Mostrando entradas con la etiqueta MUCIO ESCÉVOLA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MUCIO ESCÉVOLA. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de septiembre de 2019

CLELIA



Según la tradición latina, Clelia (en latín Cloelia) fue una de las más reconocidas heroínas de Roma durante la República.
 
Después de la proclamación de la República romana, 509 a. C., y la expulsión de los Tarquinios de Roma, éstos se refugian con el rey etrusco, Lars Porsenna, y lo convencen de combatir a su lado para restablecerlos en el trono.  La guerra, en principio pone en ventaja a Porsenna, que toma el Janículo, ​ pero luego se transforma en un asedio interminable. ​ Sin embargo, gracias al éxito de Mucio Escévola, ​ que sigue al de Horacio Cocles, Porsenna decide emprender negociaciones con los romanos. Se llega al acuerdo de que los romanos deben proporcionar rehenes, a cambio de levantar el asedio.
 
Porsena exige que entre los rehenes figuren cien vírgenes romanas. Cuando se aceptó el tratado, y Porsenna se dispuso a llevarse a las prisioneras y retirar su ejército, una de las mujeres, llamada Clelia, escapó del grupo y cruzó a nado el río Tíber,​ entrando después en la urbe. El rey etrusco (Porsena), indignado, mandó un ultimátum a Roma para que entregase a la virgen. Ante el temor de un nuevo asedio, el cónsul volvió a capitular y entregó a Clelia a manos de Porsena. Éste, lejos de matarla o castigarla, la mantuvo en su palacio, una vez retirado el sitio, con todas las comodidades y atenciones y, según algunos escritos, llegó a casarse con ella, admirando su valentía y amor por su patria. Además, liberó al resto de las prisioneras para que retornaran a sus casas. Por su parte, Roma agradeció los esfuerzos de Clelia y, en su recuerdo, erigió una estatua ecuestre de bronce en la Vía Máxima.
 
Clelia existió realmente, pero no se sabe con exactitud si protagonizó una escapada a Roma para volver con Porsena posteriormente. La leyenda plantea dos contradicciones: Porsena ya estaba casado cuando sitió Roma (~450 a. C.) y la República prohibía las estatuas ecuestres que debían rendir homenaje a los personajes más ilustres.
 
Clelia, junto con Cincinato, formaba parte de los ideales de lealtad, valentía, humildad y sumisión a la honra que todos los romanos debían cumplir. Fue, si es verdadera su historia, una verdadera heroína que se sacrificó por su patria y que demostró la fuerza social que las mujeres ejercían en su época.

domingo, 15 de julio de 2018

SITUACIÓN DE ROMA EN ÉPOCA DE TIBERIO GRACO




En lo que para mi no cabe duda es en que Tiberio no se habría visto en las adversidades que le sobrevinieron, si a sus operaciones de gobierno hubiera estado presente Escipión el Africano; pero ahora, cuando este se hallaba ya en España, ocupado en la guerra de Numancia, fue cuando se dedico a promover el establecimiento de nuevas leyes con la ocasión siguiente.


