martes, 23 de octubre de 2018

DISCURSO EN EL SENADO DE MARCO EMILIO ESCAURO PROPONIENDO A CAYO MARIO COMO LEGADO DEL CÓNSUL PUBLIO RUTILIO LUPO EN LA PRIMERA GUERRA SOCIAL ROMANA CONTRA LOS ITÁLICOS SUBLEVADOS




Tenemos aquí a un gran hombre. ¡Sólo los dioses saben las veces que a lo largo de mi vida le habré maldecido!. ¡Sólo los dioses saben cuántas veces en mi vida habré deseado que no existiera!. ¡Sólo los dioses saben cuántas veces en mi vida habré sido su peor enemigo!. Pero a medida que el tiempo discurre cada vez más raudo y mi vida se esfuma, compruebo que cada vez recuerdo a menos hombres. Y no es un simple factor relacionado con la previsible inminencia de la muerte, sino un acopio de la experiencia que me dice a quién Vale la pena recordar con afecto y a quién no. Algunos de los hombres por quienes más afecto he sentido, hoy día no me dicen nada. Mientras que por algunos de los que más he detestado tengo profundos sentimientos.

 

Cayo Mario y yo hemos vivido juntos toda una época. El y yo hemos estado sentados uno al lado del otro en esta Cámara, mirándonos con ira muchos más años de los que hace que tú cónsul Publio Rutilio Lupo llevas la toga de adulto. Hemos regañado y vociferado, pugnado uno con otro. Pero también hemos combatido juntos a los enemigos de la república, hemos contemplado juntos los cadáveres de gentes que habrían podido ser la ruina de Roma, hemos andado codo con codo, hemos reído al unísono y hemos llorado juntos. ¡Os lo repito!. Tenemos aquí a un gran hombre. A un gran romano.

 

Igual que Cayo Mario, igual que Lucio Julio, igual que Lucio Cornelio Sila, hoy no me cabe la menor duda de que nos hallamos ante una terrible guerra. Ayer no estaba tan convencido. ¿Por qué ese cambio? Sólo los dioses lo saben. Cuando el orden establecido de las cosas nos dice que éstas son de cierta manera porque han sido de esa cierta manera durante mucho tiempo, nos cuesta modificar nuestras impresiones y la pasión obnubila nuestro intelecto. Pero cuando en un breve lapso de tiempo caen las escamas de nuestros ojos, lo vemos todo claramente. Y es lo que a mí me ha sucedido hoy. Le ha sucedido también a Cayo Mario. Y probablemente les habrá sucedido a la mayoría de los senadores presentes. Porque de pronto se manifiestan con claridad mil pequeños indicios que ayer se nos escapaban.
 
Ante esta declaración de guerra de los aliados itálicos contra Roma, he optado por permanecer en Roma porque sé que aquí seré más útil en el cuerpo político. Pero no es el caso de Cayo Mario. Que, ¡como yo!, hayáis estado más en desacuerdo que de acuerdo con él, o que, ¡como Sexto Julio!, estéis vinculados a él por el doble lazo del afecto y de un matrimonio, todos tenéis que admitir, ¡como lo admito yo!, que en Cayo Mario tenemos un excelente talento militar y un pozo de experiencia que supera a la de todos nosotros juntos. ¡Poco me importaría que Cayo Mario tuviese noventa años y hubiese sufrido tres infartos!. Me habría levantado del mismo modo a deciros lo que estoy diciendo, que si es capaz de razonar como lo hace, tenemos que utilizarlo en donde más descuella: ¡en el campo de batalla!. ¡Desterrad vuestra intolerancia, padres conscriptos!. Cayo Mario tiene mi misma edad, nada más que sesenta y siete años, y el único infarto que le afectó data ya de diez años atrás. Como príncipe del Senado, insisto en que Cayo Mario debe ser jefe legado de Publio Lupo y poner al servicio de Roma su mejor talento.


LUCIO ANNEO SÉNECA DICE SOBRE LA DESDICHA


Desdichado es el que por tal se tiene.





MARCO TULIO CICERÓN DICE SOBRE LA EDUCACIÓN


 Si quieres aprender, enseña.





EPICTETO DE FRIGIA DICE SOBRE LA FILOSOFÍA



Filosofar es esto: examinar y afinar los criterios.



