Aunque los juegos de gladiadores fueron prohibidos
oficialmente por Constantino el Grande en 325 d. C., siguieron ofreciéndose
hasta 404, cuando Honorio los abolió a raíz de la lapidación a manos de la
multitud indignada de un monje que intentó poner fin a un combate. Los
escritores cristianos se manifestaron también en contra del circo, pero las
carreras de carros continuaron hasta 549 d. C., por lo menos.
Pasión por los romanos. Un blog de divulgación creado por Xavier Valderas que es un largo paseo por el vasto Imperio Romano y la Antigüedad, en especial el mundo greco-romano.
sábado, 31 de diciembre de 2022
CHILÓN DICE SOBRE LOS PRÍNCIPES
Lo mejor que puede
hacer un príncipe es no creer a quienes le rodean.
( En la ilustración de arriba, el emperador Caracalla )
MARCO PORCIO CATÓN, DESEOSO DE SUICIDARSE, DISCUTE SOBRE EL FEDÓN DE PLATÓN, Y LUEGO SE SUICIDA PARA NO TENER LA VERGÜENZA DE VER A SU VENCEDOR CAYO JULIO CÉSAR
El
alma, el alma, que los griegos consideraban del género femenino. A Catón le
parecía adecuado, oyendo los ruidos de la tormenta, que el mundo natural se
hiciera eco de la tempestad desatada dentro de su... ¿corazón?, ¿su mente?, ¿su
cuerpo? Ni siquiera eso sabemos, así que ¿cómo podemos saberlo todo acerca del
alma, su pureza o su falta de pureza? ¿su inmortalidad? Necesito que
me la demuestren, que me la demuestren más allá de cualquier sombra de duda.
![]() |
MARCO PORCIO CATÓN DE UTICA ANTES DE DARSE MUERTE
( ESCULTURA DE
JEAN-BAPTISTE ROMAN Y FRANÇOIS RUDE )
|
A
la luz de varios candiles múltiples, se sentó en una silla y, desenrollando el
pergamino, leyó lentamente el texto griego; para Catón, siempre era más fácil
separar las palabras en griego que en latín, no sabía por qué. Leyó las
palabras de Sócrates mientras formulaba a Simmias una de sus famosas preguntas;
Sócrates enseñaba haciendo preguntas.
-¿Creemos
en la muerte?
-Sí
-dijo Simmias.
-La
muerte es la separación del alma y el cuerpo. Estar muerto es el resultado
final de esta separación.
Sí,
sí, sí, así debe ser. Lo que soy es más que un simple cuerpo, lo que soy
contiene el fuego blanco de mi alma, y cuando mi cuerpo muera, mi alma será
libre. Sócrates, Sócrates, tranquilízame. Dame la fuerza y la resolución para
hacer lo que debo hacer.
-Para
gozar del conocimiento puro, debemos despojarnos de nuestros cuerpos... el alma
está hecha a imagen de dios, y es inmortal, y posee inteligencia, y es
uniforme, y no cambia. Es inmutable. El cuerpo, por el contrario, está hecho a
imagen del género humano. Es mortal. Carece de inteligencia, adopta muchas
formas y se desintegra. ¿Puedes negarlo?
-No.
-Así
pues, si lo que digo es verdad, el cuerpo debe entrar en decadencia, pero el
alma no.
Sí,
sí, Sócrates tiene razón, el alma es inmortal. No se disolverá cuando muera mi
cuerpo.
Experimentando
una gran sensación de alivio, Catón dejo el libro en su regazo y miró la pared,
buscando su espada. Al principio pensó que lo que veía era efecto del vino,
pero al cabo de un momento sus ojos mortales, tan llenos de falsas visiones,
reconocieron la verdad: su espada había desaparecido. Dejó el libro en la
mesilla de noche y se levantó para golpear un gong de cobre con un mazo. El
sonido retumbó en la oscuridad, desgarrada por un rayo, realzada por un trueno.
Acudió
un criado.
-¿Dónde
está Prognantes? -preguntó Catón.
-La
tormenta domine,
la tormenta. Sus hijos están llorando.
