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sábado, 15 de octubre de 2016

CRASO DICE SOBRE LAS DESIGUALDADES SOCIALES



La libertad es un don que Júpiter había concedido a todos los romanos, pero los dioses habían dispuesto la categoría de cada uno, y no es razonable oponerse a los deseos de los dioses.












sábado, 24 de septiembre de 2016

ARISTÓTELES DICE SOBRE EL ESTADO Y LA DESIGUALDAD


 

Si sólo tuviéramos que considerar la existencia del Estado, entonces parecería que todas estas demandas, o al menos alguna de ellas, so justas; pero si tenemos en cuenta una vida apacible, entonces, como ya he dicho, la educación y la virtud tienen superiores derechos entre los hombres. Y sin embargo, como los que son iguales en una cosa, no deben tener la misma participación en todas, ni aquellos que son desiguales en una cosa han de tener una participación desigual en todas, es seguro que toda forma de gobierno que descanse en uno de estos principios es una perversión. Todos los hombres tienen algo que pretender en algún sentido, como ya he admitido; pero ninguno reclama lo absoluto. Los ricos hacen bien en pretender que son más dignos de confianza en general en los contratos, porque poseen la mayor parte de las tierras y la tierra es el elemento común del Estado. Las personas libres pretenden tener los mismos derechos que los nobles, porque son muy semejantes, ya que los nobles son ciudadanos en más completo sentido que la gente vulgar o plebeya, pues la buena cuna siempre se valora en el hogar o el país de todo hombre. Otra razón es que los que descienden de antepasados ilustres es más probable que sean mejores personas, porque la nobleza es una de las virtudes de la raza. De la virtud también puede decirse que es una pretensión, porque la justicia ha sido tenida siempre por nosotros como una virtud social, que implica todas las demás.


( En las ilustraciones, cuadros de Francisco Hayez representando a Aristóteles)




sábado, 27 de agosto de 2016

SILA HABLA A UN JOVEN CICERÓN SOBRE LA SUPUESTA CLASE BUENA ROMANA (OPTIMATES)


 

Y ahora consideremos a los romanos chapados a la antigua, hombres como tú, que siguen viviendo esta ciudad y en su país. Son los verdaderos herederos de todo aquello por lo que nuestros padres murieron. Blasonan de que tienen soldados entre sus familias, guerreros que cayeron muertos sobre sus escudos en el campo de batalla. Hablan con orgullo de Horacio y todos los héroes de Roma y se consideran como ellos. Sus hogares están adornados con viejas armas y trofeos de guerra y sus hijos llevan nombres altisonantes de hombres que ahora yacen entre el polvo. Encontrarás hombres de esta clase por todas partes, en todas las categorías sociales.


Pues bien, ¿podrías reunirme una docena de estos hombres y pedirles que defendieran conmigo el puente como Horacio y que dijeran a la plebe: "¡silencio!" y a los senadores: "¡honor, ley y justicia!" y a los individuos voraces de las casas de banca o de préstamos: "durante un cierto tiempo entregad vuestros beneficios en provecho de Roma"?. ¿Les dirían a los tribunos: "representadnos bien o abandonad vuestros cargos"?. ¿Se atreverían a decirme a mi o a mis generales: "marchaos, de modo que recuperemos nuestra libertad y la vigencia de nuestra leyes"?. ¿Queda todavía una docena de tales romanos chapados a la antigua que sean capaces de decir esto en voz alta y de sacrificar sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor para volver a crear Roma a su imagen y semejanza?. Yo no creo que lo hicieran. Esos descendientes de héroes se han vuelto pusilámines y temen alzar la voz.


Pensemos en los granjeros que viven extramuros cultivando las tierras. Durante muchos años han vendido sus cereales a los graneros del gobierno, por lo que fueron bien pagados. Ellos mismos pidieron que se alimentara gratuitamente a los holgazanes. Los granjeros están contentos. ¿Qué les importa a ellos que nuestro tesoro esté en bancarrota?.