Los romanos, de todas las tierras que por la guerra ocuparon a los enemigos comarcanos, vendieron una parte, y declarando publica la otra, la arrendaron a los ciudadanos pobres y menesterosos por una moderada pensión, que debían pagar al Erario. Empezaron los ricos a subir las pensiones; y como fuesen dejando sin tierras a los pobres, se promulgo una ley que no permitía cultivar mas de quinientas yugadas de tierra. Por algún tiempo contuvo esta ley la codicia, y sirvió de amparo a los pobres para permanecer en sus arrendamientos y mantenerse en la suerte que cada uno tuvo desde el principio; pero mas adelante los vecinos ricos empezaron a hacer que bajo nombres supuestos se les traspasaran los arriendos, y aun después lo ejecutaron abiertamente por si mismos; con lo que, desposeídos los pobres, ni se prestaban de buena voluntad a servir en los ejércitos, ni cuidaban de la crianza de los hijos, y se estaba en riesgo de que toda Italia se quedara desierta de población libre y se llenara de calabozos de esclavos, como los de los bárbaros, porque con ellos labraban las tierras los ricos, excluidos los ciudadanos. Intento poner en esto algún remedio Cayo Lelio, el amigo de Escipión, pero encontró grande oposición en los poderosos; y porque, temiendo una sedición, desistió de su empresa, mereció el sobrenombre de sabio o prudente, que es lo que significa a un tiempo la voz sapiens. Mas nombrado Tiberio tribuno de la plebe, al punto tomo por su cuenta este negocio, incitado, según dicen los mas, por el orador Diofanes y el filosofo Blosio. Era Diofanes un desterrado de Mitilene, y Blosio de alli mismo, natural de Cumas, en Italia ; al cual, habiendo sido en Roma discípulo de Antipatro Tarsense, dedico a este sus tratados de filosofía. Algunos dan también algo de culpa a su madre Cornelia, que les echaba en cara muchas veces el que los romanos le decían siempre la suegra de Escipión, y nunca la madre de los Gracos. Mas otros dicen haber sido la causa un Espurio Poslumio, de la misma edad de Tiberio y que competía con el en las defensas de las causas : porque como al volver del ejercito lo encontrase muy adelantado en gloria y gozando de grande fama, quiso, a lo que parece, sobreponersele, haciéndose autor de una providencia arriesgada y que ponía a todos en gran expectación; pero su hermano Cayo dijo en un escrito que, al hacer Tiberio su viaje a España por la Toscana, viendo la despoblación del país, y que los labradores y pastores eran esclavos advenedizos y bárbaros, entonces concibió ya la primera idea de una providencia que fue para ellos el manantial de infinitos males. Tuvo también gran parte el pueblo mismo, acalorando y dando impulso a su ambición con excitarle por medio de carteles, que aparecían fijados en los pórticos, en las murallas y en los sepulcros, a que restituyera a los pobres las tierras del publico.

 

Mas no dicto por si solo la ley, sino que tomo consejo de los ciudadanos mas distinguidos en autoridad y en virtud, entre ellos de Craso el Pontífice máximo, de Mucio Escevola el Jurisconsulto, que era cónsul en aquel año, y de Apio Claudio, su suegro. Parece además que no pudo haberse escrito una ley mas benigna y humana contra semejante iniquidad y codicia; pues cuando parecía justo que los culpados pagaran la pena de la desobediencia, y sobre ella sufrieran la de perder las tierras que disfrutaban contra las leyes, solo disponía que, percibiendo el precio de lo mismo que injustamente poseían, dieran entrada a los ciudadanos indigentes. Aunque el remedio era tan suave, el pueblo se daba por contento, y pasaba por lo sucedido como para en adelante no se le agraviara; pero los ricos y acumuladores de posesiones, mirando por codicia con encono a la ley, y por ira y temor a su autor, trataban de seducir al pueblo, haciéndole creer que Tiberio quería introducir el repartimiento de tierras con la mira de mudar el gobierno y de trastornarlo todo. Mas nada consiguieron ; porque Tiberio, empleando su elocuencia en una causa la mas honesta y justa, siendo así que era capaz de exornar oirás menos recomendables, se mostró terrible e invicto cuando, rodeando el pueblo la tribuna, puesto en pie, dijo, hablando de los pobres: "Las fieras que discurren por los bosques de Italia tienen cada una sus guaridas y sus cuevas; los que pelean y mueren por Italia solo participan del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa mas, sino que, sin techo y sin casas, andan errantes con sus hijos y sus mujeres; no dicen verdad sus caudillos cuando en las batallas exhortan a los soldados a combatir contra los enemigos por sus aras y sus sepulcros, porque de un gran numero de romanos ninguno tiene, ara, patria ni sepulcro de sus mayores; sino que por el regalo y la riqueza ajena pelean y mueren, y cuando se dice que son señores de toda la tierra, ni siquiera un terrón tienen propio".