ALEJANDRO MAGNO DICE SOBRE LA POSTERGACIÓN



Si espero perderé la audacia de la juventud.




domingo, 21 de octubre de 2018

DISCURSO DEL SAMNITA CAYO PAPIO MUTILO ANTE EL CONSEJO DE ITÁLICOS REUNIDOS EN LA PLAZA DEL MERCADO DE CORFINIUM PARA DECLARAR LA GUERRA A ROMA



Vamos a la guerra. ¡Hay que ir a la guerra, compatriotas itálicos!. ¡Roma se niega a otorgarnos la dignidad y la categoría a que nos hemos hecho merecedores con nuestra conducta. Nosotros nos forjaremos un país independiente que nada tenga que ver con Roma y los romanos, eliminaremos las colonias romanas y latinas construidas en nuestras tierras y nos labraremos un destino propio con nuestros hombres y nuestras riquezas!.

 

Vamos a dar un nombre a nuestro nuevo país: ¡Italia!. Y formar un gobierno: un consejo de quinientos, formado equitativamente por todos los pueblos que componen Italia. Todas nuestras reglas civiles, incluida la constitución, las dictará y aplicará este concilio italiano, que residirá permanentemente en la nueva capital Itálica.

 

Pero como todos sabéis bien, hemos de emprender una guerra contra Roma para que esta Italia cobre existencia. Por consiguiente, hasta que no se concluya victoriosamente la guerra contra Roma (¡como así será!) Italia dispondrá de un consejo provisional o de guerra formado por doce pretores y dos cónsules. Sé que son denominaciones romanas, pero servirán por su simplicidad más que nada. Actuando constantemente con el conocimiento y aprobación del concilio italiano, este consejo de guerra dirigirá la guerra contra Roma.

 

En Roma empezarán a tomarnos en serio cuando comencemos a acuñar moneda y a convocar arquitectos que tracen el núcleo de una ciudad magnífica. En la primera emisión figurarán los ocho pueblos fundadores representados por ocho hombres con la espada desenvainada a punto de sacrificar un cerdo, Roma, y en la otra cara la efigie de una nueva diosa: ¡la propia Italia!. Como mascota, elegiremos el toro samnita y como dios patrón el Liber Pater, padre de la libertad, y conduciremos a una pantera atada con una cuerda como símbolo del modo como domesticaremos a Roma. Y antes de que transcurra un año, nuestra nueva capital Itálica, que así llamaremos a Corfinium, tendrá un Foro tan grande como el de Roma, una sede del consejo con capacidad para quinientos representantes, un templo de Italia mejor que el templo de Ceres de Roma y un templo de Júpiter Italiae mejor que el de Júpiter Optimus Maximus, romano. ¡Pronto verá Roma que nada le debemos!

 

¡Roma nos encontrará unidos!. Juro esto ante todos los presentes y ante todos los habitantes de una Italia libre. ¡Agruparemos los recursos en hombres y dinero, en pertrechos y vituallas!. ¡Y los que hagan la guerra contra Roma en nombre de Italia trabajarán más unidos que jamás lo hiciera comandante alguno en ninguna guerra!. ¡En toda Italia esperan nuestros soldados la llamada a las armas!. ¡Tenemos cien mil hombres preparados para entrar en batalla en pocos días, y habrá más, muchos más!.  ¡En un plazo de dos años, compatriotas italianos, os garantizo que serán los romanos los que suplicarán ser emancipados como ciudadanos de Italia!.


EL EMPERADOR CLAUDIO DICE SOBRE SU TÍO EL EMPERADOR TIBERIO



Me contó una vez mi abuela Livia Drusila, que le dijo a su marido Tiberio Claudio Nerón lo siguiente: "Por deseo expreso de César Octavio, ahora debes divorciarte de mí. Hace cinco meses que estoy embarazada, y tú no eres el padre de mi hijo. He jurado que no tendría otro hijo con un cobarde, y pienso cumplir con el juramento. El hijo que espero es fruto de mis relaciones con César Octavio, aunque él piense que es tuyo".

 

 Mi abuelo Tiberio Claudio Nerón, haya sentido lo que sintiere cuando escuchó esta confesión, sólo respondió a mi abuela Livia Drusila:  "Llama al adúltero César Octavio aquí  y discutiremos las cosas juntos, en privado".

 

 En realidad el hijo que esperaba mi abuela Livia Drusila era de César Octavio, pero él no llegó a saberlo nunca, y cuando mi abuela le dijo que era de otro  ( de su hasta entonces marido Tiberio Claudio Nerón), Octavio lo creyó. Este hijo era mi tío el emperador Tiberio.