domingo, 7 de enero de 2018

BODA DE LUCIO CORNELIO SILA CON JULILLA DE LOS CÉSARES


Lucio Cornelio Sila y Julia Minor, la hija pequeña de Cayo Julio César, contraían matrimonio Según la antigua ceremonia de confarreatio por la que dos patricios quedaban unidos de por vida. La carrera de Sila daba una buena zancada al ser solicitado personalmente como cuestor por el cónsul electo Cayo Mario y unirse por su matrimonio a una familia cuya dignítas e integridad estaban por encima de todo reproche. Nada parecía obstaculizar su triunfo.

 

¡Con qué júbilo se preparaba para su noche de bodas, él, a quien nunca le había gustado verse atado a una esposa y a las responsabilidades de una familia! Había dejado a Metrobio antes de solicitar a los censores su ingreso en el Senado, y aunque la separación había estado más cargada de emoción de lo que él estaba acostumbrado, pues el muchacho le amaba mucho y estaba destrozado, Sila estaba firmemente decidido a prescindir para siempre de aquella clase de relaciones. Nada debía obstaculizar su carrera hacia la fama.

 

Aparte de eso, conocía de sobra su estado emocional y comprendía que Julilla le era vital, y no sólo porque encarnara la suerte para él, bien que en sus reflexiones él siempre atribuyera sus sentimientos respecto a ella centrados en esa suerte; sucedía que él era incapaz de considerar amor sus sentimientos hacia otra persona. El amor para Sila era un sentimiento de gente inferior, y definido por esa gente inferior resultaba una cosa curiosa llena de ilusiones y decepciones, a veces noble hasta la idiotez y otras bajo hasta la amoralidad. Que Sila fuese incapaz de reconocerlo en si mismo se debía al hecho de que el amor contradecía el sentido común, el sentido de conservación y la claridad mental. En años venideros ni siquiera comprendió que su paciencia y esa tolerancia para con aquella esposa caprichosa era la prueba de que realmente necesitaba amor. Pero él atribuyó esa paciencia y esa tolerancia a un don intrínseco de su propio carácter, incapaz de entenderse y autoestimarse, incapaz de madurar.

 

Fue una clásica boda al estilo Julio César, mucho más digna que vulgar, pese a que las bodas a que había asistido Sila siempre habían sido mucho más vulgares que dignas; por lo que para él resultó asunto más molesto que placentero. Sin embargo, llegó el momento en que ya no quedaron invitados ebrios afuera del dormitorio y no tuvo que perder el tiempo echándolos de casa a la fuerza. Cuando cubrió la corta distancia de una puerta a otra y cogió a Julilla en brazos para cruzar el umbral, ya no quedaba ningún invitado.

 

Como en su vida no había habido vírgenes inexpertas, Sila arrostró sin reparo alguno los acontecimientos inmediatos y se ahorró muchas preocupaciones innecesarias. Independientemente del estado clínico de su virginidad, Julilla era tan madura y tan fácil de pelar como un melocotón a punto de desprenderse del árbol. Ella le contempló despojarse de la túnica de matrimonio y quitarse la corona de flores, tan fascinada como excitada, y ella misma se despojó de todas las prendas sin que él se lo dijera, del maquillaje nupcial de crema y azafrán, de la tiara de lana de siete tiras de la cabeza y de los nudos y ceñidores especiales.

 

Una vez desnudos, se miraron uno a otro con entera satisfacción: Sila magníficamente bien formado y Julilla demasiado delgada, pero con aquella gracia cimbreante que tanto aminoraba lo que en otra habría resultado anguloso y feo. Y fue ella quien se acercó a él, le puso las manos en los hombros y con exquisita y natural voluptuosidad unió su cuerpo al suyo, suspirando de deleite cuando él la rodeó con sus brazos y comenzó a acariciarle la espalda recorriéndosela con ambas manos.

 

A él le encantaba su levedad, la ligereza acrobática con que podía alzarla en volandas por encima de su cabeza y con que ella se retorcía sobre su cuerpo. Nada de lo que le hacía la asustaba o la ofendía y toda maniobra la repetía ella dentro de sus posibilidades. Enseñarla a besar fue cuestión de segundos y, pese a ello, durante los años que vivieron juntos, ella jamás dejaría de aprender a besar. Era una mujer preciosa y ardiente, deseosa de complacerle y ansiosa porque él la complaciera. Toda suya; para él sólo. ¿Y quién de los dos podía imaginar, aquella noche, que las cosas cambiarían para ser menos perfectas, menos deseables?

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