-Mi
espada ha desaparecido. Trae mi espada de inmediato. El criado inclinó la
cabeza y se marchó. Al cabo de un rato Catón volvió a golpear el gong.
-Mi
espada ha desaparecido. Tráela de inmediato.
Esta
vez el hombre pareció asustado; asintió con la cabeza y se fue apresuradamente.
Catón
cogió el Fedón y
siguió leyéndolo hasta el final, pero las palabras no le afectaban. Golpeó el
gong una tercera vez.
-¿Sí,
domine?
-Reúne
a todos los criados en el atrio, incluido Prognantes.
Los
recibió allí y miró airado a su mayordomo.
-¿Dónde
está mi espada, Prognantes?
-Domine,
la hemos buscado por todas partes, pero no aparece.
Catón
se movió tan deprisa que en realidad nadie lo vio avanzar a zancadas y golpear a
Prognantes; sólo se oyó el contacto de su puño contra la maciza mandíbula del
mayordomo. Éste se desplomó inconsciente, pero ningún criado fue a ayudarlo;
los demás, temblando, se limitaron a mirar fijamente a Catón.
De
pronto irrumpieron en el atrio el joven Catón y Estatilo.
-¡Padre,
por favor, por favor! -exclamó el joven Catón, sollozando y abrazando a su
padre.
Catón
lo apartó de sí como si apestara.
-¿Acaso
estoy loco, Marco, para que me niegues la posibilidad de protegerme contra
César? ¿Consideras que he perdido mis facultades mentales para atreverte a
despojarme de mi espada? No la necesito para quitarme la vida, si eso es lo que
te preocupa; quitarme la vida es fácil. Me basta con contener la respiración o
golpearme la cabeza contra una pared. Mi espada es mi derecho.
¡Tráeme
la espada!
El
hijo huyó sollozando desesperadamente mientras cuatro de los criados se
llevaban el cuerpo inanimado de Prognantes. Sólo dos de los esclavos de menor
rango se quedaron.
-Traedme
la espada -les dijo.
Un
ruido de arrastre precedió la llegada de la espada: la lluvia había amainado y
producía sólo un suave murmullo; la tormenta se alejaba mar adentro. Un niño de
corta edad llevaba el arma a rastras tenazmente, sujetando la empuñadura de
marfil en forma de águila con las dos manos, mientras que la punta rozaba
contra el suelo. Catón se inclinó y la cogió, verificando el filo. Seguía afilada.
-Vuelvo
a ser el de siempre -declaró, y regresó a sus aposentos.
Ya
podía releer el Fedón y
comprender su significado. ¡Ayúdame, Sócrates! ¡Demuéstrame que mis temores son
innecesarios!
-Aquellos
que aman el conocimiento saben que sus almas están unidas al cuerpo sólo como si
estuvieran pegadas con cola o sujetas con alfileres. En cambio, aquellos que no
aman el conocimiento no saben que cada placer, cada dolor, es una especie de
clavo que fija el alma al cuerpo como un remache, de modo que emula al cuerpo y
cree que todas sus verdades surgen del cuerpo... ¿Existe lo contrario de la
vida?
-Sí.
-¿Qué
es?
-La
muerte.
-¿Y
cómo llamamos a aquello que no muere?
-Inmortal.
-¿Muere
el alma?
-No.
-¿El
alma es inmortal, pues?
-Sí.
-El
alma no puede perecer cuando muere el cuerpo, ya que el alma no admite la
muerte como parte de sí misma.
Ahí
está, manifiesta, la verdad de todas las verdades.
Catón
enrolló y ató el pergamino del Fedón. Lo besó, se acostó en su cama y se sumió
en un sueño profundo mientras el rumor de la tormenta se desvanecía hasta
convertirse en una calma absoluta.
En
plena noche lo despertó un dolor punzante en la mano derecha; se la contempló
con consternación y luego golpeó el gong.
-Manda
a buscar al médico Cleantes -dijo al criado-. Y pídele a Butas que venga a
verme.
Su
agente llegó con sospechosa celeridad; Catón lo observó con ironía,
comprendiendo que como mínimo una tercera parte de los ciudadanos de Utica
sabían que su prefecto había pedido su espada.
