águilas.



Y así aquel ejército romano, que se presentaba a los seis años del desastre, iba sepultando los huesos de las tres legiones, sin que nadie supiera si los restos que estaba dando a la tierra eran ajenos o eran de los suyos... y dejándose llevar por un odio creciente contra el enemigo, tristes e irritados a un tiempo. 





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