 

Estas expresiones, nacidas de un animo elevado y de un sentimiento verdadero, corrieron por el pueblo, y lo entusiasmaron y movieron de manera que no se atrevió a chistar ninguno de los contrarios. Dejándose, pues, de contradecir, acudieron a Marco Octavio, uno de los tribunos de la plebe, joven grave y modesto en sus costumbres, y amigo intimo de Tiberio; "así es que al principio, por respeto a él, había cedido; pero, por fin, siendo rogado e instado de muchos y de los mas principales, como por fuerza se opuso a Tiberio y desecho la ley. Entre los tribunos prevalece el que se opone, porque nada hacen todos los demás con que uno solo repugne. Irritado con esto Tiberio, retiro aquella ley tan humana, y propuso otra más acepta a la muchedumbre y mas dura contra los transgresores, mandándoles ya dejar las tierras que poseían contra las anteriores leyes. Eran, por tanto, continuas las contiendas que tenia con Octavio en la tribuna; en las que, sin embargo de que se contradecían con el mayor ardor y empeño, se refiere no haber dicho uno contra otro expresión ninguna ofensiva ni haber prorrumpido en el calor de la ira en ninguna palabra que pudiera parecer menos decorosa; y es que, según parece, no solo en los banquetes, sino también en las contiendas y en las rencillas, el estar dotados de buena índole y haber sido educados con esmero sirve siempre de freno y ornamento a la razón. Y aun habiendo advertido que Octavio era uno de los transgresores de la ley, por estar en posesión de muchas tierras del publico, le rogaba Tiberio que desistiera del empeño, prometiendo pagarle el precio de ellas de su propio caudal, a pesar de que no era de los mas floridos. No habiendo Octavio escuchado la proposición, mando por un edicto que cesaran todas las demás magistraturas en sus funciones hasta que se votara la ley", y puso sellos en el templo de Saturno para que los cuestores ni introdujeran ni extrajeran nada, publicando penas contra los pretores que contraviniesen; de manera que todos concibieron miedo, y dieron, de mano a sus respectivos negocios. Desde aquel punto los poseedores de tierras mudaron de vestiduras, y en actitud abatida y miserable se presentaron en la plaza; pero ocultamente armaban asechanzas a Tiberio, y aun habían llegado a tener pagados asesinos; tanto, que él, a ciencia de todos, llevaba siempre en la cinta un puñal de los usados por los piratas, al que llaman dolon.


( Plutarco )

domingo, 10 de septiembre de 2017

FIN DE LA MONARQUÍA TARQUINA Y PRIMEROS TIEMPOS DE LA REPÚBLICA ROMANA


Como siempre que los pueblos cambian de régimen, también los romanos saludaron al nuevo con gran entusiasmo, y en él depositaron de nuevo todas sus esperanzas, incluidas las de la libertad y de la justicia social. Fue convocado un gran comido centuriado en el que tomaron parte todos los ciudadanos soldados, que proclamaron definitivamente enterrada la Monarquía, le atribuyeron la responsabilidad de todos los errores y abusos con que se había mancillado la administración de los negocios públicos en aquellos dos siglos y medio de vida, y, en el puesto del rey nombraron dos cónsules, eligiéndolos en las personas de los dos protagonistas de la revolución: el pobre viudo Colatino y el pobre huérfano Lucio Junio Bruto. Habiendo declinado el primero, fue sustituido por Publio Valerio.


Publio Valerio pasó a la Historia con el apodo de Publícola, que quiere decir «amigo del pueblo».

 

Esa amistad, Publio la demostró sometiendo y haciendo aprobar por el comido algunas leyes que permanecieron básicas durante todo el período que duró la República. Éstas condenaban a la pena de muerte a quienquiera intentase adueñarse de un cargo sin la aprobación del pueblo. Permitían al ciudadano condenado a muerte el recurso de apelación a la Asamblea,  o sea al comido centuriado. Y concedían a todos el derecho de matar, aun sin proceso, a quien intentase proclamarse rey. Esta última ley, olvidaba, empero, precisar sobre qué base de elementos se podía atribuir a alguien aquella ambición. Y esto permitió al Senado, en los años que siguieron, librarse de varios enemigos incómodos, señalándoles, precisamente, como aspirantes a rey. 