-Butas,
ve al puerto y asegúrate de que quienes intentan subir a bordo de las naves
están bien.
Butas
obedeció. Al salir se detuvo para susurrarle a Estatilo:
-No
puede estar pensando en el suicidio; está demasiado preocupado por el presente.
Son imaginaciones vuestras.
En
la casa todos se alegraron, y Estatilo, que estaba a punto de ir a buscar a
Lucio Gratidio, cambió de idea. A Catón no le gustaría que le mandara a un
centurión para implorarle.
Cuando
llegó Cleantes, Catón le tendió la mano derecha.
-Me
la he roto -dijo-. Entablíllamela para que pueda usarla.
Mientras
Cleantes realizaba aquella labor casi imposible, Butas regresó para informar a Catón
de que la tormenta había causado estragos en los barcos y muchos refugiados se
hallaban en un estado de confusión.
-Pobre
gente -dijo Catón-. Vuelve al amanecer y ponme de nuevo al corriente, Butas.
Cleantes
carraspeó.
-He
hecho lo que he podido, domine,
pero ¿puedo quedarme en tu casa un rato más? Me han dicho que el mayordomo
Prognantes sigue inconsciente.
-¡Ah,
ése! Su mandíbula es como su nombre indica: un saliente de roca. Me ha roto la
mano, un lamentable inconveniente. Sí, ve y atiéndelo si es necesario.
Estaba
despierto cuando Butas le informó al amanecer de que la situación en el muelle
se había apaciguado. Cuando el agente se marchó, Catón se tendió en la cama.
-Cierra
la puerta, Butas -ordenó.
En
cuanto la puerta se cerró, cogió la espada, que había dejado apoyada contra el
cabezal de su estrecha cama e intentó colocarla en la posición tradicional
empujándola hacia arriba por debajo de la caja torácica para hundirla en el
pecho justo a la izquierda del esternón. Pero la mano rota se negó
a obedecerle, aun después de que se arrancara la tablilla. Finalmente se limitó
a clavarse la hoja en el vientre tan alto como le fue posible y la movió de
lado a lado para ensanchar la herida en la pared abdominal. Mientras gemía e
hincaba el arma, decidido a acabar consigo, para liberar su alma pura e
inmaculada, de pronto su cuerpo traidor se adueñó de su voluntad y empezó a
sacudirse violentamente. Catón cayó de la cama y lanzó un ábaco contra el gong,
que sonó ruidosamente.
Cuantos
vivían en la casa corrieron hacia allí de todas direcciones, con el hijo de
Catón a la cabeza, y encontraron a Catón en el suelo en medio de un charco de
sangre cada vez mayor, sus entrañas esparcidas alrededor en humeantes montones.
Tenía los ojos abiertos de par en par pero no veían nada.
El
joven Catón gritó histéricamente, pero Estatilo, demasiado conmocionado para
hacer nada, vio parpadear a Catón.
-¡Está
vivo! ¡Está vivo! ¡Cleantes, está vivo!
El
médico estaba ya arrodillado junto a Catón; lanzó una mirada furiosa a
Estatilo.
-¡Ayúdame,
idiota! -bramó.
Juntos
recogieron los intestinos de Catón y volvieron a introducírselos en el abdomen;
Cleantes iba maldiciendo y empujando, finalmente sacudió la masa de entrañas
hasta que quedó bien alojada y pudo unir fácilmente los bordes de la herida. A
continuación cogió su aguja curva y un poco de hilo limpio y cosió firmemente
la espantosa raja con docenas de puntos muy seguidos.
-Es
tan fuerte que quizá viva -dijo, levantándose para examinar su trabajo-. Todo
depende de la cantidad de sangre que haya perdido. Gracias a Asclepio que está
inconsciente.
( C. McC. )
viernes, 30 de diciembre de 2022
CARTA DEL GENERAL LUCIO LICINIO LÚCULO AL DICTADOR LUCIO CORNELIO SILA
Tengo buenas esperanzas de que
esto acabe en primavera gracias a una sorprendente circunstancia de la que te
hablaré más adelante. En primer lugar, quiero que me concedas un favor. Si
logro tomar Mitilene en primavera, ¿puedo regresar a Italia? Ha sido una larga
campaña, querido Lucio Cornelio, y tengo ganas de ver Roma, y no digamos a ti.
