sábado, 1 de enero de 2022

CÉSAR REFLEXIONA AL INICIARSE LA BATALLA DE FARSALIA

El instante de entrar en la batalla es un momento terrible, y casi todos los soldados, si tienen tiempo o capacidad de pensar racionalmente en lo que va a producirse, vacilan en exponerse con ligereza a la muerte, al dolor, a las feas heridas y a la mutilación. Por cierto que algunos de los discípulos de Epicuro han hecho una muy buena defensa del pacifismo. Con todo, si debemos entrar en la batalla, estaremos más seguros y obtendremos más éxito si no se nos ocurren estos argumentos racionales. Lo que se necesita en ese instante es una especial exaltación del espíritu, que parece conferir a un hombre un coraje físico inusitado y unas facultades de resistencia y determinación superiores a lo normal. Y el espíritu se exalta en virtud de una serie de medios que son artificiales. En verdad, toda la disciplina y apariencia exterior de un ejército tienen por finalidad preparar el terreno para que se produzca en el momento oportuno la clase de exaltación precisa; y cuando llega el momento, nosotros y todas las razas conocidas por la historia empleamos otros estímulos artificiales. En nuestros ejércitos resuenan las trompetas en todos los sectores del campo de batalla; los bárbaros usan tambores y varios instrumentos de percusión. Luego está el efecto que produce el grito de batalla proferido al mismo tiempo por cada soldado. Yo mismo sentí ese efecto cuando oí el gran clamor de «jVenus victrix» proferido a lo largo de toda la línea. Y también es importante, de ser posible, entrar en la batalla en doble fila. Los propios movimientos de los miembros y la sensación de inevitabilidad contribuyen a promover el espíritu necesario en un soldado.






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