El sistema se usa todavía en varios países; los aspirantes a rey se llaman sucesivamente «desviacionistas», «enemigos de la patria», «agentes a sueldo del imperialismo extranjero». Con el progreso, los delitos no cambian. Sólo cambia la rúbrica. Movido por su celo democrático, Publícola introdujo también el uso, por parte del cónsul, cuando entraba en el recinto del comido centuriado, de hacer bajar, por los lictores que le precedían, las enseñas: aquellos famosos fascios, que después Mussolini volvió a poner de moda y que constituían el símbolo del poder. Para demostrar plásticamente que ese poder venía del pueblo; el cual, después de haberlo delegado en el cónsul, continuaba siendo árbitro.

 

Eran todas ellas cosas buenísimas, que de momento hicieron gran efecto. Mas, una vez enfriados los entusiasmos, la gente comenzó a preguntarse en qué se concretaban, prácticamente, las ventajas del nuevo sistema. Todos los ciudadanos tenían voto, de acuerdo, pero en los comicios, se seguía practicando aquel derecho por clases, siempre combinadas sobre el esquema serviano, por el cual los millonarios de la primera, al tener noventa y ocho centurias, y, por tanto, noventa y ocho votos, se bastaban solos para imponer su propia voluntad a los demás. En efecto, una de las primeras decisiones que tomaron fue la de revocar las distribuciones de tierras hechas a los pobres por los Tarquino en los países conquistados. Así que hubo muchos pequeños propietarios que se vieron confiscar casa y predio y, al no saber cómo salir adelante, volvieron a Roma en busca de trabajo.

 

Pero en Roma no había trabajo porque los cónsules, nombrados solamente por un año, no podían emprender ninguna de aquellas obras públicas que eran la especialidad de los reyes, elegidos de por vida por los cinco primeros, y ya a título hereditario, los dos últimos. Además, la República, dominada por el Senado que la había hecho y que estaba constituido por terratenientes de origen sabino y latino, era tacaña, a diferencia de la derrochadora monarquía, dominada por los industriales y mercaderes de origen etrusco y griego. Quería «sanear el presupuesto» como se diría hoy, o sea practicar una política financiera ahorrativa y por otra parte, porque no tenía ningún interés en multiplicar la categoría de los nuevos ricos, sus adversarios naturales.

 

En suma, la ciudad estaba en crisis y los pobres lugareños que venían en busca de salvación a causa del paro y el hambre del campo, encontraban otra hambre y otro paro. Los talleres estaban cerrados, las casas y caminos, a medio hacer. Los audaces contratistas que habían sido sostenedores de los Tarquíno y empleado a millares de técnicos y a decenas de miles de obreros, estaban proscritos o temían estarlo. Los locales públicos cerraban uno tras otro por falta de clientes, mermados por la escasez de dinero circulante y por el clima puritano que todas las repúblicas difunden o tratan de difundir. Los propagandistas del nuevo régimen arengaban continuamente a la muchedumbre para recordarle los delitos que había cometido el rey. Los oyentes miraban en torno y pensaban que entre aquellos «delitos» estaba también el Foro, donde en aquel momento se hablaban, y que había sido construido por los execrados reyes.

 

Otro punto sobre el que los propagandistas insistían era el de los daños perpetrados por la última dinastía, que había intentado convertir a Roma en una colonia etrusca. Algo de eso había, mas precisamente gracias a ellos Roma tenía ahora su Circo Máximo, su alcantarillado, sus ingenieros, sus artesanos, sus histriones (que eran los actores de la época), y sus gladiadores y púgiles protagonistas de aquellos espectáculos de los que tan golosos eran los romanos y sus murallas, y sus canales, y sus adivinos, y su liturgia para adorar a los dioses: todo, cosas importadas justamente de Etruria.