Y si uno les dijera: "granjeros romanos, la nación está arruinada y se halla en peligro. Os ruego que renunciéis a las subvenciones que hasta ahora os ha venido concediendo el gobierno, por vuestra propia voluntad, en honor a Roma. ¿Crees que alzarían las manos en señal de voto afirmativo?. Yo creo que no se mostrarían de acuerdo.


¡Mirame, Cicerón!. ¡Soy un soldado, el dictador de Roma!. Recuerda que estoy aquí, en esta casa, con todo ese poder, no porque yo lo quisiera ni lo hubiese soñado en mis fantasías.


Con sólo con que cien hombres respetables hubieran salido a mi encuentro a las puertas de la ciudad para decirme: "depón las armas, Sila y entra en la ciudad a pie y sólo como ciudadano romano", les habría obedecido dándoles las gracias. Por encima de todo, soy un soldado veterano y un viejo soldado respeta el valor y las antiguas leyes establecidas. Sin embargo, no salieron cien hombres a desafiarme a las puertas o para ofrendar sus vidas o sus espadas por la patria. No hubo ni uno siquiera cincuenta, ni veinte, ni cinco. ¡Es que no hubo ni uno!.


Si me fuera posible, ahora mismo, aunque eso me costara la vida, trataría de empezar a hacer de Roma todo lo que fue. Una Roma con sus leyes, sus virtudes, su fe, honestidad, justicia, caridad, virilidad, espíritu de trabajo y sencillez. ¡Pero ya sabes que moriría en el empeño en vano!. Una nación que se ha hundido en el abismo en que ahora se encuentra Roma, por su propia voluntad, su torpeza, su ambición y codicia, jamás sale de ese abismo. Jamás puede quitarse las mancha y señales de la lepra y el ciego no puede recuperar la vista; los muertos no vuelven a levantarse.



Piensan que soy malo, la imagen de la dictadura. Soy lo que el pueblo se merece. Mañana moriré como todos morimos. ¡Pero te digo que me sucederán otros peores!. Hay una ley que es más inexorable que todas las leyes hechas por el Hombre. Es la ley de la muerte para las naciones corrompidas y los esbirros de esa ley ya se agitan en las entrañas de la historia. Muchos de los que viven hoy, jóvenes lujuriosos e impíos, se saldrán con la suya. Y por eso decae Roma. 



SILA HABLA A UN JOVEN CICERÓN SOBRE LA CLASE BAJA ROMANA



Cicerón, pensemos por un momento en la plebe maloliente y políglota de Roma. Esa gente que tiene manchados sus rostros con sus propios excrementos. ¡La plebe de Roma!. ¡Esa gentuza con gritos de gato y voz de chacal!. ¡Esos villanos de las cloacas y las callejuelas que pintarrajean en las paredes!. ¡El populacho atrevido e insolente!. ¡Esa bazofia entusiasta, incontrolada e incontrolable que constituye los bajos fondos de nuestra ciudad y de todas las naciones!. 


Si un hombre honrado les rogara que fueran trabajadores, austeros y sinceramente religiosos, ¿crees que les dejarían vivir?. Si un hombre les pidiera que dejaran de depender del gobierno para alimentarse, cobijarse, vestirse y divertirse, ¿crees que les escucharían?. Si un héroe  les reprochara su pereza y su codicia, ¿qué le harían?. Yo creo que lo asesinarían o le gritarían hasta silenciarlo con sus aullidos.




SILA HABLA A UN JOVEN CICERÓN SOBRE LA CLASE MEDIA ROMANA



Considera Cicerón, a la clase media, esa clase a la que representas. Los abogados, los médicos, los banqueros, los comerciantes, los armadores y propietarios de buques, los inversionistas, los especuladores, los hombres de negocios, los tenderos, los fabricantes, los importadores y los proveedores. 


¿Es que ellos, por propia voluntad, van a servir a Roma gratuitamente durante un mes, cediendo sus beneficios e ingresos, de modo que podamos ser de nuevo solventes?. ¿Van a atosigar a los senadores, patricios, tribunos o al cónsul con peticiones de que se devuelva a Roma su antigua grandeza y nobleza, y sobre todo, la paz?. ¿Es que alguno de nuestros abogados va a encararse con nuestros legisladores censurándoles que lo que hacen es anticonstitucional, una afrenta a un pueblo libre y que no deben hacer nada ilegal?. ¿Es que alguno de tus colegas es capaz de alzar la vista de sus librotes y basándose en las Doce Tablas de la Ley romana acusar a todos los que las han violado y luchar para que sean expulsados del poder, aunque eso le cueste la vida?.