Mi hermano Varrón Lúculo es ya de edad y experiencia para ser edil curul, y me
gustaría compartir con él la edilidad. No hay cargo como ése para que lo
compartan dos hermanos con la aprobación popular. ¡ Imagínate qué juegos
organizaríamos!. Yo tengo treinta y ocho años y mi hermano treinta y seis, casi
la edad del pretorado, y no hemos sido ediles. Te ruego que nos concedas ese
cargo y luego el de pretor lo antes posible. De todos modos, si consideras que
mi solicitud es imprudente o inmerecida, lo entenderé.
Parece que Termo controla la
provincia de Asia, una vez que a mí me ha asignado el asedio de Mitilene para
tenerme entretenido y que no le estorbe. Realmente no es mala persona. Los
indígenas le estiman porque tiene paciencia para escuchar sus cuentos de por
qué no pueden pagar el tributo, y a mí me gusta porque después de escucharlos
con tanta paciencia insiste en que deben pagarlo.
Las dos legiones que tengo
están formadas por tropas muy tormentosas. Las tuvo Murena en Capadocia y Ponto
y Fimbria antes que él. Tienen una independencia de criterio que no me gusta
nada, y estoy tratando de quitársela. Naturalmente, están resentidas por tu
edicto que no les permite regresar a Italia por haber sancionado el asesinato
de Flaco por mano de Fimbria, y periódicamente me envían una delegación para
solicitar que se derogue. Saben que dan en hierro frío y al mismo tiempo se dan
cuenta de que las diezmaré apenas me den una excusa. Son soldados romanos y
tienen que hacer lo que se les ordene. Me pongo frenético cuando los veteranos
que han ascendido a oficial y los tribunos jóvenes se creen con derecho a opinar.
Pero más adelante te hablo de esto.
Yo creo que, tal como andan las
cosas, Mitilene habrá cedido bastante en su resistencia en primavera, y
entonces intentaré un asalto frontal. Dispondré de varias torres y no puede
fallar. Si logro someter esta ciudad antes del verano, el resto de la provincia
de Asia se doblegará sumisa.
El principal motivo por el que
tengo tantas esperanzas se debe a que dispongo de la imponente flota enviada
por -ni te lo imaginas- ¡Nicomedes!. Termo envió a tu sobrino político, Cayo
Julio César, a finales de quintilis, para solicitarla, y me escribió
comunicándomelo, bien que ninguno de los dos esperábamos contar con ella antes
de marzo o abril. Pero, mira por dónde, Termo tuvo la audacia de reírse de la
seguridad que mostraba el joven César diciéndose capaz de tener reunida la
flota tan pronto. Bien, César partió y pidió la flota que Termo quería en una
fecha determinada, sin andarse con rodeos. Cuarenta naves, la mitad de ellas
quin querremes y trirremes cubiertas, para entregar en las calendas de
noviembre. Las órdenes que había dado Termo a este joven arrogante.
¿ Y querrás creer que César
apareció en mi campamento en las calendas de noviembre con una flota mejor de
lo que habría podido esperarse de una persona como Nicomedes?. ¡Y con dos
galeras de dieciséis órdenes de remos por las que no he tenido que pagar más
que la manutención y los sueldos de las tripulaciones!. Cuando vi la cuenta me
quedé aturdido; Bitinia tendrá su ganancia, pero no escandalosa. Lo que me obliga
a devolvérsela honorablemente en cuanto caiga Mitilene. Y habrá que pagar.
Desde luego, espero poder sacar la suma del botín. Pero si no fuese tan
importante como creo, ¿podrías hacer que el Tesoro concediese un empréstito
especial?.