 

No todos lo sabían naturalmente, porque no todos, habían estado en Etruria. Pero de ello eran más conscientes que los demás los jóvenes intelectuales, que habían estudiado y alcanzado la licenciatura en las universidades etruscas de Tarquina, de Arezzo, de Chiusi, donde sus padres les habían enviado a estudiar, y de las que conservaban un gran recuerdo. No pertenecían, en general, a las familias patricias, cuyos hijos eran educados en casa, cuidando de no hacerles hombres instruidos, sino hombres de carácter. Procedían de familias burguesas y su suerte iba ligada a la de los tráficos, las industrias y las profesiones liberales, que eran precisamente, las más afectadas por el nuevo cariz de las cosas.

 

Por todas estas razones pronto surgió el descontento. Y, desgraciadamente, coincidió con la declaración de guerra, lanzada por Porsenna a instigación de Tarquino.

 

No se sabe con certeza cómo se desarrolló el asunto. Mas, dada la situación, no es difícil imaginar cuáles debieron ser los argumentos que el depuesto monarca expuso para inducir al lucumón a prestarle ayuda. Éste debió sin duda hacerle observar que los Tarquino, aunque de sangre etrusca, no se habían mostrado como buenos hijos de Etruria al haberla atormentado continuamente con guerras y expediciones punitivas hasta reducirlas casi por entero bajo su dominación. Pero el Soberbio le respondió probablemente que, en el mismo momento que sus dos predecesores hacían romana a Etruria, hacían también etrusca a Roma, conquistándola, por decirlo así, desde dentro a expensas del elemento latino y sabino que al principio la había dominado. La lucha no se desarrolló entre potencias extranjeras, sino entre ciudades rivales, hijas de la misma civilización. Roma, por bien que segundogénita, no había tratado de destruirlas, sino de reunirlas bajo un mando único para conducirlas al predominio en Italia. Tal vez se había equivocado, tal vez había cargado la mano aquí y allá, mostrándose poco respetuosa hacia sus autonomías municipales. Pero a ninguna los Tarquino habían reservado la suerte a que fueron sometidas por ejemplo Alba Longa y muchos otros burgos y pueblos del Lacio y de la Sabina, destruidos hasta los cimientos. Ninguna ciudad etrusca había sido jamás saqueada. Los mercaderes, los artesanos, los ingenieros, los actores y los púgiles de Tarquinia, de Chiusi, de Volterra, de Arezzo, en cuanto emigraban a Roma no corrían la suerte de los esclavos, sino que alcanzaban una posición preeminente, por lo que toda la economía, la cultura, la industria y el comercio de las ciudades estaban prácticamente en sus manos.

 

Es decir, lo habían estado mientras los Tarquino permanecieron en el trono, protegiéndolos. Ahora, la República significaba la vuelta al poder de aquellos latinos y sabinos zafios, avaros y desconfiados, reaccionarios e instintivamente racistas, que habían alimentado siempre un odio sordo hacia la burguesía etrusca, liberal y progresista. No se podían hacer ilusiones sobre la manera con que sería tratada. Y so desaparición significaba el afianzamiento, en la desembocadura del Tíber, de una potencia extranjera y enemiga, en lugar de la consanguínea y amiga (aunque un poco litigante y pendenciera), que mañana podría unirse a los demás enemigos de Etruria y contribuir a su ocaso.

 

¿Temía Porsenna desinteresarse de una ruptura de equilibrio semejante? ¿O no encontraba conveniente prevenir la catástrofe, lanzándose sobre Roma, ahora que el marasmo reinaba en su interior y que en el exterior, especialmente en el Lacio y en la Sabina, a la gente le dolían los huesos por los puntapiés recibidos de los soldados romanos? A una señal del poderoso lucumón de Chiusi, todas aquellas ciudades se sublevarían contra las escasas guarniciones que las vigilaban, y Roma se encontraría sola y discorde a merced del enemigo.

 

No sabemos casi nada de Porsenna. Pero por su comportamiento hemos de deducir que a sus dotes de esforzado general debían de sumarse las de sagaz hombre político. Se dio cuenta de que los argumentos de Tarquino contenían verdad. Pero antes de comprometerse, quería estar seguro de dos cosas: de que el Lacio y la Sabina estaban verdaderamente dispuestas a ponerse de su parte, y de que en la misma Roma había una «quinta columna» monárquica dispuesta a facilitarle el cometido con una insurrección.