 ¡Esos tipos obesos!. ¿Es que hay siquiera media docena, que sin importarles la propia seguridad, salgan de sus despachos y se vayan al Foro para decir al pueblo el destino inevitable que aguarda a Roma, a menos que vuelva a las antiguas virtudes y arroje del Senado a todos los individuos que los han corrompido con el mismo poder que ellos les concedieron?. Yo no lo creo. 



SILA HABLA A UN JOVEN CICERÓN SOBRE LA CLASE ALTA ROMANA


Pensemos en esta Roma nuestra, Cicerón; en esta Roma de hoy y no en la de nuestros antepasados. Consideremos a los senadores, esos senadores de sandalias rojas envueltos en sus majestuosas togas, los senadores de las blancas literas, los blandos lechos y las blandas cortesanas, los senadores del privilegio, el poder y el dinero de las ricas mansiones dentro de los muros de Roma, las granjas en el campo, las villas en Capri y en Sicilia, los grandes negocios aquí y en el extranjero, esos senadores que toman baños calientes perfumados o duermen bajo los dedos aceitosos de los masajistas que cuidan de sus cuerpos corrompidos, y que se cubren de joyas y enjoyan a sus queridas antes de acudir a orgías y banquetes, al teatro o a las exhibiciones particulares de bailarinas desvergonzadas, cantantes, gladiadores, luchadores y actores. ¡Sí, pensemos en ellos!.


Hubo un tiempo en que sus antepasados, de los que la mayoría han heredado sus puestos, iban a pie a un tosco Senado construido de madera, para indicar su humildad ante el poder del pueblo y sobre todo, su humildad ante el poder de los dioses y de las leyes eternas. 


Y se sentaban, no en togas bordadas o en cojines sobre asientos de mármol, sino en bancos de madera hechos en casa y sus túnicas iba todavía manchadas por la inocente tierra o las señales de sus laboriosos trabajos. El cónsul del pueblo no era más que ellos. Cuando hablaban aquellos antiguos senadores, lo hacían con el acento de su patria; hablaban con hombría, sabiduría, veracidad, justicia y orgullo. Eran prudentes y desconfiaban de toda ley que no hubiera tenido su origen en las leyes naturales del corazón de la nación.


¡Mira a sus herederos!. ¿Crees que ninguno de nuestros modernos senadores cedería uno de los pilares de su poder y la mitad de sus fortunas para volver a llenar nuestro tesoro en bancarrota?. ¿Sus viles y extravagantes queridas, las ambiciones de sus esposas, su aduladora clientela, sus placeres ociosos y lascivos, su muchedumbre de esclavos y sus ricas mansiones, una parte de sus negocios, para salvar a Roma y devolverle la talla que tuvo en tiempo de sus padres?. Yo no lo creo.


Consideremos los censores, los tribunos del pueblo, los políticos. ¿Hay nadie que pueda vanagloriarse de ser más ladrón que esos representantes del pueblo, alguien que no venda su voto por el honor de sentarse a la mesa junto con patricios o besar la mano de la fulana de un poderoso seños?. ¿Quién es más traidor a un pueblo que quien jura que lo sirve?.



¡Mirálos!. ¿Crees que van a dejar de llenar sus arcas por mucho que les grites que hay que salvar a Roma?. ¿Van a dejar sus cómodos puestos de mando en nombre del pueblo y a servir a los ciudadanos que los eligieron sin temor o favoritismo?. ¿Van a denunciar al Senado o van a exigir que se respete la Constitución y se negarán a pasar ninguna ley que favorezca sus intereses?. ¿Van a gritar antes ¡Libertad! que no ¡Privilegio!?.