Tengo que añadir que el joven
César se mostró arrogante e insolente cuando me entregó la flota, y me vi
obligado a pararle los pies. Naturalmente, sólo hay un medio para haber podido
conseguir tan magnífica flota en tan poco tiempo de ese maricón de Nicomedes:
acostarse con él. Así se lo dije para que no se diera aires, ¡pero mucho dudo
que haya manera de bajarle a César los humos!. Se revolvió como una serpiente
de cascabel y me dijo que no necesitaba recurrir a trucos de mujeres para
obtener las cosas, y que el día que tuviera que hacerlo se clavaría la espada.
Me dejó pensando en cómo someterle a la disciplina; un problema que no suelo
tener, como bien sabes. Al final pensé que quizá sus colegas tribunos militares
lo consigan. Los recordarás, pues debiste verlos en Roma antes de que
marcharan. Son Gabinio, los dos Léntulos, Octavio, Mesala Rufo, Bibulo y el
hijo de Filipo.
Tengo entendido que el pequeño
Bibulo lo intentó y acabó en lo alto de un armario. Desde entonces se han
dividido bastante las filas de los tribunos; César ha formado bando con
Gabinio, Octavio y el hijo de Filipo; Rufo es neutral, y los dos Léntulos y
Bíbulo le odian. Siempre surgen problemas durante las operaciones de asedio;
por supuesto, es consecuencia del hastío, y resulta difícil azotar a estos díscolos
por faltas de servicio, incluso para mi. Pero es que César causa dificultades
sin cuento. Detesto tener que molestarme con una persona a este nivel tan bajo,
pero no he tenido más remedio en varias ocasiones. César es tremendo. Bien
parecido, seguro de sí mismo, muy consciente de su, ¡ay!, gran inteligencia.
Aunque hay que decir que César
presta servicio. No para. Yo no sé cómo puede ser, pero casi todos los
oficiales por ascenso le conocen, y -lo que es peor- le estiman. Él sabe
imponerse. Mis legados han optado por eludirle porque no acepta órdenes en una
tarea si a él no le parece bien la forma en que se hace. ¡Y desgraciadamente,
la manera que él dice es siempre la mejor!. Es uno de esos individuos que se lo
saben todo de antemano, antes de que se dé el primer golpe o el subordinado
grite la primera orden. La consecuencia es que la mayoría de las veces mis
legados quedan en ridículo, azorados.
La única manera que hasta ahora
he logrado descubrir que menoscaba su seguridad es comentar cómo logró obtener
la flota del rey Nicomedes a precio de ganga. Eso sí funciona; hasta el punto
de que se indigna profundamente. Pero ¿piensas que él iba a hacer lo que yo
quería, que me agrediese, dándome una excusa para someterle a un tribunal
militar?. ¡No!. Es demasiado listo y sabe dominarse. ¡Y tuvo la impudicia de
comentarme que mi alcurnia comparada con la suya es menos que polvo!.
Basta de jóvenes tribunos.
Tengo que encontrar algo que decir de los oficiales mayores, los primeros
legados, por ejemplo. Pero me temo que no se me ocurre nada.
Me han dicho que has entrado en
el mundo de los negocios y que le has encontrado a Pompeyo el joven Carnicero
una esposa de categoría muy superior a él. Si te queda tiempo podrías
encontrarme una esposa. Estoy fuera de Italia desde que cumplí treinta años y
ya tengo casi la edad de pretor y sin esposa ni hijo que me suceda. Lo malo
está en que prefiero el buen vino, la buena comida y pasarlo bien en vez de la
clase de mujer con la que un Licinio Lúculo debe casarse. Además, me gustan las
mujeres muy jóvenes, y ¿quién va a estar tan apurado económicamente que me dé
una hija de trece años? Si sabes de alguien, dímelo. Mi hermano se niega
rotundamente a actuar de intermediario, así que ya puedes imaginarte lo que me
alegra saber que tú te dedicas a ello.
Te quiero y te echo de menos,
querido Lucio Cornelio.
NOTA PÓSTUMA DE MARCO PORCIO CATÓN A CAYO JULIO CÉSAR
Me
niego a deberle la vida a un tirano, un hombre que se burla de la ley
perdonando a otros hombres, como si la ley le
otorgara derecho a ser su amo. La ley no se lo permite.
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