 

Se produjo, en efecto, la insurrección, en la cual participaron también los dos hijos del cónsul Lucio Junio Bruto, olvidadizos, se ve, del fin que el Soberbio deparó a su abuelo. Inmediatamente después que la revuelta hubo sido enérgicamente reprimida, fueron detenidos y condenados a muerte. Y su abuelo, dícese, quiso asistir personalmente a la decapitación.



Pero la guerra anduvo mal. Los moradores de las varias ciudades latinas y sabinas degollaron a las guarniciones romanas y unieron sus fuerzas a las de Porsenna que llegaba del norte al frente de un ejército confederado al que toda Etruria había mandado contingentes. Contra esta invasión, Roma, de dar crédito, a sus historiadores, hizo milagros. Mucio Escévola, que había penetrado en el campamento de Porsenna' para asesinarle, falló el golpe y castigó por sí mismo su mano falaz, poniéndola encima de un brasero ardiente. Horacio Cocles bloqueó él solo a todo el ejército en la entrada del puente sobre el Tíber, que sus compañeros iban destruyendo a sus espaldas. Mas la guerra se perdió y las mismas leyendas lo comprueban. Su exaltación constituye uno de los primeros ejemplos de «propaganda de guerra». Cuando un país sufre una derrota, inventa o exagera «gloriosos episodios» sobre los que llamar la atención de los contemporáneos y de las futuras generaciones y distraerla del resultado final y conjunto. He aquí por qué los «héroes» prosperan sobre todo en los ejércitos derrotados. Los que vencen no tienen necesidad de ellos. César, por ejemplo, en sus Comentarios, no cita ninguno.

 

La rendición de la Urbe fue, como se dice hoy, incondicional. Tuvo que restituir a Porsenna todos los territorios etruscos. Los latinos se aprovecharon para atacar a su vez Roma, que logró, empero, salvarse con la batalla del lago Regilo donde los dióscuros. Castor y Pólux, hijos de Júpiter, fueron en su ayuda. De todos modos, al final de tantas desventuras, la Urbe que bajo el rey había sido la capital de un pequeño imperio, volvía a encontrarse con lo que hoy sería un distrito, que al norte no llegaba hasta Fregene y al sur se detenía antes de Anzio. Era una gran catástrofe y necesitó un siglo para recobrarse.

 

Pero aquella guerra hizo una víctima aún mayor: Tarquino. Había hecho ya las maletas para volver a Roma, tomar de nuevo el poder y perpetrar sus venganzas, cuando Porsenna le paró y le dijo que no se proponía restaurarle en el trono. ¿Se había dado cuenta de que la restauración monárquica era imposible, o desconfiaba de aquel intrigante que, una vez vuelto a la cabeza de su pueblo y de su ejército, tal vez olvidaría el favor recibido y comenzaría de nuevo a atormentar a Etruria?

 

Nos inclinamos por la segunda hipótesis. Etruria era un país anárquico, donde cada ciudad quería permanecer independiente y no admitía limitaciones a su propia autonomía. Tarquino habría hecho de Roma una ciudad definitivamente etrusca, pero de Etruria, una provincia definitivamente romana. Etruria no lo quiso, y le costó caro. La Liga que Porsenna había puesto trabajosamente en pie en aquella ocasión, se disolvió antes de que su ejército confederado pudiese restablecer las comunicaciones con las colonias etruscas del Mediodía, que entretanto estaban dentelladas por los griegos. El lucumón volvió a Chiusi y allí se encerró, mientras los griegos avanzaban por el sur y se perfilaba por el norte otra terrible amenaza: la de los galos que bajaban de los Alpes e inundaban a las colonias etruscas del valle del Po. Mas tampoco frente a ese peligro encontró Etruria su unidad, aquella unidad que Tarquino quería darle con el signo y el nombre de Roma. El viejo rey siguió intrigando, pero inútilmente. Las victoriosas ciudades del Lacio, con Veyes a la cabeza, colaboraron en impedir su retorno Preferían tener que vérselas con una Roma republicana, cuyas dificultades internas conocían todos y, por tanto, su incapacidad para intentar un desquite, que, en efecto, tardó un siglo en perfilarse.