 

¿Van a exhortar al electorado a que practique de nuevo la virtud, la frugalidad y las virtudes familiares y que no pidan a los tribunos más que cosas justas?. ¿Se van a encarar con la plebe de Roma para decirle: "portaos como personas y no como un rebaño". ¿Encontrarías a uno solo de ésos entre los representantes del pueblo?. Yo, desde luego, no lo creo.



sábado, 9 de agosto de 2014

LAS CLASES EN LA ANTIGUA ROMA




Existían cinco Clases de ciudadanos romanos, numeradas de la Primera a la Quinta, todas compuestas de centurias. Los censores imponían a los hombres un examen de medios basado en sus ingresos. Muchos ciudadanos romanos eran demasiado pobres para poder optar a una Clase. Electoralmente, a las Clases se les daba mucho peso, sobre todo a la más próspera, la Primera, a la que pertenecían los miembros del Senado.



LAS CLASES SOCIALES EN ROMA




Cuando las tribus de pastores nómadas se instalan en el monte Palatino son, seguramente, algunos centenares. Pero, bajo el Alto Imperio, Roma contará con una población de un millón de habitantes (cifras extremas propuestas: entre 500.000 y 1.600.000). Es evidente que la estructura de la sociedad romana varió al mismo tiempo que la ciudad; por ello es necesario estudiarla en su evolución histórica.




Demografía 

Todo el Imperio romano quizá contaba con unos cincuenta millones de habitantes (número muy vago, que sólo es una apreciación cuantitativa). Durante mucho tiempo se distinguieron los ciudadanos romanos (es decir, los que tenían el derecho de ciudadanía) de los que no eran ciudadanos romanos: los extranjeros o peregrinos, y los bárbaros.

Desde 212 d. de J.C. (Edicto de Caracalla), la ciudadanía romana se hace extensiva a todos los hombres libres del Imperio.




Junto a los hombres libres se encuentra la enorme masa de esclavos y los antiguos esclavos liberados, los libertos. Todos estos individuos viven y trabajan en Roma o en las provincias del Imperio.

Los eruditos contemporáneos han intentado penetrar en los caracteres de la demografía romana apoyándose en los descubrimientos de la arqueología (estelas funerarias, inscripciones, etcétera).

El húngaro Szilagyi ha tratado de calcular la duración media de la vida de un romano en función de su profesión; he aquí algunos resultados extraídos de sus apreciaciones:

Los cálculos de Szilagyi nos enseñan, además, que las mujeres, por lo general, vivían menos años que los hombres, y que la longevidad era sensiblemente más importante en el campo que en las ciudades (en particular, en Roma).




Las estructuras sociales primitivas: "gens" tribu, curia


Los pastores nómadas indoeuropeos estaban divididos en clanes (gens), análogos al genos de los aqueos. El jefe de la gens era el familiar varón más viejo, el pater.

La gens no sólo comprendía a todos los miembros de una misma familia (con las ramas colaterales de sobrinos, hijos de sobrinos, etc.), sino también a personas extrañas a la gens, que eran llamados clientes. El lazo que unía a cada cliente con el pater se llamaba la fides ("fe", acto de confianza recíproca).

Los primitivos clanes romanos formaban tres tribus: los Ticienses, los Ramnes y los Luceres. Cada tribu se dividía en curias, que podían equipar a 100 guerreros. Cada una de ellas estaba representada por diez patres en la asamblea del pueblo.




Había, pues, en total, 300 patres (los patres conscripti o senadores) y un "ejército" virtual de 3.000 hombres (más 3 escuadrones de 30 jinetes, un escuadrón por tribu).

Los padres conscriptos elegían un jefe: el rex (rey), cuya insignia era la lanza (hasta). Los padres formaban la clase de los patricios. Esta clase se opuso a los que ya ocupaban el terreno antes de la llegada de los colonos nómadas y que instalados, sin duda, primitivamente en el monte Aventino, constituían la clase de los plebeyos.

Estos últimos estaban en inferioridad política y social, ya que las asambleas del pueblo (los comicios) sólo agrupaban a las curias (llamadas comicios curiados).