 

Las «liberaciones» siempre cuestan caras. Roma pagó la suya, del rey, con el Imperio. Había empleado dos siglos y medio para conquistar la hegemonía sobre la Italia central y la alcanzó bajo la guía de siete soberanos. La República, para permanecer tal, tuvo que renunciar a todo aquel escaso patrimonio.

 

¿Qué cosa, pues, no había funcionado, bajo la monarquía, para inducir a los romanos, con tal de deshacerse de ella, a tal renuncia?

 

No había funcionado la cochura, es decir, la fusión entre las razas y las clases que constituyen su pueblo. Los primeros cuatro reyes habían mortificado al elemento etrusco que constituía la Burguesía, la Riqueza, el Progreso, la Técnica, la Industria, el Comercio. Los últimos tres habían mortificado al elemento latino y sabino que constituían la Aristocracia, la Agricultura, la Tradición y el Ejército, que hallaban su expresión política en el Senado. Y ahora el Senado se vengaba. Se vengaba con la República, que fue exclusivamente obra suya.

 

A partir de entonces todo fue republicano en Roma, incluso y especialmente la Historia, que comenzó a ser narrada de modo a desacreditar cada vez más el período monárquico y los grandiosos éxitos que bajo éste Roma había conseguido. Esto no debe ser olvidado al leerse los libros de Historia romana, que coacuerdan en hacer coincidir el inicio de la grandeza de la Urbe con el momento en que fue expulsado el último Tarquino.

 

Más no era verdad. Roma había sido ya una poderosa capital en tiempos de los reyes, y es en buena parte gracias a su obra que volverá a serlo. Los austeros magistrados que ocuparon sus puestos y ejercieron el poder «en nombre del pueblo», encontraron constituidas ya en ella las premisas de los futuros triunfos: una ciudad bien organizada desde el punto de vista urbanístico y administrativo, una población cosmopolita y llena de recursos, una élite de técnicos de primera calidad, un Ejército experimentado, una Iglesia y una lengua codificadas ya, una diplomacia que había hecho su aprendizaje estableciendo y rompiendo alianzas un poco con todos los vecinos de casa.

 

Aquella diplomacia fue hábil incluso en el momento de la catástrofe. Se apresuró a estipular dos tratados: uno con Cartago para asegurarse la tranquilidad por la parte del mar, y otro, con la Liga Latina para asegurársela por la parte de tierra. Ambos implicaban las más radicales renuncias. En el mar, Roma abandonaba toda pretensión sobre Córcega, Cerdeña y Sicilia, que además se comprometía a no rebasar con sus naves y donde tan sólo podía abastecerse sin poner los pies en ellas. Mas era una renuncia que le costaba poco, dado que no poseía aún flota digna de este nombre.

 

Más dolorosas eran las de tierra, sancionadas por el cónsul Espurio Casio al término de las hostilidades con Veyes y sus aliados. Roma quedó dueña tan sólo de quinientas millas cuadradas y tuvo que aceptar ser equiparada a las demás ciudades en la Liga Latina. El foedus, o sea el pacto de 493 antes de Jesucristo, comienza con estas enfáticas palabras: Haya paz entre los romanos y todas las ciudades latinas mientras la posición del cielo y de la tierra siga siendo la misma..

.

La posición del cielo y de la tierra no había cambiado en nada cuando, menos de un siglo después, la República romana reemprendió el camino de la guerra a mitad del cual se habían detenido sus antiguos reyes y no dejó a las ciudades latinas ni los ojos para llorar.

 

Desde entonces las alianzas entre los Estados han continuado estableciéndose con el propósito de que duren hasta que la posición del cielo y de la tierra siga siendo la misma. Y, a distancia de pocos o de muchos años, uno de los contratantes termina infaliblemente como Veyes. Mas los diplomáticos insisten en usar aquella fórmula, u otra equivalente, y los pueblos en creer en ella.