Bajo la dominación etrusca, Roma se convirtió en una ciudad rica y floreciente. El rey Servio Tulio, según la tradición, fue el refundidor de un sistema social caracterizado por una doble división:

- División de la ciudad en cuatro barrios, las tribus territoriales, el pertenecer a una tribu no dependía del nacimiento, sino del lugar donde se habitaba.

- División de los ciudadanos (patricios o plebeyos) en cinco clases, según su fortuna (al principio, los patricios, que eran los más ricos, sin duda, constituían la primera clase; pero más tarde también se incluía en ella a numerosos plebeyos).

En el siglo III a. de J.C., después de los progresos políticos realizados por la plebe, el número de tribus ha llegado a 35. A las cinco clases corresponden grupos de 100 hombres, las centurias (hay, en total, 193).




Al principio, parece ser que se trataba de un grupo de 100 guerreros; en la época en que nos situamos, son grupos electorales (cada centuria cuenta por una voz). La representación electoral es favorable a la primera clase (la más rica), como lo demuestra la división siguiente:

Primera clase

18 centurias ecuestres (orden de los caballeros)
70 centurias comunes

Segunda, tercera, cuarta y quinta clases

100 centurias

Artesanos, músicos, etc.

4 centurias

Proletarios

1 centuria

Total 193 centurias

En el siglo II, después de la desaparición de la clase media, sólo quedan en Roma dos clases: los ricos (senadores y caballeros) y los pobres. Bajo el Imperio, el orden senatorial comprende, no sólo elementos salidos de la antigua nobleza, sino también hombres nuevos, hasta entonces apartados de la vida política y de las magistraturas. La ley distingue a las personalidades importantes (honestiones) de la gente sencilla (humiliores).

División de la clase acomodada
- El orden senatorial integraba a los propietarios rurales, a los hombres llegados de las provincias y a los caballeros (lo que es nuevo: bajo la república estaba prohibida cualquier actividad comercial a los senadores y a los magistrados, y los caballeros constituían, como ya se sabe, una clase de comerciantes).

La nobilitas desapareció, en provecho de los recién llegados, que no tenían tradición política y que estaban completamente entregados al régimen imperial (era necesaria una fortuna mínima de un millón de sestercios para pertenecer al orden senatorial).

- El orden ecuestre alcanzó su apogeo bajo el Imperio. Sus filas se abrieron a los recién llegados, y resulta difícil precisar cómo está compuesta esta clase: Existen los que llevan el anillo de oro, insignia de su poder, y que tienen derecho a un caballo público; la burguesía municipal, los publicanos encargados de las funciones administrativas y de recuperar los denarios del Estado, como sus homólogos al final del Imperio, y los conductores.

En conjunto, es una clase de gente enriquecida, sin prejuicios políticos y dispuesta a sostener la política de los emperadores (se necesitaba una fortuna mínima de 400.000 sestercios para pertenecer al orden ecuestre).

- En las provincias, aquellos cuya fortuna llegaba a 50.000 sestercios formaban el orden de los decuriones. Era el orden de los pequeños advenedizos de provincias, de los artesanos acomodados, de los militares que habían acumulado un peculio, etcétera.





Bajo Imperio 

Asistimos a un gran cambio de la sociedad romana, ya presentido en la época clásica. Junto a los senadores, a los caballeros y a los decuriones, figuran innumerables funcionarios militares o civiles que aumentan las filas de los favorecidos por la fortuna.

Cuando el cristianismo se desarrolla, surge un nuevo cambio social, que será luego conservado por los bárbaros y que marca el punto de partida de la sociedad medieval.

La sociedad romana tiende a dividirse en categorías profesionales, en castas más o menos jerarquizadas: las funciones se hacen hereditarias (se es panadero de padre a hijo, mercader de padre a hijo, etc.). En esta época aparece una importante clase, constituida por hombres dedicados a la actividad agrícola: Los colonos.

No son esclavos, sino individuos que gozan de ciertos derechos civiles, aunque están sometidos a una restricción capital: el colono está vinculado a la tierra que cultiva; no puede dejarla, ni romper el contrato de colonat, que lo liga al propietario; es servus terrae (siervo de la gleba; es decir, esclavo de la tierra que cultiva).
Estos colonos prefiguran a los siervos de la Edad Media.